-Sr. Darmon… Creo que Cati está muy cansada por el viaje, será mejor que la acompañe a su habitación.
Oí a lo lejos la voz de Ashley sobre las palabras de mi abuelo y, más tarde, unas manos aferrando mi antebrazo para instarme moverme. Fui lo suficientemente consciente como para notar que Ashley ascendía a mi costado las escaleras de mármol negro, subíamos al tercer piso y abría una de las puertas del pasillo para mostrarme donde iba a dormir a partir de ahora.
-Has tenido suerte, vas a tener un dormitorio para ti sola.- rompió el silencio volviendo a adoptar aquel tono que yo recordaba desde el primer día que nos conocimos.
Ashley se sentó en la cama, saltando mientras fingía evaluar el nivel del colchón tapado por una colcha de color crema. Yo me quedé quieta, donde ella me había dejado al entrar.
No podía pensar en nada más. No sabía que estar tan cerca de mi familia me iba a hacer tanto daño. Darcy, el pequeño Dorian, mi abuelo, prácticamente todos los demás… Un destello de pánico relució en mi interior cuando las preguntas se agolparon en mi cerebro embotando mis capacidades locomotrices. ¿Y si Nathan se atrevía a presentarse? ¿Cómo reaccionaría al verle? ¿Y si él me odiaba después de todo? Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero mientras me temblaban las rodillas amenazantes con caer al suelo rendidas. Al fin y al cabo había sido yo la que le había apostillado a no regresar a mi lado, y ya había pasado más de un mes.
Me apoyé contra la pared que tenía a mis espaldas para no caerme cuando los objetos de mi alrededor empezaron a doblarse y a danzar a mi alrededor. Aquello era demasiada presión para mí. No solo tenía que ocultar mi malestar delante de mi familia sino que ahora me devanaría los sesos gracias a Nathan y al vacío que Kenilworth había dejado en mi cerebro por las vacaciones.
Apenas era consciente de que Ashley esperaba pacientemente una reacción por mi parte, aunque no tenía fuerzas para dársela.
-Sigues mal.- sentenció al cabo de cinco minutos más.
Oí como mi profunda respiración daba una afirmación a su frase.
-Me encontró en Londres.- pude informarle.
Ashley me miró desde la cama. Ella muy bien a la persona a la que me refería.
Ashley no podía medir mi sufrimiento para nada, ella tenía a Riley, y parecía que iban en serio.
-¿Hablaste con él?
Asentí levemente, no me apetecía para nada contestar a esa pregunta en concreto con palabras.
-¿Y?
Ashley parecía haber perdido toda paciencia que hubiera podido embargarla por lo que tuvo que preguntar directamente para que especificara.
-No abordamos ningún tema importante.- confirmé ya que era eso lo realmente acuciante para que ella supiera.- Estuvo conmigo los primeros días y luego…- se me quebró la voz al no poder continuar.
Ashley no aguantó más mi lentitud al contestar por lo que se levantó de la cama y fue hasta mi lado. Yo me dejé resbalar sobre la pared hasta aovillarme en el suelo.
-¿Qué?- me urgió.
-Se fue.
Nos sumergimos en un silencio sepulcral. Aún no me podía creer que estuviera manteniendo esta conversación de ese modo con mi amiga.
-Le hice daño y no volvió. Por mi culpa.
La culpa que había intentado ocultar todo este tiempo me arrolló por completo en aquellos instantes. Noté como las lágrimas recorrían mis pómulos hasta caerse y dejar pequeños ronchones húmedos en los vaqueros.
-Chsss, Cati, calla.
Mi amiga se sentó a mi lado rodeándome con sus brazos para consolarme, propinándome pequeños empujoncitos en mis hombros para que parara de llorar. Pero no podía, no podía parar los lagrimones que se deslizaban por mi rostro.
-Si no dejas de hacer ruido se va a enterar hasta el Papa de que estás llorando.- me recriminó.
Instintivamente me mordí el labio inferior para parar de balbucear y gimotear. La barbilla me tembló intentando zafarse de mi retenimiento, aunque finalmente logré calmar los temblores. Lo último que necesitaba es que los demás supieran algo de cómo estaba, sobre todo mis padres.
Me di cuenta entonces de que era la primera vez en casi medio año que no lloraba delante de nadie, me guardado tantas cosas, carcomiéndose en el interior de mi pecho, que había elegido precisamente a Ashley como chivo expiatorio para empezar a contradecirme. Me hizo sentir vulnerable el hecho de que ella era feliz con alguien y yo no.
Traté de reunir las fuerzas suficientes para sorberme la nariz, apartar las lágrimas que quedaban de mis mejillas y levantarme del suelo.
-Estoy bien. Ha sido un pequeño desliz, no volverá a ocurrir.- dije más bien para mí misma que hacia mi amiga.- Márchate.
Me dirigí hacia el armario, abriendo sus puertas con intención de hacer hueco antes de deshacer la maleta para cuando me la trajeran. Escuché como Ashley se levantaba del asiento donde segundos antes me había consolado.
-Pero Cati…
-¡Estoy bien!- repetí cortándola.- Debo estarlo.
Ashley se quedó callada por unos momentos en los que crucé los dedos para que se marchara de una vez. No sabía cuanto aguantaría en no volver a decaer delante de ella. Finalmente oí el chirrido que la puerta producía al abrirse.
-Riley y yo estamos dos habitaciones a la izquierda.- me informó con indiferencia.- Cuando quieras y donde sea.- me prometió.
Mantuve la cabeza metida entre las puertas de madera de roble, inspirando para calmar los gimoteos que brotaban de mi garganta. No oí el cerrar de la puerta, por lo que supuse que Ashley seguía esperando una contestación por mi parte.
Aproveché su espera para reunir el coraje suficiente para recuperar mi autocontrol y ponderar mi fuerte personalidad.
-¡Ashley!- exclamé una octava más aguda de lo que era mi voz y me encaramé al sorprendido rostro de mi amiga. Fruncí el ceño.- No te atrevas a decirle a nadie lo que ha ocurrido aquí.- le amenacé.
Pude vislumbrar el brillo de sus ojos al comprender que lo que la había herido, aunque pronto sus facciones cambiaron y sus ojos me miraron con compasión. Puse una mueca de repugnancia en mi rostro, la aborrecí más que nunca por sentir lástima de mí. Ashley abrió la boca pareciendo contradecirme con algo mientras yo descargaba una mirada de odio hacia su ser cuando mi padre, inoportunamente, entró con mi maleta y mi mochila a cuestas.
-¿Qué te has traído aquí, Cati? ¿El Big Ben en persona?- refunfuñó mi padre irrumpiendo en la habitación pasando delante de una anonadada Ashley. Finalmente se percató de la tensión del ambiente e intercambió varias miradas turnando nuestras caras.- Vaya… ¿Interrumpo algo?
Intenté relajar la crispación de mis facciones para no delatarme delante de mi propio padre, aunque la rabia aún ardía en mi interior como un fuego incontrolable. Ashley cerró sus labios, ahorrándose las palabras que antes estaba dispuesta a decir, y enmudeció.
-No, en realidad Ashley ya se marchaba.- contesté secamente.
Ashley asintió, sobrecogida por mi repentino cambio de humor, e hizo ademán de marcharse.
-Adiós, Jesús.- se despidió de mi asombrado padre, quien impotente en aquella escena no sabía si recobrar la buena onda o dejarnos en paz.
Recé por que a mi padre no se le ocurriera hacer uno de sus chistes malos sobre la adolescencia y nuestras estupideces, y gracias a dios no lo hizo ya que Ashley se fue antes de darle una oportunidad. Esperé hasta que dejé de oír los pasos por las escaleras para después dirigirme a la enorme cristalera que hacía como pared lateral y cruzarme de brazos.
Una sierra de gigantesca majestuosidad se extendía por los confines de aquel paisaje natural. Toda una obra maestra del potencial de la madre naturaleza. Deseé en aquel momento ser parte de aquella flora o fauna del ecosistema, de esa forma al menos no se sufría.
-¿Qué bicho os ha picado a vosotras dos?- inquirió curioso mi padre.
Suspiré antes de darle una respuesta y me giré apartando el pelo de mi cara con una mano mientras me acercaba a deshacer la maleta.
-Nada. Estoy muy cansada.- utilicé como excusa.- Sois diez contra una, deja al menos que recupere las horas de sueño perdidas.- bromeé aunque en un tono agrio y sin ganas no muy convincente.
Abrí la cremallera de la maleta verde y comencé a recoger la ropa doblada para ordenarla en los cajones vacíos del armario abierto. Mi padre gruñó algo ininteligible sobre el efecto de las hormonas revueltas en el cuerpo de una mujer y finalmente me dejó a solas.
El suéter gris de brillantes que tenía agarrado con mis manos se resbaló en el mismo instante en el que unas horribles náuseas se agolparon en mi tráquea y un acuciante dolor en mi interior me abrasó brutalmente absteniéndose a dar oxígeno a mis pulmones. Oí la colisión de mi cuerpo contra la pared que más tarde me dejaría magulladuras en todo mi costado y me tambaleé unos pasos más sin saber que hacer, mi mente tan solo notaba aquel sudor frío recorriéndome la frente y mi espalda y el horrible dolor en mi cabeza, de la que creía estar perforándomela con agujeros. El dormitorio decorado con tonos beige y marrón se fue oscureciendo con redondeles negros que terminaron nublando por completo mi visión.
Luché con todas mis fuerzas por mantenerme consciente, logrando únicamente alargar más el dolor en todo mi cuerpo. Finalmente me rendí.
La oscuridad me esperaba paciente a mi letargo.
lunes, 30 de agosto de 2010
14. Emboscada familiar.
Mi padre cogió a duras penas mi maleta de un monótono color verde pistacho y la elevó lo suficiente para poder realizar un rápido giro y meterla cuanto antes en el maletero del viejo Peugeot rojizo que siempre habíamos arrastrado en las convenciones familiares. Sonreí al ver que aún no habían tirado aquel trasto a pesar de los inconvenientes que mi madre imponía y que supondrían para el vehículo un triste final en el desguace. Era un mal desenlace para aquella carroza, quien escondía el gran tesoro de la añoranza y los buenos recuerdos bajo su aspecto metálico de pintura desconchada.
Abrí la puerta delantera del copiloto, mi lugar legítimo desde hacía años, y me senté en el asiento a esperar que mi padre hiciera otro tanto. Tardó lo menos diez minutos para que arrancara el motor del coche y saliéramos del aeropuerto. Apoyé la cabeza sobre la ventanilla, observando el paisaje del asfalto de la carretera pasando a toda velocidad a nuestros pies.
-¿Qué tal el viaje?- preguntó mi padre sin dejar de mirar a través de la luneta.
Giré el rostro lo suficiente para encararle.
La espesa cabellera negra, que por herencia había heredado de él, se veía envuelta ya de numerosas canas plateadas marcando ya la vejez de sus años (que mi padre negaba a toda costa), y que en un mismo tiempo se veían reflejadas en las arrugas que se agolpaban a los extremos de sus ojos y la comisura de sus labios.
Una de sus manos, en cuya piel se discernían manchas oscuras producidas por la edad, se zafó del volante para acariciar mi muslo izquierdo oculto tras unos raídos vaqueros. Mi mano izquierda se enroscó entre sus dedos con cariño, había echado mucho de menos esos mimos tan paternales.
-Cansado.- respondí sinceramente, aunque luego avivé mis ánimos.- Nada que no pueda reparar una buena cita con mi almohada.
Tras darme un par de palmaditas mi padre volvió a recuperar su mano sobre el volante y yo me dediqué a apoyarme de nuevo sobre el cristal. Un enorme nubarrón negro se acercaba amenazadoramente blanqueando el flanco suroeste de la ciudad. Me temí entonces que en los días siguientes nevara en la capital o por lo menos barriera con una espesa capa blanca los pequeños pueblos madrileños de los alrededores.
Suspiré de alivio al saber que no nos dirigíamos al centro urbano ya que si de por sí sola la ciudad era molesta no quería pensar en como sería con el peligro del hielo permanente en las aceras de los transeúntes y carreteras arbitradas debido al tráfico que provocaba la navidad. Mis padres habían tenido la gran idea de comprarse un pequeño piso en uno de aquellos pueblos que rodeaban la gran capital, ahorrándose todos los inconvenientes que una ciudad pudiera amonestar a la vida diaria.
Observé como los carteles y las señales pasaban a toda velocidad a mi lado. Traté de ir leyendo la publicidad barata que algunos ofrecían a los conductores y la cuenta de kilómetros restantes en otros para que el transcurso del tiempo se hiciera más aprisa.
“La vida sin un Rossato no es de color rosa”, rezaba el anuncio de un cóctel italiano de aspecto rosado. “Venga al Zoológico de Madrid y conozca un nuevo mundo”, prometía otro en cuyo cartel ser perfilaba la sombra de un majestuoso elefante con la trompa erguida. “El Boalo, 90 Km. Cercedilla, 73 Km. Navacerrada, 55 Km.” ¡¿Navacerrada?! ¿¡Cercedilla!? ¿A dónde diantres íbamos? Ya deberíamos haber cogido otra desviación en la que pudiéramos ver carteles en los que nos explicaran que estábamos a cuarenta y cuatro kilómetros de Alcorcón sur o a sesenta de Móstoles. Aquello era inaudito.
Totalmente desconcertada y perdida dirigí una mirada inquietante a mi padre, quien conducía plácidamente ajeno a mi confusión tarareando una antigua canción pasada de moda.
-Papá, ¿a dónde vamos?- pregunté cautelosa controlando el tono de mi voz para no denotar mi enfurecimiento.
El conductor no contestó de inmediato, se limitó a entrecerrar levemente sus ojos color marrón chocolate, lo que hizo acentuar sus patas de gallo en el rabillo, y cambió de marcha al aumentar la velocidad a la que íbamos sin dejar de seguir cantando.
-A casa.- respondió tranquilamente quitando hierro al asunto.
Le lancé una mirada furtiva cargada de veneno al tener la cara de mentirme cuando le había pillado de lleno, aquello era juego sucio.
-¿A qué casa exactamente?- seguí probando.
Mi padre eludió de nuevo la pregunta, lo que me extrañó ya que él siempre me contaba las cosas de cara sin rodeos, algo que debía estar presente en una buena figura paterna en la vida de una hija, según solía recordarme él. Los nervios empezaron a denotarse cuando traspasamos el cartel de “Navacerrada, 41 Km.”, aquella palabra empezó a revolverme el estómago de lleno.
-Papá, dime que no vamos a Saint-Germain le Château.- le supliqué mientras la cabeza empezaba a darme vueltas y más vueltas.
Saint-Germain le Château era el antiguo caserón de mi abuelo en la sierra de Navacerrada, realmente un bonito palacio en mitad de la soledad de las montañas al que bautizó mi abuelo con la región de Francia en la que conoció a mi abuela. Solía frecuentarlo en mi más tierna infancia, cuando aún solían gustarme los paseos con mis padres que acababan montada yo a espaldas de mi padre y hablando con mi madre de cualquier cosa liviana, daba igual cual fuera el tema. Hacía años que no iba a aquella casa desde que cierto día en mi pubertad me negué convenciendo a mis padres para que me dejaran pasar las vacaciones con una de mis amigas que me había invitado a esquiar en los Pirineos (experiencia catastrófica de la preservé mi aberración a todo tipo de esquís).
Mas no fue el volver a rememorar el pasado lo que me puso los pelos como escarpias, sino la idea de unas vacaciones en aquel lugar. Unas navidades allí significaban familia, y la familia en mi diccionario figuraba como sinónimo de agobio.
-El abuelo nos invitó.- dijo sentenciando mis más temidas sospechas. Me erguí instintivamente envarándome a agarrar con una mano el salpicadero que tenía enfrente.- Ya está muy mayor y quiere que al menos pasemos todos juntos las Navidades.- se defendió.
La respiración se me volvió entrecortada, costándome respirar al asimilar el “todos juntos” que la frase contenía.
Ahora todo encajaba perfectamente. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Mi madre no había venido al aeropuerto para encargarse de realizar un exhaustivo interrogatorio, del cual de haber venido se le hubieran escapado algunos comentarios de sus planes. Mi padre había insistido tanto por teléfono en que viniera, casi rayano en la advertencia de sus palabras de que si no pasaba las vacaciones con ellos iría a Londres él mismo para arrastrarme de los pelos.
Idiota, idiota, más que idiota. ¿Quién me habría mandado no aceptar el viaje a Miami con Melinda? Al menos con ella no hubiera soportado a una barbarie de gente encerrada en un mismo espacio (bueno sí, pero las discotecas se consideran como algo divertido).
Mi padre escuchó mis jadeos por lo que adoptó un tono más autoritario y serio cuando volvió a hablar.
-Pórtate bien, Catalina.- utilizó mi nombre al completo para intimidar más.- Has estado desaparecida todo este tiempo, un poco de familia durante un par de semanas no te matará.
Ah, ¿no?, quise decir en voz alta pero me mordí la lengua antes de decir algo que pudiera enfurecerle más. Traté relajarme, controlando aquella reacción tan estúpidamente infantil que había adoptado, en vano. Oí el inconsciente rechinar de mis dientes al cerrarse salvajemente en una dentadura perfecta, sin dar intenciones de aflojar la rabia que me hundía en aquellos momentos.
Todos habían estado en contra de mí, habían urdido aquel plan para llevarme y pasar tres semanas encerrada con una veintena de personas. Sin intimidad, sin soledad, con cenas familiares en una alargada mesa, obligada a mantener la compostura y sonreír mientras escuchaba a los demás contar sus viejas batallitas…
Un relámpago de agonía llameó en mi interior dejando sin oxígeno a mis pulmones. De verdad no tendría intimidad. ¿Qué narices le iba a decir a mi familia si me veían dando tumbos como una ciega con uno de mis cotidianos mareos? ¿Y las pesadillas? ¿Me oirían gritar cual demonio embravecido por la locura? No pasa nada, tranquilos, estoy así de loca, es algo muy normal., me imaginaba ya refutándome.
Noté como mi cabeza empezaba a irse y me acordé de respirar. Inspiré varias veces, soltando el aire por la boca para calmarme. Mi padre mantuvo el silencio, quizá malinterpretando mis ejercicios de relax para hacerme a una idea de que me habían estropeado las navidades, que en parte era cierto. Traté de no mirar por la ventanilla las señales que anunciaban la inminente proximidad al pueblo de Navacerrada sin mucho éxito, aquellas letras blancas sobre un color azulado se me antojaron de repente de un gigantesco enorme, tanto que mis ojos no pudieron resistir el apartar la mirada de ellas.
Pronto atravesamos el centro del pueblo, tomando el viejo sendero de tierra que tanto conocía y que nos conduciría a las afueras de Navacerrada, en plena sierra. La frecuencia de los latidos de mi corazón aumentó vertiginosamente con cada salto que daban mis piernas debido a los baches del camino habilitado. No me di cuenta de que había estado cerrando las manos en dos puños hasta que las uñas hubieron perforado parte de la carne situada en mis muñecas, las solté e inspiré profundamente en un intento de infundarme valor para afrontar la situación que inevitablemente se avecinaba. Una fachada de ladrillos marrones comenzó a asomarse de entre los abetos que circundaban la plenitud del bosque, poco a poco las ramas de los árboles dejaron materializarse de la nada todo un chalet.
Entrecerré los ojos para ajustar la visión, no era la casa que yo recordaba de mi infancia. Saint-Germain le Château lucía en aquellos instantes una acoplación a las paredes de ladrillo oscuro que siempre la habían formado, extensas paredes lisas de tonos blanquecinos y enormes cristales formaban una amplia mansión de tres pisos levantada por varios aquelarres de hormigón sujetos a la roca del acantilado más cercano. El abuelo había debido de reformar la antigua casa ya que ésta parecía sacada de esas revistas de decoración de interior con las que te embaucaban para comprar muebles a pesar de saber que no te quedarían de la misma forma en tu pequeño salón.
Mi padre aparcó en el terreno alisado con cemento de la parte delantera donde relucía un bonito porche dorado decorado a la vieja usanza (probablemente lo único humilde que vería a partir de ahora). Me lanzó una última mirada cargada de advertencia antes de salir del coche y abrir el maletero para sacar mis bolsas de viaje. Masajeé mis sienes y suspiré varias veces antes de atreverme a abrir la puerta del copiloto y salir al exterior.
-¡Cielo santo, Cati!- gritó mi madre dejándome sin oído por completo.
Mi madre salió como una histérica del portón principal y meneó su corta cabellera rubia sobre sus hombros hasta que llegó a mí. Sin tener tiempo de sacar las manos de los bolsillos traseros de los vaqueros me abrazó estampándome contra su jersey de lana morado. Reí nerviosamente cuando mi madre en seguida se apartó sin dejar de rodearme con sus brazos y me miró con sus ojos de un color gris oscuro emocionados a través de las gafas de pasta de color turquesa.
-Mamá, ¿te has cortado el pelo?- pregunté entre risas extrañada por que dejara atrás su larga cabellera rubia.
Mi madre se encogió de hombros humildemente, lo que provocó una de mis ahogadas risitas.
-Bueno, cuéntamelo todo. ¿Qué tal Kenilworth? Genial, ¿verdad? Y ese chico del que me hablaste… ¡Cooper! Sí. Con él bien, ¿no? Parece un buen muchacho, me gusta. Pero no te debes distraer de los estudios. ¡No, eso no! No sabes lo orgullosa que estoy de tus notas, ya se lo he contado a todo el mundo. ¡Matrícula de honor! ¡Esa es mi niña!...- farfulló mi madre casi sin aliento entre cada frase, sin parar de hablar y propinándome codazos de compinche en las costillas.
Dediqué una esmerada sonrisa con cada frase que decía, sin abrir la boca por no estropear el feliz reencuentro que mi madre disfrutaba en aquellos momentos. Caminamos unidas hacia la puerta de entrada, con mi padre a las espaldas cargando todos mis bártulos y con mi madre hablando sin parar, hasta que llegamos al moderno y espacioso comedor principal embotado por una enorme cristalera y sillones de cuero negro y blanco situados enfrente de una hogareña chimenea. Allí pude observar como se hallaban todos reunidos en un perfecto semicírculo, agazapados a la espera de una sorpresa.
Conté en mi mente a ocho personas reunidas en la sala, lo que contando a mis padres y a mí éramos once para convivir en una sola casa. La cifra casi me nubló la visión del patatús que me iba a dar.
-¡Cati!- reconocí la voz de mi amiga sobre aquel jaleo momentáneo que se había dado.
Ashley hizo bailar sus ondulaciones castañas hasta abrazarme y mostrarme una de sus impolutas sonrisas. Sus ojos color miel destellaron un brillo de felicidad innato en ella, lo que provocó mi alegría unida a la suya.
-Ashley, ¿tú también?- mostré una fingida decepción en el rostro.- No me esperaba yo esto de ti.
Ashley rió cordialmente conmigo por la broma.
En realidad no me sorprendió nada verla entre la familia ya que a cierta distancia pude divisar a Riley observándola con ojos de ternura y compresión.
-Es increíble que vayas a estar aquí. Tengo tantas cosas que contarte…- continuó ella con un tono dulce que me sorprendió, ya que no era nada comparado con la forma que ella utilizaba al hablarme.
-Sí, ya… Gracias por recordarme que estoy encarcelada.- le susurré.
Ashley se rió tontamente, lo que me hizo enarcar una de mis cejas por su risa que pegaba más con unos bucles dorados y color de chicle rosa que a mi amiga del alma. Mas no tuve tiempo de interceptar ningún otro cambio ya que unos fornidos brazos me ocultaron tras un almizcle de ropas y músculos contrahechos.
-¡Blancanieves!
-Frederick… no puedo… respirar.- logré articular.
Intenté zafarme de su aplastante abrazo en vano ya que mi amigo me apretujaba contra su pecho mientras se carcajeaba a mi costa.
Reconocí al instante el viejo mote con el que Frederick me había bautizado desde los siete años debido a mi palidez en contraste con mi negro pelo.
-Vaya, pero si aún hablas normal… Creí que volverías con un acento británico.- se burló mientras me soltaba.- Madame Potter, ¿desearía usted tomar el té con su pamela rosa o violeta?- bromeó interpretando un fuerte acento inglés con rasgos franceses a la vez que se reclinaba en una reverencia.
Frederick se desternilló de la risa, tanto, que tuvo que rodearse el estómago debido a sus estruendosas carcajadas. Medio divertida y enrabietada por su broma le propiné un manotazo en su hombro que seguramente me dolió más a mí que a él.
-Niño estúpido…- le espeté bufando.
A pesar de su baja estatura (apenas me sacaba cinco centímetros de cabeza) su figura seguía intimidando debido a su enorme aspecto musculazo y su cabezón de pelo oscuro rapado. Aunque después de todo los rasgos infantiles de su rostro protagonizados por unos brillantes y redondos ojos verdes delataban una inusual belleza en él.
-Bienvenida a casa…- murmuró una voz seductora y madura a mi izquierda.
Sonreí educadamente al encontrarme con el bello rostro de una treintena de años. Su impecable cabello lacio y sus hermosos ojos grisáceos que me recordaron a cierta persona de la que intentaba apartar de mis pensamientos, crearon un precioso rostro más parecido a un modelo italiano que a un miembro de mi familia.
-Gracias, Darcy.- le susurré calmadamente debido al hechizo de relajación y calma que emanaba de su rostro.
El tío de Nathan me sonrió amablemente mientras mantenía educadamente sus brazos detrás de la espalda. Entonces unos repentinos estirones de mi camisa requirieron mi visión hacia abajo, contemplando a un bello niño de cabellera color rubio pajizo y grandes ojos plateados.
-Hola Cati.- saludó con aguda voz.
Una mano invisible aplastó mi pecho ahogándome con mi propia respiración, aquel infante era la vívida imagen de Nathan. Las lágrimas se apostillaron en mis lacrimales, empañando levemente el susto que se empezaba a formar en las facciones del pequeño. Intenté recomponer, un poco tarde, la expresión de mi rostro, compensando el daño realizado.
-Hola, cielo.- le contesté dulcificando al máximo mi voz. Intenté sonreír con cariño, mas lo que salió de mis labios bien se parecía más a una extraña deformidad en la boca.- Que mayor estás ya.
El pequeño Dorian titubeó durante escasos segundos, aunque finalmente mostró una amplia sonrisa sin recelos y actuó con normalidad, como si no hubiera captado nada extraño en mi ser.
-Dentro de tres meses voy a cumplir cinco años.- se justificó orgulloso señalando con los dedos de la mano el número correspondiente.- ¿Vendrás a mi fiesta?
El corazón me latía a cien por hora, lo único que necesitaba en aquellos instantes era apartar la mirada de aquel rostro infantil, pero me abstuve a causa de no dañar los sentimientos del niño. Conseguí asentir con la cabeza mientras me acuclillaba junto a él sujetándome de su camiseta.
-No me la perdería por nada del mundo.
Dorian se rió alegremente y enroscó sus brazos alrededor de mi cuello, haciéndome estremecer por su contacto, pero le levanté y acoplé sus piernas a mi costado para llevarle entre mis brazos. Darcy nos miró con ternura, extendiendo sus extremidades para que Dorian fuera con él, y tras fundirse en un abrazo padre e hijo le plantó un beso en la frente después de apartarle sus greñas.
-Eres muy amable, Cati.- agradeció Darcy con repentina tristeza en los ojos.
Entonces caí en la cuenta de cuales eran sus motivos. La fecha del cumpleaños del pequeño Dorian no era en parte celebración para su padre, sino el aniversario de la defunción de un ser querido. Dorian había crecido sin una figura materna a su lado, ya que su madre cayó en el parto, una tragedia para toda la familia.
Me compadecí entonces de aquellas dos personas a las que tanto apreciaba. Nathan también había perdido una tía, la misma tía que después de todo había sido como una madre para él durante todo ese tiempo ya que rememoré que los padres de Nathan también habían caído tras un trágico accidente. Desde luego en aquella familia no daban abasto con las muertes. Me alegré entonces de tener a mis padres, apoyándome en cualquier momento de mis tropiezos en el camino, no lograba entender como Nathan había salido adelante todo este tiempo, aunque a él no le gustaba que habláramos del tema ni permitía que nos compadeciésemos de su mala fortuna.
-¿Dónde está mi nieta favorita?
Aquel grito en concreto me sacó de mis pensamientos e hizo regresar el bullicio a mis oídos. Me di cuenta entonces de que me había quedado quieta sin prestar atención a que Darcy y Dorian ya se habían marchado. Me giré sobre mis talones, acoplando una radiante sonrisa a mi rostro para disfrazar la confusión que se había agolpado en mi pecho.
-Abuelo, soy tu única nieta.- repliqué divertida.
Di dos grandes zancadas para acercarme a la silla de ruedas metálica que portaba a mi abuelo y abrazarle con ternura, dándole un beso en la calva que a penas conservaba los plateados pelos del contorno.
-A ver, ¿cómo se ha portado la vieja Britania contigo?- balbuceó.
-Abuelo, he estado en una pequeña ciudad apartada. No es que haya estado bajo el mismo techo que la reina.
Mi abuelo crispó el entrecejo graciosamente, acentuando su apergaminada piel de textura acetona.
-Da igual, deja que este viejo delire. Cuando yo era un joven soldado de prestigio, los británicos estaban muy mal vistos. Esos canallas engreídos se burlaban de nuestra incoherencia paisana, aunque a decir verdad no eran nada comparados con los franceses. ¡Esos si que rezumaban prepotencia!- comenzó a decir con la voz cascada a causa de la edad.
Sonreí mientras mi abuelo contaba aquellas batallitas que tanto hacían alegrar su rostro al rememorar las viejas hazañas de su juventud, ya que siempre era la privilegiada al oírle narrar su autobiografía al completo, sospechando en algunas partes que la historia se había visto tergiversada con afán conmemorativo.
-No todos son iguales. Mira a los Ellagot, ellos no son precisamente un mal estereotipo inglés.- razoné al recordar las raíces británicas de los Ellagot.
Mi abuelo tomó mi mano derecha con las suyas, permitiéndome disfrutar de la suavidad inusual de las yemas de sus arrugadas manos.
-Cierto. Nathan se ve un buen mozo, algo solitario a decir verdad. Debería empezar a sentar la cabeza, va teniendo una edad razonable… No creo que quiera proporcionarle un mal ejemplo al pequeño Dorian.
La sonrisa se borró de mi rostro de inmediato y pude notar como los tendones de mis manos se crispaban a causa del dolor que aullaba en mi interior. Mi abuelo no debió darse cuenta de nada ya que siguió hablando, enzarzando cada tema con otro hasta crear un auténtico y extenso discurso. Pero yo no lo escuchaba realmente, mi mente seguía obnubilada rondando las palabras que mi abuelo había dicho, por supuesto sin intención de ofenderme, pero que había acabado desmembrando mi interior. Purgando mis heridas en lo más hondo de mi ser.
No creo que quiera proporcionarle un mal ejemplo al pequeño Dorian, repitió la voz de mi abuelo en mi interior. No, desde luego que no, él no debía tener a una persona tan malvada como yo en su vida.
Abrí la puerta delantera del copiloto, mi lugar legítimo desde hacía años, y me senté en el asiento a esperar que mi padre hiciera otro tanto. Tardó lo menos diez minutos para que arrancara el motor del coche y saliéramos del aeropuerto. Apoyé la cabeza sobre la ventanilla, observando el paisaje del asfalto de la carretera pasando a toda velocidad a nuestros pies.
-¿Qué tal el viaje?- preguntó mi padre sin dejar de mirar a través de la luneta.
Giré el rostro lo suficiente para encararle.
La espesa cabellera negra, que por herencia había heredado de él, se veía envuelta ya de numerosas canas plateadas marcando ya la vejez de sus años (que mi padre negaba a toda costa), y que en un mismo tiempo se veían reflejadas en las arrugas que se agolpaban a los extremos de sus ojos y la comisura de sus labios.
Una de sus manos, en cuya piel se discernían manchas oscuras producidas por la edad, se zafó del volante para acariciar mi muslo izquierdo oculto tras unos raídos vaqueros. Mi mano izquierda se enroscó entre sus dedos con cariño, había echado mucho de menos esos mimos tan paternales.
-Cansado.- respondí sinceramente, aunque luego avivé mis ánimos.- Nada que no pueda reparar una buena cita con mi almohada.
Tras darme un par de palmaditas mi padre volvió a recuperar su mano sobre el volante y yo me dediqué a apoyarme de nuevo sobre el cristal. Un enorme nubarrón negro se acercaba amenazadoramente blanqueando el flanco suroeste de la ciudad. Me temí entonces que en los días siguientes nevara en la capital o por lo menos barriera con una espesa capa blanca los pequeños pueblos madrileños de los alrededores.
Suspiré de alivio al saber que no nos dirigíamos al centro urbano ya que si de por sí sola la ciudad era molesta no quería pensar en como sería con el peligro del hielo permanente en las aceras de los transeúntes y carreteras arbitradas debido al tráfico que provocaba la navidad. Mis padres habían tenido la gran idea de comprarse un pequeño piso en uno de aquellos pueblos que rodeaban la gran capital, ahorrándose todos los inconvenientes que una ciudad pudiera amonestar a la vida diaria.
Observé como los carteles y las señales pasaban a toda velocidad a mi lado. Traté de ir leyendo la publicidad barata que algunos ofrecían a los conductores y la cuenta de kilómetros restantes en otros para que el transcurso del tiempo se hiciera más aprisa.
“La vida sin un Rossato no es de color rosa”, rezaba el anuncio de un cóctel italiano de aspecto rosado. “Venga al Zoológico de Madrid y conozca un nuevo mundo”, prometía otro en cuyo cartel ser perfilaba la sombra de un majestuoso elefante con la trompa erguida. “El Boalo, 90 Km. Cercedilla, 73 Km. Navacerrada, 55 Km.” ¡¿Navacerrada?! ¿¡Cercedilla!? ¿A dónde diantres íbamos? Ya deberíamos haber cogido otra desviación en la que pudiéramos ver carteles en los que nos explicaran que estábamos a cuarenta y cuatro kilómetros de Alcorcón sur o a sesenta de Móstoles. Aquello era inaudito.
Totalmente desconcertada y perdida dirigí una mirada inquietante a mi padre, quien conducía plácidamente ajeno a mi confusión tarareando una antigua canción pasada de moda.
-Papá, ¿a dónde vamos?- pregunté cautelosa controlando el tono de mi voz para no denotar mi enfurecimiento.
El conductor no contestó de inmediato, se limitó a entrecerrar levemente sus ojos color marrón chocolate, lo que hizo acentuar sus patas de gallo en el rabillo, y cambió de marcha al aumentar la velocidad a la que íbamos sin dejar de seguir cantando.
-A casa.- respondió tranquilamente quitando hierro al asunto.
Le lancé una mirada furtiva cargada de veneno al tener la cara de mentirme cuando le había pillado de lleno, aquello era juego sucio.
-¿A qué casa exactamente?- seguí probando.
Mi padre eludió de nuevo la pregunta, lo que me extrañó ya que él siempre me contaba las cosas de cara sin rodeos, algo que debía estar presente en una buena figura paterna en la vida de una hija, según solía recordarme él. Los nervios empezaron a denotarse cuando traspasamos el cartel de “Navacerrada, 41 Km.”, aquella palabra empezó a revolverme el estómago de lleno.
-Papá, dime que no vamos a Saint-Germain le Château.- le supliqué mientras la cabeza empezaba a darme vueltas y más vueltas.
Saint-Germain le Château era el antiguo caserón de mi abuelo en la sierra de Navacerrada, realmente un bonito palacio en mitad de la soledad de las montañas al que bautizó mi abuelo con la región de Francia en la que conoció a mi abuela. Solía frecuentarlo en mi más tierna infancia, cuando aún solían gustarme los paseos con mis padres que acababan montada yo a espaldas de mi padre y hablando con mi madre de cualquier cosa liviana, daba igual cual fuera el tema. Hacía años que no iba a aquella casa desde que cierto día en mi pubertad me negué convenciendo a mis padres para que me dejaran pasar las vacaciones con una de mis amigas que me había invitado a esquiar en los Pirineos (experiencia catastrófica de la preservé mi aberración a todo tipo de esquís).
Mas no fue el volver a rememorar el pasado lo que me puso los pelos como escarpias, sino la idea de unas vacaciones en aquel lugar. Unas navidades allí significaban familia, y la familia en mi diccionario figuraba como sinónimo de agobio.
-El abuelo nos invitó.- dijo sentenciando mis más temidas sospechas. Me erguí instintivamente envarándome a agarrar con una mano el salpicadero que tenía enfrente.- Ya está muy mayor y quiere que al menos pasemos todos juntos las Navidades.- se defendió.
La respiración se me volvió entrecortada, costándome respirar al asimilar el “todos juntos” que la frase contenía.
Ahora todo encajaba perfectamente. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Mi madre no había venido al aeropuerto para encargarse de realizar un exhaustivo interrogatorio, del cual de haber venido se le hubieran escapado algunos comentarios de sus planes. Mi padre había insistido tanto por teléfono en que viniera, casi rayano en la advertencia de sus palabras de que si no pasaba las vacaciones con ellos iría a Londres él mismo para arrastrarme de los pelos.
Idiota, idiota, más que idiota. ¿Quién me habría mandado no aceptar el viaje a Miami con Melinda? Al menos con ella no hubiera soportado a una barbarie de gente encerrada en un mismo espacio (bueno sí, pero las discotecas se consideran como algo divertido).
Mi padre escuchó mis jadeos por lo que adoptó un tono más autoritario y serio cuando volvió a hablar.
-Pórtate bien, Catalina.- utilizó mi nombre al completo para intimidar más.- Has estado desaparecida todo este tiempo, un poco de familia durante un par de semanas no te matará.
Ah, ¿no?, quise decir en voz alta pero me mordí la lengua antes de decir algo que pudiera enfurecerle más. Traté relajarme, controlando aquella reacción tan estúpidamente infantil que había adoptado, en vano. Oí el inconsciente rechinar de mis dientes al cerrarse salvajemente en una dentadura perfecta, sin dar intenciones de aflojar la rabia que me hundía en aquellos momentos.
Todos habían estado en contra de mí, habían urdido aquel plan para llevarme y pasar tres semanas encerrada con una veintena de personas. Sin intimidad, sin soledad, con cenas familiares en una alargada mesa, obligada a mantener la compostura y sonreír mientras escuchaba a los demás contar sus viejas batallitas…
Un relámpago de agonía llameó en mi interior dejando sin oxígeno a mis pulmones. De verdad no tendría intimidad. ¿Qué narices le iba a decir a mi familia si me veían dando tumbos como una ciega con uno de mis cotidianos mareos? ¿Y las pesadillas? ¿Me oirían gritar cual demonio embravecido por la locura? No pasa nada, tranquilos, estoy así de loca, es algo muy normal., me imaginaba ya refutándome.
Noté como mi cabeza empezaba a irse y me acordé de respirar. Inspiré varias veces, soltando el aire por la boca para calmarme. Mi padre mantuvo el silencio, quizá malinterpretando mis ejercicios de relax para hacerme a una idea de que me habían estropeado las navidades, que en parte era cierto. Traté de no mirar por la ventanilla las señales que anunciaban la inminente proximidad al pueblo de Navacerrada sin mucho éxito, aquellas letras blancas sobre un color azulado se me antojaron de repente de un gigantesco enorme, tanto que mis ojos no pudieron resistir el apartar la mirada de ellas.
Pronto atravesamos el centro del pueblo, tomando el viejo sendero de tierra que tanto conocía y que nos conduciría a las afueras de Navacerrada, en plena sierra. La frecuencia de los latidos de mi corazón aumentó vertiginosamente con cada salto que daban mis piernas debido a los baches del camino habilitado. No me di cuenta de que había estado cerrando las manos en dos puños hasta que las uñas hubieron perforado parte de la carne situada en mis muñecas, las solté e inspiré profundamente en un intento de infundarme valor para afrontar la situación que inevitablemente se avecinaba. Una fachada de ladrillos marrones comenzó a asomarse de entre los abetos que circundaban la plenitud del bosque, poco a poco las ramas de los árboles dejaron materializarse de la nada todo un chalet.
Entrecerré los ojos para ajustar la visión, no era la casa que yo recordaba de mi infancia. Saint-Germain le Château lucía en aquellos instantes una acoplación a las paredes de ladrillo oscuro que siempre la habían formado, extensas paredes lisas de tonos blanquecinos y enormes cristales formaban una amplia mansión de tres pisos levantada por varios aquelarres de hormigón sujetos a la roca del acantilado más cercano. El abuelo había debido de reformar la antigua casa ya que ésta parecía sacada de esas revistas de decoración de interior con las que te embaucaban para comprar muebles a pesar de saber que no te quedarían de la misma forma en tu pequeño salón.
Mi padre aparcó en el terreno alisado con cemento de la parte delantera donde relucía un bonito porche dorado decorado a la vieja usanza (probablemente lo único humilde que vería a partir de ahora). Me lanzó una última mirada cargada de advertencia antes de salir del coche y abrir el maletero para sacar mis bolsas de viaje. Masajeé mis sienes y suspiré varias veces antes de atreverme a abrir la puerta del copiloto y salir al exterior.
-¡Cielo santo, Cati!- gritó mi madre dejándome sin oído por completo.
Mi madre salió como una histérica del portón principal y meneó su corta cabellera rubia sobre sus hombros hasta que llegó a mí. Sin tener tiempo de sacar las manos de los bolsillos traseros de los vaqueros me abrazó estampándome contra su jersey de lana morado. Reí nerviosamente cuando mi madre en seguida se apartó sin dejar de rodearme con sus brazos y me miró con sus ojos de un color gris oscuro emocionados a través de las gafas de pasta de color turquesa.
-Mamá, ¿te has cortado el pelo?- pregunté entre risas extrañada por que dejara atrás su larga cabellera rubia.
Mi madre se encogió de hombros humildemente, lo que provocó una de mis ahogadas risitas.
-Bueno, cuéntamelo todo. ¿Qué tal Kenilworth? Genial, ¿verdad? Y ese chico del que me hablaste… ¡Cooper! Sí. Con él bien, ¿no? Parece un buen muchacho, me gusta. Pero no te debes distraer de los estudios. ¡No, eso no! No sabes lo orgullosa que estoy de tus notas, ya se lo he contado a todo el mundo. ¡Matrícula de honor! ¡Esa es mi niña!...- farfulló mi madre casi sin aliento entre cada frase, sin parar de hablar y propinándome codazos de compinche en las costillas.
Dediqué una esmerada sonrisa con cada frase que decía, sin abrir la boca por no estropear el feliz reencuentro que mi madre disfrutaba en aquellos momentos. Caminamos unidas hacia la puerta de entrada, con mi padre a las espaldas cargando todos mis bártulos y con mi madre hablando sin parar, hasta que llegamos al moderno y espacioso comedor principal embotado por una enorme cristalera y sillones de cuero negro y blanco situados enfrente de una hogareña chimenea. Allí pude observar como se hallaban todos reunidos en un perfecto semicírculo, agazapados a la espera de una sorpresa.
Conté en mi mente a ocho personas reunidas en la sala, lo que contando a mis padres y a mí éramos once para convivir en una sola casa. La cifra casi me nubló la visión del patatús que me iba a dar.
-¡Cati!- reconocí la voz de mi amiga sobre aquel jaleo momentáneo que se había dado.
Ashley hizo bailar sus ondulaciones castañas hasta abrazarme y mostrarme una de sus impolutas sonrisas. Sus ojos color miel destellaron un brillo de felicidad innato en ella, lo que provocó mi alegría unida a la suya.
-Ashley, ¿tú también?- mostré una fingida decepción en el rostro.- No me esperaba yo esto de ti.
Ashley rió cordialmente conmigo por la broma.
En realidad no me sorprendió nada verla entre la familia ya que a cierta distancia pude divisar a Riley observándola con ojos de ternura y compresión.
-Es increíble que vayas a estar aquí. Tengo tantas cosas que contarte…- continuó ella con un tono dulce que me sorprendió, ya que no era nada comparado con la forma que ella utilizaba al hablarme.
-Sí, ya… Gracias por recordarme que estoy encarcelada.- le susurré.
Ashley se rió tontamente, lo que me hizo enarcar una de mis cejas por su risa que pegaba más con unos bucles dorados y color de chicle rosa que a mi amiga del alma. Mas no tuve tiempo de interceptar ningún otro cambio ya que unos fornidos brazos me ocultaron tras un almizcle de ropas y músculos contrahechos.
-¡Blancanieves!
-Frederick… no puedo… respirar.- logré articular.
Intenté zafarme de su aplastante abrazo en vano ya que mi amigo me apretujaba contra su pecho mientras se carcajeaba a mi costa.
Reconocí al instante el viejo mote con el que Frederick me había bautizado desde los siete años debido a mi palidez en contraste con mi negro pelo.
-Vaya, pero si aún hablas normal… Creí que volverías con un acento británico.- se burló mientras me soltaba.- Madame Potter, ¿desearía usted tomar el té con su pamela rosa o violeta?- bromeó interpretando un fuerte acento inglés con rasgos franceses a la vez que se reclinaba en una reverencia.
Frederick se desternilló de la risa, tanto, que tuvo que rodearse el estómago debido a sus estruendosas carcajadas. Medio divertida y enrabietada por su broma le propiné un manotazo en su hombro que seguramente me dolió más a mí que a él.
-Niño estúpido…- le espeté bufando.
A pesar de su baja estatura (apenas me sacaba cinco centímetros de cabeza) su figura seguía intimidando debido a su enorme aspecto musculazo y su cabezón de pelo oscuro rapado. Aunque después de todo los rasgos infantiles de su rostro protagonizados por unos brillantes y redondos ojos verdes delataban una inusual belleza en él.
-Bienvenida a casa…- murmuró una voz seductora y madura a mi izquierda.
Sonreí educadamente al encontrarme con el bello rostro de una treintena de años. Su impecable cabello lacio y sus hermosos ojos grisáceos que me recordaron a cierta persona de la que intentaba apartar de mis pensamientos, crearon un precioso rostro más parecido a un modelo italiano que a un miembro de mi familia.
-Gracias, Darcy.- le susurré calmadamente debido al hechizo de relajación y calma que emanaba de su rostro.
El tío de Nathan me sonrió amablemente mientras mantenía educadamente sus brazos detrás de la espalda. Entonces unos repentinos estirones de mi camisa requirieron mi visión hacia abajo, contemplando a un bello niño de cabellera color rubio pajizo y grandes ojos plateados.
-Hola Cati.- saludó con aguda voz.
Una mano invisible aplastó mi pecho ahogándome con mi propia respiración, aquel infante era la vívida imagen de Nathan. Las lágrimas se apostillaron en mis lacrimales, empañando levemente el susto que se empezaba a formar en las facciones del pequeño. Intenté recomponer, un poco tarde, la expresión de mi rostro, compensando el daño realizado.
-Hola, cielo.- le contesté dulcificando al máximo mi voz. Intenté sonreír con cariño, mas lo que salió de mis labios bien se parecía más a una extraña deformidad en la boca.- Que mayor estás ya.
El pequeño Dorian titubeó durante escasos segundos, aunque finalmente mostró una amplia sonrisa sin recelos y actuó con normalidad, como si no hubiera captado nada extraño en mi ser.
-Dentro de tres meses voy a cumplir cinco años.- se justificó orgulloso señalando con los dedos de la mano el número correspondiente.- ¿Vendrás a mi fiesta?
El corazón me latía a cien por hora, lo único que necesitaba en aquellos instantes era apartar la mirada de aquel rostro infantil, pero me abstuve a causa de no dañar los sentimientos del niño. Conseguí asentir con la cabeza mientras me acuclillaba junto a él sujetándome de su camiseta.
-No me la perdería por nada del mundo.
Dorian se rió alegremente y enroscó sus brazos alrededor de mi cuello, haciéndome estremecer por su contacto, pero le levanté y acoplé sus piernas a mi costado para llevarle entre mis brazos. Darcy nos miró con ternura, extendiendo sus extremidades para que Dorian fuera con él, y tras fundirse en un abrazo padre e hijo le plantó un beso en la frente después de apartarle sus greñas.
-Eres muy amable, Cati.- agradeció Darcy con repentina tristeza en los ojos.
Entonces caí en la cuenta de cuales eran sus motivos. La fecha del cumpleaños del pequeño Dorian no era en parte celebración para su padre, sino el aniversario de la defunción de un ser querido. Dorian había crecido sin una figura materna a su lado, ya que su madre cayó en el parto, una tragedia para toda la familia.
Me compadecí entonces de aquellas dos personas a las que tanto apreciaba. Nathan también había perdido una tía, la misma tía que después de todo había sido como una madre para él durante todo ese tiempo ya que rememoré que los padres de Nathan también habían caído tras un trágico accidente. Desde luego en aquella familia no daban abasto con las muertes. Me alegré entonces de tener a mis padres, apoyándome en cualquier momento de mis tropiezos en el camino, no lograba entender como Nathan había salido adelante todo este tiempo, aunque a él no le gustaba que habláramos del tema ni permitía que nos compadeciésemos de su mala fortuna.
-¿Dónde está mi nieta favorita?
Aquel grito en concreto me sacó de mis pensamientos e hizo regresar el bullicio a mis oídos. Me di cuenta entonces de que me había quedado quieta sin prestar atención a que Darcy y Dorian ya se habían marchado. Me giré sobre mis talones, acoplando una radiante sonrisa a mi rostro para disfrazar la confusión que se había agolpado en mi pecho.
-Abuelo, soy tu única nieta.- repliqué divertida.
Di dos grandes zancadas para acercarme a la silla de ruedas metálica que portaba a mi abuelo y abrazarle con ternura, dándole un beso en la calva que a penas conservaba los plateados pelos del contorno.
-A ver, ¿cómo se ha portado la vieja Britania contigo?- balbuceó.
-Abuelo, he estado en una pequeña ciudad apartada. No es que haya estado bajo el mismo techo que la reina.
Mi abuelo crispó el entrecejo graciosamente, acentuando su apergaminada piel de textura acetona.
-Da igual, deja que este viejo delire. Cuando yo era un joven soldado de prestigio, los británicos estaban muy mal vistos. Esos canallas engreídos se burlaban de nuestra incoherencia paisana, aunque a decir verdad no eran nada comparados con los franceses. ¡Esos si que rezumaban prepotencia!- comenzó a decir con la voz cascada a causa de la edad.
Sonreí mientras mi abuelo contaba aquellas batallitas que tanto hacían alegrar su rostro al rememorar las viejas hazañas de su juventud, ya que siempre era la privilegiada al oírle narrar su autobiografía al completo, sospechando en algunas partes que la historia se había visto tergiversada con afán conmemorativo.
-No todos son iguales. Mira a los Ellagot, ellos no son precisamente un mal estereotipo inglés.- razoné al recordar las raíces británicas de los Ellagot.
Mi abuelo tomó mi mano derecha con las suyas, permitiéndome disfrutar de la suavidad inusual de las yemas de sus arrugadas manos.
-Cierto. Nathan se ve un buen mozo, algo solitario a decir verdad. Debería empezar a sentar la cabeza, va teniendo una edad razonable… No creo que quiera proporcionarle un mal ejemplo al pequeño Dorian.
La sonrisa se borró de mi rostro de inmediato y pude notar como los tendones de mis manos se crispaban a causa del dolor que aullaba en mi interior. Mi abuelo no debió darse cuenta de nada ya que siguió hablando, enzarzando cada tema con otro hasta crear un auténtico y extenso discurso. Pero yo no lo escuchaba realmente, mi mente seguía obnubilada rondando las palabras que mi abuelo había dicho, por supuesto sin intención de ofenderme, pero que había acabado desmembrando mi interior. Purgando mis heridas en lo más hondo de mi ser.
No creo que quiera proporcionarle un mal ejemplo al pequeño Dorian, repitió la voz de mi abuelo en mi interior. No, desde luego que no, él no debía tener a una persona tan malvada como yo en su vida.
13. Vacaciones.
-¡Vente a Miami!
Melinda, espatarrada sobre mi cama de dosel y con las piernas en alto sujetas a la pared lateral, de la que me temí que manchara el color beige de la pintura, seguía canturreando la misma frase incrédula a mi rechazo de pasar las vacaciones con ella. Resoplé armándome de paciencia mientras terminaba de doblar una sudadera negra y la metía en el interior de mi bolsa de viaje.
-No, como ya te he dicho lo menos ciento veinte veces.
Melinda pataleó en la pared y se llevó irónicamente el dedo índice a la mejilla a modo de gesto pensativo.
-Creo que han sido doscientas diez.- se carcajeó infantilmente. Con un movimiento rápido se incorporó en la cama arrodillándose en el colchón y juntando ambas manos como si estuviera rezando.- Venga, anda, vente conmigo… Conozco un montón de garitos para salir todas las noches, podríamos hacer surf en la playa y tomar el sol… Que no te vendría nada mal, por cierto.- dijo señalando mi cutis níveo.
Me volví hacia el armario con las puertas abiertas de par en par y los cajones casi saqueados. Intenté concentrarme por si se me olvidaba algo en la maleta pero era imposible con mi amiga contándome las ventajas de pasar un invierno en la costa. Debía estar desesperada por librarse del clima de Peninton.
-Justamente eso es lo que más miedo me da. Si de normal ya eres así, no quiero ver tu estado con el alcohol de varios Martini en tu estómago.- le espeté.
Melinda me sacó la lengua cual niña de cuatro años y volvió a estamparse ruidosamente sobre la cama recién hecha, y de la que intenté no dirigir mi mirada por no observar el seguro desastre que los trompicones de Melinda estaban ocasionando a mi colcha y mis sábanas. Me dirigí entonces al cuarto de baño del dormitorio para comenzar a hacer el neceser.
-¿Prefieres pasar las navidades con tus padres?- Melinda puso una mueca de repugnancia fingida para dar dramatismo a la pregunta.- A ver, dime cuáles son tus razones para no aceptar mi oferta.
Puse los ojos en blanco antes de coger el cepillo de dientes y meterlo en la bolsa de tela naranja que tenía entre mis manos. ¿No podía aceptar simple y llanamente que aquellos no eran los planes más precisos para mis vacaciones? Ardía en ganas de volver a ver a mi familia después de tanto tiempo, estaba segura de que solamente ellos serían los capaces de ignorar (no llenar, porque eso era imposible) la apertura que llevaba descubierta en el pecho.
-Primero, no podré contener por mucho más tiempo a mis padres si no voy estas vacaciones con ellos y les calmo los ánimos. Segundo, me cansas. Caigo rendida en la cama aquí en Kenilworth contigo no sé cómo podría aguantar tu marcha en Miami.- razoné a voz en grito desde el lavabo sin poder ver las caras raras que de estar seguros ponía Melinda.- Y tercero, odio la playa con toda mi alma, me da un asco increíble.
Cerré la cremallera del neceser tras meter un par de cremas más, satisfecha de haber acabado mi labor en un tiempo récord a pesar de las obstaculizaciones. Acoplé la bolsa de viaje en el interior de la maleta rebosante de ropa y apreté la tapa superior para que cerrara correctamente y correr el candado de seguridad. Melinda me observaba desde un segundo plano tumbada boca abajo apoyando su barbilla en el camastro de madera del dosel de la cama.
-¿Por qué no invitas a Eric?- me aventuré a preguntar.
Melinda puso una falsa imitación de cara compungida para después improvisar otra mueca de asco hacia el asunto. Enarqué una de mis cejas sorprendida por su reacción, creía que a ella le gustaba Eric. Ella me miró y se rindió ante mi curiosidad con un suspiro de derrota.
-Su padre ya tiene comprados tres billetes de avión hacia Japón. Dice que quiere enseñarles el negocio familiar a sus hijos.
Pensé en Cooper, quien se iba a pasar todo el invierno luciendo trajes de chaqueta rodeado de accionistas y de su pesado hermano, y le compadecí en lo más hondo de mi ser.
Me encaminé hacia la estantería de una bonita madera de secuoya, abarrotada de volúmenes y que decoraba la estancia con cierto aire de cultura. A pesar de tener en casa los libros que siempre me habían gustado había otros de los que no me separaba nunca, por lo que comencé a recopilarlos en columnas junto a las piernas de Melinda, rezando a un mismo tiempo que no se le ocurriera tirarlos a todos de una sentada motivada por alguna de sus tontas rabiatas habituales. Ella siguió con la mirada mi ardua tarea sin decir nada para después ojear las carátulas de los libros que escogía.
-¿Hamlet? ¿Orgullo y prejuicio?- exclamó aireando los tomos que había cogido con ambas manos.- Tienes un serio problema con los clásicos. ¿Cuándo fue la última vez que te leíste una buena novela del siglo XXI?
Bufé airada por su burla hacia mis gustos y enrojecí de vergüenza al mismo tiempo que recuperaba bruscamente mis queridos libros y los volvía a colocar en su sitio correspondiente. Melinda se rió al ver mi rubor.
-¿Sirve El Código Da Vinci?
-Umm, supongo, es bastante actual.- aceptó pensativa entre risas.
Metí los libros en la mochila que tenía preparada terminando oficialmente de hacer el equipaje y marcharme definitivamente de la academia.
La mayor parte de los alumnos ya se habían marchado durante los dos primeros días en los que no se daría nada importante en clase debido a que ya habíamos terminado los exámenes y nada nos ataba en la universidad. En cambio el resto de los demás estudiantes precavidos y yo habíamos esperado al primer día que oficiara como vacacional en el calendario escolar, por lo que deducía que habría poco atasco para llegar a la ciudad y tomar el primer avión hacia España.
Melinda se levantó finalmente de la cama y fue a agarrarme de las manos con una sonrisa en el semblante. Yo se la devolví cortésmente.
-Vente a Miami…- susurró incansable.
Me reí sin contestarle, haciendo intuir a mi amiga que si no había cambiado de idea todo este tiempo no había razón alguna para hacerla durante los próximos diez minutos.
-Voy a echar de menos a alguien que me deje sorda con sus chillidos.- bromeé divertida.
-Tranquila, solo serán tres semanas de constantes llamadas telefónicas. Una para despertarte, otra al mediodía y la última bien entrada la noche, cuando la música del Pub esté bien alta y escuches lo que te estás perdiendo.
Puse de nuevo en blanco los ojos y le mostré una cara de horror fingido ante el martirio que me esperaba, lo que nos hizo estallar en risas a las dos. Finalmente la abracé y cargué con el equipaje mientras Melinda me abría la puerta y caminábamos juntas a través del campus hasta la salida, donde improvisadamente se había estacionado una hilera de taxis dispuestos a ganarse una decena de libras a costa de los universitarios de la ciudad. Ya en un coche, dejando que el taxista colocara por mí las maletas en la parte trasera, nos llegó la verdadera despedida a mi amiga y a mí.
-Hazme un favor y no hagas ninguna locura. No me apetece tener una amiga sin cabeza.
Melinda rió por mi broma y yo lo hice con ella.
-Cuídate. Olvida todo lo que te pueda hacer mal.- me dijo bañando su rostro de una inesperada seriedad que para nada concordaba con su personalidad.
Era una de las pocas frases que le había oído pronunciar con cordura y sabiduría en el tiempo que habíamos estado juntas, lo que en parte me descompuso sin contar la parte en la que me recomendaba olvidar los males. ¿Qué sabía ella sobre las penurias que teñían mi vida constantemente? Me dio un vuelco al corazón al pensar en la hipotética idea de que supiera algunos de los secretos que más intentaba enterrar, aunque la rechacé de inmediato pensando que si de verdad sabía algo ya habría huido de mí hacía mucho tiempo.
Le dediqué una fugaz titubeante sonrisa nerviosa y me adentré en el interior del vehículo para ver como la figura de Melinda empequeñecía con la lejanía. Pronto la arboleda ocultó la antigua arquitectura de la academia Kenilworth, perdida en el bosque. Aún, sentada en los asientos del taxi que me llevaba junto a mi hogar, temblaba al pensar en las palabras de Melinda. “Olvida todo lo que te pueda hacer mal.”
-Adiós Nathan.
Melinda, espatarrada sobre mi cama de dosel y con las piernas en alto sujetas a la pared lateral, de la que me temí que manchara el color beige de la pintura, seguía canturreando la misma frase incrédula a mi rechazo de pasar las vacaciones con ella. Resoplé armándome de paciencia mientras terminaba de doblar una sudadera negra y la metía en el interior de mi bolsa de viaje.
-No, como ya te he dicho lo menos ciento veinte veces.
Melinda pataleó en la pared y se llevó irónicamente el dedo índice a la mejilla a modo de gesto pensativo.
-Creo que han sido doscientas diez.- se carcajeó infantilmente. Con un movimiento rápido se incorporó en la cama arrodillándose en el colchón y juntando ambas manos como si estuviera rezando.- Venga, anda, vente conmigo… Conozco un montón de garitos para salir todas las noches, podríamos hacer surf en la playa y tomar el sol… Que no te vendría nada mal, por cierto.- dijo señalando mi cutis níveo.
Me volví hacia el armario con las puertas abiertas de par en par y los cajones casi saqueados. Intenté concentrarme por si se me olvidaba algo en la maleta pero era imposible con mi amiga contándome las ventajas de pasar un invierno en la costa. Debía estar desesperada por librarse del clima de Peninton.
-Justamente eso es lo que más miedo me da. Si de normal ya eres así, no quiero ver tu estado con el alcohol de varios Martini en tu estómago.- le espeté.
Melinda me sacó la lengua cual niña de cuatro años y volvió a estamparse ruidosamente sobre la cama recién hecha, y de la que intenté no dirigir mi mirada por no observar el seguro desastre que los trompicones de Melinda estaban ocasionando a mi colcha y mis sábanas. Me dirigí entonces al cuarto de baño del dormitorio para comenzar a hacer el neceser.
-¿Prefieres pasar las navidades con tus padres?- Melinda puso una mueca de repugnancia fingida para dar dramatismo a la pregunta.- A ver, dime cuáles son tus razones para no aceptar mi oferta.
Puse los ojos en blanco antes de coger el cepillo de dientes y meterlo en la bolsa de tela naranja que tenía entre mis manos. ¿No podía aceptar simple y llanamente que aquellos no eran los planes más precisos para mis vacaciones? Ardía en ganas de volver a ver a mi familia después de tanto tiempo, estaba segura de que solamente ellos serían los capaces de ignorar (no llenar, porque eso era imposible) la apertura que llevaba descubierta en el pecho.
-Primero, no podré contener por mucho más tiempo a mis padres si no voy estas vacaciones con ellos y les calmo los ánimos. Segundo, me cansas. Caigo rendida en la cama aquí en Kenilworth contigo no sé cómo podría aguantar tu marcha en Miami.- razoné a voz en grito desde el lavabo sin poder ver las caras raras que de estar seguros ponía Melinda.- Y tercero, odio la playa con toda mi alma, me da un asco increíble.
Cerré la cremallera del neceser tras meter un par de cremas más, satisfecha de haber acabado mi labor en un tiempo récord a pesar de las obstaculizaciones. Acoplé la bolsa de viaje en el interior de la maleta rebosante de ropa y apreté la tapa superior para que cerrara correctamente y correr el candado de seguridad. Melinda me observaba desde un segundo plano tumbada boca abajo apoyando su barbilla en el camastro de madera del dosel de la cama.
-¿Por qué no invitas a Eric?- me aventuré a preguntar.
Melinda puso una falsa imitación de cara compungida para después improvisar otra mueca de asco hacia el asunto. Enarqué una de mis cejas sorprendida por su reacción, creía que a ella le gustaba Eric. Ella me miró y se rindió ante mi curiosidad con un suspiro de derrota.
-Su padre ya tiene comprados tres billetes de avión hacia Japón. Dice que quiere enseñarles el negocio familiar a sus hijos.
Pensé en Cooper, quien se iba a pasar todo el invierno luciendo trajes de chaqueta rodeado de accionistas y de su pesado hermano, y le compadecí en lo más hondo de mi ser.
Me encaminé hacia la estantería de una bonita madera de secuoya, abarrotada de volúmenes y que decoraba la estancia con cierto aire de cultura. A pesar de tener en casa los libros que siempre me habían gustado había otros de los que no me separaba nunca, por lo que comencé a recopilarlos en columnas junto a las piernas de Melinda, rezando a un mismo tiempo que no se le ocurriera tirarlos a todos de una sentada motivada por alguna de sus tontas rabiatas habituales. Ella siguió con la mirada mi ardua tarea sin decir nada para después ojear las carátulas de los libros que escogía.
-¿Hamlet? ¿Orgullo y prejuicio?- exclamó aireando los tomos que había cogido con ambas manos.- Tienes un serio problema con los clásicos. ¿Cuándo fue la última vez que te leíste una buena novela del siglo XXI?
Bufé airada por su burla hacia mis gustos y enrojecí de vergüenza al mismo tiempo que recuperaba bruscamente mis queridos libros y los volvía a colocar en su sitio correspondiente. Melinda se rió al ver mi rubor.
-¿Sirve El Código Da Vinci?
-Umm, supongo, es bastante actual.- aceptó pensativa entre risas.
Metí los libros en la mochila que tenía preparada terminando oficialmente de hacer el equipaje y marcharme definitivamente de la academia.
La mayor parte de los alumnos ya se habían marchado durante los dos primeros días en los que no se daría nada importante en clase debido a que ya habíamos terminado los exámenes y nada nos ataba en la universidad. En cambio el resto de los demás estudiantes precavidos y yo habíamos esperado al primer día que oficiara como vacacional en el calendario escolar, por lo que deducía que habría poco atasco para llegar a la ciudad y tomar el primer avión hacia España.
Melinda se levantó finalmente de la cama y fue a agarrarme de las manos con una sonrisa en el semblante. Yo se la devolví cortésmente.
-Vente a Miami…- susurró incansable.
Me reí sin contestarle, haciendo intuir a mi amiga que si no había cambiado de idea todo este tiempo no había razón alguna para hacerla durante los próximos diez minutos.
-Voy a echar de menos a alguien que me deje sorda con sus chillidos.- bromeé divertida.
-Tranquila, solo serán tres semanas de constantes llamadas telefónicas. Una para despertarte, otra al mediodía y la última bien entrada la noche, cuando la música del Pub esté bien alta y escuches lo que te estás perdiendo.
Puse de nuevo en blanco los ojos y le mostré una cara de horror fingido ante el martirio que me esperaba, lo que nos hizo estallar en risas a las dos. Finalmente la abracé y cargué con el equipaje mientras Melinda me abría la puerta y caminábamos juntas a través del campus hasta la salida, donde improvisadamente se había estacionado una hilera de taxis dispuestos a ganarse una decena de libras a costa de los universitarios de la ciudad. Ya en un coche, dejando que el taxista colocara por mí las maletas en la parte trasera, nos llegó la verdadera despedida a mi amiga y a mí.
-Hazme un favor y no hagas ninguna locura. No me apetece tener una amiga sin cabeza.
Melinda rió por mi broma y yo lo hice con ella.
-Cuídate. Olvida todo lo que te pueda hacer mal.- me dijo bañando su rostro de una inesperada seriedad que para nada concordaba con su personalidad.
Era una de las pocas frases que le había oído pronunciar con cordura y sabiduría en el tiempo que habíamos estado juntas, lo que en parte me descompuso sin contar la parte en la que me recomendaba olvidar los males. ¿Qué sabía ella sobre las penurias que teñían mi vida constantemente? Me dio un vuelco al corazón al pensar en la hipotética idea de que supiera algunos de los secretos que más intentaba enterrar, aunque la rechacé de inmediato pensando que si de verdad sabía algo ya habría huido de mí hacía mucho tiempo.
Le dediqué una fugaz titubeante sonrisa nerviosa y me adentré en el interior del vehículo para ver como la figura de Melinda empequeñecía con la lejanía. Pronto la arboleda ocultó la antigua arquitectura de la academia Kenilworth, perdida en el bosque. Aún, sentada en los asientos del taxi que me llevaba junto a mi hogar, temblaba al pensar en las palabras de Melinda. “Olvida todo lo que te pueda hacer mal.”
-Adiós Nathan.
12. Alexia Novotny
Traté de concentrarme en aquel papel que en algún otro tiempo se había visto envuelto de un blanco virginal y que aún quedaban vestigios de ello entre los párrafos de mi hosca caligrafía endeble que fácilmente narraban los conflictos bélicos de la primera guerra mundial con detalles incluidos. Había repasado tantas veces lo escrito que ya casi había llegado a memorizar el orden exacto de las palabras.
Meneé la pluma estilográfica bañada en plata y con adornos de oro que un día mi padre me había regalado tras haberme visto codiciarla con ojos malignos en el cajón de su escritorio de trabajo, ésta siempre me había deseado suerte y parecía que la siguiera conservando. Inspiré hondo varias veces con tal de sacarme de encima aquella molesta ansiedad que embargaba todo mi ser. Realmente había contestado a todas las preguntas y no me había quedado nada por nombrar en el examen. La mano derecha aún me dolía tras la primera carrera y atropello de palabras y fechas que se agolpaban en mi mente queriendo materializarse en tinta sobre el folio, por lo que la sacudí levemente para alejar el entumecimiento. Miré hacia el reloj del fondo de la pared, apenas si quedaban cinco minutos para que el encargado de cuidarnos recogiera el examen que determinaría en un sesenta por ciento la nota final del trimestre. Oí como mi pierna izquierda retumbaba contra la parte baja de la mesa de madera donde me apoyaba, a causa del nerviosismo no podía parar de vibrarla rápidamente lo que provocaba un acelerado tictac que marcaba el compás de los microsegundos. Tuve que soltar dos suspiros antes de reunir las fuerzas suficientes para mantener el control sobre mi muslo y detenerme para que no terminaran llamándome la atención por el ruido innecesario. Di la vuelta a las hojas de papel escritas y estiré el cuello para oír como sonaba un crujido debido a la rigidez sometida durante las tres horas anteriores.
Las manos empezaron a sudarme cuando noté como un par de ojos se clavaban en mi nuca amenazadores. Disimuladamente traté de virar mi cabeza y ver como mi respiración se aceleraba cuando vi a Patrick observándome despiadadamente de lleno, ni siquiera trataba de ocultarlo. Sus ojos, oscurecidos repentinamente por un negro azabache inescrutable, acuciaban mi cuerpo haciéndome sentir totalmente desnuda ante su mirada, sus manos, agarrotadas en dos puños en los que se hacían denotar los tendones, parecían querer envararse contra mí por lo que casi pude sentir su furia descontrolada. Él, que a pesar de haberme dado siempre mala espina había lucido una sonrisa en sus labios, fruncía el labio superior en una mueca en la que dejaba entrever dos magníficos colmillos que destellaron reflejos al entrar en contacto con la luz de halógenos que bañaba la sala.
Cooper no me había perdonado el haberme fugado con Patrick en mi estado, más tarde me contó que él había estado muy preocupado por mi extraña situación y se habría quedado más tranquilo de haberme examinado un experto. Me culpó entonces de una noche de perros causada por los nervios y una discusión con su amigo Peter por haber cogido su coche recién estrenado, fueron al fin y al cabo dos disculpas bien esmeradas y urdidas en el más estratégico plan de arrepentimiento y caras de cordero degollado para obtener el perdón, una sonrisa y luego un abrazo de ambas personas. Mas cada vez que rememoraba la escena, a penas realista ya que el delirio tan solo había dejado huellas en mi cerebro de lo más característico, en la que las manos de Patrick acariciaban mi piel provocando un brillo de lujuria en sus ojos. Me limité a razonar que el mareo me había jugado una mala pasada y que todo se había visto en vuelto en una exageración sin comedimientos.
Me revolví en el asiento para evadir la imagen que Patrick emanaba y esperé a que el tiempo acabara para poder salir del edificio y poder de ese modo respirar aire puro, quizá helado, pero igualmente limpio. El timbre sonó fiel a su horario y me preparé para envararme escaleras abajo hacia el pupitre del profesor para entregar mi examen y salir corriendo de aquel lugar que empezaba a sobrepasar mis defensar morales. En el exterior a penas sí había un par de personas con libros sobre las manos leyendo mientras se encaminaban a sus aulas correspondientes o, como daba por hecho que la mayoría habían hecho, a la biblioteca, donde se podría estudiar con una calefacción de por medio. Aminoré la marcha cuando hube caminado un trecho de cien metros de media entre el edificio y mi propio ser, noté entonces el frío glacial que se extendía por los alrededores y que actuaba como telonero de lo que iba a ser un invierno duro en Peninton. Me enfundé en un abrigo de plumas que había arrastrado conmigo hacia clase y me arrebujé en él para entrar en calor pronto.
-¡Hola Cati!
Me giré automáticamente hacia la dulce voz que me saludaba. ¿Estaba alucinando o no era aquella Alexia la que se acercaba con una sonrisa en los labios?
-Esto… hola.- saludé demasiado tarde saliendo de la estupefacción cuando Alexia ya se hallaba en frente mía metiendo sus manos en la trenca gris que elegantemente lucía y apartaba los mechones de pelo detrás de sus orejas.
-¿Qué tal los exámenes? No eran demasiado difíciles, esperaba que este año subieran un poquito el nivel pero creo que me he vuelto a equivocar.- soltó con indiferencia mientras se encogía de hombros al pronunciar la última frase, como si en vez de estar en una de las mejores universidades del país (y probablemente del mundo) se tratara de cualquiera mundana.
Me obligué a pellizcar mi piel para no quedarme con la boca abierta totalmente anonadada por la actuación de mi compañera y poder contestarle con serenidad en el semblante.
-Supongo que pondrán el listón más alto a medida de los días, aún es el primer día de los exámenes finales.
La interpelada me devolvió una sonrisa de afecto y otro encogimiento de hombros como respuesta. Nos sumergimos entonces en un incómodo silencio que no me atreví a romper por miedo a pifiarla, como seguramente haría si abría la boca. Alexia suspiró débilmente y me asió del brazo para instarme a pasear por los senderos de la academia.
-Mira Cati, he estado dándole vueltas a la cabeza y he decidido que lo mejor es pedirte perdón por mi distanciamiento de las últimas semanas. Ha sido muy poco racional por mi parte.
La observé sorprendida por la finalidad de nuestra conversación y por el poco tiempo que había tardado en llegar al quid de la cuestión, desde luego aquella chica no se andaba por las ramas.
-Yo no he estado enfadada contigo nunca, no hay por qué lamentarse de nada.
La acusada sonrió amargamente y miró hacia el horizonte encogiéndose sobre su escuálida figura a causa del azote del viento.
-Eres muy amable al ser tan condescendiente conmigo.- dijo con tristeza.
Esta vez si que no logré seguirla, no entendía nada sobre su comportamiento, pero aguardé pacientemente a que Alexia se desahogara.
-¿Cuándo fue la última vez que hablamos? ¿Quizá hace dos semanas en la cafetería? ¿O fue en clase?- se cuestionó con un tono nostálgico, nunca la había visto de ese modo.
Me mordí la lengua para no contestar la fecha exacta en la que se había producido la decaída en nuestra amistad ya que no tenía ganas de recordar aquella idílica velada que desencadenó todo mi sufrimiento y derrumbó las barreras del distanciamiento entre cierta persona y yo. Pude vislumbrar en los ojos de Alexia que ella también conocía la última vez que nos vimos rodeadas de un ambiente sin tensión por lo que no fue necesario que le contestara. Ella se rió tontamente al instante por algo que yo no llegué a discernir y tras unos segundos de estela volvió a fruncir el ceño con seriedad.
Seguía totalmente perdida, no encontraba razón alguna para sacar este tema en concreto a relucir. ¿Tendría algo que ver la última vez que hablamos con todo esto? No, no lo sabía, y eso me iba a devanar los sesos de un momento a otro.
Alexia me miró y sonrió con amabilidad al denotar la confusión en mi rostro. Yo enarqué una de las cejas a la espera de que se decantara a hablar y explicarse.
-Cati, ¿qué sabes sobre Nathan Ellagot?
La sangre se agolpó en mis mejillas tornándolas de un rojo candente al escuchar su nombre y que me delató, escuché como mi respiración se volvía más agitada y los latidos de mi corazón aumentaban en ritmo como bongos en una animada melodía africana.
Alexia en cambio no se burló de mi irracional reacción al nombrarle, sino que se paró en seco y me escudriñó con la mirada seriamente esperando mi respuesta.
-No… no mucho.- mentí bellacamente aunque no sonó demasiado convincente por lo que me esforcé por mentir con más convencimiento.- Le vi en un par de ocasiones en Nueva York y no más.
Crucé los dedos en el interior de mi bolsillo para que se tragara mi mentira. En realidad sabía mucho sobre él, de hecho apostaría todo mi dinero a que incluso más de los que le conocían aquí en Kenilworth. Pero astutamente había acallado toda esa información pensando en que algún remoto día jugaría como una baza a mi favor.
Alexia asintió levemente y suspiró antes de erigir un brazo en dirección a un cercano árbol constatando con un elegante aspaviento que nos acomodáramos en aquel lugar. Gruñendo lo suficientemente bajo e ininteligible como para que Alexia no lo escuchara seguí sus mandamientos y me arrinconé contra el áspero tronco del abeto que habíamos elegido, seguida de mi amiga.
-Para empezar has de saber que todo se remonta a hace unos años, lo menos dos o tres, y como bien debes comprender en la adolescencia los años cuentan mucho en el grado de madurez de una persona.- ella hizo una pausa cerciorándose de que la escuchaba atentamente. Suspiró y comenzó con la historia que inevitablemente me iba a narrar.- Como conoces de mi persona yo pertenezco a una rica familia rusa, emigramos cuando a penas rozaba los cinco años de edad a Norfolk por razones que ahora no vienen al caso, conservando nuestro apellido como una nueva reputación que cuidar con esmero.
>Norfolk fue mi hogar durante parte de mi infancia y toda la plenitud de mi madurez como mujer, mis padres me vieron dejar las muñecas y el aparato dental en aquel entorno y… también Nathan.
Oí como tragaba saliva ruidosamente al escuchar su nombre, ignoraba que Nathan conocía a los Novotny o incluso que había estado en Norfolk, aunque no me llegó a sorprender en absoluto.
Alexia seguía sumergida en su biografía por lo que no se dio cuenta de mis actos y continuó deliberadamente.
-Por aquel entonces Nathan se presentaba como un misterioso joven atractivo que atrajo la atención desde la más incauta de las muchachas hasta los empresarios más prestigiados del lugar.- Alexia sonrió llena de amargura ante aquella idea.- Realmente el tema entre nuestro club de adinerados se centraba en los rumores de su llegada y sus intenciones de entrar en nuestro barrio. Lástima de aquellos que llegaron a subestimarle ya que pronto Nathan llegó a sorprendernos a todos con sus magníficos dotes en las inversiones y su dominación por la economía.
>Pronto se hizo con el control de toda una empresa novata que circundaba con mala fama los alrededores y la hizo renacer de sus propias cenizas convirtiéndola en el fénix de todas las aves, y cuando la gente pensó que la suerte no podía sonreírle más, comenzó a adquirir pequeños porcentajes de las acciones de otras que, al igual que la suya, rondaban la cúspide.
>Los rumores se dispararon enloquecidos, en ocasiones movidos por los celos, otros desde un punto de vista objetivo y calculador, y otro puñado con simple y mera adulación. Pero… ¿Quién era en realidad aquel muchacho de enorme intelecto y suma elegancia y belleza a pesar de su juventud? ¿De dónde procedía? ¿Cuáles eran sus fundamentos en esta ciudad?- la risa de Alexia me hizo volver al presente durante una fracción de segundo.- En aquellos días yo era una las demás niñas que Norfolk podía albergar por entonces, aunque lo único que me diferenciaba del resto eran algunos billones de libras de por medio. Mi padre había trabado amistad con el que era el recién allegado milagro de la economía y yo rebosaba de alegría al saber que podía presumir delante de las demás niñas de papá de una relación directa con el apuesto caballero.
>Cierta noche de primavera mi madre tuvo la brillante idea de invitar a cenar a Nathan en una de sus ya, no diarias, pero sí habituales visitas que “desafortunadamente” vio demasiado pronto el ocaso. No me hice derogar demasiado para ponerme el mejor vestido que tenía, y que hacía remarcar las curvas recién adquiridas de la pubertad, ni peinarme de la mejor manera que pude. Como ya te he advertido antes, tan solo era una cría en el cuerpo de una futura mujer.
>Tras aquella cena espectacular en la que mis padres sacaron la mejor cubertería y comida que poseíamos, sugerí sutilmente a Nathan un paseo por el humilde bosque de la hacienda y que él aceptó con impoluta educación. Caminamos bajo la luz de la luna, al mismo tiempo que Nathan se dejaba descubrir con artimañas bien planeadas por mi parte en aburridas y asoladas madrugadas nocturnas. Resultó haber un ser igual de hermoso que su exterior bajo aquel halo de misterio arraigado y del que caí profundamente hechizada.
Observé como Alexia se jactaba de su propia inmadurez, aunque no me extrañó en absoluto que cayera rendida en otro tiempo a sus pies. Durante todos estos años había visto como Nathan, quizá incluso inconscientemente, había encantado a todo tipo de mujeres.
-Fue así como surgió nuestra relación, si a aquello se le puede llamar de ese modo.- prosiguió.- Nathan frecuentaba nuestra mansión todas las tardes para realizar la misma rutina del paseo por el bosque. Suspiraba de placer al pensar en la remota idea de que se había encariñado conmigo de algún modo, por lo que una de esas tarde, después de un mes de sus visitas, decidí dar un paso hacia adelante… sin tener la oportunidad de darlo oficialmente.
>Aquella tarde Nathan se encontraba distante y depresivo, nada comparado a la constante atención con la que solíamos tratarnos mutuamente. Afligida por su pesar, y reconozco ahora que bastante insensata, decidí manifestarle de golpe mis sentimientos hacia él, nada comparados a los líos que había tenido con los demás chicos de mi edad. No fue la esperada afirmación o la temida negativa limpia que de estar seguros me daría, sino que Nathan me sorprendió una vez más con su respuesta. Me contó con gran pesar que no compartía la misma finalidad de nuestra relación y me pidió disculpas de haber hecho denotar lo contrario, mas no se quedó corto al narrar, no sin cierta tristeza, el martirio que cargaba. Me habló de una chica a la que amaba locamente desde hacía años y que buscaba con afán para purgar su exilio con su compañía, mas la describió cual diosa griega y con un cuidado trémulamente empalagoso y apasionado.
Volví a ruborizarme exageradamente, sintiéndome inevitablemente adulada en esa parte de la historia, el corazón se me aceleró vergonzosamente tanto que fue lo único que rompió el acomodado paso de las palabras de Alexia. La cabeza empezó a darme vueltas cuando empecé a comprender que yo también jugaba un papel importante en la historia que mi amiga estaba contando.
Alexia me miró a los ojos pero una vez más en aquel día su reacción me pilló desprevenida, la tristeza que yo esperaba ver entre su rojiza mirada se vio sustituida por una carga de culpabilidad infantil.
-Al poco tiempo Nathan desapareció de mi mundo tras regalar cada una de sus posesiones empresariales entre mi padre y otros accionistas de más. No volví a saber de él hasta una tranquila tarde otoñal en la que, como antaño solía hacer, me sorprendió con su presencia…- Alexia dudó en proseguir con su perorata, aunque yo deseaba que no lo hiciera ya que intuía lo que pasaría a continuación y prefería ahorrarnos esa parte.- Cati, no te puedes imaginar cómo me sentí cuando vi a Nathan mirarte de aquel modo, fue muy frustrante. Por un momento la cría inmadura que había sido se apoderó de mí al ver encajar a la perfección las piezas del rompecabezas. Te envidié tanto…
No quería seguir escuchando más, no me gustaba ni un ápice el final de la historia que Alexia se había decantado a contarme. Contuve las ganas de taparme los oídos con las manos y comenzar a tararear a voz en grito para no oírla más. Finalmente me abstuve gracias al rechinar de dientes que en parte me ayudó a calmarme.
-Fui extremadamente atolondrada como para dejarme llevar por unos viejos celos sin fundamento. Perdóname, en serio. Melinda tuvo que venir a hablar conmigo para contarme por todo lo que estabas pasando, de lo contrario…
Me dio un vuelco al corazón cuando escuché el nombre de mi menuda amiga en toda esta trama, ella también había estado cuchicheando a mis espaldas.
-No tienes de que preocuparte ya.- mi voz sonó más entristecida y feroz de lo que había pensado.
Alexia paró de golpe con sus excusas y lamentos cuando oyó mi frase. Aparté instintivamente la mirada de ella, rodeé mis piernas con las manos y sujeté el mentón sobre las rodillas. El viento me despeinó entonces los cabellos.
-¿Qué quieres decir con eso?
Había terminado aceptando aquella parte de mi vida sin otro remedio pero todavía me costaba asimilarlo con palabras textuales.
-Él…- evité decir su nombre a toda costa. Suspiré.-… se ha marchado.
Tras otro silencio incómodo entre nostras me levanté y atusé mis pantorrillas limpiando lo poco que pude de la tierra y los hierbajos que se habían quedado adheridos a la lana de la falda. No esperé a que Alexia me imitara, sometida de repente bajo una tristeza desgarradora me inventé cualquier excusa con tal de estar lejos de mi compañera.
-¿Te… te importaría si…?- la voz me llegó a quebrar.
Mi cabeza se negó a trabajar en aquellos momentos, dejándome colgada cuando más necesitaba su ayuda, aunque me ayudé de un gesto con la mano derecha señalando mi parte trasera con el dedo pulgar.
Alexia no contestó, se limitó a mirarme con compasión hacia mi figura, lo que me hizo odiarla por compadecerse de mi suerte, pero finalmente cabeceó levemente en un asentimiento. No me quedé a comprobar si realmente Alexia y yo habíamos arreglado en algo nuestra amistad o si me había pillado por haberla mentido desde un principio, marché rápidamente hacia mi dormitorio en lo que acabó siendo una carrera vertiginosa.
No tuve casi tiempo de cerrar la puerta ya que gracias a los dos escalones de la entrada me resbalé y terminé aovillada en el suelo con un tremendo dolor en el tobillo derecho y que me temí que terminara en esguince. Tampoco hice amagos de levantarme de allí.
La historia de Alexia ocupaba mi mente, reproduciendo todas y cada una de las escenas que ésta había narrado. Pude imaginarme a lo que en su día fue mi amiga en su más tierna adolescencia, vestida con un precioso vestido de gasa violeta adornado con un lazo de raso, y a Nathan, con una camisa azulada idéntica a la que llevaba puesta la última vez que nos vimos, paseando por un bosque color esmeralda y hablando de sus secretos.
Vilmente tres palabras se repetían con fiereza ocultando aquella imagen que mi delirante imaginación me había proporcionado: No volverá jamás.
Meneé la pluma estilográfica bañada en plata y con adornos de oro que un día mi padre me había regalado tras haberme visto codiciarla con ojos malignos en el cajón de su escritorio de trabajo, ésta siempre me había deseado suerte y parecía que la siguiera conservando. Inspiré hondo varias veces con tal de sacarme de encima aquella molesta ansiedad que embargaba todo mi ser. Realmente había contestado a todas las preguntas y no me había quedado nada por nombrar en el examen. La mano derecha aún me dolía tras la primera carrera y atropello de palabras y fechas que se agolpaban en mi mente queriendo materializarse en tinta sobre el folio, por lo que la sacudí levemente para alejar el entumecimiento. Miré hacia el reloj del fondo de la pared, apenas si quedaban cinco minutos para que el encargado de cuidarnos recogiera el examen que determinaría en un sesenta por ciento la nota final del trimestre. Oí como mi pierna izquierda retumbaba contra la parte baja de la mesa de madera donde me apoyaba, a causa del nerviosismo no podía parar de vibrarla rápidamente lo que provocaba un acelerado tictac que marcaba el compás de los microsegundos. Tuve que soltar dos suspiros antes de reunir las fuerzas suficientes para mantener el control sobre mi muslo y detenerme para que no terminaran llamándome la atención por el ruido innecesario. Di la vuelta a las hojas de papel escritas y estiré el cuello para oír como sonaba un crujido debido a la rigidez sometida durante las tres horas anteriores.
Las manos empezaron a sudarme cuando noté como un par de ojos se clavaban en mi nuca amenazadores. Disimuladamente traté de virar mi cabeza y ver como mi respiración se aceleraba cuando vi a Patrick observándome despiadadamente de lleno, ni siquiera trataba de ocultarlo. Sus ojos, oscurecidos repentinamente por un negro azabache inescrutable, acuciaban mi cuerpo haciéndome sentir totalmente desnuda ante su mirada, sus manos, agarrotadas en dos puños en los que se hacían denotar los tendones, parecían querer envararse contra mí por lo que casi pude sentir su furia descontrolada. Él, que a pesar de haberme dado siempre mala espina había lucido una sonrisa en sus labios, fruncía el labio superior en una mueca en la que dejaba entrever dos magníficos colmillos que destellaron reflejos al entrar en contacto con la luz de halógenos que bañaba la sala.
Cooper no me había perdonado el haberme fugado con Patrick en mi estado, más tarde me contó que él había estado muy preocupado por mi extraña situación y se habría quedado más tranquilo de haberme examinado un experto. Me culpó entonces de una noche de perros causada por los nervios y una discusión con su amigo Peter por haber cogido su coche recién estrenado, fueron al fin y al cabo dos disculpas bien esmeradas y urdidas en el más estratégico plan de arrepentimiento y caras de cordero degollado para obtener el perdón, una sonrisa y luego un abrazo de ambas personas. Mas cada vez que rememoraba la escena, a penas realista ya que el delirio tan solo había dejado huellas en mi cerebro de lo más característico, en la que las manos de Patrick acariciaban mi piel provocando un brillo de lujuria en sus ojos. Me limité a razonar que el mareo me había jugado una mala pasada y que todo se había visto en vuelto en una exageración sin comedimientos.
Me revolví en el asiento para evadir la imagen que Patrick emanaba y esperé a que el tiempo acabara para poder salir del edificio y poder de ese modo respirar aire puro, quizá helado, pero igualmente limpio. El timbre sonó fiel a su horario y me preparé para envararme escaleras abajo hacia el pupitre del profesor para entregar mi examen y salir corriendo de aquel lugar que empezaba a sobrepasar mis defensar morales. En el exterior a penas sí había un par de personas con libros sobre las manos leyendo mientras se encaminaban a sus aulas correspondientes o, como daba por hecho que la mayoría habían hecho, a la biblioteca, donde se podría estudiar con una calefacción de por medio. Aminoré la marcha cuando hube caminado un trecho de cien metros de media entre el edificio y mi propio ser, noté entonces el frío glacial que se extendía por los alrededores y que actuaba como telonero de lo que iba a ser un invierno duro en Peninton. Me enfundé en un abrigo de plumas que había arrastrado conmigo hacia clase y me arrebujé en él para entrar en calor pronto.
-¡Hola Cati!
Me giré automáticamente hacia la dulce voz que me saludaba. ¿Estaba alucinando o no era aquella Alexia la que se acercaba con una sonrisa en los labios?
-Esto… hola.- saludé demasiado tarde saliendo de la estupefacción cuando Alexia ya se hallaba en frente mía metiendo sus manos en la trenca gris que elegantemente lucía y apartaba los mechones de pelo detrás de sus orejas.
-¿Qué tal los exámenes? No eran demasiado difíciles, esperaba que este año subieran un poquito el nivel pero creo que me he vuelto a equivocar.- soltó con indiferencia mientras se encogía de hombros al pronunciar la última frase, como si en vez de estar en una de las mejores universidades del país (y probablemente del mundo) se tratara de cualquiera mundana.
Me obligué a pellizcar mi piel para no quedarme con la boca abierta totalmente anonadada por la actuación de mi compañera y poder contestarle con serenidad en el semblante.
-Supongo que pondrán el listón más alto a medida de los días, aún es el primer día de los exámenes finales.
La interpelada me devolvió una sonrisa de afecto y otro encogimiento de hombros como respuesta. Nos sumergimos entonces en un incómodo silencio que no me atreví a romper por miedo a pifiarla, como seguramente haría si abría la boca. Alexia suspiró débilmente y me asió del brazo para instarme a pasear por los senderos de la academia.
-Mira Cati, he estado dándole vueltas a la cabeza y he decidido que lo mejor es pedirte perdón por mi distanciamiento de las últimas semanas. Ha sido muy poco racional por mi parte.
La observé sorprendida por la finalidad de nuestra conversación y por el poco tiempo que había tardado en llegar al quid de la cuestión, desde luego aquella chica no se andaba por las ramas.
-Yo no he estado enfadada contigo nunca, no hay por qué lamentarse de nada.
La acusada sonrió amargamente y miró hacia el horizonte encogiéndose sobre su escuálida figura a causa del azote del viento.
-Eres muy amable al ser tan condescendiente conmigo.- dijo con tristeza.
Esta vez si que no logré seguirla, no entendía nada sobre su comportamiento, pero aguardé pacientemente a que Alexia se desahogara.
-¿Cuándo fue la última vez que hablamos? ¿Quizá hace dos semanas en la cafetería? ¿O fue en clase?- se cuestionó con un tono nostálgico, nunca la había visto de ese modo.
Me mordí la lengua para no contestar la fecha exacta en la que se había producido la decaída en nuestra amistad ya que no tenía ganas de recordar aquella idílica velada que desencadenó todo mi sufrimiento y derrumbó las barreras del distanciamiento entre cierta persona y yo. Pude vislumbrar en los ojos de Alexia que ella también conocía la última vez que nos vimos rodeadas de un ambiente sin tensión por lo que no fue necesario que le contestara. Ella se rió tontamente al instante por algo que yo no llegué a discernir y tras unos segundos de estela volvió a fruncir el ceño con seriedad.
Seguía totalmente perdida, no encontraba razón alguna para sacar este tema en concreto a relucir. ¿Tendría algo que ver la última vez que hablamos con todo esto? No, no lo sabía, y eso me iba a devanar los sesos de un momento a otro.
Alexia me miró y sonrió con amabilidad al denotar la confusión en mi rostro. Yo enarqué una de las cejas a la espera de que se decantara a hablar y explicarse.
-Cati, ¿qué sabes sobre Nathan Ellagot?
La sangre se agolpó en mis mejillas tornándolas de un rojo candente al escuchar su nombre y que me delató, escuché como mi respiración se volvía más agitada y los latidos de mi corazón aumentaban en ritmo como bongos en una animada melodía africana.
Alexia en cambio no se burló de mi irracional reacción al nombrarle, sino que se paró en seco y me escudriñó con la mirada seriamente esperando mi respuesta.
-No… no mucho.- mentí bellacamente aunque no sonó demasiado convincente por lo que me esforcé por mentir con más convencimiento.- Le vi en un par de ocasiones en Nueva York y no más.
Crucé los dedos en el interior de mi bolsillo para que se tragara mi mentira. En realidad sabía mucho sobre él, de hecho apostaría todo mi dinero a que incluso más de los que le conocían aquí en Kenilworth. Pero astutamente había acallado toda esa información pensando en que algún remoto día jugaría como una baza a mi favor.
Alexia asintió levemente y suspiró antes de erigir un brazo en dirección a un cercano árbol constatando con un elegante aspaviento que nos acomodáramos en aquel lugar. Gruñendo lo suficientemente bajo e ininteligible como para que Alexia no lo escuchara seguí sus mandamientos y me arrinconé contra el áspero tronco del abeto que habíamos elegido, seguida de mi amiga.
-Para empezar has de saber que todo se remonta a hace unos años, lo menos dos o tres, y como bien debes comprender en la adolescencia los años cuentan mucho en el grado de madurez de una persona.- ella hizo una pausa cerciorándose de que la escuchaba atentamente. Suspiró y comenzó con la historia que inevitablemente me iba a narrar.- Como conoces de mi persona yo pertenezco a una rica familia rusa, emigramos cuando a penas rozaba los cinco años de edad a Norfolk por razones que ahora no vienen al caso, conservando nuestro apellido como una nueva reputación que cuidar con esmero.
>Norfolk fue mi hogar durante parte de mi infancia y toda la plenitud de mi madurez como mujer, mis padres me vieron dejar las muñecas y el aparato dental en aquel entorno y… también Nathan.
Oí como tragaba saliva ruidosamente al escuchar su nombre, ignoraba que Nathan conocía a los Novotny o incluso que había estado en Norfolk, aunque no me llegó a sorprender en absoluto.
Alexia seguía sumergida en su biografía por lo que no se dio cuenta de mis actos y continuó deliberadamente.
-Por aquel entonces Nathan se presentaba como un misterioso joven atractivo que atrajo la atención desde la más incauta de las muchachas hasta los empresarios más prestigiados del lugar.- Alexia sonrió llena de amargura ante aquella idea.- Realmente el tema entre nuestro club de adinerados se centraba en los rumores de su llegada y sus intenciones de entrar en nuestro barrio. Lástima de aquellos que llegaron a subestimarle ya que pronto Nathan llegó a sorprendernos a todos con sus magníficos dotes en las inversiones y su dominación por la economía.
>Pronto se hizo con el control de toda una empresa novata que circundaba con mala fama los alrededores y la hizo renacer de sus propias cenizas convirtiéndola en el fénix de todas las aves, y cuando la gente pensó que la suerte no podía sonreírle más, comenzó a adquirir pequeños porcentajes de las acciones de otras que, al igual que la suya, rondaban la cúspide.
>Los rumores se dispararon enloquecidos, en ocasiones movidos por los celos, otros desde un punto de vista objetivo y calculador, y otro puñado con simple y mera adulación. Pero… ¿Quién era en realidad aquel muchacho de enorme intelecto y suma elegancia y belleza a pesar de su juventud? ¿De dónde procedía? ¿Cuáles eran sus fundamentos en esta ciudad?- la risa de Alexia me hizo volver al presente durante una fracción de segundo.- En aquellos días yo era una las demás niñas que Norfolk podía albergar por entonces, aunque lo único que me diferenciaba del resto eran algunos billones de libras de por medio. Mi padre había trabado amistad con el que era el recién allegado milagro de la economía y yo rebosaba de alegría al saber que podía presumir delante de las demás niñas de papá de una relación directa con el apuesto caballero.
>Cierta noche de primavera mi madre tuvo la brillante idea de invitar a cenar a Nathan en una de sus ya, no diarias, pero sí habituales visitas que “desafortunadamente” vio demasiado pronto el ocaso. No me hice derogar demasiado para ponerme el mejor vestido que tenía, y que hacía remarcar las curvas recién adquiridas de la pubertad, ni peinarme de la mejor manera que pude. Como ya te he advertido antes, tan solo era una cría en el cuerpo de una futura mujer.
>Tras aquella cena espectacular en la que mis padres sacaron la mejor cubertería y comida que poseíamos, sugerí sutilmente a Nathan un paseo por el humilde bosque de la hacienda y que él aceptó con impoluta educación. Caminamos bajo la luz de la luna, al mismo tiempo que Nathan se dejaba descubrir con artimañas bien planeadas por mi parte en aburridas y asoladas madrugadas nocturnas. Resultó haber un ser igual de hermoso que su exterior bajo aquel halo de misterio arraigado y del que caí profundamente hechizada.
Observé como Alexia se jactaba de su propia inmadurez, aunque no me extrañó en absoluto que cayera rendida en otro tiempo a sus pies. Durante todos estos años había visto como Nathan, quizá incluso inconscientemente, había encantado a todo tipo de mujeres.
-Fue así como surgió nuestra relación, si a aquello se le puede llamar de ese modo.- prosiguió.- Nathan frecuentaba nuestra mansión todas las tardes para realizar la misma rutina del paseo por el bosque. Suspiraba de placer al pensar en la remota idea de que se había encariñado conmigo de algún modo, por lo que una de esas tarde, después de un mes de sus visitas, decidí dar un paso hacia adelante… sin tener la oportunidad de darlo oficialmente.
>Aquella tarde Nathan se encontraba distante y depresivo, nada comparado a la constante atención con la que solíamos tratarnos mutuamente. Afligida por su pesar, y reconozco ahora que bastante insensata, decidí manifestarle de golpe mis sentimientos hacia él, nada comparados a los líos que había tenido con los demás chicos de mi edad. No fue la esperada afirmación o la temida negativa limpia que de estar seguros me daría, sino que Nathan me sorprendió una vez más con su respuesta. Me contó con gran pesar que no compartía la misma finalidad de nuestra relación y me pidió disculpas de haber hecho denotar lo contrario, mas no se quedó corto al narrar, no sin cierta tristeza, el martirio que cargaba. Me habló de una chica a la que amaba locamente desde hacía años y que buscaba con afán para purgar su exilio con su compañía, mas la describió cual diosa griega y con un cuidado trémulamente empalagoso y apasionado.
Volví a ruborizarme exageradamente, sintiéndome inevitablemente adulada en esa parte de la historia, el corazón se me aceleró vergonzosamente tanto que fue lo único que rompió el acomodado paso de las palabras de Alexia. La cabeza empezó a darme vueltas cuando empecé a comprender que yo también jugaba un papel importante en la historia que mi amiga estaba contando.
Alexia me miró a los ojos pero una vez más en aquel día su reacción me pilló desprevenida, la tristeza que yo esperaba ver entre su rojiza mirada se vio sustituida por una carga de culpabilidad infantil.
-Al poco tiempo Nathan desapareció de mi mundo tras regalar cada una de sus posesiones empresariales entre mi padre y otros accionistas de más. No volví a saber de él hasta una tranquila tarde otoñal en la que, como antaño solía hacer, me sorprendió con su presencia…- Alexia dudó en proseguir con su perorata, aunque yo deseaba que no lo hiciera ya que intuía lo que pasaría a continuación y prefería ahorrarnos esa parte.- Cati, no te puedes imaginar cómo me sentí cuando vi a Nathan mirarte de aquel modo, fue muy frustrante. Por un momento la cría inmadura que había sido se apoderó de mí al ver encajar a la perfección las piezas del rompecabezas. Te envidié tanto…
No quería seguir escuchando más, no me gustaba ni un ápice el final de la historia que Alexia se había decantado a contarme. Contuve las ganas de taparme los oídos con las manos y comenzar a tararear a voz en grito para no oírla más. Finalmente me abstuve gracias al rechinar de dientes que en parte me ayudó a calmarme.
-Fui extremadamente atolondrada como para dejarme llevar por unos viejos celos sin fundamento. Perdóname, en serio. Melinda tuvo que venir a hablar conmigo para contarme por todo lo que estabas pasando, de lo contrario…
Me dio un vuelco al corazón cuando escuché el nombre de mi menuda amiga en toda esta trama, ella también había estado cuchicheando a mis espaldas.
-No tienes de que preocuparte ya.- mi voz sonó más entristecida y feroz de lo que había pensado.
Alexia paró de golpe con sus excusas y lamentos cuando oyó mi frase. Aparté instintivamente la mirada de ella, rodeé mis piernas con las manos y sujeté el mentón sobre las rodillas. El viento me despeinó entonces los cabellos.
-¿Qué quieres decir con eso?
Había terminado aceptando aquella parte de mi vida sin otro remedio pero todavía me costaba asimilarlo con palabras textuales.
-Él…- evité decir su nombre a toda costa. Suspiré.-… se ha marchado.
Tras otro silencio incómodo entre nostras me levanté y atusé mis pantorrillas limpiando lo poco que pude de la tierra y los hierbajos que se habían quedado adheridos a la lana de la falda. No esperé a que Alexia me imitara, sometida de repente bajo una tristeza desgarradora me inventé cualquier excusa con tal de estar lejos de mi compañera.
-¿Te… te importaría si…?- la voz me llegó a quebrar.
Mi cabeza se negó a trabajar en aquellos momentos, dejándome colgada cuando más necesitaba su ayuda, aunque me ayudé de un gesto con la mano derecha señalando mi parte trasera con el dedo pulgar.
Alexia no contestó, se limitó a mirarme con compasión hacia mi figura, lo que me hizo odiarla por compadecerse de mi suerte, pero finalmente cabeceó levemente en un asentimiento. No me quedé a comprobar si realmente Alexia y yo habíamos arreglado en algo nuestra amistad o si me había pillado por haberla mentido desde un principio, marché rápidamente hacia mi dormitorio en lo que acabó siendo una carrera vertiginosa.
No tuve casi tiempo de cerrar la puerta ya que gracias a los dos escalones de la entrada me resbalé y terminé aovillada en el suelo con un tremendo dolor en el tobillo derecho y que me temí que terminara en esguince. Tampoco hice amagos de levantarme de allí.
La historia de Alexia ocupaba mi mente, reproduciendo todas y cada una de las escenas que ésta había narrado. Pude imaginarme a lo que en su día fue mi amiga en su más tierna adolescencia, vestida con un precioso vestido de gasa violeta adornado con un lazo de raso, y a Nathan, con una camisa azulada idéntica a la que llevaba puesta la última vez que nos vimos, paseando por un bosque color esmeralda y hablando de sus secretos.
Vilmente tres palabras se repetían con fiereza ocultando aquella imagen que mi delirante imaginación me había proporcionado: No volverá jamás.
11. Cuestión de supervivencia
Me apoyé sobre la carrocería amarillenta de uno de los coches aparcados en la plaza principal de Peninton, bufando con impaciencia al mismo tiempo que trataba de calmarme. Intenté mantener una respiración relajada, inspirando y espirando de forma gradual, tal vez de forma exagerada desde un punto de vista exterior. Masajeé las sienes para no agobiarme con el griterío y el desorden que se estaba formando, aunque también en un intento de apaciguar el inminente dolor de cabeza que arrastraba conmigo.
Había podido observar en las últimas semanas que las jaquecas y la falta de sueño iban en crescendo. Las pesadillas ya formaban parte de mi vida cotidiana, no había remedio alguno para ellas, en cambio éstas se mostraban cada vez más verosímiles con el transcurso de las noches. Ellas se repetían y cobraban un alarmante estado de vida en mis sueños, casi siempre rondando las mismas pesadillas que había tenido la primera semana y desencadenaban una especie de réplica o disturbio de lo que podía ser su estructura. Al cabo de un par de semanas ya podía predecir lo que podía ocurrir mas, por alguna extraña razón, siempre acababa sorprendiéndome la gelidez de la piel de Nathan, mi horrible rostro demacrado por el fuego o el sentimiento de repugnancia al ver la sangre de Alexia sobre mi cuerpo. Eran aspectos que terminaban marcándose.
-¡Cati!- gritó entusiasta una aguda voz.
Miré hacia el lugar de procedencia, observando como Melinda, vestida con una elegante gabardina clásica y luciendo un austero moño de bailarina que a su vez dejaba entrever pequeñas ondulaciones en su flequillo, agitaba su brazo para llamar mi atención e ir junto a ella con la ayuda de Cooper, de cuyo hombro se apoyaba para poder ponerse de puntillas. Le sonreí amablemente, condescendiente por su actitud.
Después de haber decaído los pocos ánimos que había podido reunir al venir a Kenilworth, y que me reservaba para poder reanudar una nueva vida, las únicas personas que me habían aceptado en un grupo más o menos sólido se habían ido disipando a través de un tupido velo de negligencia. Afortunadamente Melinda había seguido regalándome su presencia durante estos días (y con ella su irritante, aunque al mismo tiempo reconfortante, personalidad activa), al igual que Cooper que con el paso de las conversaciones que acumulábamos, me había hecho recapacitar de que lo que compartía con su hermano tan solo se limitaba al físico y a una cuantiosa fortuna como herencia.
-Hola.- vocalicé sin expresar el saludo en voz alta.
Melinda mostró una radiante sonrisa, con la que hizo relucir su perfecta dentadura de perlas debido al contraste con el fuerte pintalabios color bermellón que llevaba puesto. En aquel momento me pareció estar tratando con la mismísima protagonista Casablanca, lo único que sin una escapatoria final a París ni una trama romántica que embriagara su esencia, ya que se asemejaba más a un duendecillo pícaro que a una princesa atolondradamente enamorada. Cooper cabeceó cortésmente su cabeza, haciendo danzar a su alrededor las greñas que arrastraba su dorado cabello mojado con pequeñas gotas de rocío, lo que le hacía conferir unos destellos especiales, y amablemente me regaló una de sus sonrisas alentadoras. A la que le respondí con una mirada a los ojos cargada de agradecimiento.
-Bueno…- dijo Melinda arrastrando cada sílaba de la palabra y claramente malinterpretando nuestro intercambio de gestos. Algo que me impuse ignorar por no estallar en una disputa con mi amiga.- Yo voy a buscar a Eric. Me pidió que fuera su pareja.- luego, le dio un minúsculo codazo a Cooper que oficialmente no debía haber visto.- Así que me marcho.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa, que para nada concordaba con aquel aspecto que llevaba, y se fue entre saltos. Cooper le dedicó una risa ahogada, se le veía algo apurado ante la situación, lo que me hizo sonreír por su inocencia.
-He llegado a la conclusión de que la palabra “discreción” no figura en su diccionario. Debieron censurarla por error.- bromeé para romper la repentina tensión entre mi amigo.- Todo un fallo.
Él rió ya más animado, y ambos dirigimos la mirada hacia una lejana Melinda quien carcajeaba junto a Eric, disimulando (sin mucho éxito) que no era a nuestra costa.
-Creo que voy a matar a mi hermano por esto.- susurró avergonzado.
-No es por ser cómplice de asesinato, pero he oído que en la tienda de armas hacen un dos por uno muy tentador.- reí con ganas.- Un crimen perfecto y económico.
Cooper rió despojando todo el pudor que pudiera haber acumulado, lo que me alegró ya que no tenía demasiados ánimos de llevar las riendas de una conversación divertida en aquellos momentos.
-Está bien, ¿nos vamos a darle de qué hablar?
Cooper señaló majestuosamente las puertas abiertas del autobús que teníamos al lado y yo le respondí subiendo los peldaños para sentarme en uno de los asientos traseros junto a la ventana. Apoyé la cabeza sobre el frío cristal, como acostumbraba a hacer, y Cooper se sentó a mi lado con una sonrisa en los labios. Lo bueno de tenerle como compañero era que no siempre te agobiaba para llenar el vacío con conversaciones triviales, sino que respetaba el silencio tanto como yo.
Aparté la vista por un momento del bullicioso autobús abarrotado ya de estudiantes. Un enorme nubarrón negro se cernía sobre el cielo acechando a la ciudad con una furiosa descarga en forma de tormenta. La idea de una tromba de agua cayendo me hizo sonreír infantilmente, de siempre me habían gustado las tormentas, plagadas de descargas eléctricas y torrenciales de lluvia. Aunque solía acogerlas bajo un techo, rodeada de una manta y a primera vista del ventanal perteneciente a una casa calentita.
El primer chirimiri de presentación me sorprendió empapando el cristal contiguo con minúsculas gotas que resbalaban en sentido gravitatorio. Levanté la vista hacia el cielo, en algún lugar del norte aún se podía vislumbrar vestigios de calma, ya que el clima se relajaba en unos hermosos tonos grisáceos que paulatina y desafortunadamente se teñían de oscuro.
Un dolor se rompió en mi pecho, provocando que mostrara una horrible mueca de contrariedad en mi rostro. De algún modo mi mente relacionaba macabramente aquel color que tan solo la naturaleza podía cincelar en el cielo, burlando de este modo las capacidades del hombre de crear arte, a una sola persona.
Nathan… Casi gemí su nombre al evocar su imagen en mi cerebro. Cerré los ojos, dejándome arrastrar por el recuerdo de su angelical rostro que tanto ansiaba recorrer con mis labios, sus suaves cabellos broncíneos que urgían a mis dedos a enroscarse entre ellos, su glorioso cuerpo níveo azorando el mío con suma delicadeza…
Sacudí enérgicamente la cabeza para volver a la realidad. Miré urgentemente a Cooper quien, desatendido de mis ocupaciones, hablaba animadamente con Kate Moor (cuyo dormitorio se hallaba a apenas cincos pasos a la derecha del mío). Suspiré aliviada.
Aquellas alucinaciones iban de mal en peor, e iban acrecentando si las jaquecas se relajaban en algún momento del día, lo que creaba un círculo vicioso ya que contra más intentaba recuperar el sueño perdido más vívidas se hacían las fantasías o, de lo contrario, cuanto menos dormía, peores pesadillas tenía. Era el pez que se muerde la cola.
El autobús arrancó con un sonoro rugido del motor que milagrosamente silenció a los alumnos e hizo sumergir al ambiente en un tenue murmullo que se extendía entre las parejas sin que terminase de ser del todo molesto, como si fuera una música de fondo que acompañaba el viaje. Cooper se giró con un suspiro y me dedicó otra de sus sonrisas al mismo tiempo que ocultaba sus oídos con los cascos de un moderno i-Pod blanco y comenzaba a tararear una canción que no conseguí reconocer. Igualmente le devolví la sonrisa, afortunada porque mi compañero no mostrara intenciones de mantener una conversación conmigo y volví a recostarme sobre el cristal para contemplar el paisaje que poco a poco iba cambiando y disfrutar de las pequeñas vibraciones que el vehículo proporcionaba.
No tardamos demasiado en llegar al hogareño invernadero del que el profesor había insistido visitar para culturizarnos sobre el tipo de plantas que pronto trataríamos en geografía y que, de alguna manera, nos ayudaría a entender las características que obligaron a los habitantes de antaño a adaptarse a aquellas condiciones lo que provocaron en consecuencia sus rictus sociológicos. Miré hacia el profesor Fellon, cuyas emociones resaltaban a flor de piel colorando su rostro en un entusiasmo debatido entre el comedimiento de su control y la seriedad ante sus estudiantes y la emoción que aquella actividad le debía provocar.
Con un orden casi sobrenatural (de estar acostumbrada al habitual bullicio y revolución hormonal que bañaban las excursiones a los inmaduros alumnos de cualquier instituto mundano), nos abrimos paso entre los estrechos pasillos a cuyos lados se exhibían todo tipo de categórica horticultura y corriente jardinería, unidos a rosados papelitos plastificados donde se podía leer una detallada explicación del origen, cualidades y otras especialidades de los lechos.
-…en las tierras de una antigua Europa infectada por una repentina decaída en la insondable crisis del siglo XIV que, algo más tarde, se vería envuelta en un glorioso reencuentro con las artes más arcanas de los griegos, lo que provocaría su remontada de nuevo. Como ya estudiamos el pasado mes.- el Sr. Fellon, acompañado por una de las supervisoras del lugar vestida con una blanca bata que observaba al profesor temblando de emoción controlada, inspiró oxígeno para poder continuar con sus acotaciones sin perder demasiado tiempo entre sus paradas.- Prosigamos pues con el siguiente tipo de plantas. Situaros entonces algo más hacia occidente, en un precioso siglo de Oro para las familias más adineradas de un Nuevo Orleans sometido a la opresión de los políticos blancos que tanto gozaban de aquel sometimiento hacia los barrios más marginales. Allí estas plantas se cotizaban a diario…
La voz del profesor resonaba por todas las paredes inmaculadas y revestidas por plásticos y protectores hipoalergénicos. Intenté en vano disipar sus explicaciones por lo que mis planes de quedarme como una de las retrasadas del grupo se vieron frustrados dado al eco que se expandía por toda la sala.
Un insoportable dolor se extendía en aquellos momentos como esporádicos rayos en mi cerebro y las náuseas se agolpaban en mi garganta haciendo manifiestas sus intenciones de salir a borbotones dejando vacío mi estómago. Seguí andando, en esta ocasión realmente rezagada al paso de los demás, para mantener el control de mi cuerpo y no dejarme doblegar por mis impulsos naturales, sino actuar con normalidad.
Uno, dos, tres, cuatro…, intenté concentrarme en contar mis pasos para ignorar mi malestar por lo que repetí una docena de veces la improvisada melodía militar que me instaba a seguir adelante.
Tuve que pararme en seco cuando todo mi alrededor comenzó a dar vueltas y a triplicarse en secuencias de imágenes que divagaban en mi mente. Cerré los ojos con fuerza, deseando con todo mi ser que esto no ocurriera, no al menos en aquel lugar y momentos dadas las circunstancias. Ni siquiera oía ya el discurso del profesor Fellon ni los comentarios de los demás compañeros, tan solo un sonoro ruido hosco y profundo de fondo.
-¿Estás bien?
Era Cooper, debía de haber notado finalmente mi ausencia y me había ido a buscar. Sentí su manifiesto susto en la estática del aire por lo que traté, no sin esfuerzos, de erguirme, alzar los dedos hacia las hojas de la planta que tenía más cercana y fingir una atracción hacia ella.
-Sí…- le susurré, aunque noté que mi tono entrecortado no sonaba demasiado convincente por lo que procuré aparentar normalidad.- ¿Sabes? Siempre me ha gustado mucho la Atropa Belladona.- dije leyendo en la hoja el nombre de la planta que había elegido para mantener un comentario trivial.
Entonces las fuerzas me traicionaron vilmente y el mareo se acentuó haciendo que las náuseas y la el dolor de cabeza aumentaran de golpe. Cerré de pronto las manos en dos puños para mantener el control y soportar el daño, me di cuenta en aquel momento que aquel ruido que oía se trataban de mis jadeos. Intenté concentrarme en una respiración acompasada y algo más relajada, que sin duda no conseguí alcanzar, por lo que logré una especie de sonido extraño que vagaba entre el suspiro y el ronquido.
-Iré a avisar al profesor.
-¡NO!- le grité asustada ante la opción de un chivatazo.
Alargué el brazo a tientas para buscar el cuerpo de Cooper, al fin logré asir su brazo y le miré a la cara. Sus azulados ojos como la mar estaban plagados de miedo e impotencia. ¿Tan mal aspecto tenía?
-Solo estoy un poco mareada. Estoy en ese período del mes, ya sabes.- mentí, segura de que Cooper aceptaría mi excusa y no hurgaría en el tema tratándose de éste. Dulcifiqué mi expresión y dibujé la mejor de mis sonrisas que acompañaría al tono más coqueto y juguetón que iba a utilizar.- ¿Crees que tú…? ¿Serías capaz de llevarme de vuelta?
Acaricié con el dedo índice su torso flirteando y vi cómo sus mejillas enrojecían. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal (y más si se trataba de un amigo) pero era la única solución si quería salir de allí sin tener que recurrir a los profesores.
-Yo… no sé…
Aprovechando una espontánea leve recuperación del mareo aferré parte del chaleco de su uniforme y le lancé una mirada húmeda cargada de toda la ternura que pude acopiar, haciendo sobresalir levemente el labio inferior en un pucherito inmejorable.
-Por favor… Por fa, por fa, por favor…- supliqué, lo que me hizo sentir un tanto estúpida.
Aunque final y milagrosamente funcionó por una vez en la vida hacer el idiota ya que Cooper se rindió sin oponer más resistencia.
-Vale…- dijo alargando cada sílaba de la palabra.- Vamos, en las cocheras de fuera están los vehículos de algunos alumnos. Cogeremos prestado uno.
-Gracias.- le agradecí sinceramente.
Me alcé un poco para darle un fugaz beso en mejilla que hizo ruborizarle de nuevo y a mí trastabillar dos pasos como consecuencia de la vuelta del aumento del mareo. Salimos por una de las puertas traseras que encontramos y Cooper me dirigió hacia las cocheras que había nombrado y de las que había ignorado su existencia tan salvadora en aquellos instantes. Pronto escogimos un bonito Audi del que no quise fijarme en lo moderno (y por lo tanto caro) que era, lo que agradecí al mareo y al actual delirio para no sentir remordimientos de mis actos.
-Menos mal que Peter me confió sus llaves. A él no le importará que nos lo llevemos, y menos cuando le cuente las razones infundadas.- se excusó, más bien intentando convencerse a él de que no estaba haciendo nada malo.
Intenté seguir la conexión de las palabras que decía, y por lo tanto el significado interrelacionado, sin mucho éxito por lo que me limité a acomodar la cabeza sobre el respaldo y dejar que un sudor frío recorriese mi frente.
Durante el trayecto me dediqué a mantenerme consciente y a luchar contra un desmayo que cada vez más confirmaba con más persistencia su llegada. Si llegaba a desmayarme se haría caput, adiós a mi farsa, dudaba ya incluso que Cooper siguiera creyendo que mi estado estaba ocasionado por una simple menstruación, aunque todavía rezaba por que así fuera.
Escuché el sonoro chirrido del derrape que había efectuado al parar en seco con un golpe brusco que me hizo convulsionar contra el cinturón de seguridad. Entreabrí los ojos para darme cuenta de que estábamos a las puertas abiertas de Kenilworth. En aquel momento aquella estructura gótica se me antojó más hermosa que nunca. Cooper me urgió el salir del coche y atravesar el camino de arena que nos esperaba, ahora el pánico empezaba a actuar en él.
Pasó uno de mis brazos por sus hombros y rodeó mi cintura con manos temblorosas para caminar. Noté como sus labios se movían aprisa, sin dejar de mirar el suelo que pisábamos, pero no entendía nada de lo que decía, ni siquiera oía ya el sonido de su voz. Aparté la mirada de su figura, que transmitía unos nervios incontrolables, para luchar contra mi propio mal. Observé el camino de frente, gimiendo cada vez que las náuseas llegaban hacia mi boca en un sube y baja improvisado. Me di cuenta entonces de que aquel no era el camino hacia el torreón de nuestros dormitorios. ¿Nos dirigíamos hacia la enfermería? El miedo se apoderó de mi mente en aquel instante de lucidez y deducción lógica, ¿cómo no me había dado cuenta antes? Intenté protestar, transmitirle la orden de que cambiara el rumbo de nuestra caminata, pero de mi garganta tan solo afloraron unos gemidos guturales un tanto siniestros.
El horror fue creciendo rápidamente cuando pude distinguir el bajo edificio de piedra de dos plantas que formaba la enfermería. No podía verme un médico, de lo contrarío detectaría mi anomalía y de estar seguros me terminaría haciendo un exhaustivo análisis y cóctel de pruebas para finalizar pidiendo una instancia en cualquier manicomio de baja alcurnia para mí. En otras ocasiones ya había acudido a un médico cuando estos síntomas se me presentaban y el resultado había sido una investigación del hospital y un misterioso borrón en mi expediente médico.
La respiración se me aceleró notablemente cuando Cooper pudo alzar su brazo libre para alcanzar el picaporte de la puerta principal del edificio. Cerré los ojos para hacer más ameno el c’est finite de todo lo que me rodeaba.
-Patrick aparta.- la voz de Cooper teñida del miedo y la desesperación sobresalió de entre mi delirio.
Abrí los ojos lentamente y pude vislumbrar como la solemnidad de Patrick se interponía entre mi amigo y la enfermería. Patrick, al que ahora me daba cuenta que no había visto antes de subir al autobús, cruzaba sus fornidos brazos sobre el pecho y ensanchaba sus pecas en una sonrisa de autosuficiencia.
-Cati está muy mal… ¡¿Es que no la ves?! ¡Por el amor de Dios quítate del medio!- gritó Cooper, los ojos se le salían de las órbitas por el pánico.
Patrick no se movió ni un ápice ni se compadeció ante mi desgarbada figura agonizante, su pelo, de un color escarlata, relucía tanto como el brillo de sus ojos. Apenas tuve tiempo de poner a pensar en una explicación lógica para su reacción del por qué de aquello ya que él extendió su brazo derecho en mi dirección.
-Ven conmigo.
Un escalofrío me recorrió toda la espalda, y esta vez supe que no era debido a mi estado. No me había vuelto a acercar a Patrick después de lo que nos ocurrió en pleno bosque, fue demasiado extravagante incluso para mí. Él nunca me había gustado ni un ápice, mas ahí estaba él, ofreciéndome la opción de llevarme hasta mi cama sin pasar por la enfermería, mi salvación.
Dudosa le miré a los ojos, aquellos ojos de lobo que intentaban disfrazarse de cariño y dulzura falsa en esos momentos. Sin otra opción más gratificante (y en parte dejándome llevar por la inconsciencia) agarré su brazo que no tardó en ocupar el sitio en mi cintura que escasos segundos antes había ocupado Cooper. Miré a Cooper para evaluar su reacción, él me miraba sorprendido por mis preferencias y me compadecí de él, más tarde tendría que hablar con él y pedirle disculpas por lo acaecido si aún quería preservar su amistad.
-Lo siento.- vocalicé para que él leyera mis labios.
Más tarde me dejé llevar por Patrick, quien sí se dirigía hacia mi torreón y por lo tanto hacia mi cuarto. El salvajismo y la presión innecesarios con la que agarró mi cuerpo no pasaron desapercibidos pero me obligué a pensar que no había tenido más opción que aceptar su ayuda si me quería librar de un final rodeada de científicos curiosos. Cuando llegamos a mi habitación me tendió en la cama y yo me despojé de los zapatos y el abrigo.
La barrera de la inconsciencia y la realidad se veían ya muy poco nítidas, casi poco materializadas por lo que me dispuse contar los pocos minutos que tardaría en desmayarme del todo por fin. Noté algo húmedo sobre la frente y la nuca, con las escasas fuerzas que albergaba entreabrí los ojos para ver como Patrick restregaba un paño mojado sobre mi piel.
-Ya puedes irte.- le dije sin ganas de prometerle a una persona más que estaría bien pero tampoco llegando a ser demasiado grosera.
Patrick debió de ignorar mi comentario ya que siguió con su masaje que cada vez me puso más nerviosa al rozar su piel contra la mía más veces de las necesarias. Solo quería que se apartara de mí.
-¿Por qué haces esto Patrick? ¿No deberías estar en la excursión?
Sus manos titubearon por un momento para después seguir con su tocamiento que inexplicablemente me hizo acelerar las ganas de vomitar.
-¿Quieres que vuelva a llamar a Cooper?- pronunció el nombre de su amigo como una palabrota malsonante.- Aún estamos a tiempo de volver a la enfermería.
Una punzada de miedo asomó entre mi ser. ¿Cómo había llegado él a discernir mi aberración por la enfermería? ¿En qué momento le había revelado tal información? Demasiado agotada como para pensar y, al mismo tiempo, tan asqueada por nuestra cercanía, no vi más solución que la de callar y salvaguardar mi orgullo.
Con un suspiro giré la cabeza hacia el lado de la ventana, a fuera las gotas repiqueteaban contra el cristal furiosas, la tormenta que se había esperado al fin mostraba signos de su existencia.
Dejé que las ásperas manos de Patrick acariciasen el contorno de mi rostro y, más tarde, el de mi clavícula deseando fervientemente que fueran las de Nathan.
Había podido observar en las últimas semanas que las jaquecas y la falta de sueño iban en crescendo. Las pesadillas ya formaban parte de mi vida cotidiana, no había remedio alguno para ellas, en cambio éstas se mostraban cada vez más verosímiles con el transcurso de las noches. Ellas se repetían y cobraban un alarmante estado de vida en mis sueños, casi siempre rondando las mismas pesadillas que había tenido la primera semana y desencadenaban una especie de réplica o disturbio de lo que podía ser su estructura. Al cabo de un par de semanas ya podía predecir lo que podía ocurrir mas, por alguna extraña razón, siempre acababa sorprendiéndome la gelidez de la piel de Nathan, mi horrible rostro demacrado por el fuego o el sentimiento de repugnancia al ver la sangre de Alexia sobre mi cuerpo. Eran aspectos que terminaban marcándose.
-¡Cati!- gritó entusiasta una aguda voz.
Miré hacia el lugar de procedencia, observando como Melinda, vestida con una elegante gabardina clásica y luciendo un austero moño de bailarina que a su vez dejaba entrever pequeñas ondulaciones en su flequillo, agitaba su brazo para llamar mi atención e ir junto a ella con la ayuda de Cooper, de cuyo hombro se apoyaba para poder ponerse de puntillas. Le sonreí amablemente, condescendiente por su actitud.
Después de haber decaído los pocos ánimos que había podido reunir al venir a Kenilworth, y que me reservaba para poder reanudar una nueva vida, las únicas personas que me habían aceptado en un grupo más o menos sólido se habían ido disipando a través de un tupido velo de negligencia. Afortunadamente Melinda había seguido regalándome su presencia durante estos días (y con ella su irritante, aunque al mismo tiempo reconfortante, personalidad activa), al igual que Cooper que con el paso de las conversaciones que acumulábamos, me había hecho recapacitar de que lo que compartía con su hermano tan solo se limitaba al físico y a una cuantiosa fortuna como herencia.
-Hola.- vocalicé sin expresar el saludo en voz alta.
Melinda mostró una radiante sonrisa, con la que hizo relucir su perfecta dentadura de perlas debido al contraste con el fuerte pintalabios color bermellón que llevaba puesto. En aquel momento me pareció estar tratando con la mismísima protagonista Casablanca, lo único que sin una escapatoria final a París ni una trama romántica que embriagara su esencia, ya que se asemejaba más a un duendecillo pícaro que a una princesa atolondradamente enamorada. Cooper cabeceó cortésmente su cabeza, haciendo danzar a su alrededor las greñas que arrastraba su dorado cabello mojado con pequeñas gotas de rocío, lo que le hacía conferir unos destellos especiales, y amablemente me regaló una de sus sonrisas alentadoras. A la que le respondí con una mirada a los ojos cargada de agradecimiento.
-Bueno…- dijo Melinda arrastrando cada sílaba de la palabra y claramente malinterpretando nuestro intercambio de gestos. Algo que me impuse ignorar por no estallar en una disputa con mi amiga.- Yo voy a buscar a Eric. Me pidió que fuera su pareja.- luego, le dio un minúsculo codazo a Cooper que oficialmente no debía haber visto.- Así que me marcho.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa, que para nada concordaba con aquel aspecto que llevaba, y se fue entre saltos. Cooper le dedicó una risa ahogada, se le veía algo apurado ante la situación, lo que me hizo sonreír por su inocencia.
-He llegado a la conclusión de que la palabra “discreción” no figura en su diccionario. Debieron censurarla por error.- bromeé para romper la repentina tensión entre mi amigo.- Todo un fallo.
Él rió ya más animado, y ambos dirigimos la mirada hacia una lejana Melinda quien carcajeaba junto a Eric, disimulando (sin mucho éxito) que no era a nuestra costa.
-Creo que voy a matar a mi hermano por esto.- susurró avergonzado.
-No es por ser cómplice de asesinato, pero he oído que en la tienda de armas hacen un dos por uno muy tentador.- reí con ganas.- Un crimen perfecto y económico.
Cooper rió despojando todo el pudor que pudiera haber acumulado, lo que me alegró ya que no tenía demasiados ánimos de llevar las riendas de una conversación divertida en aquellos momentos.
-Está bien, ¿nos vamos a darle de qué hablar?
Cooper señaló majestuosamente las puertas abiertas del autobús que teníamos al lado y yo le respondí subiendo los peldaños para sentarme en uno de los asientos traseros junto a la ventana. Apoyé la cabeza sobre el frío cristal, como acostumbraba a hacer, y Cooper se sentó a mi lado con una sonrisa en los labios. Lo bueno de tenerle como compañero era que no siempre te agobiaba para llenar el vacío con conversaciones triviales, sino que respetaba el silencio tanto como yo.
Aparté la vista por un momento del bullicioso autobús abarrotado ya de estudiantes. Un enorme nubarrón negro se cernía sobre el cielo acechando a la ciudad con una furiosa descarga en forma de tormenta. La idea de una tromba de agua cayendo me hizo sonreír infantilmente, de siempre me habían gustado las tormentas, plagadas de descargas eléctricas y torrenciales de lluvia. Aunque solía acogerlas bajo un techo, rodeada de una manta y a primera vista del ventanal perteneciente a una casa calentita.
El primer chirimiri de presentación me sorprendió empapando el cristal contiguo con minúsculas gotas que resbalaban en sentido gravitatorio. Levanté la vista hacia el cielo, en algún lugar del norte aún se podía vislumbrar vestigios de calma, ya que el clima se relajaba en unos hermosos tonos grisáceos que paulatina y desafortunadamente se teñían de oscuro.
Un dolor se rompió en mi pecho, provocando que mostrara una horrible mueca de contrariedad en mi rostro. De algún modo mi mente relacionaba macabramente aquel color que tan solo la naturaleza podía cincelar en el cielo, burlando de este modo las capacidades del hombre de crear arte, a una sola persona.
Nathan… Casi gemí su nombre al evocar su imagen en mi cerebro. Cerré los ojos, dejándome arrastrar por el recuerdo de su angelical rostro que tanto ansiaba recorrer con mis labios, sus suaves cabellos broncíneos que urgían a mis dedos a enroscarse entre ellos, su glorioso cuerpo níveo azorando el mío con suma delicadeza…
Sacudí enérgicamente la cabeza para volver a la realidad. Miré urgentemente a Cooper quien, desatendido de mis ocupaciones, hablaba animadamente con Kate Moor (cuyo dormitorio se hallaba a apenas cincos pasos a la derecha del mío). Suspiré aliviada.
Aquellas alucinaciones iban de mal en peor, e iban acrecentando si las jaquecas se relajaban en algún momento del día, lo que creaba un círculo vicioso ya que contra más intentaba recuperar el sueño perdido más vívidas se hacían las fantasías o, de lo contrario, cuanto menos dormía, peores pesadillas tenía. Era el pez que se muerde la cola.
El autobús arrancó con un sonoro rugido del motor que milagrosamente silenció a los alumnos e hizo sumergir al ambiente en un tenue murmullo que se extendía entre las parejas sin que terminase de ser del todo molesto, como si fuera una música de fondo que acompañaba el viaje. Cooper se giró con un suspiro y me dedicó otra de sus sonrisas al mismo tiempo que ocultaba sus oídos con los cascos de un moderno i-Pod blanco y comenzaba a tararear una canción que no conseguí reconocer. Igualmente le devolví la sonrisa, afortunada porque mi compañero no mostrara intenciones de mantener una conversación conmigo y volví a recostarme sobre el cristal para contemplar el paisaje que poco a poco iba cambiando y disfrutar de las pequeñas vibraciones que el vehículo proporcionaba.
No tardamos demasiado en llegar al hogareño invernadero del que el profesor había insistido visitar para culturizarnos sobre el tipo de plantas que pronto trataríamos en geografía y que, de alguna manera, nos ayudaría a entender las características que obligaron a los habitantes de antaño a adaptarse a aquellas condiciones lo que provocaron en consecuencia sus rictus sociológicos. Miré hacia el profesor Fellon, cuyas emociones resaltaban a flor de piel colorando su rostro en un entusiasmo debatido entre el comedimiento de su control y la seriedad ante sus estudiantes y la emoción que aquella actividad le debía provocar.
Con un orden casi sobrenatural (de estar acostumbrada al habitual bullicio y revolución hormonal que bañaban las excursiones a los inmaduros alumnos de cualquier instituto mundano), nos abrimos paso entre los estrechos pasillos a cuyos lados se exhibían todo tipo de categórica horticultura y corriente jardinería, unidos a rosados papelitos plastificados donde se podía leer una detallada explicación del origen, cualidades y otras especialidades de los lechos.
-…en las tierras de una antigua Europa infectada por una repentina decaída en la insondable crisis del siglo XIV que, algo más tarde, se vería envuelta en un glorioso reencuentro con las artes más arcanas de los griegos, lo que provocaría su remontada de nuevo. Como ya estudiamos el pasado mes.- el Sr. Fellon, acompañado por una de las supervisoras del lugar vestida con una blanca bata que observaba al profesor temblando de emoción controlada, inspiró oxígeno para poder continuar con sus acotaciones sin perder demasiado tiempo entre sus paradas.- Prosigamos pues con el siguiente tipo de plantas. Situaros entonces algo más hacia occidente, en un precioso siglo de Oro para las familias más adineradas de un Nuevo Orleans sometido a la opresión de los políticos blancos que tanto gozaban de aquel sometimiento hacia los barrios más marginales. Allí estas plantas se cotizaban a diario…
La voz del profesor resonaba por todas las paredes inmaculadas y revestidas por plásticos y protectores hipoalergénicos. Intenté en vano disipar sus explicaciones por lo que mis planes de quedarme como una de las retrasadas del grupo se vieron frustrados dado al eco que se expandía por toda la sala.
Un insoportable dolor se extendía en aquellos momentos como esporádicos rayos en mi cerebro y las náuseas se agolpaban en mi garganta haciendo manifiestas sus intenciones de salir a borbotones dejando vacío mi estómago. Seguí andando, en esta ocasión realmente rezagada al paso de los demás, para mantener el control de mi cuerpo y no dejarme doblegar por mis impulsos naturales, sino actuar con normalidad.
Uno, dos, tres, cuatro…, intenté concentrarme en contar mis pasos para ignorar mi malestar por lo que repetí una docena de veces la improvisada melodía militar que me instaba a seguir adelante.
Tuve que pararme en seco cuando todo mi alrededor comenzó a dar vueltas y a triplicarse en secuencias de imágenes que divagaban en mi mente. Cerré los ojos con fuerza, deseando con todo mi ser que esto no ocurriera, no al menos en aquel lugar y momentos dadas las circunstancias. Ni siquiera oía ya el discurso del profesor Fellon ni los comentarios de los demás compañeros, tan solo un sonoro ruido hosco y profundo de fondo.
-¿Estás bien?
Era Cooper, debía de haber notado finalmente mi ausencia y me había ido a buscar. Sentí su manifiesto susto en la estática del aire por lo que traté, no sin esfuerzos, de erguirme, alzar los dedos hacia las hojas de la planta que tenía más cercana y fingir una atracción hacia ella.
-Sí…- le susurré, aunque noté que mi tono entrecortado no sonaba demasiado convincente por lo que procuré aparentar normalidad.- ¿Sabes? Siempre me ha gustado mucho la Atropa Belladona.- dije leyendo en la hoja el nombre de la planta que había elegido para mantener un comentario trivial.
Entonces las fuerzas me traicionaron vilmente y el mareo se acentuó haciendo que las náuseas y la el dolor de cabeza aumentaran de golpe. Cerré de pronto las manos en dos puños para mantener el control y soportar el daño, me di cuenta en aquel momento que aquel ruido que oía se trataban de mis jadeos. Intenté concentrarme en una respiración acompasada y algo más relajada, que sin duda no conseguí alcanzar, por lo que logré una especie de sonido extraño que vagaba entre el suspiro y el ronquido.
-Iré a avisar al profesor.
-¡NO!- le grité asustada ante la opción de un chivatazo.
Alargué el brazo a tientas para buscar el cuerpo de Cooper, al fin logré asir su brazo y le miré a la cara. Sus azulados ojos como la mar estaban plagados de miedo e impotencia. ¿Tan mal aspecto tenía?
-Solo estoy un poco mareada. Estoy en ese período del mes, ya sabes.- mentí, segura de que Cooper aceptaría mi excusa y no hurgaría en el tema tratándose de éste. Dulcifiqué mi expresión y dibujé la mejor de mis sonrisas que acompañaría al tono más coqueto y juguetón que iba a utilizar.- ¿Crees que tú…? ¿Serías capaz de llevarme de vuelta?
Acaricié con el dedo índice su torso flirteando y vi cómo sus mejillas enrojecían. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal (y más si se trataba de un amigo) pero era la única solución si quería salir de allí sin tener que recurrir a los profesores.
-Yo… no sé…
Aprovechando una espontánea leve recuperación del mareo aferré parte del chaleco de su uniforme y le lancé una mirada húmeda cargada de toda la ternura que pude acopiar, haciendo sobresalir levemente el labio inferior en un pucherito inmejorable.
-Por favor… Por fa, por fa, por favor…- supliqué, lo que me hizo sentir un tanto estúpida.
Aunque final y milagrosamente funcionó por una vez en la vida hacer el idiota ya que Cooper se rindió sin oponer más resistencia.
-Vale…- dijo alargando cada sílaba de la palabra.- Vamos, en las cocheras de fuera están los vehículos de algunos alumnos. Cogeremos prestado uno.
-Gracias.- le agradecí sinceramente.
Me alcé un poco para darle un fugaz beso en mejilla que hizo ruborizarle de nuevo y a mí trastabillar dos pasos como consecuencia de la vuelta del aumento del mareo. Salimos por una de las puertas traseras que encontramos y Cooper me dirigió hacia las cocheras que había nombrado y de las que había ignorado su existencia tan salvadora en aquellos instantes. Pronto escogimos un bonito Audi del que no quise fijarme en lo moderno (y por lo tanto caro) que era, lo que agradecí al mareo y al actual delirio para no sentir remordimientos de mis actos.
-Menos mal que Peter me confió sus llaves. A él no le importará que nos lo llevemos, y menos cuando le cuente las razones infundadas.- se excusó, más bien intentando convencerse a él de que no estaba haciendo nada malo.
Intenté seguir la conexión de las palabras que decía, y por lo tanto el significado interrelacionado, sin mucho éxito por lo que me limité a acomodar la cabeza sobre el respaldo y dejar que un sudor frío recorriese mi frente.
Durante el trayecto me dediqué a mantenerme consciente y a luchar contra un desmayo que cada vez más confirmaba con más persistencia su llegada. Si llegaba a desmayarme se haría caput, adiós a mi farsa, dudaba ya incluso que Cooper siguiera creyendo que mi estado estaba ocasionado por una simple menstruación, aunque todavía rezaba por que así fuera.
Escuché el sonoro chirrido del derrape que había efectuado al parar en seco con un golpe brusco que me hizo convulsionar contra el cinturón de seguridad. Entreabrí los ojos para darme cuenta de que estábamos a las puertas abiertas de Kenilworth. En aquel momento aquella estructura gótica se me antojó más hermosa que nunca. Cooper me urgió el salir del coche y atravesar el camino de arena que nos esperaba, ahora el pánico empezaba a actuar en él.
Pasó uno de mis brazos por sus hombros y rodeó mi cintura con manos temblorosas para caminar. Noté como sus labios se movían aprisa, sin dejar de mirar el suelo que pisábamos, pero no entendía nada de lo que decía, ni siquiera oía ya el sonido de su voz. Aparté la mirada de su figura, que transmitía unos nervios incontrolables, para luchar contra mi propio mal. Observé el camino de frente, gimiendo cada vez que las náuseas llegaban hacia mi boca en un sube y baja improvisado. Me di cuenta entonces de que aquel no era el camino hacia el torreón de nuestros dormitorios. ¿Nos dirigíamos hacia la enfermería? El miedo se apoderó de mi mente en aquel instante de lucidez y deducción lógica, ¿cómo no me había dado cuenta antes? Intenté protestar, transmitirle la orden de que cambiara el rumbo de nuestra caminata, pero de mi garganta tan solo afloraron unos gemidos guturales un tanto siniestros.
El horror fue creciendo rápidamente cuando pude distinguir el bajo edificio de piedra de dos plantas que formaba la enfermería. No podía verme un médico, de lo contrarío detectaría mi anomalía y de estar seguros me terminaría haciendo un exhaustivo análisis y cóctel de pruebas para finalizar pidiendo una instancia en cualquier manicomio de baja alcurnia para mí. En otras ocasiones ya había acudido a un médico cuando estos síntomas se me presentaban y el resultado había sido una investigación del hospital y un misterioso borrón en mi expediente médico.
La respiración se me aceleró notablemente cuando Cooper pudo alzar su brazo libre para alcanzar el picaporte de la puerta principal del edificio. Cerré los ojos para hacer más ameno el c’est finite de todo lo que me rodeaba.
-Patrick aparta.- la voz de Cooper teñida del miedo y la desesperación sobresalió de entre mi delirio.
Abrí los ojos lentamente y pude vislumbrar como la solemnidad de Patrick se interponía entre mi amigo y la enfermería. Patrick, al que ahora me daba cuenta que no había visto antes de subir al autobús, cruzaba sus fornidos brazos sobre el pecho y ensanchaba sus pecas en una sonrisa de autosuficiencia.
-Cati está muy mal… ¡¿Es que no la ves?! ¡Por el amor de Dios quítate del medio!- gritó Cooper, los ojos se le salían de las órbitas por el pánico.
Patrick no se movió ni un ápice ni se compadeció ante mi desgarbada figura agonizante, su pelo, de un color escarlata, relucía tanto como el brillo de sus ojos. Apenas tuve tiempo de poner a pensar en una explicación lógica para su reacción del por qué de aquello ya que él extendió su brazo derecho en mi dirección.
-Ven conmigo.
Un escalofrío me recorrió toda la espalda, y esta vez supe que no era debido a mi estado. No me había vuelto a acercar a Patrick después de lo que nos ocurrió en pleno bosque, fue demasiado extravagante incluso para mí. Él nunca me había gustado ni un ápice, mas ahí estaba él, ofreciéndome la opción de llevarme hasta mi cama sin pasar por la enfermería, mi salvación.
Dudosa le miré a los ojos, aquellos ojos de lobo que intentaban disfrazarse de cariño y dulzura falsa en esos momentos. Sin otra opción más gratificante (y en parte dejándome llevar por la inconsciencia) agarré su brazo que no tardó en ocupar el sitio en mi cintura que escasos segundos antes había ocupado Cooper. Miré a Cooper para evaluar su reacción, él me miraba sorprendido por mis preferencias y me compadecí de él, más tarde tendría que hablar con él y pedirle disculpas por lo acaecido si aún quería preservar su amistad.
-Lo siento.- vocalicé para que él leyera mis labios.
Más tarde me dejé llevar por Patrick, quien sí se dirigía hacia mi torreón y por lo tanto hacia mi cuarto. El salvajismo y la presión innecesarios con la que agarró mi cuerpo no pasaron desapercibidos pero me obligué a pensar que no había tenido más opción que aceptar su ayuda si me quería librar de un final rodeada de científicos curiosos. Cuando llegamos a mi habitación me tendió en la cama y yo me despojé de los zapatos y el abrigo.
La barrera de la inconsciencia y la realidad se veían ya muy poco nítidas, casi poco materializadas por lo que me dispuse contar los pocos minutos que tardaría en desmayarme del todo por fin. Noté algo húmedo sobre la frente y la nuca, con las escasas fuerzas que albergaba entreabrí los ojos para ver como Patrick restregaba un paño mojado sobre mi piel.
-Ya puedes irte.- le dije sin ganas de prometerle a una persona más que estaría bien pero tampoco llegando a ser demasiado grosera.
Patrick debió de ignorar mi comentario ya que siguió con su masaje que cada vez me puso más nerviosa al rozar su piel contra la mía más veces de las necesarias. Solo quería que se apartara de mí.
-¿Por qué haces esto Patrick? ¿No deberías estar en la excursión?
Sus manos titubearon por un momento para después seguir con su tocamiento que inexplicablemente me hizo acelerar las ganas de vomitar.
-¿Quieres que vuelva a llamar a Cooper?- pronunció el nombre de su amigo como una palabrota malsonante.- Aún estamos a tiempo de volver a la enfermería.
Una punzada de miedo asomó entre mi ser. ¿Cómo había llegado él a discernir mi aberración por la enfermería? ¿En qué momento le había revelado tal información? Demasiado agotada como para pensar y, al mismo tiempo, tan asqueada por nuestra cercanía, no vi más solución que la de callar y salvaguardar mi orgullo.
Con un suspiro giré la cabeza hacia el lado de la ventana, a fuera las gotas repiqueteaban contra el cristal furiosas, la tormenta que se había esperado al fin mostraba signos de su existencia.
Dejé que las ásperas manos de Patrick acariciasen el contorno de mi rostro y, más tarde, el de mi clavícula deseando fervientemente que fueran las de Nathan.
jueves, 19 de agosto de 2010
10. Adiós
Volví a rodar sobre la cama, enroscándome entre las sábanas y el edredón que tanto hacía falta ya por las noches para abrigarse del frío temporal de Peninton. Los casi nublados rayos de sol matutinos alumbraban ya entre las cortinas que ocultaban un ambiente otoñal, cuyos árboles se empezaban a ver teñidos de tonos ocres, ocultando los senderos del campus de un dorado que producía un sonoro crujido al andar sobre ellos.
Definitivamente me puse boca arriba y tapé mi cara con las manos, apretando fuertemente contra mis ojos hasta que pude distinguir motas coloridas en la negra visión. Bufé algo ofuscada conmigo misma y cogí el móvil para comprobar la hora que era. A penas eran las seis de la mañana y no podía dormir un sábado después de toda una semana llena de pesadillas y malos sueños, aquello era imposible.
Di un manotazo cargado de ira contra mi almohada, un buen chivo expiatorio ya que últimamente se había convertido en el procreador de uno de mis problemas simbólicamente, por lo que no me importó ver como se hundía levemente en una de sus partes. Me jacté al proclamarme victoriosa de aquella batalla tan absurda que había comenzado contra un mero objeto inanimado, mas me reconfortó pensar, por muy tonto que pareciese, que en algo salía ganando.
Me levanté de la cama, sin ganas de hacerla ni intenciones de ello durante el resto del día. Me fui directa al baño, quitándome bruscamente las pocas prendas que componían el pijama y encendiendo el grifo de la ducha. Me metí dentro y, dejando que el agua caliente corriese por todo mi cuerpo, me senté en el plato observando como mi visión se iba oscureciendo debido al pelo mojado que se escurría por mis hombros y mi cara.
Era un estúpido intento de que el agua limpiara todo lo que llevaba cargando en mi interior desde la otra noche, pero por lo menos ningún mal me iría a hacer. No podía borrar de mi mente la cita del día anterior, ni las fatídicas palabras que tuve que escuchar de los carnosos labios de Nathan.
“Las hojas que el otoño había empezado a dejar caer sobre el suelo habían formado un manto dorado bajo nuestros pies, crujiendo con cada paso que dábamos. El silencio nos rodeaba agradablemente, a aquellas alturas nadie se había atrevido a tener una excursión en el parque, ya que la mayoría preferían quedarse en un lugar más guarnecido de los fuertes vientos.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
Nathan no me miró directamente, sino que pareció centrarse en el trecho que caminábamos con paso lento y calmado.
-Claro.- contesté sin dudarlo, pensando en poder dar un margen de confianza.
-Ayer…- comenzó a decir. Un pinchazo en el pecho se abrió con fuerza en mi interior, iba a sacar a colación mi mareo, pero esperé prudente. Él frunció el ceño y continuó.- Cuando te vi así yo…- me miró mientras yo le apartaba la mirada, entonces tosió para recobrar el sentido.- ¿Fue la primera vez que te mareaste de aquella forma?
Me quedé callada, sin saber que responder hacia esa pregunta que tanto había temido al principio. Rehusé el mirarle a la cara, me sentía realmente avergonzada.
-Esa pregunta no.- le susurré intentando dar marcha atrás en mi error por contestarle con una afirmativa.
Sabía que más tarde o más temprano me arrepentiría de haberme dejado ver así por él, de haberle permitido pasar conmigo aquellas horas tan amargas hasta que conciliara el sueño, aunque de poco servía ahora el echarme las culpas, lo había hecho y debía acarrear con las consecuencias.
Oí como el compás de los crujidos a mi lado se paraban en seco. Anduve un par de pasos más para adelantarme, y finalmente me di la vuelta para encararle. Su rostro me impactó de nuevo, cortándome la respiración bruscamente, mientras le daba trabajo a mi mente para hacerse un sinfín de preguntas ante esa aparente preocupación de él hacia mí.
-Cati…- me recriminó en un tono severo, aunque cuando nuestros ojos se encontraron su dureza se cambió por algo más coqueto e inocente.- No has puesto condiciones.
No podía escudarme más, me había pillado. Maldije de nuevo la mala hora en la que se me ocurrió confiar en alguien y antes de responder me permití soltar un bufido.
-No.- le dije en apenas un susurro mientras notaba como se sonrojaban mis mejillas.
Nathan buscó mis ojos, esperando algo más de información que una simple negativa.
-Últimamente duermo muy mal, quizá tan solo tres o cuatro horas por la noche… Ya te lo dije.- le conté procurando no mencionar el tema de las pesadillas, algo bastante vergonzoso.- Es la verdad.
Nathan no pareció quedarse más tranquilo. Sus grisáceos ojos se nublaron de una tristeza sobrecogedora que no pude explicar coherentemente pero que pude sentirla en mis carnes. De repente con un movimiento inesperado se echó el pelo hacia atrás con una de sus manos, nervioso por algo que no podía discernir. Al darse cuenta de mi curiosidad me dio la espalda repentinamente. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo ocurría, algo que no me había contado hasta ahora, el verdadero fin de aquella extraña cita.
-Nathan, ¿qué ocurre?
-Prométeme una cosa, Cati.- me dijo haciendo caso omiso a mi anterior pregunta. Se dio la vuelta y me cogió de las manos. Él sabía de sobra que no estaba en condiciones de pedirme nada.- Por favor…
Asentí sin poder abrir la boca en protesta, deseosa de que apartara su frío contacto con mis manos.
-Intenta no empeorar durante los próximos días. Duerme más horas, come algo… Pero, por lo que más quieras, mejora.- me suplicó.
¿Había dicho “durante los próximos días”? ¿Por qué eso me sonaba tan mal?
Confundida quise poner distancia de por medio, pero Nathan tenía bien asidas mis manos sudorosas. Le miré en busca de una respuesta, pero él me miraba apesadumbrado por alguna tormenta interior.
-Me marcho durante algún tiempo…
-¿Te vas?- le interrumpí ahogada en un grito.
-No sé exactamente hasta cuando… Pero volveré, volveré pronto… si es lo que deseas.- su mirada se tiñó de una horrible tristeza al pronunciar la última frase.
“¡Perfecto! ¿No es eso lo que habías querido desde el principio?”, dijo una voz en mi fuero interno riéndose despiadadamente. Pero en aquellos momentos no podía pensar con claridad, no llegaba a asimilar las palabras que Nathan acababa de decirme. Él se soltó de una de mis manos para sujetar mi mentón y levantar mi cabeza, que inconscientemente había agachado, obligándome a mirarle a los ojos directamente. Un mar de plata adornado con motas verdosas me inundó el cuerpo al completo, dañándome en lo más profundo de mi ser, sin poder salir a flote. Entonces comprendí que para él también era una agonía, sus ojos me lo decían a gritos, pero no quise creer en ello. Una frialdad sobrehumana me sobrevino de pronto, cortando todas las hemorragias que causaran aquella despedida.
-Genial.- dije lo más distante que pude mientras me libraba del hechizo que emanaba su cuerpo.- Nathan, a mí no me tienes que dar represalias de nada. Al fin y al cabo no nos une nada, ¿no?
Cargué una mirada llena de veneno contra él, procurando no fijarme demasiado en su figura para que no estropeara mi actuación de frivolidad. A Nathan se le descompuso la cara en una mueca agonizante (lo que me mató por dentro). Sabía que había llegado demasiado lejos y que aquello le había dolido muchísimo, pero algo en mi interior me instó a seguir para ignorar el dolor que me esperaba.
-Te deseo un buen viaje.- le sonreí amargamente y giré sobre mis talones dispuesta a volver a la academia sin él.- Y no tengas prisa en volver.
Ya está, lo había hecho, la guinda que colmaba el pastel intoxicado de mi sufrimiento. Mas fue nada más entrar a la habitación, después de un trayecto en bus, cuando vi el error que había cometido y me odié tanto por ello.”
Las lágrimas se mezclaban con los chorros de agua que caían sobre mi cuerpo. Observé como mi piel se enrojecía vivamente por el agua caliente que había soportado que me quemase.
Puede que la ida de Nathan hubiese cavado mi tumba, pero lo peor era el hecho de que yo le había ayudado. El pensamiento de que se fuese definitivamente de mi vida me dejó sin respiración, por mucho daño que me hubiese creado estaba condenada a no poder vivir sin él.
-Se ha ido.- murmuré en arrullos.- Se ha ido.
Definitivamente me puse boca arriba y tapé mi cara con las manos, apretando fuertemente contra mis ojos hasta que pude distinguir motas coloridas en la negra visión. Bufé algo ofuscada conmigo misma y cogí el móvil para comprobar la hora que era. A penas eran las seis de la mañana y no podía dormir un sábado después de toda una semana llena de pesadillas y malos sueños, aquello era imposible.
Di un manotazo cargado de ira contra mi almohada, un buen chivo expiatorio ya que últimamente se había convertido en el procreador de uno de mis problemas simbólicamente, por lo que no me importó ver como se hundía levemente en una de sus partes. Me jacté al proclamarme victoriosa de aquella batalla tan absurda que había comenzado contra un mero objeto inanimado, mas me reconfortó pensar, por muy tonto que pareciese, que en algo salía ganando.
Me levanté de la cama, sin ganas de hacerla ni intenciones de ello durante el resto del día. Me fui directa al baño, quitándome bruscamente las pocas prendas que componían el pijama y encendiendo el grifo de la ducha. Me metí dentro y, dejando que el agua caliente corriese por todo mi cuerpo, me senté en el plato observando como mi visión se iba oscureciendo debido al pelo mojado que se escurría por mis hombros y mi cara.
Era un estúpido intento de que el agua limpiara todo lo que llevaba cargando en mi interior desde la otra noche, pero por lo menos ningún mal me iría a hacer. No podía borrar de mi mente la cita del día anterior, ni las fatídicas palabras que tuve que escuchar de los carnosos labios de Nathan.
“Las hojas que el otoño había empezado a dejar caer sobre el suelo habían formado un manto dorado bajo nuestros pies, crujiendo con cada paso que dábamos. El silencio nos rodeaba agradablemente, a aquellas alturas nadie se había atrevido a tener una excursión en el parque, ya que la mayoría preferían quedarse en un lugar más guarnecido de los fuertes vientos.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
Nathan no me miró directamente, sino que pareció centrarse en el trecho que caminábamos con paso lento y calmado.
-Claro.- contesté sin dudarlo, pensando en poder dar un margen de confianza.
-Ayer…- comenzó a decir. Un pinchazo en el pecho se abrió con fuerza en mi interior, iba a sacar a colación mi mareo, pero esperé prudente. Él frunció el ceño y continuó.- Cuando te vi así yo…- me miró mientras yo le apartaba la mirada, entonces tosió para recobrar el sentido.- ¿Fue la primera vez que te mareaste de aquella forma?
Me quedé callada, sin saber que responder hacia esa pregunta que tanto había temido al principio. Rehusé el mirarle a la cara, me sentía realmente avergonzada.
-Esa pregunta no.- le susurré intentando dar marcha atrás en mi error por contestarle con una afirmativa.
Sabía que más tarde o más temprano me arrepentiría de haberme dejado ver así por él, de haberle permitido pasar conmigo aquellas horas tan amargas hasta que conciliara el sueño, aunque de poco servía ahora el echarme las culpas, lo había hecho y debía acarrear con las consecuencias.
Oí como el compás de los crujidos a mi lado se paraban en seco. Anduve un par de pasos más para adelantarme, y finalmente me di la vuelta para encararle. Su rostro me impactó de nuevo, cortándome la respiración bruscamente, mientras le daba trabajo a mi mente para hacerse un sinfín de preguntas ante esa aparente preocupación de él hacia mí.
-Cati…- me recriminó en un tono severo, aunque cuando nuestros ojos se encontraron su dureza se cambió por algo más coqueto e inocente.- No has puesto condiciones.
No podía escudarme más, me había pillado. Maldije de nuevo la mala hora en la que se me ocurrió confiar en alguien y antes de responder me permití soltar un bufido.
-No.- le dije en apenas un susurro mientras notaba como se sonrojaban mis mejillas.
Nathan buscó mis ojos, esperando algo más de información que una simple negativa.
-Últimamente duermo muy mal, quizá tan solo tres o cuatro horas por la noche… Ya te lo dije.- le conté procurando no mencionar el tema de las pesadillas, algo bastante vergonzoso.- Es la verdad.
Nathan no pareció quedarse más tranquilo. Sus grisáceos ojos se nublaron de una tristeza sobrecogedora que no pude explicar coherentemente pero que pude sentirla en mis carnes. De repente con un movimiento inesperado se echó el pelo hacia atrás con una de sus manos, nervioso por algo que no podía discernir. Al darse cuenta de mi curiosidad me dio la espalda repentinamente. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo ocurría, algo que no me había contado hasta ahora, el verdadero fin de aquella extraña cita.
-Nathan, ¿qué ocurre?
-Prométeme una cosa, Cati.- me dijo haciendo caso omiso a mi anterior pregunta. Se dio la vuelta y me cogió de las manos. Él sabía de sobra que no estaba en condiciones de pedirme nada.- Por favor…
Asentí sin poder abrir la boca en protesta, deseosa de que apartara su frío contacto con mis manos.
-Intenta no empeorar durante los próximos días. Duerme más horas, come algo… Pero, por lo que más quieras, mejora.- me suplicó.
¿Había dicho “durante los próximos días”? ¿Por qué eso me sonaba tan mal?
Confundida quise poner distancia de por medio, pero Nathan tenía bien asidas mis manos sudorosas. Le miré en busca de una respuesta, pero él me miraba apesadumbrado por alguna tormenta interior.
-Me marcho durante algún tiempo…
-¿Te vas?- le interrumpí ahogada en un grito.
-No sé exactamente hasta cuando… Pero volveré, volveré pronto… si es lo que deseas.- su mirada se tiñó de una horrible tristeza al pronunciar la última frase.
“¡Perfecto! ¿No es eso lo que habías querido desde el principio?”, dijo una voz en mi fuero interno riéndose despiadadamente. Pero en aquellos momentos no podía pensar con claridad, no llegaba a asimilar las palabras que Nathan acababa de decirme. Él se soltó de una de mis manos para sujetar mi mentón y levantar mi cabeza, que inconscientemente había agachado, obligándome a mirarle a los ojos directamente. Un mar de plata adornado con motas verdosas me inundó el cuerpo al completo, dañándome en lo más profundo de mi ser, sin poder salir a flote. Entonces comprendí que para él también era una agonía, sus ojos me lo decían a gritos, pero no quise creer en ello. Una frialdad sobrehumana me sobrevino de pronto, cortando todas las hemorragias que causaran aquella despedida.
-Genial.- dije lo más distante que pude mientras me libraba del hechizo que emanaba su cuerpo.- Nathan, a mí no me tienes que dar represalias de nada. Al fin y al cabo no nos une nada, ¿no?
Cargué una mirada llena de veneno contra él, procurando no fijarme demasiado en su figura para que no estropeara mi actuación de frivolidad. A Nathan se le descompuso la cara en una mueca agonizante (lo que me mató por dentro). Sabía que había llegado demasiado lejos y que aquello le había dolido muchísimo, pero algo en mi interior me instó a seguir para ignorar el dolor que me esperaba.
-Te deseo un buen viaje.- le sonreí amargamente y giré sobre mis talones dispuesta a volver a la academia sin él.- Y no tengas prisa en volver.
Ya está, lo había hecho, la guinda que colmaba el pastel intoxicado de mi sufrimiento. Mas fue nada más entrar a la habitación, después de un trayecto en bus, cuando vi el error que había cometido y me odié tanto por ello.”
Las lágrimas se mezclaban con los chorros de agua que caían sobre mi cuerpo. Observé como mi piel se enrojecía vivamente por el agua caliente que había soportado que me quemase.
Puede que la ida de Nathan hubiese cavado mi tumba, pero lo peor era el hecho de que yo le había ayudado. El pensamiento de que se fuese definitivamente de mi vida me dejó sin respiración, por mucho daño que me hubiese creado estaba condenada a no poder vivir sin él.
-Se ha ido.- murmuré en arrullos.- Se ha ido.
9. Citas espontáneas
-¿Se puede saber dónde demonios te metiste ayer? ¡Te estuve buscando por todas partes después de clase!- me chilló alguien al oído dejándome sorda por completo.
Me di la vuelta hacia una diminuta figura de claro pelo alborotado que me apuntaba con el dedo acusadoramente.
-Hola a ti también Melinda.- le contesté sarcásticamente.
Me frunció el ceño para después sacarme la lengua cual niña de cinco años.
-No me cambies de tema…- me replicó mientras daba un salto colocándose a mi lado y acomodándose a mi calmado paso a través del campus.
Resoplé varias veces riéndome.
-Si tanto te interesa, - empecé a decir a la vez que seguíamos paseando tranquilamente.- ayer estuve todo el día metida en el cuarto, me encontraba algo mal.
Melinda no me respondió, se llevó un dedo a la cara y puso cara de pensativa, algo exagerada a decir verdad.
-Puede…- dijo.
Ella mantuvo un silencio de intriga. La miré extrañada por su contestación, esperando respuestas más explícitas, Melinda sonreía, realmente disfrutaba con este interrogatorio.
-¿Qué quieres decir?
-Que puede que me lo creyese de no ser porque ayer vi a cierto muchacho castaño en nuestro torreón.- terminó diciendo con una risita de cascabel.
Sentí una presión en el pecho y entonces supe que debía adoptar un semblante más serio.
-Eso no es asunto tuyo.- le dije cortante.
Melinda no reaccionó, la sonrisa pícara que había mantenido al principio de la conversación se había congelado, como si no pudiera articular las facciones faciales, pero seguidamente volvió a reírse ante mi postura sobre el tema dando por hecho que mi reacción ante tal pillaje se debía a la hipotética negación del cotilleo. Bufé ante la hipocresía de su actuación teatral, realmente no llegaban a discernir en aquella academia que yo no pertenecía al inminente prototipo que se exigía en el grado de personalidad de aquellos estudiantes. En cualquier caso le concedí una indulgente sonrisa para suavizar el ambiente y evitar cualquier otra especulación por su parte.
Seguimos paseando, ya sin rumbo fijo, por el campus de Kenilworth hasta que pronto topamos con las negras y delgadas barras de metal que formaban la valla y que cercaban el espacio limitado de la universidad. Di entonces por terminado nuestro inusual paseo, quizás de aquella forma podría sacarme de encima la copiosa compañía de mi amiga y podría regresar al ambiente de relax que me había impuesto.
Volvimos a dar la vuelta para retomar el trecho andado silenciosamente y que tanto incomodo, debido al inesperado giro que había tomado Melinda en la anterior conversación, hacía sentir en mi interior ya que desconocía las divagaciones que la pervertida mente de mi compañera, y seguramente de otras que ya habrían puesto sus finos oídos a expuestas de recientes murmullos, pudiera realizar en aquellos momentos.
La miré de reojo, intentando pasar desapercibida. Melinda lucía una ancha sonrisa de satisfacción y cierto recoveco de picardía, sus verdosos ojos transmitían un brillo que hizo iluminar su cara y sonrojarse levemente en tonos de diversión total y completa. En ese instante me miró a la cara y comenzó, inexplicablemente, a reírse alegremente por algo que debía haber divisado. Puse una interrogativa en mi rostro, preguntándole indirectamente qué es lo que la hacía reírse de aquel modo que me desquiciaran sus carcajadas imparables.
-Hablando del rey de Roma…- pudo decir tras varios minutos de risa.- Y nunca mejor dicho.- susurró para sí misma.
Con una punzada en el pecho, que desgraciadamente me hizo intuir lo que iba a presenciar en breves segundos o por lo menos crearme una vaga idea de lo que me esperaba para así, inconscientemente, allanar el camino haciéndolo más ameno, miré hacia el horizonte, donde un destello sobresalía entre los habituales uniformes y llamaba por naturaleza la atención de las ávidas miradas de los estudiantes.
Una cierta parte de mí se enfureció al instante al ver el lujoso coche encerado con un negro impoluto que sin poder evitarlo con tan solo su presencia estaba destinado a colgar el cartel, de grandes y luminiscentes letras por supuesto, de “Mírame, soy algo que no volverás a ver en tu miserable vida”.
Me encaminé a la salida, sin otra opción de evitar el escándalo público que el mismísimo carruaje ofrecía a los jovenzuelos de los alrededores, dando grandes zancadas y con paso airado que transmitía amenaza. Oí las débiles risitas de los demás a mis espaldas, sin contar con la de Melinda que de estar seguros estaba partiéndose de risa ante esta situación tan comprometedora, e ignoré los inminentes murmullos que empezaban a susurrarse entre ellos, ya que estaba segura que algo intuían de la escena que acababa de producirse y me extrañaba muchísimo que se hubieran acercado solo para admirar al coche que acababa de aparcar (y sin dudar digno de ella) porque estaba convencida, y con ello podía apostar mi brazo derecho, que en sus cortas y adineradas vidas habrían podido observar e incluso experimentar la sensación de un volante de cuero pertenecientes a bólidos mucho más caros y extravagantes que este.
De repente una figura salió del coche, un chico de pelo broncíneo y algo despeinado cuya cara se veía casi oscurecida por unas grandes gafas de sol negras. Nathan caminó con paso tranquilo y elegante, luciendo una fina camisa azul claro que a cualquier persona coherente le haría suscitar un escalofrío y una sensación de necesidad de abrigo, y se reposó sobre el parachoques adoptando una postura cómoda de dios griego.
De cualquier modo durante escasos instantes noté como mi corazón dejaba de latir dentro de mi cuerpo, obligándome a la fuerza a olvidar todos los enfados que podría haber acaecido sobre aquel hermoso ser que se postraba ante mí. Intenté volver a recobrar la compostura, cambiando la excepcional respiración agitada que se había situado en mis pulmones por una algo más relajada.
Nathan me sonrió, divertido por algo que yo no llegaba a captar en aquellos momentos, y me instó a acercarme a él con un seductor movimiento de manos. Impelida aún por el primer sentimiento provocado, y que de no haberme controlado hubiera trascendido en algo mucho más fuerte, me acerqué torpemente hacia el coche, ignorante de lo que sucedía a mi alrededor.
-Tu espontánea inclinación a favor de pasarte aquí los días enteros, ¿es debido a tu posible vocación hacia los estudios socioculturales? ¿O meramente a los sociológicos?- pregunté en un intento de recobrar el carisma de mi personalidad haciendo referencia a su impresionante amistad con más de un alumno en la escuela.
Nathan se rió quedamente mientras sacaba las manos de los bolsillos del pantalón e iba, acompañado de una arrebatadora sonrisa, a plantarme cara frente a frente, tan cerca que casi pude percibir qué se debía sentir al acariciar su blanquecina y aparentemente suave piel de su cuello con mis labios. Deseché al momento aquellos pensamientos, poniendo algo de cordura en mis sesos.
-No busques misterios donde no los hay, Cati.- me dijo dulcemente al oído haciéndome ruborizar cuando su aliento silbó en mi rostro, aunque seguí escudándome en un posible gesto de humildad antes que una debilidad hacia él. Volvió a reírse.- Digamos que habría sido de mala educación no visitar esta universidad tras haberme sido en otro tiempo templo de sabiduría y formación.
Así que Nathan había estudiado aquí, en Kenilworth, justamente en la misma academia que yo. La imagen de un Nathan algo más joven y menos sensato, vestido con el rudimentario y monótono gris de los pantalones del uniformado y chaleco de lana roja codeándose con muchas de las personas pertenecientes al estereotipo marcado en un Kenilworth lejano, pero igualmente hipócrita en ese ámbito actualmente, me sobrevino a la cabeza haciéndome sonreír.
Nathan me miró a los ojos a través de los oscuros cristales de las gafas de sol intentando descifrar el significado de mi sonrisa, pero acabó sonriendo igualmente al no encontrar un sentido aparente a mi felicidad repentina. En ese instante entró en el coche, apartando su presencia de mi cuerpo, seguidamente de que abriera la puerta del copiloto. Era una oferta bastante clara, no hacían falta las palabras.
Tras un suspiro me rendí al tiempo que me apartaba el pelo hacia atrás para recogerlo tras una de mis orejas, y entré en el coche observando su tapicería y el cuero beige que forraba los asientos. Con aspavientos cansados logré atarme el cinturón de seguridad y dejé reposar mi cabeza sobre la ventanilla, como acostumbraba a hacer durante los trayectos, fijando la vista en el cristal que en aquellos momentos ofrecía un espeso verde que rodeaba la entrada de la academia. Oí el suave ronroneo del motor cuando Nathan lo hizo arrancar, y comenzó a conducir a través de la solitaria carretera.
No sabía adonde íbamos, ni siquiera habíamos concertado esta cita, él se había presentado en la universidad sin más. Evité el preguntarme el por qué de las circunstancias y a dejarme arrastrar por el presente, era la única manera de, por lo menos, no sentir dolor al principio y que todo sucediese como estaba destinado, solo sufriendo al final.
Me dediqué a ver como empezaba a empañarse el cristal de las ventanas, dejando que mi frente notase el frío glacial antes de que marcase su huella en el cristal húmedo. Suspiré de nuevo cerrando levemente los párpados y recuperar fuerzas para no pensar en aquel final tan trágico, y a la vez inevitable, que cada vez se cernía más aprisa sobre mí. Giré la cabeza hacia Nathan, quien esta vez me miraba con un ceño fruncido en la cara. Su preocupación con dejes de tristeza me desgarró el corazón por completo. Le devolví la mejor sonrisa que pude mostrarle, no quería que precisamente él se sintiera culpable.
Volví a mirar a través de la ventanilla, habíamos llegado a la ciudad en muy poco tiempo, lo que me hizo sospechar sobre sus habituadas formas de conducir a velocidades exageradas a pesar de no haber sentido el empuje rudimentario que solía acompañar a los doscientos cincuenta kilómetros por hora. Nathan bajó del coche tras aparcar en una de las plazas de Peninton y fue a abrir mi puerta llevándose a cambio un gimoteado agradecimiento por mi parte. Caminamos a través de las calles, pertenecientes a un casco algo más antiguo y pueblerino, vetados en un absoluto silencio que ambos respetamos por cortesía.
Necesitaba tomarme las cosas con calma, darme la oportunidad de poder poner una sonrisa en cada paso que dábamos. Necesitaba poner mis ideas y pensamientos en orden, tener unos criterios básicos, a pesar de que aquello se me antojó inverosímil mientras tuviera aquella niebla espesa que me impedía pensar con claridad, obligándome a rendirme por el bien mío y de los demás.
Me di cuenta de que Nathan paraba ante una de las cafeterías que rondaban la callejuela y le miré algo sorprendida por el fin de nuestro viaje.
-Solo quiero asegurarme de que antes comes algo.- dijo con una sonrisa torcida en los labios.
Me reí mientras cedía ante el propósito de mi compañero y entré en la cafetería de aspecto cotidiano mientras Nathan sujetaba la puerta principal. Nos sentamos en una de las mesas, pegadas junto al enorme ventanal tapado por unas cortinas amarillentas y esperamos a que una de las camareras que acudiera a anotar nuestro pedido.
-¿Qué vais a tomar?
La mujer, que presentaba una horrible permanente de un extraño color mixto entre violeta y rojo, sacó una de las libretas sucias y, con cansancio en sus movimientos, se preparó para realizar su habitual trabajo. Vi como Nathan cortésmente le mostraba una de sus radiantes sonrisas en un intento de empatizar con aquella señora ya entrada en años, él siempre tenía que ser tan educado.
-Para mí una Cola y para la señorita…- dudó en mi pedido, por lo que con un movimiento elegante de mano me indicó que terminara la frase.
-Un capuchino, por favor.
La mujer terminó de apuntar en su bloc y al momento gritó en la cocina las bebidas que acabábamos de pedirle. Soltando otro de mis suspiros comencé la ardua tarea de alisarme la falda del uniforme, ya que no me había dado tiempo de cambiarme, poniendo en un perfecto orden las tablas a cuadros marrones.
-¿Desde cuando te gusta el café?- oí a la melodiosa voz de Nathan preguntarme.
Sonreí ante su curiosidad por mis preferencias, aún se acordaba que las dos bebidas que más había odiado en mi vida eran las infusiones y el café. Hasta una buena tarde en Nueva York donde Steph me invitó a un capuchino y me animó a beberlo, enseñándome a apreciar el verdadero sabor de la cafeína.
Me encogí de hombros.
-Supongo que he cambiado de parecer.
Le devolví la mirada. Ahí estaba otra vez, aquella expresión tan triste que ocupaba el destello de sus ojos y la pequeña arruguita de su frente (que siempre le había acompañado y tanto me gustaba) frunciendo su rostro en una angustia inexplicable.
Se me aceleró el corazón cuando una de sus miradas limpias me atravesó haciéndome sentir vulnerable. La sensación era abrumadora por lo que instintivamente viré la cabeza con fuerza hacia otro lado, centrándome en los agarrotados pasos de la camarera llevando una bandeja de aluminio sobre su mano.
-Aquí tenéis chicos.- anunció dejando sobre la mesa una botella llena de Cola y un alargado vaso con un cremoso capuchino.
Acogimos cada uno nuestras bebidas con un sentido agradecimiento hacia la mujer que ya volvía a darnos la espalda. Distraída comencé sorber del café, evitando el mirarnos a la cara para no ocasionar otro encuentro fortuito como el anterior, y me dediqué a saborear aquel líquido que me ofrecían. Sentía la mirada penetrante de Nathan sobre mi cuerpo, lo que me hizo temblar, mas intenté forcejear en no ceder a los sentimientos más alocados que mi mente me brindaba.
Con cada trago una tímida valentía se fue abriendo paso en mi pecho, instándome a verle la cara y apartar todas las sospechas, y me dejé sucumbir a ella. Nathan a penas había bebido algo de su Cola (cosa que no se podría decir de mi bebida, ya a casi acabada), y repiqueteaba sus dedos sobre la mesa con aire taciturno.
Aquel silencio me iba a matar de un momento a otro, necesitaba distraerme de alguna manera de mis propios pensamientos.
-Así que un Aston Martin Vanquish…- susurré sin fuerzas.
No se me había pasado por alto que Nathan conducía uno de mis coches favoritos de edición limitada y desbordante precio de entrada.
Él levantó el rostro con la intención de mirarme a los ojos, siendo esta vez yo más lista y centrándome en otra imagen que no fuera aquel color gris brillante, y me dedicó una bonita sonrisa.
-Te has dado cuenta.- murmuró. Si bien no me lo decía a mí en realidad, sino como si intentase convencerse de algo en su interior.
-Un coche así nunca pasa desapercibido.
Nathan rió ante la obviedad de mi frase y se llevó la botella a la boca desenfadadamente, terminándose de un solo trago el resto de su bebida.
-¿Nos vamos?- me preguntó amablemente.
Observé como se levantaba de su asiento y empezaba a soltar algunas libras sobre la mesa para pagarlo todo. Asentí con la cabeza antes de llevarme el vaso a los labios y acabar el poco capuchino que me quedaba. Me levanté tranquilamente de la silla, sin hacer ningún amago de tener prisas por conocer que es lo que me esperaba a partir de ahora.
Inspiré hondo para tratar de calmarme. Nathan me ofrecía uno de sus brazos remangados con la esperanza de mantener un contacto.
Le sonreí.
-Vámonos.- le contesté mientras entrelazaba mi brazo con el suyo.
Estaba dispuesta a disfrutar del todo aquella cita espontánea.
Me di la vuelta hacia una diminuta figura de claro pelo alborotado que me apuntaba con el dedo acusadoramente.
-Hola a ti también Melinda.- le contesté sarcásticamente.
Me frunció el ceño para después sacarme la lengua cual niña de cinco años.
-No me cambies de tema…- me replicó mientras daba un salto colocándose a mi lado y acomodándose a mi calmado paso a través del campus.
Resoplé varias veces riéndome.
-Si tanto te interesa, - empecé a decir a la vez que seguíamos paseando tranquilamente.- ayer estuve todo el día metida en el cuarto, me encontraba algo mal.
Melinda no me respondió, se llevó un dedo a la cara y puso cara de pensativa, algo exagerada a decir verdad.
-Puede…- dijo.
Ella mantuvo un silencio de intriga. La miré extrañada por su contestación, esperando respuestas más explícitas, Melinda sonreía, realmente disfrutaba con este interrogatorio.
-¿Qué quieres decir?
-Que puede que me lo creyese de no ser porque ayer vi a cierto muchacho castaño en nuestro torreón.- terminó diciendo con una risita de cascabel.
Sentí una presión en el pecho y entonces supe que debía adoptar un semblante más serio.
-Eso no es asunto tuyo.- le dije cortante.
Melinda no reaccionó, la sonrisa pícara que había mantenido al principio de la conversación se había congelado, como si no pudiera articular las facciones faciales, pero seguidamente volvió a reírse ante mi postura sobre el tema dando por hecho que mi reacción ante tal pillaje se debía a la hipotética negación del cotilleo. Bufé ante la hipocresía de su actuación teatral, realmente no llegaban a discernir en aquella academia que yo no pertenecía al inminente prototipo que se exigía en el grado de personalidad de aquellos estudiantes. En cualquier caso le concedí una indulgente sonrisa para suavizar el ambiente y evitar cualquier otra especulación por su parte.
Seguimos paseando, ya sin rumbo fijo, por el campus de Kenilworth hasta que pronto topamos con las negras y delgadas barras de metal que formaban la valla y que cercaban el espacio limitado de la universidad. Di entonces por terminado nuestro inusual paseo, quizás de aquella forma podría sacarme de encima la copiosa compañía de mi amiga y podría regresar al ambiente de relax que me había impuesto.
Volvimos a dar la vuelta para retomar el trecho andado silenciosamente y que tanto incomodo, debido al inesperado giro que había tomado Melinda en la anterior conversación, hacía sentir en mi interior ya que desconocía las divagaciones que la pervertida mente de mi compañera, y seguramente de otras que ya habrían puesto sus finos oídos a expuestas de recientes murmullos, pudiera realizar en aquellos momentos.
La miré de reojo, intentando pasar desapercibida. Melinda lucía una ancha sonrisa de satisfacción y cierto recoveco de picardía, sus verdosos ojos transmitían un brillo que hizo iluminar su cara y sonrojarse levemente en tonos de diversión total y completa. En ese instante me miró a la cara y comenzó, inexplicablemente, a reírse alegremente por algo que debía haber divisado. Puse una interrogativa en mi rostro, preguntándole indirectamente qué es lo que la hacía reírse de aquel modo que me desquiciaran sus carcajadas imparables.
-Hablando del rey de Roma…- pudo decir tras varios minutos de risa.- Y nunca mejor dicho.- susurró para sí misma.
Con una punzada en el pecho, que desgraciadamente me hizo intuir lo que iba a presenciar en breves segundos o por lo menos crearme una vaga idea de lo que me esperaba para así, inconscientemente, allanar el camino haciéndolo más ameno, miré hacia el horizonte, donde un destello sobresalía entre los habituales uniformes y llamaba por naturaleza la atención de las ávidas miradas de los estudiantes.
Una cierta parte de mí se enfureció al instante al ver el lujoso coche encerado con un negro impoluto que sin poder evitarlo con tan solo su presencia estaba destinado a colgar el cartel, de grandes y luminiscentes letras por supuesto, de “Mírame, soy algo que no volverás a ver en tu miserable vida”.
Me encaminé a la salida, sin otra opción de evitar el escándalo público que el mismísimo carruaje ofrecía a los jovenzuelos de los alrededores, dando grandes zancadas y con paso airado que transmitía amenaza. Oí las débiles risitas de los demás a mis espaldas, sin contar con la de Melinda que de estar seguros estaba partiéndose de risa ante esta situación tan comprometedora, e ignoré los inminentes murmullos que empezaban a susurrarse entre ellos, ya que estaba segura que algo intuían de la escena que acababa de producirse y me extrañaba muchísimo que se hubieran acercado solo para admirar al coche que acababa de aparcar (y sin dudar digno de ella) porque estaba convencida, y con ello podía apostar mi brazo derecho, que en sus cortas y adineradas vidas habrían podido observar e incluso experimentar la sensación de un volante de cuero pertenecientes a bólidos mucho más caros y extravagantes que este.
De repente una figura salió del coche, un chico de pelo broncíneo y algo despeinado cuya cara se veía casi oscurecida por unas grandes gafas de sol negras. Nathan caminó con paso tranquilo y elegante, luciendo una fina camisa azul claro que a cualquier persona coherente le haría suscitar un escalofrío y una sensación de necesidad de abrigo, y se reposó sobre el parachoques adoptando una postura cómoda de dios griego.
De cualquier modo durante escasos instantes noté como mi corazón dejaba de latir dentro de mi cuerpo, obligándome a la fuerza a olvidar todos los enfados que podría haber acaecido sobre aquel hermoso ser que se postraba ante mí. Intenté volver a recobrar la compostura, cambiando la excepcional respiración agitada que se había situado en mis pulmones por una algo más relajada.
Nathan me sonrió, divertido por algo que yo no llegaba a captar en aquellos momentos, y me instó a acercarme a él con un seductor movimiento de manos. Impelida aún por el primer sentimiento provocado, y que de no haberme controlado hubiera trascendido en algo mucho más fuerte, me acerqué torpemente hacia el coche, ignorante de lo que sucedía a mi alrededor.
-Tu espontánea inclinación a favor de pasarte aquí los días enteros, ¿es debido a tu posible vocación hacia los estudios socioculturales? ¿O meramente a los sociológicos?- pregunté en un intento de recobrar el carisma de mi personalidad haciendo referencia a su impresionante amistad con más de un alumno en la escuela.
Nathan se rió quedamente mientras sacaba las manos de los bolsillos del pantalón e iba, acompañado de una arrebatadora sonrisa, a plantarme cara frente a frente, tan cerca que casi pude percibir qué se debía sentir al acariciar su blanquecina y aparentemente suave piel de su cuello con mis labios. Deseché al momento aquellos pensamientos, poniendo algo de cordura en mis sesos.
-No busques misterios donde no los hay, Cati.- me dijo dulcemente al oído haciéndome ruborizar cuando su aliento silbó en mi rostro, aunque seguí escudándome en un posible gesto de humildad antes que una debilidad hacia él. Volvió a reírse.- Digamos que habría sido de mala educación no visitar esta universidad tras haberme sido en otro tiempo templo de sabiduría y formación.
Así que Nathan había estudiado aquí, en Kenilworth, justamente en la misma academia que yo. La imagen de un Nathan algo más joven y menos sensato, vestido con el rudimentario y monótono gris de los pantalones del uniformado y chaleco de lana roja codeándose con muchas de las personas pertenecientes al estereotipo marcado en un Kenilworth lejano, pero igualmente hipócrita en ese ámbito actualmente, me sobrevino a la cabeza haciéndome sonreír.
Nathan me miró a los ojos a través de los oscuros cristales de las gafas de sol intentando descifrar el significado de mi sonrisa, pero acabó sonriendo igualmente al no encontrar un sentido aparente a mi felicidad repentina. En ese instante entró en el coche, apartando su presencia de mi cuerpo, seguidamente de que abriera la puerta del copiloto. Era una oferta bastante clara, no hacían falta las palabras.
Tras un suspiro me rendí al tiempo que me apartaba el pelo hacia atrás para recogerlo tras una de mis orejas, y entré en el coche observando su tapicería y el cuero beige que forraba los asientos. Con aspavientos cansados logré atarme el cinturón de seguridad y dejé reposar mi cabeza sobre la ventanilla, como acostumbraba a hacer durante los trayectos, fijando la vista en el cristal que en aquellos momentos ofrecía un espeso verde que rodeaba la entrada de la academia. Oí el suave ronroneo del motor cuando Nathan lo hizo arrancar, y comenzó a conducir a través de la solitaria carretera.
No sabía adonde íbamos, ni siquiera habíamos concertado esta cita, él se había presentado en la universidad sin más. Evité el preguntarme el por qué de las circunstancias y a dejarme arrastrar por el presente, era la única manera de, por lo menos, no sentir dolor al principio y que todo sucediese como estaba destinado, solo sufriendo al final.
Me dediqué a ver como empezaba a empañarse el cristal de las ventanas, dejando que mi frente notase el frío glacial antes de que marcase su huella en el cristal húmedo. Suspiré de nuevo cerrando levemente los párpados y recuperar fuerzas para no pensar en aquel final tan trágico, y a la vez inevitable, que cada vez se cernía más aprisa sobre mí. Giré la cabeza hacia Nathan, quien esta vez me miraba con un ceño fruncido en la cara. Su preocupación con dejes de tristeza me desgarró el corazón por completo. Le devolví la mejor sonrisa que pude mostrarle, no quería que precisamente él se sintiera culpable.
Volví a mirar a través de la ventanilla, habíamos llegado a la ciudad en muy poco tiempo, lo que me hizo sospechar sobre sus habituadas formas de conducir a velocidades exageradas a pesar de no haber sentido el empuje rudimentario que solía acompañar a los doscientos cincuenta kilómetros por hora. Nathan bajó del coche tras aparcar en una de las plazas de Peninton y fue a abrir mi puerta llevándose a cambio un gimoteado agradecimiento por mi parte. Caminamos a través de las calles, pertenecientes a un casco algo más antiguo y pueblerino, vetados en un absoluto silencio que ambos respetamos por cortesía.
Necesitaba tomarme las cosas con calma, darme la oportunidad de poder poner una sonrisa en cada paso que dábamos. Necesitaba poner mis ideas y pensamientos en orden, tener unos criterios básicos, a pesar de que aquello se me antojó inverosímil mientras tuviera aquella niebla espesa que me impedía pensar con claridad, obligándome a rendirme por el bien mío y de los demás.
Me di cuenta de que Nathan paraba ante una de las cafeterías que rondaban la callejuela y le miré algo sorprendida por el fin de nuestro viaje.
-Solo quiero asegurarme de que antes comes algo.- dijo con una sonrisa torcida en los labios.
Me reí mientras cedía ante el propósito de mi compañero y entré en la cafetería de aspecto cotidiano mientras Nathan sujetaba la puerta principal. Nos sentamos en una de las mesas, pegadas junto al enorme ventanal tapado por unas cortinas amarillentas y esperamos a que una de las camareras que acudiera a anotar nuestro pedido.
-¿Qué vais a tomar?
La mujer, que presentaba una horrible permanente de un extraño color mixto entre violeta y rojo, sacó una de las libretas sucias y, con cansancio en sus movimientos, se preparó para realizar su habitual trabajo. Vi como Nathan cortésmente le mostraba una de sus radiantes sonrisas en un intento de empatizar con aquella señora ya entrada en años, él siempre tenía que ser tan educado.
-Para mí una Cola y para la señorita…- dudó en mi pedido, por lo que con un movimiento elegante de mano me indicó que terminara la frase.
-Un capuchino, por favor.
La mujer terminó de apuntar en su bloc y al momento gritó en la cocina las bebidas que acabábamos de pedirle. Soltando otro de mis suspiros comencé la ardua tarea de alisarme la falda del uniforme, ya que no me había dado tiempo de cambiarme, poniendo en un perfecto orden las tablas a cuadros marrones.
-¿Desde cuando te gusta el café?- oí a la melodiosa voz de Nathan preguntarme.
Sonreí ante su curiosidad por mis preferencias, aún se acordaba que las dos bebidas que más había odiado en mi vida eran las infusiones y el café. Hasta una buena tarde en Nueva York donde Steph me invitó a un capuchino y me animó a beberlo, enseñándome a apreciar el verdadero sabor de la cafeína.
Me encogí de hombros.
-Supongo que he cambiado de parecer.
Le devolví la mirada. Ahí estaba otra vez, aquella expresión tan triste que ocupaba el destello de sus ojos y la pequeña arruguita de su frente (que siempre le había acompañado y tanto me gustaba) frunciendo su rostro en una angustia inexplicable.
Se me aceleró el corazón cuando una de sus miradas limpias me atravesó haciéndome sentir vulnerable. La sensación era abrumadora por lo que instintivamente viré la cabeza con fuerza hacia otro lado, centrándome en los agarrotados pasos de la camarera llevando una bandeja de aluminio sobre su mano.
-Aquí tenéis chicos.- anunció dejando sobre la mesa una botella llena de Cola y un alargado vaso con un cremoso capuchino.
Acogimos cada uno nuestras bebidas con un sentido agradecimiento hacia la mujer que ya volvía a darnos la espalda. Distraída comencé sorber del café, evitando el mirarnos a la cara para no ocasionar otro encuentro fortuito como el anterior, y me dediqué a saborear aquel líquido que me ofrecían. Sentía la mirada penetrante de Nathan sobre mi cuerpo, lo que me hizo temblar, mas intenté forcejear en no ceder a los sentimientos más alocados que mi mente me brindaba.
Con cada trago una tímida valentía se fue abriendo paso en mi pecho, instándome a verle la cara y apartar todas las sospechas, y me dejé sucumbir a ella. Nathan a penas había bebido algo de su Cola (cosa que no se podría decir de mi bebida, ya a casi acabada), y repiqueteaba sus dedos sobre la mesa con aire taciturno.
Aquel silencio me iba a matar de un momento a otro, necesitaba distraerme de alguna manera de mis propios pensamientos.
-Así que un Aston Martin Vanquish…- susurré sin fuerzas.
No se me había pasado por alto que Nathan conducía uno de mis coches favoritos de edición limitada y desbordante precio de entrada.
Él levantó el rostro con la intención de mirarme a los ojos, siendo esta vez yo más lista y centrándome en otra imagen que no fuera aquel color gris brillante, y me dedicó una bonita sonrisa.
-Te has dado cuenta.- murmuró. Si bien no me lo decía a mí en realidad, sino como si intentase convencerse de algo en su interior.
-Un coche así nunca pasa desapercibido.
Nathan rió ante la obviedad de mi frase y se llevó la botella a la boca desenfadadamente, terminándose de un solo trago el resto de su bebida.
-¿Nos vamos?- me preguntó amablemente.
Observé como se levantaba de su asiento y empezaba a soltar algunas libras sobre la mesa para pagarlo todo. Asentí con la cabeza antes de llevarme el vaso a los labios y acabar el poco capuchino que me quedaba. Me levanté tranquilamente de la silla, sin hacer ningún amago de tener prisas por conocer que es lo que me esperaba a partir de ahora.
Inspiré hondo para tratar de calmarme. Nathan me ofrecía uno de sus brazos remangados con la esperanza de mantener un contacto.
Le sonreí.
-Vámonos.- le contesté mientras entrelazaba mi brazo con el suyo.
Estaba dispuesta a disfrutar del todo aquella cita espontánea.
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