sábado, 27 de noviembre de 2010

25. Y ya somos dos...

Él estaba allí parado, inmóvil ante la adversidad. Encorvado como estaba sobre sí mismo, su espalda perfecta se doblaba en una curva que hacía denotar las sombras de su perfil. En un regazo escondía su cabeza, oculta tras una maraña de sedosos cabellos negros. En aquel instante me pregunté si lo que se postraba ante mí tan solo era una estatua, maravillosamente acabada.
Sin pensar alcancé mis dedos para tocar aquella piel, lo necesitaba. Poco a poco acaricié aquella nueva textura, tan suave y cordial al tacto como las plumas de un ángel. Un nuevo sentimiento brotó en mí, un sentimiento de paz, necesitaba más. Alcé la otra mano, posándola en el serafín desnudo. Lentamente fui recorriendo cada milímetro de su tersa espalda, llegué a los brazos, forzados en soportar la cabeza oscura. Noté como los músculos se deshacían en cada contacto, y aquello me gustaba, los colores indefinidos de su piel, su belleza imprecisa…
Al poco mis manos se atrevieron por fin a descubrir nuevos horizontes, cual serpientes comenzaron a reptar entre los omóplatos, llegando al pecho descubierto. No podía parar, mi mente me pedía más y más. Entonces el ángel se estremeció bajo mis dedos, demasiado real para ser cierto, e irguió su cabeza. El ángel no era una estatua, estaba vida.
Sus finos rasgos alargados estaban igualmente tallados con la misma dulzura que hacía mella en su cuerpo, a pesar de que sus rasos cabellos brunos danzaban con sutileza su rostro como hilos de seda. Exorbité los ojos, atónita, nunca había contemplado  nada más hermoso en mi vida. Con miedo, icé la mano separándola del pecho, para poder tocar su rostro. Coloqué mis dedos sobre la nariz recta y  fui descendiendo lentamente, hasta que llegué a sus labios, amoratados y pequeños, pero aún carnosos. La idea de conocer el sabor que tendría su boca me vino sola a la cabeza demasiado tentadora. De pronto sus párpados temblaron y se abrieron como dos bocanadas de aire fresco. Sus ojos, de un verde desmesuradamente nubloso, alcanzaron los míos, brillando con melosidad.
  -Daniel…- llamé al ángel.
El querube no respondió, y me siguió mirando, hasta que sus labios se abrieron como una exhalación bajo la presión de mis dedos.
  -Cati, ¿por qué me haces esto?
Entonces el ángel ardió en llamas.


 Me levanté de una sola vez, esta vez no había gritado como otras noches, pero el ángel se había ido.
De pronto me vi tiritando de frío y mientras soltaba con cada movimiento una lágrima. Con un gran esfuerzo me obligué a atrapar la colcha de la cama y volver a taparme hasta que entrara en calor. Alcancé el móvil que reposaba tranquilo junto al costado del dosel, avisándome de que aún faltaban unos minutos para que me tuviera que levantar. Con pesadez en las piernas que nadaban entre las mullidas sábanas, intenté cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero me fue imposible. En aquella negrura tras mis párpados, la imagen del arcángel aparecía de nuevo incansable.
Esta pesadilla nueva era muy distinta a todas las demás, había sido tan verídica su presencia, las emociones… Incluso más que las otras, esta era especial.
Noté como la humedad que residía en mis pómulos debido al llanto se congelaba, sintiéndolo más helado que nunca. Con una de las extremidades de la sábana logré secar el problema y calmarme.
Entonces me di cuenta de que por más que yo quisiera el sueño no iba a llamar a mi puerta tan fácilmente, no sin otra pesadilla, por lo que procuré no martirizarme aún más y decidí levantarme. No sé como no oí el crujido de la rotura cuando alcé mi cuerpo sobre las piernas, prácticamente creía que habían pasado cada uno de mis huesos por la licuadora para después haberlos vuelto a meter en el exoesqueleto. Ignorando el dolor continué caminando por la habitación hacia el baño para enfrentarme a mí misma frente al espejo. El agua helada de la pila salió a chorros discontinuos mientras me mojaba la nuca para paliar el efecto de la pesadilla, al que ya iba acostumbrándome. Cerré el grifo sin más entusiasmo y me sequé con la toalla las manos. Entonces levanté la mirada hacia el espejo. Esa era yo sin más misterios, los rasgos ovalados y la palidez que caracterizaban mi rostro permanecían intactos, mientras mi pelo, esta vez encrespado, danzaba espeso pero reducido a mi alrededor. Aunque esta vez había algo distinto en mí, algo de lo que yo carecía en potencia. En esta ocasión dos ronchas hinchadas y acardenaladas subrayaban el bajo de mis ojos, los pequeños capilares recorrían a sus anchas la contusión. Sorprendida llevé mi dedo índice hacia la moradura extracomún y presioné ocasionándome un aullido de dolor.
No recordaba haberme dado ningún golpe durante los últimos días, ni saber por qué había salido así tan de repente. Volví a observar la imagen que el espejo reflejaba sin más remedio, los golpes en el nacimiento de los pómulos eran demasiado latentes como para disimularlos, aún violáceos a causa del reciente estreno de ellos.
Súbitamente un pitido inundó el dormitorio, suspirando ante lo inevitable regresé a la cama para recoger el móvil que fielmente apuntaba la hora exacta para reanudar el día. Con cansancio apagué la alarma y me dirigí hacia el armario mientras sacaba el monótono uniforme de Kenilworth. Tras haberme arreglado recogí el cepillo y me alisé el encrespamiento del pelo hasta dejarlo de nuevo liso.
Ni siquiera tenía fuerzas suficientes para cuestionarme los hechos sucedidos, era como si mi mente se hubiese embotado sin razón alguna.
Lancé un suspiro al viento, era la hora de marcharse de la cárcel.


  -¿Por qué no has venido hoy a clase?- le pregunté a Melinda mientras me ofrecía su paquete de pipas sentadas sobre el césped del campus.
Melinda rompió el cascarón de una pipa y arrojó los restos al montón que habíamos allanado en un lado mientras se lanzaba a por la siguiente.
  -Cati, existe una cosa que se llama hacer pellas.- se burló.
Me apoyé contra el árbol más cercano, sintiendo la rugosidad de su corteza bajo mis sienes, y con suma pereza tragué la pipa que estaba masticando.
  -Bueno, pues entonces, ¿qué has hecho toda la mañana?
Melinda se encogió de hombros, tiznando su actividad natural con humildad para ralentizar la secuela de sus actos. Por primera vez se tomó las cosas a la ligera sin darle más importancia, lo cual me extrañó bastante.
  -Nada importante, prácticamente sobar la almohada un poco más.
Enarqué una de mis cejas, de no haberla conocido pensaría que estaba intentando cambiar de tema. ¿Por qué estaban todos tan extraños ahora? Bueno, lo de Patrick no contaba, eso era ya innato.
Bufé mientras me recostaba aún más entre la madera del retoño y observaba como desfilaban los universitarios, poco a poco dejé que se fueran cerrando los ojos. Allí estaba esperándome tal y como lo temía. La imagen intacta de mi sueño, la necesidad de acariciar su piel, incontrolable. Instintivamente agarroté las manos ante la impotencia que me causaba la situación. ¿Por qué? Esa era la única pregunta. ¿Por qué precisamente a mí?
Oí como Melinda carraspeaba en la lejanía, lo que me hizo dudar de si, a pesar de haber ocultado mis ojos tras unas grandes gafas para tapar los moratones, se había dado cuenta de que por una milésima de segundo me había ido lejos de Kenilworth y su día a día. Sin embargo cuando abrí los ojos Melinda no me estaba mirando a mí directamente, sino que observaba encandilada algo en la lejanía. Extrañada viré la cabeza siguiendo la dirección que seguían los claros ojos de Melinda para ver como un brillante encerado negro lucía en la entrada de la universidad. Resoplé repetidas veces mientras notaba como hiperventilaba, sin saber muy bien si era a causa de lo ocurrido o por haber escogido él el preciso momento en el que pensaba en otro hombre.
  -Va a hacer otra vez el numerito, ¿verdad?- le susurré a Melinda.
Melinda se rió por todo lo alto, aunque se controló cuando la miré de lleno con un gesto amenazador.
  -Pues a mí me parece muy sexy todo el despliegue.
La figura tan esperada originaba otro revuelo esperado entre la gente que se había parado en medio del campus, aunque esta vez ya no provocaba tanto alboroto como la primera seguía siendo carne para el asador. Nathan paseó tranquilo y elegante hacia nosotras, exhibiendo una modesta sudadera cenicienta y unos vaqueros que le hacían quitarse algunos años. Retiré la vista de inmediato, esperando con ansias el momento en que aterrizase sobre nuestra presencia.
  -Hola, Cati.
Sí, definitivamente el efecto de la espera sorpresa era muchísimo mejor, sobre todo cuando sentías su melodiosa voz silbando en tus oídos.
Sin poder evitarlo le sonreí y él me devolvió una sonrisa torcida en la comisura con gran encanto que hizo que me despertara del letargo en el que me había sumido durante todo el día.
  -Hola a ti también, Nathan.- saludó Melinda rencorosa.
Escuché como Nathan bufaba y después se reía.
  -Hola, mono de feria.- dijo al mismo tiempo que le revolvía el pelo rubio cariñosamente.
Me asombré por aquello. Sabía que Nathan conocía a muchos de mis amigos aquí, en Kenilworth, pero siempre había creído que el lazo de afectividad no había sido muy fuerte (a excepción de Alexia, como no).
Nathan no se sentó en el césped, tal y como había intuido desde un principio, sino que se dedicó a balancearse sobre sus piernas de pie, sin mostrar interés por nada en concreto.
  -Melinda, ¿te importaría mucho si te robase a Cati un momento?- espetó.
Pronto la sangre que almacenaba perdida se reunió de lleno en mis pómulos, que se tornaron incandescentes por la sorpresa. ¿Me quería a mí sola?
Miré a Melinda, quien se atusaba el pelo que le habían destrozado, e ironizaba el estar sopesando la opción. La fulminé con la mirada tras el cristal de las gafas por jugar con esos temas. Ella se rió.
  -Está bien, pero la quiero de vuelta dentro de una hora mínimo.- amenazó burlonamente.
Nathan se rió también y me tendió su mano al tiempo que me servía de ella para poder izarme y me sacudía los hierbajos adheridos a la lana de la falda.
  -Prometido…- sentenció él.
Caminamos en un agradable silencio hasta que llegamos hasta las puertas de la universidad, lo que me hizo preguntarme si pretendía ir en coche, pero no hizo nada, pasamos de largo y nos adentramos en el bosque. Aquello me desencajó por completo de los planes que pretendía. ¿Qué íbamos a hacer en el bosque?
¿Qué querrías hacer tú con él en el bosque?, repitió una vocecilla en mi fuero interno corrigiéndome. Me reprendí a mí misma por pensar en esas cosas, ¿es que no había tenido suficiente con la escena de la vuelta? La verdad era que nunca aprendía de mis errores.
El camino comenzó a estrecharse, obligándonos a andar en fila india. Caminé tras su corpulenta espalda, cuando una mano se abalanzó hacia atrás con la finalidad de asirme para que no tropezara. Sus manos volvían a estar gélidas otra vez. Pronto llegamos al supuesto destino, el río de Peninton.
  -¿Qué hacemos aquí?- pregunté quizá demasiado hosca para mi gusto.
Nathan me ignoró por un instante mientras se posaba sobre unas rocas que sobresalían en la orilla, posando una sensual postura de la que al parecer carecía de conocimiento para él. Le seguí hasta donde se había posado.
  -Quería decirte una cosa.
  -¿Y para eso hacía falta salir de Kenilworth?- pregunté medio divertida para espantar el temor de que se fuese de nuevo.
Nathan se rió sofocado.
  -Creí que no te gustaba que me paseara por tu universidad.
Aquello me hizo sonrojarme y me cuestioné seriamente el hecho de cómo había llegado a saberlo, siempre daba en el clavo.
  -No es eso, solo que…- intenté enmendar el error.
Nathan me miró, escrutándome tras sus ojos platinos como si pudiese ver a través del oscurecido cristal de las gafas, lo que me hizo sentir una estúpida por llevarlas puestas.
  -¿Solo que…?- me animó.
  -Es solo que Kenilworth es algo mío.
Nathan desencajó su rostro debido a la contrariedad de la respuesta, por lo que critiqué duramente mi forma de expresión oral. Luego relajó su semblante.
-Pero yo también soy tuyo.- dijo restándole la suma importancia que conllevaba aquella frase cuya veracidad hacía que gimiera de placer.- ¿Por qué no incluirlo en el paquete?
  -Porque no es lo mismo.
Observé como Nathan se entristecía y adoptaba de nuevo esa máscara tras la cual se refugiaba, igual que Ashley cuando discutimos en navidades.
  -Tú siempre has… estado en mi vida. Kenilworth es algo diferente, una nueva salida del mundo.- manifesté estrepitosamente, no se me daba bien expresar mis sentimientos.
¿No lo entiendes, Nathan? Tú eres mi vida, por eso quiero alejarme de ella, repetí en mi mente.        
  -Solo quiero estar contigo, Cati. ¿Por qué no me dejas?
No me podía estar diciendo eso, eso no. ¡Dios, me lo estaba diciendo!
Noté como me costaba respirar, como un peso se había arremolinado en la tráquea impidiendo transportar oxígeno al cerebro.
  -Porque no es lo correcto. Lo sabes.
Parpadeé varias veces en el intento de secar de nuevo mis ojos, pero esta vez no funcionó, en escasos segundos rompería a llorar. Nathan se aproximó más a mí, tan cerca como para poder rozar sus labios con mi aliento.
  -Y qué es el bien y qué el mal en realidad.- rebatió.
Sus manos se alzaron con miedo hasta posarse en mi cuerpo, donde recobraron la seguridad, recorriendo mi cintura y mi columna, lo que me hizo dejar de abstenerme de soltar una exhalación.
  -Nathan no me hagas esto por favor…- supliqué mientras lloraba de felicidad por sentirle tan cerca y de rabia por no saber como pararlo.
Pero Nathan no paró, siguió apretándome más y más contra él hasta que me hizo sentir su torso contra el mío con fuerza y oí el chasquido de mis gafas contra el suelo. Sus labios se deslizaron por mi oreja, tal y como lo había hecho la otra noche, mientras sus dientes aferraban cariñosamente mi lóbulo izquierdo.
  -Cati, te lo suplico, déjame pensar por un instante que me amas.- imploró jadeante.
Aquello fue como un shock para mí. ¿Acaso él pensaba que no le amaba? ¿Cómo se atrevía a pensar algo así? Mentira, mentira, mentira… ¿Cómo iba a no amarle sin mi corazón en el pecho? Todo porque él siempre lo había guardado.
Nathan deshizo el nudo que había formado en mi cuello y se separó levemente sin soltarme. Entonces nuestros ojos coincidieron y vi como el verde de los suyos chisporroteaban chispas de lujuria, no sé lo que vio él en los míos ya que vacilante acercó su rostro de nuevo, pero esta vez en una parte distinta. Sus labios, más duros de lo que hubiese llegado a imaginar, presionaron los míos con sutileza. Entonces todo cambio. La sangre me hervía a borbotones, mareándome por completo e instintivamente agarré ferozmente dos mechones de su pelo para atraerlo hacia mí, inculta sobre mi autocontrol abrí los labios delicadamente para absorber su aroma al máximo. Él me respondió por haberle complacido, me besó con más fuerza, con toda la pasión que había estado salvaguardando desde la última vez.
Aquello era incluso mejor de lo que mis delirios me habían proporcionado desde siempre. Me sentía aturdida, ya había olvidado quién era y qué hacía, tan solo notaba sólido su cuerpo.

Y entonces sus labios susurraron  entre mi cabello ensanchándose en una sonrisa.
  -Cati… Estás atrapada.

domingo, 21 de noviembre de 2010

24. Ordo ab Chao.

  -Espera, espera un momento que yo me aclare. David era el hermano de Richard, pero Richard estaba saliendo con Bárbara que era la prima del primo de John que era…
  -¡Aish, no! Por dios, ¿me has estado escuchando?- gritó extasiada.
Melinda pataleaba como una niña sobre la silla en la que acomodaba sus pies, sentada en la mesa de clase donde estaba. Un pequeño grupo cercano en el que comentaban el famoso estudio tan duro que les habían mandado a los de teología durante las vacaciones nos chistaron descaradamente al perturbar la calma del aula. Melinda les ignoró por completo mientras seguía con su enfurruñamiento. Ella se atusó la cabellera, más rubia platino de lo que jamás me hubiera llegado a imaginar, que se había dejado crecer unos centímetros durante el invierno y se armó de paciencia para explicarme la historia de su vida.
  -Bárbara era la prima de John, que era el primo de Richard. Pero Richard solo era hermano de David por parte de madre, y a David le gustaba Elisa, la hermana de Bárbara… ¿No lo ves? ¡Eran parientes!- exclamó provocando un chisteo de nuevo.
Bufé ante la incoherencia de la situación, desde luego no comprendía nada de los líos que se traía mi amiga, mas asentí con una sonrisa para que lo dejara estar. Melinda me fulminó con la mirada comprobando si lo había entendido, para luego relajar su postura y volver a adaptarse a la suya tan natural y despreocupada como siempre.
Desde luego Melinda era un cuadro pintoresco andante. Tras la rojiza falda a cuadros que todas llevábamos se escondían dos protuberantes piernas desnudas bronceadas por la incesante exposición al sol en las playas de Miami, que hacía danzar al máximo cuando creía que no se daba cuenta nadie con la intención de pavonearse de su deslumbrante aspecto. Sus ojos, verdes como el mar, resaltaban sobre los pómulos coloreados y entre el rubio de su cabello esterilizado, que caía levemente ondulado sobre su piel en contraste. De cualquier modo a ella le sentaba bien todo, e incluso muchas de mis compañeras lucían un nuevo cambio de looks que resaltaba como un collage por todo el campus. En cambio yo me traía conmigo de las vacaciones unos kilos demás gracias a la comida de Rose y una úlcera en el estómago que los remediaba.
Gracias abuelo por construir esa maldita casa, me dije a mí misma.
Volví a ordenar por cuarta vez los folios de los apuntes, descargando la rabia comprimida en los trozos de papel manchados. Odiaba el primer día de clase. Todo desordenado, nuevo plan de estudios, nueva marcha del profesor… Era un caos, sobre todo cuando eras la única que no podía farfullar algo interesante sobre tus vacaciones de invierno. Tampoco es que de no haber ido a Saint-Germain le Château hubieran sido mejor las navidades con mis padres, pero seguro que la cosa se diferenciaba por unas notables décimas.
De pronto noté como un par de ojos oscuros acechaban al fondo de la enorme sala universitaria. En la esquina, casi difuminado entre las sombras de las esquinas de piedra del edificio estaba un chico de llamativo pelo escarlata llameante. Patrick se encontraba recostado sobre la pared del fondo, desapercibido de no ser por su cabellera, mirándome fijamente. De pronto una hilera de relucientes dientes perfectos le delató una sonrisa en el rostro y me hizo un gesto con la mano cuando observó que había reparado finalmente en él. Un escalofrío recorrió mi espalda de improviso, recordándome lo acechante que había estado durante el final del último trimestre. Aquella sonrisa, que inescrutablemente inundaba en su profundidad algo de maldad, no ayudó a evadir el recuerdo de sus manos embadurnando mi piel mientras me encontraba semi-inconsciente.
  -Da miedo.- susurré manifestando mis pensamientos en alto por descuido.
  -¿Quién?- Melinda, como siempre entrando en el trapo, siguió mi mirada hacia la esquina.- ¡Ahh, él! No le culpes.
Sin poder remediarlo me dirigí a mi amiga mientras enarcaba una ceja lo bastante para hacer clara la acusación. Melinda sonrió tontamente otra vez y se encogió de hombros librándose del delito.
  -De no haber sido por él me hubiera dejado media herencia en la factura de teléfono, por cierto, intentando llamarte.
Aquello me confundió aún más. Melinda, al contrario de su promesa, no me había llamado en todas las vacaciones.
Ella suspiró ante mi falta de neuronas aquella mañana.
  -No me comentaste que tenías una casa en plena sierra.- dijo inculpadora limpiando las motas de su falda distraídamente.
Bufé de nuevo, la excursión a la montaña me estaba costando demasiado cara. Rápidamente abrí la boca para excusarme mas Melinda posó su dedo índice en mis labios impidiéndome decir nada.
  -Demasiado tarde Srta. Darmon, me ha roto el corazón.- se burló Melinda intensificando un tono melodramático parecido al de las telenovelas.
Melinda se rió ante su propio chiste y, por no ser maleducada, le reí sus gracias con amabilidad.
Pero algo más que la confusión se empezaba arremolinar en mi interior. ¿Cómo había sabido Patrick que estaba en la sierra si ni siquiera yo lo había sabido desde un principio? Aquello no me gustaba nada.
  -Atención, por favor...- la voz del profesor salió de la nada a través de la barullo formado por los alumnos.
El Sr. Fellon había entrado cual ráfaga de aire tras unos cuantos folios como fans de su batuta como profesor, y se encontraba escribiendo sobre la pizarra de rotulador característica en Kenilworth por ser la única no electrónica en todo el campus. Miré a Melinda de soslayo, quien le dedicaba una bonita burla a la entrada de mi profesor favorito y se disculpa ante mí por tener que bajar de la mesa e irse a su sitio correspondiente.
  -Ordo ab Chao.- enunció en un peculiar latín.
La clase se sumergió en un estimulante silencio mientras los pelos de mis sienes se erizaban en otro escalofrío.
  -Orden del caos.- dije en alto. Una hilera de cabezas se giró en un solo golpe. Los ojos negros volvieron a mi cuerpo, lo que hizo arrugar mi falda en un muñón.- Teoría masónica.
El Sr. Fellon se quedó levantando el rotulador de pizarra negro mientras me estudiaba por haberle arrebatado el protagonismo. Me excusé con una sonrisa volviendo al mundo real.
  -Exacto, la teoría del Caos.- continuó desdeñando mi aportación mientras continuaba con su explicación.
Suspiré mientras cogía el bolígrafo con la intención de tomar apuntes de la clase de historia si quería sacar buenas notas en la asignatura antes de que el profesor terminara cogiéndome manía.
De pronto un bulto golpeó mi cabeza haciéndome cabecear. Una bola de papel cuadriculado rebotó sobre el extenso pupitre de la universidad. Desenvolví la nota:
                                             Empollona.
                                            M.

Directamente miré hacia Melinda, quien me sacaba la lengua doblada riéndose en silencio al otro lado del aula.
Ordo ab Chao, me repetí, Ordo ab Chao.


  -¡Cooper!- grité con toda la fuerza que albergaban mis pulmones.- ¡Eh, Cooper!
Finalmente me decanté por echar otra carrera después de salir de clase como una bala, hacia la figura que caminaba por el campus ajeno al mundo. Observé como la gente se paraba mirándome fijamente por formar ese escándalo mientras yo les devolvía una sonrisa complaciente ignorando el hecho de que cuchichearan a mis espaldas. Tampoco les debía caer tan mal, ¿no?
  -¡Cooper!
Tras la decimoquinta advertencia el chico rubio al que estaba llamando se giró de inmediato con dos cascos blancos en las manos y me sonrió cuando vio que me acercaba a él casi desbordando vísceras por la boca. Con un movimiento de cabeza se apartó la melena dorada que rozaba las pestañas que albergaban unos profundos iris azul oscuro que centelleaban a juego con los destellos. ¿Por qué debían de ser tan guapos todos los alumnos de esta universidad?
  -Ey, Cati. – me saludó cortésmente.
Tras los últimos brincos le alcancé y vocalicé un hola con una respiración entrecortada, resoplando como un caballo por la carrerilla. Cooper no me dio tiempo a descansar y reanudó de nuevo el paso, esta vez esperándome a su costado.
  -¿Ya no quieres ni saludarme después de las vacaciones?- pregunté irónica evidenciando el no haberle encontrado por todo Kenilworth durante todo el día en el que habían vuelto los alumnos.
Cooper se ruborizó levemente, aunque supo disimularlo gracias al patente frío que aún residía en todo Peninton, y sonrió volviendo la cara hacia un lado. Finalmente metió las manos en los bolsillos de su chubasquero negro y elevó la cabeza hacia el cielo haciendo rebotar el fino cabello rubio hacia sus lados.
  -Lo siento. ¿Puedes perdonarme?- contestó con un hilo de voz.
  -Está bien.
Ya casi había olvidado la tranquilidad que emanaba su ser, cuando estabas con Cooper todo se volvía más relajante. En parte aquello me desquiciaba, había tanto en lo que pensar, tanto que hacer… que cuando te dabas cuenta de que al fin había sucumbido a sus encantos volvía todo de golpe, aplastándote bajo su peso.
Paseamos en silencio por el campus, sin saber muy bien hacia donde se dirigía Cooper o ni siquiera yo misma.
Había pasado tanto tiempo desde que había llegado a formar una determinada personalidad que ahora, cuando tenía que aprender a cambiar y ceder, no comprendía cómo hacerlo. Me molestaba si quiera el estar despierta, incómoda conmigo misma.
  -Cooper, ¿puedo hacerte una pregunta?
El chico me miró extrañado, entornando sus ojos al principio, para terminar relajando sus facciones. Entonces frunció los gruesos labios y retiró la mirada.
  -Sí, claro.
  -¿Desde cuándo conoces a Patrick?
Al instante recordé su mirada inescrutable en el aula, tan animal, tan despiadada e inhumana que resultaba aterradora.
Al instante un escalofrío recorrió mi espalda y tuve que controlar el raquitismo de mis manos para no hacerme delatar. Se suponía que preguntaba por un amigo, no por un violador. Cooper siguió sin mirarme, caminando por el sendero de tierra levemente húmeda que hacía crujir su gravilla con cada paso que dábamos. Ni siquiera me preguntó el por qué de la curiosidad, eso era lo que más me encantaba de Cooper y que diferenciaba su presencia a la de todos los demás, él nunca te juzgaba por nada.
  -Patrick era amigo de Eric antes de venir a Kenilworth.- sentenció informándome, demasiado escueto para mi gusto.- ¿Te importa si entramos a la sala común?
Negué rápidamente con la cabeza, deseosa de que no interrumpiera su respuesta y en parte feliz por tener la oportunidad de entrar en calor. La sala común, extrañamente, estaba prácticamente vacía, provocando un shock inicial al entrar en ella, ya que siempre solía estar atestada de gente que no sabía cómo gastar su tiempo libre sin salir de la universidad. El rojo de la decoración se hacía aún más patente de este modo, tiñendo las paredes de un color parecido a la sangre que encandilaba con la piedra maciza de la estructura gótica, aquello me causó una especie de deja vu hacia mis pesadillas.
Meneé enérgicamente mi cabeza con tal de sacar esos pensamientos de mi mente y centrarme en lo importante. Cooper y yo nos sentamos el acostumbrado sofá frente a la chimenea que chisporroteaba cansadamente un fuego ya poco latente.
  -Entonces, tu hermano y Patrick ya se conocían de antes.- dije en un intento de rememorar a Cooper de lo que estábamos hablando.
Cooper miró fijamente al fuego, obnubilado por algo que no podía llegar a ver y que se escondían tras el fantasma que brillaba en sus azulados ojos. Me di cuenta entonces de que Cooper parecía mucho más cansado de lo habitual, como si el mero hecho de respirar le costase trabajo para mantenerse activo. Me pregunté entonces la posibilidad de que Cooper no me estuviese contando algo, algo que se cernía sobre él. Me enfadé con él inexplicablemente por la hipotética cuestión de no contar conmigo, al fin y al cabo éramos amigos.
  -Sí, creo firmemente en que mi padre nos metió aquí solo porque Patrick estudiaba es esta universidad, sabes que él ya va a segundo.- me comentó medio divertido por la elección de su padre movida por declinarse ante el chico. No llegaba a entender cómo podía engatusarle.- Eric y él se conocieron durante un aniversario militar.
Le miré sorprendida, dudaba mucho de que Eric hubiera pertenecido siquiera al ejército. La copia de una insólita imagen sobre un descabellado Eric vestido con el estampado militar y una ametralladora en la mano me dio un vuelco al corazón, eso sí que daba miedo. Cooper se rió afablemente cuando vio mi expresión y se apresuró a explicarse.
  -Creo que no te he contado que antes de dedicarse a los negocios mi padre había pertenecido a la marina.
  -No, omitiste ese dato en tu autobiografía.- me burlé aliviada por el hecho de no haberse visto cumplidos mis delirios.
Cooper volvió a reírse y estiró sus fibrosas piernas sobre la alfombra mientras se recostaba aún más en el sofá y se arrebujaba en su chubasquero.
  -Mi padre nos obliga a asistir a esas convenciones todos los años para, según él, honrar la memoria de los verdaderos patriarcas de la nación.- Cooper esta vez había adoptado un tono más grave para la frase reveladora, aunque luego carraspeó.
Me agazapé sobre el sofá, inclinándome de lado hacia la figura del narrador y apoyando mi cabeza con mi mano en el respaldo.
  -¿Y Patrick? ¿Él sí era militar antes de venir aquí?
No me extrañaba nada contemplarle con un cuchillo en la mano o algo por el estilo, verdaderamente conjuntaban los hechos.
  -No, lo fue su progenitor.- Cooper suspiró.- A mi padre le conmovió demasiado el hecho de que un hijo acudiese a ese acto en su memoria, e insistió en la oportunidad de conocer a aquel adorable muchacho para influenciarnos en conducta.
Al momento comprendí lo que había dicho antes de que Patrick hubiera colaborado en la decantación de su padre por Kenilworth, debía idolatrarle el ejemplo que emanaba la historia de Patrick. Compadecí entonces a Cooper, quien había tenido que soportar la presencia de Patrick mucho antes que yo.
  -Un momento, ¿Patrick es huérfano?- me confundí al caer en la cuenta.
  -Algo así, él no habla mucho sobre su familia.
Parecía que a Cooper tampoco le debía caer demasiado bien Patrick, tan solo era el amigo de su hermano. Evoqué entonces el recuerdo del primer día en que les conocí a todos, Eric y él se hacían denotar tan infantiles ambos que no se sabría como distinguirles y Patrick tan… normal. Ahora era todo distinto de lo que habían sido las primeras apariencias que resultaba deprimente la reflexión sonsacada de ello.
La realidad era que a penas si conocía a los que me rodeaban cotidianamente, y eso me asustaba por un lado y me complacía por el otro. El mejor trance de las amistades se producían cuando ninguna persona sabía algo sobre la otra, entonces todo parece lo que no es.
  -Cooper.- le llamé.
  -¿Sí?
Dejé reposar mi cabeza sobre su hombro, haciendo que su fino pelo me cosquilleara el nacimiento del cuello.
  -Gracias por ser mi amigo.

sábado, 13 de noviembre de 2010

23. Regreso.

Volví a convulsionar de frío y cerré fieramente la mandíbula para evitar que empezara a castañear. Estaba totalmente helada, tanto que temía moverme y sentir como se empezaban a congelar mis propios huesos. Había sido aquella incesante tiritona la que me había despertado de un profundo sueño.
En medio de aquel duermevela noté como poco a poco mi cuerpo se iba deshilachando en diminutas porciones hasta machacarse por completo. Estaba demasiado cansada como para siquiera dormirme, o, al menos, era aquel frío extraordinario el que impedía mi descanso.
Consciente aunque sin poder aún pensar con suma claridad, deseé con todas mis fuerzas parar de estremecerme para volver a reconciliar el sueño. Finalmente desistí en mi empeño y suspiré.
Una oscuridad exterior me contrarió cuando me aseguré de haber abierto los ojos. Desorientada parpadeé varias veces hasta que hube confirmado el hecho, un salpicadero de color beige difuminado y el conocimiento del cuero recalentado por mi propia temperatura fueron formándose como ideas en mi mente. ¿Dónde estaba?
  -Lamento haberte despertado.- dijo una voz a mi lado.- Ya he subido la calefacción.
Giré la cabeza en aquella dirección. Nathan conducía tranquilamente sin apartar la vista de la negra carretera, mientras los rayos plateados de la luna bañaban su rostro haciéndolo brillar con un centelleo místico. Siempre le había quedado muy bien los haces de la noche.
Aún intentando no dejar aletargadas mis neuronas, hice amagos de erguirme sobre el asiento, hasta que las evidentes causas me hicieron caer en la cuenta de que nos encontrábamos en un coche y ya era de noche.
  -¿Me he… me he dormido?
Me restregué los ojos con las manos con tal de acostumbrarme a la penumbra y pude al fin sentarme correctamente. Algo de lana me cubría del cuello hasta la cintura.
  -Te dije que intentaras dormirte en el avión y no me hiciste caso.
Vislumbré como Nathan sonreía haciendo que la luna también incidiese en sus dientes como perlas. Me dediqué a pasar por alto el comentario y bostezar mientras trataba de estirarme en el reducido espacio del coche. Realmente me dolía todo el cuerpo.
  -¿Qué hora es?- pregunté demasiado perezosa como para mirarlo en el navegador.
  -Tarde.- respondió raudo a la pregunta, aunque luego se agachó para comprobarlo.- Exactamente las once de la noche.
Asentí con la cabeza mientras me decidía a meter las manos dentro de aquel retazo de lana para calentarlas, y con otro suspiro me resistí a apoyar la cabeza en el cristal ya que de estar seguros estaría congelado. Me conformé con el cuero del asiento.
Las sombras de los árboles pasaban grácilmente a nuestro alrededor, irónicamente quietos ante la interminable danza de las hojas que aún permanecían fieles a las esqueléticas ramas. Aún de noche, pude apreciar la hermosura del paraje, la misma hermosura que me encandilaba, hermosura a la que me atrevía a llamarla hogar.
La calefacción del coche comenzó a caldear el interior, y los pequeños vahos formados en las comisuras de las lunetas fueron deshaciendo su error. A pesar de todo me abstuve a retirar la lana que hacía las veces de manta.
A un mismo tiempo una agradable sensación se fue aposentando en mi estómago, sustituyendo los habituales nervios que había soportado las últimas semanas, y me sentí en paz. Entonces un zumbido sonó justo dentro del hueco que había al lado del freno de mano. Extrañada me torné hacia el boliche de unos trapos oscuros que vibraban solos.
Desenvolví extrañada el almizcle de paños (que parecían tener forma de camisa) y descubrí en su interior el causante de su movimiento.
  -Te han estado llamando todo el rato.- anunció Nathan cuando cogí el móvil entre las manos.- Lo tapé para que no te despertaras.
La pantalla relucía dentro del eclipsado coche, creando eco de sus sombras mientras refulgía un único nombre.
  -Es mi padre.- le expliqué.
  -Lo sé.- afirmó.- ¿No vas a cogerlo?
Exhalé algo de aire mientras comprendía que había hecho bien en haberme dormido durante el trayecto. El móvil lanzó sus últimos zumbidos sobre las palmas de mis manos hasta que se cansó, entonces el silencio volvió a reinar.
  -No.- negué la pregunta entretanto me encogía de hombros.
Nathan frunció el ceño a la carretera y yo volví a recostarme.
  -¿No te has despedido de ellos?
Suspiré reacia a evocar el tema. Había jurado que no volvería a pisar Saint-Germain le Château en años, ni siquiera oír su nombre.
  -Sí lo hice.- contesté.- Les dejé una carta antes de marcharnos.
Rememoré el sobre lila que había depositado encima de mi cama. Resultaba algo cobarde hacerlo de esa manera, pero tenía la suficiente experiencia como para saber que si les decía a la cara que me iba, me lo impedirían. Prohibición, negociación y por último chantaje emocional, todo seguido en un riguroso orden cronológico.
Entonces el móvil volvió a zumbar incansable de nuevo, escuché como Nathan suspiraba al volante. ¿Es que no se cansaban de llamar? Lo que les había dejado era una carta de despedida, no una de suicidio.
  -Solo están preocupados por ti, Cati.
Eso lo sabía, supongo que no era demasiado normal que una hija se buscara tantos problemas en un record de veinticuatro horas.
Esta vez el sonido se apagó mucho antes de lo esperado, y aproveché el descanso para apagar completamente el aparato, evitando futuros pormenores. Nathan volvió a suspirar, provocándome observarle. ¿Era preocupación lo que se denotaba en su rostro? No debía preocuparse él también, no había razones para ello.
El pueblo de Peninton llegó pronto hacia nuestros alrededores, estimulando positivamente una sonrisa en mis labios.
  -Sabes que tramo coger, ¿no?- no pude evitar asegurarme.
  -Sí, tranquila.
Los efectos somníferos habían desaparecido totalmente, y una extraña emoción reconfortante se extendía por cada una de mis glándulas. Ardía en deseos de volver a ver aquel esqueleto gótico rodeado por un frondoso bosque impenetrable, mas me abstuve de adelantar acontecimientos.
Conservando aún la sonrisa en el rostro retiré la vista de la ventanilla en dirección contraria. Nathan conducía tranquilamente, demasiado lento comparado conmigo al volante, pero había algo que seducía en ello, más bien en todo lo que hacía, el cuidado y la elegancia que ponía en cada uno de sus pasos, como previendo lo que a continuación iría a ocurrir, seguro de sí mismo. Inevitablemente rememoré aquella noche en Kenilworth, cuando después de tanto tiempo que había estado sin poder tocar su piel o acariciar su pelo el deseo se había hecho material. Recordé lo que me costó librarme de ese psicoactivo, mientras volvía a sentir su piel contra la mía, sus labios deleitándose conmigo… Suspiré. Ahora todo aquello parecía tan fácil de conseguir, que me asustaba el sucumbir. Ya no quería nada de eso, tan solo pedía que nada ni nadie me hiciera daño. Solo eso.
  -¿Qué?- preguntó Nathan medio riéndose.
Me reí con él haciéndome volver a la realidad y comprobar que me había quedado mirándole fijamente, sumergiéndome en las perfectas curvas de su rostro, achatadas en una adorable nariz, que dibujaban ángulos hasta perderse en su cuello.
  -Nada.- respondí como siempre reacia a manifestar mis pensamientos.
Nathan endureció momentáneamente sus facciones mientras giraba ampliamente hacia la derecha, algo que por lo que había visto últimamente había tomado como referencia cuando le molestaban, algo que no me gustaba que se acoplase a su rostro.
  -Dímelo.- rogó con voz entristecida.
Exhalé algo de aire antes de encubrir una pieza de la verdad.
  -Tienes manchado el pómulo de la tinta del aeropuerto.
Como una orden, Nathan se llevó la mano hacia la boca mientras mojaba su dedo pulgar con saliva y limpiaba la mancha que llevaba en la mejilla hasta que se quitó la suciedad.
  -¿Ya?
  -Sí.
Finalmente aparté la vista de nuevo hacia la carretera, estábamos a punto de llegar. El bosque titilaba en el exterior, ululando nanas mágicas a mi bienvenida, en un perfecto vals crónico en el que todo iba a un mismo compás, nada se salía de la coreografía impartida.
A partir de ahora nada sería igual, todo había cambiado de nuevo. ¿Qué iba a ocurrir a partir de ahora? ¿Cómo se suponía que debía actuar? Como habitualmente, no lo sabía, ni lo quería saber. Tal y como me había propuesto iba a seguir mis instintos, y mis instintos me decían que abriera una rendija en mi caparazón para ver lo externo, admirar pero no claudicar.
Repentinamente noté el tacto suave de una mano contra mi mejilla. Con un sobresalto en el asiento roté inmediatamente la cabeza en dirección hacia el estímulo, el brazo de Nathan se alargaba despreocupadamente rozando mi pómulo sin pretensiones ni preámbulos. El mismísimo contacto entre nuestras pieles me hizo estremecer aún más que el frío que soportaba el ambiente. Paulatinamente las facciones de mi rostro se fueron endureciendo y oí como crujían las muelas al cerrar mi dentadura, intentando de algún modo contener la respiración para no hiperventilar.
Sabía que los pensamientos que yo misma me había impuesto anteriormente me alertaban que debía apartarme de un momento a otro sin esperar a más, pero se suponía que ahora era diferente, se suponía.
Cerré los ojos sustituyendo el paisaje nocturno por una oscuridad absoluta. Cada partícula de mis sentidos alarmaban de la cercanía, notaba cada vez más presente, cual agujas laceradas en la piel cada uno de sus movimientos. Sentía como su dedo índice jugueteaba con el calor de la mejilla superior, como su pulgar lamía mesuradamente el extremo de mis labios, tentados a continuar el recorrido. La extraña calidez de sus manos se me antojó ahora vulnerable, su tiento ardía en comparación a la frialdad que invadía mi cuerpo, algo que nunca hubiera llegado a imaginar.
  -¿Te molesta?
Apreté aún más los párpados cuando oí su aterciopelada voz prácticamente en mi oído. Me pregunté entonces cómo diantres conducía.
Suspiré agotada por el esfuerzo.
  -No.
Sus dedos no desistieron en su función y esta vez se dirigieron a las raíces de mi cabellera azabache. Sus extremidades se enredaron las greñas sueltas de mi coleta semi-derruida, peinándolas a su antojo en una asimétrica simetría.
  -¿Y ahora?
  -No.- me mantuve firme.
Oí una exhalación suya de la que quise tomar posesión cuando su aliento rozó mi nariz, lo que casi me produce un paro cardíaco.
Nathan siguió. Noté como sus dedos se desplazaban cada vez más abajo, dibujando el contorno de mi oreja izquierda, deteniéndose más tiempo en el lóbulo. Sus manos llegaron hasta mi cuello, trazaron el relieve de mi barbilla y el nacimiento de mi pelo hasta que presionaron las dos adorables pecas que siempre había conservado. Entonces dejé de sentir la suavidad de sus manos, que fueron reemplazadas por algo húmedo y completamente cálido a la vez que carnoso. Me temblaron las rodillas cuando la idea se fue formando en mi mente. Me estaba besando. Me estaba besando en la yugular.
El ritmo de mi corazón, si ya estaba siendo elevado, aumentó vertiginosamente cual montaña rusa hasta el punto de convertirse en pitidos que ensordecían mi mente. Mas su mano buscó a tientas entre mis muslos la mía, que rehusé estrecharla a miedo de que notara el inevitable entumecimiento de ella.
Finalmente frotó su nariz contra mi cuello hasta ascender de nuevo a la oreja, donde seguía sintiendo sus húmedos labios en contra.
  -¿Segura?- susurró con una voz entrecortada por los jadeos.
No contesté.
Era tan fácil girar la cabeza y cometer el pecado, estaba a mi alcance el sentir después de tantísimo tiempo el roce de su boca con la mía. ¿Por qué me tentaba de aquella forma? ¿Había pensado yo hacía escasos segundos el no necesitar aquello?
Giré la cabeza lentamente y abrí los ojos para encontrarme con un mar de plata, allí estaban las motas verdosas que tanto me gustaban, escondidas en lo recóndito de sus pupilas. Me di cuenta entonces de que el brazo que aferraba mi muñeca nos atrapaba en un bucle y que habíamos parado el coche sin haberlo notado.
Nathan me sonrió, mostrándome sus seductores dientes lobunos en aquella sonrisa, y yo se la devolví.
  -Dime, te molesta.
  -Para nada.- le respondí.
Él ladeó su cabeza alejándola centímetros de la mía, fingiendo un interés por las líneas de la palma de mi mano y sin parar de sonreír, para después comenzar a medir el calibrado de nuestras manos juntas. Observé como nuestros dedos corazones por poco no llegaban a tocarse punta a punta.
  -Tienes las manos heladas.- comentó trivial.- ¿Te has llegado a tapar con mi chaqueta?
Confundida agaché la mirada en dirección al retazo, ahora arrugado y redimido a un extremo. ¿Era eso una trenca?
  -La utilicé durante un rato.- admití.
Aquello le hizo ensanchar aún más la sonrisa a Nathan, quien miraba obnubilado la imagen de nuestras manos sumergido en sus pensamientos.
  -Debería irme.- dije sin pensarlo  bien.
Calla, insensata, ¿pretendes irte ahora?, dijo una voz maquiavélica en mi fuero interno. Me mordí la lengua para poder tragarme aquellas palabras, mas ya era demasiado tarde.
  -Sí, se está haciendo muy tarde.- razonó más para sí mismo más que a mí.
Con un suspiró me soltó la mano y me deslicé hacia el picaporte del copiloto para abrirlo y salir al exterior. Una brisa de viento helado salió a mi encuentro azotándome en el rostro, el ambiente estaba cargado de una humedad pesada y el aroma a silvestre se extendía a mi alrededor. Respiré hondo aquel olor a tierra mojada para volver a notar algo presente.
Algo metálico rozó el dorso de mi mano y volví a inquietarme por la sorpresa. Nathan sonreía cansado a mi lado ofreciéndome mi maleta. Desde luego aquella noche estaba falta de reflejos. Entonces le tendí su chaqueta para realizar el intercambio.
  -Gracias.- fui educada.
  -No hay de que.
Nathan cogió su trenca y se la puso sobre su camisa color celeste entreabierta en un pecho desnudo. Me obligué a pellizcarme en la pantorrilla para volver a la realidad y dejar de admirar aquel cuadro tan hermoso que insólitamente me recordaba al David de Miguel Ángel. Con un suspiro de paciencia hacia mis divagaciones rodeé el asa de la maleta para arrastrarla durante el caminito de tierra, mas algo me retuvo. Nathan me aferraba el antebrazo hasta arrastrarme junto a él, limitó mi cara con sus manos y posó delicadamente su frente contra la mía. La proximidad entre nuestros rostros era más que evidente, pude sentir como su aliento y el mío se fundían en uno solo, y su esencia embriagadora me envolvía. Escuché un ruido hosco y acompañado de fondo, hasta que me di cuenta de que eran mis propios gemidos, esta vez no había cerrado los labios.
Entonces él se rió y yo me reí con él, su oxígeno era el mío. Sin saber muy bien donde posar las manos, las dejé descansar sobre sus omóplatos, ásperos a causa de la textura de la chaqueta.
  -Me alegro de que no hubieras decidido huir sola.- murmuró.
Poco a poco logré ruborizarme a pesar del frío de la noche, y noté como me ardían los pómulos bajo sus manos.
  -Hubieses llamado a la policía de nuevo. No estaba dispuesta a perder más dinero.
Nathan volvió a reírse y juntó su nariz achatada contra la mía pomposa. Ahora la fina línea de sus labios se encontraba a una distancia de tres centímetros.
  -Seguramente.- saboreé el vahó que soltaban sus palabras en mi boca.- Me conoces demasiado bien.
Noté como perdía visión debido al entumecimiento de mis ojos llorosos, habíamos llegado al límite, siempre había uno. Ahora me sentía incómoda, demasiado para mi gusto, y traté de dar marcha atrás.
  -Esto sí me molesta.
Él compungió su rostro en una mueca de tristeza que me partió el alma en dos y me hizo sentir como la más cruel villana, pero lo que decía era cierto. Nathan aflojó la atadura de sus manos y se alejó de mí otra vez, procurando ocultar en cada uno de sus gestos la derrota.
  -Lo siento.- se lamentó.
Me sentí mal por haberle hecho daño, basándome en que Nathan era fuerte para soportarlo. Él volvió a reconstruir a la perfección aquella expresión endurecida y artificial y alzó la comisura de sus labios en el intento de sonreírme. A pesar de todo no quería defraudarme.
  -¿Nos… nos vemos mañana?- quise remediarlo con una esperanza de no alejarlo de mí.
  -Claro. No veo por qué no.- razonó.
Le sonreí infantilmente, cosa que nunca solía hacer, y él me tocó la punta de la nariz en un gesto cariñoso.
Odiaba que me trataran con delicadeza, algo de lo que yo carecía y que calificaba al estereotipo de la mujer, aunque esta vez me limité a morderme la lengua para no replicar, en ocasiones hay que ceder.
  -Buenas noches.
Me alejé del coche de Nathan, aturdida aún por lo que acababa de suceder.