La oscuridad se
cernía en el derredor de la habitación del hotel, una pequeña semiesfera,
reducida pero acogedora, el efecto de una simple cama con mesilla y una cheslón
independiente no daban el aspecto sobrio que en un principio podría aparentar. Las
sombras parecían reflejarse ambiguas a través de las ventanas que te miraban
expectantes, amplias vidrieras góticas de colores y decoraciones en su parte
superior con hermosos calados de piedra intrincados. Se extendían ligeros, como
el hilo de una telaraña portando una gota de rocío, tejiendo hasta el techo
sostenido por columnillas. Era bien entrada la noche y el interior aún se
iluminaba, quizás no con el vibrante haz de luz, pero sí con un leve resplandor
plateado.
Comprobó por milésima
vez su rostro, abocado en la comisura de su brazo, parecía tranquilo, en calma.
Al principio de conocerla no había entendido esa inquietante manía suya con el
cielo, la noche y el día, cómo miraba siempre hacia arriba, como buscando una
respuesta incesante que alguien o algo superior le pudiera dar. Lo había
achacado a sus creencias cuando descubrió su incesante querencia a entrar a
iglesias antiguas, casi podía escuchar de nuevo su risa vibrante el día que le
preguntó si quería dejarla a solas para rezar. “No veo a Dios en estas paredes, Nathan, veo Historia, la historia del
ser humano.” Le había sorprendido en un principio su falta de fe, quizás
acostumbrado a que la mayoría de los Inmortales fueran religiosos, él no creía
en los muchas dogmas que habían pragmatizado sus vivencias a lo largo de los viajes y años, pero suponía que hubiera algún motivo, llamado Dios, destino
o fortuna, no todo en su vida era tan nihilista.
Siempre le había
costado adivinar sus pensamientos, puede que porque siempre estaba pensando,
esa había sido una de las cosas que más le habían atraído de ella, formulaba
preguntas silenciosas y él procuraba responderlas silente, un juego del que no
sabía si ella era consciente del todo. En realidad, tampoco era muy lúcido de
saber qué conocía ella y qué no.
Alargó un dedo,
despacio y temeroso, hacia su mejilla, trazando sus finos y suaves rasgos y
terminando en la punta del grosor de sus labios, allí donde la suavidad se hacía
húmeda, allí donde ahora podía besarla. Sintió como un escalofrío le recorría
todo el cuerpo y erizaba su cabello cuando rememoró el beso del bosque, un
almizcle de ternura y deseo, un “te he echado de menos” que había durado
demasiado tiempo. El corazón aún le henchía de felicidad al saber que ella sentía
algo por él, aunque supiera que nunca como lo que él sentía por ella.
Suspiró, como si en
ese aliento quisiese expulsar todo su ser, todo lo material y congelar ese
instante para la posteridad, Cati entre sus brazos, a salvo, y él. Pero el aire
volvía a entrar en sus pulmones devolviendo la realidad a todo y helándole a él
y no al momento. Miró la hora en su reloj, le quedaban unos escasos cinco
minutos, no le gustaba llegar tarde pero la fuerza que le hacía inamovible era
mayor. Finalmente, rozó en una caricia con sus labios la frente de Cati, y se
marchó de su cama destrozado, advirtiendo que su corazón siempre se quedaba con
ella y que quizás, un día, nunca volviera a recuperarlo.
Atravesó el pasillo
de piedra en un halo hasta llegar a la planta baja, donde Cooper le esperaba
estirado sobre el primer escalón, aún con el traje de fiesta mancillado por las
horas, con los ojos cerrados por el cansancio. En ese momento le agradeció
enormemente todo lo que había hecho por él hasta ahora: cuidar de Cati en su
ausencia, mantenerla cuando él no había podido hacerlo. Bien era cierto que
sentía celos, celos de que él pudiera verla todos los días, hablar, permanecer junto a ella ajeno a todos los problemas, ajeno a la anormalidad, pero no era justo
para Cooper.
Se acuclilló y le
zarandeó levemente el hombro.
-Cooper.- susurró a
media voz, escuchando extrañado el eco de su propia voz adormecida.- Cooper
despierta, es la hora.
El muchacho rubio se
desperezó y bostezó alargadamente, frotándose la espalda.
-Dios, esto de ser
un indigente no va conmigo.
Nathan se rió
quedamente y le dio unas palmaditas amistosas.
-¿Te has quedado sin
habitación?
-Eric y Mel están
arriba.- refunfuñó mientras trataba de incorporarse.
-¿Melinda?
Nathan procuraba no
mezclarse en la relación entre los gemelos, siempre le había parecido demasiado
entrencada y compleja, era asombroso lo completamente distintos que eran la
personalidad del uno del otro, pero siempre se habían preocupado por ambos.
-Sí, otra vez, lo sé.
Cooper le miró
fijamente tras haberse expulsado algunas motas de polvo arreglando el estropicio
de su ropa, tampoco importaba, él también iba vestido con una versión deshecha
de su traje.
-¿Debería
preocuparme?
Él quería a Melinda
como una hermana pequeña, aunque llegaba demasiado tarde a la típica charla
sexo y no era quién para juzgar si se acostaba con uno u otro.
-Eric es… Eric.-
apartó la mirada cuado dijo aquello. Sabía que lo decía con pesar.- Melinda
puede que sea la que llegue a hacerle cambiar de opinión. Es posible, ¿no?
Nathan le miró con
pesar por un segundo y comprendió que él no era el único que tenía miedo de
perder a alguien, al igual que sintió la presión de todo el peso que llevaba
cargando desde hacía demasiado tiempo, peso que él había decidido cargar.
-Es posible.-
respondió secamente.
Cooper torció una de
sus comisuras a modo de sonrisa que intentase envolver el dolor que sentía y se
revolvió el pelo nervioso.
-Vamos, debe de
estar esperándonos.
Asintió enérgicamente, rechazando el miedo que
le hacía sentir ese momento, el miedo que había sentido cuando Cati había
entrado esa noche en el lavabo, el miedo de que todas las mentiras fueran destapadas
y ella se diese cuenta del monstruo que era y lo poco que le merecía.
Daniel les estaba
esperando, tal y como habían acordado, en la terraza del exterior, apoyado en
la barandilla y mirando hacia lo lejos. Nathan sabía perfectamente que era
imposible que Daniel hubiera crecido o desarrollado desde
la última vez que le había visto; sin embargo, le veía muy diferente a la versión de aquel niño sorprendido en la biblioteca de la mansión de los Darmon mirando el libro
de las Marcas, ahora parecía mucho más envejecido, despedazado por la vida. Se
atragantó al pensar que era lo mismo que le sucedía a Cati. Se recompuso al
instante, debía concentrarse y mantener la mente despejada y fría.
Cooper carraspeó
levemente y Daniel se dio la vuelta, esta vez no con la sonrisa de
autosuficiencia que había caracterizado su rostro horas antes en su
reencuentro, sino con una sombra que palidecía su rostro semidorado.
-Ya creía que no
ibais a aparecer.
-No suelo
retractarme de mis palabras, Daniel.- espetó Nathan.
-A veces deberías
hacerlo.- contestó él ágilmente.
Le envió una mirada
profunda de odio, no un odio vivo, más bien amargo. Nathan no le odiaba después
de todo.
-¿Cómo la has
encontrado?
-El incendio de
Nueva York, la vi en la televisión.
Nathan se reprochó a
sí mismo por haber sido tan ingenuo al ignorar las causas que había tenido ese
pequeño desliz, el verdadero peligro que había corrido Cati aquella noche por
su culpa, por haber sido tan descuidado. Todo había ido perfecto en Nueva York,
se había contentado con el simple hecho de ser su amigo, hacerla feliz de
cualquier manera a cualquier precio, hasta la llegada de esa noche. Ella le había
pedido que fuese a su apartamento, si hubiese ido…
Se produjo un
silencio incómodo en el que el aire silbaba entrecortadamente.
-¿Fue…?- Daniel tragó
saliva antes de continuar y bajó la mirada.- Fue provocado, ¿verdad?
Afirmé levemente con
la cabeza.
-La persiguen.- dijo
Cooper.
-¿Quién?
-Aún no estamos
seguros de ello.- a Nathan le dolía la verdad de esa frase más que ninguna otra
cosa.- Pero lo averiguaremos, de eso puedes estar seguro.
Daniel compartió por
primera vez con él una mirada de complicidad, él tampoco quería que le
ocurriese nada a Cati. Quizás entre ellos había más en común de lo que imaginaba.
-¿Y ella lo sabe?
-Procuramos
protegerla.- dijo Cooper muy serio.
Él se rió
melancólicamente.
-Supongo que las
viejas costumbres nunca cambian, ¿verdad Nathan?
Nathan notó como se
le tensaban los músculos, como si fuera a recibir el golpe de un boxeador en cualquier
momento, y el corazón comenzaba a palpitarle de una manera exagerada.
-¿Para qué has
vuelto?- gruñó controladamente.
Daniel dirigió el
pesar de sus ojos hacia Cooper, flanqueando su costado.
-Preferiría hablar
contigo sin perros guardianes.
-¡No soy ningún
perro!
-Cooper.- murmuró
taimadamente Nathan cortando su grito. Su amigo apartó a regañadientes su
mirada hacia él, pocas veces había visto turbada su tranquilidad.-
Nos veremos luego, ¿vale? Puedes utilizar mi cuarto para dormir algo.
Cooper le sostuvo el
azul de sus ojos, sabía que se iba a enfadar con él por lo que estaba haciendo,
pero realizó un movimiento de cabeza antes de verle marchar en la lejanía. Hablaría
con él más tarde.
Nathan exhaló un
suspiro, relajando su cuerpo, y se apoyó en la barandilla junto a Daniel, de
espalda a las exuberantes vistas del hotel. Ninguno de los dos dijo nada, pero
ambos se leían la mente. Nathan miró como la oscuridad comenzaba a esclarecerse
en un gris ceniciento y no pudo evitar preguntarse cuál sería ahora el color de
la habitación, había visto cientos de amaneceres, pero seguía asombrándose por
ellos.
-¿Me muero Nathan?
La pregunta irrumpió
en el silencio como el relámpago de una tormenta, rápida y violenta. Nathan
volvía a sentir ese peso cargante sobre su espalda, estaba muy cansado.
-No puedes morir. Al
menos no… no lo sé.- le explicó al tiempo que enterraba su cara entre las
manos, su voz sonaba así más distante.- Cati también sufre los síntomas que me
dijiste antes en el baño.
-Cati…- susurró con
los ojos desenfocados en algún punto de la lejanía, lejos en el tiempo y el
espacio probablemente.
-Pero creo que he
encontrado una cura o, al menos, un suspensorio.
-¿Funciona?
-Funcionó con ella, aunque no
estoy seguro de sus verdaderos efectos.
-Tú eres el médico
Nathan.- aseveró.
Cierto, él era el médico
y había jugado a ser ese Dios, ese destino, esa fortuna, y quien quiera que estuviera
arriba presidiendo, gobernando, discernía el dolor que arraigaba consigo mismo
en la lucha contra un fango que le hundía más y más en el suplicio.
-No soy idiota, sé
por qué estamos así.
Nathan se alzó álgidamente,
como si el hilo de su titiritero hubiera tirado fuertemente hasta casi notarlo. Daniel
siguió perdido en su mente.
-Los Inmortales
debemos permanecer junto con nuestra Marca, procrear y renunciar a nuestra
naturaleza. Ha sido así durante miles de años.- hizo una pausa antes de
continuar.- Tienes que hacerlo…
El pánico era una
plancha de metal fría, fina y lacerante que cortaba en partículas cada
esperanza, que reflejaba en su superficie aquellos temores que más escondíamos
en nuestro interior. La respiración se le volvió entrecortada y Nathan supo
definitivamente que el control le había abandonado.
-Daniel… - parecía
que el oxígeno se hubiese disipado, es más, como si jamás hubiese existido.- La
amo.
-¿La amas? ¿Cómo has
podido enamorarte de tu propio conejillo de indias?
El veneno de sus
palabras quemaba las entrañas de Nathan, una purga infinita.
-Siempre ha sido tu
experimento.- escupió con ira Daniel. Nathan se sintió morir.- Tienes que
decírselo Nathan, tienes que decirle a Cati que yo soy su Marca.