domingo, 9 de enero de 2011

31. Un vestido para la ocasión.

  -Escúchame atentamente, es muy importante.- exigió Melinda enervando su rostro, el cual perdía con mayor rapidez los efectos que había tenido lo rayos de Miami en él debido al desastroso clima de Peninton.- El vestido negro con pústulas plateadas- me ofreció el vestido y luego lo tiró a la cama.- o el morado berenjena.
Examiné los dos vestidos de forma exhaustiva, casi me sabía de memoria cómo se detallaban éstos, incluso cuando pasé la vista una vez más sobre la perla manchada del primer vestido y los hilos deshechos de la orilla del otro, fingí cordialidad y me aventuré a dar por decimogésima vez mi opinión.
  -El negro, sin duda alguna.
  -¿Estás realmente decidida?
  -Total y completamente.- le aseguré.
Melinda escudriñó mi mirada hasta la saciedad, casi pude tocar sus claros iris verdosos y su revuelto pelo rubio, el cual me fijé que se oscurecía a causa de las sombras del pueblo. ¿Cómo podía ser que yo viera tanto el sol?
  -Vale, entonces cojo el morado.
Genial, cuanta confianza rebosaba entre nosotras en lo referente a los temas de ropa. Le seguí con la mirada mientras la pequeña monstruo cogía el vestido que yo había rechazado y, delante del enorme espejo de cuerpo que prácticamente protagonizaba el lado de su cuarto, comenzó a danzar el poco vuelo que poseía imaginándoselo puesto en su escudriñado cuerpo. Melinda se giró y me sonrió pícara.
  -No es nada personal, en realidad me ayudas a escoger lo que no debo.- me alentó maliciosa.
Me llevé la mano a la cabeza fingiendo un gesto de disgusto y paciencia con la esperanza de que Melinda se diera cuenta. Agarré el vestido negro y lo volví a colocar en su percha respectiva colgándolo en el camastro de hierro de su habitación.
La habitación de Melinda y su compañera era demasiado distinta a la mía, acostumbrada a un enorme espacio para mí sola y mis pertenencias aquel dormitorio no podía evitar resultarme angosto e incómodo. Melinda compartía habitación con Kora, quien resultaba ser una excelente compañera de laboratorio que excusaba mis pobres dotes con la química y a la que estaba muy agradecida por ello, y ésta, al igual que la otra, también tenía tendencia a la compra de ropa, por lo que con frecuencia se veía ropa desperdigada por todas partes, una especie de huracán cuyo resultado desastroso fuera el caos absoluto de la moda, un alivio para Doroty pensé la primera vez. El espacio se dividía en dos mitades con un único cuarto de baño, que, para acompañar en sentimiento al resto de la estancia, concordaba con exactitud con el régimen de orden y pulcritud. Al menos las camas estaban hechas, por lo que, tras marear lo suficiente al revolotear alrededor de mi amiga incómoda por no tener un sitio donde asentarme tranquilamente, me acomodé en ésta.
  -¿Y tu maleta?
  -Melinda, no todas las personas por necesidad se pasan cuatro horas escogiendo la ropa de un fin de semana.
Ella me lanzó una sonrisa agria y manipulada echándome en cara lo que yo solía llamar humor coloquial e inocente, una ironía no había matado a nadie hasta ahora. Entonces soltó la prenda y, como un milagro obrado, metió la tercera prenda que llevaba en su maleta anaranjada.
  -¿Y qué vestido vas a llevar a la fiesta?
Un verdadero problema, pero ese tema ya estaba solucionado tras un par de quebraderos de cabeza. Ya me había encaramado a mi armario y pedido de todas las maneras posibles que, mediante algún tipo de hechizo, me ofreciese las prendas que yo no lograba encontrar en el fondo de sus cajones. La solución no era la mejor de todas, pero siempre era mejor que ir con unos vaqueros, una sudadera ancha y unas zapas cualquieras.
  -Encontré una americana que conjuntaba con un traje de chaqueta.- anuncié sin menor dilación, al contrario de ella, yo no tenía ningún problema en no llevar lo último a una celebración.
Además, yo no iba a la fiesta por lucir un modelito que no merecía mi endeble figura para marcar algo de lo que yo carecía, belleza. Había aceptado la invitación de Alexia por puro orgullo y, en un quince por ciento, por curiosidad de cómo se comportaría conmigo y, sobre todo, con Nathan, a quien casualmente no había hecho falta invitarlo ya que otra se había ocupado del asunto.
Melinda puso cara de espanto dramatizado, como si en vez de haberle confesado lo que llevaría puesto le hubiera contado cómo había asesinado a Cooper, descuartizado y esparcido sus restos por los diferentes lugares de Londres. Como acostumbraba a hacer, traté de ignorar su estupidez, quizá se callaría sus pensamientos por una vez en la vida… pero no, se trataba de la mismísima Melinda Gloe.
  -Dime que hablas de otra fiesta, por favor.
  -¡Melinda, no seas infantil!- le recriminé ofendida.- ¿Qué más da lo que lleve puesto?
  -¡¿Qué que más da?!- repitió mis palabras con incredulidad.- ¿Tengo que recordarte quién va a asistir?
  -Sé perfectamente quién va a ir.
Melinda suspiró y meneó la cabeza en gesto desaprobador. Comenzaba a cuestionarme si mi orgullo valía tanto como para hacer el ridículo embutido en un traje elegante, pero luego pensé que era otra oportunidad de pasar dos días fuera de Peninton y la universidad, darme aires nuevos sin irme demasiado lejos.
Mi amiga se revolvió y acto seguida sumergió su alborotado pelo rubio en el interior de su armario de caoba haciendo unos ruidos de los que me preocupó su procedencia. Extrañada intenté en vano alzar la vista para averiguar lo que pretendía.
  -¿Qué haces ahora?
  -Buscarte un vestido decente ya que te has empeñado en ir disfrazada del siglo pasado.
Aquello me impactó y me avergonzó admitir lo que se me pasaba por la cabeza en aquellos momentos, yo no tenía la talla ni el talante de llevar uno de los vestidos de Melinda en mi cuerpo, lo que ella llevaba como suave y delicada seda entre sus piernas, a mí me sentaba como estropajo en las mías.
  -No hace falta.- susurré perdiendo la valía.
  -Sí, sí que la hace y…- de pronto asomó la cabeza de entre la oscuridad con algo entre las manos y sonriendo satisfecha de su trabajo.- …he encontrado el vestido perfecto para ti.
Melinda extendió ante sí un remolino de raso brillante a causa de la incidencia de la luz de la lámpara principal, un talle bajo con cuerpo entallado donde me sentía no poder caber sin ralentizar mi respiración, que se ramificaba en un almizcle de vuelo drapeado cuyas sombras en sus espirales denotaban aún más el fuerte color del vestido, con todo una enorme lazada zapatera colocada poco antes del entalle del cuerpo, ocupaba la mitad del vestido con su reluciente color negro que lo volvía un tanto sicodélico para mi gusto. Aunque no me extrañaba nada que perteneciese a Melinda, la prenda era lo suficientemente radical, impersonal y escandalizador para llamar la atención de cualquiera de los que estuvieran presentes, el problema era que yo no quería protagonizar ninguna película. Miré a Melinda fingiendo una cara de horror y tragué saliva fuerte.
  -No te ofendas pero este vestido es demasiado…- dije sin saber como continuar sin dañar los sentimientos de mi amiga.
  -¿Elegante? No creas…
  -Iba a decir sensacionalista.- repliqué.
Melinda bufó y sacó sus morros, pintados de un color marrón oscuro que aprovechaba los últimos pigmentos de su piel, luego zarandeó el vestido rojo mostrándomelo en un intento de que cambiara de opinión. La observé y suspiré mientras ponía los ojos en blanco, sabía que estaba perdida.
  -¡Vamos, Cati! ¿No quieres ligarte a alguien?- comentó como broma mientras movía exageradamente su hombro con un aire seductor.
  -¡No!- grité.
Para eso estoy yo, un fácil ligoteo enseñando algo que yo no tengo., pensé de inmediato. ¿Habría sido mejor no ir a la fiesta de Alexia? La tentación se hacía más grande por momentos.
Melinda suspiró dándose por vencida y asumió la derrota mirando con pena el vestido. ¿Melinda rindiéndose? Aquello era una trampa.
  -Es una pena. Estaba segura de que a Nathan le hubiera encantado que te lo pusieras…- susurró simulando no estar pendiente de enfrentamiento.
  -Eso es un golpe bajo.- le critiqué.
  -¿Entonces te lo vas a poner?- medio exclamó más agudo de lo que era su voz.
Al momento una radiante sonrisa se mostró en el rostro de Melinda y volvió a agarrar el vestido con esperanza. Yo suspiré y me pregunté por qué caía siempre ante su voluntad, la próxima vez sería una negativa en redondo.
  -Voy a probármelo, no prometo nada.
  -¡Sí, sí, sí, sí! ¡Vas a ponértelo!- gritó Melinda comenzando a saltar como un canguro australiano por toda la habitación. Reí, al menos ella estaba feliz. Ella me cogió por el hombro y, barriendo el aire con su brazo y mirando algo lejano, más allá de las cuatro paredes pintadas de un color calabaza, que yo no lograba discernir.- ¿No lo ves? Vamos a ser las reinas de la fiesta. Todo el mundo nos mirará para admirar nuestra belleza.
  -Claro Melinda.- dije mientras me desasía de su atadura.- La bella y la bestia en persona.
Ella pareció no escuchar mi chiste y, sin razón aparente, sonrió alegremente como una cascada repiqueteando sobre el acantilado. Se giró y me tendió el vestido, que yo cogí con resignación. Después se tranquilizó un poco y regresó a su tarea medio hecha, concentrándose en todas las medidas de que no la pillaran desprevenida sin un buen conjunto puesto. Volví a sentarme en la cama, con el vestido entre mis manos, paseándolo y haciéndome a la idea de que estaría en mi cuerpo dentro de unas horas porque, a no ser que encontrara una escapatoria a tiempo, sería así.
Inevitablemente pensé en cómo reaccionaría Nathan al verme de esa manera, lo más seguro era que le pidiera a alguien una chaqueta lo suficientemente grande para taparme y no hacer el ridículo delante de él.
  -Cati, una cosa. ¿Con quién vas a ir?
Alcé la vista, Melinda ni siquiera me estaba mirando, sino que estudiaba a fondo si escoger una blusa blanca o la otra verde manzana.
  -Supongo que con Cooper.
Melinda suspiró y desechó la camisola blanca al tiempo que doblaba la verde y la acomodaba en su bolsa de viaje.
  -¿Tú con quién vas a ir?
  -Iré en el coche de Peter, él ha invitado a Eric.
Recordé el nombre de Peter y su coche, el que una vez me hubo sacado de un apuro gracias a su plaza en las cocheras de fuera de la ciudad, aunque fingí menor importancia al nombre del chico y su precioso Audi.
Melinda bufó con la fuerza suficiente para que yo la oyera, por lo que llamó mi atención de nuevo.
  -¿Ocurre algo?- pregunté.
  -No, para nada.- contestó sin prestar atención.
  -Melinda…- recriminé.
Ella se giró y golpeó unos vaqueros contra su muslo, luego suspiró y me miró.
  -Kate Moor quería ir con Cooper a la fiesta.
Me mordí el labio inferior, no me podían quitar al chófer de la noche, Cooper me lo había prometido a mí.
  -Puedo ir en la parte de atrás.
  -Solos, Cati, solos.- aclaró.
  -Está bien, llamaré a un taxi.
Melinda me miró como a una extraterrestre en su cama, yo le aguanté la mirada y, finalmente gané set, juego y partido.
  -Déjalo, lo más probable es que te pierdas.- objetó.- Le diré a Kate que aproveche la próxima ocasión antes.
  -Como quieras.- le espeté.
Bajé la mirada de nuevo al vestido de raso rojo, el color casi llegaba a quemarme los ojos con su viveza. Entonces comencé a contar los minutos que faltaba para que ese bermellón se fundiera en mi piel, eran pocos.

sábado, 8 de enero de 2011

30. Regalos.

El sol que tanto adoraba que se interpusiera en mi blanquecina piel, se transparentaba débilmente a través del desvencijado desván, que yacía olvidado y cubierto de polvo como juguete roto en la casa. A pesar de su patente suciedad, la cual sobrevolaba por toda la estancia, plagando los enormes bultos blancos que se alzaban cual fantasmas aterradores moradores, constituía el único lugar en todo el recinto en el que poder esconderse a miradas inquisidoras y presiones morales de sus habitantes.
Recorrí una vez más la sucia sala, como tantas había hecho, y me detuve de nuevo en el gran arcón de madera decorada y hierro forjado donde guardaba todos mis “verdaderos” efectos personales. La abrí, con el sonoro chirrido dándome la bienvenida como tantas veces había hecho, y esperaba que hiciera por mucho más, el sonido me recorrió toda la espalda como un escalofrío, los objetos sobresalía del baúl, presionados al fondo para que cupiera todo a la perfección, me detuve a admirar la colección: libros de todos los tamaños en colores, mapas viejos y olvidados marcados en rojo hasta la saciedad y algunas fotos carcomidas al verse sido arrancadas con brutalidad de su álbum legítimo. Un tesoro en bruto.
Suspiré, me estaba impacientando. ¿Por qué tardaba tanto? Con manos sudorosas por los nervios, saqué por trigésima vez el papel arrancado de una libreta y leí su contenido para comprobar si, por alguna remota posibilidad, en las exhaustivas lecturas que había realizado de éste se me había escapado algún detalle, mas la nota era algo escueta:
Reúnete conmigo en el desván a las cuatro.
                                                       Tu, etc.
                                                             An.

Las preguntas se abalanzaban en mi mente en tropel, sin ni siquiera dándoles tiempo a elaborar con claridad. An nunca era tan misterioso de costumbre, al menos no tanto como para esconder una nota de madrugada entre mis sábanas, me cuestioné seriamente si de verdad había subestimado su indulgencia y si habría recuperado la locura que tanto me había agradado de nuestra pubertad juntos. Él me había visto crecer como yo a él verle convertirse en un prototipo de medio hombre, y la madurez que siempre había caracterizado mi carácter y la viveza del suyo, se habían intercambiado como un experimento químico fallido, una especie de Doctor Jekyll y Mister Hyde.
De pronto un estruendo me sonsacó de mis pensamientos abstractos y, con el corazón en un puño por el susto, corrí a esconder el preciado arcón abierto como cofre del tesoro, y yo hice otro tanto corriendo una tupida sábana para ocultar mi presencia.
  -¿Tali?- la voz sonaba temblorosa junto con el ruido de la puerta.- Tali, ¿estás ahí?
Se oyeron pasos sobre la madera podrida por el tiempo y, aún temerosa de equivocarme de persona, alcé un ojo a visor para comprobar si se trataba de mi amigo. La endeble figura de un alto muchacho de finos mechones brunos que oscurecían su rostro se alzó buscando con desesperación entre los fantasmagóricos muebles tapados, donde se hacía más patente la mugre del lugar. Suspiré al soltar el aire que inconscientemente había retenido a causa del sobresalto y, con una sonrisa en el rostro, salí a su encuentro.
  -¿Qué se supone que estás buscando, An?
El chico, encorvado investigando la parte trasera de una gran viga, brincó débilmente, aunque lo suficiente para poder apreciarlo con calidad, y, con una mezcla de enfado y sorpresa en su angelical rostro, se viró hacia mí. Sin poder contenerlo, una limpia carcajada salió de mi garganta prendiendo el ambiente de tensión, que se hacía denotar en el leve verdor de la cara de An.
  -No ha tenido gracia.
  -Por supuesto que no, mi valiente caballero.
Otra carcajada sonó en el aire y esta vez An fue más condescendiente y sonrió ante la broma. Entonces el silencio llegó, como siempre hacía, y supe cuanto valoraba afasia con An, ya que con ningún otro lo había hecho. Él me miró a los ojos, estudiándome a fondo, escudriñando en el fondo de mis ojos, un ritual que siempre hacía dada la extraña manía que tenía de calcular los sentimientos de cuantos le rodeaban, acorde con eso tomaba las decisiones en cuanto a su trato; pero esta vez un exánime tono rojizo se aposentó en sus pómulos, de una textura extravagante que seguía sorprendiéndome.
Le concedí unos minutos de examen caritativos y después reaccioné como había pensado hacer.
  -¿Sucede algo?
An desencajó su rostro y volvió a la realidad, desconcertado por la pregunta.
  -No, ¿por?
  -La nota.- dije mientras la sacaba del lazo de mi vestido donde la resguardaba.
  -¡Ah! Claro, la nota.
¿Qué le pasaba a An? Estaba como abstraído, en otro lugar muy lejano de aquí. Él no se solía comportar así, no de esa manera tan descuidada e impropia de él.
Pretendiendo aparentar naturalidad, me acerqué entre saltos hacia mi compañero donde él me instó a sentarme sobre la tarima del suelo. Allí me hice una bola, procurando tapar mis piernas con el largo vestido marrón chocolate que conjuntaba, según Margarita, a la perfección con el color broncíneo de mis ojos; y traté de posar mi barbilla sobre las rodillas. An, en cambio, siguió de pie, mirando paso a paso mi actitud positiva, y una sonrisa surgió deliberadamente en su rostro.
  -¿Tienes alguna idea de por qué te he llamado?
  -No, esta mañana mis poderes psíquicos han fallado un poco.- bromeé.
  -Tal y como había predicho…- se rió él mientras continuaba de pie observándome.- En realidad, el otro día me hiciste pensar…
  -¿Yo? Pero si tan solo soy una humilde dama.- bufoneé.
An se rió jocoso por el comentario y finalmente se sentó a mi lado.
  -Sí, y yo el rey de Inglaterra en persona.
  -Y… ¿se puede conocer el motivo de tus pensamientos?
Él dudó por unos instantes, ajeno a mis preguntas y a todo cuanto le rodeaba, pero luego sonrió afablemente y se recostó cómodamente en mi regazo sin mayor pudor. En cambio, un notable rubor se concentró en mis mejillas cuando lo hizo, hacía mucho que no se tomaba esas confianzas conmigo.
  -¿Recuerdas lo que dijiste sobre salir de aquí?
¡Por supuesto que lo recordaba! Creía que lo había dejado bastante claro reforzando el tema cada diez segundos contados. Aún así contuve mis emociones y respondí brevemente a su pregunta, seguía interesada en cómo acabaría esa conversación.
  -Sí, algo así.
  -Pues le he estado dando vueltas…
  -¡¿En serio?!- exclamé casi sin creerlo.
Las especulaciones afloraron en mi mente como una enorme enredadera, igual de grandes y retorcidas. Mas An se adelantó a mis propósitos para explicarse, alzó sus manos y las agitó para llamar la atención.
  -No pienso ir a ningún sitio o escaparme.- añadió para que no le malinterpretara.
La decepción actuó como plaguicida inmediato a todos mis raciocinios más  alocados, de cualquier modo me había impuesto escucharle, y no iba a faltar a mi palabra.
  -A lo que me refería era a que vas a cumplir una edad razonable y… bueno, no me gusta verte de esa manera.
  -¿De qué manera?
An volvió a dudar en cómo responder, parecía que le costaba expresarse a sí mismo.
  -Tan… abatida.- confesó mirando al techo y perdiendo la mirada, parecía que no me hablase a mí.- Y, con intención de aprovechar la ocasión de tu cumpleaños, me gustaría regalarte un pequeño presente.
Acto seguido se incorporó de mi regazo y, sin dudar un segundo, sacó de su impecable chaqueta victoriana un pequeño paquete rodeado con un cordel.
  -¿Para mí?
  -Bueno… yo no veo a nadie más en esta sala a la que ofrecérselo.- ironizó mi reacción. Nuestros ojos se encontraron mientras su cara se iluminaba cuando sucedió, aquello me gustaba mucho de él, era muy transparente a pesar de todo. Carraspeó.- Vamos, ábrelo.
Con la emoción embargando mis venas acogí la caja entre mis manos, pesaba más de lo que me imaginaba y sin embargo era demasiado pequeña para lo que mi imaginación podía especular. Delicadamente desaté el lazo que la envolvía y retiré el cordel que la ataba, el corazón iba a reventarme de los nervios que tenía puestos en ese desinteresado regalo, para mí significaba mucho. Le quité la tapa, allí, en su interior, estaba la caja de música más bonita y elegante que había visto en mi vida. El plateado de la carcasa ovalada se denotaba brillante y pulcro junto con las delicadas y diminutas perlas que decoraban el exterior rodeando las cuatro rosas detalladas en la superficie, pintadas de un fuerte color rojo sangre.
  -¡An, es preciosa!- grité.
Sin controlarme a tiempo me abalancé a sus brazos y le estreché contra mi cuerpo. Sentí las manos de mi amigo temerosas, mas luego las aposentó en mi espalda, devolviéndome el abrazo sin miramientos. Me aparté.
  -¿Te gusta?
  -¿Que si me gusta? ¡Me encanta!
  -Me alegra saberlo.- carcajeó.
  -¿Cómo funciona?- pregunté mientras sacaba la caja musical de su envoltorio y le daba vueltas para admirarla mejor. Detalle a detalle se hacía más hermosa a mis ojos.
  -Trae, mira.- me ordenó siguiendo mis ojos sus movimientos.
An sacó de su cuello una cadena de plata con una pequeña llave y, girando la cajita en un sentido correcto, la introdujo en una ranura delantera. La tapa de la caja se abrió como hechizada y presentó a una bailarina de ballet que comenzó a dar vueltas sobre sí misma mostrándonos su encanto personal. Me quedé embobada viéndola bailar y luego, me paré a escuchar la música que se entonaba.
  -¡Es Chopin!
  -Nocturno, opus 9.- aclaró.- Creí que te gustaría conservarlo tú.
Le miré extrañada mientras la música seguía flotando en el aire, embadurnando todo de su esplendor y riqueza, como solían hacer todas las canciones.
  -¿No la has comprado?
  -La verdad es que no.- susurró avergonzado por el descubrimiento.- Pertenecía a mi madre. Era artículo indispensable en todos mis viajes… antes de venir aquí.
  -Así que esta monada ha conocido más mundo que yo.- sentencié deprimida por la verdad de la oración.
  -Teóricamente. Aunque el motivo no era menospreciarte, quería que tuvieses algo mío. Como recuerdo, ya sabes.
Miré a An vanagloriándole y le sonreí movida por el cariño que en esos momentos sentía hacia él. An levantó la mirada y me sonrió mientras alzaba su mano hacia mi mejilla y la acariciaba inocentemente.
  -Yo también quiero que tengas algo mío.- declaré.
  -No hace falta. Me conformo con que al mirar esta cajita te acuerdes de mí.
  -Ya pero… ¿Cómo vas tú a recordarme a mí entonces?
Dubitativa en qué detalle escoger para la ocasión, encontré la vieja caja de herramientas que yacía desparramada a pocos metros. Decidida, me levanté hacia ella y recogí de ella las desvencijadas tijeras de podar, evité mirar a An en esos momentos, de seguros escandalizado con la idea de que yo cogiera unas tijeras tan enormes, y corté un mechón de mi pelo.
  -¿Qué haces?
  -Aguarda, ya verás.- le aseguré.
Tiré las tijeras cuando terminé y saqué del fondo de mi vestido el guardapelo en forma de corazón que había llevado desde niña como regalo de mi padre, luego cogí un punzón y garabateé lo más limpio posible en la superficie, por último metí el mechón de pelo dentro y se lo entregué a un expectante An.
  -Aquí tienes.
  -Está bien, pero suelta ese punzón.
Con una carcajada lancé el punzón de lleno junto a las herramientas y volví a extenderle el guardapelo que pretendía regalarle, al fin y al cabo también se trataba de su cumpleaños. An cogió el presente y los manoseó para verlo mejor de cerca.
  -Con amor para mi An.- leyó en voz alta lo que yo había escrito hacía escasos segundos.- Gracias.
  -Gracias a ti.
Sus ojos, un almizcle de marrón corteza y verde musgo, me escudriñaron tras su lacio pelo negro una vez más, y dejé que viese cuanto me agradaba todo aquello. Pero sus ojos tan solo se repararon en los míos sin moverse hacia otro sitió, y Chopin dio su toque final.

jueves, 6 de enero de 2011

29. Un repentino giro.

Miré a mi alrededor, el sitio era demasiado tétrico y falto de vida, un blanco y negro que protagonizaba toda la escena, una melancolía desierta que se extendía carcomiendo el lugar. No sabía donde me hallaba, pero algo en mi interior me decía que no me haría falta saberlo, por lo que traté de ignorar mi posición.
Consideré concentrarme en lo que estaba ocurriendo, a penas sentía mi cuerpo, es más, no sabía donde comenzaba ni donde tenía su fin, un espíritu, un alma libre… Pero aquella sensación no me saciaba, me sentía demasiado débil. Oí de nuevo a aquella misteriosa voz, ella me decía que lo que estaba esperando llegaría pronto.
De pronto, sentí que una fina lluvia empezaba a cubrir todo mi derredor, aunque tan veloz como había comenzado a tronar seguidamente se volvió intensa y mortificadora, pesada bajo su peso, casi dañina. Yo seguía sin sentir mi cuerpo, pero aún así notaba como éste se calaba y me empapaba con su mortificadora agua.
Entonces algo agarró mis brazos, no era una presión, sino una caricia suave, un cariño que me confundía. Sentí sus dedos más materiales, dibujando vagas semicircunferencias en las arrugas de mis codos, y la voz volvió a hablar en mi fuero interno instándome a girarme y descubrir mi regalo. Lentamente, y sin miedo en las entrañas, viré entre esos brazos que me ataban para descubrir un ser perfecto, un precioso ángel tallado con mármol vivo. Perdida en todo, seguí el trazo de sus sedosos mechones de un color tan negro y brillante como la propia turmalina líquida, sus grandes ojos de un color verde oscuro que tan solo se encontraba en la más profunda vegetación, sus cristalinas facciones, tan suaves y delicadas que suscitaban el más oscuro placer de todos. Expectante observé todo aquello, ahora sí sabía lo que iba a ocurrir, aunque no tenía oportunidad de resistirme porque ya conocía el poder de la tentación que se me brindaba con la mayor naturalidad. Sus largas pestañas, que albergaban aquellos grandes iris, me apuntaron acusadoras de un delito sin cometer, y me sentí perecer bajo ese abrumador hechizo.
Pronto las manos que me aferraban consiguieron deslizarse por lo que sería mi espalda, recorriéndola como un navío que surca la mar en su carta de navegación. Su tacto era aterciopelado sobre su piel desnuda y la mía, un placer de los que no solía disfrutar, tan deleitoso que hasta dolía. En un instinto de buscar más, mis manos se posaron sobre su torso nudo, donde aquellas curvas de color impreciso y variante formaban sus músculos, deshechos en mis caricias. Caí en la cuenta de que el querube no estaba mojado, la lluvia no le afectaba como a mí, que me calaba hasta lo más hondo.
Entonces sus labios carnosos y sabrosos se despegaron mesuradamente hasta que se acercaron a mi cuello e inició un truculento beso en él del que sentí derretirme. Yo quería que fuera a más, que nunca parara, pero, finalmente, desprendió su lengua de mi cuello y se dirigió a mi oído.
  -Sé quién eres.
Y el ángel ardió en llamas.


El viento frío era patente en todo mi cuerpo, demasiado nítido para obrarlo a mi imaginación. Me obligué a despertarme rápidamente. La luz cegó mis ojos durante unos instantes y el canto de los pájaros, quienes ignoraba su retorno a Peninton, me ensordeció impidiéndome pensar con claridad y analizar mi situación. Entonces todo se volvió mucho más evidente, unas gigantes copas de árbol me felicitaron la mañana amablemente erguidas sobre mi persona, impidiendo que el cielo se mostrara para mis ojos pero filtrando la luz solar que necesitaba para los pigmentos de mi piel.
¿Estaba en mitad del bosque? ¿Qué diablos hacía yo allí? Asustada traté de concentrarme en lo que estaba sucediendo esos instantes, la cabeza no paraba de darme vueltas y sentí como mi cerebro se desprendía de los nervios que la sujetaban y bailaba alegremente por mi cabeza.
Me erguí en mitad de la nada, que era donde estaba, entre miles de hojas caídas que manchaban puntualmente el suelo y crujían bajo mi peso, acusadoras de mi estancia prohibida en aquel paraje. Eché un vistazo a mi cuerpo, confusa, llevaba el pantalón grande y la vieja sudadera blanca, que sí recordaba vestir, ensuciadas por un barro seco que embadurnaba todo. Y, sin poder saber que otra cosa podía hacer, caminé en un intento de salir de aquella agobiante vegetación que me rodeaba sin remedio.
¿Cómo había llegado yo allí? Trataba de rememorar lo que me había sucedido realmente pero todo se volvía borroso y cobraba un alarmante sinsentido que me dejaba como al principio. ¿Me estaría volviendo loca de verdad?
La carretera se vislumbró rápida, permitiéndome orientarme. Entonces me di cuenta, estaba al principio del bosque aún pertenecía a Kenilworth, a penas unos metros donde se divisaba ya la estructura gótica que formaba mi residencia, lo que no se me antojó muy distante. Sintiendo la gravilla bajo las plantas de mis pies desnudos y con un suspiro me adentré en la universidad con la esperanza de que, o bien fuera demasiado pronto para la hora de madrugar un viernes, o demasiado tarde para que alguien estuviese deambulando por los dominios de Kenilworth.
Atravesé las verjas sin problemas y observé como la calma residía por todo el campus, aquello me alegro lo suficiente para desintegrar un ápice de locura a la situación, y con paso raudo caminé por el césped, evitando la tierra del sendero, hasta los dormitorios. Ya casi podía rozar el pomo de la puerta, solo unos segundos más y lo habría conseguido, pero se me olvidó una vez más que la suerte nunca me acompañaba.
  -¿Cati?
Me detuve al oír la voz asombrada a mis espaldas. ¿Llegaría a tiempo hacia la puerta para huir? Probablemente tropezaría con el suelo por los nervios y sería aún más penosa la captura. Procurando ser yo la que iría a ignorar los que hacía con aquellas pintas me giré paulatinamente poniendo una sonrisa forzada.
  -Emm… Hola Alexia.
Tan pronto como la mirada rojiza, que tanto temía desde el último encuentro junto con la confinación de su secreto, encontró la mía debilitada por la confusión, las delicadas facciones de su bello rostro se transmutaron en un pánico patente, quizá recelaba lo que me pudiera haber pasado o simplemente, y más probable, su propia protección.
  -Iba a… iba a recoger unas muestras para… el trabajo de paleoecología.- tartamudeé una excusa para mi estado mientras un ardiente rubor recorría mis pómulos.
  -Y te has saltado las clases para eso.
Mierda, debía de ser mediodía. Con el corazón perforándome las costillas por su potencia, para las mentiras yo me tenía que preparar, no se me daba bien improvisar.
  -Sí…
  -¿Y las muestras?
¿Por qué leches tiene que hacerme este interrogatorio justamente ahora?, no pude evitar pensar y odiarla con toda mi alma, ¿Qué cree, que he venido de robar un banco?
  -Las he dejado en conserjería.- aseguré rauda con la mentira. Luego tosí para recuperar el control.- ¿Quieres algo Alexia?
Alexia se retiró la esplendorosa melena que suscitaba envidia en cualquier muchacha racional, y, algo seria, me escudriñó con su inquietante mirada. ¿A dónde había ido a para la innata amabilidad de la última vez? Volví a sonreír, pero esta vez con una oculta connotación de malicia.
  -La verdad es que… te buscaba a ti.
Aquello sí que me sorprendió. Meses sin saber nada de cuanto la rodeaba, ni una mención por su parte, y aparecía para buscarme. Me pregunté si tendría que contarme aún alguna que otra historia de su infancia o si tan solo venía a restregarme lo benévola que había sido ella cuando, después de que ella se disculpase, yo no la hubiera dirigido una palabra. ¿Qué había pasado con la compasión?
-Pues aquí me tienes.- declaré tomando fuerza.
Alexia no habló de inmediato, sino que miró repetidas veces al suelo y a nuestros lados, por lo que induje que mis pintas no debían ser demasiado buenas, era como si… le costase decirme lo que debía. La maldad volvió a apoderarse de mi mente, aquello era mejor que una tortura.
  -Voy a dar una fiesta este fin de semana.- escupió entre dientes.
Recapacitando sus palabras asentí invitándola a hablar, pero no podía. A pesar de toda su elegancia, buena educación y saber estar, a Alexia le seguía costando hablar con la gente de la que no se merecía ni decirle la hora. En cierto modo me alegré por pertenecer a esa categoría, los cotilleos que, de estar seguros, se cocían tras las paredes de la sofisticada universidad de Kenilworth, habían obrado maravillas sobre mi reputación.
  -Te felicito por ello.- le contesté.
  -Yo quería invitarte, si no estás ocupada claro, sin presiones.
Aquello me obligó a morderme la lengua para no comenzar a ser sarcástica, desde luego Alexia me iba a alegrar esta mañana tan extraña. Jugueteando con el azar fruncí el rostro para hacerme denotar pensativa, aunque poco tenía que pensar.
  -Últimamente tengo la agenda un tanto ocupada…- dije mientras dejaba arrastrar la esperanza de no acudir para luego echarla por tierra.- Pero, siendo sincera, siempre hago hueco para mis amigas.
  -Perfecto.- sonrió amargamente Alexia.- Podrías invitar a Nathan.
Y ahí estaba por fin el verdadero sentido de mi invitación a la fiesta. Tan rápido como había crecido la superioridad y la malignidad fueron destruidas y sustituidas por la vergüenza y comparecencia ajena.
  -¿Nathan?- pregunté temerosa.
  -Sí, Nathan. Bueno, dicen por ahí que ahora te llevas muy bien con él.
  -¿Y quién dice eso?
  -¿No es cierto?- inquirió Alexia con un misterioso brillo rojizo en su mirada.
Parecía ser que esta vez me había tocado ser la cabeza de turco para las acusaciones de mi compañera, que como buena persona contraponía las opiniones que la gente disparaba sin pensar un segundo en sus repercusiones. Aquella fue la primera vez por la que me interesé en el tipo de cosas que decían los estudiantes a mis espaldas.
  -Supongo, creo que ellos saben más de lo que yo llego alcanzar de mi vida.- contesté agriamente. Por supuesto no me apetecía hablar sobre Nathan, ese era un tema demasiado delicado que había dejado a parte.- Aunque podrás juzgar por ti misma este fin de semana, ¿no?
  -Claro, por qué no.
Adelantándome a las delicias que seguramente iría a decir mi amiga o a los silencios incómodos que probablemente sufriríamos tarde o temprano, le di de bruces mientras que, con toda la naturalidad posible, me disponía a entrar en el torreón para quitarme de la vista de Alexia de una vez por todas.
  -¡Cati!- me llamó una última vez.
  -¿Si?
  -Te has dejado una muestra entre tu pelo.- ironizó.
Contrariada me llevé la mano al pelo al tiempo que rescataba de entre mis enmarañosos cabellos, descubriendo una parte más de mi cuerpo en mal estado, una marchita hoja del bosque. Miré rápidamente hacia Alexia, quien poseía la maligna sonrisa que había robado de mis labios, hiperventilando por la mentira lanzada. Alexia hondeó su precioso pelo y, sin más dilación, se alejó por el campus.

martes, 4 de enero de 2011

28. Inmortal.

  -Como la señorita no se tape ahora mismo cogerá un catarro que la impedirá disfrutar de su ansiada fiesta la próxima semana.
Observé a la pobre dama que en vano trataba de persuadirme sacudiendo las motas de una bata de seda china que había encontrado en uno de mis baúles. Reí.
  -No, Margarita, ahora no puedo parar.
Volví a reírme y a saltar por la extensa cama de mi cuarto, imponiéndome como meta conseguir rozar el techo rugoso con la yema de mis dedos. Salté con más impulso, lo iba a alcanzar. Mi respiración se había revolucionado, disparándose en todos los sentidos posibles, y unos pequeños pinchazos incomodaban mi costado con su incesante tintineo, pero lo ignoré todo. El viento helado laceraba mi piel desnuda como el acero abierto, roturando mis muslos desnudos en contra de él, y noté como el pequeño corsé que vestía desprendía su presión cediendo tozudamente hacia el movimiento.
  -Por favor, no le haga esto a mis indigentes nervios. ¿Es que no tiene usted compasión de mí?
Reí una vez más sin desistir en mis saltos olímpicos y le dirigí una mirada condescendiente a mi nodriza. A regañadientes y silbando por lo bajo frases ininteligibles que nadie pudiera entender me dejé rebotar sobre el colchón hasta que los botes cesaron por completo.
  -Margarita, no lo entiendes…
  -Yo solo entiendo que como no entre en calor ya enfermará el día de su cumpleaños, y eso no lo puedo permitir.
La mujer aprovechó mi debilidad para urgir en rodearme fuertemente con la bata que había ondeado hasta ahora, tapándome del cuello hasta los tobillos. Sentí la seda fría al primer contacto, algo demasiado fino que resbalaba en mi fina piel, pero pronto el calor corporal se aglomeró y transfirió su energía a través de todo mi cuerpo. Con el ceño fruncido levanté la mirada hacia la mujer de la cual recibía tantos tratos de afecto. El pelo pulcramente recogido en un moño trenzado dejaba ya entrever multitud de volutas plateadas que se desperdigaban como nieve en todo su cabello, negro como la misma oscuridad, un cabello que en su día fue realmente hermoso y vigoroso, y que ahora tan solo mostraba los vestigios de sus restos conservados. Su rostro encerraba una infinidad de arrugas que trataba de tersar con vanos ungüentos y que manchaban su piel vidriosa y traslúcida, con manchas acarameladas que simulaban pecas. En cambio sus ojos, al igual que su pelo, negros y profundos, encerraban una viveza que solo albergaba en su interior, donde se encarcelaban los recuerdos de un pasado feliz y la plenitud de una vida que ya había transcurrido para decepción de ella.
  -Pero… Margarita, yo quiero ser libre. ¿Por qué no puedo?- me entusiasmé y volví a recuperar las fuerzas que me habían movido. Brinqué de la cama con la bata puesta hasta que recuperé las manos tras las alargadas mangas y giré sobre mí misma en vueltas.- No, no me contestes a eso. Yo solo quiero descubrir todos los colores de la naturaleza, saltar por las cataratas del Amazonas…
  -¡Señorita, no diga eso!- exclamó interrumpiéndome.
  -Retozar en los campos de Turquía…- proseguí sin aliento acogiendo las entumecidas manos de mi nodriza.
  -¡Turquía!
  -Sí, Turquía. Volar sobre el océano...
  -¡Volar no es actividad para señoritas como usted!
  -Recorrer toda África de una sentada…
  -¡Ah, esos bárbaros!
Herida por sus comentarios la solté, enfadada por contrariar mi opinión más sincera, y, frunciendo el ceño, me enfurruñé con la ventana que daba al exterior, más allá de las cuatro paredes que la gente solía tener por lo único sólido en sus vidas. ¿No se daban cuenta de que afuera había todo un mundo para descubrir? Observé por la cristalera transparente, el sol incidía en cada ser material que alcanzara a ver, todo recibía la vigorosidad de su potencia, la calidez de sus rayos rodeándoles… El sol era el centro.
  -Entonces de qué sirve vivir.- murmuré mientras el paisaje me absorbía.- Si ni siquiera puedo salir, cómo podré descubrirme, cómo saber quién soy en realidad.
La anciana me agarró por los hombros, sintiendo la presión bajo la fina seda de llamativos colores amarillos chillones que yo había elegido, aquellos colores brillaban tanto como el propio sol, o al menos lograban darse un aire de deja vu a ellos; y me arrastró con cariño hacia el espejo de cuerpo entero que residía en mitad de la sala olvidado por los presentes en ella. El reflejo que mostraba era algo distante a lo que vagamente podía imaginarme, la mujer se había postrado de tal forma que fuera yo la única a la que el cuadro presentara, de aquel modo mi piel pálida y enfermiza destacaba con firmeza a través del uso de la oscuridad del fondo de la habitación, salvajemente desordenada, y donde se fundían mis débiles ondulaciones de cabello que frecuentaba usar para aparentar sofistiquez.
  -Esa es usted, no hay por qué buscar más. Alguien realmente bello a quién, seguramente pronto, pertenecerá a un corazón.
Vislumbré como el espejo mostraba lo que yo sentía en aquellos momentos, un débil desliz en las comisuras de mis labios enrojecidos por naturalidad.
  -A mi corazón, solo al mío.
La mujer se rió, temblando sus manos sobre mis hombros, donde los había reposado con afabilidad.
  -Bueno, algún día… no será así. Permítame la intromisión, pero llegará la fecha en la que los límites de su morada serán su propio mundo.
Abrí desmesuradamente los ojos dejando que el pavor entrara por ellos como ventana libre al desengaño, aunque pronto supe calmarme y fingir tranquilidad y concordancia con esos comentarios, tal y como había aprendido a hacer con los de ese tipo. Instintivamente aparté la mirada de la suculenta imagen que ofrecía el espejo hacia la parte de la cadera que dejaba entrever los rasos lazos del corsé de un rosado vómito entre la bata, como siempre había hecho, la embarronada marca de nacimiento que tomaba la insólita forma de una delicada flor de lis descansaba pertunbante, la prueba que marcaría mi vida por el resto de los tiempo, una maldición.
  -Margarita, ¿cómo va el vestido?
La voz me pilló desprevenida y ajena a las circunstancias que acontecían. Una tercera mujer se sumó a la estancia, me giré para observarla llegar, aún siendo más madura y teniendo una edad razonable, su decadencia había comenzado a purgar sus penas sobre las aletas de su nariz y el extremo de sus ojos, de un gris oscuro.
  -Perfectamente, madre. Elegí un azul marino al final.- sonreí actuando mi papel como hacía todos los días ante ella y los demás.- ¿Te agrada?
  -A mí me agrada todo lo que te hace feliz, hija.- rezó mi madre con una alentadora sonrisa en sus labios recordándome que siempre podía confiar en ella.- Ya puedes retirarte Margarita, mil gracias.
Mi condescendiente nodriza realizó una elegante reverencia a la presencia de mi madre a modo de disculpa por su previsible desaparición y me miró de modo confortador antes de dirigirse a la salida y perderse tras las puertas de roble macizo.
Suspiré, por fin podría relajarme tras abordar aquellos temas con mi propia sirvienta, por mucha confianza que desprendiera seguía teniendo que actuar delante de ella. Me senté en el borde de la cama que había deshecho con mis saltos pocos minutos antes del abordaje, y observé desde aquella perspectiva como mi madre estudiaba el bordado del vestido que llevaría dentro de escasos días el día de la primera fiesta importante que tendría acontecimiento de mi vida social, aunque fuera la única que mirara con verdadero interés el motivo de ésta (el cumplimiento de dieciséis años) y no lo que supondría para mi madurez.
  -Mamá…- la llamé apesumbrada y temerosa de manifestar mis pensamientos en alto.- ¿Cómo conociste a padre?
El silencio se acopló en la habitación durante unos tensos instantes en los que me abstuve de dirigir una vista hacia arriba y fingí interesarme por los hilos que cosían la amarillenta bata.
  -Hija, te lo sabes de memoria.- dijo al fin.
Respiré intranquila, la incertidumbre aún no había transcurrido, por lo que volví a intentarlo con más expectativas que la primera vez.
  -Lo sé, pero me gusta oírlo de tu voz.
Entonces un suspiro se escapó de la garganta de mi madre y noté más que nunca su mirada clavada en mí, aunque aguanté el estudio de mi persona solo con tratar mis caprichos.
  -Yo era demasiado joven en aquella época, cuando entonces una timidez extrema caracterizaba mi presencia en cualquier baile o acudida.- realizó una pequeña pausa, me imaginé, recordando viejos tiempos en los que ella era la muchacha protagonista y no yo.- Mi padre, es decir, tu abuelo, había decidido celebrar una fiesta en mi honor, un pequeño espacio en el que darme a relucir. María, esta vez no habrá sombra en la que ocultarte, solía decirme todo el tiempo. No sabría saber quién estaba más emocionado por la fecha señalada. Como te he dicho, yo era muy tímida, y eso me impedía revelar al mundo mi comparecencia en él, no estaba acostumbrada a ser la estrella.
  >La fiesta empezó, tan fantástica y perfecta como mis suposiciones y hambrienta imaginación había llegado a crear en mi mente o incluso mejor. Todo el mundo me saludaba y presentaba sus agradecimientos, no paraba de charlar con nadie cuando otro ya me arrastraba a su conversación, imposible sentirse sola.- se rió afectada por el dramatismo de sus recuerdos.- Y… bueno, como tú bien sabes, entre toda aquella multitud que rebosaba la casa se encontraba cierto muchacho, misterioso y ausente a todo lo que me podía estar pasando.- sonrió con estima al rememorar aquella parte de la resumida historia.- El vals sonó como fondo y él se despegó de la pared en la que se apoyaba.
  >-¿Me concedería este baile?- preguntó tomando mi mano.
  >Yo, enrojecida por la vergüenza, me limité a asentir mientras me dejaba arrastrar por su encanto. A penas podía escuchar verdaderamente las notas de la melodía que se tocaba en ese momento…
  -Tchaikovsky.- anuncié en un susurro sin la esperanza de ser oída, mas mi madre, más sorprendida que enfadada por interrumpir su relato, me miró intrigada. Sonreí ruborizándome.- Papá si que la recuerda.
  -Tchaikovsky, entonces.- conjeturó ella con otra sonrisa.- Lo importante es que supe que era él el elegido, el que complementaría mi puzzle.
Mi madre se llevó la mano a la parte trasera de su oreja derecha, en el nacimiento de su cabello, donde, sabía, que se encontraba su marca, una perfecta estrella rojiza de tan solo cuatro puntas, la misma que mi padre reposaba en el final de su espalda. Suspiré y volví a acariciar la flor de lis que yo portaba a la familia, aunque me obligué a evocar que la finalidad de mi interrogatorio no había llegado.
  -Y si…- inspiré para darme fuerzas.- ¿Y si no hubieras encontrado tu marca?
Madre primero ignoró la pregunta o tan solo no supo calcular el valor de peso de ésta misma, luego se viró lentamente hacia mí y no supe cómo mantener su mirada. Después se movió hasta el pie de la cama donde yo reposaba atormentada por la culpabilidad de lo que estaba a punto de averiguar, sin creer todavía como sobrellevaba esta conversación conmigo, y se sentó a mi lado.
  -Hija, nosotros pertenecemos a una raza especial…
  -Eso ya lo sé.- le aseguré, no era precisamente esa charla la que buscaba.
  -Entonces, ¿qué es lo que no comprendes? Cada uno de nosotros está destinado a una persona y las marcas solo nos ayudan a encontrarla.
  -Pero… ¿Y si yo no tuviera a esa otra mitad? ¿Y si yo me quedara sola?- dije manteniendo un tono serio sin avivar las esperanzas que en realidad escondían para mí esas preguntas.
Mi madre me miró compasiva, tal y como suele hacer cualquier madre cuando una hija sincera sus más oscuras preocupaciones, y peinó con cuidado mis cortos cabellos con su propia mano, apartando grandes mechones de mi propia cara.
  -Todos estamos conectados en nuestra etnia, por razones que no llegamos a entender, pero somos así. No estamos hechos para permanecer solos, necesitamos a alguien que nos complemente o si no…- acalló sus peores temores.
  -¿Si no qué? Imagina, hipotéticamente, que existiera esa posibilidad. ¿Qué sucedería?
Ella se sintió reacia a contestar a aquellas preguntas, pero me estaba declarando a ella, mi progenitora, debía contarme por mucho que no la agradara. Suspiró.
  -Hipotéticamente,- anunció subrayando esa palabra.- esa persona estaría…- se cortó.
  -¿Libre?- aposté.
  -…fuera de compromiso.- dijo ignorando mi aportación.- Pero igualmente no tardaría demasiado en decaer, somos seres que no nos bastamos de una energía, necesitamos de otra para alimentarnos. De cualquier modo, eso no puede ocurrir.
Aquello sonó como deliciosa música en mis oídos. Libre de todo, libre para poder salir, investigar el exterior, tu verdadero amante. Sin poder contenerlo mi imaginación voló hacia esos remotos confines, confines que me esperaban llamando mi nombre a gritos.
  -¿Eh? Ah, sí, ya, sé que no puede ocurrir…- aseguré con la mente en otra parte, lejos de aquella habitación.- Pero, entonces, sería como una vida normal, ¿no?
  -Sí… y no. Si no te juntases con tu otra marca, ya sabes, no serías… humana.
Fruncí el cejo sin llegar a comprenderlo del todo.
  -¿Quieres decir que no moriría, que sería inmortal?
  -Hasta que tu cuerpo lo soportase, una especie de agonía que no podrías poner fin dado a que somos inmune a todo tipo de “muerte”, por así decirlo.
Mi madre me miró y cesó de acariciar mis cabellos malinterpretando mi absorción como miedo y no expectación, que era lo que sentía.
  -Pero no te preocupes, no va a suceder nunca. Encontrarás a tu marca.- me alentó creyendo hacer bien.
Pero yo no quería encontrarla, quería ser libre, quería… quería ser inmortal.
Arrullé de nuevo la mancha marrón chocolate de mi piel, la flor de lis no me quemaba tanto como ahora.

27. Una invitación.

La música tronó a través de los altavoces quemándome por dentro, una tortura que soportaba y trataba de ignorar a toda costa mientras concentraba mi mirada desvaída en aquel trozo de papel garabateado vagamente. Notaba como cada nota se adhería a mi cuerpo, penetrando y dejándolo marchitar por su fuego lento. Con la mano cerrada en un ramillete de puño levanté la vista, donde Melinda danzaba tranquilamente al son de la canción que se desvestía a todo volumen por la emisora de radio música non-stop que había canalizado tras muchos esfuerzos y desistes. Me fijé en sus movimientos, coordinados, que marcaban la percusión de fondo de la música elegida, un deslizamiento de brazos en alto y oscilaciones leves de caderas que variaban en la posición de sus pies, entonces me volví a preguntar por qué había permitido que se hubiera colado en mi cuarto de aquella manera y encender la radio de mi portátil.
Bajé los ojos hacia el papel ensuciado y emborronado, apenas unos bocetos de un rostro borroso y descalcado que inconscientemente había dibujado para entretener el aburrimiento de una tranquila tarde. Repasé con el dedo índice la esquina superior derecha, donde reposaban un par de alas escamosas que había olvidado que las había terminado dibujando. ¿Por qué las había dibujado? Ni siquiera mi subconsciente supo responder a esa pregunta, pero tampoco me atormenté por ello. Finalmente la canción que resonaba conoció su fin con un estridente acorde de guitarra eléctrica masificada que el cantante intensificaba gravemente con un yeah dejado en el aire. Me gratificó descansar durante unos escasos segundos del martirio que la música causaba en mi cuerpo y deshice el nudo del estómago que se había formado mientras sonaba la alterada voz de la presentadora que patrocinaba la línea, algo escandalosa en su intento de animar a los radioyentes. Pero la emisora era de música non-stop tal y como había planeado Melinda, por lo que los espacios publicitarios y los comentarios de la gente no tenían cabida en aquellos minutos, y pronto sonó otra canción. Esta vez se trataba de algo más sicodélico, sin duda desfigurado por algún tipo de tecnología que modificaba tanto la voz del cantante como el ritmo en el que se basaban la repetición de las palabras cabidas en la letra. Escuché sin sorprenderme como Melinda lograba cantarla con exactitud y saber tararearla cuando irremediablemente se perdía en las aglomeraciones de frases repetidas.
  -Esta es mi canción favorita.- comentó con entusiasmo.
El baile de la chica no cesó, sino que aumentó sus expectativas con exagerados movimientos mientras cerraba sus ojos dejando sentir la melodía.
  -Anda, ven a bailarla.- suplicó.
  -No.- contesté tranquilamente.
La ignoré completamente mientras cogía de nuevo el carboncillo y comenzaba delinear un oscuro círculo del que no sabía cómo tomar forma.
  -Vamos, venga… Muévete.
Melinda no se rindió con mi negativa, optimista asió mi antebrazo instándome a levantarme de la cristalera a la que me había pegado durante todo ese tiempo. Suspiré, si apenas soportaba el escuchar música no quería sucumbir al baile de ésta, pero Melinda, como buena réplica a su carácter, era realmente testaruda, y, apartando el bloc de dibujo y el carboncillo, consiguió erguirme correctamente. En ese momento me sentí como una estúpida allí de pie mientras Melinda seguía el ritmo de la canción, me negué a mover ni un ápice de mi cuerpo. La cintura de mi amiga repiqueteó seguidamente en mi costado, rubricando el ritmo percutorio de la canción y obligándome a, al menos, doblegarme ante un paso de baile. Más tarde cogió mi mano al tiempo que realizaba un giro a mi alrededor sin desistir en sus intentos forzados y con una carcajada limpia en la boca ante la felicidad hipotética de hacerme bailar.
  -Melinda, no quiero bailar.
  -Pero yo sí.
Otra vuelta y la mención de un estribillo sin sentido y monótono.
  -Por favor…
Al fin Melinda me liberó de su engatusamiento y me senté en la cama enterrando mi rostro en mis manos y bajando la capucha de mi sudadera blanca. Mucho mejor. Melinda fue entonces a bajar el volumen de la radio en el ordenador, de modo que pronto se convirtió en un leve rumor que inundó la habitación como un fondo, aquello me alivió bastante. Sentí después como el colchón se hundía tenuemente a mi lado y entendí que Melinda se había acomodado y me estaba observando, oía como su respiración entrecortada por el ejercicio se iba ralentizando cuando trataba de calmarse.
  -¿Qué te pasa?
  -Me siento incómoda con la música.- admití.
  -¿No te gusta?
  -No, no es eso.- suspiré agotada, tenía mis propias teorías en cuanto a ese tema, aunque eran demasiado disparatadas para que en el instante me colgaran el cartel de chiflada.- La música es mi primer y único amor.
  -Entonces,- rió Melinda divertida a mi costa por las nuevas especulaciones.- ¿cuál es el problema?
Melinda se estaba burlando de mí con toda la razón del mundo a su favor, yo era, como solía decir, demasiado compleja incluso para la razón de mi entendimiento, y eso se veía repercutido en mis propias explicaciones sobre mi comportamiento. De cualquier modo no me importó que regocijara a mi amiga, por lo que no me supuso un inconveniente sincerarme.
  -Digamos que… no nos concordamos.- razoné insatisfecha.
La chica abrió la boca vocalizando una muda vocal y se retiró desplomándose con una sonrisa en los labios en la colcha.
  -No me he explicado muy bien, ¿verdad?
  -Ehh… no.- se rió ella, aunque luego añadió algo para no desalentarme.- Pero de algún modo te entiendo, no me digas cómo ni por qué pero lo hago.
  -¡Vaya… me alivias!- ironicé tumbándome a su lado.
Melinda me pinchó un codazo en el costado, un tanto fuerte de lo que me esperaba mientras me doblaba por la presión, aunque igualmente conseguí reírme distante de todo. De pronto unos golpes secos a la madera de mi puerta resonaron a través del aire, superando a la música que lucía de ambiental y condicional al estado de los oyentes semiconscientes. Con extrema pereza de levantarme finalmente lo conseguí y abrí la puerta remolona y persistente en hacerme derogar. Unos cabellos dorados se escatimaron en mi frente como descubrimiento, Cooper se apoyaba tranquilamente en el marco de la puerta sin miramientos mientras alzaba la mirada directamente hacia mis ojos y una elegante sonrisa se extendió por su rostro sin más preámbulos. Complacida por su visita y adulada le devolví otra, al menos lo más posiblemente bonita a la suya pero sabiendo que no llegaría a la perfección de la suya.
  -Hola, Cooper.- saludé animada por su presencia tras mi puerta.
  -Hola, Cati.- contestó cansado. Me fijé entonces de nuevo en sus ojeras, esta vez incluso más marcadas que la última vez.- Perdona, ¿está Melinda aquí?
Aquello me descolocó por completo. ¿Buscaba a Melinda y no a mí? Ella no era precisamente una íntima, siempre había pensado que era una relación algo basada en la regularidad de verse y, como no, de su hermano Eric.
  -Sí, está aquí. Melin…
  -¿Qué quieres, Coop?- me interrumpió Melinda justo a mi lado.
¿Cómo había llegado a colocarse a mis espaldas tan sigilosamente? Me sobrecogí ligeramente del susto pero logré recomponerme para advertir las miradas que transmitían los verdosos ojos de Melinda a los de mi amiga, algo serio y hostil, lo cual me extrañó tratándose de ella y su particular inmadurez.
  -Tienes que venir. Ha habido…una… emergencia.- comentó misteriosamente el chico rubio estirando cada palabra cual látex alterante.
  -¿Y se requiere mi presencia?
Cooper no contestó enseguida, sino que primero me dirigió una mirada condescendiente y luego asintió en una afirmativa que condicionó a Melinda por completo. No pude evitar alzar ambas cejas, totalmente sorprendida y confundida por un lenguaje tan reservado y poco coloquial que estaban utilizando. ¿Se estaban riendo en mi cara?
  -Bueno entonces…- expiró con agotamiento. ¿Por qué estaban todos tan cansados últimamente? Y finalmente se dirigió a mi persona.- Me tengo que ir. Nos vemos, ¿vale?
  -Sí, claro. Hasta mañana.
Melinda se escatimó y me sonrió con un deje mientras se encomiaba a los brazos de mi amigo. Les vi alejarse a lo lejos del pasillo hasta que les perdí de vista. Desde luego aquello había sido muy extraño, más de lo normal. Me quedé en la puerta, como una boba mientras mi cabeza daba vueltas y tornas alrededor de lo que acababa de pasar, debía de ser una imagen desoladora, yo con un pantalón de pijama tres veces más grande y una sudadera roída por el tiempo, inmóvil y mirando a la nada. Aquello me sirvió de aliento para volver a la realidad y preocuparme por las opiniones que darían mis compañeros de pasillo si me veían así. Con un bufido cerré la puerta dándome cuenta de mi propia locura y volví a adentrarme en mi humilde morada, el único hueco en el mundo que me importaba en aquellos tristes momentos.
Tan pronto como me hube recuperado del shock apagué con rapidez la ventana de la emisora de radio, Melinda se había marchado y no había razón suficiente para que la mantuviera abierta. La música se apagó al instante cortando el ambiente que había creado y sus pitidos dejaron de resonar en mis oídos, aquello si que era calma, por fin podría descansar de todo. Eché un vistazo desolador hacia la estantería donde descansaban toda la colección de libros que había llegado a almacenar durante estos años, mi mayor logro, pero descubrí que no tenía fuerzas para ponerme a leer, no necesitaba sumergirme en otro mundo si ya tenía bastante con el mío. Volví a suspirar, tampoco me apetecía demasiado crear otro quebradero de cabeza analizando todo lo que me estaba ocurriendo, más de prisa de lo que yo había creído. Pero al mismo tiempo… había tantas cosas que cuestionarme… tantas cosas a las que encontrar la razón de su fundamento…
Sin más preámbulos agarré el montón de sobres que había depositado sobre el escritorio tras haber recogido el correo durante el almuerzo. Con desgana me desplomé sobre la cama, definitivamente ya la habíamos desarreglado entre Melinda y yo, no había justificación para no deshacerla aún más, y ojeé sin mucho interés los sobres de tonos blancos que la gente me había mandado. Ignoraba quién pudiera escribirme en estas etapas de mi vida, por lo que supuse que la mayoría sería propaganda barata que enviaban a las universidades con tal de escatimar el dinero de los jóvenes estudiantes del pueblo.
Discoteca Marquee te da la bienvenida a un nuevo mundo…, deseaba alentadora un panfleto de grandes colorines sobre un fondo oscuro, o: Cibercafé Parkway Street, donde te prometían un Internet sin límites y un buen café como acompañamiento. Tal y como había predecido desde un principio nadie me había escrito realmente. Dejé a un lado el montón de sobres abiertos, aunque de pronto mis ojos repararon en uno totalmente distinto. Aquel sobre era de un color amarillento, un tono marfil y decididamente inmoderado para tratarse de un simple anuncio, sus bordes eran rectangulares y perfectos y el pico de su abertura se había tintado por una especie de cera adornada a lo arcaico. Intrigada por su contenido rompí el sello y saqueé su interior con verdadera curiosidad, una cartulina de matices malvas me saludó con vaporosas gasas y lazos rizados que acicalaban su estética.
  -¿Pero qué diablos…- se me escapó al aire.
No, no, aquello no podía ser cierto. Acaso se atribuía esto a mi falta de sueño que me acompañaba o acaso a una broma pesada que alguien se había decantado a gastar sin medir sus repercusiones. No podría estar pasando aquello, por supuesto que no.
Primero me pellizqué con fuerza en la pantorrilla hasta que pude aullar de dolor, no estaba soñando, y luego, con labios temblorosos a invocar aquellas sílabas que se juntaban y entrelazaban entre sí leí en voz alta.
  -Nos complace anunciar que nosotros, Riley y Ashley, movidos por el amor que nos profesamos, hemos decidido unir nuestras vidas para formar un hogar y sería un honor tenerla como testigo fiel de esta especial unión…- la voz se me quebró por completo prohibiéndome continuar.
Se iban a casar y tenían el valor de invitarme al evento. ¿Qué querían? ¿Restregarme por la cara cómo de felices eran haciendo lo correcto? ¿O predicaban un perdón que nunca se les concedería? Recordé entonces como de condescendiente había sido al principio de todo, lo feliz que había sido al enterarme de que Ashley tendría a alguien que la protegería de su propia insensatez, cuan equivocada había estado, era una necia.
La cabeza estaba a punto de estallarme de sufrimiento, de in complexión, aunque esta vez no lloré la pérdida de una amiga, eso ya lo había hecho mucho antes. Dejé de sentir las palpitaciones de mi corazón y sentí como cada vez más me costaba recoger el oxígeno que el espacio me brindaba. Entonces alcancé a vislumbrar los nombres que una caligrafía pulcra había escrito en la parte posterior del sobre.
  Estimados Daniel y Catalina.
Aquello fue excesivo y no pude aguantar más. Una rabia se apoderó de mí sin poder controlarme, las manos me temblaban demasiado del odio que albergaba en mi fuero interno. Sin dudar ni un momento rompí en trozos aquel papel y lo tiré tan lejos como pude, tanto como me fuera posible alejarme de aquella maldición que me perseguía. Me agarré con fuerza a la columna del dosel, mi alrededor comenzaba a dar vueltas y a girar con una velocidad que se escapaba a mi alcance. No tardé en volver a ver todo doble y supe lo que se me avecinaba, por lo que no forcejeé y acogí la penumbra en mi visión con total naturalidad mientras un sudor frío muy conocido recorría toda mi espalda. Sin resistir me dejé allí tirada en mitad de la habitación mientras me lamentaba de mi particular suerte.