No habían sido
escasas las veces con las que había imaginado aquel momento, qué sentiría, cómo
reaccionaría, las palabras que mis labios pronunciarían. Distintos afluentes
con diferentes desembocaduras, pero un mismo río: su reacción. Ahora, después
de lo que había sido un tiempo eterno, podía conocer la respuesta a la
incógnita que mi sueño asediaba noche tras noche.
Le miré atentamente
en lo que pareció un segundo ralentizado, un fantasma que llevaba demasiado
asediándome en espíritu y que, al fin, se había materializado, sacado de un
tiempo que hasta ahora se me había antojado irreal, incluso imaginario. Había
pasado mucho desde la última vez que esos ojos verdes habían irisado en mi
mirada, que el susurro de la gravedad de su voz había filtrado unas palabras
con mi dirección, recuerdos abrumadores que afloraban el ambiente dividiéndolo
en una dimensión subalterna. Pero debajo de toda aquella herida, bajo las
infecciosas capas de la costra, me di cuenta de que ya no eran los mismos ojos,
ya no era la misma voz, más bien una versión desgastada, agotada y malherida
por el tiempo y sus en efectos en mayoría.
Un primer pavor
encharcó mis venas, ahogándolas, un miedo que sabía calificar de irracional,
mas si mi subconsciente conocía aquel dato, lo ignoraba completamente. Sentía
como perdía la firmeza de mis acciones, que había empezado a temblar a pesar de
mis infructuosos empeños de ocultarlo. Los deseos de retirar la mirada, de huir
de ahí lo antes posible, me oprimían, sin embargo algo había sacado en claro de
todas aquellas noches en vela que con tedioso rencor había acumulado, iba a
plantar cara, sin dejarme minar ni pisar, todo lo que tuviera en mi contra quería
escucharlo.
Silencio. Un
silencio ensordecedor.
¿Por qué nadie actuaba?
¿Por qué no sentía la metralla de una bomba que acababa de estallar después de
tanto tiempo dormida? Nada. Un único movimiento, la agitación de mi pecho y las
perlas que por mi rostro resbalaban. Quise gritar, al menos decir una palabra,
todos aquellos discursos que eras atrás había hilado en mi mente y en este
momento resultaban inconexos, un hilo que se había desintegrado con el ácido de
los años y dejaba un muñón repulsivo. Pero nada salía de la boca, un desierto.
-Cuánto tiempo.- la
voz de Daniel retumbó insegura en la estancia al pronto que un autorreproche
salía de una mueca suya. No contesté.- Has cambiado.
-Tú también.
Las evasivas
cortaban el aire como puntas afiladas, primero en superficiales arañazos.
-Tali…
-Cati.- corté
rápidamente.- Llámame Cati.
-¿Ahora prefieres
que te llamen así? Creí que siempre habías odiado tu nombre.
-He cambiado. Tú lo
has dicho antes.
Daniel suspiró,
hinchiéndose al pronto con mentón en alza.
-Cati,- murmuró
masticando aquella palabra, rumiante. Hizo una breve pausa antes de continuar,
le estaba costando trabajo escoger sus palabras.- supongo que no querrás hablar
conmigo.
-Defectos de estar
muerta.- endilgué.
Vislumbré como un
relámpago de dolor disfrazó los rasgos de su cara, fue nítido el cambio, pero
me negué a creerlo, sus palabras habían sido consistentes aquella noche. Si se
hubiera arrepentido de aquella noche, no habría tardado tanto en volver.
-Me odias, ¿verdad?
Abrí los labios
aspirando la tensa ligadura del ambiente, una afirmativa, un sí cargado de ira
atascado desde mucho en la saliva de mi lengua. La mudez sorprendió mis
pensamientos, era incapaz de articular algo. Pronto la incoherencia
desestabilizó mi posición defensiva. ¡Dilo!
¡Dilo de una maldita vez! ¿A caso no es lo que piensas?, asedió la cordura
desde algún remoto lugar, me daba a entender que seguía existiendo, pero que ya
no la dominaba.
-¿Qué estás haciendo
aquí?- pregunté ignorando la anterior impericia.
-A mí también me han
invitado a la fiesta.- respondió con eco.
¿Alexia? ¿Alexia
conocía a Daniel? No dudaba ni por asombro del hecho de que Alexia poseía una
gran popularidad, incluso atrevería a decir que cierta autoridad en la
reverberación del aliento de aquellos quienes resurgían en el sol y las sombras
fuera y dentro de Kenilworth. Pero Daniel… Imposible, sencillamente descartaba
aquella verificación.
La cabeza comenzaba
a darme vueltas, puntos que no lograba juntar, que se asemejaban a las
estrellas de aquella noche, trazos que surgían en la oscuridad indiferentes los
unos de los otros, no obstante relacionados en algún remoto espacio.
-Además, le debía
una visita a mi amigo Nathan, ¿no es cierto?
La frase más bien
parecía una represalia salpicada de cierta amenaza. La dirección de su verdor
había trascendido más allá de mi cuerpo, casi notando como perforaba en mí como
un ente invisible y se clavaba en algo que él cargaba con más importancia.
Fue la primera vez
en la que volví a tener conciencia de la presencia de las personas en aquella
sala, como si el silencio hubiera soplado una espesa neblina de la que solo
nosotros éramos lúcidos. Parpadeé exageradamente con el fin de librarme de
aquel hechizo. Cooper había logrado introducirse de alguna manera a mis
espaldas, se situaba en un segundo plano de los baños aún así expectante a los
acontecimientos, concentrado en el aspaviento de su camisa deshecha en la
limpieza del sudor de su frente. Diferente a la inexpresividad de Cooper era el
arco iris de emociones en los rasgos de Nathan, los cuales despuntaban desde el
más absoluto terror hasta el asombro más sincero, lo que hacían detallados los
intentos por ocultar sus sentimientos, ¿se habría roto ya su máscara de
neutralidad? ¿Sería ésta su temida fisura? Parecía petrificado.
-¿Nathan?- le llamé.
Sentía que, por
alguna razón, la melosidad de su voz lograría calmar el tsunami que se
avecinaba sin remedio, que una sola palabra suya solucionaría todo y el caos
volvería a su orden. Pareció reconocer mi voz, como aquel que oye un tarareo
familiar en mil canciones sobrepuestas, viró la cabeza hacia mí, examinándome,
asegurándose de algo que yo era inepta de observar. También… ¿qué era capaz de
ver a estas alturas? La sensación de que todo y nada se desbordaba de mis manos
invadía todo mi cuerpo. Y lo odiaba.
Fue acercándose,
confiando en sus pasos, con aquella antigua agilidad que yo conocía y que
volvía de su letargo, en menos de lo que fui competente de asimilar, la fuerza
de sus brazos aventajaba por mi cintura, reaparecía la seguridad de su cuerpo
contra el mío, interponiéndose entre Daniel y yo, al igual que si a él le
dotase de un término de peligro. Busqué ávida su mirada, el mar grisáceo que me
alumbraba como la luna, pero recordé que hoy no había luna y sólo la oscuridad
me iluminaría.
-Nathan, ¿ocurre
algo?- supliqué.
Viró rápidamente su
rostro hacia mí, no hacia una concreta parte, sino con una celeridad en su
mirada, el vértigo de sus pupilas negras y ensanchadas, hacia un todo, quizá un
nada.
-No pasa nada, Cati,
tranquila.
Su voz sonaba como
el ronroneo de un gato, el aullido de un lobo herido que retrotraía sus dientes
al haber sido vencido.
La cabeza daba mil
vueltas a mi corazón y mis sentimientos las giraban en sentido contrario a la
razón. ¿Había estado tan obcecada en mí misma, que había sido posible que el
motivo de la fiesta no fuera por mi causa? Un nuevo peso atormentó mi pecho, un
nuevo calibre de bala, una nueva precisión de ajustes en la pistola, a pesar de
que el agujero tan sólo se ensanchaba por momentos. Egoísta, ególatra…
-Todo aclarado, creo
que es momento de que la fiesta siga con su ritmo, ¿no creéis?
Rápidamente y con
gran precisión, Cooper logró tomar el centro tanto de la sala como de la
situación dada la ausencia de un patente liderazgo y, en algún sentido posible
de esa acción, también liberar el laberinto de miradas: mi búsqueda de
respuestas en la cara de aquel viejo fantasma, la imposición de una pregunta de
Daniel a la figura de Nathan y la divergencia de Nathan en el arché de mi rostro.
-Seamos apropiados
con la situación, la noche no acaba más que comenzar.- gorjeó Cooper en un
claro intento de suavizar la tensión. El significado de sus palabras quedaba
intacto, pero no concordaba con la advertencia de sus azulados ojos.
-Creo que Cooper
tiene razón. No seamos melodramáticos, nadie se está muriendo, ¿no es así
Nathan?- preguntó Daniel al igual que yo me cuestionaba por qué su boca no se
corroía por la acción del veneno de su tono.- Tenemos tiempo para visitas, al
fin y al cabo, voy a quedarme por una larga estancia.
-¡¿Te quedas?!- ¿por
qué resonaba hueco el odio en esa frase?
El bosque de sus
ojos, la áspera corteza y el espesor de su verde follaje, reparó en mi una
noche más como tantas otras había hecho, sonrió dulcemente en un esplendor que
sabía que jamás llegaría a comprender pero que me gustaba admirar, y por un
escaso momento pensé que en su voz sonaría: Hasta
mañana mi Tali, como siempre me despedía, la lógica lo dictaba.
-Hasta mañana,
Cati.- susurró.- No me olvides.
Daniel se esfumaba
aquella noche como el ángel de mis sueños, tan sólo que ahora no podía
despertar.