sábado, 3 de diciembre de 2011

35. La Marca.

-¡Margarita, por favor! ¡Por favor!- le supliqué con todo el ahínco que conocía.
Su mirada rehusaba la mía, ignorando mis súplicas e intentando recoger todas las cosas tiradas de mi habitación: horquillas perdidas, telas descartadas… Aquello parecía una leonera, la guarida de un animal enloquecido.
-¡Oh, vamos! ¡No te cuesta nada!
Intenté captar su campo de vista, moviéndome de tal manera que fuese yo el primer plano; mas aquel tupido vestido, inmóvil por la acción de los numerosos cancanes inferiores, estropeaba los movimientos ralentizándolos.
Creía que el corazón iba a desbocarse de mi pecho, jamás había notado que hubiese bombardeado más que en esta ocasión, las manos me sudaban pegajosas y húmedas, y habían hecho falta más de dos kilos de polvos para cubrir mi piel, la cual a pesar de su natural palidez sobrenatural, se había tornado de un tono escarlata alarmante que conseguía incluso difuminarse con mis labios carmesíes. No lograba calmarme, mi ser temblaba de una manera incontrolable, ansiaba salir.
La débil música de la orquesta se percibía a través de las paredes a pesar del murmullo inminente de las voces provenientes del enorme salón de baile. A medida del transcurso del comienzo de la fiesta había diseñado una especie de método lascivo para crear una idea aproximada de cuánta gente había, pero había perdido la cuenta al quedarme en “demasiados”. Habían venido todos, o al menos esa era la única información proporcionada de la fiesta. Durante los últimos días la gente había estado yendo y viniendo, montando desde enormes decoraciones provistas de esponjosos ramilletes de flores hasta los mínimos detalles, como el grabado de las iniciales de la familia en dorado en el lino de las servilletas. Aunque de todo ello se me había excluido de una manera forzosa, me habían educado con la idea de que aquella era la fiesta de An y mía, nosotros íbamos a ser los inminente protagonistas, y que este acontecimiento cambiaría nuestra existencia por el resto. Pero, ¿de qué manera? ¿Qué se suponía que iba a acontecer?
-Usted ya ha oído a su madre, no debe salir todavía.- se limitó a decir recogiendo un peine desperdigado.
-¡Pero es injusto! ¡Es MI fiesta!- exclamé incidiendo en el “mi”, en parte era cierto. Desistí en el empeño de perseguir a mi nodriza por toda la habitación y me senté enfurruñada en una esquina, ya daba igual si se arrugaba la seda de mi vestido o no.- Tan solo pensáis en recluirme, como habéis hecho durante todos estos meses… “Es por tu bien”, “Hay una amenaza ahí fuera, es mejor estar aquí”, es lo único que decís todos. ¡Pues estoy harta! Fuera de estas paredes no hay nada malo, el mundo es maravilloso pero os negáis a reconocerlo.
-Señorita…
-¡No, Margarita! ¡No me contradigas!- salté exhausta e iracunda mientras la señalaba con mi dedo índice como acusándola de todo aquel reclutamiento.- Todos piensan que soy una niña… ¡Pero no lo soy! Sé tomar yo solita mis decisiones. ¿Pensáis recluirme en mi habitación hasta los confines de los tiempos? ¿Ocultándome todo? Como anoche con el piano…
-¿Ya empieza de nuevo con esa tontería, señorita?- gritó Margarita dándose la vuelta hacia mí, sus ojos se habían desorbitado levemente.- Fue todo un sueño.
-Sé lo que pasó yo… yo…- tartamudeé al final de la frase, no podía hablar sobre el chico que había visitado mi piano, aquel melancólico y misterioso muchacho que había traído consigo la más exquisita de las melodías.
Conseguí morderme el labio a tiempo, no podía decir con toda tranquilidad cómo me había saltado una de las normas: no escaparse. Refunfuñé palabras incomprensibles, maldiciones dirigidas a una idea abstracta que provocaba la presión en mi pecho. Jamás había tenido la paciencia requerida en una persona, no iba a empezar a desarrollarla durante los próximos minutos, por muy eternos que se me antojasen.
Suspiré y me dediqué a enterrar mi rostro blanqueado como el marfil en el interior de los repliegues del oscuro vestido. Respiré hondo para calmarme y traté de centrarme en el dulce aroma de los agudos violines al fondo, me concentré en golpear con los dedos izquierdos las notas más significativas, interpretando acordes imaginarios y desconocidos en su mayoría. Era una lucha entre el potente sonido del violonchelo contra la fineza del conjunto de los violines, algo hermoso y vivificante a un mismo tiempo.
-Haydn no es de mis favoritos… pero he de reconocer que ostenta un importante puesto.- dijo una voz masculina de entre la oscuridad.
Levanté la cabeza con tanta fiereza que oí crujir la columna vertebral, reconocía aquella voz rota y cascada como si fuera  la acción de un trago de miel en la asperaza. Sus cabellos, blancos e impolutos cual nieve virgen, exaltaban un gastado rostro, acuñado por el paso del tiempo, ya que cada arruga parecía querer esculpir el detalle de su cara; sin embargo, su porte, aunque encorvado, se mantenía en una posición galante propia de un caballero.
-¡Abuelo!- exclamé sin controlarme. Sin dudarlo salté de mi posición como un felino agazapado ante su presa esperando el momento de brincar sobre ella.- ¡Has venido, has venido!
-¿Cómo podía perderme yo el cumpleaños de mi pequeña?
Sus temblorosas manos se alargaron para recogerme en un abrazo, olía demasiado a puros y ginebra.
-¡Ya no soy una pequeña!- refuté medio iracunda pero sin desenterrar mi rostro de sus elegantes ropas.
El hombre se rió, algo que pretendía ser una carcajada afónica terminó transformándose en un quejumbroso ataque de tos que hizo que vibrase todo su cuerpo y a mí con el suyo.
-¿Ha oído, Margarita? Ya no es una pequeña.- dijo mientras pretendía volver a reírse. A lo lejos escuché el resoplido de Margarita.- Crecen tan deprisa…
La frase rompió en un silencio mortificador que, sin saber por qué, hizo que los nervios se desbordasen. Finalmente me separé de mi abuelo con tal de contemplarle y mostrarle una gratificante sonrisa. Él se dedicó a mesar los cabellos que azoraban el exterior del peinado recogido, no obstante no llegó a mirarme a los ojos, sino que pareció quedarse inmerso en las hebras de mi oscuro cabello.
-¿Sabes que hoy es un día muy importante, verdad?
Sentí como mi corazón daba un vuelco inesperado.
¡Por supuesto que lo sabía! Desconocía el por qué… pero algo iba a cambiar con esta fiesta, un cambio drástico en mi vida. ¿Mi esperada y amada libertad? ¿Otro confinamiento? Respuestas ambiguas que podían componer o destruir mi vida y mi alma.
Me limité a asentir levemente con la cabeza, cautelosa de aquella cuestión.
-¿Pero por qué…?
-¡Shh!- siseó reclamando silencio. Haydn seguía sonando con un Concierto para Cello.- Lo comprenderás pronto. Por ahora… ve y disfruta de tu gran noche.
Se separó lo suficiente, abarcando los brazos en cruz hacia la enorme puerta de roble, instándome a salir. Un relámpago de felicidad prematura ahogó mi cuerpo, escudriñé por última vez a Margarita, quien se encontraba al lado del inmenso espejo, a ella le acompañaba una extraña figura pálida debido al evidente contraste del azul oscuro con el perlado de su piel. Comprendí que aquella mancha borrosa era yo, un almizcle discordante entre el eclipsado del vestido, la demacración de la piel, el rojo de los labios y el negro azabache del pelo. Aquella no era yo, era una criatura de la noche.
No quise detenerme a pensar, mas un escalofrío rondó mi espalda. Salí de la habitación como un halo torpe y apresurado, y mientras descendía los escalones tarareé la melodía evocando a mi memoria el recuerdo de aquel navío libre.

El resplandor resultaba cegador como el sol mismo, igual que si uno de sus abrumadores rayos hubiese encantado la sala con su poderío. Sugería un ambiente caótico y cristalino debido a la incidencia de la cuantiosa luz a través de las aparatosas arañas de cristal y el hielo y escarcha decorativa con la que estaba ataviada la sala principal, asimismo hacía que predominasen los ambiguos tonos azulados y el grisáceo como temas prominentes. Las alargadas mesas rectangulares se habían dispuesto excluidas del centro, limitando los bordes de los salones, lo que hacía que la sensación de agrupación de las gentes fuese mayor y que el centro de mesa, una mesa redonda expuesta en la mitad del salón de baile, sobresaliese aún más exhibiendo la vanguardista bandera de la familia: un escudo a rayas rojas y blancas coronado por el casco de un caballero medieval y difuminado por una enredadera de color púrpura.
Tal y como había temido, había demasiada gente en la mansión, los cuerpos se juntaban y apretaban de manera que no había posibilidad de conocer quién te rodeaba delante o detrás, a derecha o a izquierda. Todos los hombres parecían idénticos, vestidos con elegantes fracs negros, puro y copa de alcohol en mano, hablando gravemente y en murmullos quedos entre ellos; así como las damas, un tanto más variopintas en la elección del color, meneaban sus cancanes y gorgojeaban estridentemente. No reconocía a nadie, tan solo conocía a los invitados como lo que eran, una masa ingente de gente, y por ello únicamente había podido tratarles como eso, un conjunto abstracto sin personalidad.
Me escabullí del centro de la fiesta, donde la aglomeración de convidados era mayor, en dirección a las escaleras superiores, por las que había bajado apenas unos minutos, y hacia el hall de entrada, donde ubicaban múltiples criados y mayordomos. Intenté alzar la cabeza entre el barullo de cuerpos, aunque seguía midiendo unos centímetros menos que los demás, en busca de un rostro conocido, alguien a quién pegarme. ¿Dónde estaba An? ¿No se suponía que también era su fiesta? ¿Dónde diablos se había metido? Me había dejado sola, a merced de una fiesta que ni siquiera podía controlar ni dirigir.
Logré llegar a los extrarradios del centro, me situé justo en un pasillo alternativo que se encontraba a penas invadido. Allí traté de pensar en un lugar donde pudiese estar An, quizá él podría explicar qué acontecería en esta fiesta o cómo y qué se suponía que iba a suceder en la misma. De inmediato pensé en el desván, pero aquel era un sitio demasiado recóndito y excluido como para que An lo tomase prestado en una noche así. No, si él no estaba en la fiesta de abajo, tampoco lo estaría arriba enclaustrado, no era propio de él. La respuesta llegó como posible alternativa, ¿habría sido An tan estúpido para esconderse en la biblioteca? Una débil sonrisa relampagueó mi rostro mientras corría con el corazón desbocado de esperanza hacia las puertas de la biblioteca que tanto amaba mi padre. Tomé el frío pomo cincelado con la cabeza de un halcón y empujé el portillo, primero con menos vehemencia, pero tras varios intentos vanos, traté de suprimir la inercia de la puerta con los hombros.
-¿An? ¿An estás ahí?- pregunté a la inanimada cerradura. ¡Había sido capaz de encerrarse!- ¡An, estúpido, sal!
¡Cobarde! ¡Había sido capaz de dejarme ante la jauría! Noté como la punta de mis orejas y de mi nariz ardían de enfado hacia mi querido amigo. Él sabía que aquello no sería una fiesta si él no estaba presente, que era más importante que cualquiera y tenía el deber y la obligación de presentarme ante la sociedad.
Me giré en redondo, con un poco de suerte podía encontrar a algún sirviente que forzase la puerta o al ama de llaves para que la abriese. Sin embargo todo desapareció en el mismo instante que hice ese movimiento, el ruido y la música se convirtió en un eco distante y el solo recuerdo de mi presencia física en el mundo se transformó en algo borroso e incierto. El extraño muchacho de la melodía había vuelto y estaba allí presente, hablando trémulamente entre un grupo de personas apartadas a unos metros de donde me encontraba. Esta vez la mayor iluminación de la situación permitía observar con claridad sus facciones, la esclarecida piel, la cual se me había antojado en un principio más tersa y demacrada, parecía ahora perlina y suave, azoradas por el ángulo de su mentón y su nariz. Su broncíneo cabello parecía esta vez haber florecido en cuanto a matiz y brillo, destacaba su resplandor en mechones peinados con cuidado hacia arriba en punta, con un deje de rebeldía. Los hermosos ojos grisáceos descansaban sobre la copa de vino que llevaba en la mano, alternando miradas con los acompañantes de diálogo correspondientes, mientras sus amoratados y finos labios se movían en pequeñas y cortas frases que no alcanzaba a discernir. El chico no notó ni mi incesante mirada, ni siquiera mi presencia en aquella casa.
Las emociones fueron múltiples en aquel momento, primero sentí desilusión por su inminente ignorancia hacia mí durante la velada, después esa decepción se desfiguró en alegría por el hecho de poder corroborar que aquella magnífica melodía no había sido un sueño y su prueba se había hecho material, pero más tarde el miedo fustigó mi interior obligándome a respirar con irregularidad, ¿tenía el suficiente valor para ir junto a él? Si tienes la valentía para recorrer el mundo, para permanecer a su lado también., dijo una potente voz interna.
-Se considera que esto es una festividad, ¿me equivoco?- decía una mujer de pelo castaño y ondulado, su voz se constituía en un susurro pero el eco de sus palabras hacía que sonara una nota irónica en su atmósfera.
-Elizabeth, nos correspondía el placer de visitar a nuestros viejos amigos.- respondió tranquilamente una seductora voz, apacible y amable, perteneciente a un hombre de lacio pelo rubio un tanto mayor que la mujer a la que recriminaba con aprecio y sutileza.
A medida que me iba acercando entendía las palabras que murmuraban. La mujer soltó un bufido al tiempo que le daba otro sorbo a su copa.
-¿Viejos amigos osas decir? ¿Desde cuando nos juntamos con gente tan ordinaria, Darcy?- exclamó. El muchacho de mi melodía rió ante aquel comentario, lo que avivó la agudeza de los comentarios de la mujer.- Además, aún no se nos ha gratificado con el gusto de conocer a la niña de los Darmon. ¡Qué desfachatez!
¿Hablaban de mí? ¡Sí, yo era aquella niña! El término me había enfurecido, pero el interés por esas personas superaba la furia.
El llamado Darcy, proporcionó una horrible arruga a su frente ante el comentario de su compañera.
-Los Darmon son tan importantes como nosotros, Elizabeth, espero que al menos eso logres recordarlo. Y quisiera dejar constancia de su amabilidad y bondad en cuanto a los miembros de nuestra raza y que, según mi más humilde opinión, propician agradables veladas como esta.
Sonreí de gratitud hacia Darcy, aunque no había tenido constancia de su estrecha relación con mi familia. Bueno… ¿es que acaso conocía alguna otra relación con otras “familias inmortales”? Solo podía nombrar a An en ese sector.
Vislumbré que el chico volvía a reír, esta vez con un poco más de viveza.
-Carece de importancia, preferiría mil veces encontrarme ahora sentada junto al fuego de mi casa a permanecer aquí esperando a una chiquilla.- sentenció malhumorada Elizabeth ante la contestación de su comentario.
El silencio invadió al pequeño grupo y yo casi me había colocado tras sus espaldas. ¿A qué esperaba a hablar y delatar por fin mi presencia? ¿Acaso ellos no me habían nombrado y evocado en cierto modo? Pero resultaba más agradable permanecer tras el telón sin la puesta en escena, un testigo siempre era más emocionante que un protagonista. No obstante, aquel papel secundario duró a penas un instante, ya que pronto unos grisáceos ojos me delataron y tres rostros ajenos se volcaron hacia mí.
Palidecí de angustia y nerviosismo.
-Bu… Buenas noches, caballeros.- dije al fin en una supuración aguda de mi voz mientras realizaba una torpe reverencia.
Aquellas tres personas me miraban con curiosidad, dos pares de ojos grisáceos y uno negro azabache como la noche. Observé con curiosidad a los presentes que no conocía, la mujer era mucho más joven de lo que había calculado, su tersa piel, tan blanca como la del muchacho, era lisa y sus facciones ovaladas denotaban que su edad no superaría la de los dieciocho o veinte años. Al contrario que el hombre rubio, quien aparentaba ser el más adulto de aquella clandestinidad no superando la treintena.
-Buenas noches.- respondió con una cordial sonrisa y una elegante reverencia Darcy.
El silencio volvió a embriagarnos, haciéndome sentir un tanto incómoda. ¡Que alguien diga algo, por favor! ¿Acaso he hecho algo mal?
-¿Quién eres jovencita?- preguntó Elizabeth.
-Soy… soy… Cati Darmon.
Eché entonces un fugaz vistazo a la cara del muchacho, parecía sorprendido ante la gran revelación de mi identidad. ¿Me habría relacionado ya con la andrajosa chica de anoche?
-¡Catalina! ¡La hija de los Darmon!- exclamó alegremente Darcy.
-La anfitriona de la noche, al fin.- susurró Elizabeth.
-Cati.- corregí omitiendo el resto de las frases.- Llámenme Cati, por favor.
Intenté sonreír para dulcificar mi aspecto, cosa que seguramente no lograría.
-Bien, Cati.- comenzó a decir Elizabeth.- ¿Sabes quién soy yo?
-No, lamento no conocerla.
Darcy consiguió hacer sonar una risa sin ser demasiado irrespetuoso.
-Cati, ella es Elizabeth Castell, ha venido aquí con su madre Adeline. Yo soy Darcy Ellagot y éste, como ves, es mi sobrino Nathan.
¡Nathan! ¡Así era como se llamaba el misterioso muchacho! Sentí como me daba un vuelco al corazón cuando sus grises ojos se posaron en mi figura, él era real.
-Un momento,- dije un tanto confusa.- ¿es… realmente su sobrino? Creí… creí que los de nuestra especie…
-No, Nathan no es, digamos, biológicamente mi sobrino. Como sabes los de nuestra especie solo contamos con una única descendencia.- contestó afablemente, lo que hizo avergonzarme por mi pregunta indecorosa.- Yo guardaba una estrecha relación con sus padres…
-Darcy es como un tutor y un padre para mí desde la muerte de mis progenitores.- contestó el muchacho molesto.
Me sonrojé aún más.
-Siento haber preguntado…
-No tiene importancia.- atajó rápida y rudamente él.
Nathan me fulminó con la mirada, ¿por qué me odiaba? No me conocía de nada… bueno, de casi nada, y se había mostrado tan grosero como la otra noche. Había pensado que me trataba de aquella manera porque no sabía con quién hablaba, que yo era una simple humana, pero no. ¿Podría ser que ya hubiese sabido mi identidad desde el principio?
-Bien, ¿y cuándo tendremos el placer de conocer tu Marca?- Elizabeth se había entrometido esta vez.
Viré la cabeza hacia ella, realmente era una joven guapa, yo era una niña comparada con ella.
-¿Mi… mi Marca?
-¡Sí, mujer!- dijo con desesperación.- Ya deberías conocer el protocolo de esta fiesta, esta noche se va a celebrar un ritual muy importante.
¡Lo sabía, lo sabía!, vibré en mi interior de felicidad. Mas en realidad no lo sabía, no sabía nada de lo que iba a suceder.
-La verdad es que no sé nada.
-Cati, ¿conoces acaso el Libro de los Orígenes?- preguntó Darcy.
Negué con la cabeza. ¿Es que no me habían contado nada?
-Pues bien, - suspiró Darcy con otra de sus encantadores sonrisas.- el Libro de los Orígenes o Libro de las Marcas, como su nombre indica, contiene los enlaces procedentes de nuestra raza. Liga tu Marca a la de alguien.
Sentí una presión en el pecho, no podía respirar, y el mundo daba vueltas a mi alrededor. Aquello era una trampa, había sido un encarcelamiento desde el principio. Era la última noche, la noche en la que me ligaría a alguien para no separarme jamás. Entendía ahora muchas cosas: el secretismo de mi madre, las reacciones de Margarita ante mis ideas de liberación…
-Pensaba que era cuestión de…- ¿cómo lo había descrito madre?- … sentirlo.
La carcajada de Elizabeth reverberó en toda la sala, mas esta vez no tuve oportunidad de sonrojarme una vez más ante mi evidente ignorancia. Observé a Nathan, sus ojos se habían tiznado de una nueva melancolía conocida y una mueca de dolor.
-¿Sentirlo? Es una manera decorosa de decirlo…
-¡¿En qué deriva la elección del Libro?!- corté a Elizabeth con un grito, debía calmarme.- Quiero decir, ¿cómo un simple papel puede saber quién es el mejor para una persona?
-Es… bastante complicado.- dijo Darcy.- Hay varias teorías.
-¡Tonterías, Darcy! No inculquemos a la niña esos criterios. El Libro de las Marcas es una posesión antigua de los nuestros, el único retazo que continúa con nuestra existencia en este abominable mundo.
Mundo que yo no conocería, tal y como sabía ahora.
-Quisiera saber dichas hipótesis.
Nathan elevó las cejas en señal de sorpresa, pero pronto recuperó su postura dejada y al margen de la conversación.
-La principal razón es la descendencia, una mujer inmortal solo puede tener un hijo con su Marca, de este modo… volvemos a nuestro estado más natural, por así decirlo a la humanidad.- fue él quien había contestado.- Si no retornásemos a… esa humanidad, bueno, en fin, las consecuencias serían bastante desagradables.
-Eso lo sé.
Aunque difería en ello, no podía ser tan horrible ser inmortal.
-Entonces ya lo conoces.- rehusó mirarme. Nathan dio un largo sorbo a su copa.- Aunque reconozco que deberíamos poseer más datos y experimentos de los Inmortales.
-Eso es imposible.- sentenció segura de sí misma Elizabeth.
-¿Y quién sería capaz de realizarlos, Sr. Ellagot?- divagué más bien para mí misma, sentía las mismas ganas de beber vino como lo hacía Nathan.
-Bueno… ¡él mismo!- afirmó Darcy.- Nathan es un especialista médico.
El muchacho erigió su cabeza hacia su tutor, había un deje de sorpresa en el bello conjunto de sus rasgos, pero lo que más me fascinó fue la electricidad vivificante de sus ojos en motas verdes.
-Pero eso sería… inmoral, antinatural, abominable…- profirió Elizabeth con temblores en su figura.
-¿Y por qué no un progreso de nuestra raza?- distinguí.
-No, para nada. Los Inmortales somos escasos, condenados a una extinción, por ello nos mantenemos tan unidos. Gracias a estos condicionantes de nuestra raza sobrevivimos época tras época, no deberíamos alterar el orden natural en el que se disponen las cosas.
Nos sumió el silencio, la orquesta continuaba tocando pero entre aquel extravagante grupo cada individuo parecía divagar en su universo de ideales mientras yo trataba de desechar la mirada de los presentes.
-¿Cuál es su Marca, Srta. Castell?- pregunté, sin saber el por qué de mi acción.
-¿La mía?- carcajeó por un momento divertida por mi curiosidad.- No es muy propicio ir preguntando tales cosas, ¿no cree, Srta. Darmon?
Elizabeth me miró inquisidoramente, el negro azabache de su mirada hacía que algo en mí se estremeciera de miedo, parecía un juego divertido para ella, la hipnosis de una presa antes de ser devorada.
-Yo soy su Marca.
El hechizo se desvaneció por completo, giré rápidamente hacia el origen de la respuesta. Sí, había sido Nathan quién había contestado vehemente y restando importancia al asunto, se encontraba mirando el final de su copa, tintada de un granate parecido a la sangre. De pronto me vi evocando aquella noche, el horrible vacío de sus ojos, su melancolía innata, la conversación que mantuvimos… Había dicho: “Nunca renuncies a ser tú. Jamás lo permitas”. ¿Qué escondía aquel muchacho tras su apariencia y su título?
-Ruego que me disculpen, pero es necesario que vaya a un sitio.- declaró de la misma sorprendente manera.
Con una sonrisa se despidió de sus acompañantes y pasó a mi lado como un halo, le vi alejarse entre la multitud y pronto camuflarse con el resto.
Todo había sucedido demasiado deprisa… tanto que mi mente no lograba procesar todos los datos. Aquella iba a ser mi última noche, jamás volvería a ver la luz del sol del mismo modo, jugar en los prados con An… Los sueños se marchitaban como viejos recuerdos podridos por el sopor de la inminente realidad. Quizá los Inmortales odiaban a los humanos, pero solo era porque les envidiaban, envidiaban su libertad, ¿acaso no nos aparejábamos para ser al fin y al cabo humanos?
Los pensamientos afloraban sucesivamente, alternantes y divagantes en su mayoría, pero imantados a un concreto norte cual brújula. A penas era consciente de la presencia de Elizabeth o Darcy, tan solo de mi propia condena. Será mi última noche, será mi última noche…, era lo único que mi mente podía procesar con claridad suficiente. Pensé entonces en An, ¿le volvería a ver? Dejé que el pánico fluyese como veneno en mi sangre.
Sin más, comencé a correr. Me daba igual que aquellas gentes me viesen desbocada, como una cualquiera corriendo salvajemente entre ellos, necesitaba ver a An por última vez y… ¿despedirme? ¿Era aquello lo que me esperaba?
Fui apartando a la gente a cabezazos y me remangué el vestido con las manos para correr mejor, mas mi mirado comenzó a empañarse por las lágrimas que soltaba. Al fin llegué a la biblioteca, me paré en seco, jadeando debido al esfuerzo. Me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta, An por fin la había abierto, posé una mano sobre el pomo y me dispuse a abrirla para ver a mi amigo.
-Realmente no sé cómo explicarlo Sr. Darmon. Es… la primera vez que ocurre algo parecido, es totalmente inusual.
-¿Inusual, dice? ¡¿Insusual?!-
La voz de padre se oyó por toda la sala, enfurecido como nunca le había visto. Me abstuve de entrar, había ocurrido algo, algo malo. ¿Le había pasado algo a An? El terror inundó mi cuerpo.
-Cariño, por favor, cálmate.- era la voz de madre, ella también estaba dentro.- ¿No hay nada que podamos hacer? Tiene que haber una solución.
Se oyó un silencio, el silencio más eterno que había experimentado.
-No hay nada. Su hija… su hija no tiene Marca gemela, así lo dicta el Libro.
No tenía Marca, no la tenía, era libre… era libre…
Me mordí la lengua para no gritar de felicidad.
-¿No tienes Marca?
La sonrisa se me congeló en el rostro y me di la vuelta, por fin había encontrado a An.
-Soy libre… ¡An, soy libre! ¡Puedo irme de aquí! Yo… yo… nos iremos juntos, como siempre he soñado. ¡Tengo que salir de aquí!
Salté de felicidad y alegría, las ataduras habían desaparecido, me olvidé por completo de no gritar, pero no podía abstenerme más. ¡Era libre! Hice amago de abrazarle, él estaría conmigo, siempre… siempre estaría conmigo.
-No me toques.- escupió An apartándose de mí.
-¿Qué?
-¡No me toques!
-Pero, An…- le supliqué mientras alzaba una de mis manos para tocar su rostro, ahora henchido por la furia.
-¡Eres un monstruo, Tali! ¡Una aberración!
-An, sigo siendo yo… Sigo siendo Tali…
Cerré la mano en un puño y apreté hasta sentir cómo las uñas perforaban la piel, las lágrimas anegaban mi ojos y un dolor inaudito desgarraba mis entrañas. Nunca había sentido nada igual, era como si introducieran una mano en mi pecho para arrancarme el corazón.
-Para mí estás muerta.
Lo último que vi de él fueron sus dos enormes ojos verdes musgos, fríos e inertes. Chopin había dado su nota final.