-Escúchame atentamente, es muy importante.- exigió Melinda enervando su rostro, el cual perdía con mayor rapidez los efectos que había tenido lo rayos de Miami en él debido al desastroso clima de Peninton.- El vestido negro con pústulas plateadas- me ofreció el vestido y luego lo tiró a la cama.- o el morado berenjena.
Examiné los dos vestidos de forma exhaustiva, casi me sabía de memoria cómo se detallaban éstos, incluso cuando pasé la vista una vez más sobre la perla manchada del primer vestido y los hilos deshechos de la orilla del otro, fingí cordialidad y me aventuré a dar por decimogésima vez mi opinión.
-El negro, sin duda alguna.
-¿Estás realmente decidida?
-Total y completamente.- le aseguré.
Melinda escudriñó mi mirada hasta la saciedad, casi pude tocar sus claros iris verdosos y su revuelto pelo rubio, el cual me fijé que se oscurecía a causa de las sombras del pueblo. ¿Cómo podía ser que yo viera tanto el sol?
-Vale, entonces cojo el morado.
Genial, cuanta confianza rebosaba entre nosotras en lo referente a los temas de ropa. Le seguí con la mirada mientras la pequeña monstruo cogía el vestido que yo había rechazado y, delante del enorme espejo de cuerpo que prácticamente protagonizaba el lado de su cuarto, comenzó a danzar el poco vuelo que poseía imaginándoselo puesto en su escudriñado cuerpo. Melinda se giró y me sonrió pícara.
-No es nada personal, en realidad me ayudas a escoger lo que no debo.- me alentó maliciosa.
Me llevé la mano a la cabeza fingiendo un gesto de disgusto y paciencia con la esperanza de que Melinda se diera cuenta. Agarré el vestido negro y lo volví a colocar en su percha respectiva colgándolo en el camastro de hierro de su habitación.
La habitación de Melinda y su compañera era demasiado distinta a la mía, acostumbrada a un enorme espacio para mí sola y mis pertenencias aquel dormitorio no podía evitar resultarme angosto e incómodo. Melinda compartía habitación con Kora, quien resultaba ser una excelente compañera de laboratorio que excusaba mis pobres dotes con la química y a la que estaba muy agradecida por ello, y ésta, al igual que la otra, también tenía tendencia a la compra de ropa, por lo que con frecuencia se veía ropa desperdigada por todas partes, una especie de huracán cuyo resultado desastroso fuera el caos absoluto de la moda, un alivio para Doroty pensé la primera vez. El espacio se dividía en dos mitades con un único cuarto de baño, que, para acompañar en sentimiento al resto de la estancia, concordaba con exactitud con el régimen de orden y pulcritud. Al menos las camas estaban hechas, por lo que, tras marear lo suficiente al revolotear alrededor de mi amiga incómoda por no tener un sitio donde asentarme tranquilamente, me acomodé en ésta.
-¿Y tu maleta?
-Melinda, no todas las personas por necesidad se pasan cuatro horas escogiendo la ropa de un fin de semana.
Ella me lanzó una sonrisa agria y manipulada echándome en cara lo que yo solía llamar humor coloquial e inocente, una ironía no había matado a nadie hasta ahora. Entonces soltó la prenda y, como un milagro obrado, metió la tercera prenda que llevaba en su maleta anaranjada.
-¿Y qué vestido vas a llevar a la fiesta?
Un verdadero problema, pero ese tema ya estaba solucionado tras un par de quebraderos de cabeza. Ya me había encaramado a mi armario y pedido de todas las maneras posibles que, mediante algún tipo de hechizo, me ofreciese las prendas que yo no lograba encontrar en el fondo de sus cajones. La solución no era la mejor de todas, pero siempre era mejor que ir con unos vaqueros, una sudadera ancha y unas zapas cualquieras.
-Encontré una americana que conjuntaba con un traje de chaqueta.- anuncié sin menor dilación, al contrario de ella, yo no tenía ningún problema en no llevar lo último a una celebración.
Además, yo no iba a la fiesta por lucir un modelito que no merecía mi endeble figura para marcar algo de lo que yo carecía, belleza. Había aceptado la invitación de Alexia por puro orgullo y, en un quince por ciento, por curiosidad de cómo se comportaría conmigo y, sobre todo, con Nathan, a quien casualmente no había hecho falta invitarlo ya que otra se había ocupado del asunto.
Melinda puso cara de espanto dramatizado, como si en vez de haberle confesado lo que llevaría puesto le hubiera contado cómo había asesinado a Cooper, descuartizado y esparcido sus restos por los diferentes lugares de Londres. Como acostumbraba a hacer, traté de ignorar su estupidez, quizá se callaría sus pensamientos por una vez en la vida… pero no, se trataba de la mismísima Melinda Gloe.
-Dime que hablas de otra fiesta, por favor.
-¡Melinda, no seas infantil!- le recriminé ofendida.- ¿Qué más da lo que lleve puesto?
-¡¿Qué que más da?!- repitió mis palabras con incredulidad.- ¿Tengo que recordarte quién va a asistir?
-Sé perfectamente quién va a ir.
Melinda suspiró y meneó la cabeza en gesto desaprobador. Comenzaba a cuestionarme si mi orgullo valía tanto como para hacer el ridículo embutido en un traje elegante, pero luego pensé que era otra oportunidad de pasar dos días fuera de Peninton y la universidad, darme aires nuevos sin irme demasiado lejos.
Mi amiga se revolvió y acto seguida sumergió su alborotado pelo rubio en el interior de su armario de caoba haciendo unos ruidos de los que me preocupó su procedencia. Extrañada intenté en vano alzar la vista para averiguar lo que pretendía.
-¿Qué haces ahora?
-Buscarte un vestido decente ya que te has empeñado en ir disfrazada del siglo pasado.
Aquello me impactó y me avergonzó admitir lo que se me pasaba por la cabeza en aquellos momentos, yo no tenía la talla ni el talante de llevar uno de los vestidos de Melinda en mi cuerpo, lo que ella llevaba como suave y delicada seda entre sus piernas, a mí me sentaba como estropajo en las mías.
-No hace falta.- susurré perdiendo la valía.
-Sí, sí que la hace y…- de pronto asomó la cabeza de entre la oscuridad con algo entre las manos y sonriendo satisfecha de su trabajo.- …he encontrado el vestido perfecto para ti.
Melinda extendió ante sí un remolino de raso brillante a causa de la incidencia de la luz de la lámpara principal, un talle bajo con cuerpo entallado donde me sentía no poder caber sin ralentizar mi respiración, que se ramificaba en un almizcle de vuelo drapeado cuyas sombras en sus espirales denotaban aún más el fuerte color del vestido, con todo una enorme lazada zapatera colocada poco antes del entalle del cuerpo, ocupaba la mitad del vestido con su reluciente color negro que lo volvía un tanto sicodélico para mi gusto. Aunque no me extrañaba nada que perteneciese a Melinda, la prenda era lo suficientemente radical, impersonal y escandalizador para llamar la atención de cualquiera de los que estuvieran presentes, el problema era que yo no quería protagonizar ninguna película. Miré a Melinda fingiendo una cara de horror y tragué saliva fuerte.
-No te ofendas pero este vestido es demasiado…- dije sin saber como continuar sin dañar los sentimientos de mi amiga.
-¿Elegante? No creas…
-Iba a decir sensacionalista.- repliqué.
Melinda bufó y sacó sus morros, pintados de un color marrón oscuro que aprovechaba los últimos pigmentos de su piel, luego zarandeó el vestido rojo mostrándomelo en un intento de que cambiara de opinión. La observé y suspiré mientras ponía los ojos en blanco, sabía que estaba perdida.
-¡Vamos, Cati! ¿No quieres ligarte a alguien?- comentó como broma mientras movía exageradamente su hombro con un aire seductor.
-¡No!- grité.
Para eso estoy yo, un fácil ligoteo enseñando algo que yo no tengo., pensé de inmediato. ¿Habría sido mejor no ir a la fiesta de Alexia? La tentación se hacía más grande por momentos.
Melinda suspiró dándose por vencida y asumió la derrota mirando con pena el vestido. ¿Melinda rindiéndose? Aquello era una trampa.
-Es una pena. Estaba segura de que a Nathan le hubiera encantado que te lo pusieras…- susurró simulando no estar pendiente de enfrentamiento.
-Eso es un golpe bajo.- le critiqué.
-¿Entonces te lo vas a poner?- medio exclamó más agudo de lo que era su voz.
Al momento una radiante sonrisa se mostró en el rostro de Melinda y volvió a agarrar el vestido con esperanza. Yo suspiré y me pregunté por qué caía siempre ante su voluntad, la próxima vez sería una negativa en redondo.
-Voy a probármelo, no prometo nada.
-¡Sí, sí, sí, sí! ¡Vas a ponértelo!- gritó Melinda comenzando a saltar como un canguro australiano por toda la habitación. Reí, al menos ella estaba feliz. Ella me cogió por el hombro y, barriendo el aire con su brazo y mirando algo lejano, más allá de las cuatro paredes pintadas de un color calabaza, que yo no lograba discernir.- ¿No lo ves? Vamos a ser las reinas de la fiesta. Todo el mundo nos mirará para admirar nuestra belleza.
-Claro Melinda.- dije mientras me desasía de su atadura.- La bella y la bestia en persona.
Ella pareció no escuchar mi chiste y, sin razón aparente, sonrió alegremente como una cascada repiqueteando sobre el acantilado. Se giró y me tendió el vestido, que yo cogí con resignación. Después se tranquilizó un poco y regresó a su tarea medio hecha, concentrándose en todas las medidas de que no la pillaran desprevenida sin un buen conjunto puesto. Volví a sentarme en la cama, con el vestido entre mis manos, paseándolo y haciéndome a la idea de que estaría en mi cuerpo dentro de unas horas porque, a no ser que encontrara una escapatoria a tiempo, sería así.
Inevitablemente pensé en cómo reaccionaría Nathan al verme de esa manera, lo más seguro era que le pidiera a alguien una chaqueta lo suficientemente grande para taparme y no hacer el ridículo delante de él.
-Cati, una cosa. ¿Con quién vas a ir?
Alcé la vista, Melinda ni siquiera me estaba mirando, sino que estudiaba a fondo si escoger una blusa blanca o la otra verde manzana.
-Supongo que con Cooper.
Melinda suspiró y desechó la camisola blanca al tiempo que doblaba la verde y la acomodaba en su bolsa de viaje.
-¿Tú con quién vas a ir?
-Iré en el coche de Peter, él ha invitado a Eric.
Recordé el nombre de Peter y su coche, el que una vez me hubo sacado de un apuro gracias a su plaza en las cocheras de fuera de la ciudad, aunque fingí menor importancia al nombre del chico y su precioso Audi.
Melinda bufó con la fuerza suficiente para que yo la oyera, por lo que llamó mi atención de nuevo.
-¿Ocurre algo?- pregunté.
-No, para nada.- contestó sin prestar atención.
-Melinda…- recriminé.
Ella se giró y golpeó unos vaqueros contra su muslo, luego suspiró y me miró.
-Kate Moor quería ir con Cooper a la fiesta.
Me mordí el labio inferior, no me podían quitar al chófer de la noche, Cooper me lo había prometido a mí.
-Puedo ir en la parte de atrás.
-Solos, Cati, solos.- aclaró.
-Está bien, llamaré a un taxi.
Melinda me miró como a una extraterrestre en su cama, yo le aguanté la mirada y, finalmente gané set, juego y partido.
-Déjalo, lo más probable es que te pierdas.- objetó.- Le diré a Kate que aproveche la próxima ocasión antes.
-Como quieras.- le espeté.
Bajé la mirada de nuevo al vestido de raso rojo, el color casi llegaba a quemarme los ojos con su viveza. Entonces comencé a contar los minutos que faltaba para que ese bermellón se fundiera en mi piel, eran pocos.