sábado, 19 de enero de 2013

37. Llámale Dios, destino, fortuna.


La oscuridad se cernía en el derredor de la habitación del hotel, una pequeña semiesfera, reducida pero acogedora, el efecto de una simple cama con mesilla y una cheslón independiente no daban el aspecto sobrio que en un principio podría aparentar. Las sombras parecían reflejarse ambiguas a través de las ventanas que te miraban expectantes, amplias vidrieras góticas de colores y decoraciones en su parte superior con hermosos calados de piedra intrincados. Se extendían ligeros, como el hilo de una telaraña portando una gota de rocío, tejiendo hasta el techo sostenido por columnillas. Era bien entrada la noche y el interior aún se iluminaba, quizás no con el vibrante haz de luz, pero sí con un leve resplandor plateado.
Comprobó por milésima vez su rostro, abocado en la comisura de su brazo, parecía tranquilo, en calma. Al principio de conocerla no había entendido esa inquietante manía suya con el cielo, la noche y el día, cómo miraba siempre hacia arriba, como buscando una respuesta incesante que alguien o algo superior le pudiera dar. Lo había achacado a sus creencias cuando descubrió su incesante querencia a entrar a iglesias antiguas, casi podía escuchar de nuevo su risa vibrante el día que le preguntó si quería dejarla a solas para rezar. “No veo a Dios en estas paredes, Nathan, veo Historia, la historia del ser humano.” Le había sorprendido en un principio su falta de fe, quizás acostumbrado a que la mayoría de los Inmortales fueran religiosos, él no creía en los muchas dogmas que habían pragmatizado sus vivencias a lo largo de los viajes y años, pero suponía que hubiera algún motivo, llamado Dios, destino o fortuna, no todo en su vida era tan nihilista.
Siempre le había costado adivinar sus pensamientos, puede que porque siempre estaba pensando, esa había sido una de las cosas que más le habían atraído de ella, formulaba preguntas silenciosas y él procuraba responderlas silente, un juego del que no sabía si ella era consciente del todo. En realidad, tampoco era muy lúcido de saber qué conocía ella y qué no.
Alargó un dedo, despacio y temeroso, hacia su mejilla, trazando sus finos y suaves rasgos y terminando en la punta del grosor de sus labios, allí donde la suavidad se hacía húmeda, allí donde ahora podía besarla. Sintió como un escalofrío le recorría todo el cuerpo y erizaba su cabello cuando rememoró el beso del bosque, un almizcle de ternura y deseo, un “te he echado de menos” que había durado demasiado tiempo. El corazón aún le henchía de felicidad al saber que ella sentía algo por él, aunque supiera que nunca como lo que él sentía por ella.
Suspiró, como si en ese aliento quisiese expulsar todo su ser, todo lo material y congelar ese instante para la posteridad, Cati entre sus brazos, a salvo, y él. Pero el aire volvía a entrar en sus pulmones devolviendo la realidad a todo y helándole a él y no al momento. Miró la hora en su reloj, le quedaban unos escasos cinco minutos, no le gustaba llegar tarde pero la fuerza que le hacía inamovible era mayor. Finalmente, rozó en una caricia con sus labios la frente de Cati, y se marchó de su cama destrozado, advirtiendo que su corazón siempre se quedaba con ella y que quizás, un día, nunca volviera a recuperarlo.
Atravesó el pasillo de piedra en un halo hasta llegar a la planta baja, donde Cooper le esperaba estirado sobre el primer escalón, aún con el traje de fiesta mancillado por las horas, con los ojos cerrados por el cansancio. En ese momento le agradeció enormemente todo lo que había hecho por él hasta ahora: cuidar de Cati en su ausencia, mantenerla cuando él no había podido hacerlo. Bien era cierto que sentía celos, celos de que él pudiera verla todos los días, hablar, permanecer junto a ella ajeno a todos los problemas, ajeno a la anormalidad, pero no era justo para Cooper.
Se acuclilló y le zarandeó levemente el hombro.
-Cooper.- susurró a media voz, escuchando extrañado el eco de su propia voz adormecida.- Cooper despierta, es la hora.
El muchacho rubio se desperezó y bostezó alargadamente, frotándose la espalda.
-Dios, esto de ser un indigente no va conmigo.
Nathan se rió quedamente y le dio unas palmaditas amistosas.
-¿Te has quedado sin habitación?
-Eric y Mel están arriba.- refunfuñó mientras trataba de incorporarse.
-¿Melinda?
Nathan procuraba no mezclarse en la relación entre los gemelos, siempre le había parecido demasiado entrencada y compleja, era asombroso lo completamente distintos que eran la personalidad del uno del otro, pero siempre se habían preocupado por ambos.
-Sí, otra vez, lo sé.
Cooper le miró fijamente tras haberse expulsado algunas motas de polvo arreglando el estropicio de su ropa, tampoco importaba, él también iba vestido con una versión deshecha de su traje.
-¿Debería preocuparme?
Él quería a Melinda como una hermana pequeña, aunque llegaba demasiado tarde a la típica charla sexo y no era quién para juzgar si se acostaba con uno u otro.
-Eric es… Eric.- apartó la mirada cuado dijo aquello. Sabía que lo decía con pesar.- Melinda puede que sea la que llegue a hacerle cambiar de opinión. Es posible, ¿no?
Nathan le miró con pesar por un segundo y comprendió que él no era el único que tenía miedo de perder a alguien, al igual que sintió la presión de todo el peso que llevaba cargando desde hacía demasiado tiempo, peso que él había decidido cargar.
-Es posible.- respondió secamente.
Cooper torció una de sus comisuras a modo de sonrisa que intentase envolver el dolor que sentía y se revolvió el pelo nervioso.
-Vamos, debe de estar esperándonos.
 Asintió enérgicamente, rechazando el miedo que le hacía sentir ese momento, el miedo que había sentido cuando Cati había entrado esa noche en el lavabo, el miedo de que todas las mentiras fueran destapadas y ella se diese cuenta del monstruo que era y lo poco que le merecía.
Daniel les estaba esperando, tal y como habían acordado, en la terraza del exterior, apoyado en la barandilla y mirando hacia lo lejos. Nathan sabía perfectamente que era imposible que Daniel hubiera crecido o desarrollado desde la última vez que le había visto; sin embargo, le veía muy diferente   a la versión de aquel niño sorprendido en la biblioteca de la mansión de los Darmon mirando el libro de las Marcas, ahora parecía mucho más envejecido, despedazado por la vida. Se atragantó al pensar que era lo mismo que le sucedía a Cati. Se recompuso al instante, debía concentrarse y mantener la mente despejada y fría.
Cooper carraspeó levemente y Daniel se dio la vuelta, esta vez no con la sonrisa de autosuficiencia que había caracterizado su rostro horas antes en su reencuentro, sino con una sombra que palidecía su rostro semidorado.
-Ya creía que no ibais a aparecer.
-No suelo retractarme de mis palabras, Daniel.- espetó Nathan.
-A veces deberías hacerlo.- contestó él ágilmente.
Le envió una mirada profunda de odio, no un odio vivo, más bien amargo. Nathan no le odiaba después de todo.
-¿Cómo la has encontrado?
-El incendio de Nueva York, la vi en la televisión.
Nathan se reprochó a sí mismo por haber sido tan ingenuo al ignorar las causas que había tenido ese pequeño desliz, el verdadero peligro que había corrido Cati aquella noche por su culpa, por haber sido tan descuidado. Todo había ido perfecto en Nueva York, se había contentado con el simple hecho de ser su amigo, hacerla feliz de cualquier manera a cualquier precio, hasta la llegada de esa noche. Ella le había pedido que fuese a su apartamento, si hubiese ido…
Se produjo un silencio incómodo en el que el aire silbaba entrecortadamente.
-¿Fue…?- Daniel tragó saliva antes de continuar y bajó la mirada.- Fue provocado, ¿verdad?
Afirmé levemente con la cabeza.
-La persiguen.- dijo Cooper.
-¿Quién?
-Aún no estamos seguros de ello.- a Nathan le dolía la verdad de esa frase más que ninguna otra cosa.- Pero lo averiguaremos, de eso puedes estar seguro.
Daniel compartió por primera vez con él una mirada de complicidad, él tampoco quería que le ocurriese nada a Cati. Quizás entre ellos había más en común de lo que imaginaba.
-¿Y ella lo sabe?
-Procuramos protegerla.- dijo Cooper muy serio.
Él se rió melancólicamente.
-Supongo que las viejas costumbres nunca cambian, ¿verdad Nathan?
Nathan notó como se le tensaban los músculos, como si fuera a recibir el golpe de un boxeador en cualquier momento, y el corazón comenzaba a palpitarle de una manera exagerada.
-¿Para qué has vuelto?- gruñó controladamente.
Daniel dirigió el pesar de sus ojos hacia Cooper, flanqueando su costado.
-Preferiría hablar contigo sin perros guardianes.
-¡No soy ningún perro!
-Cooper.- murmuró taimadamente Nathan cortando su grito. Su amigo apartó a regañadientes su mirada hacia él, pocas veces había visto turbada su tranquilidad.- Nos veremos luego, ¿vale? Puedes utilizar mi cuarto para dormir algo.
Cooper le sostuvo el azul de sus ojos, sabía que se iba a enfadar con él por lo que estaba haciendo, pero realizó un movimiento de cabeza antes de verle marchar en la lejanía. Hablaría con él más tarde.
Nathan exhaló un suspiro, relajando su cuerpo, y se apoyó en la barandilla junto a Daniel, de espalda a las exuberantes vistas del hotel. Ninguno de los dos dijo nada, pero ambos se leían la mente. Nathan miró como la oscuridad comenzaba a esclarecerse en un gris ceniciento y no pudo evitar preguntarse cuál sería ahora el color de la habitación, había visto cientos de amaneceres, pero seguía asombrándose por ellos.
-¿Me muero Nathan?
La pregunta irrumpió en el silencio como el relámpago de una tormenta, rápida y violenta. Nathan volvía a sentir ese peso cargante sobre su espalda, estaba muy cansado.
-No puedes morir. Al menos no… no lo sé.- le explicó al tiempo que enterraba su cara entre las manos, su voz sonaba así más distante.- Cati también sufre los síntomas que me dijiste antes en el baño.
-Cati…- susurró con los ojos desenfocados en algún punto de la lejanía, lejos en el tiempo y el espacio probablemente.
-Pero creo que he encontrado una cura o, al menos, un suspensorio.
-¿Funciona?
-Funcionó con ella, aunque no estoy seguro de sus verdaderos efectos.
-Tú eres el médico Nathan.- aseveró.
Cierto, él era el médico y había jugado a ser ese Dios, ese destino, esa fortuna, y quien quiera que estuviera arriba presidiendo, gobernando, discernía el dolor que arraigaba consigo mismo en la lucha contra un fango que le hundía más y más en el suplicio.
-No soy idiota, sé por qué estamos así.
Nathan se alzó álgidamente, como si el hilo de su titiritero hubiera tirado fuertemente hasta casi notarlo. Daniel siguió perdido en su mente.
-Los Inmortales debemos permanecer junto con nuestra Marca, procrear y renunciar a nuestra naturaleza. Ha sido así durante miles de años.- hizo una pausa antes de continuar.- Tienes que hacerlo…
El pánico era una plancha de metal fría, fina y lacerante que cortaba en partículas cada esperanza, que reflejaba en su superficie aquellos temores que más escondíamos en nuestro interior. La respiración se le volvió entrecortada y Nathan supo definitivamente que el control le había abandonado.
-Daniel… - parecía que el oxígeno se hubiese disipado, es más, como si jamás hubiese existido.- La amo.
-¿La amas? ¿Cómo has podido enamorarte de tu propio conejillo de indias?
El veneno de sus palabras quemaba las entrañas de Nathan, una purga infinita.
-Siempre ha sido tu experimento.- escupió con ira Daniel. Nathan se sintió morir.- Tienes que decírselo Nathan, tienes que decirle a Cati que yo soy su Marca.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

36. Entra antes, o después, pero no tarde.


No habían sido escasas las veces con las que había imaginado aquel momento, qué sentiría, cómo reaccionaría, las palabras que mis labios pronunciarían. Distintos afluentes con diferentes desembocaduras, pero un mismo río: su reacción. Ahora, después de lo que había sido un tiempo eterno, podía conocer la respuesta a la incógnita que mi sueño asediaba noche tras noche.
Le miré atentamente en lo que pareció un segundo ralentizado, un fantasma que llevaba demasiado asediándome en espíritu y que, al fin, se había materializado, sacado de un tiempo que hasta ahora se me había antojado irreal, incluso imaginario. Había pasado mucho desde la última vez que esos ojos verdes habían irisado en mi mirada, que el susurro de la gravedad de su voz había filtrado unas palabras con mi dirección, recuerdos abrumadores que afloraban el ambiente dividiéndolo en una dimensión subalterna. Pero debajo de toda aquella herida, bajo las infecciosas capas de la costra, me di cuenta de que ya no eran los mismos ojos, ya no era la misma voz, más bien una versión desgastada, agotada y malherida por el tiempo y sus en efectos en mayoría.
Un primer pavor encharcó mis venas, ahogándolas, un miedo que sabía calificar de irracional, mas si mi subconsciente conocía aquel dato, lo ignoraba completamente. Sentía como perdía la firmeza de mis acciones, que había empezado a temblar a pesar de mis infructuosos empeños de ocultarlo. Los deseos de retirar la mirada, de huir de ahí lo antes posible, me oprimían, sin embargo algo había sacado en claro de todas aquellas noches en vela que con tedioso rencor había acumulado, iba a plantar cara, sin dejarme minar ni pisar, todo lo que tuviera en mi contra quería escucharlo.
Silencio. Un silencio ensordecedor.
¿Por qué nadie actuaba? ¿Por qué no sentía la metralla de una bomba que acababa de estallar después de tanto tiempo dormida? Nada. Un único movimiento, la agitación de mi pecho y las perlas que por mi rostro resbalaban. Quise gritar, al menos decir una palabra, todos aquellos discursos que eras atrás había hilado en mi mente y en este momento resultaban inconexos, un hilo que se había desintegrado con el ácido de los años y dejaba un muñón repulsivo. Pero nada salía de la boca, un desierto.
-Cuánto tiempo.- la voz de Daniel retumbó insegura en la estancia al pronto que un autorreproche salía de una mueca suya. No contesté.- Has cambiado.
-Tú también.
Las evasivas cortaban el aire como puntas afiladas, primero en superficiales arañazos.
-Tali…
-Cati.- corté rápidamente.- Llámame Cati.
-¿Ahora prefieres que te llamen así? Creí que siempre habías odiado tu nombre.
-He cambiado. Tú lo has dicho antes.
Daniel suspiró, hinchiéndose al pronto con mentón en alza.
-Cati,- murmuró masticando aquella palabra, rumiante. Hizo una breve pausa antes de continuar, le estaba costando trabajo escoger sus palabras.- supongo que no querrás hablar conmigo.
-Defectos de estar muerta.- endilgué.
Vislumbré como un relámpago de dolor disfrazó los rasgos de su cara, fue nítido el cambio, pero me negué a creerlo, sus palabras habían sido consistentes aquella noche. Si se hubiera arrepentido de aquella noche, no habría tardado tanto en volver.
-Me odias, ¿verdad?
Abrí los labios aspirando la tensa ligadura del ambiente, una afirmativa, un sí cargado de ira atascado desde mucho en la saliva de mi lengua. La mudez sorprendió mis pensamientos, era incapaz de articular algo. Pronto la incoherencia desestabilizó mi posición defensiva. ¡Dilo! ¡Dilo de una maldita vez! ¿A caso no es lo que piensas?, asedió la cordura desde algún remoto lugar, me daba a entender que seguía existiendo, pero que ya no la dominaba.
-¿Qué estás haciendo aquí?- pregunté ignorando la anterior impericia.
-A mí también me han invitado a la fiesta.- respondió con eco.
¿Alexia? ¿Alexia conocía a Daniel? No dudaba ni por asombro del hecho de que Alexia poseía una gran popularidad, incluso atrevería a decir que cierta autoridad en la reverberación del aliento de aquellos quienes resurgían en el sol y las sombras fuera y dentro de Kenilworth. Pero Daniel… Imposible, sencillamente descartaba aquella verificación.
La cabeza comenzaba a darme vueltas, puntos que no lograba juntar, que se asemejaban a las estrellas de aquella noche, trazos que surgían en la oscuridad indiferentes los unos de los otros, no obstante relacionados en algún remoto espacio.
-Además, le debía una visita a mi amigo Nathan, ¿no es cierto?
La frase más bien parecía una represalia salpicada de cierta amenaza. La dirección de su verdor había trascendido más allá de mi cuerpo, casi notando como perforaba en mí como un ente invisible y se clavaba en algo que él cargaba con más importancia.
Fue la primera vez en la que volví a tener conciencia de la presencia de las personas en aquella sala, como si el silencio hubiera soplado una espesa neblina de la que solo nosotros éramos lúcidos. Parpadeé exageradamente con el fin de librarme de aquel hechizo. Cooper había logrado introducirse de alguna manera a mis espaldas, se situaba en un segundo plano de los baños aún así expectante a los acontecimientos, concentrado en el aspaviento de su camisa deshecha en la limpieza del sudor de su frente. Diferente a la inexpresividad de Cooper era el arco iris de emociones en los rasgos de Nathan, los cuales despuntaban desde el más absoluto terror hasta el asombro más sincero, lo que hacían detallados los intentos por ocultar sus sentimientos, ¿se habría roto ya su máscara de neutralidad? ¿Sería ésta su temida fisura? Parecía petrificado.
-¿Nathan?- le llamé.
Sentía que, por alguna razón, la melosidad de su voz lograría calmar el tsunami que se avecinaba sin remedio, que una sola palabra suya solucionaría todo y el caos volvería a su orden. Pareció reconocer mi voz, como aquel que oye un tarareo familiar en mil canciones sobrepuestas, viró la cabeza hacia mí, examinándome, asegurándose de algo que yo era inepta de observar. También… ¿qué era capaz de ver a estas alturas? La sensación de que todo y nada se desbordaba de mis manos invadía todo mi cuerpo. Y lo odiaba.
Fue acercándose, confiando en sus pasos, con aquella antigua agilidad que yo conocía y que volvía de su letargo, en menos de lo que fui competente de asimilar, la fuerza de sus brazos aventajaba por mi cintura, reaparecía la seguridad de su cuerpo contra el mío, interponiéndose entre Daniel y yo, al igual que si a él le dotase de un término de peligro. Busqué ávida su mirada, el mar grisáceo que me alumbraba como la luna, pero recordé que hoy no había luna y sólo la oscuridad me iluminaría.
-Nathan, ¿ocurre algo?- supliqué.
Viró rápidamente su rostro hacia mí, no hacia una concreta parte, sino con una celeridad en su mirada, el vértigo de sus pupilas negras y ensanchadas, hacia un todo, quizá un nada.
-No pasa nada, Cati, tranquila.
Su voz sonaba como el ronroneo de un gato, el aullido de un lobo herido que retrotraía sus dientes al haber sido vencido.
La cabeza daba mil vueltas a mi corazón y mis sentimientos las giraban en sentido contrario a la razón. ¿Había estado tan obcecada en mí misma, que había sido posible que el motivo de la fiesta no fuera por mi causa? Un nuevo peso atormentó mi pecho, un nuevo calibre de bala, una nueva precisión de ajustes en la pistola, a pesar de que el agujero tan sólo se ensanchaba por momentos. Egoísta, ególatra…
-Todo aclarado, creo que es momento de que la fiesta siga con su ritmo, ¿no creéis?
Rápidamente y con gran precisión, Cooper logró tomar el centro tanto de la sala como de la situación dada la ausencia de un patente liderazgo y, en algún sentido posible de esa acción, también liberar el laberinto de miradas: mi búsqueda de respuestas en la cara de aquel viejo fantasma, la imposición de una pregunta de Daniel a la figura de Nathan y la divergencia de Nathan en el arché de mi rostro.
-Seamos apropiados con la situación, la noche no acaba más que comenzar.- gorjeó Cooper en un claro intento de suavizar la tensión. El significado de sus palabras quedaba intacto, pero no concordaba con la advertencia de sus azulados ojos.
-Creo que Cooper tiene razón. No seamos melodramáticos, nadie se está muriendo, ¿no es así Nathan?- preguntó Daniel al igual que yo me cuestionaba por qué su boca no se corroía por la acción del veneno de su tono.- Tenemos tiempo para visitas, al fin y al cabo, voy a quedarme por una larga estancia.
-¡¿Te quedas?!- ¿por qué resonaba hueco el odio en esa frase?
El bosque de sus ojos, la áspera corteza y el espesor de su verde follaje, reparó en mi una noche más como tantas otras había hecho, sonrió dulcemente en un esplendor que sabía que jamás llegaría a comprender pero que me gustaba admirar, y por un escaso momento pensé que en su voz sonaría: Hasta mañana mi Tali, como siempre me despedía, la lógica lo dictaba.
-Hasta mañana, Cati.- susurró.- No me olvides.
Daniel se esfumaba aquella noche como el ángel de mis sueños, tan sólo que ahora no podía despertar.

sábado, 3 de diciembre de 2011

35. La Marca.

-¡Margarita, por favor! ¡Por favor!- le supliqué con todo el ahínco que conocía.
Su mirada rehusaba la mía, ignorando mis súplicas e intentando recoger todas las cosas tiradas de mi habitación: horquillas perdidas, telas descartadas… Aquello parecía una leonera, la guarida de un animal enloquecido.
-¡Oh, vamos! ¡No te cuesta nada!
Intenté captar su campo de vista, moviéndome de tal manera que fuese yo el primer plano; mas aquel tupido vestido, inmóvil por la acción de los numerosos cancanes inferiores, estropeaba los movimientos ralentizándolos.
Creía que el corazón iba a desbocarse de mi pecho, jamás había notado que hubiese bombardeado más que en esta ocasión, las manos me sudaban pegajosas y húmedas, y habían hecho falta más de dos kilos de polvos para cubrir mi piel, la cual a pesar de su natural palidez sobrenatural, se había tornado de un tono escarlata alarmante que conseguía incluso difuminarse con mis labios carmesíes. No lograba calmarme, mi ser temblaba de una manera incontrolable, ansiaba salir.
La débil música de la orquesta se percibía a través de las paredes a pesar del murmullo inminente de las voces provenientes del enorme salón de baile. A medida del transcurso del comienzo de la fiesta había diseñado una especie de método lascivo para crear una idea aproximada de cuánta gente había, pero había perdido la cuenta al quedarme en “demasiados”. Habían venido todos, o al menos esa era la única información proporcionada de la fiesta. Durante los últimos días la gente había estado yendo y viniendo, montando desde enormes decoraciones provistas de esponjosos ramilletes de flores hasta los mínimos detalles, como el grabado de las iniciales de la familia en dorado en el lino de las servilletas. Aunque de todo ello se me había excluido de una manera forzosa, me habían educado con la idea de que aquella era la fiesta de An y mía, nosotros íbamos a ser los inminente protagonistas, y que este acontecimiento cambiaría nuestra existencia por el resto. Pero, ¿de qué manera? ¿Qué se suponía que iba a acontecer?
-Usted ya ha oído a su madre, no debe salir todavía.- se limitó a decir recogiendo un peine desperdigado.
-¡Pero es injusto! ¡Es MI fiesta!- exclamé incidiendo en el “mi”, en parte era cierto. Desistí en el empeño de perseguir a mi nodriza por toda la habitación y me senté enfurruñada en una esquina, ya daba igual si se arrugaba la seda de mi vestido o no.- Tan solo pensáis en recluirme, como habéis hecho durante todos estos meses… “Es por tu bien”, “Hay una amenaza ahí fuera, es mejor estar aquí”, es lo único que decís todos. ¡Pues estoy harta! Fuera de estas paredes no hay nada malo, el mundo es maravilloso pero os negáis a reconocerlo.
-Señorita…
-¡No, Margarita! ¡No me contradigas!- salté exhausta e iracunda mientras la señalaba con mi dedo índice como acusándola de todo aquel reclutamiento.- Todos piensan que soy una niña… ¡Pero no lo soy! Sé tomar yo solita mis decisiones. ¿Pensáis recluirme en mi habitación hasta los confines de los tiempos? ¿Ocultándome todo? Como anoche con el piano…
-¿Ya empieza de nuevo con esa tontería, señorita?- gritó Margarita dándose la vuelta hacia mí, sus ojos se habían desorbitado levemente.- Fue todo un sueño.
-Sé lo que pasó yo… yo…- tartamudeé al final de la frase, no podía hablar sobre el chico que había visitado mi piano, aquel melancólico y misterioso muchacho que había traído consigo la más exquisita de las melodías.
Conseguí morderme el labio a tiempo, no podía decir con toda tranquilidad cómo me había saltado una de las normas: no escaparse. Refunfuñé palabras incomprensibles, maldiciones dirigidas a una idea abstracta que provocaba la presión en mi pecho. Jamás había tenido la paciencia requerida en una persona, no iba a empezar a desarrollarla durante los próximos minutos, por muy eternos que se me antojasen.
Suspiré y me dediqué a enterrar mi rostro blanqueado como el marfil en el interior de los repliegues del oscuro vestido. Respiré hondo para calmarme y traté de centrarme en el dulce aroma de los agudos violines al fondo, me concentré en golpear con los dedos izquierdos las notas más significativas, interpretando acordes imaginarios y desconocidos en su mayoría. Era una lucha entre el potente sonido del violonchelo contra la fineza del conjunto de los violines, algo hermoso y vivificante a un mismo tiempo.
-Haydn no es de mis favoritos… pero he de reconocer que ostenta un importante puesto.- dijo una voz masculina de entre la oscuridad.
Levanté la cabeza con tanta fiereza que oí crujir la columna vertebral, reconocía aquella voz rota y cascada como si fuera  la acción de un trago de miel en la asperaza. Sus cabellos, blancos e impolutos cual nieve virgen, exaltaban un gastado rostro, acuñado por el paso del tiempo, ya que cada arruga parecía querer esculpir el detalle de su cara; sin embargo, su porte, aunque encorvado, se mantenía en una posición galante propia de un caballero.
-¡Abuelo!- exclamé sin controlarme. Sin dudarlo salté de mi posición como un felino agazapado ante su presa esperando el momento de brincar sobre ella.- ¡Has venido, has venido!
-¿Cómo podía perderme yo el cumpleaños de mi pequeña?
Sus temblorosas manos se alargaron para recogerme en un abrazo, olía demasiado a puros y ginebra.
-¡Ya no soy una pequeña!- refuté medio iracunda pero sin desenterrar mi rostro de sus elegantes ropas.
El hombre se rió, algo que pretendía ser una carcajada afónica terminó transformándose en un quejumbroso ataque de tos que hizo que vibrase todo su cuerpo y a mí con el suyo.
-¿Ha oído, Margarita? Ya no es una pequeña.- dijo mientras pretendía volver a reírse. A lo lejos escuché el resoplido de Margarita.- Crecen tan deprisa…
La frase rompió en un silencio mortificador que, sin saber por qué, hizo que los nervios se desbordasen. Finalmente me separé de mi abuelo con tal de contemplarle y mostrarle una gratificante sonrisa. Él se dedicó a mesar los cabellos que azoraban el exterior del peinado recogido, no obstante no llegó a mirarme a los ojos, sino que pareció quedarse inmerso en las hebras de mi oscuro cabello.
-¿Sabes que hoy es un día muy importante, verdad?
Sentí como mi corazón daba un vuelco inesperado.
¡Por supuesto que lo sabía! Desconocía el por qué… pero algo iba a cambiar con esta fiesta, un cambio drástico en mi vida. ¿Mi esperada y amada libertad? ¿Otro confinamiento? Respuestas ambiguas que podían componer o destruir mi vida y mi alma.
Me limité a asentir levemente con la cabeza, cautelosa de aquella cuestión.
-¿Pero por qué…?
-¡Shh!- siseó reclamando silencio. Haydn seguía sonando con un Concierto para Cello.- Lo comprenderás pronto. Por ahora… ve y disfruta de tu gran noche.
Se separó lo suficiente, abarcando los brazos en cruz hacia la enorme puerta de roble, instándome a salir. Un relámpago de felicidad prematura ahogó mi cuerpo, escudriñé por última vez a Margarita, quien se encontraba al lado del inmenso espejo, a ella le acompañaba una extraña figura pálida debido al evidente contraste del azul oscuro con el perlado de su piel. Comprendí que aquella mancha borrosa era yo, un almizcle discordante entre el eclipsado del vestido, la demacración de la piel, el rojo de los labios y el negro azabache del pelo. Aquella no era yo, era una criatura de la noche.
No quise detenerme a pensar, mas un escalofrío rondó mi espalda. Salí de la habitación como un halo torpe y apresurado, y mientras descendía los escalones tarareé la melodía evocando a mi memoria el recuerdo de aquel navío libre.

El resplandor resultaba cegador como el sol mismo, igual que si uno de sus abrumadores rayos hubiese encantado la sala con su poderío. Sugería un ambiente caótico y cristalino debido a la incidencia de la cuantiosa luz a través de las aparatosas arañas de cristal y el hielo y escarcha decorativa con la que estaba ataviada la sala principal, asimismo hacía que predominasen los ambiguos tonos azulados y el grisáceo como temas prominentes. Las alargadas mesas rectangulares se habían dispuesto excluidas del centro, limitando los bordes de los salones, lo que hacía que la sensación de agrupación de las gentes fuese mayor y que el centro de mesa, una mesa redonda expuesta en la mitad del salón de baile, sobresaliese aún más exhibiendo la vanguardista bandera de la familia: un escudo a rayas rojas y blancas coronado por el casco de un caballero medieval y difuminado por una enredadera de color púrpura.
Tal y como había temido, había demasiada gente en la mansión, los cuerpos se juntaban y apretaban de manera que no había posibilidad de conocer quién te rodeaba delante o detrás, a derecha o a izquierda. Todos los hombres parecían idénticos, vestidos con elegantes fracs negros, puro y copa de alcohol en mano, hablando gravemente y en murmullos quedos entre ellos; así como las damas, un tanto más variopintas en la elección del color, meneaban sus cancanes y gorgojeaban estridentemente. No reconocía a nadie, tan solo conocía a los invitados como lo que eran, una masa ingente de gente, y por ello únicamente había podido tratarles como eso, un conjunto abstracto sin personalidad.
Me escabullí del centro de la fiesta, donde la aglomeración de convidados era mayor, en dirección a las escaleras superiores, por las que había bajado apenas unos minutos, y hacia el hall de entrada, donde ubicaban múltiples criados y mayordomos. Intenté alzar la cabeza entre el barullo de cuerpos, aunque seguía midiendo unos centímetros menos que los demás, en busca de un rostro conocido, alguien a quién pegarme. ¿Dónde estaba An? ¿No se suponía que también era su fiesta? ¿Dónde diablos se había metido? Me había dejado sola, a merced de una fiesta que ni siquiera podía controlar ni dirigir.
Logré llegar a los extrarradios del centro, me situé justo en un pasillo alternativo que se encontraba a penas invadido. Allí traté de pensar en un lugar donde pudiese estar An, quizá él podría explicar qué acontecería en esta fiesta o cómo y qué se suponía que iba a suceder en la misma. De inmediato pensé en el desván, pero aquel era un sitio demasiado recóndito y excluido como para que An lo tomase prestado en una noche así. No, si él no estaba en la fiesta de abajo, tampoco lo estaría arriba enclaustrado, no era propio de él. La respuesta llegó como posible alternativa, ¿habría sido An tan estúpido para esconderse en la biblioteca? Una débil sonrisa relampagueó mi rostro mientras corría con el corazón desbocado de esperanza hacia las puertas de la biblioteca que tanto amaba mi padre. Tomé el frío pomo cincelado con la cabeza de un halcón y empujé el portillo, primero con menos vehemencia, pero tras varios intentos vanos, traté de suprimir la inercia de la puerta con los hombros.
-¿An? ¿An estás ahí?- pregunté a la inanimada cerradura. ¡Había sido capaz de encerrarse!- ¡An, estúpido, sal!
¡Cobarde! ¡Había sido capaz de dejarme ante la jauría! Noté como la punta de mis orejas y de mi nariz ardían de enfado hacia mi querido amigo. Él sabía que aquello no sería una fiesta si él no estaba presente, que era más importante que cualquiera y tenía el deber y la obligación de presentarme ante la sociedad.
Me giré en redondo, con un poco de suerte podía encontrar a algún sirviente que forzase la puerta o al ama de llaves para que la abriese. Sin embargo todo desapareció en el mismo instante que hice ese movimiento, el ruido y la música se convirtió en un eco distante y el solo recuerdo de mi presencia física en el mundo se transformó en algo borroso e incierto. El extraño muchacho de la melodía había vuelto y estaba allí presente, hablando trémulamente entre un grupo de personas apartadas a unos metros de donde me encontraba. Esta vez la mayor iluminación de la situación permitía observar con claridad sus facciones, la esclarecida piel, la cual se me había antojado en un principio más tersa y demacrada, parecía ahora perlina y suave, azoradas por el ángulo de su mentón y su nariz. Su broncíneo cabello parecía esta vez haber florecido en cuanto a matiz y brillo, destacaba su resplandor en mechones peinados con cuidado hacia arriba en punta, con un deje de rebeldía. Los hermosos ojos grisáceos descansaban sobre la copa de vino que llevaba en la mano, alternando miradas con los acompañantes de diálogo correspondientes, mientras sus amoratados y finos labios se movían en pequeñas y cortas frases que no alcanzaba a discernir. El chico no notó ni mi incesante mirada, ni siquiera mi presencia en aquella casa.
Las emociones fueron múltiples en aquel momento, primero sentí desilusión por su inminente ignorancia hacia mí durante la velada, después esa decepción se desfiguró en alegría por el hecho de poder corroborar que aquella magnífica melodía no había sido un sueño y su prueba se había hecho material, pero más tarde el miedo fustigó mi interior obligándome a respirar con irregularidad, ¿tenía el suficiente valor para ir junto a él? Si tienes la valentía para recorrer el mundo, para permanecer a su lado también., dijo una potente voz interna.
-Se considera que esto es una festividad, ¿me equivoco?- decía una mujer de pelo castaño y ondulado, su voz se constituía en un susurro pero el eco de sus palabras hacía que sonara una nota irónica en su atmósfera.
-Elizabeth, nos correspondía el placer de visitar a nuestros viejos amigos.- respondió tranquilamente una seductora voz, apacible y amable, perteneciente a un hombre de lacio pelo rubio un tanto mayor que la mujer a la que recriminaba con aprecio y sutileza.
A medida que me iba acercando entendía las palabras que murmuraban. La mujer soltó un bufido al tiempo que le daba otro sorbo a su copa.
-¿Viejos amigos osas decir? ¿Desde cuando nos juntamos con gente tan ordinaria, Darcy?- exclamó. El muchacho de mi melodía rió ante aquel comentario, lo que avivó la agudeza de los comentarios de la mujer.- Además, aún no se nos ha gratificado con el gusto de conocer a la niña de los Darmon. ¡Qué desfachatez!
¿Hablaban de mí? ¡Sí, yo era aquella niña! El término me había enfurecido, pero el interés por esas personas superaba la furia.
El llamado Darcy, proporcionó una horrible arruga a su frente ante el comentario de su compañera.
-Los Darmon son tan importantes como nosotros, Elizabeth, espero que al menos eso logres recordarlo. Y quisiera dejar constancia de su amabilidad y bondad en cuanto a los miembros de nuestra raza y que, según mi más humilde opinión, propician agradables veladas como esta.
Sonreí de gratitud hacia Darcy, aunque no había tenido constancia de su estrecha relación con mi familia. Bueno… ¿es que acaso conocía alguna otra relación con otras “familias inmortales”? Solo podía nombrar a An en ese sector.
Vislumbré que el chico volvía a reír, esta vez con un poco más de viveza.
-Carece de importancia, preferiría mil veces encontrarme ahora sentada junto al fuego de mi casa a permanecer aquí esperando a una chiquilla.- sentenció malhumorada Elizabeth ante la contestación de su comentario.
El silencio invadió al pequeño grupo y yo casi me había colocado tras sus espaldas. ¿A qué esperaba a hablar y delatar por fin mi presencia? ¿Acaso ellos no me habían nombrado y evocado en cierto modo? Pero resultaba más agradable permanecer tras el telón sin la puesta en escena, un testigo siempre era más emocionante que un protagonista. No obstante, aquel papel secundario duró a penas un instante, ya que pronto unos grisáceos ojos me delataron y tres rostros ajenos se volcaron hacia mí.
Palidecí de angustia y nerviosismo.
-Bu… Buenas noches, caballeros.- dije al fin en una supuración aguda de mi voz mientras realizaba una torpe reverencia.
Aquellas tres personas me miraban con curiosidad, dos pares de ojos grisáceos y uno negro azabache como la noche. Observé con curiosidad a los presentes que no conocía, la mujer era mucho más joven de lo que había calculado, su tersa piel, tan blanca como la del muchacho, era lisa y sus facciones ovaladas denotaban que su edad no superaría la de los dieciocho o veinte años. Al contrario que el hombre rubio, quien aparentaba ser el más adulto de aquella clandestinidad no superando la treintena.
-Buenas noches.- respondió con una cordial sonrisa y una elegante reverencia Darcy.
El silencio volvió a embriagarnos, haciéndome sentir un tanto incómoda. ¡Que alguien diga algo, por favor! ¿Acaso he hecho algo mal?
-¿Quién eres jovencita?- preguntó Elizabeth.
-Soy… soy… Cati Darmon.
Eché entonces un fugaz vistazo a la cara del muchacho, parecía sorprendido ante la gran revelación de mi identidad. ¿Me habría relacionado ya con la andrajosa chica de anoche?
-¡Catalina! ¡La hija de los Darmon!- exclamó alegremente Darcy.
-La anfitriona de la noche, al fin.- susurró Elizabeth.
-Cati.- corregí omitiendo el resto de las frases.- Llámenme Cati, por favor.
Intenté sonreír para dulcificar mi aspecto, cosa que seguramente no lograría.
-Bien, Cati.- comenzó a decir Elizabeth.- ¿Sabes quién soy yo?
-No, lamento no conocerla.
Darcy consiguió hacer sonar una risa sin ser demasiado irrespetuoso.
-Cati, ella es Elizabeth Castell, ha venido aquí con su madre Adeline. Yo soy Darcy Ellagot y éste, como ves, es mi sobrino Nathan.
¡Nathan! ¡Así era como se llamaba el misterioso muchacho! Sentí como me daba un vuelco al corazón cuando sus grises ojos se posaron en mi figura, él era real.
-Un momento,- dije un tanto confusa.- ¿es… realmente su sobrino? Creí… creí que los de nuestra especie…
-No, Nathan no es, digamos, biológicamente mi sobrino. Como sabes los de nuestra especie solo contamos con una única descendencia.- contestó afablemente, lo que hizo avergonzarme por mi pregunta indecorosa.- Yo guardaba una estrecha relación con sus padres…
-Darcy es como un tutor y un padre para mí desde la muerte de mis progenitores.- contestó el muchacho molesto.
Me sonrojé aún más.
-Siento haber preguntado…
-No tiene importancia.- atajó rápida y rudamente él.
Nathan me fulminó con la mirada, ¿por qué me odiaba? No me conocía de nada… bueno, de casi nada, y se había mostrado tan grosero como la otra noche. Había pensado que me trataba de aquella manera porque no sabía con quién hablaba, que yo era una simple humana, pero no. ¿Podría ser que ya hubiese sabido mi identidad desde el principio?
-Bien, ¿y cuándo tendremos el placer de conocer tu Marca?- Elizabeth se había entrometido esta vez.
Viré la cabeza hacia ella, realmente era una joven guapa, yo era una niña comparada con ella.
-¿Mi… mi Marca?
-¡Sí, mujer!- dijo con desesperación.- Ya deberías conocer el protocolo de esta fiesta, esta noche se va a celebrar un ritual muy importante.
¡Lo sabía, lo sabía!, vibré en mi interior de felicidad. Mas en realidad no lo sabía, no sabía nada de lo que iba a suceder.
-La verdad es que no sé nada.
-Cati, ¿conoces acaso el Libro de los Orígenes?- preguntó Darcy.
Negué con la cabeza. ¿Es que no me habían contado nada?
-Pues bien, - suspiró Darcy con otra de sus encantadores sonrisas.- el Libro de los Orígenes o Libro de las Marcas, como su nombre indica, contiene los enlaces procedentes de nuestra raza. Liga tu Marca a la de alguien.
Sentí una presión en el pecho, no podía respirar, y el mundo daba vueltas a mi alrededor. Aquello era una trampa, había sido un encarcelamiento desde el principio. Era la última noche, la noche en la que me ligaría a alguien para no separarme jamás. Entendía ahora muchas cosas: el secretismo de mi madre, las reacciones de Margarita ante mis ideas de liberación…
-Pensaba que era cuestión de…- ¿cómo lo había descrito madre?- … sentirlo.
La carcajada de Elizabeth reverberó en toda la sala, mas esta vez no tuve oportunidad de sonrojarme una vez más ante mi evidente ignorancia. Observé a Nathan, sus ojos se habían tiznado de una nueva melancolía conocida y una mueca de dolor.
-¿Sentirlo? Es una manera decorosa de decirlo…
-¡¿En qué deriva la elección del Libro?!- corté a Elizabeth con un grito, debía calmarme.- Quiero decir, ¿cómo un simple papel puede saber quién es el mejor para una persona?
-Es… bastante complicado.- dijo Darcy.- Hay varias teorías.
-¡Tonterías, Darcy! No inculquemos a la niña esos criterios. El Libro de las Marcas es una posesión antigua de los nuestros, el único retazo que continúa con nuestra existencia en este abominable mundo.
Mundo que yo no conocería, tal y como sabía ahora.
-Quisiera saber dichas hipótesis.
Nathan elevó las cejas en señal de sorpresa, pero pronto recuperó su postura dejada y al margen de la conversación.
-La principal razón es la descendencia, una mujer inmortal solo puede tener un hijo con su Marca, de este modo… volvemos a nuestro estado más natural, por así decirlo a la humanidad.- fue él quien había contestado.- Si no retornásemos a… esa humanidad, bueno, en fin, las consecuencias serían bastante desagradables.
-Eso lo sé.
Aunque difería en ello, no podía ser tan horrible ser inmortal.
-Entonces ya lo conoces.- rehusó mirarme. Nathan dio un largo sorbo a su copa.- Aunque reconozco que deberíamos poseer más datos y experimentos de los Inmortales.
-Eso es imposible.- sentenció segura de sí misma Elizabeth.
-¿Y quién sería capaz de realizarlos, Sr. Ellagot?- divagué más bien para mí misma, sentía las mismas ganas de beber vino como lo hacía Nathan.
-Bueno… ¡él mismo!- afirmó Darcy.- Nathan es un especialista médico.
El muchacho erigió su cabeza hacia su tutor, había un deje de sorpresa en el bello conjunto de sus rasgos, pero lo que más me fascinó fue la electricidad vivificante de sus ojos en motas verdes.
-Pero eso sería… inmoral, antinatural, abominable…- profirió Elizabeth con temblores en su figura.
-¿Y por qué no un progreso de nuestra raza?- distinguí.
-No, para nada. Los Inmortales somos escasos, condenados a una extinción, por ello nos mantenemos tan unidos. Gracias a estos condicionantes de nuestra raza sobrevivimos época tras época, no deberíamos alterar el orden natural en el que se disponen las cosas.
Nos sumió el silencio, la orquesta continuaba tocando pero entre aquel extravagante grupo cada individuo parecía divagar en su universo de ideales mientras yo trataba de desechar la mirada de los presentes.
-¿Cuál es su Marca, Srta. Castell?- pregunté, sin saber el por qué de mi acción.
-¿La mía?- carcajeó por un momento divertida por mi curiosidad.- No es muy propicio ir preguntando tales cosas, ¿no cree, Srta. Darmon?
Elizabeth me miró inquisidoramente, el negro azabache de su mirada hacía que algo en mí se estremeciera de miedo, parecía un juego divertido para ella, la hipnosis de una presa antes de ser devorada.
-Yo soy su Marca.
El hechizo se desvaneció por completo, giré rápidamente hacia el origen de la respuesta. Sí, había sido Nathan quién había contestado vehemente y restando importancia al asunto, se encontraba mirando el final de su copa, tintada de un granate parecido a la sangre. De pronto me vi evocando aquella noche, el horrible vacío de sus ojos, su melancolía innata, la conversación que mantuvimos… Había dicho: “Nunca renuncies a ser tú. Jamás lo permitas”. ¿Qué escondía aquel muchacho tras su apariencia y su título?
-Ruego que me disculpen, pero es necesario que vaya a un sitio.- declaró de la misma sorprendente manera.
Con una sonrisa se despidió de sus acompañantes y pasó a mi lado como un halo, le vi alejarse entre la multitud y pronto camuflarse con el resto.
Todo había sucedido demasiado deprisa… tanto que mi mente no lograba procesar todos los datos. Aquella iba a ser mi última noche, jamás volvería a ver la luz del sol del mismo modo, jugar en los prados con An… Los sueños se marchitaban como viejos recuerdos podridos por el sopor de la inminente realidad. Quizá los Inmortales odiaban a los humanos, pero solo era porque les envidiaban, envidiaban su libertad, ¿acaso no nos aparejábamos para ser al fin y al cabo humanos?
Los pensamientos afloraban sucesivamente, alternantes y divagantes en su mayoría, pero imantados a un concreto norte cual brújula. A penas era consciente de la presencia de Elizabeth o Darcy, tan solo de mi propia condena. Será mi última noche, será mi última noche…, era lo único que mi mente podía procesar con claridad suficiente. Pensé entonces en An, ¿le volvería a ver? Dejé que el pánico fluyese como veneno en mi sangre.
Sin más, comencé a correr. Me daba igual que aquellas gentes me viesen desbocada, como una cualquiera corriendo salvajemente entre ellos, necesitaba ver a An por última vez y… ¿despedirme? ¿Era aquello lo que me esperaba?
Fui apartando a la gente a cabezazos y me remangué el vestido con las manos para correr mejor, mas mi mirado comenzó a empañarse por las lágrimas que soltaba. Al fin llegué a la biblioteca, me paré en seco, jadeando debido al esfuerzo. Me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta, An por fin la había abierto, posé una mano sobre el pomo y me dispuse a abrirla para ver a mi amigo.
-Realmente no sé cómo explicarlo Sr. Darmon. Es… la primera vez que ocurre algo parecido, es totalmente inusual.
-¿Inusual, dice? ¡¿Insusual?!-
La voz de padre se oyó por toda la sala, enfurecido como nunca le había visto. Me abstuve de entrar, había ocurrido algo, algo malo. ¿Le había pasado algo a An? El terror inundó mi cuerpo.
-Cariño, por favor, cálmate.- era la voz de madre, ella también estaba dentro.- ¿No hay nada que podamos hacer? Tiene que haber una solución.
Se oyó un silencio, el silencio más eterno que había experimentado.
-No hay nada. Su hija… su hija no tiene Marca gemela, así lo dicta el Libro.
No tenía Marca, no la tenía, era libre… era libre…
Me mordí la lengua para no gritar de felicidad.
-¿No tienes Marca?
La sonrisa se me congeló en el rostro y me di la vuelta, por fin había encontrado a An.
-Soy libre… ¡An, soy libre! ¡Puedo irme de aquí! Yo… yo… nos iremos juntos, como siempre he soñado. ¡Tengo que salir de aquí!
Salté de felicidad y alegría, las ataduras habían desaparecido, me olvidé por completo de no gritar, pero no podía abstenerme más. ¡Era libre! Hice amago de abrazarle, él estaría conmigo, siempre… siempre estaría conmigo.
-No me toques.- escupió An apartándose de mí.
-¿Qué?
-¡No me toques!
-Pero, An…- le supliqué mientras alzaba una de mis manos para tocar su rostro, ahora henchido por la furia.
-¡Eres un monstruo, Tali! ¡Una aberración!
-An, sigo siendo yo… Sigo siendo Tali…
Cerré la mano en un puño y apreté hasta sentir cómo las uñas perforaban la piel, las lágrimas anegaban mi ojos y un dolor inaudito desgarraba mis entrañas. Nunca había sentido nada igual, era como si introducieran una mano en mi pecho para arrancarme el corazón.
-Para mí estás muerta.
Lo último que vi de él fueron sus dos enormes ojos verdes musgos, fríos e inertes. Chopin había dado su nota final.

jueves, 25 de agosto de 2011

34. Regresos.


Miradas penetrantes. Eso era todo lo que podía discernir difuminadamente, miradas penetrantes. Observadores ambiguos que aposentaban sus ojos almendrados, claros u oscurecidos mientras sus rápidas y viperinas bocas se abalanzaban al ataque.
Me sentía como una presa, acechada por el cazador, asfixiada por la más temible de las especies de boas, con la sabiduría de su fatal destino en las fauces del animal pero saboreando la vana esperanza de una escapatoria. Ilusa ilusión.
Alexia había procurado una buena fiesta, como anfitriona que era, en un hotel privado alojado en medio de un sendero, lo que me hacía comprender las explicaciones sobre los atajos durante el trayecto. La principal sala resultaba aparentemente vacía, escasa de inmueble, pero la ingente cantidad de jóvenes que la llenaban consideraba el antónimo de su denotación principal. La música, suave en su medida por unos violines, aplicaba la falsedad de tranquilidad, a pesar de que yo sabía que el volumen debía de sobrepasar los ciento diez decibelios; los convidados se limitaban a mover sus cuerpos al son de lo que lograban discernir a través de sus conversaciones, ya que se agrupaban en grupos que no superaban las ocho personas, situados en esquinas o, los más envalentonados, en mitad del salón.
La sala, me di cuenta, estaba demasiado iluminada, los focos dañaban precisos los ángulos perfectos donde más se agrupaban los invitados, creando la ilusión de falsas sombras de bebidas rosadas y azuladas, un truco que connotaba la pulcritud y elegancia de la creadora en sus matices amarillentos y, a un mismo tiempo, la cara adversa de la moneda, la pista secreta de que aquello era una fiesta.
Alexia lo había conseguido, había representado a la perfección lo que en mi imaginación crearía la velada perfecta al más puro estilo de Kenilworth. Ahora solo quedaba averiguar qué significado ocultaba realmente aquella extraña celebración. Porque… ¿qué se celebraba? ¿Por qué había sido invitada?

Las miradas me perseguían, expectantes y acechantes, lo que me hizo querer saber qué maquinaban sus cerebros en aquellos momentos. Según había podido vislumbrar nada más traspasar las puertas cristalinas de aquella sala y tras cegarme por segundos ante la luminosidad de la situación, la mayoría de las caras, que en ese preciso momento se habían girado para observar la mía, eran conocidas de la universidad, parecía que las mismas personas que se paseaban por Kenilworth todos los días se habían despojados de sus uniformes y vestidos galantemente al mismo tiempo. Reconocía caras como las de Nerys, un par de cursos por encima, o Jun, en clases avanzadas de mi misma promoción. La presión social juntada por aquel extravagante almizcle de olores que clasificaba a un fuerte aroma a vainilla con toques de incienso, me hizo marear de nuevo, esta vez no los acostumbrados desmayos, sino la asfixia y sensación de estrechez.
-Me estoy mareando.- confesé.
Nathan permanecía a mi lado mientras cruzábamos aquella sala, quizá formando parte de las cuantiosas explicaciones a aquellas miradas inquisidoras. Noté que frunció el ceño en señal de aflicción y pesar, malinterpretando sin duda mis palabras, clavó sus ojos grisáceos en los míos en un intento de indagar y profundizar en ellos. Me ruboricé al instante, manteniendo la cortina de mi negro pelo como biombo entre los invitados y yo. Pensé que podría acostumbrarme a ello, su cercanía, la naturalidad de nuestros actos… sentí que ya no se ocultaba nada o, al menos, casi nada.
Negué con la cabeza.
-¿Por qué me están mirando todos?- inquirí con un deje de súplica.
Nathan relajó su rostro, el cual a penas podía admirar en su totalidad por mantener la compostura delante de la gente, y sembró en sus finos labios una sonrisa lobuna. Yo seguía sin verle la gracia al asunto, pero él estaba de buen humor mientras nos acechaban al caminar. Me sentí cómo si Nathan me estuviera exhibiendo ante aquellos depredadores.
-¿Crees que es tan fácil no sucumbir a tus encantos?
-Sí.
Nathan comenzó a reírse cuando contesté rápidamente a aquella estúpida pregunta. ¿Acaso estaba ciego? No era gran cosa y menos comparada con el estereotipo clásico de la academia, que predominaba en aquellos instantes en la sala.
Aquello no era ninguna broma o cuestión de “encantos” (los cuales yo carecía a costa de todo), se trataba de algo más, quizá la verdadera cuestión de mi invitación. La curiosidad me corroía las entrañas, me sentí tan banal como todas aquellas personas que me rodeaban con sus miradas, pero quería saberlo. ¿Por qué Alexia había montado todo aquel espectáculo? ¿Con qué propósito había insinuado que yo trajese a Nathan? Bien, allí estaba, a mi lado. ¿No es eso lo que quería? Debía parecer todo un error, porque en los veinte minutos que llevábamos deambulando en aquella fiesta sin sentido no había visto ni un ápice de la envidia de su largo pelo oscuro o de sus ojos de un rojizo terroso. Ni siquiera Cooper estaba con nosotros, éramos el blanco perfecto que suponía ella había planeado. ¿O acaso era yo la que se había vuelto tan retorcida?
Aquello empezaba a claudicar en mi sistema nervioso, el olor a vainilla se hacía más penetrante a medida que las miradas se agazapaban en mi ser, y todo daba vueltas alrededor de aquella música monitorizada. Ardía en deseos de elevar la cabeza y buscar entre los grupos del gentío a Melinda o al recientemente perdido Cooper. Ellos no me estarían juzgando en vivo y en directo.
Bajé aún más la mirada, atusando el vestido rojo nerviosamente sin la protección de la chaqueta que había devuelto, deseando fervientemente de que mis manos fuesen alguna especie de borrador para eliminar aquel estruendoso atuendo, ya que, por mucho que le gustase a Nathan aquel color, seguía siendo demasiado altruista para mis gustos.
Paramos en seco debidamente situados frente a una enorme cristalera que constituía una de las cuatro paredes de la sala, me di cuenta tras haberme orientado.
-Para.- la voz de Nathan incidió directamente como un silbido en mis oídos. Aquello me aceleró el pulso de golpe, iba a tener que darle las gracias a Melinda al final de la noche por haberme maquillado tanto.- Estás perfecta.
Por instinto cerré lo ojos, la negrura era mucho mejor que aquellos ojos.
Saboreé su aliento al máximo, sumergiéndome en su aroma por fin descriptible para dejar la vainilla atrás, su atractiva voz grave susurrando en mi mejilla… Puede que estuviese desistiendo en el empeño de abstenerme de aquel placer. Ahora era mío, él era mío.
De pronto sonó un ruido de fondo, superior al alto volumen de la música, era un ruido de débiles cristales chirriantes deseosos de llamar la atención con la agudeza de su sonido. Abrí los ojos de golpe, los ojos ya no me miraban a mí expresamente, sino que viraban sus cabezas hacia un determinado punto de la lejanía, justo a mis espaldas. Tal y como había querido hacer antes, elevé la mirada hacia el rostro de Nathan, queriendo absorber su belleza natural y, más aún, el nítido resplandor que marcaba aquella noche. Nathan se erguía nervioso, girado al son de la demasía en torno a aquella dirección incierta. En la palidez marfileña de su cuello que lograba fundirse con el blanco impoluto de su camisa, se denotaba el músculo zigzagueante, sus finos y duros labios, fruncidos en una suave fineza calcárea, se denotaban como la piedra caliza, distantes a todas las posibles frases melodiosas que podían haber susurrado entre mi cabello; y en el asomo del mar grisáceo de sus ojos, las motas verdes descansaban de su energía eléctrica. Finalmente algo ocurría.
Me hacía ahora más consciente de la inmensidad de la sala que Nathan había logrado traspasar conmigo, como una órbita de cohesión adherida a la fuerza de su propia gravedad. La zona, desgraciadamente, seguía siendo un punto de mira para los convidados, pero mantenía una distancia cierta, prudencia ante la discreción. De cualquier modo aquel el golpeteo de cristal materializado hubo actuado como silbato adiestrador.
Me percaté, tras retirar la mirada de Nathan, el collage dorado de la negrura de aquella noche, absorbiendo como un ente especial los recovecos que la extasiada iluminación dejaba olvidados tras la enorme cristalera que plasmaba la pared lateral. Viré entonces la cabeza en sentido de los demás, completando así la manada de fauces, la presa camuflada con los depredadores.
Alexia al fin se había dejado lucir, con su larga melena oteando el balanceo de su espalda desnuda, y su fina y delicada piel travestida por sedas de un color azul zafiro. Realmente se veía hermosa cuando el rojizo de sus ojos destellaba con los bordados de oro que el azul lucía, por ello omití asegurarme de que no era la única que denotaba aquel estilo innato, le podían haber coronado la tiara de reina en ese mismo instante.
Ella sonrió ante la estupefacción del público al situarse en mitad de toda la hipocresía de aquella sociedad venerada en su propia infancia y juventud, y tras sus últimos segundos de gloria personal, abrió la boca para continuar su llamada.
-En principio, quiero hacer saber que es para mí un placer tener la oportunidad de celebrar esta fiesta.- entonó como una dulce canción, volvió a sonreír.- Y, como ya sabéis, ésta tiene un especial significado para mí.
La tensión volvió a mí, ella no me había mirado exactamente, pero sabía que en su mente yo estaba relacionada de alguna forma. Porque sabía que aquella fiesta traslucía algo, recóndito y secreto, pero algo de alguna manera.
Respiré hondo para calmarme y me rodeé a mí misma para autoprotegerme, de repente el olor a vainilla e incienso se hizo más patente. Quería mirar a Nathan en ese momento, deleitarme con su rostro para olvidar lo que estaba sucediendo o perderme en el abismo que siempre me proporcionaba, pero inexplicablemente no podía apartar la vista del hechizo que emanaba la falsedad de Alexia.
-Durante todos estos meses que hemos convivido juntos en la maravillosa academia Kenilworth, - recitó ella como si se tratase de un monólogo bien preparado. Arqueé la comisura de los labios al oír el adjetivo de nuestra universidad, inexplicablemente Alexia posaba su mirada por la zona donde nos encontrábamos; aunque no llegó a mirarme fijamente sabía que lo hacía de alguna forma.- hemos aprendido nuevos valores, establecido nuevas metas y madurado en nuestra forma de vida.- sonrió de nuevo.- Y aún nos quedan muchos más.
Era bueno saber que quedaban varios meses de vivencias como aquella, susurros y murmullos extensos que ocultaban las espaldas de secretos inconfesables, superficialidad recóndita en rojizas faldas y escudos credenciales… Era eso justamente a lo que Alexia hacía referencia en su discurso espontáneo. Mas eso tan solo era una pequeña parte de lo que en realidad representaba Kenilworth, dejaba por recoger su sabiduría, la historia que rezumaba la característica estructura gótica de sus cimientos, un lugar apartado e independiente de las arenas del tiempo, una escapatoria para alumnos como yo.
En ese momento sentí como un par de mares platinos se posaban en mí, sin contenerme me giré para poder verlos. Nathan arrugaba su frente en una fina línea divisoria, y sus ojos, expectantes, parecían querer escudriñar taimadamente mi interior, rescatar de mi ser algo que yo guardaba con fiereza. Le sonreí nerviosa, una estría ondulada que marcaba mis gruesos labios sin llegar a formar la entereza deseada. Él me devolvió la sonrisa, una sonrisa torcida arrebatadora que hizo temblar todo mi ser, rodeó mi cintura tal y como había hecho en el coche, juntándome contra su ser, sintiendo su calidez. No estaba sola. Pero no fue la misma sensación de calidez y placer que siempre sentía brotando de mis pómulos hacia cada célula de mi organismo, aquella reclamación se asemejaba más a cuando Nathan me urgió después de haber pegado a Riley, se denotaba la tensión en su cuerpo, casi azotándolo con dureza y crueldad.
-Por ello celebramos esta fiesta, unidos como una única familia... Cuanto quiero esta noche es compartir con mis hermanos esta unidad.- azoró en una nota melosa. Esta vez ensanchó una sonrisa más grande y hermosa, una sonrisa que escondía un secreto, y me miró inquisidoramente con llamas rojizas chispeando en su mirada.
El pitido de mis pulsaciones martilleaba mis oídos con rapidez y presura, y la respiración se volvió agitada y descontrolada. Ahí llegaba, la razón de todo, ¿sabría por fin qué se murmuraba en el campus? Es más, ¿quería saberlo? Sí, sí quería. Instintivamente la mente trajo a mi recuerdo la imagen de Patrick acechándome, sus ojos negros amenazadores bajo la indulgencia de sus rasgos pecosos. Aquello era una caza de brujas y esa noche temía que se descubriesen todos mis secretos.
-Cati…
Dejé de respirar, de oír el mundo, de vivir y ser consciente de mi alrededor. Ese susurro entre mis cabellos tenía el poder de hacerme delirar y pararme en un coma. Luché por mantener la cordura, necesitaba escuchar a Alexia.
-Cati…
Lentamente cerré los ojos para sumergirme en la negrura y me rodeé con más fuerza, desgarrando el raso de mi vestido sin pensar en las consecuentes marcas que de estar seguro me regañaría por ellas Melinda. La sangre comenzó a asociarse en mis mejillas y la punta de mi nariz, suponía que esta vez ni siquiera el maquillaje podría ocultarlo.
-¿Sí?- contesté a Nathan una novena más aguda.
-Vamos fuera…- siguió susurrando.
Nathan pasó sus labios por el final de mi barbilla, demasiado cerca a mi boca sin que pudiera dejar de retroalimentarme de su olor, ahora predominaba la rosa mosqueta, y acarició mi pómulo con su nariz achatada.
Debía negarme.
-No, Alexia…- tartamudeé.
Sí, había cometido el error de volver a abrir los ojos. Ni siquiera podía divisar a Alexia, Nathan se había movido con extremo sigilo y habitual elegancia hasta colocarse justamente entre el campo de batalla de la anfitriona y yo de modo que no había levantado un dedo de mi cintura, así creaba un espacio más íntimo y cerrado entre nosotros.
Rehusó deleitarme con sus chispas verdes, nada más establecer un contacto visual volvió a tomar aposento en mis orejas mientras veía como asomaban sus dientes lobunos.
-Sal conmigo afuera.- me suplicó. ¿Sabía que no podía resistirme a él?
La mano que me sujetaba en mi espalda se deshizo como un nudo fácil, hasta alcanzar una de mis manos apretándola con fuerza. Sonriendo pícaramente una vez más, prácticamente me arrastró al exterior traspasando una de las puertas camufladas en la pared de cristal.
El azote del viento gélido incidió como lacerante en mi piel desnuda, desestimando el hecho de haberle devuelto la chaqueta a Nathan. Aparté la vista en un principio cuando mis cabellos revolotearon cegándome la vista, después se colocaron y traté de acostumbrarme a la repentina oscuridad. Como había predicho, el contraste de la excesiva iluminación del interior con el negro carbón de la noche era mayoritario, una sensación parecida a una ceguera inmediata. Volví la vista atrás, la gente no se había percatado de nuestra huida, era como si el mismísimo Rembrandt hubiera plasmado la idílica velada en uno de sus cuadros. Suspiré y me adiestré en el nuevo contorno al dejar de sentir la presión de Nathan sobre mi mano.
La terraza, con la forma de la mitad de un óvalo difuso, limitaba su caída, a una altura de setenta metros sobre la explanada de la absoluta nada, un cercamiento de balaustrada, barrotes de piedra blanca a modo de pequeñas columnas en un potencial pseudónimo neoclásico. El collage del cielo reconstruía el internamiento de diminutas gotas de miel en el bruno firmamento.
Conseguí divisar a Nathan en la lobreguez del contexto, mirando al cielo. Me pregunté si él también se había dado cuenta de que hoy no había luna o tal vez aquello solo era importante para mí.
-¿Qué ocurre?
Nathan había vuelto a mí por sorpresa, abarcándome con sus brazos, y sustrayéndome hacia él posó su frente contra la mía. Empezaba a pensar que, o bien las capacidades locomotrices de Nathan habían aumentado en coordinación y delicadeza, o mi mente estaba más embotada que nunca.
-Solo que…- dije perdiendo la confianza de desvelar mi pensamiento.
-¿Es solo que…?
-Hoy no hay luna.
Nathan soltó una pequeña carcajada de entusiasmo, luego frotó su suave nariz contra la mía. Sus manos se abrieron paso entre mi espalda, contrayéndome contra su propia entidad, hasta que llegaron hacia la superficie de mi piel entera y un escalofrío sumergió a todo mi ser. Él retiró sus manos al instante, sin dudar se despojó de su chaqueta y me rodeó con ella y, otra vez, con sus manos.
Quise negarme a ello, Nathan tan solo contaba con una fina camisa y allí fuera hacía frío, como si el temporal del pasado invierno hubiera vuelto. Traté de deshacerme de ella.
-Nathan, hace frío ponte la chaqueta.
Él no me escuchó, no rebajó la presión de cubrir mi piel con su americana, desistí entonces en el empeño y le miré. Nathan me devolvía una mirada de pánico que manipuló a tiempo ante mí.
-Cati, no hace frío.- dijo adoptando un tono serio que yo odiaba.- Estamos a dieciocho grados.
¿Dieciocho grados? Imposible, me moría de frío. El miedo comenzó a azorar en la superficie, el mareo de aquella noche no iba a ser lo único que empeorara mi estado físico. ¿Acaso tenía fiebre?
Imposible., repetía mi mente una y otra vez.
Nathan asió mis manos y se las llevó directas a su cuello, el fuego de su piel me quemaba. Mas él las mantuvo allí.
-Estás helada.- afirmó, su tono agrio volvía a desagradarme.
-¿Y?
A pesar de todo, conseguí ruborizarme ante la evidencia.
-¿Cómo te encuentras? ¿Estás bien?
Rehusé incidir directamente en su mirada, siempre iba a preguntar lo mismo, preocuparse por lo mismo. Si tanto importaba mi estado de salud en aquellos momentos, ¿qué le había hecho marcharse cuando la frecuencia de mareos había aumentado? ¿No era aquello precisamente? Deseché pensar en ese tema, pero realmente era una herida pudiente en mi interior. Saber si le había perdido o no por mi culpa, era algo que continuaba carcomiéndome por dentro aún sabiendo que todo había cambiado, que ya nada volvería a ser igual y que, de un modo u otro, había cruzado la invisible frontera que habíamos impuesto.
-Estoy bien.- contesté secamente.
El recuerdo de aquello había estropeado la velada entera.
Débilmente Nathan comenzó a soltar mis manos, aún creyendo que las apartaría del sitio impuesto, reacio a que lo hiciera consiguió abarcar mi cuerpo una vez más, eliminando las milésimas distancias que separaban nuestros rostros para dejarlas reducidas en puros alientos mezclados. Cerré los ojos para sentirle mejor, pronto sus labios recorrieron mi yugular lentamente, no con la pasión anegada que siempre entreveía en todos nuestros actos, sino que una finura y delicadeza que hacía considerarme un ente valioso e importante. Igualmente la respiración agitada y la pérdida de la conciencia fueron destruidas, aunque al fondo pudo llegar a oír como los presentes en la sala estallaban en aplausos de júbilo. ¿Ya habría acabado Alexia? ¿Me había perdido el motivo que tanto deseaba saber?
De repente noté como Nathan posaba sus manos en mis brazos, me di cuenta de que me había crispado entera, él disminuyó la presión de mis músculos sin soltar sus labios de mi piel.
-No muerdo.- susurró mientras se reía desenfadadamente.
Me reí con él, noté que mi risa era algo más falsa de lo que esperaba.
-Por el momento.- pude bromear evocando la imagen de sus dientes lobunos ocultos bajo sus labios rosados.
El alboroto entre los presentes continuaba en el aire, comenzaba a sentirme ciertamente incómoda allí fuera cuando no debíamos, podíamos haber ido directamente a las habitaciones en vez de estar allí a vista de todos. Me sentía en cierto modo como parte de una exposición abierta a todo tipo de público, y ya sabía que tipo de público me había tocado.
No pude contenerme por mucho más, hice además de alzar la vista hacia la enorme cristalera del fondo y rechazar la inminente oscuridad que nos cernía. Pude vislumbrar el borrón negro que formaban los cuerpos de los convidados y, alzándose por encima de ellos con primicia, la que suponía era Alexia. Traté de enfocar mejor la vista, la melena de Alexia se ondulaba espesa y lisa por su alrededor, se reía sofocadamente como acostumbraba a hacer cuando la veía en el campus cualquier día o como había hecho con Nathan aquella noche, pero… había alguien más a su lado, alguien que sobresalía en su encanto junto a ella, un chico más. La curiosidad me superó en creces… ¿era aquel el motivo de todo? ¿La clave era un chico? Me alcé lo máximo posible de puntillas, hasta que las rozaduras de las cuerdas de mis zapatos de tacón dañaron mi empeine. No reconocía a ese chico, no era de Kenilworth de eso estaba segura, un amigo así de Alexia no pasaba desapercibido tan fácilmente.
Los ojos empezaron a escocerme de forzar la vista pero seguía sin conseguir ver algo más de sus espaldas. ¿Quién era? Los cuerpos habían comenzado a moverse, las risas se escuchaban cada vez con más claridad. El pánico inundó mi cuerpo e inconscientemente agarré más fuerte a Nathan, quien levantó su mirada siguiendo la mía, la gente se estaba dispersando hacia la terraza y sus alrededores.
-Vámonos de aquí.
Oí la voz fría de Nathan como fondo de la escena que se recreaba, se separó de mí aunque sin dejar de coger mi mano. Retiré la vista de la inmensa masa que se avecinaba para dirigirla hacia Nathan buscando respuestas sobre lo que hacer, el terror vestía en aquel momento su rostro ensombreciendo sus angulosas facciones y cerrando la mandíbula con fiereza. No era furia lo que se denotaba en sus ojos, era miedo, puro miedo. ¿Miedo a qué? ¿A qué podía temer Nathan tanto? Sentía cómo el corazón me palpitaba a mil por hora, dejé de escuchar las risas y cordialidades de la gente, algo pasaba definitivamente y el propio Nathan me lo estaba demostrando.
Anduvimos rápidamente entre la gente, Nathan no se preocupaba si chocábamos con alguna persona, la cual se giraba hacia nosotros y nos miraba con repugnancia, no se inmutaba si apartaba de malas maneras a parejas o grupos para despejar su imaginario sendero marcado, nunca le había visto comportarse de tan mala manera, pero yo me dejaba arrastrar aferrando su mano como él hacía con la mía. Volvíamos al interior de la sala, justo a la entrada, donde la gente desaparecía del espacio desplazada al exterior, sí, nadábamos contra corriente.
No me atreví a alzar una palabra, siquiera me atrevía a respirar con normalidad; sin embargo el silencio no dejaba de ser menos incómodo de lo que era. Observé a Nathan, su piel pálida brillaba con un lustre perlado de sudor, su pecho se agitaba estruendosamente y sus ojos permanecían abiertos en desmesura, donde las chipas verdes chispeaban esta vez con un matiz más oscuro y siniestro. Nathan debatía en su interior a dónde ir, se movía nerviosamente hacia todos los huecos posibles: la salida, la sala principal… Consiguió desasirse de la pulcra pajarita y desabrochó unos botones de su camisa. Aunque sabía que no era precisamente el mejor momento, no pude evitar sentirme anonadada por su hermosura y desearle aún más.
-¡Cooper!
Los ojos de Nathan parecían haber encontrado al fin un objetivo fijo, Cooper se mecía tranquilamente, ajeno al agitamiento de Nathan, unos metros más alejados de la salida principal con una copa entre las manos. Cooper se viró con un suave meneo de sus ropas y en seguida crispó su rostro al ver a su amigo en ese estado, luego me dirigió una mirada condescendiente y controló su reacción. Él también se había desabrochado su cenicienta corbata de rayas y llevaba la americana entre sus brazos, se acercó a nosotros con pasos vacilantes y me dedicó su especial sonrisa cuando tuvo la certeza de estar lo suficientemente cerca.
-Os había perdido de vista, ¿dónde estabais?- preguntó con una absoluta normalidad en su tono
Abrí la boca para contestar, él se había diluido como una disolución en aquella extraña sala. Mas Nathan supo cómo adelantarme.
-Ha aparecido.- sentenció con un tono fúnebre.
Cooper y Nathan se miraron uno al otro, una mirada que significaba mucho para ellos y poco para mí. Me estaba confundiendo todo. ¿Qué secretismo se llevaban ellos? ¿Quién había aparecido? Básicamente saber qué diablos ocurría.
-¿Ella le ha…?- Cooper no supo cómo continuar, me miró de soslayo pero apartó la mirada cuando se dio cuenta de que fijaba mis ojos en él en busca de respuestas.- ¿Ha pasado algo?
Nathan seguía frunciendo la mandíbula y yo sabía que seguía con la misma horrible sensación de antes, negó lentamente con la cabeza y Cooper soltó un largo bufido bebiendo un largo trago de lo que parecía vino.
-¿Sabes ya lo que quiere?- preguntó al tragar.
-Tengo que hablar.- respondió raudo.- ¿Podrías… podrías quedarte con ella?
Nathan apretó una última vez mi mano y la soltó paulatinamente.
-¿Nathan?- me atreví por primera vez a hablar, mi voz sonaba demasiado ronca.
-Volveré en seguida, lo prometo.- me dijo él.
Acto seguido se volvió y corrió el trecho que nosotros habíamos escalado entre la multitud, ahora permanecía completamente vacío y desierto. Desconcertada, me quedé junto a Cooper, no sabía muy bien cómo describir lo que había ocurrido ni cómo interpretar sus palabras, solo sabía observar como Nathan se alejaba de mí.
La sensación de desconcierto se apoderó de mí, era como quedarse ciega y dar mil vueltas en un círculo marcado… tras ser soltada a un universo paralelo. Desorientada, esa era la clave. Miré a Cooper en busca de orientación, quizá él llegase a ser la brújula que necesitaba en aquellos precisos instantes. Soslayé su posición, Cooper se debatía entre sus dorados cabellos, quienes intentaban interpelar su visión al frente y los apartaba en gesto de desdén hacia ellos, se movía impacientemente, meneando el líquido parduzco de su copa. Él también permanecía nervioso, me di cuenta de que estaba acostumbrada a indagar en los pensamientos de la gente por culpa de la impermeabilidad de Nathan, pero con personas como Cooper era todo mucho más sencillo, como un espejo alzado ante todos.
Aquello era como inmovilizar a un peón, acaso yo fuera un peón en aquella situación, una pieza movida a merced de la gente. No, aquello iba a cambiar, me había alejado de todo aquel tiempo por esa misma razón, por ser libre, desatarme del lastre que acarreaba… Aquello contradecía por todo lo que había luchado.
Ignoré a Cooper y eché a correr por el mismo pasillo que minutos antes había recorrido Nathan, no estaba segura hacia dónde dirigirme, pero no pensaba quedarme parada por mucho más. Escuché los gritos de Cooper a mis espaldas, no traté de identificarlos como amenazas o prevenciones, si me detenía a pensar en mi amigo probablemente el desconcierto también me alcanzaría. La sala permanecía vacía, dando un aire más grandioso y vulnerable, el espacio seguía siendo enorme pero ya no impresionaba tanto como antes.
Giré la cabeza hacia todas las esquinas asequibles, memorizando papeles caídos, copas inacabadas e incluso varias colillas y puros. La gente había abandonado por completo la sala y se había desplazado definitivamente a la terraza exterior, allí no se veía nada ni nadie. Mierda, mierda, mierda…, no pude evitar pensar en la salida, dónde se había metido Nathan. ¿Se habría ido por donde los demás? ¿Habría otra posibilidad de salir del recinto? Debía actuar deprisa, salir y delatarme entre las gentes o buscar inexplicablemente entre los adoquines del salón. Escuché más cerca los gritos de Cooper.
-¡Cati! ¡Cati por favor, estate quieta!
Cooper me alcanzó al haber entrado en mi situación estancada, logró maniatarme por los brazos, aunque sin ejercer demasiada presión lo cual parecía facilitarme las cosas en caso de escapatoria.
-Nathan dijo…
-¡Al cuerno lo que dijo Nathan!- estallé como una bomba de relojería en mi interior.
Me viré para mirarle a la cara, sudaba bastante, algo reflejado en los mechones sucios que se pegaban en su rostro perlado. Había abandonado aquel optimismo primerizo que tanto me había sorprendido, me daba cuenta de que aquello todo había sido una falsedad, Alexia había sabido cómo transmitir perfectamente el aura de mentiras y apariencias que siempre la rodeaba.
-Es por tu propio bien.- amenazó en un tono serio que nunca había caracterizado con él.
¿Qué sabía él sobre mi bien? ¿Qué sabía Nathan lo que me empeoraba o lo que me estimulaba? No, no tenían ni la menor idea pero seguían mostrándose como maestros de aquel ultraje, catedráticos en mi mismo carácter y personalidad.
-Dime dónde están.- supliqué.
Aunque Cooper acertase reteniéndome con él, tampoco acertaría demasiado vagando hacia el paradero que lograba atisbar.
El interpelado alzó una rotunda negativa. No reconocía a Cooper, él no era así. ¿Dónde había quedado el amigo que tanto me había ayudado? Él sí me hubiera comprendido. Abrí la boca en ademán de presionarle hasta que soltase alguna querella, pero al instante un ruido hosco invadió la sala, procedía de unas grandes puertas de madera escondidas en lo más bajo. Los baños.
-No lo hagas.
Cooper me miraba, abriendo desmesuradamente sus azulados ojos vidriosos, continuaba manteniendo esa rocambolesca autoridad artificial. Alcancé a desasirme de su abrazo manipulador y, sin dejar de mirarle, corrí hacia la procedencia del sonido y no dudé a la hora de empujar la pesada puerta. La imagen pronto se tiznó de un característico blanco virginal, las luces fosforescentes daban un brillo antinatural a la escena del típico aseo de caballeros, aquellos precisos brillos destellaban como gotas de rocío sobre el suelo. Comprendí que la larga hilera de espejos que se encontraba a mi izquierda había estallado por completo, lo que explicaba los brillos trascendentales del blanco, también entendí quienes eran los dos causantes de aquel destrozo.
Nathan se tendía sobre las pilas secas, su piel se había tintado con un leve rosado despojando su habitual palidez suprema, algo parecido a la piel de un rollizo bebé, llevaba medio torso al descubierto y el resto de la camisa que había logrado sobrevivir presentaba un ligero matiz carmesí; sin embargo, llegué a atisbar que Nathan aún no tenía heridas ni cortes a primera vista. Quise correr hacia él inmediatamente, pero antes topé con sus ojos, abiertos de par en par, asustados, cohibidos, reacios. No quería que me acercase. ¿Aquello era la clave para todo aquel miedo?
-¿Tali?
Sonó una voz en mi nuca, una voz que jamás olvidaría y podría reconocer en cualquier parte.
-¿Daniel?- pregunté más que en un susurro a pesar de que no hacía falta hacerlo.
Paulatinamente giré sobre mis talones hasta vislumbrarle entero. El tiempo no le había afectado demasiado, aquel muchacho de complexiones que apuntaban a ostentosas sin llegar a conseguir su meta, ese color de ojos de un mar revuelto y oscuro, una negra cabellera como la oscura noche.
-¿Ya has dejado de llamarme An?