La bailarina giraba lentamente al compás de los acordes que Chopin entonaba con encanto y dulzura desinteresados, levantando su delicado tobillo en una ce curva alzada al propio paraíso celestial. La música se trababa en sus notas, alternando los tiempos y el matiz de las notas, creando una atmósfera plácida que te ofrecía un artificial estado de soñolencia y encantamiento relajante, algo parecido a lo empalagoso que te hacía resultar la inactividad. Mas allí perecían mis ojos, obsoletos en el entorno irreal que irradiaba la danzarina, un paisaje alterno donde todo era grácil y hermoso, sin dolor, sin rencores. Me ardió el pecho tratando en vano de pertenecer a aquel maravilloso universo paralelo, un dolor inexpugnable de la cavidad opaca que yacía en el interior de mi mente.
La tortura fue disminuyendo con el paso de las notas, arrastradas unas de otras como perezosas aguas a orillas de alcanzar terreno en la arena, cada vez más agudas y acarameladas hasta llegar a morir en un completo silencio, luego la nota final. La bailarina se congeló en la última posición y el embrujo se desvaneció al instante, ese mundo no había existido y comenzaba a dudar si lo había hecho en invariable ocasión de lo recóndito de mi memoria. La miré fijamente, sus rasgos tallados con una fina madera y pincelada con colores pastel: el rosa pálido de su conjunto, la blancura de sus esterilizadas piernas.
En un arrebato cerré la caja de música, aunque procurando no causar la menor causa dañina en su aparente delicada estructura.
Había estado escuchando a escondidas la melodía durante lo que eran horas seguidas, sin descanso, hasta poder llegar a descomponer pieza a pieza los compases que formaban el concierto. Los acordes rezumaban en mis oídos, tal como si éstos no aceptasen ningún otro ruido ajeno que no fuera aquella música, se habían acomodado al tono desenfadado de Chopin y actuaban como sordos ante cualquier otro.
Entonces sonó algo grave, demasiado bajo y desalentador en contraste con la melodía que repetía en mi cabeza. Obligué a mis oídos a acostumbrarse a aquel tipo de sonido, nunca había oído nada parecido. La composición era grave, obsoleta y rápida, no la clase de velocidad que alcanzaba el Allegro de cualquier partitura de un famoso compositor, sino algo diferente, extraño pero encantador. A medida que me familiarizaba con el sonido, lograba discernir los pequeños matices de agudeza que brindaba la canción en algo parecido a una larga y endeble tabla de madera a bordo de un navío surcando la extensa mar, sin confinamiento, de la que el miedo penetraba en tu sangre como parte de tu ser hasta inducirte a saltar a las profundas y oscuras aguas, donde caías. Mas las aguas no resultaban turbulentas como visualmente se entreveía, sino que se convertían en tu medio de transporte hacia la libertad, hacia donde más deseases, y te fundías con ellas.
Notaba unas incompresibles palpitaciones en el corazón, algo de la visión que me había alterado o simplemente lo hacía aquella música tan extraña y divina para mi ser. Comprobé demasiado tarde que yacía ciega y errante por mi habitación, la respiración se me aceleró descontroladamente al pensar que si abría los ojos la imagen de aquel navío en la mar desaparecería por siempre jamás, algo irrecuperable de las escarchas. Y de repente sonó el trueno de una puerta estampada contra la pared que causó mi sobresalto.
Abrí los ojos de par en par acostumbrándome a la débil luz de las velas, casi fundidas por acción de viento que se descorría afanosamente a través del cristal invisible de las ventanas abiertas, que mecía las cortinas como espíritus errantes en tránsito. Avergonzada por cómo había sucumbido a aquel nuevo trance, giré vivazmente la cabeza hacia la entrada. Una anciana de gesto arrugado y vegetativo me miraba con algo que la molestaba, llevaba puesto su largo camisón blanco, arrugado a efecto de haber permanecido en la cama, y el pelo desenvuelto en varios rizos que lograban formar una única trenza maltrecha.
-¿Se puede saber por qué la señorita no está durmiendo?
No escuché su pregunta, era más, tan solo conseguía entender lo que las muecas de sus agrietados labios pretendían simular oralmente, aunque de poco sirvió a mi agitada y confusa mentalidad.
Margarita me fulminó imperiosa con sus ojos negros como el azabache, comprendí que esperaba una respuesta de mi persona.
-Margarita, ¿quién está tocando el piano?
-Señorita, nadie está disponiendo de su instrumento en estos precisos momentos, a altas horas de la noche.
La respuesta no fue demasiado convincente, sobre todo contando con que aún, de fondo, admiraba la melodía trágica que afloraba desde el alféizar de mi ventana.
-Alguien debe de tocar, percibo sonido. ¿No oye la melodía?
Sí, se oía de lejos y seguía siendo tan impactante como lo había sido hacía escasos segundos. El navío, el mar… todo era todavía perceptible a mis sentidos.
Pero Margarita rehusó atender mis comentarios.
-Es apenas medianoche, piense usted la locura que sus labios perjuran. ¿Alguien en el piano de la señorita? ¿En plena nocturnidad?
¿Acaso afirmaba lo contrario? La melodía era demasiado patente en la estancia como para intentar disimularla y achacarla a una lejana locura o vanidad mental.
-Margarita, por favor, acalla por un momento y oirás el canto.
Me acerqué a la anciana y, con extrema suavidad, posé uno de mis dedos sobre su boca para silenciarla.
Pronto el silencio reinó la noche monitorizando su imperio personal, pero eso fue todo lo que se escuchó: el más absoluto silencio.
-¿Qué había que oír, señorita?- preguntó retórica la criada.
Aquello era totalmente surrealista. Había acabado de oír la música incluso delante de Margarita y, cuando todo acallaba, también lo hacía ella. Sonsaqué de nuevo el deseo de que la canción no cesase, que el mar se convirtiera en infinito, pero todo había terminado.
-Pero… Pero…- tartamudeé confusa y desorientada por el repentino silencio.
Margarita alzó una ceja algo cansada para intuir un sarcasmo en su acto, aunque lo suficiente para desarmar mi posición.
-Yo sé lo que he oído…- atiné algo más reacia a aceptar la locura.
El mar seguía en mi mente junto con el navío, a pesar de que todo se disipaba más rápidamente debido a la interrupción de la melodía.
Benévola como solía caracterizarse, Margarita acarició mis cabellos alborotados y me sonreía dulcemente para calmar mi supuesto delirio, intuía que no me quedaban más excusas para oponerme al sueño. Cual hipnosis, me condujo hacia la cama logrando recostar mi cuerpo hasta ocultarlo con varias mantas.
-Mañana se encontrará mucho mejor, no se preocupe por nada ahora.- canturreó como una nana masajeando mis sienes a fin de que cerrase los ojos.
-¿Y el piano…?
Resultaba imposible mantenerse firme, los párpados comenzaban a pesarme más de la cuenta y la oscuridad parecía tan tentadora… La inconsciencia, dulce hogar.
-Nadie toca, no hay música.
-No hay música…- repetí con la boca algo empastada por la quietud del universo.
Era cierto, ya no se oía nada fuera, tan solo el viento embriagando mi ambiente. Las yemas suaves de Margarita seguían invitándome a aquel placer estático, un profundo sueño sin retorno. ¿Estaría allí la melodía que ansiaba?
Estaba siendo consciente de que había sucumbido y que las sombras me habían maniatado entre sus ramas. Cómo conseguí dormirme tan pronto no significaba un problema.
Aquel sonido otra vez, se hacía más nítido y patente a medida que vagaba hacia la consciencia de su ser, su entereza. La reconocí al instante en el que el navío se materializó en mi mente, el azote de la mar enfurecida por no albergar la idea de unirme a ella, tambaleando la madera y haciendo vibrar toda ella. Las olas me esperaban y yo ardía por saltar a ellas y sentirme libre de nuevo.
Desperté jadeando, dejando tras mi boca un vaho gris en la negrura que se vestía de luto, la melodía había vuelto. Por un momento me dediqué a adorarla, a fundirme con el mar, pero eso ya no bastaba para contentarme lo suficiente, quería más.
Me levanté de la cama y me dirigí con decisión a la puerta, dispuesta a salir y averiguar el origen del sonido. Posé la mano sobre el pomo, presionando con fuerza, ésta no se abría.
Imposible, tenía que abrir, tenía que salir.
Hinqué la mano una vez más y azoré sus cierres con violencia hasta quedarme sin aliento, la puerta no cedía.
¿Por qué habían cerrado con llave? ¿Acaso no querían que saliese en mitad de la noche?
El frenesí era demasiado turbio como para soportarlo en mi interior, el mar se agitaba con furia por no permanecer con él. Me alejé de la puerta y corrí hacia ella con tal de empujarla con mi cuerpo, mas aquella fuerza era inútil.
Mi cerebro tan solo proyectaba una sola orden inmediata: averiguar el origen. Y mi cuerpo no respondía a otro llamado que no fuese desplazarme hasta el lugar propio y ansiado.
Abracé mi cuerpo dolorido por las embestidas esporádicas, aunque la adrenalina que había empezado a invadir mi sangre me impedía sentir algo más que unos leves rasguños. Seguía haciendo demasiado frío en el interior de la sala, reflejado en el vaho de mi entrecortada respiración y mis entumecidas piernas desnudas donde se filtraba el aire entre el lino de mi camisola, pero a duras penas lograba sentirlo sin apartar el caliente rubor que se extendía por todos mis músculos.
Tenía que existir la manera de salir de la habitación y conocer al artista de la melodía, quién tocaba el piano a estas altas horas de la noche. ¿Era yo la única que lo oía?
Viré la cabeza con ímpetu en cuanto la idea cruzó por mi cabeza y sin pensarlo dos veces me abalancé a ella. La ventana seguía abierta con las cortinas flotando, quizá siendo el motivo de aquel escandalizador frío. Aparté las telas flotantes tras el cristal plisándolas, y encaramé la vista hacia abajo. Se trataba de un segundo piso que daba a la pequeña parcela cultivada de uno de los extremos del caserío, una altura considerable para temer al vértigo o a la muerte por caída libre.
Noté como un pinchazo hinchaba mi pecho, más adrenalina borboteando por el torrente de sangre caliente. Traté de aprovechar el subidón para evitar calmarme y sentir el dolor del miedo.
Apoyé el primer paso en el alféizar sobresaliente para después agarrarme con la mano de él y buscar otro punto de equilibrio. Afortunadamente una gran matorral crecía a expensas de la pared, por lo que comencé a hacerlo útil como liana posándome en los pocos ladrillos salientes de la fachada.
Lo estaba consiguiendo, estaba bajando y la música se oía más fuerte a ras de suelo.
Pegué el último brinco sobre los setos que delineaban la casa. El césped no era tan mullido como había creído desde un principio y urgí a toda prisa la presencia de unos zuecos en las plantas de mis pies heridas. Aún así intenté zafarme de los matorrales espinosos tras varias caídas en la tierra húmeda, salí victoriosa. Entonces me limité a cerrar los ojos y caminar al son de los acordes que se entonaban, la música procedía del salón de baile.
Todo mi interior se estremeció de júbilo al pensar que ya estaba más cerca.
Me empiné directa hacia la cocina, situada en la parte trasera a poca distancia de donde me encontraba. La cocina se destinaba a los criados del hogar y solía permanecer las veinticuatro horas abierta para el horario vespertino de éstos, lo cual en esta situación resultaba muy gratificante.
En efecto, tal y como había predecido, la roñosa puerta de madera permitía su entrada a la casa sin obstaculizar. Con el pulso nervioso y atrofiado me introduje de nuevo y percibí con más claridad cómo las notas retumbaban frenéticamente en las paredes, ese sonido grave con motas agudas que formaban el mar dinámico.
Sí, casi podía saborear el puro placer en mi paladar. El origen.
Me adentré más en el laberinto de los pasillos, a pesar de permanecer todo en una literal oscuridad podía entrever la dirección del lugar donde habitaba. Pronto me orienté hacia las puertas del salón de baile que tantas veces había pisado cuando los rayos del sol incidían alegres en las esquinas de sus espejos y el brillo del piano negro, ahora todo resultaba tan lúgubre… Pero nada me desanimó, tras aquellas puertas se encontraba mi mar y mi navío, coreando mi visita a grandes voces, instándome a saltar a la deriva.
En realidad, no sé muy bien lo que me esperaba encontrar tras las cristaleras, quizá un flamante océano personal plagado de olas o tal vez un enorme barco derruyendo mis ataduras materiales, pero de ninguna manera lo que me encontraba.
Mi elegante piano negro de siempre en el mismo lugar donde lo había dejado por la mañana, y la sala se hallaba totalmente vacía a merced de la espera de alguna festividad. La luna plateada e irónica en su sonrisa maliciosa hacia mí, recreaba unas luces expresivas tras los enormes ventanales que iluminaba la escena con un matiz de plata líquida sobrenatural, algo que sustituía a los brillantes haces del Sol.
Sobre mi banqueta de terciopelo se asentaba la causa de mi desilusión y mi extrañeza, un extravagante muchacho de apenas unos años mayor que yo, se concentraba en las teclas que sus dedos elegían. La luna atravesaba su inusual palidez creando una piel tersa y parecida a la propia acetona, se mezclaba en el alboroto de sus cabellos, de un matiz bronce vivo, y contrastaba con sus oscuras ropas.
¿Quién era aquel chico que asaltaba mi instrumento? ¿Qué hacía tocando aquella melodía por la noche? Y, ¿por qué?
Mas lo que sentía no era furia o miedo porque aquella persona representase un asaltador, sino la más dulce tranquilidad al sentir aquellas notas tan rudas pero a la vez tan dolorosamente hermosas. La canción se repetía una y otra vez, no quería que cesase de tocar. Pero de pronto, las notas se trabaron unas con otras formando un sonido desagradable, y el silencio volvió a la estancia.
Levanté la mirada con ira por haber terminado el soneto de forma tan brusca, pero unos ojos grises con alarmantes chispas verdes fijaban su vista en mí. Me quedé congelada y en el preciso instante en que nuestras miradas se encontraron dejé de tomar aire en mis pulmones. Mas el muchacho me observó con rudeza y de mala forma, luego, paulatinamente, paseó su vista por todo mi cuerpo de arriba abajo. Sentí como la sangre afloraba rojiza en el extremo de mis pómulos mientras me exponía manchada de barro y hecho jirones la camisola que una vez fue blanca.
Quise gritar un nombre; An, Margarita… cualquiera, pero a mi voz no le llegaban las fuerzas suficientes para alzarse.
-¿Quién eres?
El chico no rebajó su mal humor ni agasajó el tono de su voz empleado. No sabe con quién trata, no lo sabe., dijo una voz interna.
-Toca la canción.
Quería preguntar qué hacía con mi piano.
Él me miró acuciante, atravesándome con su intensa mirada hasta lograr crucificarme con ella a expuestas. Entonces observé, no era ira lo que se aposentaba en la llama de sus ojos, sino abatimiento.
Primero se produjo un momento de silencio.
-¿Eres de aquí?
Negué con la cabeza.
-Tócala.- le ordené con más autoridad.
El chico me volvió a mirar una vez más, luego relajó su rostro y suspiró larga y tendidamente.
-Si la toco… ¿me dirás quién eres?- preguntó cuando yo ya asentía con ímpetu dando una afirmativa.
El muchacho se encaramó de nuevo al inmenso teclado, cerró los ojos a modo de concentración, y mágicamente la melodía volvió a sonar de entre sus ágiles dedos. El tempo y las notas seguían siendo los mismos, pero el placer del sonido era aún más placentero en persona.
Lentamente me acerqué al piano, acaricié sus tapas y me di cuenta de que éste ya no era el mismo, ahora él era el creador de la melodía. Posé la mano sobre la parte superior, donde podía sentir las vibraciones de sus cuerdas a flor de piel, pequeños martillitos que golpeaban mis venas hasta llegar al centro de mi corazón. Aquello era demasiada adicción para soportar.
La canción terminó antes de lo que duraba y con algo más de nerviosismo, un golpe final que no esperaba. El chico se alentó a sí mismo, dejó reposar sus dedos y consiguió fulminarme de nuevo con sus preciosos ojos grisáceos; yo le sonreí alegremente, quizá influencia de la melodía.
Sabía perfectamente lo que estaba esperando, pero mis labios no llegaban a articularse ni a defender su postura como señorita refinada que era. No, ahora todo ello, toda mi posición y lo que en teoría representaba yo, se había esfumado muy lejos de aquella sala; y estaba deseando que no volviesen.
Aparentando una dulce ingenuidad rodeé el piano, admirando al instrumento como antes, hasta llegar al otro extremo de la banqueta, justo al lado del muchacho. Logré sentarme, con mucho cuidado, a su lado, sintiendo su respiración tranquila y sus ojos clavados en mi figura; aunque había algo de todo aquello que me extasiaba en demasía. Finalmente, alargué los dedos hacia las teclas, casi evitando respirar para oír el sonido de éstas, y aposenté los acordes correspondientes de oído.
El sonido se distanciaba mucho al que el desconocido había tocado, por lo que terminé enfureciéndome. Mientras me devanaba los sesos por recordar como empezaba la canción, ésta apareció de la nada retumbando fuerte. El chico la estaba tocando otra vez, aunque con gestos más perezosos.
Esta vez le observé más detenidamente. El ángulo de su mentón era más recto y afilado de lo que en un muchacho se puede esperar, y el porte de sus finos labios, fruncidos y amoratados en comparación con su fantasmagórica piel, le confería un porte más distinguido de si tratásemos con un cualquiera. Aquello me hizo dudar de con quién estaba tratando y pensar (aún más que en la canción) de dónde procedía aquel chico, que desde luego, después de haberlo juzgado precipitadamente, no era tan joven como creía, estimaba que tuviera un par de años más que An. Pero, lo que resaltaban, eran sus ojos, huecos, que parecían un pozo de espeso líquido a excepción de las chispas eléctricas verdosas.
-¿Por qué no me dices quién eres?
La pregunta me había venido desapercibida porque él seguía inmerso en el piano, aunque había reducido el tono.
-No lo sé.- contesté con sinceridad para mí sorpresa.
Él frunció el entrecejo.
-¿No sabes? ¿O no quieres?- su voz sonaba calmada.
-No sé siquiera qué hago aquí.- razoné. Margarita había tenido razón, aquello era una locura, pero allí estaba yo.- Dime tú quién eres.
Sonó de inmediato notas más graves, y en la cara de aquel chico se dibujó una mueca de dolor.
-No puedo.
-¿No puedes? ¿O no quieres?- repetí su propia frase.
-No puedo.
Suspiré. Aquella conversación no estaba llegando a ninguna parte.
-Dime al menos qué haces aquí.
-Tocar el piano.- respondió alzando la comisura de sus labios en una medio sonrisa, que luego disipó con un deje de amargura.- Quizá el único resquicio…
Aquel comentario me había contrariado. ¿El último resquicio?
Aún así esperé.
-En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos…- susurró en un débil suspiro el comienzo de la cita.
-… por lo que esperamos ser.- terminé la frase al momento.
Ahora me preguntaba cuántas veces había repetido esa misma frase en mi cabeza, intentando desentrañar el significado que una vez Shakespeare quiso moldear a su antojo. Una frase podía cargar tantas razones, que asustaba el poder de las palabras.
De pronto noté como algo presionaba fuertemente mi brazo manchado, tan fuerte que pensé que terminaría arrancándomelo de un tirón. Miré hacia el opresor, el chico de pelo broncíneo me miraba a la cara demasiado cerca, tanto como para sentir su aliento en mi rostro. Intenté zafarme, algo instintivo, pero resultó vano.
-Nunca renuncies a ser tú.- amenazó gravemente. Sus ojos volvieron a clavarse en los míos como espinas, esta vez lo sentí vacíos y huecos.- Jamás lo permitas.
Acto seguido aflojó la presión, se levantó airado y silenciosamente se alejó sin mirar atrás.
De camino a mi dormitorio vi una flor desojada al pie de las escaleras, los pétalos yacían marchitos en un reguero que conducía a la puerta.