jueves, 30 de septiembre de 2010

20. Catastrófica huida.

Miré de nuevo con codicia la pared del lúgubre sótano forrada con un collage de llaves de todas formas y colores mientras acariciaba la suave pintura negra del Maybach Exelero en el que me apoyaba cómodamente. Finalmente me decanté alegremente por beber otro trago del whisky que había logrado robar a uno de los antiguos amigos de mi abuelo en uno de sus descuidos, estaba totalmente dispuesta a olvidar temporalmente el presente aunque para ello tuviera que emborracharme. Con un poco de suerte me acabarían encontrando ebria en la pequeña y humilde cripta de Saint-Germain le Château sin tener consciencia para dar réplicas a mi espontánea huida.
Pero mis intentos de amnesia parecieron ofuscados por una sola imagen junto a un nombre: Nathan. A penas me separaban de él veinte metros de distancia sobre mi cabeza. Aquella cifra aproximada hizo estremecer todo mi ser moviendo accidentalmente con ello el líquido del vasto vaso que sostenía, por lo que procuré no derramar demasiada salvación a mis problemas.
Era completamente cierto que deseaba con toda mi alma que volviese, pero verle allí plantado en la entrada de la mansión, con aquella expresión de sorpresa cuando me vio por primera vez, fue demasiado. Me había llegado a hacer tantas preguntas en mi interior, tantas esperanzas aguardadas en los últimos meses, que no me había dado cuenta de que aún no estaba preparada para afrontar el lado negativo de aquellas; porque realmente lo tenían.
Me animé a tragar algo más de alcohol, el cual demostraba ya empezar a realizar los efectos deseados en mi cuerpo. Ya estaba cansada, cansada de repetirme siempre las mismas dudas, de hacerme daño masoquistamente una y otra vez, de creer en las ilusiones. Entonces pude sentir como me hundía en un oscuro pozo sin retorno. Yo no podía cambiar mi personalidad, era así y debía aceptarlo con dignidad; aquello nunca pararía hasta que uno de los dos se aburriera de la misma historia, y sabía que aquella persona no iba a ser yo, que por mucho que me empeñase en serla no lo era. Pero, ¿y si había llegado ya la hora? ¿Y si Nathan realmente se había hartado?
Aquella opción actuó como un latigazo en mi espalda al saber que le perdería, que al fin nunca más estaría en mi vida, que descansaría en paz. Extrañamente esos pensamientos no me tranquilizaron.
  -¿Catalina?- una conocida voz sonó en lo alto de las escaleras.
Aguanté la respiración instintivamente y me quedé totalmente inmóvil para no hacer el menor de los ruidos. Esperé varios segundos de silencio deseando que el que me había nombrado tan solo fuese el viento, mas contradiciéndome de nuevo, unos bruscos golpes sonaron al final del tramo ascendente. Entonces me felicité por la astucia de recordar atrancar la puerta del sótano.
  -Cati, ¿estás ahí?
El pánico me inundó en el instante en el que la voz de Nathan se hizo más presente a pesar de sonar aún algo distante gracias a la puerta que nos separaba. Me erguí rápidamente del coche queriendo escapar de nuevo sin saber a donde ir. Los golpes sonaron otra vez, esta vez más nítidos y persistentes que anteriormente. ¿Qué pretendía? ¿Tirar la puerta abajo como en aquellas malas películas policíacas? Unos nuevos empujones me proporcionaron la respuesta que andaba buscando, por lo que intenté relajarme y pensar en algo claramente.
La idea tomó figura como por arte de magia, haciéndome sentir algo más tranquila. Con una sonrisa en los labios dejé el vaso de whisky sobre una vieja mesilla rota para alzarme de puntillas a coger las gigantes llaves de mi salvamento. Jamás se me habría ocurrido una idea mejor con la que disfrutar tanto.
Los golpes se oyeron con más firmeza, por lo que me apresuré a abrir las puertas del Maybach Exelero, el cual había adquirido ocultamente otra connotación en aquel destartalado garaje a parte de cayado. Posé las manos en el volante con los ojos abiertos como platos ante la emoción de conducir aquella belleza, en cierto modo me alegraba del final de aquella noche. Rápidamente introduje la llave en la ranura tras varios intentos frustrados, lo que me recordó mi estado tras un par de copas y me asustó el planteamiento de poner las ruedas sobre el asfalto.
Un ensordecedor crujido me hizo revolverme en el asiento hacia atrás. La puerta yacía deshecha en diminutas astillas alrededor de un enorme cuerpo del que me sorprendió su presencia. Aquel no era Nathan sino… ¿Fredy? ¿Era Fred el que estaba tirado por las escaleras? Tras menesterosos segundos de duda, Nathan logró descender y ayudar al cuerpo inerte.
Entonces comprendí todo cuando mi cerebro llegó a relacionar los hechos expuestos. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Nathan no habría conseguido derribar la puerta de no ser por alguien con más fuerza, alguien quien precisamente era su mejor amigo. No había bajado solo, sino que había traído consigo refuerzos para lograr atraparme.
La palpable traición de Frederick me hirió profundamente, lo que me proporcionó las fuerzas suficientes para arrancar los setecientos caballos que albergaba el motor de aquella preciosidad. Conseguí ver en el retrovisor la sorpresa y, seguidamente, el pavor en la cara de los aletargados. Prudentemente aparté la mirada de Nathan e intenté concentrarme en activar mis neuronas, entumecidas gracias a la ingente cantidad de alcohol digerida. Solo tenía una oportunidad para escapar.
  -¡Cati!- una voz gritó al lado de mi ventanilla provocándome un sobresalto inesperado en el asiento de cuero. Automáticamente eché el cerrojo a las puertas como prevención.- ¡Cati!
Evité con todas mis fuerzas ignorar aquella voz que gritaba mi detención, mas dos incansables puños en el cristal ordenaban captar mi atención con vehemencia. ¿Cuánto tiempo tardaría en volver a decaer en la tentación de observar su linóleo rostro? El tiempo agotaba mis fuerzas, por lo que rápidamente me propuse abrir las metálicas puertas del garaje. Entonces alabé a mi abuelo por la idea de poner puertas automáticas en Saint-Germain le Château, a pesar de subir más lentas que las demás.
Poco a poco una abertura en el sótano fue dejando vislumbrar una densa noche oscura cincelada por una impetuosa ráfaga de viento bañada con motas blancuzcas que confirmaban el hecho de la nevada en la sierra. En aquel momento oí maldecir a Nathan el coche una y otra vez, lo que, de no ser por la situación en la que nos hallábamos, me hubiera molestado realmente el que insultara aquella maravilla de coche. Entonces escuché como otro par de manos golpeaban fieramente el cristal del copiloto, la imagen de un Fredy verdaderamente desaliñado y arremangado apareció en la ventana ayudando, una vez más, a su amigo del alma recordándome de nuevo su alevosía.
Dejé que el enfado fluyera en mí en vez del miedo que ahora me poseía, y volví a hacer rugir sordamente el motor del Maybach. La puerta se abrió plenamente en ese momento de arranqué y me dispuse a aprovechar la ocasión ignorando a los protestantes que me rodeaban.
En el preciso momento en que sentí el asfalto en las ruedas a las que hacía girar a ciento cincuenta por hora no pude reprimir un aullido al experimentar la grata libertad que me había sido privada desde hacía casi dos semanas. Pronto bajé las ventanillas al máximo importándome muy poco el hecho de estar a menos tres grados centígrados según marcaba el navegador, y disfruté mientras el gélido viento despeinaba mis tirabuzones.
Aquello era una droga malsana para mí. Sentir el viento en tu contra, alejarte de todo sin saber a donde ir, rebasar los límites estatales de velocidad… Sin duda alguna una cosa tan gratificante debía considerarse como pecado capital en más de un país, de no ser así, no sería tan estimulante.
Conduje sin cuidado, y no dispuesta a reducir la celeridad del bólido, por la entrada de asfalto habilitada hasta que rápidamente me hube adentrado por el sinuoso sendero del bosque. Noté como brincaba en el asiento con el pie pegado al acelerador y, tan vertiginosamente como había venido, desapareció el efecto de la adrenalina en mi cuerpo. Aquella secreción tan anabolizante había quemado preventivamente los efectos del alcohol y, por lo tanto, me mantenía totalmente despejada y vulnerable al asalto de la culpabilidad.
Ahora me daba cuenta de que, a pesar de que necesitaba aquella estimulación para mantener mi cordura, algo borrosa las últimas semanas, había actuado como una idiota al huir de mis problemas y, una vez más, me demostraba a mí misma que no era tan madura como yo creía de antaño. Una mitad de mí me tentaba con el mundo exterior y su dulce excarcelación, mas la otra, algo más arraigada a los principios básicos de la compostura y austeridad, me ordenaba firmemente el dar marcha atrás. Entonces pensé que si no me mataban los estrafalarios desmayos míos lo irían a hacer mis mitades opuestas contradiciéndose en un debate interno imparable.
Instintivamente giré en el sentido que señalaba el cartel al pueblo más cercano y sentí como el asfalto se volvía a asentar en las ruedas de mi coche. La noche se cerraba delante de mis narices totalmente inerte, mientras que los copos caían ociosamente a su alrededor con ánimo. Reduje amenamente la velocidad recordándome que la carretera estaba algo más resbaladiza de lo normal y deseé que por una imprudencia como era las prisas de no poner las cadenas a la rueda, no tuviera un accidente precisamente aquella noche. De pronto un molesto castañeo de dientes me hizo dar cuenta que a pesar de que tenía encendidos al rojo vivo los carrillos debido a la emocionante escapatoria, el frío persistía sobre mi piel lacerándola cruelmente, así que subí las ventanillas arrepintiéndome de haberlas bajado.
El pueblo se alzó como siempre, ajeno a todos mis problemas, y me acogió sin remordimientos entre sus desoladas callejuelas. Estaba más que claro que a la una y media de la madrugada no habría demasiada gente paseando en mitad de una nevada, más que los cuatro imbéciles de turno con una litrona en la mano y gorgojeando villancicos exageradamente desafinados.
Solté un largo y apesadumbrado suspiro cuando apagué el propulsor del Maybach Exelero y me decanté por salir a fuera para estirar las piernas. Fue entonces cuando realmente me sentí ridícula con un vestido de gala sin mangas en pleno invierno allí plantada con un lujoso coche en mitad de la nocturnidad. En seguida me deshice encantada de los arduos tacones que llevaba arrastrando conmigo todo el crepúsculo y los arrojé despiadadamente en el interior del móvil.
Era inútil huir por más tiempo de lo inevitable. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Coger un billete de avión y volver a Peninton? ¿O sería capaz de regresar a Nueva York? Estaría segura de que Steph me aceptaría en su casa unos días, los suficientes para que se terminasen aquellas odiosas vacaciones de navidad. Sería perfecto ver una cara amistosa en esos momentos, alguien que no iba a cambiar tanto como para odiarme, tal y como había hecho Ashley, alguien que no me recordase que estaba atrapada de por vida en un callejón sin salida. Pero la realidad era cruda: debía tornar, más pronto o más temprano; y formar ilusiones vagas no ayudaba a afrontarla.
  -¡Eh, tú, morena!- vociferó una voz masculina.
Al pronto erguí la cabeza lo suficiente como para ver lo que ya me temía en un principio. Un grupo de chavales (ebrios hasta la coronilla) se acercaba tambaleándose al final de la calle desierta. Entonces me abracé frotando con fiereza mi piel para entrar en calor y me dediqué a hacerles el vacío, con un poco de suerte se marcharían dejándome en paz.
  -¡Tú, guapa! Te hablamos a ti, ¿sabes?- replicó otro destrozando mis deseos de pasar desapercibida.
Maldije entonces la hora en la que me puse el vestido de mi abuela. ¿Por qué diablos no se podrían llevar sudaderas a las fiestas de etiqueta?
-La chica está sorda.- se carcajeó el primero con cierta sorna socarrona.
Vislumbré entonces por el rabillo del ojo como la panda se iba acercando a mí entre risas y gritos ininteligibles. Minuciosamente agarré con fuerza las llaves del Maybach para que, en el caso de que las cosas se torcieran, fuera yo la más veloz de todos y pudiera guarnecerme en el coche.
En aquel tiempo los chicos ya habían llegado a mi frente. Pude contar a unos cuatro muchachos que a penas me sobrepasaban en edad, quizá tendrían entre dieciocho y veinte años.
  -Ese es demasiado coche para ti, preciosa.- comentó uno de tez morena y larga cabellera.
Agaché aún más la cabeza, evitando el contacto con ellos y por lo tanto el irme de la lengua contestándoles. Los chicos se acercaron aún más carcajeándose de nuevo al malinterpretar mi encogimiento por timidez, sentimiento que quizá hubiera experimentando de no ser porque aquel era uno de los peores días de mi vida.
  -Se le comió la lengua el gato.- se burló el más bajito de todos.
¿Por qué no se marchaban? ¿A caso su alto nivel de testosterona le impedía ver que estaban metiendo las narices donde no les llamaban?
Me acurruqué algo más cuando uno de ellos se apoyó en mi Maybach y noté como la gravilla se clavaba en las plantas de mis pies desnudos al hacer fuerza para no soltarle una bofetada, lo que hizo provocar un chirrido en el suelo que llamó la atención a todos. Podían hacer lo que quisieran, de todos modos no pensaba entrar en la conversación. Estaba demasiado quemada por dentro como para mantener un diálogo coherente con cuatro adolescentes.
Esperé a que ganara aquella absurda batalla para poder irme allí, debía volver a la mansión antes de que alguien cometiera una estupidez. En esos segundos observé extrañada como un chico moreno de pelo levemente ondulado, quien aún no había participado en la afrenta, me miraba fijamente compungido por algo. Se había quedado algo rezagado en el grupo, balanceándose nerviosamente de un lado a otro pero sin poder apartar los ojos de mí. Levanté sutilmente mi rostro, lo suficiente para que él me viera al completo, y le sonreí taimadamente. El muchacho congeló su mirada, llena de pavor en aquel instante y comenzó a zarandear al amigo más cercano.
  -Diego, déjala.- susurró en una octava más aguda de lo que en realidad hubiera sido su voz. Su amigo se alejó de él y le mostró una mueca, mas el otro no se rindió.- Diego, es una de esos malditos Darmon.
Oí pronunciar mi apellido con cierto compungimiento en el grupo, lo que me hizo preguntarme qué tipo de habladurías tendría el pueblo sobre nosotros. Aunque decidí no darle importancia si de ese modo me libraba de ellos.
Pareció funcionar, el grupo entero se retrasó unos pasos lejos de mí, como si de repente hubiera adoptado una connotación algo más pueril. Mas el primero que había decidido hablarme volvió a retomar su posición intimidante al no aceptar que alguien como yo le intimidase. Bufé ante su valía de macho alfa en la camarilla, no sería difícil librarse de él ya que en el fondo estaba tan asustado como los demás.
  -¿Es eso cierto, morena? ¿Eres una rarita de los Darmon?- preguntó dejándose delatar por el incontrolable gallo del final.
Suspiré profundamente cansada de aquella patraña. Entonces me erigí dejando de recostarme en el coche y apretando ya el botón del mando a distancia para entrar en el Maybach.
-Tu amigo tiene razón.- contesté con indiferencia fingida aprovechando la confusión de la afirmativa para abrir la puerta del piloto.- Deberías dejarlo estar.
Con un elegante movimiento me introduje en el coche con cuidado de no pillarme con la puerta el trazo del vuelo del vestido, mas algo me abstuvo de cerrar la puerta. Una mano me asió brutalmente del brazo desnudo reteniéndome en el exterior. El chico parecía haberse despojado de todo el pudor que pudiera haber albergado cuando comenzó la evasiva.
  -Tú y yo aún no hemos terminado.- me amenazó instándome bruscamente a salir del coche de nuevo.
Aquello me enfureció por completo. Ya me había cansado de ser la buena en aquella parodia después de haberme insultado a mí y a mi familia. Con un golpe limpio encajé uno de mis ganchos izquierdos en su cara. Instantáneamente se escuchó un horrible crujido al desencajarse su tabique nasal, y la sangre empezó a salir a borbotones debido al puñetazo.
Entonces todo ocurrió demasiado deprisa. El chico se doblegó ante mí retorciéndose de dolor e intentando abarcar con sus manos la sangre que burbujeaba, una enfermiza luz apareció de la nada tiñendo todo de un color rojizo que irónicamente conjuntaba con nuestro alrededor y, por último, el indeseable sonido de una sirena.
Solté algunas maldiciones en contra del cuerpo de seguridad de aquel lugar, el cual parecía no saber distinguir el preciso momento en el que actuar. El aporreado levantó su cabeza, sujetando su nariz todavía con las manos, y desmenuzó la vista después de aclarar algo sobre mi rápida teoría sobre la policía del pueblo. Seguidamente se volvió hacia mí dedicándome una mirada cargada de odio y repugnancia y segundos más tarde comenzó a correr cual bellaco despotricado.
Intentando mantener la calma esta vez pude meterme en el interior del coche. Apoyé la cabeza sobre el respaldo y llené todo lo que pude mis pulmones de aire antes de expirarlo todo en una horda bocanada. Estaba demasiado cansada como para pensar con claridad.
Mas alguien interrumpió mis ejercicios de relajación. Unos golpecitos en el cristal requirieron mi atención urgentemente, por lo que bajé la ventanilla tras adquirir una inmejorable cara de póker. Un viejo agente de policía inclinó su gorra al instante deseándome unas buenas noches de las que se podría haber ahorrado el adjetivo.
  -¿Tiene algún problema, señorita?- preguntó autoritariamente con una marcada voz grave.
Con vehemencia me limité a cabecear una negativa acompañada de una bonita sonrisa para acortar el periodo de interrogación.
  -Para nada, agente.
El policía enarcó una de sus cejas al advertir como la piel de mis brazos se hallaba bañaba con pequeñas gotas rojizas debido a la sangre del chaval. Procuré entonces esconder los brazos para restarle trascendencia al asunto y volví a adquirir otra sonrisa.
  -¿Necesita algo más, agente?- pregunté agotando mi paciencia.
El polizonte me miró de nuevo inquisidoramente durante unos segundos en los cuales pareció no querer marcharse de mi lado. Aguanté la respiración mientras ansiaba el no tener que acompañarle a la comisaría y meterme en otro lío, mas finalmente el destino me dio un respiro. El policía se dirigió tranquilamente hacia su coche tras volver a desearme una buena noche.
Me permití el lujo de respirar con normalidad cuando hube subido la ventanilla y arranqué el Maybach, primero con una velocidad prudencial en atención al coche patrulla que esperaba al final de la calle, y rematando con un aumento vertiginoso que hizo ensordecer al motor.
La carretera estaba más nevada que antes, ya que a pesar de haber tenido un contratiempo inoportuno la naturaleza había seguido su curso trascendental, dispuesta a provocar una de sus ingentes nevadas navideñas. Apuré el ritmo al máximo, presta a pasar el tramo de un tirón y augurando la resistencia de las ruedas todo lo que pude.
Eran precisamente cosas como aquellas las acrecentaban mi odio hacia la localidad donde se encontraba Saint-Germain le Château. ¿Qué le importaría a los demás el hecho de que viviéramos en plena sierra? ¿A caso se creían mejores por permanecer en la comunidad del pueblo? Aquello me desquiciaba por completo. Además de haber empezado a rumorearse leyendas sin sentido sobre hadas y dragones que, ahora antes no, cobraban un significado altruista en los adolescentes de nuestra generación. ¿No se daban cuenta del mal que estaban haciendo con cosas como esas? Me ponía los pelos de punta solo pensar que yo había estimulado aquella barbarie indecente solo por defenderme.
Instintivamente asesté un golpe al volante, pura frustración en estado cinético aunque terminó en un dolor de manos con una ligera sospecha de esguince. Aullé de dolor para después intentar relajarme inspirando profunda y exageradamente aire. A partir de ahora debía calmarme para enfrentarme a la situación que se avecinaba. Entonce me pregunté si no tendría alguna botella para retomar el primer plan de emborracharme, pero desgraciadamente no tenía ninguna a mano.
Tan pronto como hube recorrido el tramo en la carretera me adentré en el sendero, por el cual podía acomodarme más a la tierra, y, desgraciadamente sorprendiéndome por la rapidez de la cuenta atrás, en el principio de Saint-Germain le Château. Escuché como vertiginosamente el compás de mis latidos aumentaba sin previo aviso, queriendo salir de mi pecho. Aunque me calmó el hecho de que no hubiera luces en la casa.
Sigilosamente (a excepción de los traicioneros bombeos de mi corazón), aparqué el Maybach Exelero en el interior del garaje mientras esperaba a que la puerta se cerrase el exterior. Antes de salir masajeé mis sienes para calmar mi nerviosismo y, sin más preámbulos, me dispuse a enfrentarme a la realidad. Aquella nefasta realidad.
Una luz cegadora procedente de uno de los halógenos del techo blanquecino me cegó unos instantes al sorprenderme con su presencia, con los nervios no me había dado cuenta de que las luces estaban encendidas. Esperé unos segundos hasta que me acostumbré a la luminosidad improcedente y la primera imagen que recibí me quemó por dentro haciéndome desear haberme quedado ciega del todo.
Nathan estaba allí sentado, sobre uno de los antiguos bancos de carpintería que en teoría iría a utilizar mi padre algún día. Su pelo estaba mojado al igual que las ropas que vestía, un especie de desfase de lo que antes había sido un bonito traje de etiqueta negro y blanco. Aún se podían distinguir algunos copos de nieve sin derretir sobre su cuerpo lo que me indujo a pensar que había estado fuera esperándome. Sus ojos, de una gama de colores platino, me miraron apesadumbrados por algo que le hacía mucho daño por dentro. Me odié con todas mis fuerzas al descubrir que ese dolor se lo provocaba yo.
  -Hola.- susurró en un tono mucho más grave de lo que era su voz.
Las lágrimas anegaron mis ojos durante escasos segundos de debilidad al verle de ese modo, mas me impuse autoridad y me pellizqué la pierna para no llorar delante de él. De lo contrario parecería la mártir, y no lo era.
  -Hola.
Quise apartar la mirada reacia a verle más en ese estado, pero no podía, no podía dejar de mirarle ni apartar la vista de sus ojos, rociados en un espeso líquido argentado.
Se produjo entonces un incómodo silencio de miradas en el que noté como me empezaban a sudar las palmas de mis manos debido al nerviosismo. Necesitaba que hablase, que alguien empezara a decir o a gritar. No me había preparado para un desenlace silencioso.
  -Estaba muy preocupado por ti.- murmuró al final tras un largo suspiro.
Mantuve fuertemente apretada la mandíbula mientras la respiración se me revolvía en jadeos al escuchar aquellas palabras a las que no sabía contestar.
Había esperado un enfado más que una preocupación por su parte. Agarroté las manos en dos puños esperando aún que me gritase airado en la cara, pero no lo hizo.
  -Lo siento.- vocalicé la disculpa sin fuerzas a hacerla materializar en el aire. Exhalé un suspiro.- Pero necesitaba irme.
Otro silencio degollador se coló en el ambiente, pero esta vez tardó menos en desaparecer.
  -Lo sé.- me aseguró. Entonces suspiró tristemente y se bajó del banco para apoyarse en él.- No obstante podía haberte ocurrido algo.
¿Y a él que más le daba? ¿No había sido él el que se había marchado desatendiéndome? Una mínima parte se hacía aquellas preguntas, luchando en mi defensa. Pero la voz fue disminuyendo gracias a la carencia de sentido, estaba demasiado cansada para replicar en su contra.
  -No me ha pasado nada. Estoy perfectamente.
Nathan enarcó una ceja contrariado al recorrer con la mirada mi cuerpo (lo que me hizo estremecer de placer). Instintivamente intenté taparme con los brazos en una ridícula intención de ocultar lo evidente. Debía de tener un aspecto horrible despeinada, manchada de sangre y descalza.
Finalmente Nathan bufó.
  -Necesitaba saber que estabas bien.- replicó.- Yo también tengo mis necesidades.
En un principio la frase me dejó desconcertada por el hecho de que mi salud estuviese entre sus preferentes, mas después vi encajar todas las piezas del puzzle.
  -¡¿Has sido tú el que ha llamado a la policía?!- me quejé con voz aguda debido a la sorpresa.
Nathan esbozó una vaga sonrisa que enmascaró débilmente su depresión y asintió orgulloso de su instinto protector.
  -Y veo que en buen momento.- dijo mientras señalaba las gotitas de la sangre de aquel chico.
Instintivamente me llevé una mano a la cabeza, en parte tranquila porque no hubiera cometido una tontería por mí pero también enfadada por su delato. ¿No se daba cuenta de que mañana aquello sería la comidilla del pueblo?
  -No es mía.- le aseveré para tranquilizarle intentando quitarme la sangre de encima frotando mis brazos.- Sé defenderme yo solita.
  -El agente García no opinaba lo mismo cuando le llamé.
Solté un gutural gruñido cuando me subestimó por completo. ¿También me había espiado? Entonces la culpabilidad se borró de mi fuero interno, él solito se había buscado como martirizarse.
  -Si lo que querías era protegerme de algo malo, me temo tener que darte una decepción. Mañana se celebrará mi ejecución como alguien se entere de lo que ha pasado.- le critiqué obviando el resultado de sus métodos tan poco ortodoxos.
  -Nadie se va a enterar de nada. Teóricamente tú no has salido de la mansión en un radio de treinta metros de la casa.- me explicó.
Puse los ojos como platos cuando me irrité al escucharle decir aquello. Le miré inquisidoramente atónita.
  -¡¿Has comprado a un agente de la ley?!- exclamé.
Nathan sonrió aún más al ver mi reacción, lo que me provocó un ataque al verle feliz de nuevo. Finalmente se encogió de hombros con humildad.
  -Cinco mil euros no hacen mal a nadie.
Sí, a tu bolsillo y a mi cordura., quise contestarle mas me abstuve de decir algo de lo que pudiera arrepentirme.
Cansada de todo lo que llevaba arrastrando desde antes del principio de aquella estúpida fiesta me dejé caer al lado del Maybach y me tapé los ojos con la mano, apretando hasta que pude vislumbrar motas coloridas en la negrura. Nathan esperó pacientemente a mi ritual, pude oír su acompasada respiración. Parecía tan… ¿tranquilo? Sí, definitivamente estaba desquiciadamente demasiado tranquilo.
  -En metálico o por cuenta.- le susurré agotada tras calmarme pero no dispuesta a zanjar el tema.
  -No quieres saberlo.
Finalmente aparté la mano de mi rostro e inspiré profundamente intuyendo como me iría a afectar el volver a verle.
Si lo que pretendía era excluirme lo debía de haber pensado mejor antes de meterse en mi vida.
  -Sí quiero.- le espeté de nuevo.- De otro modo no podré devolverte el dinero.
Conté mentalmente los ahorros de mi cuenta de banco creyendo que podría haber suficiente para recompensarle, sino podría pedirle algo a Cooper o a cualquier otro.
Nathan enervó su rostro en una perceptible crispación ante mi negación a su ayuda, mas terminó relajándose tal y como había hecho durante toda la conversación, y suspiró dejando entrever su cansancio. Él estaba incluso más agotado que yo.
Temblé de pies a cabeza, estaba demasiado fatigada tras el último subidón de adrenalina y me preocupaba el hecho de que el cansancio acrecentara la probabilidad de mareos en mi cuerpo. Definitivamente había asumido que ya no tenía la misma vitalidad que siempre, pero tampoco iba a dejar que Nathan se enterase de aquello, por lo que me infundé ánimos para volver a erguirme correctamente.
Demasiado tarde. Nathan pareció darse cuenta de mi estado, lo que le provocó un ataque de pánico reflejado en su hermoso rostro ojeroso, e hizo amagos de ir a ayudarme, mas refrenó sus impulsos cuando me encontró reacia a su cuerpo.
  -¿Por qué has vuelto?
Tarde o temprano tendríamos que hablar del tema, no podíamos escudarnos siempre en atajos fáciles y triviales.
Nathan desencajó durante escasos segundos su rostro en una espantosa mueca, pero en seguida adoptó una impoluta cara de póker sin trascendencia que tanto conocería a partir de ahora. Ver la misma cara que Ashley y Riley habían adquirido los últimos días hacia mí en sus facciones me mató por dentro, no podía observar como se corrompía la naturaleza de Nathan de aquella forma tan drástica.
  -Dije que volvería.- comentó livianamente tomando asunto a la ligera.
  -Dijiste que volverías pronto.- razoné.
¿A caso ahora a dos meses se le llamaba prontitud? ¿Con qué compañía de viajes viajaba? ¿Con ferrocarriles a vapor? No podía negarme el hecho de que no había cumplido su palabra exactamente.
  -Y tú que no me preocupara por regresar.
Instintivamente se me desencajó la cara cuando recibí una gloriosa patada en los pulmones que hizo quedarme sin oxígeno con el que regar mi cerebro. Me había arrepentido cada minuto y segundo de aquel comportamiento, de aquellas palabras que escupí sin medir las consecuencias. Era exorbitantemente rastrero el que me lo restregara por encima.
  -¿Entonces por qué lo has hecho?- pregunté a la defensiva.
Noté como me costaba mucho trabajo respirar por lo que me agarré al retrovisor del coche antes de caer redonda al suelo. Temía cual iba a ser su respuesta y deseé con todas mis fuerzas que no fuera esa.
Nathan aflojó su actitud y pude ver como la tristeza que anteriormente había embriagado su aura, volvía a sacarse a flote. Entonces empezó a negar con la cabeza mi pregunta.
  -No lo sé.- murmuró débilmente.
De no haber sido porque pude llegar a leer sus perfectos labios amoratados por el frío no me hubiera creído lo que estaba escuchando. ¿Qué quería decir con que no lo sabía?
Le observé pacientemente. En ese momento me di cuenta de lo que fallaba en él. Estaba incluso más pálido de lo que él era de por sí, a excepción de las dos ronchas moradas que lucía bajo unos ojos faltos de vida de los que me di cuenta que hacía tiempo que no los veía refulgir verdes. Su pelo había perdido el brillo broncíneo que tanto me hacía acelerar mi corazón y ruborizarme. Aunque igualmente resultaba extremadamente perfecto y bello de esa forma.
Entonces me pregunté qué aspecto debía presentar yo, ya que si hasta él mostraba una desmejora en su físico (algo difícil de creer), yo, alguien precisamente poco agraciado de normal, debía de ser una aberración.
  -Cati.- su melodiosa voz nombrándome fue la única que logró sacarme de aquellos pensamientos. Sus grisáceos ojos me dieron de lleno cuando levanté la cabeza para contestar a su llamada.- No puedo vivir sin ti.
No, no, no, no, no… Sí que puedes, Nathan, sí puedes, debía decirle eso. ¿Por qué diantres no conseguía decirlo? Entonces me di cuenta del problema, la voz no llegaba a mi garganta, la sangre de mis venas se había secado instantáneamente y el cerebro se había desconectado por completo de mi cuerpo.
Él no debía decirme esas cosas, se suponía que no podía, que nadie ni siquiera él o yo podíamos oírlas. ¿Qué creía que estaba haciendo? Con eso no ayudaba a nada, tan solo empeoraba la situación.
Sentí como sus gélidas manos empezaban a tocarme sin poder evitarlo de antemano, como me instaba a apoyar mi cabeza sobre su marmóreo pecho sin oponer resistencia. Debía reaccionar o de lo contrario sería demasiado tarde para hacerlo, tenía que conseguir retomar el control. ¿Por qué no lo hacía? ¿Por qué dejaba que aquella invasión de calidez en mi interior se expandiera? Pero no era capaz de despegarme de su cuerpo, no quería hacerlo.
Nathan comenzó a dibujar círculos en mi desnuda espalda y me besó en la frente con mayor ternura de la que me merecía en aquellos momentos. Entonces, por una vez en la vida, me dejé llevar mientras sus brazos me acunaban.
  -Yo siempre te protegeré, mi vida.- me susurró Nathan al oído haciéndome estremecer por la proximidad de sus labios.- Siempre.

sábado, 25 de septiembre de 2010

19. La fiesta

Volví a atusarme el largo vestido segura de que iría a hacer un ridículo absoluto aquella noche. Había cometido una tremenda equivocación al decidir acudir a la fiesta y no utilizar mi plan de escapada.
  -No te toques el vestido o lo arrugarás.- me advirtió mi madre mientras trataba en vano de abrocharse la cremallera de su vestido color ónice.- ¿Me ayudas, por favor?
Suspiré ante lo inevitablemente patosa que era mi madre. Subí la cremallera con sumo cuidado de no pillar ningún hilo del traje y esperando que aguantara la respiración para poder encajárselo a medida perfecta. Finalmente se dio la vuelta y me observó con detenimiento de arriba a bajo. Bufé airada al ver sus brillantes ojos inundados por una mística emoción y deducir que me iba a soltar el discurso que siempre tenía a mano preparado para ocasiones como aquella.
  -No me mires de esa forma, mamá.- critiqué.
Mi madre ser mordió el dedo índice, descorriéndose levemente el color marrón del pintalabios con el que le había maquillado. Puse los ojos en blanco cuando fui al estuche para buscarlo y repasarle el contorno del labio inferior.
  -Quita, Cati. ¿Te has visto cómo vas?- renegó ignorando mi comportamiento reacio a las atribulaciones y la norma más importante: No halagarme.- ¡Estás preciosa!
Suspiré de nuevo esta vez llegando a sonreírla para no tomar a mal su cumplido realmente generoso por su parte. Menos mal que era mi madre y sabía mentir a la medida de las circunstancias.
  -Sí, mami.- le di la razón como a los tontos y después recuperé el ánimo.- ¿A caso te has visto tú? Estoy segura de que de no ser imposible, más de una persona ahí abajo te confundiría con mi hermana.
Mi madre se rió tontamente mientras un leve rubor se extendía por sus mejillas ocultadas en una tez color crema a juego con el vestido de raso. Finalmente se calzó sus tacones y se atusó por décimo-quinta vez el pelo suelto.
Un relámpago de miedo escénico anegó todo mi ser al darme cuenta de que había llegado la hora de bajar por las escaleras a una fiesta a la que miles de personas internacionalmente invitadas habían acudido. Noté como me empezaban a sudar las palmas de las manos ante la hora que era.
  -¿Bajamos ya? Creo que somos las últimas.
Oí a mi madre hablar a lo lejos, impaciente por ver como el trabajo de una semana había cundido en una noche tan especial como aquella. En ese momento la envidié por poseer aquella seguridad en sí misma.
No estaba preparada para bajar y enfrentarme a toda una multitud, sin contar el intachable comportamiento y la rica educación que debía tomar por actitud en aquella fiesta de alta alcurnia.
  -Ve tú primero, quiero retocarme algo más antes de bajar.- me excusé mientras retorcía mis dedos con nerviosismo.
Mi madre descendió su mirada hacia mis manos, lo que me obligó a deshacer los nudos que estaba haciendo, después volvió a fijarse en mi rostro. Saqué entonces mi mascara de tranquilidad para no preocuparla y que me dejara a solas, le sonreí. Tras unos segundos en los que se oyó fuertemente el repiqueteo de mi corazón bombeando sangre y adrenalina a toda velocidad por mi cuerpo, asintió levemente accediendo a mi propuesta, lo que me hizo deducir lo entusiasmada que estaba por la gala que había negado sus visiones maternales.
  -Estoy muy orgullosa de ti, Cati. No lo olvides.- me susurró al oído mientras me acariciaba suavemente la mejilla.
Le sonreí aturdida por el giro de los acontecimientos, mas sus palabras actuaron como un milagroso tranquilizante para mi cuerpo ya que relajé los músculos agarrotados por el miedo. Finalmente escuché el cierre de la puerta y volví a la realidad.
Gracias a la ingente cantidad de potingues con la que mi madre me había obligado a cincelar un semblante perfecto se escondía un rostro macilento tras horas de tortura nocturna. A penas había sido capaz de dormir durante la noche pensando que dos habitaciones más adelante se encontraba una persona irreal suplantando la identidad de mi amiga Ashley, lo peor era pensar que aquella persona que yo recordaba pasear con naturalidad por una alfombra roja y con cien cámaras pegadas a su cuerpo no iba a volver. Nunca más volvería a verla ir de compras en pleno Boston o exigirme introducir un traje Louis Vuitton en mi armario. Nunca.
Solté otro largo suspiro antes de enfrentarme al espejo de cuerpo entero que portaba el vestido. Realmente no podía creer que la chica que se reflejaba en el cristal fuera yo. El alisado pelo corto que acostumbraba a lucir se había transformado en una voluminosa masa de titánicos bucles de entre sus cavidades destellaban brillantes estrellas diminutas incrustadas al peinado, que hacían relucir la oscuridad de mi cabello. Mi rostro se había visto tiznado de un enfermizo color porcelana que hacía contraste con la mancha rojiza de mis abultados labios y el negro azabache de los tirabuzones.
Bajé despacio la mirada a través de mi cuerpo. La sobriedad de aquel vestido blanco humo difería en la gama del escote de palabra de honor, donde se mostraba una piel mucho más pálida a la del vestido. El atavío realizaba un adulante cruce arrugado entallando de este modo la cintura y marcando una divagante curva sugestiva mientras terminaba en un vuelo perfecto hasta el suelo y continuaba con una pequeña caída en el largo del vestido. Aún no creía que pudiera ser aquel mi cuerpo.
Acaricié con ternura la tela ceñida en la parte superior, creando círculos imaginarios con el dedo índice. Aquel vestido tenía otra connotación más importante para mí que el hecho de que me quedase perfecto, aquel vestido había sido el que llevó mi abuela durante la fiesta en la que conoció a mi abuelo.

  “-Aquella noche la rememoraré siempre, Cati, fue mágica.- exhaló forzosamente mientras un brillo místico se cernía en su mirada.- Por aquel entonces yo era un simple soldado raso cuya sociedad emancipaba en busca de trabajo, una jarra de vino y un trozo de pan.
  >Acababa de viajar desde Suiza hasta Francia en el transcurro de tres días en tren y ese mismo día decidimos salir a la calle. Francia era todo lo que podíamos haber esperado de un rentable país europeo: bares, cabarets, juerga…- mi abuelo se rió de su propia insensatez juvenil.- Aquello era un despilfarre para alguien como nosotros.
  >Aquella noche nos dispusimos a hacer algo diferente, algo con lo que hubiéramos soñado todos alguna vez. El letrero de la gala se anunció por sí sola subyugando nuestros nombres con ella, era un plan perfecto. Nos vestimos con los mejores atuendos encontrados o robados y extraordinariamente nos colamos en aquella fiesta.- el abuelo carraspeó su seca y amedrentada garganta antes de seguir relatándome en el desván la sorpresa que iría a desvelarme.- Y allí estaba ella, radiante cual luna llena reflejada en las aguas del oscuro lago de mi corazón. Llevaba el mejor vestido de todos con suma elegancia y delicadeza como rosa de invierno, destacando de entre todas. Entonces me miró y me susurró con voz angelical:
  >-¿Por qué has tardado tanto?
  >Y yo le contesté mientras acogía su mano sobre la mía y la besaba con sutileza:
  >-No pude encontrarte en el cielo.
El chirrido del baúl me sacó de aquel trance hipnótico en el que me había sumido y volví a ver al viejo apocado en silla de ruedas en vez de a un apuesto soldado joven. Entonces sacó una montaña de telas y gasas blanquecinas que hizo extrañarme por el enlace con la historia.
  -Nunca la vi más hermosa que con este vestido y aquella noche.- la masa comenzó a tomar forma de vestimenta cuando lo explayó sobre su regazo.- ¿Sabes, Cati? Tú me recuerdas a ella y me encantaría que dejases disfrutar a este pobre anciano de otra noche como aquella.
Sonreí dulcemente a mi abuelo adorándolo como jamás lo había hecho en ningún otro momento y acuné el vestido entre mis brazos.”

Mi abuelo no me había hablado sobre mi abuela en muchas ocasiones, sabía que la había estimado mucho y que le dolía demasiado el hecho de tan siquiera mencionarla aunque siempre la aguardase en su corazón.
Extrañamente tan solo una frase de las mencionadas se repetía una y otra vez en mi mente. Tú me recuerdas mucho a ella…, había dicho. No sabía por qué pero inconscientemente gracias a esos términos había relacionado aquel idilio con Nathan, a pesar de que nosotros ni siquiera teníamos algo. Me negaba a amarle con toda mi razón pese a que en aquel tiempo había aprendido a escuchar los latidos de mi corazón de alguna manera.
Las piernas me flojearon en aquel instante al percibir el ritmo que seguían mis pensamientos y traté de no sucumbir al recuerdo de sus platinos ojos escrutando mi mirada, de sus manos rozando mi cuerpo con anhelo, de mis manos enredadas en su broncíneo cabello… Esos errores no debía cometerlos. Él se había marchado para no volver y, con algo de suerte, sería para siempre. Era algo que debía alegrarme en vez de entristecerme. Mas cuando mi mente ordenaba que me detuviese, instantáneamente volvía a mis divagaciones, aquella fantasía imaginaria en la que con el paso de los días no era odio lo que crecía hacia él y donde te encontrabas en el nítido filo de la locura y la cordura.
Sacudí enérgicamente la cabeza en un intento de borrar los raciocinios que estaban teniendo lugar en mi cabeza. ¿Por qué me molestaba en pensar siquiera en algo ilusorio? ¿A caso me estaba convirtiendo en una masoquista de primera clase? Esperaba que a la lista de sádicos atentados contra mi vida no fuese yo misma la que la encabezara.
Exhalé una profunda bocanada de aire para infundarme un valor irreal dentro de mi cuerpo y me decanté por bajar el tramo de las escaleras. La mansión estaba incluso más abarrotada de lo que yo había imaginado, los livianos murmullos que recorrían la sala sonaban como una serenata complementaria a la tradicional música clásica que inundaba el ambiente. Me quedé allí parada al final de la escalinata, enrojeciendo por momentos al sentirme tan estrafalaria y solitaria en aquella estúpida fiesta de navidad. Busqué ávidamente con la mirada a alguien reconocible con el que al menos juntarme para parecer menos patética, tan solo necesitaba alguien que aceptase agregarme a su círculo para pasar desapercibida.
  -¿Champán?- preguntó una voz a mis espaldas.
Bruscamente me giré para descubrir a mi héroe del momento ofreciéndome una delicada copa de cristal con un burbujeante líquido dorado en su interior.
  -Gracias, Fred.
Cogí la copa que se me brindaba desatendiendo el hecho de que Fredy (y teóricamente yo también) era menor de edad para beber alcohol. Aquel era un buen momento para rechazar la normativa de no ingerir sustancias perjudiciales a mi organismo, por lo que vorazmente tomé un largo trago del amargo champán de la fiesta.
  -Más despacio vaquera.- me advirtió Fredy burlándose.
Hipé durante unos segundos mientras el acelerado compás de mis pulsaciones aumentaba en cadencia debido a la deglución de alcohol que empezaba a materializarse con un color rosado en mis pómulos. Finalmente terminé desdeñando el consejo de mi amigo y seguí observando a la gente, esta vez con más alegría que antes de beber algo.
  -¿Quién ha venido a la fiesta?- interrogué curiosa.
Fredy frunció el ceño en un gracioso gesto pensativo pero que me desesperó debido la tardanza de su contestación.
  -Todos excepto… los Castell y los Ness.- dictaminó.- Ya sabes, asuntos de trabajo.
Asentí rápidamente asimilando la información procesada. A parte de la resta de cuatro personas que suponían la ausencia de las dos familias, prácticamente medio continente había sido invitado a Saint-Germain le Château para celebrar la famosa fiesta navideña en el hogar de los Darmon.
Repasé las últimas gotas del champán que quedaba al fondo de la copa agonizando la idea de coger otra al recordar mi terrible metabolismo ante el alcohol un tanto tarde. Miré a Fredy, sentado al pie de las escaleras mientras meneaba medio aburrido el contenido pardo de su vaso. No había tardado demasiado en decaer sus ánimos ante aquella fiesta, reflejando sus denuedos en el deshecho nudo de su pajarita y los dos botones desabrochados de su camisa blanquecina.
Exhalando un hondo suspiro me senté a su lado sin un plan mejor y apoyé mi cabeza sobre su hombro.
  -No sabes como envidio a Dorian en estos momentos.- se apenó entre sofocadas risas.
Era la suerte de tener cinco años en aquellos precisos momentos la que te salvaba de veladas como estas, cuando podías canjear una hipócrita conversación con un magnate de la alta industria por una cita con tu osito de peluche preferido.
Me reí quedamente ante la innegable razón que conllevaba aquella frase y aparté la copa vacía hacia un lado del escalón. Fredy suspiró con vehemencia como espantando unos acechantes fantasmas invisibles y me tendió su mano izquierda.
  -¿Salimos fuera?- tentó.
Levanté la cabeza de su hombro, mareándome levemente gracias a los progresistas efectos del alcohol en mi, cada vez más claro, defectuoso nivel de asimilación, mas logré enarcar una de las cejas sarcásticamente.
  -Estamos a menos de cero grados centígrados.- obvié ante la temperatura lógica de aquella estación del año.
Fred me miró directamente a los ojos mientras señalaba su Rolex con el dedo índice.
  -Estamos exactamente a tres minutos de bailar el vals.
El rostro se me deformó al oír el verbo “bailar” seguido de la palabra “vals” e instintivamente agarré con fuerza la mano que Fredy me tendía sin dudar ni un segundo de rendirme ante una propuesta tan tentadora. De todos modos un poco de aire fresco me despejaría el mareo que se atenuaba en mi cabeza.
Aferré el brazo que galantemente Fred me ofrecía e intentamos pasar desapercibidos mientras nos hacíamos hueco hasta la entrada de la mansión. Aquello parecía más Misión Imposible que una simple salida de la casa, ya que durante el trayecto procuramos evitar contacto con rostros generalmente conocidos y por lo tanto ahorrarnos el discurso sobre la importancia que implicaba aquella celebración (discurso mencionado en más de una ocasión los días precedentes al acontecimiento).
Pareció que la victoria estaba de nuestro lado cuando conseguimos adentrarnos en el aparatoso recibidor de la entrada. Me mordí la lengua prudentemente por no gritar de alegría ante la superación de la prueba.
  -Perdónenme, señoritos, pero me temo que ustedes no deben salir ahí afuera.- una monótona voz sonó a nuestras espaldas.
Brinqué deliberadamente ante la acompasada notoriedad que nos sobresaltó sin precedencia en la entrada. Lentamente nos giramos y pudimos comprobar a un hombre de patente distinción entre convidados. El hombre bien podía haber pasado desapercibido entre la uniformidad clasista de aquella sociedad, mas su inclinación hacia la pulcritud y una postura razonablemente agasajadora de rectitud  denotaron una connotación susceptible en el ámbito.
Me derrumbé por completo al escuchar la frase que tan limpiamente educadora había sido mi arresto hacia la amada libertad, pero Fredy irguió notablemente su postura y supo reaccionar a tiempo ante la situación.
  -La señorita y yo tan solo deseábamos poder dar un apacible paseo bajo la luna.- se explicó Fred con un marcado y exagerado tono varonil.
Seguidamente Fredy me pegó un codazo en las costillas para que recobrase la farsa de adultos sin precedentes, por lo que me enderecé correctamente y adopté una encantadora y dulcificante sonrisa en el rostro.
  -Disculpe, ¿supondría un inconveniente el hecho de nuestra ausencia?- pregunté endulzando la voz.
El hombre nos inspeccionó disimuladamente sin alterar el ego de su figura, paseando sus manos hacia la espalda y atusando el poblado bigote nacarado con un gracioso movimiento de nariz parecido al de las cobayas.
Puede que el hecho de la contratación de un mayordomo para la fiesta supusiera un impedimento a nuestros planes. Pero Fredy había acertado de pleno sobreactuando con madurez, ya que aquel hombre no nos conocía y por lo tanto resultaba más fácil engatusarle. La idea de una joven pareja que formalmente se retiraba escasos minutos para una mayor intimidad podría conseguirnos la excusa perfecta para la situación.
El hombre dudó durante exiguos segundos en los que recé todo lo que sabía para que la trama funcionase y apreté el brazo de Fredy con fuerza, alegrándome de que se tratara del musculitos de Fred el que me agarrase. Entonces oí el principio del vals a ritmo de los latidos de mi corazón.
  -Me temo, señoritos, el tener que comunicarles una fatídica noticia.- habló de pronto arrancándome del sonido de los violines de fondo. Su rostro mostraba una maléfica sonrisa que me hizo augurar la peor contestación cuando elegantemente su mano derecha señaló a nuestras espaldas.- No puedo permitirme el lujo de cargar mi conciencia con dos trágicas muertes bajo la nieve.
Rápidamente viré la cabeza hacia el cristal de la puerta de entrada. La oscura noche cubría el lugar como negra boca de lobo sin ni siquiera una pequeña estela adornando lobreguez y, en un contraste irónico de colores, unos perlinos copos mancharon el panorama. Maldije en mi interior el atraso de la nevada que el destino había decidido contrariar y la malévola sonrisa autosuficiente en la cara del mayordomo.
Al menos uno solo estaría saltando de alegría ante la idea de tener al fin unas navidades blancas. Me imaginé a Dorian arriba durmiendo, ajeno al cumplimiento de su deseo, y me prometí despertarle más tarde para ver nevar juntos.
De pronto unos golpes me inquietaron sonsacándome de mis divagaciones y me devolvió a la realidad, dándome cuenta de la tensión habido entre las miradas de Fredy y aquel hombre, pero el ruido no lo habían provocado ellos. Volví a girarme en dirección a la puerta de entrada y caí en la cuenta de que alguien llamaba. Me pregunté entonces quién faltaría por acudir a una fiesta que ya había despegado hacía horas en plena nevada de invierno.
El mayordomo se inclinó levemente en nuestra dirección como despedida y asistió a la tradicional apertura de puertas permitiendo el paso a un apuesto caballero. Su broncínea cabellera relucía espléndidamente debido a los húmedos copos derretidos en sus mechones y pálidas mejillas debido al frío invernal, al igual que su penetrante mirada cenicienta que cortó mi respiración al instante.
Quise moverme de aquel sitio y retroceder, mas mi cuerpo rechazó cualquier orden desconectándose de mi cerebro. Finalmente sus grisáceos ojos se posaron en mí con una mueca de dolor en el rostro. Instintivamente me agarré la parte izquierda del pecho cuando una brecha hiriente se habría paso cual puñalada en el corazón.
Nathan había vuelto.

lunes, 20 de septiembre de 2010

18. Discusiones

Paseé de nuevo el cepillo por las greñas sueltas del moño que había decidido hacerme sin conseguir mejorar mucho mi imagen. Harta de no conseguir el resultado que quería imitar de una revista que había ojeado, guardé el cepillo de plata, que para mi alivio tan solo había presentado una pequeña magulladura como herida de mi ataque, y remangué las mangas de mi sudadera blanca preparada para bajar.
La casa no había estado más abarrotada como ahora, durante los últimos días había visto focos y guirnaldas hasta en el cuarto de baño y podía asegurar que me había hartado de comer sobras para esperar al grandioso catering de la fiesta. Desde luego no había descanso para ninguno y todos debíamos colaborar por “un beneficio común” (palabras textuales de mi madre) del que aún no había visto ni un adelanto.
Bajé las escaleras de dos en dos dejándome rebotar con cada saltito y retrasando lo más que pude el llegar a la planta baja.
  -¡Cuidado, Blanqui!- gritó una voz.
Frederick salió de la nada a toda velocidad deslizándose por la barandilla empellándome escaleras abajo sin tener resultados satisfactorios de su aviso previo. Finalmente llegó al final del recorrido y realizó un perfecto salto a diez metros de distancia.
  -Eso si que es espíritu de limpieza, Fred.- le alabé cuando logré anclar al final del tramo mientras pasaba sarcásticamente un dedo por la barandilla y lo alzaba impoluto.
Fredy se rió tontamente e hizo una burda reverencia ante mis pies siguiendo el juego.
  -Tengo un don innato.- se enorgulleció ensanchando exageradamente el pecho en una postura a lo superman.
  -Pues espero que tengas otros dotes a parte de la limpieza y puedas ayudar a Riley a descargar.- la voz de Rose sonó de la nada para después materializarse con rápidos andares y una gran caja de cartón entre los brazos.- Y tú, Cati, puedes ayudar a Ashley a poner las luces doradas por el salón.
No pude evitar congelar la sonrisa que esbozaba en aquellos momentos. ¿Es qué siempre tenían que fastidiarme los momentos alegres? No quería enfrentarme aún a Ashley y el hecho de hacer una cosa las dos juntas y solas no ayudaba mucho a decir verdad.
-A sus órdenes, mi sargento.- exclamó Fred llevándose la mano derecha a la cabeza para hacer un aparatoso saludo militar.
Rose despegó impacientemente la mirada de la caja que portaba hacia mí para esperar una respuesta que obviamente sabía cual iba a ser ya que no tenía escapatoria alguna. Bufé desesperadamente para terminar haciendo otro saludo militar.
  -A la carga mis valientes.- susurré entre dientes.
Rose ignoró mis murmullos (como acostumbraba a hacer) y volvió a su ajetreo personal. Miré a Fredy en busca de apoyo, con un poco de suerte podría cambiarme la tarea. Fred se encogió de hombros.
  -Dudo mucho que fueses capaz de transportar un sofá con Riley.- alegó como excusa al tiempo que me dejaba sola al pie de la escalera.
Maldije ininteligiblemente a Frederick en voz baja por haberse ido. Cuando yo quería estar a solas todos se abalanzaban sobre mí y para cuando les necesitaba se esfumaban.
Solté un largo suspiro ante lo inevitable y me remangué aún más las desbocadas mangas de la sudadera.
El salón estaba prácticamente vacío de muebles, lo que me ayudó a entender lo que Fred había querido decir con lo de transportar un sofá, exceptuando un par de sillas de la cocina. De este modo el salón parecía aún más gigantesco de lo que era, disipando todas mis dudas de cómo irían a entrar todas las personas invitadas.
Entonces vi a Ashley, escondida tras un enredo de cables, cuando intentó subir a una de las sillas. Me permití el lujo de poner los ojos en blanco antes de acercarme a ella y descubrir que el enfado aún no se había disipado. Lucía un sencillo vestido de seda color malva que nunca había creído que estuviera en su vestuario, el cual se zarandeó violentamente cuando su ama saltó en la altura para poner una de las luces.
  -¿Qué hago yo?- pregunté lo más hosca que pude ante mi inevitable invisibilidad.
Ashley me lanzó una mirada de prudencia hacia mi comportamiento para terminar soltando un suspiro de comprensión y menear la cabeza en dirección a la caja de al lado.
  -Empieza por desligar esa arqueta.- señaló.
Con una actitud algo infantil y decididamente malhumorada me senté en la moqueta y vacié el contenido de la caja. Mis dedos empezaron a encresparse entre los cables que difícilmente aceptaban deshacerse con amenidad, consiguieron rebelarse arduamente formando un revoltijo enorme de bombillas y alambres conectados.
El silencio permaneció mientras ambas nos ocupábamos de nuestras tareas sin tomar contacto la una de la otra, lo cual fue un alivio por mi parte. En cambio aquellos cables estaban decididos a no colaborar ya que, cuando al fin conseguía desliar una sexta parte de su longitud, ésta inevitablemente conseguía de alguna recóndita manera volver a deshilacharse con las demás.
  -¡Arrgg!- grité desesperanzada en mi tarea arrojando con ira la mezcolanza hecha. Me llevé las manos a la cara apretando fuertemente hasta que aparecieron puntitos anaranjados en la negrura. Tomé aire calmadamente.- A ver, tú no me caes bien y esta claro que yo a ti tampoco, pero si pusieras un poco de tu parte tendrías unas vistas estupendas desde ahí arriba.
¿Le estaba hablando a unas luces decorativas? Esto iba de mal en peor, pronto a los desmayos y jaquecas le tendría que sumar una locura prematura. Realmente perfecto para el collage que acabaría siendo mi dossier sanitario.
Esta vez decidí empezar por el final del cable y seguir el recorrido para deshacer los nudos.
  -Cati…- la voz de Ashley sonó cual murmullo arrastrado por el viento.
El corazón se me paró por cosa de dos segundos cuando vi como Ashley había atravesado la línea imaginaria de mi terreno dirigiéndose a mí. A pesar de todo mantuve gacha la cabeza y proseguí con la tarea indiferente a lo ocurrido.
  -¿Si?- pregunté con la vana esperanza de ser otra cosa lo que nos atañera.
Escuché el imperceptible suspiro de Ashley y bajé aún más la cabeza para no poder verla.
  -Sigo estando a dos habitaciones más de la tuya.
Mis manos temblaron durante escasos segundos, incapaces por más tiempo de prolongar la labor. Estaba intentando hablar conmigo de verdad.
  -Lo sé.- le contesté secamente.
Volví a la faena, que esta vez parecía cundir con más de medio metro sacado, deseando que Ashley cerrara el pico de una vez y estar de nuevo en silencio.
  -Cati, yo…
  -¿Qué estás intentando hacer, Ashley?- le interrumpí sin darle la oportunidad de hablar.
De pronto solté las luces y levanté la cabeza dispuesta a enfrentarme a mi amiga…
… siendo lo peor que pudiera haber hecho. En mi empeño por no mirarla a la cara me había sido imposible observar detenidamente su cambio.
Aquel rostro acorazonado e impecablemente hermoso que yo siempre había conservado en mi memoria se había visto customizado por un sencillo rostro de porcelana. La falta de maquillaje había dejado una terrible huella en su antes perfecto cutis y sus grandes ojos acaramelados, quienes faltos de vida a penas se hacía denotar entre sus beldades. Ashley había recogido su agraciado cabello ondulado en un peinado algo más retro y propio de los años sesenta, lo que le hacía conferir un inevitable toque a todo su atuendo.
Cerré las manos en dos puños al ver el notable cambio producido en mi vieja amiga. En cambio Ashley se limitó a mirarme con decepción en los ojos.
  -Estoy intentando ayudarte.- razonó.
¿Ayudarme? ¿Quería justamente ella ayudarme? Si quisiera ayudarme me hubiera devuelto a mi antigua amiga.
  -No quiero que lo hagas.- le espeté conteniendo la ira en las palabras.
Aquello me estaba superando en creces, Ashley había comenzado a pisar terreno peligroso. Pero pareció decidida a no dar marcha atrás ya que bajó de la silla y se acercó a mí sosteniéndome la mirada.
  -Pero la necesitas.
Aquello fue el culmen de todo lo dicho, la diferencia que marcaba mi amiga a distancia. No pude evitar reírme socarronamente ante el disparate que acaba de salir de su boca. Entonces me levanté sin poder controlarme por un momento más.
  -¿Para qué, Ashley? ¿Para poner “un rumbo” a mi vida? ¿Para ponerme un delantal, un vestido y unos bucles de oro? ¿Para brincar y saltar como una boba, feliz por un final irreal? ¿Para poder afirmar que comimos perdices en un cuento de hadas?- bramé desbocada por todas las emociones que afloraban en ese preciso instante. Ni siquiera me corté cuando los ojos de Ashley empezaron a humedecerse.- ¿Te refieres a esa clase de ayuda?
No me podía creer que la misma Ashley Smart que yo había conocido como una diva divina estuviera llorando por un par de gritos con verdades. Aquello me enfureció aún más.
-No.- consiguió responder tras tragar algo de saliva.- Necesitas amor, Cati.
Volví a reírme ante su contestación, sin saber realmente si debía discutir por una necedad como aquella.
  -Hace tiempo que asumí que el amor no existe. Que no hay un felices para siempre.- le dije sin siquiera molestarme en alzar la voz.
Miré a Ashley de nuevo, arrugando los pliegues de su vestido y a punto de llorar. Se sugería tan débil e indefensa, que hizo darme cuenta que ya no quedaban vestigios de la mujer independiente y vanidosa que en otro tiempo había sido. Aquello me derrumbó por completo, había perdido a mi amiga.
  -No queda amor para el que lo rechaza.
Suspiré cansada ante lo inevitable. Definitivamente le habían lavado el cerebro con aquella barata propaganda de adultos sobre la vida en el matrimonio y el alcance de la madurez. Aún así conseguí jactarme de todo aquello.
  -Acabarás sola, Cati. Tarde o temprano todos nos iremos, incluidos Fredy y yo.- la voz de Ashley comenzó a tomar valía en el debate malinterpretando una baja en mi defensa.- Debes aceptar como somos.
Aquello fue como una patada en el estómago que me hizo retorcer de dolor. Apreté fuertemente los dientes aguantando el golpe y cerré aún más los puños.
  -¿Y cómo somos, Ashley? ¿Y si soy yo la que decido estar sola?- proseguí entre dientes.
Mi amiga pareció querer dar un paso en aquel momento, mas mi mirada asesina la contuvo a realizar nada.
  -Somos especiales, y tú lo sabes. Precisamos de alguien a nuestro lado.
No pude aguantar ni una sola palabra más, no quería escuchar nada sobre aquello. Las manos me temblaban de pura ira y deseé con todas mis fuerzas el poder salir de aquella habitación lo antes posible, irme lejos de aquel lugar y no ver a nadie nunca más.
Finalmente me conformé con darle una patada a la caja que yacía vacía en el suelo.
  -¿Y qué quieres que haga, Ash? ¿Qué renuncie a todos mis principios y traicione a mi conciencia? Que coja a Nathan y le diga: Oh, perdona pero… ¿sabes? Me tengo que casar.- exploté de nuevo en mil pedacitos aún así estremeciéndome al pronunciar su nombre.- ¿Es eso lo que intentas decirme?
  -Si realmente le amaras, le dejarías ir.
Aquello había sido pasarse de la raya demasiado. Fue un punto bajo que no debería haber tocado nunca y ella era plenamente consciente de ello.
Enervada di un paso hacia delante y no me controlé cuando la abofeteé en la mejilla con todo el auge que pude acumular en mi ser. Ashley giró desmesuradamente el cuello doblegada por la fuerza del impacto e instintivamente se ocultó el carrillo tintado de un color rojo bermellón.
  -No vuelvas a insultarme de esa manera.- amenacé sobre su pusilánime figura.
Una lágrima tras otra empezaron a brotar de los ojos de Ashley y tan pronto no se podía dar marcha atrás a lo ocurrido ya me arrepentía de haber cometido el pecado. Quizá me hubieran arrebatado a mi mejor amiga pero yo no debía haberme rebajado a su nivel.
Sin saber qué hacer y ansiando que todavía no hubiera nadie en la casa para oírnos ni ver lo que había llegado a ejecutar, posé mis manos sobre los hombros de una desconsolada Ashley. Ella reaccionó al contacto con mi piel desencajándose de mi abrazo con miedo. Miedo a que le hiciera daño.
  -Ash…- ella deshizo los pasos que yo intentaba dar hacia ella.- Ash, lo siento mucho…- intenté disculparme.
Ashley se sobrecogió en sí misma y empezó a menear la cabeza a ambos lados sin parar. Verdaderamente le había damnificado con agravio al no medir las consecuencias que tendría una bofetada en la nueva Ashley, sino teniendo las referencias de la antigua.
Pero Ashley no paraba de temblar, encogerse y llorar sin parar. No pude aguantarlo más y me fui sin más, salí de la mansión y, poco a poco, aumenté la marcha de mi ritmo hasta que terminé dándome cuenta de que corría campo a través con un frío horrible calándome los huesos.
Mi mejor amiga me había abandonado, me había herido y lo peor era que yo también a ella. ¿En qué clase de monstruo me estaba convirtiendo? ¿A caso no había sido yo la que siempre aberraba la violencia? ¿Qué me estaba sucediendo?
Lo verdaderamente ínfimo de toda la situación era que por un instante, solo por una décima de segundo, lo vi todo como ella. Enamorada como una pardilla de aquel que debería ser mi hombre legítimo, con vestidos vaporosos retrógradamente hortera y una alianza vistiendo el dedo corazón. Es decir, sin Nathan a mi lado.
Me abstuve de morderme la lengua y dominarme. Grité a todo pulmón y comencé a dar puñetazos contra la corteza del árbol más cercano hasta que las lágrimas me impidieron ver nada más. Finalmente paré cuando dejé de sentir las manos atadas a mi cuerpo.
  -¿Cati?
La voz de mi abuelo me pilló por sorpresa. Pegué un respingo cuando por fin me di cuenta que gracias a mis gritos no había oído acercarse a mi abuelo, entonces me sequé las lágrimas arreglando lo que pude la situación. El abuelo me esperaba comprensivo a que me rehiciera.
  -Abu, ¿qué… tú… aquí…?- balbuceé entre gimoteos debido al llanto.
Me di con el puño sobre el pecho con la intención de parar el ridículo hipo que había adoptado. El abuelo mantuvo un semblante neutro que solo se conseguía a base de experiencia.
  -Solía venir aquí con tu abuela.- sentenció mientras inspeccionaba el lugar para abarcarlo.- ¿Y tú?
Nada. He descubierto que estaré sola por el resto de mi vida gracias a ser un engendro de la naturaleza y… ¡Ahh, se me olvidaba! Acabo de pegar a la que antes había sido mi mejor amiga, dijo una maléfica voz en mi fuero interno narrando burlonamente mis penurias. Quise hacerla callar.
  -Abuelo, me voy. No aguanto más.
Quería irme, desaparecer, esfumarme… ¿sería capaz de sostenerle la mirada Ashley después de la discusión que habíamos mantenido? ¿Y a Riley? Estaba segura de que se lo contaría todo.
Mi abuelo pareció no inmutarse ante mi nerviosismo, lo que logró acrecentarlo. Mas él se limitó a negar suavemente con la cabeza.
  -He hecho cosas terribles, Abu.- gimoteé llorando de nuevo sobre su regazo.- Tengo que marcharme.
Mi abuelo me acarició el pelo, cuyo moño había fracasado estrepitosamente como peinado, y recogió con sumo cuidado mis manos ensangrentadas mientras me dejaba llorar sobre él.
No sé cuanto tiempo duró mi berrinche pero para cuando me hube calmado mi abuelo comenzó a hablar.
  -No puedes irte porque mañana tienes una fiesta en la que debes estar.- afirmó como excusa.
Realmente yo no veía a la fiesta como un pretexto de quedarme en Saint-Germain le Château, es más, ya había urdido un plan para escaquearme de ella.
  -Ni siquiera tengo vestido.- alegué riéndome entre lágrimas.
Mi abuelo me levantó el rostro con sus suaves manos gastadas por la edad y ensanchó las arrugas de su rostro en una débil sonrisa.
  -¿Quién te ha dicho a ti eso, reina?

domingo, 19 de septiembre de 2010

17. Béisbol

  -No es justo, nada justo.
El pequeño Dorian golpeó con su puño sobre las rodillas frunciendo el entrecejo para acentuar su mirada asesina a los nítidos rayos de sol que lucían el cielo. Me reí quedamente por su actitud y zarandeé aún más la oscura gorra de los Yankees de Nueva York que había decidido ponerme.
Dorian se había estado quejando desde que había descubierto que el sol había derretido todo resquicio de hielo que la noche hubiera proporcionado. Según él quería tener unas “navidades blancas” en toda regla, pensando que en mitad de una sierra habría nevado mucho antes de lo esperado. Mas el tiempo decidió darnos una lección de humildad para recordarnos que no teníamos poder sobre la naturaleza, y lo hizo retrasando la nevada más de una semana. Lo cual conllevó regalarnos unas cuantas quejas malsanas por parte de un pequeño.
  -Se supone que estamos en plena montaña, ¿dónde está la nieve?- volvió a repetir Dorian.
Decidida a hacer callar a Dorian y curar su decepción prematura me deslicé a través del tronco caído que hacía las veces de banco, hacia él. Alcé mi mano y la pasé por su espalda acariciándola con suaves caricias de ternura.
  -Nevará.- le aseguré concienzudamente.
  -No.- perseveró testarudo.
Solté un bufido de desesperación ante la cabezonería de Dorian y me armé de paciencia.
  -Sí. ¿Y sabes por qué?- le dije mientras retiraba la mano de su espalda para agarrar su mentón y hacer que me mirase a los ojos. Sus ojos plateados me cruzaron con dureza y me mordí la lengua antes de hacer alguna estupidez.- Porque la naturaleza es sabia. Solo tienes que esperar y en el momento más inesperado, ella te regalara la mejor nevada de todas.
Dorian enarcó una de sus cejas sin acabar de aceptar del todo mi teoría mas hice que aquello se convirtiera en un concurso de tozudez ya que me negué a soltarle el rostro hasta que se rindiera. La batalla estuvo realmente reñida, hasta que finalmente, tras dos minutos de resistencia, pude proclamarme victoriosa del duelo cuando Dorian esbozó una de sus sonrisas.
  -Vale…- dijo alargando cada sílaba.
Contenta por mi éxito volví la vista al partido que estaba teniendo lugar en el descampado. Aún no podía creer que me hubieran convencido para jugar al béisbol, pero la fuerza de Fredy resultó ser más persuasiva de lo que había creído. Prácticamente me llevó en volandas hasta aquel lugar sin siquiera darme tiempo de cambiarme. Bajé la mirada hacia abajo observando los anchos pantalones de Hello Kitty que utilizaba para andar por casa y enrojecí de la vergüenza.
Aunque en cierto modo me daba igual todo aquello, nada ni nadie iba a empeorar mi humor ya que oficialmente había logrado sobrevivir una semana en Saint-Germain le Château. Solo faltaban exactamente quince días para volver a Peninton y a mi residencia de Kenilworth. Mas en esos momentos se me antojaba irreal el hecho de volver a la universidad o de retomar el contacto con Melinda o Cooper, parecía como si hubiera pasado una eternidad desde que había hecho las maletas con mi amiga suplicándome pasar con ella las vacaciones. Solo deseaba que pasaran las dos semanas restantes.
  -¡Strike: fuera!- oí como mi padre disfrutaba de aquel juego sirviendo imparcial un veredicto.
De repente aquel grito me atrajo a la realidad sacándome de los jardines del campus de la academia. Parpadeé varias veces para disipar mis anhelos más deseados de la cabeza y me propuse dar el cien por cien en mi turno. Cogí el pesado bate apoyado en el extremo del tronco y prácticamente lo arrastré hacia la base.
  -Está bien, Cati. Nos superan por dos, si consigues al menos hacer un double Ashley pasará de base. ¿Entendido? Concéntrate.- la voz de mi padre sonó ansiosa en el detallado análisis que me proporcionaba. A veces se tomaba demasiado en serio los partidos amistosos con la familia.
Con un suspiro de resignación me puse la gorra retirando el pelo de la cara y alcé el bate de madera, con el que trastabillé al levantar su ingente peso del que a primera vista parecía carecer. Entonces encorvé la espalda levemente, imitando estrepitosamente a los jugadores profesionales de la tele, y arqueé las piernas para acomodarme a la postura. Al otro lado Fredy comenzó a desternillarse de la risa por mi nerviosismo a pesar de que íbamos en el mismo equipo. Ansié siniestramente que por una vez en la vida tuviera la suficiente fuerza en los brazos como para mandar la pelota directamente hacia su cogote o, cuanto menos, poder darle.
  -Tranquila, Cati. Te la tiraré floja.- me calmó Darcy intuyendo mis pensamientos.
Le sonreí nerviosamente agradeciendo su gesto y me concentré al máximo en la pelota blanca que parecía camuflarse en la palidez de su piel. Tal y como había prometido, Darcy arrojó suavemente la bola hacia mí con un grácil movimiento. Esperé con el corazón martillándome en los oídos a que la pelota estuviera lo suficientemente cerca, hasta que fui capaz de asestar un golpe con el bate. La bola salió disparada a lo largo del prado más alta y fuerte de lo que había esperado en un principio.
  -¡Corre, corre, corre!- me animaron.
Anonada aún por el giro de los acontecimientos dejé de seguir a la pelota, que ya casi empezaba a perderse de vista, y arrojé el bate para comenzar a correr como una posesa a través del recorrido del campo. Con los pulmones casi en la boca y deseando con todas mis fuerzas que no tropezara en esos momentos, llegué a la última base con un derrape por los suelos.
  -¿Lo he hecho? ¿He hecho un home run?- pregunté casi sin aliento tendida en el suelo.
Levanté la mirada a través de la polvareda que había levantado al derrapar y me encontré con el rostro de Ashley, quien asintió contenta por el triunfo del partido. Ni siquiera me importó que fuese Ashley quien me contestara ni que hubiéramos ganado aquel trofeo imaginario, con el corazón latiéndome al límite me derrumbé sobre el suelo y oculté mi rostro con las manos.
  -¡Arriba ganadora!- reconocí al pronto la voz de Fredy y sus manazas instándome a levantar.
Aparté entonces las manos de la cara, con la respiración entrecortada aún pero con una amplia sonrisa en los labios.
  -He hecho un home run.- repliqué sin creer lo que estaba diciendo.
  -¡Exacto!
Fredy me aferró de la mano ayudándome a levantar y no pude evitar estallar en risas. De repente Frederick me agarró de la cintura y con un giro de muñeca me depositó a sus espaldas sin parar de reírnos. Mareada por la altitud me así instintivamente a su cabeza rapada.
  -¡Ganadores!- grité sintiéndome extrañamente eufórica al tiempo que alzaba un brazo.
  -¡Uouooo, yeah baby!- bromeó Fredy galopando al trote mientras bajábamos de vuelta a casa.
No paramos de gritar como locos hasta que entramos por la puerta y llegamos al salón. Entonces Fredy optó por dejarme sentada en la gran mesa de cristal que había en una parte, aunque la emoción persistió algún tiempo más.
  -¿Qué te ha parecido eso, Riley?- preguntó Fred sobrado.
Riley, quien acababa de entrar en el salón, se desplomó sobre el sillón más cercano y, dirigiéndose a Fredy, se encogió de hombros humildemente.
  -La suerte del principiante.
Frederick bufó airado ante la respuesta de su amigo y me palmeó los muslos alentadoramente, aunque terminó riéndose. Contenta de que hubiera servido de apoyo para el éxito final ofrecí mi mano izquierda a Fred, quien ensanchando otra de sus sonrisas con hoyuelos la palmeó alegremente.
Me permití sentarme durante tres minutos más para recobrar el aliento y la compostura, y finalmente me bajé de un salto de la mesa para dirigirme a la cocina. Abrí la nevera en busca de algo para beber y descubrí que en el frigorífico casi no quedaba comida suficiente. Extrañada por la falta de alimento enarqué una ceja mientras sacaba una botella de agua.
  -Abu, hay que ir de compras. Frederick asaltó anoche la nevera.- bromeé nada más oír el chirrido de las ruedas de mi abuelo.
Oí la quejumbrosa carcajada de mi abuelo acercándose a mí y me uní a él. Asombrosamente estaba feliz.
  -No, reina. Tu madre y Rose han decidido aguantar los próximos días con lo que queda para comprar el día de antes de la fiesta.- explicó parando a mi lado.
Se me borró en seco la sonrisa de la cara y todo el buen humor que podía haber albergado se esfumó por completo. La fiesta estaba cerca.
Se me había olvidado por completo que todos los años se celebraba en Saint-Germain le Château una gran fiesta con todos los amigos de la familia, en la que lo primordial era ir de etiqueta y comportarse con delicadeza.
  -¿Qué tal el partido, querida?- preguntó mi abuelo ignorando mi reacción.
Sacudí la cabeza volviendo a la realidad y allegando mis temores.
  -Ganamos, abuelo, ganamos.

sábado, 18 de septiembre de 2010

16. Tres semanas

El frío me laceraba la piel cual acero, provocando de mi interior aullidos de dolor que brotaban de mi garganta sin recelo, cantando a la luna llena una preciosa nana plagada de mi sufrimiento personal.
Caminé a través del manto blanco que se extendía alrededor de lo que en otro tiempo habría sido un extenso prado de flores primaverales, la nieve me llegaba hasta la cintura. No podía para de convulsionarme y temblar mientras aullaba entre tartamudeos incontrolables. Miré hacia abajo y seguí con las yemas de mis dedos las curvaturas desnudas de mi cuerpo, lo que me provocó otro estremecimiento.
  -Aquí Cati.- oí como una melodiosa voz aguda me llamaba.
Levanté rápidamente la cabeza, un impulso instantáneo que no pude reprimir. Allí, sobre la nieve, estaba el pequeño Dorian, tan pálido como los propios copos que caían a nuestro alrededor, reluciendo su cabello de color cobre en contraste con su fulgor blanquecino. Instintivamente me hundí en la nieve hasta que tan solo sobresaliera mi cabeza, y rodeé con los brazos mi cuerpo desnudo. No era vergüenza lo que sentía, sino un miedo innato a él.
Dorian  sonrió acentuando la juventud de su rostro y se acercó lentamente hacia mí, haciendo caso omiso de mi reacción.
  -Ven conmigo.- canturreó.
Dorian extendió una de sus diminutas manos para ofrecerme la opción de irme con él. Quise negarme alegando que me dejara, pero extrañamente mis dedos congelados ensortijaron los suyos. El pequeño Dorian volvió a ensanchar otra sonrisa cuando su brazo tiró de mi cuerpo hasta sacarlo por completo de la nieve, y me percaté de una diminuta diferencia en el niño. Sus ojos, negros como el carbón, brillaban con desdén borrando de su ser todo rastro que pudo albergar de inocencia.
Presa del pánico intenté deshacerme de su contacto para apartarme de él, pero Dorian tenía más fuerza que yo y logró retenerme, aunque, misteriosamente, con otra de sus sonrisas maléficas terminó soltando mi mano.
El rebote me hizo trastabillar sobre la nieve hasta caer sobre algo duro pero igual de gélido. Miré hacia atrás, observando como dos brazos se cernían sobre mi cuerpo rodeándolo y obligándome permanecer junto al suyo.
  -Es mía.- gruñó Nathan reclamando su presa.
Me apretó más contra su cuerpo, haciendo sentir en cada una de mis partículas el roce con su piel. Dorian  rugió ferozmente sin dejar de mostrar una mueca perversa en la comisura de sus labios rosados.
  -Mía.- susurró el pequeño Dorian como eco.
De repente Nathan soltó una carcajada ronca que hizo sonreír al niño, quien se acercó a nosotros con solemnidad. Alzó una de sus manos y acarició  mi piel con sus dedos.
  -Nuestra…- corearon a un mismo tiempo.
Abrí los ojos de par en par y me erguí jadeando.
  -Joder…- me quejé cuando de la parte izquierda de mi frente brotó una punzada de dolor.
Cerré los ojos, sudando como aún estaba debido a la pesadilla que inundaba mi mente, y me llevé instintivamente una mano hacia mi frente, que ya empezaba a mostrar signos de contusión causados por el golpe. El dolor fue mitigando paulatinamente hasta quedarse reducido a meros bombeados y un chichón de lo lindo. Tras calmarme lo suficiente abrí los ojos para descubrir a mi agresor, quien me decepcionó y derribó mi orgullo sobre protector al resultar ser un simple cajón de madera.
Espera un momento, ¿era el pico de un cajón contra lo que me había dado? Tanteé con las palmas de las manos a mi alrededor. Parqué. El mismo parqué que cubría el suelo de la habitación. Desorientada miré hacia ambos lados, esta vez procurando evitar otro golpe con el cajón. El armario seguía abierto de par en par, esperándome pacientemente, a un lado la cama permanecía intacta, sin dar señales de utilización, y tras el ventanal una luz se colaba entre las montañas traslúcida tras la espesa niebla que cubría el cielo.
Intenté levantarme, aunque rápidamente unos puntos cegadores en mi visión me forzaron a aferrarme a algo sólido mientras se iban disipando tras unos segundos de espera. Divisé a un lado del pie del camastro mi maleta, abierta y con la ropa revuelta en el interior, y arrugado en el suelo, mi suéter gris de brillantes. Con la confusión recorriéndome las venas me incliné a recoger la prenda tirada.
No lograba recordar nada, tan solo una oscuridad acuciando mi llegada al mundo de las sombras. Estaba manteniendo uno de los peores momentos tenidos con mi amiga Ashley y segundos después un dolor insoportable me sacudía, sin más, y después el desmayo. Había sido un golpe limpio, sin agonía de por medio. Desmayo y caput, final de la partida y vuelta a empezar de nuevo.
Arrojé el suéter hacia el fondo del armario y me dispuse a salir disparada de habitación, con la respiración agitada a causa del miedo. En el pasillo no había nadie, por lo que decanté por descender dos pisos más. Busqué por todas las habitaciones a alguien, con una presión ocupándome el pecho e impidiéndome actuar con normalidad, pero la casa estaba vacía, completamente desierta. Entonces me paré, relajé el sonido hosco de mi respiración, limitándolo a simples suspiros, era un ruido lo que se escuchaba. Aquello me alegró, ya que no estaba sola en la enormidad de la casa, pero a un mismo tiempo disparó los ya olvidados y desusados sentidos de la supervivencia y la lógica deductiva. Podía ser un ladrón el que importunara en la mansión, y no me extrañaba ya que si yo también lo fuera no me sería difícil elegir a Saint-Germain le Château como víctima de mi estafa y no a cualquier otro hogar más ordinario.
Me acerqué hacia la entrada, donde en un paragüero de cara porcelana turca mi abuelo guardaba sus viejos recuerdos de bastones, y cogí el primero que agarró mi mano. El ruido provenía de la cocina, y cada vez se acentuaba con cada uno de mis pasos. Levantando el bastón como un bate de béisbol dispuesta a utilizarlo como arma de autodefensa me envaré en la sala de la cual procedía el punto de origen del supuesto ladronzuelo que había tenido la osadía de irrumpir en la asolada mansión de montaña.
  -¡Ah!- chillé como grito de guerra.
Descargué demasiado tarde el golpe fatal provocado por el bastón sobre la encimera de la encimera de la isla que decoraba la cocina. El criminal alzó sus bucles esponjosos por detrás de sus hombros y me lanzó una verde mirada discriminatoria que hizo enrojecer mis pómulos.
  -Vaya, si que te levantas tú con ánimos por las mañanas.- me recriminó.
Rose, la madre de Frederick, puso sus brazos en jarra sobre el anaranjado delantal que lucía sobre su modelito de Gucci. Solté avergonzada el bastón con el iba a violar a la madre de mi amigo dejando reposar la empuñadura dorada en forma de león sobre una banqueta.
  -Lo siento, yo… no vi a nadie y pensé… pensé que había un ladrón.- balbuceé cortada por la situación que yo solita me había buscado.
Rose frunció el cejo y arrugó la nariz mientras apartaba la vista de mí hasta el bastón que acababa de soltar y que de no haberme controlado a tiempo hubiera descargado contra su cabeza.
  -Espero que no albergues intención alguna de ingresar en el cuerpo de policía. Te advierto que tendrías un funesto destino en esa profesión.- comentó de forma irónica en un tono hostil.
Suspiró débilmente, relajando la postura enervante que había adoptado y volvió a encararse con una de las cacerolas que rezumaban en el fuego. Conté hasta diez en mi interior, relajándome con cada número que se precipitaba en mi mente, y para cuando llegué al once me decidí a moverme hacia el frigorífico, con la vergüenza presente en cada uno de mis movimientos. Saqué el cartón de zumo de naranja y alcancé uno de los vasos de cristal de los estantes superiores, mientras Rose me mantuvo en la ignorancia, removiendo en el interior de las ollas que utilizaba.
Me extrañó el hecho de verla sola en la casa cocinando, al menos sin mi madre ya que pronosticaba que ella siempre ayudaría a una persona en aquellas tareas o, como mínimo, que la única persona que se encargara de ellas fuera ésta.
  -¿A dónde han ido los demás?- me aventuré a preguntar tras varios sorbos al zumo.
Rose se tomó su tiempo en contestar, sabía de sobra que yo no era de su agrado pero ambas nos comportábamos con cortesía en un ámbito familiar. Oí el repiqueteo de la cuchara de madera en el metal y, finalmente, el sonido de su voz.
  -Los chicos se han ido a hacer senderismo.
Enarqué una de mis cejas ante el asombro de su respuesta. Que yo supiera había heredado la aberración a los deportes de mi madre y precisamente mi abuelo no era el más adecuado para practicar un ejercicio en el que lo primordial era andar.
  -¿Mi abuelo también?- pregunté sin poder controlar un gallo inesperado.
Rose suspiró agotando su paciencia y esperé a que ella perdonase mi lentitud mental.
  -Tus padres se han ido al pueblo con él. Tu abuelo tenía que arreglar unos asuntos y ellos han aprovechado para hacer la compra.
  -Ajá.- asentí al mismo tiempo que disipaba mis dudas.
Sin saber cómo actuar a solas delante de ella y con una enorme confusión enterrando todo mi ser, tragué lo antes posible el resto de zumo que me quedaba en el vaso para poder excusarme e irme sin tener que cruzar otra palabra más.
Todo sucedía demasiado rápido como para que mis neuronas, algo embotadas por el brusco cambio que se había producido en las pocas horas que llevaba consciente en Saint-Germain le Château, pudieran asimilar todo lo que se producía a mi alrededor. Me daba cuenta ahora, demasiado tarde como para discutir ese punto de la cláusula, de que no había exagerado para nada al negarme a venir a esta casa durante todos estos años. En lo que habían sido menos de veinticuatro horas me había dado tiempo a discutir con la que sería mi mejor aliada en la familia durante las próximas tres semanas, además de haber acrecentado mi mal estado, lo que me mantenía preocupada por el giro de los acontecimientos.
Coloqué el vaso en la pila de fregar y me dispuse a marcharme de la sala, que inexplicablemente se había cargado de una extraña atmósfera de tensión y silencios degolladores. Al salir me acordé de coger el bastón que en unos minutos había acogido el matiz de arma mortuoria y salí de la cocina sin intercambiar otra palabra con Rose. Dejé el báculo junto con los demás cayados de mi abuelo, quien acató mi orden con un tañido sobre la cerámica blanquecina de su aposento. Me llevé las manos a los oídos instintivamente, aquel sonido acrecentaba mi jaqueca posterior a los mareos, en esos momentos creí que la cabeza me iría a estallar de un momento a otro. Visualicé aquella imagen, el vestíbulo lleno de mis sesos sanguinolentos y endebles, abandonando su lugar legítimo dejando en su sitio una oquedad imposible de reparar. La idea me hizo sonreír macabramente ya que, fuera cerebro adiós problemas. 
  -Siento discrepar Fred, pero en aquella década el sonido vocal dio a conocer muchos de los aspectos fallidos de los dramas mudos, prácticamente desbancó a la comedia de Chaplin.- la voz de Darcy sonaba tranquila y pacífica en su debate sobre el cine de época.-El ángel azul triunfó en la moralista de los cineastas con una película espectacular.
Me sobresalté en el mismo punto donde inconsciente y divagante había cerrado los ojos en un momento de masoquismo espontáneo. Escuché como la puerta principal se abría y varias personas se acercaban centradas en la conversación
  -De eso nada. Vamos Darcy, un tío como tú debe reconocer que James Whale fue todo un genio del terror. ¡Frankenstein fue el padre de la atrocidad cinematográfica!- discutió Frederick incansable con su defensa.
Instintivamente me quedé parada de pie, sin mover ningún músculo, sabedora de que aquella no era artimaña útil para pasar desapercibida pero a un mismo tiempo sin poder hacer otra cosa.
  -Ambos os equivocáis. Es bien sabido que la mejor película es El dormilón, de Woody Allen.- Riley, cuya voz me sorprendió que estuviera en el debate, sentenció su opinión con cierto atisbo de ilusión infantil.
Conté hasta tres segundos de silencio antes de que Fredy empezara a carcajearse de lo lindo, sus risotadas volvieron a acentuar los pinchazos que sufría en el cerebro, devolviéndome las ganas de moverme para ir y taparle la boca con mis propias manos.
  -¡No me puedo creer que al señor Don Serio le guste la comedia!- exclamó Frederick entre gritos y risas.- Ya pensaba que no tenías sentido del humor…
Pronto vi los cuerpos que acababan de entrar en la mansión, con Fredy golpeando el costado de Riley quien fácilmente se doblaba a los golpes que éste le daba sobre su escuálida figura, Dorian sobre los hombros de un senil Darcy fatigado por la caminata. Vislumbré al fondo la figura de bailarina de Ashley casi a las espaldas de Riley, noté como sufría un inesperado paro cardíaco cuando nuestras miradas se encontraron de nuevo y recordé el por qué quería evitar su presencia.
  -Hablando de dormilones. ¡Buenos días Bella Durmiente!- continuó Frederick bromeando con su habitual actividad.
Intenté recuperarme del repentino shock en el que me había sumido cuando la manaza de Fred surco mis cabellos con un golpe limpio e indoloro, sonriendo educadamente para mantener la compostura que súbitamente había rememorado adoptar junto a mi familia e ignorando por completo a Ashley y lo que ella pudiera reaccionar en mi interior, me dirigí a mi amigo quien seguía manteniendo el misterio de cómo podía sacar positivismo de toda situación posible.
  -Fredy, como le sigas robando clásicos a Disney va a terminar denunciándote.- bromeé para poder integrarme.
  -Tranquila “Blanqui”, podré apañármelas con un buen abogado.- me contestó volviendo a reírse.
No pude evitar poner los ojos en blanco mientras una sonrisa se extendía por mi rostro causada por la infantileza del diálogo, mas fue en vano zafarse de la patente masa de su cuerpo cuando me atrajo bajo su sobaco.
  -¿Has dormido bien, Cati? Debió de ser agotador el viaje de ayer.- preguntó Darcy con su habitual comedimiento y sutileza en su léxico mientras adoptaba un amable gesto de preocupación en el rostro.
Mis labios titubearon durante escasos segundos cuando me descompuse en mi interior por la brutalidad del abrazo de Frederick, aún así logré concentrarme en el suave y melódico tono de voz de Darcy y en el significado de sus palabras. Su acompasado ritmo me aturdió lo suficiente para ignorar la presión que sufría en aquellos momentos (ya no solo por el hecho de que Fredy me aplastara sino también por la incomodidad de la situación).
  -Sí.- contesté al tiempo que rodeaba el brazo que Fredy colgaba sobre mi cuello.- De maravilla.
  -¡Perfecto!- el pequeño Dorian intervino con un agudo grito en cuanto terminé la frase mientras daba un salto limpio hacia el suelo.- Entonces podremos jugar.
Dorian agarró mi mano libre casi empellándome por sacarme de los brazos de Fredy, quien desistía en dejarme libre. Noté como se aceleraba mi respiración, convirtiéndose en ordos jadeos mientras que empezaba a sentir el frío de las gotas de un repentino sudor nada propio de aquella estación.
A eso me refería con lo de no tener intimidad ni tiempo personal. Acababa de levantarme y ya había planes. Me sentía atrapada, encarcelada, maniatada, manipulada, títere, prisionera… Las palabras recorrían mi mente seguidas unas detrás de otras, haciendo mérito de su interminable vocabulario para mis sentimientos. Aquello me superaba en creces, necesitaba una dosis de individualidad urgente que la familia no podía proporcionarme. Tres semanas, solo tres semanas. Tres semanas y no volverás a verles hasta las próximas navidades… ¡Qué digo! ¡Hasta las navidades de dentro de tres años por lo menos!, me canturreé a mí misma mis propios ánimos para padecer la tortura.
Inspiré hondo antes de mostrar al pequeño la mejor de mis sonrisas para ganar tiempo de escoger un tono especial con el que mostrarme dulce y educada.
  -Lo cierto es que pensaba asearme un poco ahora.- dije cuando lo hallé. Entonces me solté de Fredy con una hábil vuelta de baile y disimuladamente me retrasé dos pasos hacia atrás para salir lo antes posible.- No te importa, ¿verdad?
Pestañeé exageradamente para flirtear con un niño de cinco años de edad, haciéndome sentir en el interior un tanto pervertida en cuanto a ese tema, pero sonsacando la misma reacción en el pequeño de la que me había imaginado. Dorian, como infante que era, se dejó embaucar de una manera increíble ya que enseguida adoptó una actitud alegre y extrovertida hacia el tema.
  -No hay problema.- sentenció, haciéndome deleitar con cada palabra pronunciada.
La sonrisa permaneció en mi rostro dada las aptitudes que había creído carecer en influencias sociales. Salí de la cámara con cierta satisfacción de mi autocontrol, evitando, esta vez más inteligente por mi parte, mirar en dirección a la pareja del momento para no perder el sabor de victoria que había adquirido y que de lo contrario habría arruinado mi tapadera.
Tuve la suerte de que a nadie se le ocurriese subir conmigo, ni siquiera acompañarme hacia el salón, mi ardid había resultado funcionar a la perfección y además había ganado a mi favor varios minutos de soledad que utilizaría para la recapacitación de los hechos. Todo momento contaba en aquellos instantes. Esta vez cerré con pestillo la puerta de mi habitación, anticipando algunos movimientos atacantes que no quería que me importunaran. Realmente urgía el recomponerme a solas la moral, algo confusa en esos momentos. 
En cuanto me aseguré, pegada a la puerta, que no había nadie a lo largo y ancho del tercer pasillo me dirigí hacia el antiguo tocador del fondo.
Extendí mi mano derecha hacia las sombras talladas en el marco del espejo ovalado, degustando la suavidad extrema de aquella pieza de arte. Aquel había sido el tocador de mi abuela, probablemente el único mueble con más de cuatro años de antigüedad en toda la mansión. Me pregunté por qué mi abuelo habría decidido ponerlo justamente en mi habitación, después de tantos años guardado en el viejo desván envuelto en telarañas.
Solté un largo suspiro. Ya empezaba a volverme loca en aquel lugar (si no lo estaba ya antes de haber venido). Abrí el cajón de mi izquierda, quien con unos cuantos intentos de empujes dejó entrever una abertura suficientemente grande para pasar mi mano por ella. En su interior, tal y como esperaba, se encontraba el cepillo de plata detallado con rosas que de pequeña me había enamorado. Siempre había querido tenerlo pero por temor a desenfrascar arcaicos temores de mi abuelo me había contentado con tan solo admirarlo. Orienté mi mirada hacia el reflejo del espejo, quien me devolvía una imagen de una desmejorada yo. Primero intenté alisar mi pelo, ensortijado en pequeños mechones que parecían haberse rebelado ante el orden natural de mi cabello. Pasé el cepillo con cuidado de no enmarañar aún más las enredos, degustando cada tacto del cepillo con las sienes de mi cabeza. Pareció que aquello me relajaba.
Ayer me había desmayado sin previo aviso y había permanecido dormida algo más de un día entero. La frecuencia de mi malestar me empezaba a asustar demasiado, aquello no era normal, incluso para mí.
Noté como se formaba en mi interior la habitual presión que sufría y mis ojos se anegaron en lágrimas por el miedo interno. ¿Y si esto nunca se acababa? ¿Y si realmente estaba enferma? ¿Y si una mañana en vez de parecer una dormilona aparecía muerta? ¿Podía eso ocurrir? Las respuestas que una parte de mi cerebro me proporcionaba me asustaban.
Ofuscada conmigo misma y temblando de pavor arrojé el cepillo a lo largo de la habitación. Vislumbré como el cepillo volaba y terminaba estampado en la pared con un ruido hosco. Ni siquiera me molesté en comprobar que no estaba dañado ni en como se tomaría mi abuelo el hecho de que había tirado por los aires uno de los pocos recuerdos que conservaba de la abuela. Nerviosa por el nebuloso futuro que catastróficamente se avecinaba sobre mí me levanté de la banqueta de caoba para dar una patada a lo primero que pillara a mano antes de destrozar otro recuerdo valioso. El estampido de la mochila con mis libros contra el empeine fue aún peor, los libros salieron dispersados a lo largo del suelo y mi pie quedó dolorido y con señas de un esguince leve. Enfurecida aún más por el desastre que había formado gracias a mi desahogo y a la vez agotada como para tener ganas de recoger el estropicio, tan solo fui capaz de derrumbarme contra el pie de cama, apoyar la cabeza sobre el colchón y cerrar los ojos. Dibujé con mi lengua el contorno de mis labios húmedos para saborear la sapidez a sal que mis lágrimas me habían proporcionado. Si alguna vez alguien preguntó que sabor tiene la tristeza yo sabría contestarle con toda certeza.
Abrí los ojos, recibiendo como impacto un blanquecino techo impoluto y deseé no poder ver otra cosa que el blanco. De algún modo podría absorber su neutralidad y adquirir aquel estado de paz que tanto ansiaba. Bufé airada por la injusticia que la naturaleza daba a las personas y erguí la cabeza. Los libros seguían desparramados por el suelo, sin orden ni concierto alguno. Agarré el más cercano, quien en su portada reprogramaba la imagen de dos damas de rasgos similares. Acaricié con extrema delicadeza el título que con letras doradas rezaba el nombre de Juicio y sentimiento. Pareció resultar irónico que justamente aquel libro fuese el que deparara en mis manos, ya que si Austen había retratado a ambas hermanas protagonistas con la sabiduría del temperamento de una y las fuertes emociones adolescentes de la otra bien podía ser yo la que guardara  las dos a un mismo tiempo. Abrí el libro y leí el primer pasaje que me vino a mano:
  ->No pretendo negar que tenga una gran opinión de él, que me agrada, que lo estimo en demasía.- la voz de la propia joven Elinor sonó de mi garganta elogiando a su amado Edward.- >No fue mi intención ofenderte con palabras tan mesuradas a mis propios sentimientos. Créelos más fuertes que lo declarado por mí.
En aquellos instantes el hecho de que la menuda y más inmadura de las hermanas Dashwood llegara a casarse con el hombre que ella tanto había anhelado me resultó de lo más ficticio en la vida real. Si algo había aprendido de mi existencia en aquel planeta había sido que dejarse llevar por los sentimientos no conllevaba ninguna felicidad y aquel libro contradecía por completo mis opiniones, incluso que “el juicio” (que era la hermana mayor) también había conseguido un final feliz.
Entonces un pequeño papel rasgado se deslizó por entre las amarillentas y desgastadas páginas del libro hasta caer en mi regazo. Extrañada por la presencia de aquel papel lo alcé a vista. Una fotografía antigua de una elegante dama de largo pelo lacio ennegrecido lucía un deslumbrante vestido de época cuyos brillantes aún se percibían en el blanco y negro de la foto, la joven permanecía junto a un apuesto caballero de traje quien lucía un pelo airado que no parecía coordinar con el pasado pero que hacía remarcar un aspecto seductor innato en él.
Inmediatamente giré el contorno de la foto, donde alguien había garabateado con una caligrafía impecable algunas palabras.
Casino di Venezia, 1638.
La vida puede destrozarnos,, pero nadie nos robará los recuerdos.
Las lágrimas brotaron de nuevo desde mis ojos cuando observé el boceto del fénix que protagonizaba el blasón de los Ellagot como firma final. Creía haber quemado aquella foto hacía mucho tiempo, cuando había decido no tener ninguna foto de Nathan y mía en mi poder. Seguí el trazo de las líneas del ave.
  -Tres semanas, solo tres.- insistí.