lunes, 25 de octubre de 2010

22. La última gota.

Arrebujé aún más los muslos contra el pecho, tamborileando los dedos sobre el gris de los vaqueros, tocando en el aire una canción muda cuyas notas volaban en el viento invisibles a ojos ajenos. Lentamente incorporé la cabeza hasta apoyar la barbilla sobre mis rodillas. Nathan seguía allí, deambulando en diagonal por la habitación, tal y como había estado haciendo aproximadamente un cuarto de hora según mi móvil. No había dicho nada aún, tan solo se limitaba a fortalecer sus gemelos y permanecer en un riguroso silencio. Suspiré agotada y desvié la mirada de él.
La habitación, situada al fondo del mismo pasillo que la mía, aparentaba una reducción del espacio debido a las dos camas, separadas por una mesita de noche de madera, que consumían gran área. El color de ésta distaba mucho del ocre blanquecino que adornaba la mía, en este caso un celeste etéreo alumbraba las paredes a conjunto con las colchas y el sillón egg que se situaba en frente de las camas.
En una ocasión había llegado a leer que el color azul significaba un estado de estabilidad, sabiduría y confianza equilibrado. Creo que había llegado la hora de hacer una reclamación a esos estudios.
El rodeo se vio terminado en un par de grisáceos ojos expectantes que por fin habían reparado en mi presencia. Sonreí taimadamente, dispuesta a hacerme ver indiferente ante lo ocurrido hacía unos minutos. Él torció atractivamente una de las comisuras de sus labios en respuesta, finalmente exhaló un suspiro.
  -Dime que estás bien.- rompió el silencio impuesto.
Por escasos segundos el rostro se me descompuso, aunque fui lo suficientemente fuerte como para ponerme una máscara de felicidad fingida en el rostro.
  -Estoy bien.
Nathan no respondió, se quedó inmóvil escudriñando el interior de mis ojos. Le sostuve la mirada, deseando que lo que decían sobre que los ojos eran el espejo del alma fuese erróneo.
Luego relajó su posición.
  -No te creo.- sentenció tendiendo de nuevo al movimiento.
Un relámpago centelleó en mi interior con brío cuando me descubrió. Maldita sea, ¿cómo me conocía tan bien?
  -No me creas.- le dije no presta a ceder ante la verdad.- Es tu problema.
Nathan volvió a pararse en seco delante de mí, lo que me hizo cantar victoria en mi fuero interno, la frase había hecho mella.
Aunque él abrió la boca en busca de una réplica… que se vio aplazada por un ruido en la habitación.
  -Fuera.- rugió Nathan de forma escéptica al momento.
  -Eh, esta también es mi habitación.- protestó Fredy quien haciendo caso omiso saltó en plancha sobre el sillón egg.- Conozco mis derechos.
Nathan le dirigió otra de las muchas miradas envenenadas que había lanzado a lo largo de la mañana aunque finalmente se dio por vencido y volvió a pasearse por la habitación.
Suspiré fatigada y comencé a balancearme sobre mí misma como una mecedora humana.
“¡Es todo por tu culpa! ¿Lo sabes?”. Las palabras no paraban de resonar en mi cabeza. ¿Mi culpa? ¿Qué diantres había hecho? La respuesta vino por sí sola. Muchas. Había hecho muchas cosas de las que ahora me arrepentía. Riley tenía razón, no era más que una maldita ególatra.
Me mecí con más fuerza, aquel vaivén parecía que me hacía algún bien. Entonces oí un resoplido que hizo elevar mi cabeza.
  -Vaya par de locos.- comentó Fred irónico.
Paré en seco sobre la cama, sonrojándome al darme cuenta que desde un punto de vista exterior debía de parecer como esas películas de terror donde una niña pequeña vestida con camisón blanco se traumatizaba en un manicomio.
  -Nadie te ha pedido que estés aquí.- gruñó el aludido.
Fredy se encogió de hombros burlonamente. Aquello me contrarió, tenía entendido que Nathan y él eran mejores amigos.
  -Siempre es mejor que estar ahí abajo. No sabes el pollo que se ha montado.
Nathan bufó.
  -Riley es idiota.- le murmuró a su amigo ignorándome.
De repente me sentí gravemente desplazada de la conversación. Quise gritarles en ese momento que en la habitación seguíamos siendo tres.
Observé como Fred jugueteaba con una muñequera suya, quitando importancia al asunto. Nathan se había parado otra vez a un lado suyo.
  -Puede. Pero Ashley está…- Fredy no acabó la frase, una mirada de advertencia le retuvo a hacerlo.
Me erguí rápidamente sobre la cama. ¿Ashley estaba cómo? Pude notar como los latidos de mi corazón aumentaban de golpe. Ellos sabían lo que estaba pasando.
  -¿Cómo está Ashley?- mi voz sonó una octava más aguda, carraspeé.
Vislumbré como Nathan y Fred mantenían algo así como una mirada cómplice a lo gángster entre ellos, y Nathan vocalizaba algo parecido a “Gracias”.
  -Está… un poco mal. Ha guardado reposo en cama hasta ahora.- intentó arreglarlo Nathan acompañado con el tono más dulce e irresistible que jamás haya oído.
  -Está destrozada.- sentencié.
  -Yo no he dicho eso.
Nathan me frunció el gesto aunque terminó por relajarlo cuando su dura mirada golpeó la mía. A pesar de todos los acontecimientos aún podía temblar bajo su hechizo. Descarté la idea de sucumbir al momento mientras retiraba la vista de él hacia Fredy.
  -¿Pero por qué está así?
Fred volvió a encogerse de hombros mientras daba más vueltas a su pulsera.
  -Después de haberse fastidiado la declaración de su compromiso… Es algo exagerado, pero bueno.
En aquel instante noté como un jarro de agua helada se derramaba sobre mi cabeza. El aire no salía y entraba en mis pulmones con regularidad. ¿Había oído bien? Acaso se iban a…
  -¿¡Casar!? ¿¡Ashley y Riley se van a casar!?
No debía perder los nervios de aquella manera y menos delante de alguien, pero aquello me superaba en creces. Ashley Smart, la misma chica que odiaba el matrimonio a muerte, la misma chica neoyorquina que tiempo atrás había sido una de mis mejores amigas, se iba a casar.
La imagen se formó instantáneamente en mi mente, algo que no pude contener a tiempo. Ashley, vestida con un vaporoso vestido blanco de cola, sobre el altar junto a un Riley engominado dándose el sí quiero delante de un cura.
Aquello me hizo convulsionar de pies a cabeza.
  -Tranquila, gracias a tu huida en la fiesta no dijeron nada.- aportó Fred creyendo hacer algún bien.
Entonces todo encajó. “Ashley está así por tu culpa”. Mi culpa, a eso se había referido Riley, a mi escena en la gala de anoche.
Miré de soslayo a Nathan, quien reflejaba en su rostro un debate entre acercarse a mí o no, él me había prometido que nadie sabía nada de mi escapatoria. ¿Me había mentido al respecto?
  -Estropeé la velada, ¿verdad?- dije, aunque me di cuenta que no conservaba ni un ápice de amargura al ver que era cierto.
  -Eso no le da derecho a Riley para que se comporte de esa manera.- rebatió Nathan.
Volví a caerme sobre la cama y respiré hondo para tranquilizarme y recobrar la compostura. Se produjo entonces un momento de silencio.
  -De todos modos no ha hecho más que decir la verdad.- susurré en alto para mí misma en un descuido.
Rodeé mi tripa con ambas manos hasta que llegaron a enlazarse en la espalda. De repente me vi desenfocando la vista en la moqueta, demasiado cansada como para pensar o si quiera criticarme. Entonces temí porque aquel bajón de azúcar podría acarrearme uno de mis mareos, cosa que sí debía controlar en presencia de alguien. Hasta ahora no había ido nada mal ocultándolo.
Oí a lo lejos un suspiro del cual no supe su procedencia, ni siquiera supe si había sido yo.
  -Cati, no te puedes acriminar algo que no has hecho.
La dulce voz de Nathan sonó demasiado cerca de lo que hubiera esperado. Parpadeé varias veces hasta que comprendí que estaba acuclillado en frente de la cama, sus manos ahora ardían como brasas sobre los muslos de mis piernas, pareciendo poder atravesar la tela, y su inconfundible aroma conseguía embriagar todo mi ser.
Deseé más fuerte que nunca que aquello fuese correcto, pero de momento desgraciadamente no se habían inventado las máquinas del tiempo, por lo que debía aprender a convivir con la lección achacada.
  -Pegué a Ashley.- confesé sin darme igual las repercusiones que tendría aquella declaración.
Instintivamente aparté la mirada de los ojos de Nathan, no podía soportar el hecho de que pudiera mirarme de mala forma, mas seguí notando el contacto de sus manos. Aunque se me olvidó el hecho de que sí había alguien que respondería por él.
  -¡Guau! Y parecía que no sabía dar un gancho... ¿Por qué razón no me he enterado de nada hasta ahora?- aulló Fred con socarronería entre carcajadas, aquello le divertía demasiado como para resultar sano.
Escuché como un sonido hondo vibraba en la garganta de Nathan, quien se dio media vuelta para mirar a Fredy.
  -En serio, Fred, si no vas a aportar nada bueno vete.- sugirió señalando la puerta con el dedo índice.
Fredy se ofendió claramente aunque segundos más tarde se recuperó e hizo como siempre, fingir que todo le daba lo mismo. Entonces se levantó, sacudió unas imaginarias motas de polvo sobre su ropa (que aún consistía en el traje de chaqueta amodorrado) y se dirigió a la puerta.
  -Como queráis. Me voy con Dorian, al menos él sabrá apreciar la buena carne.- se burló en un tono de falsa ofensión.
El portazo retumbó en las paredes hasta el punto de hacerlas estremecer, me encogí aún más. ¿Es que no sabía parar de herir a la gente? Suspiré.
Me removí sobre la colcha hasta conseguir desligar las manos de Nathan sobre mis pantorrillas, ahora era yo la que necesitaba movimiento. Recorrí la habitación en círculos varias veces, sin lograr pensar nada claro debido a un repentino dolor de cabeza que se cernía cada vez más palpable, finalmente me detuve delante de la enorme cristalera, idéntica a la de mi dormitorio.
Me había prometido desde un principio el quedarme tres semanas, aguantar hasta que terminasen las vacaciones, en ese momento me di cuenta de que aquello resultaba imposible. Dejé soltar las ilusiones de marcharme de Saint-Germain le Château que hasta hacía poco había acumulado hasta rebasar el recipiente, y me dije que era la hora de escapar otra vez ya que poca utilidad tenía allí ya.
Instintivamente mis dedos se aferraron al bulto de mis vaqueros, justo donde guardaba el móvil.
Las dudas me asaltaron, como siempre viendo las repercusiones que, al fin y al cabo, en el desenlace ignoraría. Echaba de menos Kenilworth, echaba de menos su enorme césped gratinado de paisajes caducifolios, echaba de menos los nervios de Melinda y la tranquilidad de Cooper. Comprendí que debía volver.
Como si lo hubieran esperado hasta ahora, metí hábilmente mi mano en el bolsillo hasta sacar el aparato y comencé a marcar la numeración que tan bien conocía.
  -¿A quién llamas?
Prescindí de la pregunta de Nathan sin apartar la vista de los números que garabateaba en la pantalla con impaciencia, finalmente apreté el botón verde.
  -Nathan, me vuelvo.- le contesté mientras los pitidos rezumbaban en mi oreja derecha.
Tras unos cuantos toques más la voz de una operadora sonó al otro lado de la línea afirmando ser el lugar con el que quería hablar.
  -Sí, mire, me gustaría reservar un vuelo en dirección a Londres.- pedí en un tono amable.
La mujer me pidió que esperase unos minutos, mientras se oyó el jaleo de unos papeles revoloteando por el auricular. Entonces, cortando la conexión, una mano de la que no vi sus reflejos a tiempo, me quitó el móvil de las manos. Sorprendida miré a mi alrededor buscando al agresor, Nathan asía firmemente el celular hablando por él.
  -¿Señorita? Ruego que me disculpe, ha habido un error.- le oí decir mirándome de soslayo.- ¿Sería posible reservar un vuelo más?
Noté como empezaba a hiperventilar intentando tomar posesión del móvil de nuevo, mas la composición de Nathan era demasiado grande para mis intentos. Contuve la respiración hasta que volví a percibir un ronroneo áspero que contestaba.
  -Ajá, entiendo.- otro ronroneo.- Sí, lo antes posible, por favor.
Aquello no me daba pistas de lo que estaba sucediendo, y parecía que Nathan no estaba por la labor de adelantarme nada. Rendida me limité a empotrarme contra el cristal y a cruzar los brazos enfurruñada.
  -Acompañante… Sí claro, en primera.- afirmaba otra vez al bisbiseo de la línea haciéndome desistir en seguir la conversación.- Perfecto.
¿No sabía decir otra cosa que alabar a la mujer? ¿Qué era tan perfecto? Bufé molesta por la negligencia de mis límites. Nathan siguió hablando por teléfono, esta vez dando algunos datos suyos entre los que pude escuchar mi nombre mezclado.
  -Está bien, muchísimas gracias por todo.- dijo. Me erguí al comprender que se estaba despidiendo.- Ha sido un placer hablar con usted.
La otra parte sonó unas palabras más hasta que Nathan se apartó del teléfono colgando y me lo tendió sin más explicaciones. Desconcertada rehusé cogerlo hasta que no me aclarara nada.
  -¿Y bien?
Nathan mostró una de sus devastadoras sonrisas torcidas, dándome a entender que la elegancia y el glamour habían vuelto a él después de todo.
  -Que no entiendo por qué no estás haciendo las maletas ahora mismo.

domingo, 24 de octubre de 2010

21. Agresión.

Los rayos de un sol matutino se colaron a través del enorme ventanal que ocupaba toda la pared exterior haciéndome imaginar el hermoso paraje debería producir el contraste del brillo solano en las gotas rociadas de la nevada.
Contuve un arrebato de ira contra el inocente colchón ofuscada por el inevitable amanecer, y en parte también producido por la falta de horas de sueño. Intenté de nuevo cerrar fuertemente los ojos para ignorar la luminosidad presente en la estancia, mas ineludiblemente la negrura se veía teñida de un color anaranjado. No quería abrir los ojos todavía, no quería que aquel sueño terminase jamás.
En un arranque de furia contra el propio Sol me puse boca abajo tapándome la cara con la mullida almohada hasta que el vaho de mi propia respiración entumeció todo mi rostro impidiéndome tomar más oxígeno. Finalmente disentí en mis planes de oscurantismo a la mañana y asumí que había llegado un nuevo día muy a mi pesar.
Me negaba a creer que la anterior noche hubiera sido real, es más, temía abrir los ojos y que todo se esfumase por arte magia burlándose de mi incoherencia.
Soltando un suspiro antes de realizar la prueba final, despegué paulatinamente los párpados hasta que la luz natural me cegó.
Estaba despierta y era medianamente feliz. ¿Qué más podía desear? Aún no admitía que ayer hubiese ocurrido todo aquello que ahora parecía tan surrealista en las vívidas imágenes de mi cabeza. Los recuerdos formaban una extraña mixtura de huidas, coches, sangre y palabras sueltas sin contexto alguno que me iban a hacer explotar la cabeza con su travesía y almizcle. Solo había dos cosas que me importaran de la fiesta: Nathan había vuelto y no me odiaba.
Entonces me obligué a volver al mundo real tras evocar la fantasía que había vivido recientemente. Había dejado que Nathan se quedase a mi lado y aquello había sido un tremendo error aunque ahora pareciese la mejor opción. Sabía que mi mente no soportaría de nuevo el hecho de que volvieran a herirme, porque lo harían, siempre era así. ¿Cuánto tiempo duraría el idilio? ¿Durante cuántos días alimentaría mis ilusiones para después romperme en mil pedacitos? Lo mejor que podía hacer era alejarme de él, todo lo remotamente lejano posible. ¿Quizá Angola? ¿O mejor Nueva Guinea?
De repente me sorprendí a mí misma una vez más. Después de todo lo que había sufrido, después de haber intentado con todas mis fuerzas el separarme de él, no quería perderlo otra vez, deseaba quedarme a su lado a pesar de que masoquistamente me volviera a hacer daño. ¿Podría ocurrir que el veneno que me mataba se remediase con más ponzoña? ¿Era aquello racional? No, no lo era, pero tampoco lo era mi vida. Si lo que necesitaba para hacerme sentir mejor era estar a su lado no había más remedio que adoptarse a las necesidades.
Bufé ante la incongruencia de mis pensamientos y adversidades, definitivamente estaba más loca de lo que creía. Finalmente me levanté de la cama, ya totalmente serena y despierta, y me senté maniatada por las arrugadas sábanas y la magullada colcha color crema acariciando las flores de lis bordadas con un hilo más oscuro en la tela. Divisé a un lado de la moqueta el tomo abierto de El sueño de una noche de verano, aquel librito desbocado y más que usado a lo largo de mi vida que había llegado a ser una de mis obras favoritas de Shakespeare, a la que tristemente se la había subestimado gracias a su denotación humorística de comedia. Me abalancé sobre aquel libro, recordando haberlo dejado tirado la otra noche en la que había decidido disipar mi angustia relevándola por la trama amorosa de Lisandro, Hermia, Demetrio y Elena azotada por el pícaro toque de Puck. A pesar de todo lo cómica que pudiera ser aquella obra adaptada en un presentimiento a tiempos más actuales, nunca había logrado sonsacar la gracia suscitada en el contexto, sino el grado en el que tratan un tema tan primario como era el amor. Shakespeare no solo retrataba la incoherencia de la adolescencia y la juventud en ese tema, sino que a un mismo tiempo en el que ambas parejas sufrían una crisis, había alguien superior, un ojo avizor que les vigilaba y desataba su destino burlándose al mismo tiempo del amor, algo inexistente y banal que despiadadamente incitaba a beber de su fruto a las personas. A un mismo tiempo desde temprana edad había determinado adoptar dicha educación, una educación que con el paso de los años me ensañaría a dar la razón de desdeñar la fantasía del querer a una persona y permanecer junto a ella por el resto de nuestra superflua existencia en la tierra.
Suspiré mientras recorría rápidamente los textos impresos en las pequeñas hojas, terminando por dejar sobre la mesita de noche descubriendo como Titania, bajo el cruel hechizo de su esposo, rodeaba tiernamente con sus brazos a un hombre con cabeza de asno; aquella imagen representaba mejor que nada mi crítica teoría. Entonces me levanté despejando mi cabeza de toda aquella sociedad griega y su impetuosa conducta arraigada profundamente en la nuestra. Gemí de dolor cuando mi cuerpo reveló de manera imprecisa sus magulladuras a lo largo de la anterior noche, realmente estaba destrozada, mas me propuse intentar ignorar el cansancio y me acerqué hacia el armario para despojarme de la ropa interior que había conseguido ponerme antes de haber caído rendida en la cama. Cogí el primer jersey que pillé a mano y los pantalones grises que acababa de rememorar que había dejado hechos un boliche en el fondo. Rápidamente logré recogerme el pelo en una coleta para disimular la difusa forma que lucía en un estado intermedio de ondulación y liso.
En ese momento vislumbré un eco de pánico en mi interior al llegar la hora de descender por las escaleras. Un vago temor a que si salía de la habitación nada hubiera sido real. ¿Qué pasaría a partir de ahora? ¿Cómo debería actuar desde este instante? No lo sabía y desgraciadamente no había nadie que pudiese contestarme. ¿Por qué no inventarían un manual para estas situaciones?
Rodeé el pomo de la puerta con mi mano, observando como el cansancio también hacia mella en mi cerebro embotándolo y haciendo carecer de importancia las preguntas y miedos que se formaban en mi fuero interno. Lentamente conseguí girarlo y salir al exterior del pasillo, un devastador silencio acudió a mi encuentro. Extrañamente la casa estaba demasiado tranquila dado el hecho de que éramos actualmente doce personas a convivir bajo un mismo techo. ¿Estarían aún todos durmiendo por la resaca de la fiesta? Lo dudaba bastante contando con la eventualidad de que casi nadie en una gala conseguía emborracharse lo suficiente como para empezar a desvariar delante de un grupo de gente asilado, es decir, nadie deseaba hacer un ridículo espantoso delante de la familia.
Humildemente decidí limitarme a encogerme de hombros y a bajar por las escaleras hasta el último piso contando con la posibilidad de encontrar a alguien al final de éstas. Escuché el ritmo de los latidos de mi corazón al descender el último peldaño y contuve la respiración durante determinados segundos. Entonces noté como empezaba a ruborizarme de vergüenza al admitir lo idiota que había sido. La desilusión me llegó más tarde, después del apocamiento de haber esperado que allí mismo estuviera Nathan, aquella había sido una idea arraigada que inconscientemente había mantenido mi mente en cordura y sensatez. Respiré tranquilamente cuando vi la sala (increíble y misteriosamente impoluta y recogida en el amanecer de una noche de fiesta en la mansión), no se divisaba a nadie en cuestión de metros a la redonda, lo que hizo volver a cuestionarme el hecho de dónde estaría la gente. Aquello empezaba a parecerse demasiado al segundo día en Saint-Germain le Château, así que recordé el no ser tan estúpida de coger un bastón y arrear a alguien.
Sin más continué deambulando por la casa cual zombi (o por lo menos tan pálida y enfermiza como para parecer uno de ellos), hasta que llegué al salón, el cual había vuelto a tornar a sus funciones laborales sin presentar un ambiente discotequero. Agucé el oído cuando entré en la habitación, ya que de no haber sido por el reflejo aletargado de una débil sombra en el extenso sofá taimado me hubiera pasado desapercibido el hecho de una presencia. Me acerqué con paso lento, casi sin fuerzas ni ganas de levantar los pies del suelo y caminar con normalidad. La sombra ocupaba todo el ancho del sofá y aún llegaba a sobresalir de los límites. Aquella corpulencia desechó otra vez la idea de que Nathan estuviera abajo conmigo.
  -¿Fred?- dije con una voz nasal impropia de mí.
Con un esfuerzo logré balancearle suavemente. Fredy apartó mi brazo a ciegas y murmuró algo que no pude descifrar, bien porque no se le entendía o porque aún estaba algo grogui después de haberme levantado bruscamente.
  -Fredy, son las… ¿doce y media?- insistí comprobando el reloj que marcaba el DVD de la televisión.
Aquel despertador debía ir mal, no podía ser tan tarde. ¿Ya era mediodía? ¡Pero si acababa de levantarme!
Volví a dirigirme a Fred, quien seguía empeñado en desatenderme dispuesto a seguir durmiendo. Rememoré entonces que Frederick era uno de los pocos que se desmadraban (por no decir el único ya que al final yo no había hecho nada). Esta vez decidí sentarme a sus pies, apoyando la cabeza en su tembloroso estómago.
  -Freeeedddddyyyy deeeeesspieeerrtaaaa.- canturreé.- Freee-ouff…
La mano de Fred logró asirme la boca impidiendo que abriera ampliamente los labios y dejando terminar la frase en un sinsentido mimético. Meneé instintivamente varias veces la cabeza en un intento de librarme de la presión, pero ni Fred estaba dispuesto a soltarme ni yo tenía fuerzas suficientes para quitarle de encima. Resoplé repetidas veces ofuscada por el hecho de estar maniatada, mas el vaivén de su diafragma me sedujo a reposar sobre sus ropas y cerrar una vez más los párpados. Su ropa olía a un almizcle de alcohol, suciedad y… ¿barniz? Caí en la cuenta entonces de que anoche Fredy había tirado abajo la puerta del sótano, lo que concluía la duda.
La oscuridad me abatió al perder la batalla contra el sueño, aunque no aguanté demasiado en la penumbra. Conté hasta veinticinco antes de volver a abrir los ojos, aquello era demasiado incómodo para volver a dormirme. Aburrida y desesperanzada de que Fred aflojara su mano, abrí todo lo que pude mi boca y logré pillar un cacho de carne entre mis dientes.
  -¡Ahu!- chilló al funcionar mi ardid.- ¿Te has vuelto loca?
Ja, ¿ahora te das cuenta?, se jactó una vocecilla en mi interior que me hizo reír por la situación.
  -No podía respirar.- mentí sin poder evitar encogerme de hombros.
Fredy, acuclillado en el sofá y bien despierto, sacudía la mano herida para mitigar el dolor mientras me lanzaba una mirada asesina. Finalmente corrigió el rumbo de sus actos y, demasiado cansado como para enfadarse con alguien “a primera hora de la mañana”, dejó soltar un largo suspiro mientras se acomodaba de nuevo en el sofá.
  -Como se nota que hoy estás más alegre…- susurró Fred para sí mismo cabizbajo.
Noté como la sangre empezaba a  hervir lentamente en mis pómulos sin poder evitarlo ni disimularlo a tiempo. Claramente me sentía aludida de un modo especial ante aquel comentario espontáneo.
Tratando de remediar el embarazo puse los ojos en blanco mientras volvía a erguirme a espaldas del sofá sin querer mirar a los ojos a mi amigo.
  -Idiota.- murmuré.
Fred, quien al parecer no necesitaba pudor ni sueño para burlarse del prójimo, soltó una estruendosa carcajada que llenó el ambiente con su eco. Aquello me hizo enrojecer aún más de la rabia por haber caído en una trampa tan simple. Rápidamente Fredy logró sentarse en el borde del diván y zarandeó mi hombro con sutileza para terminar con un par de palmaditas amistosas en éste.
  -Si te sirve de consuelo, él también tenía mejor aspecto hoy.
Enfurruñada aún por el notable desvío de nuestra conversación hacia terreno peligroso que no quería pisar para nada, crucé los brazos y me aovillé lo máximo en un intento de no seguir sus comentarios, los cuales me hacían sentir demasiado incómoda como para pensar en cómo pararlos.
En cierto modo una parte de mí volvía a contradecirse. Nathan se habría levantado temprano, esa era la única explicación por la que no le había llegado a ver y Fredy sí, de estar seguros él había dormido en el sofá toda la noche (deducción hallada de las cuantiosas arrugas que poblaban su ropa).
Me sorprendí de nuevo a mí misma con mis pensamientos. ¿De verdad podía cambiar tanto un simple abrazo? Nada antes había sido igual, y quería que siguiera así, que todo cambiara. La pregunta ahora era: ¿Sería capaz de soportarlo? Desde el primer momento que vi Nathan en Gimmerton Road supe que algo dentro de mí había cambiado, que tras varias cicatrices instintivamente mi mente evitaba aquel dolor. Un dolor angustioso que me quemaba por dentro destrozándome en mil pedacitos, sumiéndome en lo más tenebroso sin poder volver a ver la luz del sol.
Instintivamente una horrible mueca de repulsión me deformó el rostro, y agradecí el hecho de que estuviera a espaldas de Fredy.
No quería hundirme de nuevo en aquel pozo sin retorno, aquel estado. De esta forma, esquivando el dolor sobrehumano, quizá, y solo quizá, pudiera permanecer en paz conmigo misma, un estado de tranquilidad que Nathan me había mostrado con un mero abrazo.
Entonces me critiqué duramente por haber sido tan intolerante todo aquel tiempo. Ojalá hubiera sido en Kenilworth donde me hubiera dado cuenta de lo que mi cuerpo buscaba. ¿Habría sido aquella tarde de estudio la primera en la que descansaría de mí misma?
Sacudí enérgicamente la cabeza mientras me levantaba del sitio ante un expectante Fred y paseé por la casa en busca de movimiento y agilidad en las piernas.
No, mi nueva mentalidad no solo había encontrado mi tranquilidad interior, sino que había desarrollado frescos ideales, creando una necesidad de independencia y soledad que nunca antes había experimentado (o por lo menos no en un grado tan óptimo).
Dios… ¿Cómo no me había dado cuenta antes del giro que habían dado las cosas? ¿De todo lo que me estaba ocurriendo? ¿Sería este el principio de una mutación como la de Ashley o Riley?
Creía que me iría a estallar la cabeza de un momento a otro. Debía parar de pensar, de retorcer aún más los acontecimientos.
  -Cati, por favor, para. Me estás poniendo nervioso…- se quejó Fredy.
Rápidamente giré la cabeza hacia él, repantigado en el sofá enterrando su rostro entre las manos con cansancio. Suspiré profundamente y ordené a mis piernas que parasen de hacer footing en el interior de la casa, reacias a dejarlo finalmente pararon en medio de la estancia.
No debía pensar, ése era el quid de la cuestión.
  -¿Dónde están todos? ¿Aún duermen?
Me acerqué paulatinamente al respaldo del sofá y apoyé los codos en él junto a la cabeza de Fred, quien volvía a entrecerrar los párpados como si en vez de lo que mantenía abierto eran pesas de cincuenta kilos en vez de sus párpados.
De repente la patente inactividad de Frederick me irritó al contrastar con el martilleo de mi ritmo cardíaco, el cual daba voces a lo alto para no acumular demasiada sangre en los vasos sanguíneos.
  -No. Se fueron todos muy temprano para acallar a Dorian.- dijo mientras soltaba un gran bostezo luciendo todas sus vísceras internas sin amago de contrariarse.- Te puedo jurar que ese niño llora como un becerro.
Sin ganas de propinarle uno de mis acostumbrados codazos, me obligué a pensar que Fred aún estaba lo suficientemente dormido para decir estupideces (aunque a decir verdad, daba igual si era o no consciente de ello).
  -Así que… teóricamente…- empecé la frase alargando al máximo cada palabra. Fred curioso levantó la cabeza dándome de bruces con dos ojos de un color verde similar al de los bosques en primavera.- ¿estamos solos?
  -Oui, c’est une déduction excellente, mademoiselle, qu'intelligence surhumaine.- se burló Fredy en un brillante francés del que desconocía su aprendizaje.
¿Hasta en una lengua que en aquel estado se consideraba extranjera debía mofarse de mí? Bufé ante la injusticia de aquellas normas.
  -Au moins plus surhumain que celui d'un neandertal.- rebatí defendiendo mi pobre coeficiente intelectual.
Fred frunció el entrecejo, sin llegar a resolverme claramente la duda de haberme entendido al completo, y plisó graciosamente sus labios en dos curvilíneas blanquecinas. Instintivamente incómoda por la sorpresa puse unos centímetros de distancia entre mi rostro y su ininteligible muesca.
  -¿Me has entendido?- se quejó.
Enarqué contrariada una de mis cejas y me erguí contemplándole, lo que obligó a Fredy a levantarse del sofá en mi dirección para mirarme en un mejor ángulo.
  -Fred, - le contesté cariñosamente.- domino más de diez lenguas.
De algo debía haber servido el viajar deambulando de un lado para otro sin saber a donde ir, para ello era conveniente hacerse entender en los parajes si no querías que terminaran timándote.
No pude evitar reírme ante la incredulidad que se aposentaba en las facciones de Fredy. Él era más joven que yo, se suponía que la vejez forjaba la inteligencia, ¿no?
En ese momento oí estremecer mi estómago, recordándome los malos tratos por no haberle alimentado desde casi el desayuno del día anterior, ya que a penas habíamos comido gracias a la alegación de Rose sobre el esfuerzo de aguantar hasta el festín de la fiesta al anochecer, festín que no probé debido a los fortuitos acontecimientos.
  -¿Desayunamos?
Fredy no relajó su postura hiriente en su orgullo, mas coincidió conmigo en depositar algo sólido en el interior.
Nos dirigimos a la cocina, ansiando encontrar algo medianamente comestible con lo que aplacar aquel rugido matutino. No tardé demasiado en reclamar la primera base delante de la puerta de la metálica nevera negruzca y asir el asa hasta abrirla. Un olor a huevos, mayonesa, gambas y salsa rosa aplastó mis sentidos olfativos al instante sin poder contener unas arcadas que brotaban de mi garganta aclamando hacerse materiales pero sin alimento que tomar de mis intestinos. Comprendí, al ver todos los estantes repletos de restos de comida pasada, el motivo de mi reacción. ¿Es que no había nada comible en una mañana cualquiera?
  -Ummm... Cóctel para desayunar.- comentó Fred apartándome de la nevera lo suficiente para alcanzar una honda copa de cristal adornada por varias gambas peladas en sus bordes y un contenido de salsa en su interior.- Adoro las fiestas.
Le seguí con la mirada, escéptica, hasta que se sentó en uno de los taburetes de la isla dándome la espalda. Después suspiré. Era Fredy con quien estábamos tratando.
Cerré de un golpe la nevera, ansiosa por cortar aquel fuerte olor, y decidí coger un pack de galletas de chocolate de los armarios superiores.
  -Italiano.- sentenció Fred cuando me senté enfrente de él intentado ignorar su desayuno.
La palabra me desconcertó un poco al principio, hasta que tardé varios segundos de recapacitación antes de entender a que hacia referencia.
  -Sí. En Perusa para ser más exacto. Es preciosa.- afirmé.
Ávidamente desgarré el envoltorio de plástico y saqué la primera galleta manchada por pequeños pegotes marrones.
  -Alemán.- insistió Fredy en sonsacarme las lenguas que no había aprendido.
  -Sí.- logré farfullar mordiendo la galleta.
  -¿Ruso?
  -Un poco en desuso, pero definitivamente sí.
Fredy se rascó la coronilla, pensativo, permitiéndose tomarse un tiempo libre para mojar una gamba en la salsa y llevársela a la boca.
  -¡Ajajá!- cantó triunfal escupiendo trozos de gambas sobre la mesa.- Vietnamita.
Sonreí afablemente antes de dar otro gran mordisco a la galleta, notando como los trozos de chocolate se derretían encantadoramente en el interior de mi boca.
  -¿Por qué no?- pregunté encogiéndome de hombros.
Fredy ensanchó sus verdosos ojos sorprendido por la improbabilidad de aquel hecho.
  -¿Vietnamita también?- medio exclamó.
  - Tất nhiên.- conseguí decir al tragar.- Por supuesto.
Fred relajó sus músculos, cogiendo distraídamente otra de las gambas y haciéndola bailar sobre el borde de la copa. No pude evitar volver a sonreír triunfal al ver que Fredy no aportaba ninguno de sus habituales chistes a la situación. Cogí otra galleta, hirviendo con los ánimos suficientes como para darle un buen mordisco, mas paulatinamente mis fauces se fueron cerrando perdiendo repentinamente el apetito.
La mayoría de aquellas lenguas que Fredy había mencionado las había aprendido en el viaje con Ashley, cuando ella me había tendido una mano que me ayudaría a salir de aquel negro pozo sin fondo.
Bajé la mirada y la galleta hacia la mesa de mármol grisáceo.
¿Era eso todo lo que quedaba de una amistad? ¿Recuerdos que tarde o temprano terminarían difuminándose en la memoria hasta perderse?
Un escalofrío recorrió mi espalda a pesar de llevar puesto un jersey de cuello vuelto, desgraciadamente no era el frío el que me incomodaba.
  -¡Tú!
Reboté en mi asiento al haberme devuelto a la realidad un grotesco grito a mis espaldas. Desconcertada logré girar el torso para ver a Riley, el dulce rostro angelical que siempre le había caracterizado por lo general, se veía ahora teñido de un tono rojizo, tanto en los pómulos como las pequeñas arterias que se distinguían en el blanco de sus ojos bañados con un negro azabache. Realmente aquella imagen asustaba, tanto como la vena que se hinchaba en una parte de su cuello amenazando con explotar.
  -¿Riley?
Sin replicar su imagen, Riley cruzó el espacio hasta la isla en dos largas zancadas hasta situarse torvamente en mi frente.
  -¡Es todo por tu culpa! ¿Lo sabes?- volvió a gritar gravemente.
Instintivamente me levanté de la banqueta e intenté retroceder todo lo que pude hasta que mis manos lograron palpar el borde de la mesa. Manifiestamente era a mí a quien se dirigía. La rodilla izquierda empezó a temblarme incontroladamente con uno de mis tics nerviosos.
  -Riley, haz el favor de calmarte.- noté como mi voz comenzaba a perder fuerza hasta resquebrajarse por la amenaza física.
  -¡No quiero calmarme!
Cual rayo su mano se aferró con fuerza a mi antebrazo y lo dobló en sentido contrario provocándome un sofocante dolor. Automáticamente me llevé el brazo libre sobre la mano de Riley, peleando por desenganchar sus dedos de mi piel, pero su fuerza era superior a la mía.
Entonces no pude contener un grito ahogado de tortura.
  -¡Riley, para, le estás haciendo daño!- oí la voz de Fredy como eco de fondo, pero Riley no cesó con su agresión.
  -Eres una maldita ególatra que no sabe como parar de herir a la gente.- dijo en un tono más bajo en el que pude notar el calor de su aliento abrasándome la piel.- Ashley está así por tu culpa.
Entonces logré ignorar el dolor que me causaba Riley en aquellos momentos y una ansiedad de pánico inundó mi ser cuando pronunció el nombre de Ashley. ¿Qué le pasaba? ¿Le había sucedido algo malo?
Percibí como Fredy empezaba a hacer amagos de separarnos.
  -Yo no he hecho nada.- me defendí con la voz rota.
Riley se enervó y aumentó la presión sobre mi brazo, lo que me hizo gritar de nuevo.
  -Sí, al final lo conseguiste, siempre te sales con la tuya.- contestó mientras unas cuantas gotas de saliva embadurnaban mi cara.- ¿No te das cuenta de que los demás no tenemos la culpa de que seas una repudiada? No te basta con destrozarte la vida sino que también tienes que hacer lo mismo con las demás. Eres una condenada miserable.
Escuché el sonido de algo resquebrajándose en mi interior, rompiéndose en mil pedacitos. Noté como los pulmones me ardían costándome respirar y provocándome una asfixia en la garganta.
Mi mente trabajaba todo lo rápido que podía, sin conseguir sonsacar algo claro ni formar una explicación a todo aquello.
  -Suéltala.
La melódica voz sonó distante, como a miles de kilómetros de donde yo me encontraba, aunque la distancia no me impidió reconocerla. Me obligué a levantar la mirada hacia su procedencia, observando un borroso cuadro de marrones y azules. Caí en la cuenta entonces de que estaba llorando.
Riley me imitó y se encaramó hacia Nathan.
  -Métete en tus asuntos.- le espetó mirándome con repugnancia.- Créeme, te estoy haciendo un favor.
Observé como Nathan crispaba sus manos en dos puños sobre sus costados dirigiendo una mirada envenenada hacia el punto de fricción.
  -Cati no tiene la culpa de que seas tan cobarde como para pegar a una mujer.
Riley se jactó en aquel instante, con un almizcle de ira permanente y superioridad en el contexto.
  -No te engañes más, Nathan. Esto - dijo señalándome.- no es una persona, es una aberración contra nosotros.
Observé como Nathan perdía los estribos (cosa que no se veía todos los días) y produjo un inquietante silbido en el aire cuando incrustó su puño en el perfil de Riley, quien el impacto forzó soltarme la magullada extremidad.
Entonces Fred, cuya presencia había sido olvidada, se decantó por parar la pelea antes de que el amenazante puño de Riley bajara hacia el rostro de Nathan.
  -¡Eh, eh, eh! ¡Basta!
  -¿Qué está ocurriendo aquí?- la dicción de Darcy, impolutamente tranquila, penetró en la sala.
Elevé la mirada hacia la entrada de la cocina, donde precariamente se apiñaban todos los adultos de la casa. Sus miradas asombradas se intercambiaban en un triángulo desde Riley a punto de agredir a Nathan, éste dispuesto a devolver el golpe y yo tirada acunando el brazo herido. La imagen realmente debía de ser pintoresca.
Nathan fue el primero en recobrar la compostura, con la ira aún fluyendo notoriamente por su interior. Vislumbré como su pecho se hinchaba y deshinchaba rápidamente reprimiendo la adrenalina.
  -Nada.- logró pronunciar con una sombría voz.
Y, antes de que el incómodo silencio estallase cual burbuja de aire, me asió de la cintura y apartó, con una mala educación impropia de él, a la gente para dirigirse hacia las empinadas escaleras.
La mano de Nathan se aferraba gélidamente atrapándome, reacia a retirar su posición, como si fuera de roca caliza de lo que se trataba. Alcé la cabeza hasta verle el rostro, el cual no me miraba, y examiné las angulosas tensiones de su mandíbula cerrándose con amenaza.
Mas esta vez ni siquiera el hermoso rostro de Nathan consiguió desembarazarme de la culpabilidad.
“¿No te das cuenta de que los demás no tenemos la culpa de que seas una repudiada?”, había dicho Riley.