jueves, 29 de julio de 2010

8. Aplacada

  -Srta. Darmon, ¿se encuentra bien?
El profesor Fellon se estaba dirigiendo a mí, podía oler su aroma a loción de afeitado que siempre acompañaba a su figura, pero no me atreví a levantar la mirada hacia el habitual rostro plagado de una esmerada barba bien cuidada. Siempre me había preguntado cómo podían estar relacionados ambas evidencias como eran la loción de después del afeitado y su barba.
  -¿Srta. Darmon?
El mundo me daba vueltas sin parar, ahora apenas oía el eco de la voz del Sr. Fellon. Un sudor frío bajaba por mi frente, eso era lo único material que sentía en aquellos momentos. Cerré los ojos en un intento de detener el mareo, solo tenía que calmarme durante unos minutos y todo volvería a la normalidad.
  -Señorito Hayes, ¿sería tan amable de acompañar a su compañera a la enfermería?
  -¡No!- logré decirle al fin. Abriendo poco a poco los ojos de nuevo intenté contestarle adecuadamente.- Quiero decir, puedo ir sola.
El profesor Fellon frunció un ceño, eso era señal de que estaba reconsiderando mi propuesta. Hice un esfuerzo por aparentar que solo era una simple bajada de tensión y que podía caminar perfectamente hasta la enfermería sin ayuda. Finalmente asintió levemente y recogí mis cosas lo más rápido que me pude permitir para salir de la clase. Salí del edificio de las clases lo antes que pude y me dirigí al césped del campus. En aquellos momentos no había nadie por los alrededores, me desplomé sobre la hierba y a duras penas conseguí mantener la cabeza gacha entre mis piernas, así siempre se me habían pasado los mareos.
La pesadilla que había soñado esa noche aún ocupaba mi mente, lo había estado haciendo durante toda la mañana y no podía sacármela de la cabeza.

La oscuridad se cernía sobre mí, las plácidas caricias que siempre me había regalado se habían convertido ahora en afiladas garras que me herían profundamente como mil cuchillos clavándose sobre mi cuerpo.
Estaba en el campus de Kenilworth, lo sentía presente en aquellos momentos. El césped tan bien cuidado que yo recordaba se había visto sustituido por unos resecos matorrales mal cuidados, los árboles habían perdido todas sus hojas y el característico color marrón brillante por la resina que siempre le acompañaba había desaparecido dejando tras de sí una leña podrida por el tiempo.
Caminé entre los hierbajos, notando como sus pinchos desgarraban mi ropa haciéndolas trizas, pero eso no importaba, me lo merecía. Una derrumbada y semi-derruida academia de Kenilworth se erguía en medio de la nada, abandonada y llena de suciedad y telarañas. Entré en el edificio, o lo que quedaba de él, y seguí caminando, había algo que me llamaba y debía ir. De repente, en el suelo, vi un pequeño reguero de sangre, apenas unas gotas que comenzaban a aparecer indicándome el camino que debía seguir. Continué siguiendo al rastro de sangre hasta que llegué a una de las habitaciones, allí estaban todos. Melinda, Eric, Cooper y Patrick, vestidos de un absoluto negro, rodeaban en un círculo a algo.
Me entró la curiosidad, me acerqué a ellos para ver que estaban haciendo y que ocultaban tras aquellos trajes oscuros. Quise preguntarles, obtener respuestas pero al mismo tiempo ellos me miraron a mí. Sus miradas estaban cargadas de odio y de repugnancia.
  -Monstruo.- exclamó Melinda, cuyos ojos verdes plagados de aversión hacia mí se veían tapados por un velo de rejilla negra.
  -Engendro.- me insultó Cooper mientras me escupía a la cara.
  -Aberración.- terminó Eric golpeándome con fuerza en el carrillo.
Todos me odiaban, me despreciaban cruelmente. ¿Por qué? Yo no había hecho nada malo. Quise gritarles que era inocentemente, que se habían equivocado de persona porque yo jamás les haría nada, pero algo me lo impidió.
En ese momento todos se apartaron y dejaron ver lo que habían estado custodiando, era un cuerpo. Su piel estaba pálida y tersa, hasta sus labios estaban resecos y blancos como la cal, los cabellos morenos estaban sucios y llenos de grasa, pero lo peor fueron sus ojos, unos ojos faltos de vida, huecos. Alexia estaba muerta.
Una mano apretó mi hombro en aquellos momentos, era Patrick, él no se había alejado de mí como los demás. Le miré con lágrimas en los ojos, una sonrisa de maldad y diversión teñía su cara. ¿Cómo podía estar feliz si Alexia había muerto?
  -Asesina.- me dijo entre risas.
Entonces caí en la cuenta, miré todo mi cuerpo, estaba salpicado de sangre y yo era la que había provocado el reguero de sangre, la sangre de Alexia.
  -Tú la asesinaste.

Solté un alarido de dolor incontenible, grité todo lo que pude hasta que me desahogué del todo. Estaba temblando incontroladamente, no podía parar, los dientes me castañeaban de frío pero yo no lo sentía, había un calor abrasador dentro de mí que me quemaba por dentro.
  -Cati, ¿qué te ocurre?- oí decir a una melodiosa voz. 
No podía ser él, ahora no, no podía verme así. Cerré los ojos con más fuerza, viendo puntitos anaranjados en la negrura, y deseé con todas mis fuerzas que se fuera, que no estuviera a mi lado viéndome en este estado.
Una mano fría recorrió mi frente, echándome el pelo sudado hacia atrás. En cierto modo agradecí la frialdad de su cuerpo en aquellos momentos, pero poco podía hacer frente a lo que me abrasaba por dentro.
  -Estoy bien, tranquilo, no me pasa nada.- le dije en un susurro con tal de tranquilizarle y que se marchara.
Pero no lo hizo, se quedó a mi lado, esperando pacientemente a que me recuperase. Podía oír su respiración en mi nuca, su olor que me nubló la mente, sus ojos grises puestos en mi cuerpo, y me mareé aún más, si lo que quería era ayudar no lo estaba consiguiendo.
Estuvimos unos minutos más así, en silencio, mientras intentaba dominar mi interior y él me pasaba sus manos por la frente, apartándome el pelo de la cara. Finalmente me erguí y abrí los ojos, acostumbrándome a la tenue luz del día y respirando hondo para seguir relajándome, ya casi lo había logrado. Le miré a la cara, su rostro parecía expresar una preocupación inminente que hizo ruborizarme.
  -Hoy...- intenté decir algo para que no se inquietase más. Resoplé para poder rehacer la frase.- Apenas he dormido y esta mañana no he desayunado, no es nada grave.
Y no le mentía del todo, había dormido un máximo de tres horas y ni siquiera había probado el desayuno al amanecer. Aunque sabía de sobra que no me había mareado por esas causas estaba segura de que sí incidirían en la tendencia al mareo.
Nathan no pareció quedarse tranquilo del todo. Abrió la boca para decir algo pero al final acabó cerrándola sin decir nada. Intenté incorporarme de nuevo, con la enérgica mano de Nathan sujetándome el antebrazo, y noté como un montón de puntitos cegaban mi visión haciéndome perder el equilibrio. Nathan me agarró fuertemente, impidiendo que mi cara y el suelo se encontrasen, y me pasó un brazo por la cintura para tenerme bien sujeta y no me cayese.
  -Será mejor que te acompañe hasta tu cuarto.
No intenté contradecirle, estaba demasiado cansada, por lo que me limité a apoyar mi cabeza contra su pecho y dejarme llevar hasta mi habitación.
Escasamente fui consciente del recorrido que hicimos los dos juntos o de cómo consiguió encontrar mi dormitorio, cuando verdaderamente me quise dar cuenta ya estaba tendida en el lecho. Nathan estaba a mi lado, de pie junto a la cama, apoyado contra la pared y mirándome.
  -¿Te quedarás?
Difícilmente era sabedora de todas las secuelas que supondría el hecho de que aceptara mi invitación o meramente la misma proposición de ésta, pero en aquellos momentos solo quería que estuviese a mi lado.
  -Necesito que alguien vigile la puerta para que no me pillen saltándome las clases...- bromeé riéndome a duras penas.
Él también se rió.
  -Solo si tú quieres que lo haga.
Le miré a los ojos, parecían tan apesadumbrados. Me limité a asentirle para después cerrar los ojos.
Sentí como el colchón se hundía levemente a mi lado, como unas piernas se entrelazaban entre las mías, unos brazos me rodeaban haciéndome sentir segura. Descansé mi cabeza sobre su torso, hundiéndome entre sus ropas y Nathan me dio un beso en la frente. Entonces, pude dormir tranquila.

miércoles, 28 de julio de 2010

7. Necesidades

Paseé mis dedos sobre los lomos sobresalientes de las estanterías de la biblioteca, andando y observando atentamente preparada para encontrar los volúmenes que buscaba.
Kenilworh, como no, poseía una de las mayores bibliotecas universitarias del mundo, en la que la selección de sus libros iba de la más objetiva y profesional categoría de ciencias hasta la más recóndita burda al entretenimiento mundano. La biblioteca contaba con más de veinte millones de libros, dispuestos en las gigantescas estanterías de madera tallada que ocupaban la sala y hacían asemejarla a un laberinto. Además, se contaba con un piso superior, con vistas a todas las estanterías inferiores, en el que habían pequeños escritorios individuales y colectivos, para proporcionar a los estudiantes la oportunidad de disfrutar del silencio y el estudio.
Saqué un libro pequeño cuyas duras tapas de plástico aparente lucían un horroroso verde pistacho, su título, letrado en una esmerada caligrafía eduardiana que sobresalía por su inconfundible matiz dorado, rezaba la famosa obra El sueño de una noche de verano. Abrí el libro, rocé con cuidado las páginas amarillentas y desgastadas que componían aquel ejemplar.
  -Cati.- me susurró una voz con un fuerte acento alemán a mi lado. Me giré y le dediqué una sonrisa a mi compañera de laboratorio.- Yo me voy ya, ¿vale?
  -Adiós Kora. Nos vemos mañana.- me despedí en voz baja.
Kora me sonrió alegremente y fue alejándose con dos grandes libros negros bajo sus brazos. Miré hipnotizada como sus perfectos rizos rubios rebotaban encantadoramente sobre una esbelta figura de bailarina de ballet. ¿Por qué todos en aquella escuela eran tan perfectos? Desde luego el Sr. Gray no me había fichado en Kenilworth por mi exterior o mis dotes deportivos, eso estaba más que claro.
Cogí definitivamente el libro y subí las escaleras para sentarme en la mesa que habíamos dispuesto para estudiar. Alexia aún seguía cabizbaja sobre su cuaderno de apuntes, escribiendo a una velocidad asombrosa y moviendo los labios para articular cada palabra que memorizaba, tal y como la había dejado cuando me fue a inspeccionar la biblioteca. Me senté cuidadosamente en una de las tres sillas y empecé a guardar los libros de texto en mi bolsa de tela granate. Alexia me miró entonces, sopló sobre uno de los largos mechones de pelo morenos que se había posado sobre su nariz y me dedicó una amable sonrisa.
  -Kora ya se ha ido.- me dijo en voz baja.
  -Lo sé, ha venido a despedirse.
Alexia soltó el bolígrafo e inició una ronda de estiramientos articulares en sus agarrotadas muñecas.
  -¿Nos vamos?- preguntó mientras cerraba sus cuaderno.- ¿O pasamos la noche aquí?
¿La noche? ¿Tan tarde era? Hacia escasos minutos que había bajado a ojear el repertorio literario que tenía la biblioteca, era imposible que hubiese anochecido en tan poco tiempo. Kora, Alexia y yo habíamos quedado para estudiar en la biblioteca hacía dos horas y media, tiempo después del que me dediqué un espacio personal bien merecido tras una tanda de ejercicios.
Asentí demasiado tarde, ya que Alexia había sido más rápida y se encaminaba al tramo de escaleras que llevaban a la salida del edificio complementario de la universidad. Tras dos tropiezos limpios durante el trayecto, y en los que el bibliotecario me ordenó un estricto silencio absoluto, pudimos ver el exterior.
Alexia no se había equivocado cuando me había propuesto la opción de hacer camping en la biblioteca, una luna llena en el cielo empezaba a asomarse entre el rosado atardecer. Me puse de inmediato la chaqueta, subiéndome la cremallera al máximo y frotando fuertemente mis brazos para entrar en calor. El frío estaba presente en el ambiente y las enérgicas brisas heladas mecían las ramas de los árboles del campus, que se doblaban amenazantes por caer de un momento a otro.
Caminamos por el caminito que había dispuesto Kenilworth para los universitarios, apretando con fuerza el libro verde contra mi pecho mientras el viento silbaba contra mi cara, alborotando todos mis cabellos alrededor de mi rostro, despeinándome completamente. Miré a Alexia, ella caminaba con un porte distinguido ante las adversidades, como si el mal temporal no la afectase a ella ni a su eminencia.
Traspasamos las puertas de la sala común, un pequeño edificio situado en medio de los torreones que contenían los dormitorios y que conectaban con ellos a través de alargados pasillos de piedra maciza. El color granate, presente en casi todas partes de la academia, vestía los tapices de las paredes y las enormes butacas y sofás que se dispersaban en los alrededores de una gran chimenea.
La sala estaba abarrotada, los estudiantes, cansados de encerrarse en las habitaciones y sin poder salir a fuera, se habían reunido en los pocos lugares en los que se podían ver, es decir, reduciendo la lista a los dos únicos lugares que eran la biblioteca y la sala común, y la gente se inclinaba más a pasar su tiempo libre en un lugar en el que pudieran entablar una conversación con sus compañeros.
  -Vamos, te invito a un chocolate.- me animó Alexia.
Nos dirigimos a las máquinas y pronto tuvimos entre nuestras manos un vaso de plástico recalentado por un espeso chocolate. Ni siquiera me molesté en soplar para que amainara el vapor que emanaba del vaso, me lo llevé a la boca ansiosamente y bebí un trago, ignoré el hecho de que más tarde me saldrían llagas por haberme quemado, ahora si que estaba realmente caliente. Sonreí a Alexia, que había sido más prudente y bebía pequeños sorbos del cacao.
Entonces una nerviosa risa aguda se distinguió entre la algarabía de la sala y me giré hacia las butacas de la izquierda, viendo como Melinda se desternillaba de risa sobre el regazo de Eric que también se reía alegremente. A su lado, Cooper se sentaba en la alfombra persa de tonos marrones que tapaba el parqué del suelo y se dirigía a otro chico de pelo broncíneo que estaba sentado en el sofá de enfrente.
Sentí cómo una mano invisible presionaba contra mi pecho dejándome sin aire en los pulmones. ¿Podría ser? ¿Se habría atrevido a venir? Las piernas me flaquearon cuando mi mente me dio una afirmativa inminente.
  -Alexia será mejor que...
Pero no tuve tiempo de evadirla, Alexia ya se acercaba meneando su largo cabello hacia ellos y se sentaba junto al nuevo chico después de haberle dado dos besos en las mejillas. Vi como Alexia decía algo que a Cooper le hizo carcajear con grandes estruendos, luego me señalaba con el dedo índice y Melinda me miró. Con una mano, en la que se distinguía una manicura de un color rojo sangre, me invitó a acercarme a ellos con una sonrisa pícara con la cara.
Me entró el pánico, pude notar como el vaso de chocolate empezaba a resbalarse de entre mis manos sudadas, respiraba agitadamente y me daban pinchazos en el estómago. No podía acercarme a ellos, tenía que evitarles a toda costa. Mi mente comenzó rápidamente a buscar excusas convincentes con las que socorrerme, pero no trabajó con suficiente premura pues Melinda, al parecer aburrida por no tener otra diversión que arrastrarme hacia ellos y disfrutar de mi sufrimiento, me cogió del brazo como ya lo había hecho en otras ocasiones y caminó conmigo.
  -Ohh... Es que la chica es muy tímida...- se lamentó irónicamente entre risas.
Cooper palmeó exageradamente un sitio de la alfombra junto a él y Melinda me arrojó a sus brazos con una brutalidad mientras volvía a recuperar su asiento encima de Eric. Cooper me paró como pudo y me ayudó a sentarme a su lado.
  -Bueno, creo que no conoces a Cati. Es nueva.- comentó Eric provocando la risa de Melinda.
Miré el rostro de Nathan, haciéndome recibir una dolorosa patada en el estómago, tenía mejor aspecto que el día que le vi en el parque. Su pelo había parecido empezar a recuperar su antiguo color de bronce y la incipiente barba que había cubierto sus cutis aquel día había desaparecido completamente.
Nathan, que había estado riendo todo el tiempo que le había visto en aquella sala, se puso serio y calló repentinamente. Pude apreciar un momento de tensión entre el grupo en el que todos estaban pendientes de la contestación de Nathan, incluida yo. Entonces mostró una preciosa sonrisa torcida (mi preferida) y calmó el ambiente.
  -En realidad ya nos conocíamos.- dijo con voz melodiosa y tranquila.
Sentí como un jarro de agua fría me congelaba por completo. Nathan en cambio permaneció impasible, como si lo que hubiera dicho no tuviera repercusiones sobre nadie. Ni siquiera se dignó a mirarme, era como si evitara mirarme a los ojos. De cualquier modo noté como la sangre subía hacia mis mejillas, ruborizándome.
  -¿Sí? ¿De qué?- preguntó Alexia con voz de niña pequeña inocente, aunque no me gustó nada el tono en el que se mostró ante él.
Nathan se rió afablemente, intentando ser cortés con todo el mundo.
  -Tuvimos la ocasión de que nos presentaran en Nueva York.
Se produjo otro momento de silencio en el que no me pasó desapercibido el gesto de Alexia al rozar una de sus piernas contra la de Nathan. Solo el alarido de Melinda lo rompió.
  -¡Guauuu! ¡Es increíble!- exclamó mientras saltaba de alegría.- No me lo habías contado, Cati.- me dijo actuando como mi cómplice al mismo tiempo que me guiñaba un ojo.
  -Lo siento. No sé cómo has podido vivir sin saber eso todo este tiempo...- le dije con voz queda.
Melinda se rió otra vez, contenta por haberme picado, e ignoró mi contestación. Estaba segura de que a partir de ahora sacaría el tema cada vez que pudiera. Cooper se estiró a mi lado y se inclinó hacia atrás apoyándose con las manos en el suelo.
Tras asegurarme de que el ruborizado de mis pómulos ya había desaparecido volví a mirar a Nathan, su cuello prominente y musculoso daba lugar a un torso tapado por una camiseta negra de lycra en la que se le marcaban los brazos y resaltaba sobre su nívea piel.
Una chillona y cursi risa nueva me sacó de mis pensamientos, miré hacia Alexia, quien se había recostado sobre el sofá y hablaba animadamente con Nathan de algo. Alexia, que siempre había parecido la más sensata y culta del grupo, pestañeaba exagerada y coquetamente en estos momentos y dejaba caer "accidentalmente" sus largos cabellos sobre los hombros de Nathan.
Había visto muchas veces a otras mujeres en los brazos de Nathan, y realmente no me importaba, podía ser cualquiera. Pero la sola idea de que sus finos dedos tocaron su pelo y su torso, sus carnosos labios rozasen los de él o simplemente que sus rojizos ojos ocultasen ansias sobre su cuerpo; me abrumó por completo. El punto culminante se produjo cuando una de las manos de Alexia se posó sobre los muslos de él, eso fue ir demasiado lejos. La fortaleza con la que me había defendido todo este tiempo y de la que había sacado el valor suficiente para estar a su lado se derrumbó instantáneamente y vi como las sombras, los malos presentimientos y todos aquellos sentimientos de los que me había estado intentando esconder se abalanzaban sobre mí y me devoraban.
Me levanté rápidamente del suelo, dejé el vaso de chocolate ya frío sobre la alfombra y corrí hacia el pasillo que me condujese al torreón de las chicas sin dar explicaciones a nadie, no tenía por qué hacerlo. Tras darme más de un puntapié con algunas armaduras medievales decorativas me di cuenta de que no debía correr sin luz ya que eran pocas las probabilidades de conseguir atravesar el tramo sin un tropiezo más.
Entonces oí unos ruidos y una respiración acompasada a mis espaldas. Todavía agitada por la repentina carrera que había realizado me giré lentamente hacia atrás. Su rostro nunca había estado más hermoso que ahora, iluminado por un plateado haz de luna que se filtraba por una de las ventanas que incidía directamente en sus grisáceos ojos que despuntaban destellos a distancia. Escuché como vergonzosamente mi respiración aceleraba más, costándome respirar por momentos. No pude volverle a contemplar, Nathan apareció raudo frente a mí. Rápidamente sus brazos rodearon mi cintura, apretándome contra su cuerpo, obligándome a embriagarme de ese perfume suyo tan característico y que me hizo delirar, pero tenía que ser fuerte durante unos minutos más, solo pedía un limitado margen de tiempo.
  -¿Qué estás haciendo aquí?- pude murmurarle, aunque no tanto con el tono acusador que me hubiese gustado que adoptara mi voz.- ¿Qué haces en Kenilworth?- le volví a repetir casi sin sentido.
Sus labios pararon de removerse por entre mis cabellos, titubeantes de si contestar o seguir.
  -Te necesito.- me susurró con dulzura y cariño.
Sus palabras fueron lo único que resonaban en mi cabeza, solo aquellos dos vocablos que se imponían con firmeza sobre la cordura de mi mente. Me necesitaba y yo le necesitaba a él.
Nos fundimos en ese abrazo eterno, sin sentido alguno, durante lo que me parecieron milenios. Sus manos me tocaban con delicadeza, como estuviera hecha de porcelana y en cualquier momento podría llegar a romperme, no era nada comparado con las ansias que yo procuraba ocultar en cada uno de mis movimientos.
  -Vete...- articulé a duras penas.- Nathan, vete.
Anteponiéndome a mis deseos de seguir sobre su pecho marmóreo y quedarme con él me retiré débilmente y golpeé mis puños suavemente contra sus hombros.
  -Vete.- le repetí.- Ya, ahora mismo.
Vi como sus suspiros plagados de tristeza me mataban, pero debía de seguir manteniendo mi autocontrol. Sus brazos no deshicieron el lazo del que yo quería librarme cuanto antes, antes de que volviese a decaer en su hechizo.
Entonces vi sus ojos de cerca, tan brillantes como los había podido admirar antes gracias al efecto de la luna y ahora estaban faltos de vida, apagados por completo, esa había sido la razón por la que en la sala común no se había atrevido a mirarme. Unas lágrimas asomaron por entre mis ojos, empeñando la visión tan cerca que tenía de su rostro. Me desaté de sus brazos a la fuerza, alejándome lo que pude de él.
  -Cati, por favor.- me suplicó ardientemente.
  -No, no, no...- comencé a gritar, perdiendo los estribos.- No.- esta vez también negué con la cabeza.
Él me cogió de la mano, cubriéndome de caricias y mimos de nuevo.
  -Por favor...
  -¡Déjame en paz!- le vociferé.
Le aparté otra vez y empecé a correr por todo el pasillo, y tras caerme por las escaleras, allí tirada sobre las tortuosas escaleras de caracol del torreón, me derrumbé entre sollozos.
"Te necesito", volvió a insistir la dulce voz de Nathan en mi cabeza.
  -Le necesito.- dije saboreando las amargas lágrimas de mis ojos.

lunes, 26 de julio de 2010

6. Pesadillas

El humo negro que lamía las paredes insaciable ascendía cada vez más deprisa, inundaba la habitación y oscurecía las luminosas y parpadeantes luces que se filtraban por la ventana y, en otros momentos, hubieran ofrecido un majestuoso espectáculo de la ciudad. Pronto el humo se hubo colado en mi ropa, traspasando las finas gasas de mi camisón, impregnándose en mi piel. 
No lograba ver más allá de las grandes lenguas de fuego, crueles y despiadadas, que devoraban con ansias todo mi alrededor y amenazaban con arrojarse sobre mí. Tosí incontroladamente al ir oliendo con más claridad el horroroso olor a carbonizado que embriagaba el ambiente.
Intenté caminar de un lado a otro, buscando una salida de ese infierno personal, pero cada paso que daba era una tortura, un dolor insoportable, en poco tiempo dejé de sentir mis pies. Miré hacia abajo y pude sentir como el miedo se apoderaba de mí por completo, mis piernas estaban ennegrecidas por grandes ronchas oscuras pero eso no fue lo que verdaderamente captó mi atención, sino el enorme charco de sangre que había a mis pies y sobre el que chapoteaba. El suelo estaba cubierto de cristales rotos, que accidentalemente se habían incrustado salvajemente en mi piel, desgarrando los músculos y dejando entrever alargadas cicatrices rosadas.
Dejé de escuchar la cordura de mi mente que me obligaba a mantener el control, jadeé sin poder contener el pavor que me infundía toda aquella situación y, haciendo caso omiso al impugnable dolor de mis extremidades, corrí con todas las fuerzas que me quedaban. Entonces llegué a lo que debería haber sido el pasillo de la casa, cerca de allí debería de haber una puerta que me condujese al exterior, me dispuse a continuar mi búsqueda, con el corazón latiendo a gran velocidad siendo el único sonido acompasado que había en ese lugar, pero algo me lo impidió. Allí, colgado en una de las paredes carcomidas por el fuego, estaba el cristal de un espejo que reflejaba una imagen aterradora. Mi corta cabellera morena se hallaba quemada irregularmente, en algunos sitios los mechones de pelo apenas se encontraban a escasos milímetros del cráneo y otro se encontraban a diferentes alturas de mi cara, el camisón, que en otros tiempos había lucido un virginal blanco roto, estaba hecho jirones, los agujeros que presentaba en la zona de las costillas casi parecían arañazos de zarpas gigantescas y uno de los tirantes se deslizaba grácilmente sobre mi negro hombro, pero eso no fue lo que me hizo detenerme, sino mi cara. Me acerqué aún más para poder ver mejor, mi rostro se había visto sustituido por el de un engendro, un engendro de cara demacrada por el fuego, débiles orificios nasales y piel apergaminada y descompuesta...
Yo era un monstruo.

Me desperté entre gritos, con la garganta amedrentada y seca de la que lo que salía de ella difícilmente podría considerarse en la categoría de gritos sino más bien de sonidos inexpugnables. Las sábanas, arrugadas y retorcidas a lo largo y ancho del colchón, se enredaban a través de mis piernas y brazos. Noté como un asqueroso sudor frío recorría todo mi cuerpo, la camiseta extra-grande agujereada que usaba como pijama se adhería a mi piel empapándose.
Me senté en la cama, todavía respirando agitadamente, y puse la cabeza entre las piernas mientras me mordía una de las manos fuertemente para no gritar más.
Había tenido una pesadilla, después de semanas soñando con la más grata oscuridad ahora me veía envuelta todas las noches de horribles pesadillas, la etapa de los sueños había empezado ya. El sueño aún era vívido, podía notar como las llamas seguían abrasándome la piel y el humo se infiltraba por mi nariz haciéndome toser y convulsionar. Recordé el charco de sangre a mis pies, los cristales atravesándome y aquel rostro demacrado, mi repulsivo rostro.
Apenas tuve tiempo de saltar de la cama rápidamente hacia el cuarto de baño de mi habitación, abrí la tapa del váter con manos temblorosas y vomité antes de que me hubiera dado tiempo de agarrarme el pelo para no mancharme.

No sé cuanto tiempo estuve abrazando los bordes del retrete pero para cuando me quise dar cuenta unos anaranjados rayos de sol se colaban por el baño. Me quedé unos minutos más allí tirada, buscando las fuerzas necesarias para levantarme, y luego comencé a desnudarme para meterme en la ducha. No hice amagos de abrir el grifo del agua caliente, dejé que los fríos chorros de agua se deslizasen por mi cuerpo para despertarme y quitarme el mal sabor de boca. Cuando salí del plato de ducha y me hube rodeado de un cómodo albornoz y me dirigí al espejo.
Esa era yo, quizá con dos ojeras más marcadas y moradas, un poco más pálida de lo habitual (algo realmente asombroso) y los labios amoratados por el agua fría, pero seguía siendo yo, ningún monstruo.
Me pasé la mano por el pelo mojado en un intento de peinármelo hacia atrás y me dispuse a vestirme. Ni siquiera me fijé en la ropa que cogía, me puse lo primero que pillé, daba igual que no conjuntara, y salí de la habitación con un abrigo en la mano.
No iba a ningún sitio, no sabía adonde, solo quería alejarme de mi habitación, mantener grandes distancias con el lecho en el que había tenido aquella horrible pesadilla. Caminé, algo grogui debido a la mala noche que había pasado, por el césped del campus. Aún no había nadie por los alrededores, era demasiado pronto para tratarse de un domingo en la universidad, la gente había salido el sábado por la noche y era normal que se levantaran tarde. Respiré hondo, dejando entrar el sabroso aire matutino plagado de humedad que ofrecía Peninton a los madrugadores, era muy distinto de ese execrable olor a quemado que había permanecido en mis pulmones todo este tiempo.
Sin darme cuenta ya había salido de Kenilworth y caminaba por la carretera, en la que a ambos lados se cernía el bosque. Sin ninguna oferta mejor de evitar la ciudad me adentré en el bosque siguiendo uno de los senderos naturales que ofrecía.
El canto de los pájaros bañaba el aire y el sol recién salido iluminaba el color verde amarillento de los árboles que éstos conferían al ambiente. Oí cómo el paso de mis deportivas hacía crujir las hojas que el otoño había dejado caer al suelo. Me limité a caminar y empaparme de todo aquello que la naturaleza me permitía.
En poco tiempo el camino empezó a estrecharse, obligándome a empezar a apartar las ramas de los árboles para continuar hasta que finalmente llegué a un claro donde la continuación del lago del parque de Peninton, o eso supuse ya que no tenía conocimientos de otros ríos que pasasen por aquí, se extendía en un riachuelo de aguas rápidas.
Entonces escuché un ruido, instintivamente giré la cabeza hacia su punto de origen, quizá demasiado rápido ya que oí el crujido de mis huesos, pero no vi a nadie. Aminoré el sonido de mi respiración, aguzando el oído al máximo, y me quedé lo más quieta que pude. Otra vez, el mismo ruido pero esta vez más cerca. Oí cómo mi corazón palpitaba cada vez más rápido, cargando la atmósfera de una adrenalina incontenible. Más cerca, cada vez más, el ruido era ya totalmente audible a cualquier persona, no podía tratarse de imaginaciones mías. Se produjo un movimiento entre las ramas de mis espaldas que me hizo girar sobre mis talones.
  -¿Nathan?
Tras aquellas hojas verdes no apareció el ansiado color grisáceo de unos ojos que me escrutaban con la mirada haciéndome temblar, sino un llamativo pelo pelirrojo que resaltaba entre el color esmeralda.
  -¿Te he asustado?- preguntó Patrick con una sonrisa en los labios que hizo ensanchar todas sus pecas. No me molesté en contestarle pero el chico pelirrojo se acercó más a mí.- Oh, vaya... ¿esperabas a otra persona?- dijo juguetonamente.
Meneé la cabeza a ambos lados en una rotunda negativa que a Patrick le hizo reír con diversión en los ojos. Se fue aproximando hacia mí, quedando en frente mía.
  -Tienes mala cara...- me susurró al mismo tiempo que posaba su mano derecha en mi mejilla y acariciaba con el dedo pulgar las ronchas moradas que tenía bajo mis ojos.
Automáticamente me aparté del contacto con su piel, contacto que me había producido un escalofrío por toda la espalda.
  -He... he pasado mala noche.- repliqué bajando la mirada para evitar mirarle a los ojos.- ¿Qué haces aquí?- dije reafirmándome.
Patrick volvió a reírse y dio un paso más al frente obligándome a dar otro hacia atrás para mantener las distancias acordadas.
  -He salido a dar un paseo. Es por la mañana cuando más tranquilo está el bosque.
Le sonreí nerviosamente sin saber que decir o hacer, él me la devolvió con cierto toque de picardía que me puso los pelos de punta.
  -¿Volvemos a Kenilworth?- comentó inocentemente.
"Ohh, vamos... ¿De qué tienes miedo, Cati? ¡Es Patrick, le conoces!", quiso decir una voz interna en algún lugar dentro de mí.
Miré de nuevo a aquel rostro pecoso que pretendía infundir confianza. Finalmente asentí y comenzamos a caminar el sendero de vuelta a la academia.
Puede que fuese un conocido, pero algo malo se cernía sobre mi pecho las pocas veces que había estado a su lado. Era como si algo malo presintiese, pero extrañamente todo desaparecía con una sonrisa suya o una íntima mirada a los ojos.
Sin embargo, no pude evitar sentir otro escalofrío cuando su brazo me rodeó hasta posarse amistosamente sobre mi hombro.

domingo, 25 de julio de 2010

5. Ciclos interminables

  -Cati, ¿estás ahí?
Tardé medio minuto en apreciar que era a mí a quien se dirigía Alexia, sus ojos, matizados en varios tonos rojizos que conjuntaban con la rebeca del uniforme, se habían ocultado parcialmente bajo unas negras gafas de pasta que se habían deslizado débilmente por su aguileña nariz que me apuntaba acusadora en aquel instante.
Aparté la vista del conjunto de briznas de hierba que se habían convertido en mi punto muerto y fijé mi mirada en el libro abierto que apoyaba sobre mis muslos en los que empezaba a notar la visible marca de sus gruesas tapas, pero no llegaba a descifrar más allá de un cuadro de letras borrosas de las que me resultaba imposible adjudicar un significado simbólico.
  -Cati, dime-cual-es-la-fecha-de-muerte-de-Eduardo-II.- deletreó Alexia con admirable paciencia.
Sabía que Alexia me estaba hablando y que debía contestarle, pero todo lo que decía carecía de importancia para mí. No podía apartar la vista de las embelesadoras y aturdidoras serpentinas que creaban las letras en el libro que rodeaba con mis manos.
  -¿Dinastía de los Plantagenêt?- oí como preguntaba la voz de Melinda, situada a mi otro extremo.
Alexia debió de asentir porque no pude escuchar la afirmación que debería de haber dado a su amiga, o simplemente no la había oído, tampoco me extrañaba tanto la otra opción.
Oí cómo rechinaban los dientes de Cooper, el chico rubio de azulados ojos que más tarde había descubierto que se trataba del hermano gemelo de Eric, estaba segura de que se moría de ganas por contestar la pregunta y que para ello estaba llevando una difícil práctica de autocontrol.
Nada, esa era la palabra más precisa que describía mi fuero interno en aquellos momentos, la nada. Deducía que me encontraba en el campus, que sentados conmigo había cinco personas más entablando una conversación, que en la academía Kenilworth había vida y movimiento, que las nubes se desplazaban elegantemente sobre un grisáceo cielo y que el viento soplaba por mi cuello erizándome el vello. Pero yo no sentía nada de eso, el mundo se había parado milagrosamente escapando de las peligrosas y mortales arenas del reloj, paralizando cada grano, el viento no existía, no rozaba mi piel haciéndome saber que la Tierra estaba viva.
La aguda voz de Steph aún resonaba en mis oídos, una y otra vez, vocalizando cada palabra mencionada en la conversación del último día, como una penitencia incumplida.
  "-¿Steph?- pudieron articular mis labios temblorosamente.
  -Cati, ¿eres tú?- la voz de Steph sonó al otro lado del auricular algo somnolienta.- Dios Santo, ¡Cati son las tres de la madrugada!- esta vez sonó mucho más firme.
No pude contenerme más, me derrumbé en aquel preciso instante, había añorado tanto la voz de mi querida amiga... La bola de fuego que me había estado abrasando el pecho todo aquel tiempo rompió con facilidad las barreras que la contenían subiendo hasta mis ojos en forma de vivas lágrimas que dibujaron el contorno de mis pómulos, humedeciendo en pocos segundos todo mi rostro.
Mi amiga notó los sollozos que yo tanto ansiaba ocultar y aplacó su enfado.
  -Cielo, ¿qué ocurre?- preguntó disfrazando el tono de su voz con una dulzura artificial de la que pude desenmascarar a una presente preocupación.- ¿Qué te ha pasado?- susurró con más urgencia.
  -Nos hemos visto...-pude balbucear entre lágrimas.- Me ha encontrado, no sé cómo lo ha hecho pero me ha encontrado...
Con cada palabra que le decía más sollozos se acumulaban en mi garganta impidiéndome explicarme con claridad.
  -¿Quién? ¿Quién te ha encontrado?- dijo Steph esta vez alzando notoriamente el tono de voz.
Después de casi tres meses seguía sin poder decir su nombre, era incapaz de nombrarle sin que algo dentro de mí se moviera y me hiciese palpitar aceleradamente el corazón cuando deletreaba cada sílaba de aquel sonido tan maravilloso que producía el decir su nombre.
Me aovillé más de lo que estaba ya entre las sábanas de mi cama y cerré los ojos fuertemente haciendo caer unas cuantas gotas más.
  -Nathan.- murmuré entre ahogos.
Se produjo entonces un inminente silencio al otro lado de la línea, durante el que a medida que el tiempo pasaba me preguntaba si mi amiga me había colgado tomándome definitivamente como demente. Pero logré oír su voz.
  -Voy a ir.- dijo final y secante.
  -¿A dónde vas?- pregunté agarrando con más fuerza el teléfono por si no había oído bien.
  -Allí, contigo. Déjame unos minutos que encuentre el primer vuelo a Londres que se me presente en Internet y mañana al amanecer estaré allí.
Me incorporé en la cama, secándome las lágrimas de la cara y medio riéndome por la situación.
  -Steph, es jueves, mañana tienes instituto.- razoné.
Hubo otro momento de silencio en la conversación en la que pude distinguir la acompasada respiración de mi amiga al otro lado de la línea.
  -Diré que estoy enferma, soy una alumna ejemplar, el director se lo creerá.- me rebatió con un tono más animado.
  -Muy bien, entonces espera a ver que me entere: piensas coger un avión a las cuatro de la mañana, en el hipotético caso de que tu madre por alguna disparatada razón te deje cruzar el Océano Atlántico saltándote las clases, venir hasta Peninton conmigo y echar a...- respiré hondo evitando evocar su presencia.- y echarle. Mi pregunta es la siguiente: ¿dónde narices vas a pasar la noche?
Oí la contagiosa risa de mi compañera en el auricular y, asombrosamente, me uní a ella.
  -Cati, Cati, Cati... ¿Cuando vas a aprender que existen los albergues juveniles?- bromeó entre risas.
Steph carcajeó fuertemente provocándome aquel extraño estado en el que nos sumimos cuando acabamos de llorar y no sabemos si seguir llorando o reírse estúpidamente. Tras unos minutos más o menos felices de risas tuve que hacerla recapacitar.
  -No lo hagas, Steph.- le supliqué aún con una húmeda sonrisa en la cara.
  -Vale...- aceptó todavía riéndose.- Pero al menos te he animado, ¿no?
  -Por supuesto...- dije volviéndome a reír.- Siempre lo haces.
Ambas nos volvimos a sumergir entre resonantes carcajadas de risa provocada sin ningún motivo y que caracterizaba mejor a los borrachos que a dos adolescentes en una conversación telefónica. De todos modos me aferré al máximo a aquellos pocos minutos que duraría aquella sensación reconfortante que mi amiga me había proporcionado aquella noche, y de la que seguramente más tarde me arrepentiría ya que igualmente todos mis muros internos se derrumbarían en la oscuridad de la noche, pero no me preocupaba nada de eso mientras sentía la necesaría compañía de mi amiga."
Apenas había podido dormir la otra noche, podía sentir como una horrible noche de vueltas y enredos entre sábanas y mantas habían dejado mella sobre mi cuerpo, en cambio mi mente seguía tan alerta y absorta como se había quedado toda la noche.
¿Por qué había venido? ¿Por qué tenía siempre que encontrarme? Ya no me quedaban fuerzas suficientes para aguantar otro ciclo más, porque sabía de sobra que todo terminaría igual que las otras veces: él me encontraba, nos enamorábamos y finalmente, desgarrándome el alma cruelmente sin parar, ambos desaparecíamos; siempre había sido así. Nunca recapacitaba, era imposible actuar de otra manera y aprender de los errores, aunque luchase a vida o muerte más tarde acababa sucediendo otra vez.
Esta era la primera  vez que tardábamos tan poco tiempo en estar de nuevo juntos, tan solo habían pasado sobre tres meses y todo volvía a ocurrir, ininterrumpidamente, sin poder escapar de ello, como un tormento por toda la eternidad. Pero esta vez no pelearía más, ya estaba cansada de intentar que las cosas cambiasen, tan solo conseguiría hacer daño a las personas que más quería, como había logrado la última vez. No, no iba a combatir al destino, no me quedaba más remedio que aceptar y postrarme ante él.
  -1327.- constesté a la ya impaciente Alexia.- 21 de Septiembre de 1327, en el castillo de Berkeley.
Oí como Cooper soltaba un marcado resoplido y Alexia pasaba las hojas a gran velocidad para seguir repasando otros conceptos. Una pomposa gota de sangre color carmesí llamó mi atención por el precioso contraste que experimentaba con el arrugado y blanquecino papel del libro, seguí el recorrido de ésta cayendo en la cuenta de que se trataba de mi dedo índice que, presionando fuertemente contra una de las esquinas, había logrado hacerme sangrar. Me llevé el dedo a la boca saboreando el metálico y amargo sabor de la sangre que emanaba de la yema, ni siquiera me había inmutado ante el dolor.
En aquellos momentos no podía pensar en nada, el sueño que había tenido la noche anterior por primera vez en mucho tiempo, cruzaba mi mente impidiéndomelo.
Estaba en medio de un bosque, podría haber sido cualquier bosque pero este era especial, era el bosque de las afueras de Peninton, algo me lo decía dentro de mí a gritos. Los árboles me rodeaban, cubriendo un cielo encapotado del que apenas se veía algo.
"Corre".- me dije.
No tenía cuerpo, no conocía a nadie, no entendía nada; solo debía correr. Sabía que tenía que correr.
Empecé a correr como una posesa, sin siquiera molestarme en apartar las ramas que despiadadamente me arañaban el rostro, los brazos y las piernas desnudas. Algo me perseguía, notaba su presencia, y aceleré.
"Para".- oí como ordenaba mi voz de nuevo.
Y paré en seco, derrapando frente a un lago de turbias y oscuras aguas, pero no estaba sola. En frente estaba Nathan, su claro pelo broncíneo estaba mojado y caía como enredaderas sobre su piel pálida. No podía moverme, tan solo le devolvía la mirada a dos ojos negros como el tizón. Parpadeé varias veces, con el objetivo de seguir mirándole, pero ya no estaba en la orilla. Le busqué desesperada por volver a verle y de repente noté una respiración agitada detrás de mí, una mano blanca como la nieve y tan fría como ella rozó la piel de mis brazos haciéndome soltar un gemido de placer. Me rendí totalmente y no dominé mi autocontrol, me dejé caer entre sus brazos congelados y duros mientras él me obligaba a mirarle a la cara pudiendo contemplar sus perfectos rasgos. Nathan agarró fuertemente mi cabeza por la nuca causándome dolor y colocándola a escasos centímetros de la suya. Sus ojos negros me hipnotizaron por completo con un brillo místico.
  -Cati...- susurraron dulcemente sus labios entre mis cabellos. Noté como éstos se ensanchaban en una sonrisa.- Estás atrapada.

viernes, 23 de julio de 2010

4. Recuerdos presentes

Volví a alisar la falda del uniforme sin obtener ningún resultado complaciente, la falda a cuadros marrones que debían vestir obligatoriamente los alumnos de la academia Kenilworth, y que a todas las chicas, sin excepción alguna, parecía adaptarse totalmente a las curvas de sus cuerpos, flotando con gracia a su alrededor como si de seda se tratase no sugería el mismo efecto en mis delgadas caderas que parecían arrastrar un trozo de tela de estropajo.
Seguí andando por el sinuoso sendero de tierra que habían emplazado en medio del césped del campus, el cual aparentaba no suscitar el cometido que se le había asignado entre los estudiantes ya que éstos preferían andar sobre la hierba que, en ocasiones, resultaba algo húmeda para los zapatos de cuero nuevo y ocasionaban un molesto espectáculo en el mármol de las aulas de clase.
Kenilworth debía de ser muy selecto con los alumnos a los que escogía pero no había mucha diferencia entre los muchachos de aquella universidad a la de cualquier otra academia destinada a las familias más adineradas de país. Era innegable el nivel que se exigía debido a que era claramente superior a la de otros colegios pero también se debía considerar que el alumnado se hallaba compuesto por niños pijos que rara vez habrían pisado una instalación pública para la confinación de sus estudios (sin duda superiores a las edades correspondientes), ya que era de suponer que habían ido a las mejores instituciones para su educación y formación.
Al rato divisé el edificio, que en otro tiempo habría sido el torreón de un castillo gótico y había sido remodelado para ser habitado por adolescentes, y entré para ascender por las sinuosas y estrechas escaleras de piedra hasta los dormitorios. Abrí la enorme puerta de roble que aguardaba al final del pasillo y entré en lo que era mi nueva habitación.
El espacio era gigantesco en el ala este y, como compensación a subir cuatro pisos y traspasar un largo pasillo hasta mi dormitorio, era el mejor amueblado, o se suponía que debía serlo ya que aún no había visitado ninguna de las demás habitaciones. Tras tres peldaños de pura piedra, con los que se tenía que tener sumo cuidado para no tropezarse con ellos (comprobado y verificado por esta servidora), se encontraba a la parte izquierda un dosel acolchado por gruesos edredones granates y rodeado de finas gasas doradas. Al fondo se podía ver una vidriera en la que los coloridos cristales que deberían haberla vestido se veían sustituidos por una mundana cristalera transparente en la que a sus pies había una parte mullida en la que acomodarse.
Me dirigí a la parte derecha del dormitorio, justo donde se hallaba un bonito escritorio de madera tallada, dejé en la superficie los pesados libros de texto, después me quité la rojiza rebeca que lucía a un lado el estandarte de la academia Kenilworth y la tiré sin cuidado sobre la cama, sobre la que me eché agotada segundos más tarde.
Las palabras del profesor Fellon todavía seguían haciéndose eco en mi cabeza, recordándome una y otra vez como Oliver Cromwell, político y militar inglés, había sumido a Inglaterra bajo una inminente dictadura tras mandar ejecutar al legítimo rey. Repetí en voz alta las fechas y acontecimientos correspondientes de la época para alejar de mi mente otros pensamientos, ahora debía centrarme al máximo en los estudios.
Un golpeteo incansable en la puerta me sacó del ensimismamiento en el que me había sumergido. Me levanté con cierta curiosidad y confusión, ¿quién podría llamar a mi puerta? En pocas ocasiones había intercambiado breves saludos con mis compañeros por lo que me extrañó bastante que alguien viniese a verme o incluso que supiera donde estaba mi habitación.
Abrí la puerta dispuesta a oír las lamentaciones de la persona que había golpeado mi puerta por haberse equivocado de dormitorio, ante mí se presentó una chica, algo más baja que yo, de pelo corto y alborotado que exhibía un refulgente color rubio casi tirando al blanco y grandes ojos verdes. La chica me dedicó una brillante e inmaculada sonrisa y con un pequeño y gracioso brinco saltó los escalones y se adentró en mi habitación.
  -Vaya...-murmuró asombrada.- Bonito dormitorio.
  -Gracias.- agradecí desconcertada mientras volvía a cerrar la puerta y me dirigía a la chica que se acababa de colar.- Y tú eres...
  -Melinda.- dijo como si lo que acababa de hacer fuese lo más normal del mundo.- Y tú la nueva.
En mi vida me habían llamado de muchas formas pero nunca se me había asignado el mote de nueva, eso era algo benevolente tratándose de ellos, ¿no?
Volví a asegurarme de que el sitio donde me hallaba era una seria y venerable universidad de Londres y no un simple instituto.
  -Y puedo preguntarte por qué has venido.
La chica asintió con la cabeza haciendo mover con ella la bufanda de lana verde que llevaba puesta.
  -Estás en mi clase de Arquitectura. Los chicos quieren conocerte, como ya te he dicho antes, eres la nueva.
El tono informal con el que hablaba me estaba poniendo histérica, para ella todo lo que decía y hacía era actuar con normalidad a pesar del hecho de que la intrusión a la intimidad y la posible falta de cordura en aquella chica estaban penados.
Esperé a que reaccionara de algún modo, quizá irse de mi habitación, dejarme pasar tranquila estudiando una de las tardes de otoño con más aire o simplemente que comenzase a reírse de mí por haber picado en una de sus novatadas. Pero la chica se dedicó a permanecer de pie mirándome a los ojos.
  -¿A qué estás esperando? Vamos, vete a vestirte.- dijo haciendo aspavientos con las manos animándome a que actuara.- ¿Es que a ti te lo tienen que repetir todo? Los chicos quieren conocerte, están esperando ahí abajo, ¡vamos!
Abrí la boca en un intento de balbucear algo, aunque solo logré tartamudear algunas palabras incomprensibles y otra dosis de confusión. La tal Melinda empezó a empujarme hacia el armario empotrado de la pared, urgiéndome en que me cambiara el uniforme. Logré sacar unos viejos vaqueros y un jersey de cuello de cisne blanco y enfundármelos, en cuanto pasé la cabeza a través del cuello Melinda me agarró con fuerza el antebrazo y me arrastró hacia la puerta. Cogí la chaqueta gris de la silla en la que la había colgado y salí hacia el exterior entre empujones de urgencia por parte de Melinda. Llegué a la mitad del campus con varios golpes en las espinillas (tendría que ir comprándome calcetinos altos para disimular los moratones de los que estaba segura que saldrían) y el corte de circulación sanguínea en el brazo que me estiraba Melinda, y del que estaba segura que si persistía un poco más en su empeño podría desencajarme el hombro. Allí de pie en el césped había un grupo de chicos que perfectamente se podrían haber tomado por el estereotipo idóneo para la academia Kenilworth.
  -Sentimos haber tardado pero la nueva no sabía que ponerse.- replicó Melinda al llegar junto a los chicos y señalándome con el pulgar.
Melinda al fin me soltó y, por miedo a una lesión, articulé el brazo varias veces comprobando que no había nada roto. ¿De dónde sacaba tanta fuerza aquella personilla?
  -No importa, vámonos ya.- le contestó un chico alto pelirrojo.
Todos empezamos a caminar hacia la estación de autobuses. Iba la más retrasada del grupo, junto a Melinda, que por empatía a mi indudable secuestro caminaba a mi lado. El clan se componía de tres chicos, todos altos y atléticos, adjudicados al prototipo de típicos pijos, y dos chicas entre las que permanecía Melinda.
Permanecí callada durante el trayecto. Si por alguna alocada razón habían decidido incluirme en su pandilla era decisión suya, a mí me daba igual lo que hiciesen, lo único que me importaba realmente era que no me reconociesen. Al bajar del autobús rojo que nos había transportado a los seis descubrí a dónde nos dirigíamos, las gigantescas verjas del parque natural de Peninton se erguían con disposición, albergando en su interior un extenso y bonito bosque en cautividad, repleto de dispersos árboles y plantas florales que formaban parte de un puzzle que la madre naturaleza había creado para su diversión y súplica de admiración a los seres humanos.
Nos acercamos al inmenso lago que se distribuía a la derecha y remarcaba el plano creando una obra maestra del paisaje. Allí nos instalamos a expensas de la orilla que lamía los tenues movimientos sísmicos del agua, bajo el cobijo de un gran sauce llorón que extendía sus ramas dejándolas jugar con la superficie del agua creando hondas a su alrededor.
El muchacho pelirrojo que antes había tomado la palabra se tumbó sobre la fresca hierba disfrutando del escaso sol que se filtraba a través de las grisáceas nubes, sus mejillas, adornadas de múltiples y claras pecas, pronto empezaron a palidecer mientras el viento silbaba sobre su rostro. Los otros chicos, ambos rubios con marcadas greñas que aún no pasaban del desaliño sino que colgaban de sus frentes con marcado estilo, empezaron a bromear entre sí. Melinda sacó una lujosa PDA de sus pantalones y demostró la agilidad que contenían sus dedos al bailar alegremente sobre el teclado. Suspiré al ver que no iban a hacer nada interesante, ¿a aquello lo llamaban "conocer a la nueva"? Me senté al lado de la otra chica de largo y liso cabello moreno que abrazaba sus piernas y apoyaba su mentón sobre las rodillas.
  -Bueno, ¿qué te parece Kenilworth?- me preguntó la chica girando su cara para ver mejor mi rostro.
  -No está mal.- respondí con una sonrisa que me fue devuelta.
  -Alexia Novotny, de los Novotny de Moscú.- dijo tendiéndome una mano.
  -Cati Darmon.- dije chocándosela.- De los Darmon de Madrid, supongo.- me reí.
Alexia me sonrió amablemente e hizo danzar su pelo hasta colocarlo a un lado cubriéndose el hombro derecho. Su pelo suscitaba envidia en cualquier otra chica, pero yo me conformaba con mi pobre pelo negro que apenas me llegaba a la clavícula.
  -Bonita... Bonita cadena.- tartamudeé para romper el hielo.
Alexia se rió afablemente y miró a la cadena de oro que adornaba su cuello con destellos dorados.
  -Me la compré en Nueva York, ¿has estado alguna vez allí?
  -¡Cómo si no lo supieras!- exclamó uno de los chicos rubios, el de las facciones más afiladas.
Miré rápidamente a aquel muchacho, sorprendida de su contestación, él y su compañero de juegos se reían más que nunca.
  -¡Eric!- suplicó Melinda partando los ojos de la pantalla y lanzando una mirada discriminatoria a los chicos.
  -Déjales, a veces se comportan como verdaderos críos.- me tranquilizó Alexia.
Alexia me pasó una mano por el hombro y descubrí que me había tensado, relajé los músculos sintiendo la presión pero el miedo que había sentido no se iba del todo de mi cuerpo, sino que permanecía desgarrando mi interior en un bucle de desesperación conocido y que no quería que aflorara de nuevo. Dejé correr lo sucedido sin dejarme pensar en el hipotético (y muy probable) caso de que aquellos chicos conocieran mi pasado.
  -Creo que me voy a dar un paseo.- dije con un débil hilo de voz a la vez que conseguía ponerme en pie apoyándome en mis temblorosas manos.
Me alejé de aquel grupo para adentrarme en el parque oyendo cada vez más debilitadamente el todo de reprimenda que escogía la dulce voz de de Alexia y las presentes carcajadas de Eric y su amigo. Con unos pasos más que di dejé de escuchar al extraño grupo de universitarios que me había acogido y me sumergí entre las caídas ramas de los árboles, dejando que acariciasen mi rostro desnudo permitiéndome sentir la vida que aguardaban sus hojas mecidas por el fuerte viento de un otoño claramente inglés. Un escalofrío me recorrió la espalda haciéndome encoger sobre mi figura y metiendo rápidamente las manos en los bolsillos de la chaqueta, arrebujándome en ella. Caminé más aprisa para entrar en calor y pronto dejé de oír el ruido habitual que los niños provocaban en los parques, adentrándome en un prado más tranquilo en el que aún permanecían algunas florecillas silvestres de colores azul y amarillo.
De pronto oí un sonido muy peculiar, un sonido dulce y armonioso que procedía de muy cerca. Sin ninguna otra cosa que hacer me dispuse a descubrir el origen de aquel sonido embelesador que, a medida que me acercaba a él, pude deducir que provenía de una guitarra.
Sentado al pie de un árbol estaba un chico de pelo marrón y elegante porte esbelto rodeando con sus fornidos brazos una guitarra clásica con delicadeza, rozando sus cuerdas provocando así una armonía que era dolorosamente hermosa. Intenté dar marcha atrás, irme de aquel lugar pero una vez más, gracias a mi torpeza y mala suerte, hice crujir accidentalmente una de las ramitas caídas de los árboles. El chico paró en seco la melodía y se giró con rapidez hacia mí.
  -Cati...-gimió.
Sin darme tiempo a continuar mi regreso él apartó bruscamente la guitarra que segundos antes parecía tratar con primor y dio grandes zancadas hasta situarse a escasamente medio metro de mí.
  -Cati...- repitió de nuevo alzando hacia mi rostro con miedo una mano.
Sus ojos, que esta vez aportaban tonos más grisáceos, parecieron decaer sin ningún matiz aunque cuando se encontraron con mis ordinarios ojos marrones se diluyeron cual líquido espeso y pude apreciar aquellas motas verdes que tantas veces me habían hecho suspirar.
Hacía más de una semana desde que le había visto en Gimmerton Road, aquel encuentro inesperado que me había hecho reaccionar instintivamente alejándome de él.
Esta vez pude apreciar con claridad el color de su pelo, que frágilmente seguía destelleando matices dorados pero que notoriamente se había oscurecido. Observé como una endeble capa de barba recién salida cubría su pálido rostro, haciendo notar más evidentes las moradas ojeras que decoraban su cara.
  -Hola Nathan...- susurré con lágrimas en los ojos.


































 

jueves, 22 de julio de 2010

3. Encuentros

Aquel hombre a penas se dignó a mirarme, tras una mera inspección de mi escuálida y pálida figura comenzó a realizar un exhaustivo examen a mi expediente académico.
Su traje negro, probablemente hecho a medida debido a la extrema elegancia y aparente comodidad que confería su efigie, adornado con dos brillantes gemelos dorados a ambos extremos, su grisáceo cabello engominado y peinado con una perfecta raya situada a la izquierda y sus rasgos excesiva y alarmantemente lisos para la edad que se suponía que debía tener, probablemente fruto de un tratamiento de botox, tranfería una apariencia totalmente hipócrita y severa al mismo tiempo. No era el típico director afable y venerado que debería conllevar una universidad de tanto prestigio como lo era Kenilworth.
El hombre volvió a toser y a removerse en su alta silla de cuero negro, era todo lo que había hecho durante aproximadamente la media hora que llevaba sentada en aquel asiento de una evidente y cara madera de secuoya tallada con finos garabatos, aunque esta vez se llevó una mano hacia el mentón, se rascó dos veces y permaneció quieto en aquella postura. Si no hubiera dado señales de vida al respirar, algo a penas visible a primera vista, hubiera jurado estar con una estatua más de famoso Museo de Cera de Londres.
Miré a mi alrededor y pude contemplar la suprema entidad del despacho. Las paredes de piedra, propias de la inminente y hermosa arquitectura gótica que indudablemente erguía a Kenilworth, decoradas con numerosos escudos antiguos de las hermandades de la universidad provocaban una sensación reconfortante de seguridad y antigüedad, y las enormes estanterías repletas de diversos libros de texto denotaban la presencia la sabiduría por todas partes. Kenilworth no era una academia normal, era una universidad de gran prestigio de cuya reputación muy pocos habían oído hablar ya que difícilmente los estudiantes podían hacerse un hueco en este colegio privado. Se situaba a las afueras de Londres, a unos 90 km de distancia, en una pequeña ciudad al principio de un frondoso bosque, la mayoría ignoraba su presencia pero los demás privilegiados se morían por entrar en una universidad así, ya que ésta tenía un régimen y nivel muy distinto a las demás. Kenilworth se caracterizaba por sus extrañas reglas, ya que aquí era la academia la que solicitaba a los alumnos que entraran y no al contrario.
Debería de haberme sentido dichosa por tener la oportunidad de labrarme un futuro en aquel colegio tan prestigiado, feliz por poder ver una nueva salida en mi vida y emocionada ante la idea de estudiar las artes que yo tanto había amado en otros tiempos. Pero no sentía nada, completamente nada, podía haber cogido la pesada espada medieval que lucía una de las paredes del pasillo a mis espaldas, clavármela en el centro del corazón (si es que aún me quedaba algo de él) y no sentir miedo ni dolor, porque todo me daba igual.
El Sr. Gray carraspeó su garganta con tono firme, dejó la carpeta marrón claro que había estado leyendo hasta ahora mientras dejaba encima sus gafas y, al fin, percató oficialmente mi presencia en la habitación.
  -Srta. Darmon, para esta universidad es un honor tenerla entre nuestro alumnado...- comenzó a decir exasperadamente apacible y lento con un notable acento característico de Oxford.- Se le ha hecho entrega de una beca, que especialmente otorgamos a estudiantes aventajados como usted.
Esperé a que terminara su discurso con educación. El Sr. Gray me miró con sus ojos color avellana y pude percatarme de lo que le hacía delatar su verdadera edad, era el cansancio que sus ojos transmitían.
  -Según tengo entendido usted se graduó con un año de adelantación...- dijo a la vez que se levantaba de su asiento y admiraba simuladamente uno de los escudos de tela que colgaba la pared. Asentí para responder a la pregunta indirecta que formulaba, aunque sabía que no era necesario pues deducía que conocía mi carrera estudiantil incluso mejor que yo.- Y también sé que ha venido interesada por los cursos impartidos sobre simbología e historia, ¿verdad?
  -Totalmente verdadero.- le respondí con vehemencia.
  -En ese caso, me complace darle la bienvenida a Kenilworth.
El Sr. Gray alzó su mano en mi dirección y yo me levanté y le di un amistoso apretón mientras le dedicaba una sonrisa fingida por cordialidad. Nos despedimos educadamente y salí del campus que dentro de poco pasaría a denominarse como mi residencia. A penas me paré a observar la maravilla arquitectónica que constituía mi nueva universidad, caminé recta hacia la parada de autobuses más cercana y cogí el primero que me llevara al centro de la ciudad.
Decidí deambular un poco por aquellas calles sorprendentemente modernas antes de volver al hotel. Caminé sin destino alguno, valorando los edificios que me rodeaban. A medida que más me adentraba al oeste de la ciudad fueron apareciendo espectaculares casas dignas de admiración, cada barrio tenía su estereotipo de techo de pizarra, quizá algo de madera en otras o modernos bloques rectangulares lisos; en lo único que coincidían era en el simétrico césped que todos debían de cuidar con esmero. La gente empezó a acumularse en las calles y cada vez había más bullicio, fue entonces cuando caí en la cuenta de donde me hallaba, el célebre mercado de Gimmerton Road se encontraba a pocas calles por delante, ¿tanto había andado? A mí no me lo parecía, pero igualmente debería coger un taxi para ir al hotel, aunque no se me pasó por la cabeza desperdiciar la tentadora oportunidad de visitar una de las mayores atracciones que la apartada ciudad de Peninton ofrecía como atracción hacia sus turistas.
Seguí andando calle abajo, con el tiempo haciéndome hueco entre el gentío y palpando la cartera en el bolsillo de mi cazadora de cuando en cuando. No me paraba en los puestos, en los que se ofrecía todo tipo de variedades, solo caminaba y me sumergía en la algarabía de aquel mercado callejero. Entonces fue cuando me rugió el estómago, por supuesto y para alivio mío no llegaba a oírse dicho ruido pero el cosquilleo en mi tripa permaneció por más de diez segundos. Decidí buscar un puesto de comida, que estaba segura de que había por alguna parte tratándose de Gimmerton Market, uno de los mercados más grandes de Londres, y aceleré el paso hacia las cavidades de la calle.
Pronto vislumbré un tenderete que lucía una bella colección de frutas frescas. Alegrándome por mi estómago y por mí me acerqué para comprar una reluciente manzana roja que saboreé en aquel mismo instante para deleite del vendedor que pareció enorgullecerse de sus frutas. Me despedí de aquel buen hombre y me dispuse a encaminar de nuevo el extravagante paseo que había comenzado cuando le vi.
Allí estaba él, como si el tiempo no hubiera hecho mella en su cuerpo, en el puesto contiguo en el que vendían lo que parecían ser discos de vinilo. Su broncíneo pelo que usualmente era como destellos del mismo sol se había visto envuelto en un tono oscuro, casi negro.
  -¡No te quedes ahí parada, muévete!- oí como me gritaba la voz de una mujer.
Me giré hacia ella, era una mujer bastante entrada en edad que lucía una vestimenta pueblerina y un moño, plagado de canas, medio deshecho. Me obligué a recapacitar y salir de aquel estado de shock inoportuno, el ruido volvió a mis oídos casi destrozándome los tímpanos y me di cuenta de porque la mujer se quejaba, estaba parada entre el paso de toda aquella muchedumbre frenética, cortando el paso a la gente.
  -Lo siento...- susurré sin fuerzas.
La mujer bufó airada y yo ignoré sus malos modales apartándome de su camino. Volví a dirigir la mirada hacia el puesto de discos de antes, esta vez dos preciosos ojos grises me miraban sorprendidos.
  -¿Cati?- vi como dibujaban mi nombre sus perfectos labios.
Dejó el disco de vinilo de Elton John que había estado ojeando y se fue acercando a mí, evitando a la algarabía con elegancia y destreza, cada vez más cerca a pesar de estar a aproximadamente 15 metros. Reaccioné al tiempo que observaba su rostro asombrado y... ¿feliz? ¿Era la felicidad y la emoción lo que hacían brillar sus ojos tornándolos de un color esmeralda con cada paso que daba hacia mí? No me quedé a comprobarlo, me di la vuelta y corrí como una loca cuesta arriba. Al poco tiempo noté como me daban pinchazos en las costillas a causa del flato (claramente nunca había sido una buena deportista, ni pensaba serlo ahora) pero no me detuve, seguí corriendo al mismo tiempo que la gente se apartaba de mi camino, deduciendo que no aminoraría la marcha por llevármelo por delante, y puede que tuviesen razón.
Las casas del principio de Gimmerton Road pronto se dejaron ver y salí del mercado pudiéndome parar y darme un respiro. Estaba sudando y no podía dejar de jadear pero sin titubear me giré hacia el mercado, pero no había ninguna mancha blanca que pudiese delatarle por su cazadora. Apoyé mis manos sobre las rodillas encorvándome, podía oír los latidos de mi corazón desvocado martilleando en los oídos y traté de calmarme. No pude permitirme el quedarme más de dos minutos descansando por miedo a que él me encontrara, seguí mi camino hasta el taxi más cercano que pudiera llevarme devuelta a la suite, allí estaría segura. Anduve con paso rápido, sin parsimonias que pudieran retrasarme, y cogí el primer taxi que se dignó a parar.
No me relajé hasta que dejamos más de tres manzanas de por medio entre Gimmerton Road y yo, fue entonces cuando la adrenalina que me había impulsado a seguir corriendo todo este tiempo se disipó de verdad y noté el cansancio en mis piernas.
Él estaba en Londres, eso era un hecho seguro, y claramente me había visto. Recordé su reacción al verme, parecía tan... ¿alegre? ¿Era eso posible?
Me permití dar un largo suspiro y recliné la cabeza sobre el asiento.
Él había vuelto, pero todo seguía sin tener importancia alguna para mí.

miércoles, 21 de julio de 2010

2. Cambios

-¿Estás totalmente segura de que no quieres volver a Nueva York?- me preguntó por duodécima vez Ashley en la mañana.
No pude evitar reírme de sus dramáticos pucheritos que tan bien representaba. Ashley, con su largo pelo marrón chocolate recogido en una trenza, su hermoso rostro cincelado en una perfecta redondez, unos ojos grandes y brillantes de un color que claramente recordaba a la exquisita miel líquida, espesa y dulce y unos gruesos labios carmesí propios de una estrella del cine; no dejaba de apretarme las manos, algo sudadas por la presión que ejercían, y saltar cual canguro australiano.
-Me acaban de ofrecer una beca en Londres…- incliné la cabeza para obviar el sentido de la frase. Suspiré y puse los ojos en blanco al tener que ser yo la que tomaba las riendas en la conversación, acostumbrada al perpetuo silencio en el que me había sumido desde que sucedió mi catarsis.- Estaré bien.- le dije cansadamente respondiendo a las preguntas internas que estaba segura de que no se atrevía a formularlas.
Ashley me frotó las manos con aspereza, sin tener ningún cuidado ni cariño, la miré a la cara, ¿era posible que Ashley, la misma Ashley Smart que yo había tomado por una mujer que tan solo se limitaba a vivir la vida sin tomar represalias de lazos emocionales, estuviera llorando en un aeropuerto? Unas refulgentes y pequeñas gotas que humedecieron ligeramente el rabillo de sus ojos emborronando tenuemente su maquillaje confirmaron mis sospechas, si bien Ashley intentó ocultarlas con disimulo.
Sin poder contener un inusual ataque de aprecio hacia mi amiga la envolví en un abrazo, el cual me fue devuelto con toques de nerviosismo y excesiva fuerza involuntaria. Pronto Ashley se separó y, tras el breve lapsus que me concedió para admirarla sin defensa, volvió a ser la misma chica que había conocido tiempo atrás y a la cual le debía mucho por haber estado conmigo todo este tiempo.
-Supongo que ahora me tendré que buscar a otra conejilla de indias a la que tirar sus viejos pantalones raídos para sustituirlos por un vestido de Dolce & Gabbana.
-Mi armario siempre estará disponible para tus remodelaciones, por mucho que me cuesten aceptarlas.- le respondí riéndome.
Alguien carraspeó débilmente en ese momento y ambas dirigimos la mirada hacia un tímido Riley apoyado en las monumentales cristaleras desde las que se vislumbraba una hilera de cinco aviones preparados para despegar.
-Tu avión va a salir dentro de muy poco.- susurró.
Me aferré a la pequeña mochila que me cruzaba en banda el torso y me encaminé hacia la puerta de embarque. Me giré para despedirme por última vez, dedicándoles una sonrisa (con la que tuve que esforzarme para que pareciera natural) y un gesto con la mano. Ambos me devolvieron el aspaviento, ofreciéndome la imagen de cómo Riley le pasaba disimuladamente el brazo por la cintura de Ashley.
En ese momento deseé que ningún fotógrafo estuviese atento al roce que se acababa de producir entre aquellos dos famosos y, todo sea dicho, que no mostrara interés alguno en mí. Me obligué a recordar que eran apenas las cinco y media de la mañana; no obstante un aeropuerto suele ser el punto de mira de muchos paparazzi.
Traspasé la puerta y me dejé conducir por la multitud hacia el avión. Ya acomodada en los asientos y pegada al rosetón que hacia las veces de ventanilla, me relajé. Miré a través del cristal, observando como los obreros trabajaban minuciosa y desesperadamente en el despegue del avión.
Un ruido a la izquierda atrajo mi mirada al pasillo central. Una chica, que seguramente a penas rozaba los dieciséis años, estaba intentando colocar una colorida bolsa de tela en la parte superior. Me levanté de mi asiento y la ayudé a meterla en horizontal para que entrara en el estrecho compartimento forrado de cuero beige que el promotor dejaba para los viajeros.
-Buff, creo que me he pasado pero es un rollo facturar el equipaje…- empezó a decir mientras terminaba con un resoplido por el esfuerzo.- Gracias.
Le dediqué una sonrisa y un leve meneo de cabeza disponiéndome a volver a mi asiento.
-Perdona.- oí como me llamaba la aguda voz de la adolescente.
Me giré lentamente hacia la muchacha que esta vez se enredaba el rubio pelo entre sus dedos y fruncía el ceño en señal de concentración.
-Tú… perdona pero… me suenas mucho… es posible…
Un pinchazo recorrió mi pecho, aunque esperé pacientemente a que la chica recapacitara para terminar la frase. Ella se rió y comenzó de nuevo.
-Tú eras la chica de aquella revista…- miró hacia el suelo en un intento para recordar.
No iba a aguardar más, no podía.
-No.- dije alzando la voz, quizá tan rápida y tajante que la chica se asustó por haberla gritado. Intenté mostrar mi mejor sonrisa para remediar el error.- Me habían dicho que me parecía a Kelly Clarkson, pero no creo que mi fama de semejanza haya llegado hasta los medios de comunicación.- bromeé en un tono inofensivo.
La muchacha abrió la boca vocalizando una A muda, me mostró una sonrisa que dejaba entrever un “esta tía está loca por qué he tenido que decir nada” y se sentó. Yo hice otro tanto de lo mismo, pero el susto ya me lo había llevado.
No quería que nadie me reconociese, no quería que nadie me encontrara ni me buscase. Sólo había cuatro personas que sabían ahora mismo hacia adonde me dirigía: Steph, Ashley y mis padres. Nadie podía saber nada más, sobre todo si querían ayudarme a enterrar el pasado, y estaba segura de que mi foto en una portada o en la tele no iría a contribuir demasiado.
Respiré hondo y olvidé que habían estado a punto de evocarme. Una femenina voz nasal anunció el despegue del vuelo hacia Londres y yo dejé caer mi cabeza sobre el frío cristal de la ventanilla. Pude oír como el comandante hacía rugir los motores para inclinar el avión hacia un cielo rosado y un sol que lentamente se hacía un hueco en el horizonte, decorando sus alrededores con una mezcla de colores cian.
España, tierra de mi origen, se alejaba paulatinamente para mostrarme un nuevo futuro inglés.

martes, 20 de julio de 2010

1. Final de un comienzo

Ashley soltó un enorme bostezo sin poder contenerse, aunque, siendo ya demasiado tarde, intentó remediar su error disimulándolo con su mano. Pero ya lo había visto, eso no podía negarlo.
-Deberías irte ya a la cama.
Ella me respondió con una sonrisa plagada de cansancio e intentó enmascararlo.
-Hoy ha sido un gran día, ¿cierto?
Me reía quedamente y levanté la mirada al cielo.
-Cierto.
Sabía lo que estaba haciendo,distraerme, lo había hecho durante aquellos últimos meses. Aquellos meses en los que me plantée seriamente si conocía de verdad a la gente que me rodeaba.
Me recliné en la hamaca negra y contemplé el collage que formaban los puntitos plateados sobre un fondo negro, realmente hermoso, o esa sensación debería provocar.
-Creo que es mejor que entremos, está empezando a hacer frío.-dijo Ashley.
Pude entrever lo que en realidad intentaba hacer, no decía esas cosas por su preocupación ante mis posibilidades de la caza de un constipado sino porque no quería dejarme pensar en nada. Todos habían estado empeñados en esta ardua tarea durante las últimas semanas, lo mejor para superar una depresión era no darle más vueltas al mundo. Claro que ellos no sabían que lo que me pasaba no era un simple trauma, aunque yo siempre intentaba sonreír y asentir a la gente cuando lo hacía.
-Yo me voy a quedar un poco más, si no te importa.- le respondí.
Ashley movió la cabeza para darme su consentimiento y volvió a sonreírme sin moverse de su sitio, por lo que se acomodó de nuevo.
-¿Por qué no entras tú? Estás más cansada que yo.
Siempre dejaba caer el anzuelo con la esperanza de tener unos minutos a solas. Para mi asombro esta vez picó, se veía que hoy sus fans le habían echo pasar un día duro.
Ashley asintió mientras se levantaba y me dejaba sola en la lujosa terraza del hotel. La vi alejarse hacia su habitación con paso pesado, nada comparado con su habitual andar glamoroso. Volví a tumbarme en la hamaca y reposé mis manos sobre la tripa para notar el compás de mi respiración, un truco que había descubierto recientemente y que conseguía relajarme.
Para Ashley no era fácil este viaje, la idea de viajar durante una semana por toda Europa parece muy tentadora si se mira desde un punto de vista total y parcialmente subjetivo y superficial. Lo que la mayoría de la gente no sabe, o no llega a deducir, es que este tipo de viajes no son vacacionales, en los que todo el día te lo pasas comprando en tiendas extranjeras o visitando lugares de interés, sino cogiendo un avión a las cinco de la mañana para llegar a una ciudad de la que no puedes salir del hotel por el constante acoso de los fans enloquecidos, después ir a la premiere donde tu manager habla por ti ante los reporteros y volviendo a repetir la misma rutina al día siguiente. Gajes del oficio de actor.
Steph aceptó la invitación por mí, y Ashley y ella programaron el viaje de tal modo que yo no parase quieta durante el día y cayese rendida por la noche. Durante los últimos días me había pasado las horas sentada en un avión rumbo a París, Roma, Grecia o ciudades por el estilo y caminando por alfombras rojas con tacones altos. Pero yo seguía igual, nada cambiaría.
Steph insistía en que solo era una mala racha, un pequeño bache en la vida, y Ashley afirmaba que simplemente era un mal de amores. Solo yo sabía la aunténtica razón de mi estado y sabía que había echo bien en irme con Ashley y alejarme de Nueva York, era lo mejor para dejar enterrados los recuerdos de los que se quiere escapar.
El ruido de un golpeteo en el cristal de atrás distrajo mi vista de las estrellas a un rostro protuberante, de ojos verdes y espeso pelo claro. Riley sonrió con cierta timidez a la vez que se erguía en mi dirección, yo en cambio no tuve ganas de levantarme por lo que le correspondí con una sonrisa mutua. Riley descorrió las puertas y asomó su cabeza por la terraza, girándola de un lado a otro disimuladamente para comprobar que estaba sola sin que me sintiera mal por no ser la persona a la que estaba buscando. Típico de Riley.
-Se acaba de ir a dormir, si te das prisa puede que la pilles consciente.- dije en voz alta sin mirarle directamente.
Riley se sonrojó al caer en la cuenta de que sabía perfectamente a quién buscaba. Titubeando durante escasos segundos en la puerta de cristal se decantó por traspasarla, quedando a un metro de distancia de mí.
-¿Cómo estás?
Era la pregunta cotidiana en él a la que siempre respondía del mismo modo.
-Completamente neutra, como siempre.
Riley me volvió a sonreí con afecto como acostumbraba a hacerme, recordándome al niño que había sido pocos años atrás.
-No la hagas esperar más.
Me reí ante la confusión de Riley, ya que miraba la puerta con tantas ansias de salir de allí. Entendía que no era por el hecho de que me odiara o me repudiase, sino que simple y llanamente no era la mujer con la que quería estar en esos momentos, y eso no podía reprochárselo.
-No se lo digas, por favor.- me suplicó en un susurro.
-Mis labios están sellados.
Con un gesto cerré un candado imaginario en mis labios y tiré la llave a la deriva. Riley se rió con pocas ganas y salió por la puerta hacia la habitación de Ashley.
Ashley estaba "visitando la cama" de Riley desde hace algún tiempo, aunque ella no lo reconociese delante de mí. Ashley era el tipo de persona que nunca se enamoraba, todo se resumía en su lema principal: Mejor ser pescador que pescado. Pero Riley era diferente a los anteriores, él era un buen chico que siempre trataba muy bien a la gente y sabía que con él Ashley veía las cosas de otra manera. Ellos se veían en secreto, a mis espaldas, supongo que Ashley estaba empeñada en que ver a una pareja me haría mal áun, y creo que se lo agradezco porque no estaría preparada.
Cogí la goma morada que llevaba en la muñeca izquierda y me recogí el corto pelo que podía en una coleta. Sentí como la brisa veraniega de finales de Agosto recorría mi cuello con suaves caricias y me dejé envolver en ellas, sintiendo en mi interior una placentera sensación de libertad que, por primera vez en meses, no se veía envuelta en un escudo de filtración sino que afloraba por todo mi ser.
Era estupendo estar de nuevo en casa.