Los dientes de la flor volaron libremente, mecidos por los brazos del aire al sentir la brisa de mi soplo, débil y atenuado, y pobló mi alrededor de copos blanquecinos que recordaban las finas nevadas del crudo invierno. Hipnotizada no pude evitar seguir las níveas manchas, que poco a poco provocaban un hermoso contraste con el profundo celeste del cielo despejado, se hacían notar tan ligeras y débiles a la mano del viento que asustaba la fuerza que éste llevaba. Aún así, la elegancia era innata, el balanceo de aquellos tiernos pétalos era atrayente y estéticamente bello a los ojos, como un vals crónico y perfecto donde la vigorosidad del aire hacía presa al diente haciéndolo danzar en un baile interminable.
Con sumo cuidado de no manchar el azuleo vestido de vaporosa gasa con la tizna de la hierba fresca de la pradera, me recosté para admirar lo que me rodeaba, el mundo. El cielo despejado se veía ahora veteado por nítidos círculos blanquecinos, estrellas decididas a abandonar la nocturnidad de la noche mensajeras de un amor platónico e imposible, cuyo impedimento lo protagonizaba la misma logia a la que se pertenecían. Me pregunté por qué el sol y la luna no permaneciesen juntos, atados por un vínculo congénito y separados por una maldición dialéctica. Entristecí aquellas estrellas, visitas a la mañana temprana, que yacían alejadas de su amor mensajero, mecidas de nuevo por la hipnótica danza del viento que frecuentaban.
Paulatinamente los párpados avecinaron su torrente oscuro sobre la visión palaciega, tiñendo todo de un color negro cuyas mechas concurrían un hollín carmesí acaramelado. Mis oídos se agudizaron, oyendo cada viveza de mi espacio y cada delicia de canto que tronaba en el roce de la hierba; mi piel, que notaba más material la pesada gasa de mi traje que reptaba como serpiente mis piernas mostrándolas sin temor, ardía de gusto con el calor de aquellos rayos primaverales que me había decantado a degustar, notando cada caricia de su trato con el mío.
Ya nada importaba nada más que aquella sensación de pleno bienestar. Ni el lugar, ni la gente, ni mi nombre…
-¡Tali!
¿Eso era una voz? No, porque yo estaba sola. Lo que decía, no importaba nada más que…
-¡Tali!- sonó más consistente.
Apreté fuertemente los ojos, aferrándome a los vestigios de mi naufragio, aquellos botes que me llevaran de nuevo a ese estado, ignorando con todas mis fuerzas la voz que cada vez se hacía más material y consistente en mi mente aletargada.
-¡Tali, te estoy llamando!
-Lo sé, pero estoy ocupada.- refunfuñé.
-¿En qué? ¿Es ahora trabajo tumbarse a la solana?
Arañé ligeramente la tierra sintiendo como ésta se clavaba bajo el esmalte de mis uñas cuando una risa sofocada sonó sin rostro a mi lado.
-No, estoy ocupada intentando ignorarte. Pero creo que lo debo de estar haciendo muy mal si aún sigues aquí.
Alguien junto a mí bufó desenfadado, enmascarando la ofensa en su orgullo, tal y como había temido antes de contestar sin precedentes.
-¿Acaso molesto?
-Sí, ¿acaso no es obvio?
El silencio volvió a reinar tajante, y la soledad se hizo más patente con la negrura de mi ceguera. Rescaté entonces la vana esperanza de volver al mundo al que pertenecía, y sentir otra vez lo que alteraba mi cuerpo hacía escasos segundos antes de la interrupción.
-Está bien, me voy.- se rindió tras mi empeño en olvidar su presencia.- Y yo que traía buenas nuevas…
Escuché de pronto el débil resquicio de sus ropas rasgando la hierba, lo que me dibujó una sonrisa en los labios. ¿De verdad se iba a ir? El sabor de la victoria nunca me había sabido tan bien en la boca.
Volvía concentrarme de nuevo en el sol sobre mi piel, el viento tarareando una nana irreconocible mientras acunaba con ternura los tallos de las flores que el mes de mayo había traído consigo como adorno de sus mantos. Aunque ya nada era igual, la conexión se había perdido y el toque mágico se esfumaba de entre mis manos sin poder contener su evaporación. Definitivamente mi barco se había ido a pique sin precedentes.
La duda de cuánto tardaría en erguirme y ponerme en camino para alcanzar a mi compañero me surgió en cuanto corté el nexo. Contando con mi inteligencia motriz, de la cual escaseaba bastante, y mi agilidad y destreza de abrirme paso pradera abajo reducía demasiado el nivel de porcentaje para la positividad de la respuesta.
Tras un suspiró que me permití dejar flotar en el ambiente, elevé el párpado derecho en un guiño inocente y lloroso debido a la cantidad de luz que ahora se filtraba por mi retina.
-¡Buh!
Un empujón me zarandeó antes de lo previsto haciéndome rodar. La luz esta vez me invadió por completo, sin un deje de previo ensayo, y me mostró, tal y como rememoraba en mi mente, la imagen de la pradera. Sin contener una alegre risa que brotaba de mi garganta queriendo inundar la escena, embestí contra la oscura silueta del chico que acababa de tirarme. Clavé mis manos, frenéticas pero llenas de cuidado, en sus fibrosos omóplatos, obligándole a rechazar su gravedad para tenderse en la hierba, aunque éste no se desplazó tanto como yo había imaginado desde un principio. Con agilidad y destreza, características que mi movimiento había carecido, retorció mis antebrazos fácilmente, oponiendo resistencia a mi inofensivo ataque, hasta que los hizo virar y perder el equilibrio en su costado, derribándome, tal y como había querido desde un principio, al suelo.
Mi compañero de juegos se rió socarronamente, provocando otra risa estridente temblando mis costillas. De todos modos no nos reíamos de lo mismo.
Sigilosamente mi pie se deslizó por entre sus piernas, arqueadas a causa de la última llave, y con ímpetu logré tensar la cuerda y hacerle caer a mi lado con un gran susto poblando su rostro.
-Tramposa.- criticó.
-Mentiroso.- le rebatí.
Las risas continuaron germinando el ambiente con dulces y aladoras flores de fenómena felicidad, hiedras gentiles que serpenteaban gráciles por entre la vid que nos separaba y unía a un mismo tiempo. Y, mientras la flor se marchitaba tan pronto como había nacido, bella y esplendorosa como adolescente, llegó a su fin, tan suave y atenuada como había empezado. Despreocupada y divertida volví a recostarme sobre la alfombra de pulcros hilos verdosos que entretejían el suelo de la montaña con selecta moderación. Mi compañero logró imitarme, con mejor destreza y coordinación que mi persona aunque con un matiz de deje cansado en su desplome ante la pesadez de su cuerpo, que comenzaba a mostrar las seductoras curvas de una masculinidad en proceso y una musculatura que ventajeaba el inicio de su desarrollo como un pequeño hombre, una especie de tratado químico que gestaba su producto final en algo inacabado. De pronto sus ojos encontraron los míos, cabeceados en otra sonrisa, y volvimos a reírnos de la estupidez.
-¿Cómo sabías que estaba aquí?
-Fácil.- respondió honrándose de su lógica deductiva y su innato sentido común.- Era aquí… o en la buhardilla. Un presentimiento.
-¿Soy predecible?- pregunté algo más agudo y cantarín de lo deseado, pero marcando una elevación de mi ceja izquierda.
-Se podría decir.
Me vi compungida en el fondo por aquel análisis. Yo no me veía tan predecible como él aseguraba, es más, me veía demasiado compleja y retorcida como para siquiera entenderme yo misma. Dos personas en un solo cuerpo, ambas intentando conocer a la otra.
-Debería cambiar de táctica, quizá de ese modo me veas más interesante.
Mi amigo se mordió el carnoso labio inferior, arrepintiéndose de haber caído en mi humilde trampa de cazador ocioso. Sin remordimientos dejé que la presión ejerciese sobre su estado, comprometiéndole en un malentendido sin maldad.
-A mí me gustas como eres.- susurró mientras un leve rubor inocente corría sus pómulos de su piel color avellana esclarecido.
-Da igual.- refuté sin dejarle escapar de mi urdido y le di un toque teatral subiendo los hombros en un gesto.- Nunca seré tan interesante como para formar parte de tu vida.
Con fingida dramatización conseguí apartar mi mirada de su semblante, algo expectante por el giro de la ruleta de azar que yo misma había montado en exclusiva como vendetta. Desinteresada, alcancé la tiara de inmaculadas margaritas que había recogido y tejido con gracia y esmero para mi propio pasatiempo, y jugueteé con ella entre mis manos continuando mi teatro personal.
-¿Quieres una corona?
Alcé la mirada hacia aquel rostro tan conocido, oscurecido por lo ligeros cabellos rasos de su potencial cabellera, ofreciéndole mi artesanía al alcance de su mano, aún suave y tierna como la de un infante. Una sonrisa imparable recorrió mis labios, había fallado al encontrar su mirada, verdosa y oscura como el musgo de un árbol, el juego había terminado.
-Idiota.
-Y tú un maleducado. Soy una señorita.- me carcajeé de su incongruencia.- Anda toma, que no la mereces.
Riendo aún me alcé activa sobre mis rodillas arremangadas y le coloqué con dicha la preciosa tiara tejida que desentonaba con el negro azabache de sus cabellos.
-¿De qué me coronas?
-Como el rey de los groseros.
-Necesito igualmente una reina.- exigió arrogante llevando su dedo índice al hoyuelo de su boca en un gesto pensativo.- ¿Sería tan amable de acompañarme en este largo reinado?
La figura de mi compañero se retorció en una elegante reverencia con clase improvisada en lo largo y ancho de su cuerpo tendido sobre la pradera, aquello me hizo reír más que nunca.
-De ninguna manera.- me negué ofendida con carcajada limpia como sabor de boca.- No soy legítima de tal honor.
-Cierto. Me olvidaba que pertenecíais a la corte de “las Poco Agraciadas”.
Fruncí los morros, enfurruñada, la verdad dolía más cuando se decía en alto, aunque el chico no tuvo contemplaciones a la hora de reír larga y tendidamente ante mi cara.
-¡Calla bobo!- grité irritada como una niña pequeña mientras me cruzaba de brazos y me negaba a seguir el juego, ya rota su porcelana no había materia para reconstruirlo de nuevo.
-Vamos, no te enfades, Tali, era solo un juego.
Realmente enfadada le di de bruces, mostrando parte del nacimiento de mi espalda con tal de ignorar sus comentarios, ya no había manera de arreglarlo.
Sentí como su mano suave agarraba mi hombro, tensado debido al encogimiento de mi persona, y levemente acertó con su insistencia en voltearme de nuevo hacia él. Pronto mi lazo se deshizo como algodón en agua y obedecí su movimiento girando hacia él, quien me sonreía soñolientamente.
-No eres fea.
-¿Cuánto?- murmuré melosa.
-Un… noventa y siete por ciento.- afirmó seguro de sí mismo cuando vio cómo fruncía el ceño a punto de estallar de nuevo.- Venga vamos, no pretendas ser vanidosa. Vale, está bien, un cien por cien.
Contenta por su válida rectificación sonreí abiertamente feliz por la evaluación subastada de mi estética a pesar de haberse basado en una opinión subjetiva y sobornada.
La situación se fue calmando paulatinamente, como si las burbujas del champán fueran consumiéndose sin precedentes, y la efervescencia de la situación fuese pasando segundo tras segundo, pagado de sí mismo. Miré de nuevo hacia el cielo, esta vez algo más moteado de estrechos filos de algodón de nube blanca, pinceladas sueltas que un pintor desganado había dejado trazadas. El sol seguía allí, sin poder visitar la noche con esperanza vana a su amada, y aquello me inspiró un viejo anhelo de libertinaje.
-¿Sabes dónde me gustaría celebrar nuestra fiesta, An?- mi voz sonó apagada en el aire.
Interesada viré la cabeza dejando que el sol no luciese mi piel por unos instantes, él en cambio siguió mirando hacia el cielo, buscando quizá, las estrellas que yo había encontrado mucho antes y preguntándose el por qué de su desgracia.
-No, dime.
-Donde te dije el otro día. Lejos de aquí, en las pinturas de aquel libro.
-Tali, no podemos irnos ahora.- me recordó una vez más cansado.
-¿Por qué no?- salté a la defensiva dispuesta a proteger mis ideas.- No tenemos la culpa de que esos estúpidos estén fuera.
An me miró compungido retirando la vista del misterio del cielo, lo que me hizo abarcar el resquicio de que él pensaba como yo, que él también quería salir al exterior y deseaba la libertad tanto como yo la anhelaba.
-Algún día…
-¡No me sirve algún día!- le interrumpí rabiosa, no con él, sino con los demás. Rugí de pura frustración cual león enfurecido antes de atacar su presa.- An, cumplo dieciséis años la semana que viene, y tú diecisiete. ¡Estamos en la flor de la vida y no podemos disfrutarla!
Mi compañero bajó la mirada hacia mis manos, como siempre él no opinaba, era demasiado maduro y experto como para meterse en trapos de muñecas.
-No pienses eso.
-¿Por qué?- le contesté rápidamente sin vacilar.
-He dicho que venía a darte una noticia, ¿no?- auguró manteniendo la intriga en la situación y haciéndome olvidar todos mis males con una psicología de primer grado.- Los Castell y los Ellagot van a venir a la fiesta.
De pronto todos los problemas se desvanecieron, vapores que llevaba el aire consigo y los arrastraba febrilmente lejos de mí.
-¡¿En serio?! ¡¿Van a venir?!- exclamé encantada con la noticia.- Eres un torturador cruel.
-Y tú una arpía bella.
Y entonces el hervidero de risas tronó de nuevo.
jueves, 16 de diciembre de 2010
sábado, 27 de noviembre de 2010
25. Y ya somos dos...
Él estaba allí parado, inmóvil ante la adversidad. Encorvado como estaba sobre sí mismo, su espalda perfecta se doblaba en una curva que hacía denotar las sombras de su perfil. En un regazo escondía su cabeza, oculta tras una maraña de sedosos cabellos negros. En aquel instante me pregunté si lo que se postraba ante mí tan solo era una estatua, maravillosamente acabada.
Sin pensar alcancé mis dedos para tocar aquella piel, lo necesitaba. Poco a poco acaricié aquella nueva textura, tan suave y cordial al tacto como las plumas de un ángel. Un nuevo sentimiento brotó en mí, un sentimiento de paz, necesitaba más. Alcé la otra mano, posándola en el serafín desnudo. Lentamente fui recorriendo cada milímetro de su tersa espalda, llegué a los brazos, forzados en soportar la cabeza oscura. Noté como los músculos se deshacían en cada contacto, y aquello me gustaba, los colores indefinidos de su piel, su belleza imprecisa…
Al poco mis manos se atrevieron por fin a descubrir nuevos horizontes, cual serpientes comenzaron a reptar entre los omóplatos, llegando al pecho descubierto. No podía parar, mi mente me pedía más y más. Entonces el ángel se estremeció bajo mis dedos, demasiado real para ser cierto, e irguió su cabeza. El ángel no era una estatua, estaba vida.
Sus finos rasgos alargados estaban igualmente tallados con la misma dulzura que hacía mella en su cuerpo, a pesar de que sus rasos cabellos brunos danzaban con sutileza su rostro como hilos de seda. Exorbité los ojos, atónita, nunca había contemplado nada más hermoso en mi vida. Con miedo, icé la mano separándola del pecho, para poder tocar su rostro. Coloqué mis dedos sobre la nariz recta y fui descendiendo lentamente, hasta que llegué a sus labios, amoratados y pequeños, pero aún carnosos. La idea de conocer el sabor que tendría su boca me vino sola a la cabeza demasiado tentadora. De pronto sus párpados temblaron y se abrieron como dos bocanadas de aire fresco. Sus ojos, de un verde desmesuradamente nubloso, alcanzaron los míos, brillando con melosidad.
-Daniel…- llamé al ángel.
El querube no respondió, y me siguió mirando, hasta que sus labios se abrieron como una exhalación bajo la presión de mis dedos.
-Cati, ¿por qué me haces esto?
Entonces el ángel ardió en llamas.
Me levanté de una sola vez, esta vez no había gritado como otras noches, pero el ángel se había ido.
De pronto me vi tiritando de frío y mientras soltaba con cada movimiento una lágrima. Con un gran esfuerzo me obligué a atrapar la colcha de la cama y volver a taparme hasta que entrara en calor. Alcancé el móvil que reposaba tranquilo junto al costado del dosel, avisándome de que aún faltaban unos minutos para que me tuviera que levantar. Con pesadez en las piernas que nadaban entre las mullidas sábanas, intenté cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero me fue imposible. En aquella negrura tras mis párpados, la imagen del arcángel aparecía de nuevo incansable.
Esta pesadilla nueva era muy distinta a todas las demás, había sido tan verídica su presencia, las emociones… Incluso más que las otras, esta era especial.
Noté como la humedad que residía en mis pómulos debido al llanto se congelaba, sintiéndolo más helado que nunca. Con una de las extremidades de la sábana logré secar el problema y calmarme.
Entonces me di cuenta de que por más que yo quisiera el sueño no iba a llamar a mi puerta tan fácilmente, no sin otra pesadilla, por lo que procuré no martirizarme aún más y decidí levantarme. No sé como no oí el crujido de la rotura cuando alcé mi cuerpo sobre las piernas, prácticamente creía que habían pasado cada uno de mis huesos por la licuadora para después haberlos vuelto a meter en el exoesqueleto. Ignorando el dolor continué caminando por la habitación hacia el baño para enfrentarme a mí misma frente al espejo. El agua helada de la pila salió a chorros discontinuos mientras me mojaba la nuca para paliar el efecto de la pesadilla, al que ya iba acostumbrándome. Cerré el grifo sin más entusiasmo y me sequé con la toalla las manos. Entonces levanté la mirada hacia el espejo. Esa era yo sin más misterios, los rasgos ovalados y la palidez que caracterizaban mi rostro permanecían intactos, mientras mi pelo, esta vez encrespado, danzaba espeso pero reducido a mi alrededor. Aunque esta vez había algo distinto en mí, algo de lo que yo carecía en potencia. En esta ocasión dos ronchas hinchadas y acardenaladas subrayaban el bajo de mis ojos, los pequeños capilares recorrían a sus anchas la contusión. Sorprendida llevé mi dedo índice hacia la moradura extracomún y presioné ocasionándome un aullido de dolor.
No recordaba haberme dado ningún golpe durante los últimos días, ni saber por qué había salido así tan de repente. Volví a observar la imagen que el espejo reflejaba sin más remedio, los golpes en el nacimiento de los pómulos eran demasiado latentes como para disimularlos, aún violáceos a causa del reciente estreno de ellos.
Súbitamente un pitido inundó el dormitorio, suspirando ante lo inevitable regresé a la cama para recoger el móvil que fielmente apuntaba la hora exacta para reanudar el día. Con cansancio apagué la alarma y me dirigí hacia el armario mientras sacaba el monótono uniforme de Kenilworth. Tras haberme arreglado recogí el cepillo y me alisé el encrespamiento del pelo hasta dejarlo de nuevo liso.
Ni siquiera tenía fuerzas suficientes para cuestionarme los hechos sucedidos, era como si mi mente se hubiese embotado sin razón alguna.
Lancé un suspiro al viento, era la hora de marcharse de la cárcel.
-¿Por qué no has venido hoy a clase?- le pregunté a Melinda mientras me ofrecía su paquete de pipas sentadas sobre el césped del campus.
Melinda rompió el cascarón de una pipa y arrojó los restos al montón que habíamos allanado en un lado mientras se lanzaba a por la siguiente.
-Cati, existe una cosa que se llama hacer pellas.- se burló.
Me apoyé contra el árbol más cercano, sintiendo la rugosidad de su corteza bajo mis sienes, y con suma pereza tragué la pipa que estaba masticando.
-Bueno, pues entonces, ¿qué has hecho toda la mañana?
Melinda se encogió de hombros, tiznando su actividad natural con humildad para ralentizar la secuela de sus actos. Por primera vez se tomó las cosas a la ligera sin darle más importancia, lo cual me extrañó bastante.
-Nada importante, prácticamente sobar la almohada un poco más.
Enarqué una de mis cejas, de no haberla conocido pensaría que estaba intentando cambiar de tema. ¿Por qué estaban todos tan extraños ahora? Bueno, lo de Patrick no contaba, eso era ya innato.
Bufé mientras me recostaba aún más entre la madera del retoño y observaba como desfilaban los universitarios, poco a poco dejé que se fueran cerrando los ojos. Allí estaba esperándome tal y como lo temía. La imagen intacta de mi sueño, la necesidad de acariciar su piel, incontrolable. Instintivamente agarroté las manos ante la impotencia que me causaba la situación. ¿Por qué? Esa era la única pregunta. ¿Por qué precisamente a mí?
Oí como Melinda carraspeaba en la lejanía, lo que me hizo dudar de si, a pesar de haber ocultado mis ojos tras unas grandes gafas para tapar los moratones, se había dado cuenta de que por una milésima de segundo me había ido lejos de Kenilworth y su día a día. Sin embargo cuando abrí los ojos Melinda no me estaba mirando a mí directamente, sino que observaba encandilada algo en la lejanía. Extrañada viré la cabeza siguiendo la dirección que seguían los claros ojos de Melinda para ver como un brillante encerado negro lucía en la entrada de la universidad. Resoplé repetidas veces mientras notaba como hiperventilaba, sin saber muy bien si era a causa de lo ocurrido o por haber escogido él el preciso momento en el que pensaba en otro hombre.
-Va a hacer otra vez el numerito, ¿verdad?- le susurré a Melinda.
Melinda se rió por todo lo alto, aunque se controló cuando la miré de lleno con un gesto amenazador.
-Pues a mí me parece muy sexy todo el despliegue.
La figura tan esperada originaba otro revuelo esperado entre la gente que se había parado en medio del campus, aunque esta vez ya no provocaba tanto alboroto como la primera seguía siendo carne para el asador. Nathan paseó tranquilo y elegante hacia nosotras, exhibiendo una modesta sudadera cenicienta y unos vaqueros que le hacían quitarse algunos años. Retiré la vista de inmediato, esperando con ansias el momento en que aterrizase sobre nuestra presencia.
-Hola, Cati.
Sí, definitivamente el efecto de la espera sorpresa era muchísimo mejor, sobre todo cuando sentías su melodiosa voz silbando en tus oídos.
Sin poder evitarlo le sonreí y él me devolvió una sonrisa torcida en la comisura con gran encanto que hizo que me despertara del letargo en el que me había sumido durante todo el día.
-Hola a ti también, Nathan.- saludó Melinda rencorosa.
Escuché como Nathan bufaba y después se reía.
-Hola, mono de feria.- dijo al mismo tiempo que le revolvía el pelo rubio cariñosamente.
Me asombré por aquello. Sabía que Nathan conocía a muchos de mis amigos aquí, en Kenilworth, pero siempre había creído que el lazo de afectividad no había sido muy fuerte (a excepción de Alexia, como no).
Nathan no se sentó en el césped, tal y como había intuido desde un principio, sino que se dedicó a balancearse sobre sus piernas de pie, sin mostrar interés por nada en concreto.
-Melinda, ¿te importaría mucho si te robase a Cati un momento?- espetó.
Pronto la sangre que almacenaba perdida se reunió de lleno en mis pómulos, que se tornaron incandescentes por la sorpresa. ¿Me quería a mí sola?
Miré a Melinda, quien se atusaba el pelo que le habían destrozado, e ironizaba el estar sopesando la opción. La fulminé con la mirada tras el cristal de las gafas por jugar con esos temas. Ella se rió.
-Está bien, pero la quiero de vuelta dentro de una hora mínimo.- amenazó burlonamente.
Nathan se rió también y me tendió su mano al tiempo que me servía de ella para poder izarme y me sacudía los hierbajos adheridos a la lana de la falda.
-Prometido…- sentenció él.
Caminamos en un agradable silencio hasta que llegamos hasta las puertas de la universidad, lo que me hizo preguntarme si pretendía ir en coche, pero no hizo nada, pasamos de largo y nos adentramos en el bosque. Aquello me desencajó por completo de los planes que pretendía. ¿Qué íbamos a hacer en el bosque?
¿Qué querrías hacer tú con él en el bosque?, repitió una vocecilla en mi fuero interno corrigiéndome. Me reprendí a mí misma por pensar en esas cosas, ¿es que no había tenido suficiente con la escena de la vuelta? La verdad era que nunca aprendía de mis errores.
El camino comenzó a estrecharse, obligándonos a andar en fila india. Caminé tras su corpulenta espalda, cuando una mano se abalanzó hacia atrás con la finalidad de asirme para que no tropezara. Sus manos volvían a estar gélidas otra vez. Pronto llegamos al supuesto destino, el río de Peninton.
-¿Qué hacemos aquí?- pregunté quizá demasiado hosca para mi gusto.
Nathan me ignoró por un instante mientras se posaba sobre unas rocas que sobresalían en la orilla, posando una sensual postura de la que al parecer carecía de conocimiento para él. Le seguí hasta donde se había posado.
-Quería decirte una cosa.
-¿Y para eso hacía falta salir de Kenilworth?- pregunté medio divertida para espantar el temor de que se fuese de nuevo.
Nathan se rió sofocado.
-Creí que no te gustaba que me paseara por tu universidad.
Aquello me hizo sonrojarme y me cuestioné seriamente el hecho de cómo había llegado a saberlo, siempre daba en el clavo.
-No es eso, solo que…- intenté enmendar el error.
Nathan me miró, escrutándome tras sus ojos platinos como si pudiese ver a través del oscurecido cristal de las gafas, lo que me hizo sentir una estúpida por llevarlas puestas.
-¿Solo que…?- me animó.
-Es solo que Kenilworth es algo mío.
Nathan desencajó su rostro debido a la contrariedad de la respuesta, por lo que critiqué duramente mi forma de expresión oral. Luego relajó su semblante.
-Pero yo también soy tuyo.- dijo restándole la suma importancia que conllevaba aquella frase cuya veracidad hacía que gimiera de placer.- ¿Por qué no incluirlo en el paquete?
-Porque no es lo mismo.
Observé como Nathan se entristecía y adoptaba de nuevo esa máscara tras la cual se refugiaba, igual que Ashley cuando discutimos en navidades.
-Tú siempre has… estado en mi vida. Kenilworth es algo diferente, una nueva salida del mundo.- manifesté estrepitosamente, no se me daba bien expresar mis sentimientos.
¿No lo entiendes, Nathan? Tú eres mi vida, por eso quiero alejarme de ella, repetí en mi mente.
-Solo quiero estar contigo, Cati. ¿Por qué no me dejas?
No me podía estar diciendo eso, eso no. ¡Dios, me lo estaba diciendo!
Noté como me costaba respirar, como un peso se había arremolinado en la tráquea impidiendo transportar oxígeno al cerebro.
-Porque no es lo correcto. Lo sabes.
Parpadeé varias veces en el intento de secar de nuevo mis ojos, pero esta vez no funcionó, en escasos segundos rompería a llorar. Nathan se aproximó más a mí, tan cerca como para poder rozar sus labios con mi aliento.
-Y qué es el bien y qué el mal en realidad.- rebatió.
Sus manos se alzaron con miedo hasta posarse en mi cuerpo, donde recobraron la seguridad, recorriendo mi cintura y mi columna, lo que me hizo dejar de abstenerme de soltar una exhalación.
-Nathan no me hagas esto por favor…- supliqué mientras lloraba de felicidad por sentirle tan cerca y de rabia por no saber como pararlo.
Pero Nathan no paró, siguió apretándome más y más contra él hasta que me hizo sentir su torso contra el mío con fuerza y oí el chasquido de mis gafas contra el suelo. Sus labios se deslizaron por mi oreja, tal y como lo había hecho la otra noche, mientras sus dientes aferraban cariñosamente mi lóbulo izquierdo.
-Cati, te lo suplico, déjame pensar por un instante que me amas.- imploró jadeante.
Aquello fue como un shock para mí. ¿Acaso él pensaba que no le amaba? ¿Cómo se atrevía a pensar algo así? Mentira, mentira, mentira… ¿Cómo iba a no amarle sin mi corazón en el pecho? Todo porque él siempre lo había guardado.
Nathan deshizo el nudo que había formado en mi cuello y se separó levemente sin soltarme. Entonces nuestros ojos coincidieron y vi como el verde de los suyos chisporroteaban chispas de lujuria, no sé lo que vio él en los míos ya que vacilante acercó su rostro de nuevo, pero esta vez en una parte distinta. Sus labios, más duros de lo que hubiese llegado a imaginar, presionaron los míos con sutileza. Entonces todo cambio. La sangre me hervía a borbotones, mareándome por completo e instintivamente agarré ferozmente dos mechones de su pelo para atraerlo hacia mí, inculta sobre mi autocontrol abrí los labios delicadamente para absorber su aroma al máximo. Él me respondió por haberle complacido, me besó con más fuerza, con toda la pasión que había estado salvaguardando desde la última vez.
Aquello era incluso mejor de lo que mis delirios me habían proporcionado desde siempre. Me sentía aturdida, ya había olvidado quién era y qué hacía, tan solo notaba sólido su cuerpo.
Y entonces sus labios susurraron entre mi cabello ensanchándose en una sonrisa.
-Cati… Estás atrapada.
Sin pensar alcancé mis dedos para tocar aquella piel, lo necesitaba. Poco a poco acaricié aquella nueva textura, tan suave y cordial al tacto como las plumas de un ángel. Un nuevo sentimiento brotó en mí, un sentimiento de paz, necesitaba más. Alcé la otra mano, posándola en el serafín desnudo. Lentamente fui recorriendo cada milímetro de su tersa espalda, llegué a los brazos, forzados en soportar la cabeza oscura. Noté como los músculos se deshacían en cada contacto, y aquello me gustaba, los colores indefinidos de su piel, su belleza imprecisa…
Al poco mis manos se atrevieron por fin a descubrir nuevos horizontes, cual serpientes comenzaron a reptar entre los omóplatos, llegando al pecho descubierto. No podía parar, mi mente me pedía más y más. Entonces el ángel se estremeció bajo mis dedos, demasiado real para ser cierto, e irguió su cabeza. El ángel no era una estatua, estaba vida.
Sus finos rasgos alargados estaban igualmente tallados con la misma dulzura que hacía mella en su cuerpo, a pesar de que sus rasos cabellos brunos danzaban con sutileza su rostro como hilos de seda. Exorbité los ojos, atónita, nunca había contemplado nada más hermoso en mi vida. Con miedo, icé la mano separándola del pecho, para poder tocar su rostro. Coloqué mis dedos sobre la nariz recta y fui descendiendo lentamente, hasta que llegué a sus labios, amoratados y pequeños, pero aún carnosos. La idea de conocer el sabor que tendría su boca me vino sola a la cabeza demasiado tentadora. De pronto sus párpados temblaron y se abrieron como dos bocanadas de aire fresco. Sus ojos, de un verde desmesuradamente nubloso, alcanzaron los míos, brillando con melosidad.
-Daniel…- llamé al ángel.
El querube no respondió, y me siguió mirando, hasta que sus labios se abrieron como una exhalación bajo la presión de mis dedos.
-Cati, ¿por qué me haces esto?
Entonces el ángel ardió en llamas.
Me levanté de una sola vez, esta vez no había gritado como otras noches, pero el ángel se había ido.
De pronto me vi tiritando de frío y mientras soltaba con cada movimiento una lágrima. Con un gran esfuerzo me obligué a atrapar la colcha de la cama y volver a taparme hasta que entrara en calor. Alcancé el móvil que reposaba tranquilo junto al costado del dosel, avisándome de que aún faltaban unos minutos para que me tuviera que levantar. Con pesadez en las piernas que nadaban entre las mullidas sábanas, intenté cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero me fue imposible. En aquella negrura tras mis párpados, la imagen del arcángel aparecía de nuevo incansable.
Esta pesadilla nueva era muy distinta a todas las demás, había sido tan verídica su presencia, las emociones… Incluso más que las otras, esta era especial.
Noté como la humedad que residía en mis pómulos debido al llanto se congelaba, sintiéndolo más helado que nunca. Con una de las extremidades de la sábana logré secar el problema y calmarme.
Entonces me di cuenta de que por más que yo quisiera el sueño no iba a llamar a mi puerta tan fácilmente, no sin otra pesadilla, por lo que procuré no martirizarme aún más y decidí levantarme. No sé como no oí el crujido de la rotura cuando alcé mi cuerpo sobre las piernas, prácticamente creía que habían pasado cada uno de mis huesos por la licuadora para después haberlos vuelto a meter en el exoesqueleto. Ignorando el dolor continué caminando por la habitación hacia el baño para enfrentarme a mí misma frente al espejo. El agua helada de la pila salió a chorros discontinuos mientras me mojaba la nuca para paliar el efecto de la pesadilla, al que ya iba acostumbrándome. Cerré el grifo sin más entusiasmo y me sequé con la toalla las manos. Entonces levanté la mirada hacia el espejo. Esa era yo sin más misterios, los rasgos ovalados y la palidez que caracterizaban mi rostro permanecían intactos, mientras mi pelo, esta vez encrespado, danzaba espeso pero reducido a mi alrededor. Aunque esta vez había algo distinto en mí, algo de lo que yo carecía en potencia. En esta ocasión dos ronchas hinchadas y acardenaladas subrayaban el bajo de mis ojos, los pequeños capilares recorrían a sus anchas la contusión. Sorprendida llevé mi dedo índice hacia la moradura extracomún y presioné ocasionándome un aullido de dolor.
No recordaba haberme dado ningún golpe durante los últimos días, ni saber por qué había salido así tan de repente. Volví a observar la imagen que el espejo reflejaba sin más remedio, los golpes en el nacimiento de los pómulos eran demasiado latentes como para disimularlos, aún violáceos a causa del reciente estreno de ellos.
Súbitamente un pitido inundó el dormitorio, suspirando ante lo inevitable regresé a la cama para recoger el móvil que fielmente apuntaba la hora exacta para reanudar el día. Con cansancio apagué la alarma y me dirigí hacia el armario mientras sacaba el monótono uniforme de Kenilworth. Tras haberme arreglado recogí el cepillo y me alisé el encrespamiento del pelo hasta dejarlo de nuevo liso.
Ni siquiera tenía fuerzas suficientes para cuestionarme los hechos sucedidos, era como si mi mente se hubiese embotado sin razón alguna.
Lancé un suspiro al viento, era la hora de marcharse de la cárcel.
-¿Por qué no has venido hoy a clase?- le pregunté a Melinda mientras me ofrecía su paquete de pipas sentadas sobre el césped del campus.
Melinda rompió el cascarón de una pipa y arrojó los restos al montón que habíamos allanado en un lado mientras se lanzaba a por la siguiente.
-Cati, existe una cosa que se llama hacer pellas.- se burló.
Me apoyé contra el árbol más cercano, sintiendo la rugosidad de su corteza bajo mis sienes, y con suma pereza tragué la pipa que estaba masticando.
-Bueno, pues entonces, ¿qué has hecho toda la mañana?
Melinda se encogió de hombros, tiznando su actividad natural con humildad para ralentizar la secuela de sus actos. Por primera vez se tomó las cosas a la ligera sin darle más importancia, lo cual me extrañó bastante.
-Nada importante, prácticamente sobar la almohada un poco más.
Enarqué una de mis cejas, de no haberla conocido pensaría que estaba intentando cambiar de tema. ¿Por qué estaban todos tan extraños ahora? Bueno, lo de Patrick no contaba, eso era ya innato.
Bufé mientras me recostaba aún más entre la madera del retoño y observaba como desfilaban los universitarios, poco a poco dejé que se fueran cerrando los ojos. Allí estaba esperándome tal y como lo temía. La imagen intacta de mi sueño, la necesidad de acariciar su piel, incontrolable. Instintivamente agarroté las manos ante la impotencia que me causaba la situación. ¿Por qué? Esa era la única pregunta. ¿Por qué precisamente a mí?
Oí como Melinda carraspeaba en la lejanía, lo que me hizo dudar de si, a pesar de haber ocultado mis ojos tras unas grandes gafas para tapar los moratones, se había dado cuenta de que por una milésima de segundo me había ido lejos de Kenilworth y su día a día. Sin embargo cuando abrí los ojos Melinda no me estaba mirando a mí directamente, sino que observaba encandilada algo en la lejanía. Extrañada viré la cabeza siguiendo la dirección que seguían los claros ojos de Melinda para ver como un brillante encerado negro lucía en la entrada de la universidad. Resoplé repetidas veces mientras notaba como hiperventilaba, sin saber muy bien si era a causa de lo ocurrido o por haber escogido él el preciso momento en el que pensaba en otro hombre.
-Va a hacer otra vez el numerito, ¿verdad?- le susurré a Melinda.
Melinda se rió por todo lo alto, aunque se controló cuando la miré de lleno con un gesto amenazador.
-Pues a mí me parece muy sexy todo el despliegue.
La figura tan esperada originaba otro revuelo esperado entre la gente que se había parado en medio del campus, aunque esta vez ya no provocaba tanto alboroto como la primera seguía siendo carne para el asador. Nathan paseó tranquilo y elegante hacia nosotras, exhibiendo una modesta sudadera cenicienta y unos vaqueros que le hacían quitarse algunos años. Retiré la vista de inmediato, esperando con ansias el momento en que aterrizase sobre nuestra presencia.
-Hola, Cati.
Sí, definitivamente el efecto de la espera sorpresa era muchísimo mejor, sobre todo cuando sentías su melodiosa voz silbando en tus oídos.
Sin poder evitarlo le sonreí y él me devolvió una sonrisa torcida en la comisura con gran encanto que hizo que me despertara del letargo en el que me había sumido durante todo el día.
-Hola a ti también, Nathan.- saludó Melinda rencorosa.
Escuché como Nathan bufaba y después se reía.
-Hola, mono de feria.- dijo al mismo tiempo que le revolvía el pelo rubio cariñosamente.
Me asombré por aquello. Sabía que Nathan conocía a muchos de mis amigos aquí, en Kenilworth, pero siempre había creído que el lazo de afectividad no había sido muy fuerte (a excepción de Alexia, como no).
Nathan no se sentó en el césped, tal y como había intuido desde un principio, sino que se dedicó a balancearse sobre sus piernas de pie, sin mostrar interés por nada en concreto.
-Melinda, ¿te importaría mucho si te robase a Cati un momento?- espetó.
Pronto la sangre que almacenaba perdida se reunió de lleno en mis pómulos, que se tornaron incandescentes por la sorpresa. ¿Me quería a mí sola?
Miré a Melinda, quien se atusaba el pelo que le habían destrozado, e ironizaba el estar sopesando la opción. La fulminé con la mirada tras el cristal de las gafas por jugar con esos temas. Ella se rió.
-Está bien, pero la quiero de vuelta dentro de una hora mínimo.- amenazó burlonamente.
Nathan se rió también y me tendió su mano al tiempo que me servía de ella para poder izarme y me sacudía los hierbajos adheridos a la lana de la falda.
-Prometido…- sentenció él.
Caminamos en un agradable silencio hasta que llegamos hasta las puertas de la universidad, lo que me hizo preguntarme si pretendía ir en coche, pero no hizo nada, pasamos de largo y nos adentramos en el bosque. Aquello me desencajó por completo de los planes que pretendía. ¿Qué íbamos a hacer en el bosque?
¿Qué querrías hacer tú con él en el bosque?, repitió una vocecilla en mi fuero interno corrigiéndome. Me reprendí a mí misma por pensar en esas cosas, ¿es que no había tenido suficiente con la escena de la vuelta? La verdad era que nunca aprendía de mis errores.
El camino comenzó a estrecharse, obligándonos a andar en fila india. Caminé tras su corpulenta espalda, cuando una mano se abalanzó hacia atrás con la finalidad de asirme para que no tropezara. Sus manos volvían a estar gélidas otra vez. Pronto llegamos al supuesto destino, el río de Peninton.
-¿Qué hacemos aquí?- pregunté quizá demasiado hosca para mi gusto.
Nathan me ignoró por un instante mientras se posaba sobre unas rocas que sobresalían en la orilla, posando una sensual postura de la que al parecer carecía de conocimiento para él. Le seguí hasta donde se había posado.
-Quería decirte una cosa.
-¿Y para eso hacía falta salir de Kenilworth?- pregunté medio divertida para espantar el temor de que se fuese de nuevo.
Nathan se rió sofocado.
-Creí que no te gustaba que me paseara por tu universidad.
Aquello me hizo sonrojarme y me cuestioné seriamente el hecho de cómo había llegado a saberlo, siempre daba en el clavo.
-No es eso, solo que…- intenté enmendar el error.
Nathan me miró, escrutándome tras sus ojos platinos como si pudiese ver a través del oscurecido cristal de las gafas, lo que me hizo sentir una estúpida por llevarlas puestas.
-¿Solo que…?- me animó.
-Es solo que Kenilworth es algo mío.
Nathan desencajó su rostro debido a la contrariedad de la respuesta, por lo que critiqué duramente mi forma de expresión oral. Luego relajó su semblante.
-Pero yo también soy tuyo.- dijo restándole la suma importancia que conllevaba aquella frase cuya veracidad hacía que gimiera de placer.- ¿Por qué no incluirlo en el paquete?
-Porque no es lo mismo.
Observé como Nathan se entristecía y adoptaba de nuevo esa máscara tras la cual se refugiaba, igual que Ashley cuando discutimos en navidades.
-Tú siempre has… estado en mi vida. Kenilworth es algo diferente, una nueva salida del mundo.- manifesté estrepitosamente, no se me daba bien expresar mis sentimientos.
¿No lo entiendes, Nathan? Tú eres mi vida, por eso quiero alejarme de ella, repetí en mi mente.
-Solo quiero estar contigo, Cati. ¿Por qué no me dejas?
No me podía estar diciendo eso, eso no. ¡Dios, me lo estaba diciendo!
Noté como me costaba respirar, como un peso se había arremolinado en la tráquea impidiendo transportar oxígeno al cerebro.
-Porque no es lo correcto. Lo sabes.
Parpadeé varias veces en el intento de secar de nuevo mis ojos, pero esta vez no funcionó, en escasos segundos rompería a llorar. Nathan se aproximó más a mí, tan cerca como para poder rozar sus labios con mi aliento.
-Y qué es el bien y qué el mal en realidad.- rebatió.
Sus manos se alzaron con miedo hasta posarse en mi cuerpo, donde recobraron la seguridad, recorriendo mi cintura y mi columna, lo que me hizo dejar de abstenerme de soltar una exhalación.
-Nathan no me hagas esto por favor…- supliqué mientras lloraba de felicidad por sentirle tan cerca y de rabia por no saber como pararlo.
Pero Nathan no paró, siguió apretándome más y más contra él hasta que me hizo sentir su torso contra el mío con fuerza y oí el chasquido de mis gafas contra el suelo. Sus labios se deslizaron por mi oreja, tal y como lo había hecho la otra noche, mientras sus dientes aferraban cariñosamente mi lóbulo izquierdo.
-Cati, te lo suplico, déjame pensar por un instante que me amas.- imploró jadeante.
Aquello fue como un shock para mí. ¿Acaso él pensaba que no le amaba? ¿Cómo se atrevía a pensar algo así? Mentira, mentira, mentira… ¿Cómo iba a no amarle sin mi corazón en el pecho? Todo porque él siempre lo había guardado.
Nathan deshizo el nudo que había formado en mi cuello y se separó levemente sin soltarme. Entonces nuestros ojos coincidieron y vi como el verde de los suyos chisporroteaban chispas de lujuria, no sé lo que vio él en los míos ya que vacilante acercó su rostro de nuevo, pero esta vez en una parte distinta. Sus labios, más duros de lo que hubiese llegado a imaginar, presionaron los míos con sutileza. Entonces todo cambio. La sangre me hervía a borbotones, mareándome por completo e instintivamente agarré ferozmente dos mechones de su pelo para atraerlo hacia mí, inculta sobre mi autocontrol abrí los labios delicadamente para absorber su aroma al máximo. Él me respondió por haberle complacido, me besó con más fuerza, con toda la pasión que había estado salvaguardando desde la última vez.
Aquello era incluso mejor de lo que mis delirios me habían proporcionado desde siempre. Me sentía aturdida, ya había olvidado quién era y qué hacía, tan solo notaba sólido su cuerpo.
Y entonces sus labios susurraron entre mi cabello ensanchándose en una sonrisa.
-Cati… Estás atrapada.
domingo, 21 de noviembre de 2010
24. Ordo ab Chao.
-Espera, espera un momento que yo me aclare. David era el hermano de Richard, pero Richard estaba saliendo con Bárbara que era la prima del primo de John que era…
-¡Aish, no! Por dios, ¿me has estado escuchando?- gritó extasiada.
Melinda pataleaba como una niña sobre la silla en la que acomodaba sus pies, sentada en la mesa de clase donde estaba. Un pequeño grupo cercano en el que comentaban el famoso estudio tan duro que les habían mandado a los de teología durante las vacaciones nos chistaron descaradamente al perturbar la calma del aula. Melinda les ignoró por completo mientras seguía con su enfurruñamiento. Ella se atusó la cabellera, más rubia platino de lo que jamás me hubiera llegado a imaginar, que se había dejado crecer unos centímetros durante el invierno y se armó de paciencia para explicarme la historia de su vida.
-Bárbara era la prima de John, que era el primo de Richard. Pero Richard solo era hermano de David por parte de madre, y a David le gustaba Elisa, la hermana de Bárbara… ¿No lo ves? ¡Eran parientes!- exclamó provocando un chisteo de nuevo.
Bufé ante la incoherencia de la situación, desde luego no comprendía nada de los líos que se traía mi amiga, mas asentí con una sonrisa para que lo dejara estar. Melinda me fulminó con la mirada comprobando si lo había entendido, para luego relajar su postura y volver a adaptarse a la suya tan natural y despreocupada como siempre.
Desde luego Melinda era un cuadro pintoresco andante. Tras la rojiza falda a cuadros que todas llevábamos se escondían dos protuberantes piernas desnudas bronceadas por la incesante exposición al sol en las playas de Miami, que hacía danzar al máximo cuando creía que no se daba cuenta nadie con la intención de pavonearse de su deslumbrante aspecto. Sus ojos, verdes como el mar, resaltaban sobre los pómulos coloreados y entre el rubio de su cabello esterilizado, que caía levemente ondulado sobre su piel en contraste. De cualquier modo a ella le sentaba bien todo, e incluso muchas de mis compañeras lucían un nuevo cambio de looks que resaltaba como un collage por todo el campus. En cambio yo me traía conmigo de las vacaciones unos kilos demás gracias a la comida de Rose y una úlcera en el estómago que los remediaba.
Gracias abuelo por construir esa maldita casa, me dije a mí misma.
Volví a ordenar por cuarta vez los folios de los apuntes, descargando la rabia comprimida en los trozos de papel manchados. Odiaba el primer día de clase. Todo desordenado, nuevo plan de estudios, nueva marcha del profesor… Era un caos, sobre todo cuando eras la única que no podía farfullar algo interesante sobre tus vacaciones de invierno. Tampoco es que de no haber ido a Saint-Germain le Château hubieran sido mejor las navidades con mis padres, pero seguro que la cosa se diferenciaba por unas notables décimas.
De pronto noté como un par de ojos oscuros acechaban al fondo de la enorme sala universitaria. En la esquina, casi difuminado entre las sombras de las esquinas de piedra del edificio estaba un chico de llamativo pelo escarlata llameante. Patrick se encontraba recostado sobre la pared del fondo, desapercibido de no ser por su cabellera, mirándome fijamente. De pronto una hilera de relucientes dientes perfectos le delató una sonrisa en el rostro y me hizo un gesto con la mano cuando observó que había reparado finalmente en él. Un escalofrío recorrió mi espalda de improviso, recordándome lo acechante que había estado durante el final del último trimestre. Aquella sonrisa, que inescrutablemente inundaba en su profundidad algo de maldad, no ayudó a evadir el recuerdo de sus manos embadurnando mi piel mientras me encontraba semi-inconsciente.
-Da miedo.- susurré manifestando mis pensamientos en alto por descuido.
-¿Quién?- Melinda, como siempre entrando en el trapo, siguió mi mirada hacia la esquina.- ¡Ahh, él! No le culpes.
Sin poder remediarlo me dirigí a mi amiga mientras enarcaba una ceja lo bastante para hacer clara la acusación. Melinda sonrió tontamente otra vez y se encogió de hombros librándose del delito.
-De no haber sido por él me hubiera dejado media herencia en la factura de teléfono, por cierto, intentando llamarte.
Aquello me confundió aún más. Melinda, al contrario de su promesa, no me había llamado en todas las vacaciones.
Ella suspiró ante mi falta de neuronas aquella mañana.
-No me comentaste que tenías una casa en plena sierra.- dijo inculpadora limpiando las motas de su falda distraídamente.
Bufé de nuevo, la excursión a la montaña me estaba costando demasiado cara. Rápidamente abrí la boca para excusarme mas Melinda posó su dedo índice en mis labios impidiéndome decir nada.
-Demasiado tarde Srta. Darmon, me ha roto el corazón.- se burló Melinda intensificando un tono melodramático parecido al de las telenovelas.
Melinda se rió ante su propio chiste y, por no ser maleducada, le reí sus gracias con amabilidad.
Pero algo más que la confusión se empezaba arremolinar en mi interior. ¿Cómo había sabido Patrick que estaba en la sierra si ni siquiera yo lo había sabido desde un principio? Aquello no me gustaba nada.
-Atención, por favor...- la voz del profesor salió de la nada a través de la barullo formado por los alumnos.
El Sr. Fellon había entrado cual ráfaga de aire tras unos cuantos folios como fans de su batuta como profesor, y se encontraba escribiendo sobre la pizarra de rotulador característica en Kenilworth por ser la única no electrónica en todo el campus. Miré a Melinda de soslayo, quien le dedicaba una bonita burla a la entrada de mi profesor favorito y se disculpa ante mí por tener que bajar de la mesa e irse a su sitio correspondiente.
-Ordo ab Chao.- enunció en un peculiar latín.
La clase se sumergió en un estimulante silencio mientras los pelos de mis sienes se erizaban en otro escalofrío.
-Orden del caos.- dije en alto. Una hilera de cabezas se giró en un solo golpe. Los ojos negros volvieron a mi cuerpo, lo que hizo arrugar mi falda en un muñón.- Teoría masónica.
El Sr. Fellon se quedó levantando el rotulador de pizarra negro mientras me estudiaba por haberle arrebatado el protagonismo. Me excusé con una sonrisa volviendo al mundo real.
-Exacto, la teoría del Caos.- continuó desdeñando mi aportación mientras continuaba con su explicación.
Suspiré mientras cogía el bolígrafo con la intención de tomar apuntes de la clase de historia si quería sacar buenas notas en la asignatura antes de que el profesor terminara cogiéndome manía.
De pronto un bulto golpeó mi cabeza haciéndome cabecear. Una bola de papel cuadriculado rebotó sobre el extenso pupitre de la universidad. Desenvolví la nota:
Empollona.
M.
Directamente miré hacia Melinda, quien me sacaba la lengua doblada riéndose en silencio al otro lado del aula.
Ordo ab Chao, me repetí, Ordo ab Chao.
-¡Cooper!- grité con toda la fuerza que albergaban mis pulmones.- ¡Eh, Cooper!
Finalmente me decanté por echar otra carrera después de salir de clase como una bala, hacia la figura que caminaba por el campus ajeno al mundo. Observé como la gente se paraba mirándome fijamente por formar ese escándalo mientras yo les devolvía una sonrisa complaciente ignorando el hecho de que cuchichearan a mis espaldas. Tampoco les debía caer tan mal, ¿no?
-¡Cooper!
Tras la decimoquinta advertencia el chico rubio al que estaba llamando se giró de inmediato con dos cascos blancos en las manos y me sonrió cuando vio que me acercaba a él casi desbordando vísceras por la boca. Con un movimiento de cabeza se apartó la melena dorada que rozaba las pestañas que albergaban unos profundos iris azul oscuro que centelleaban a juego con los destellos. ¿Por qué debían de ser tan guapos todos los alumnos de esta universidad?
-Ey, Cati. – me saludó cortésmente.
Tras los últimos brincos le alcancé y vocalicé un hola con una respiración entrecortada, resoplando como un caballo por la carrerilla. Cooper no me dio tiempo a descansar y reanudó de nuevo el paso, esta vez esperándome a su costado.
-¿Ya no quieres ni saludarme después de las vacaciones?- pregunté irónica evidenciando el no haberle encontrado por todo Kenilworth durante todo el día en el que habían vuelto los alumnos.
Cooper se ruborizó levemente, aunque supo disimularlo gracias al patente frío que aún residía en todo Peninton, y sonrió volviendo la cara hacia un lado. Finalmente metió las manos en los bolsillos de su chubasquero negro y elevó la cabeza hacia el cielo haciendo rebotar el fino cabello rubio hacia sus lados.
-Lo siento. ¿Puedes perdonarme?- contestó con un hilo de voz.
-Está bien.
Ya casi había olvidado la tranquilidad que emanaba su ser, cuando estabas con Cooper todo se volvía más relajante. En parte aquello me desquiciaba, había tanto en lo que pensar, tanto que hacer… que cuando te dabas cuenta de que al fin había sucumbido a sus encantos volvía todo de golpe, aplastándote bajo su peso.
Paseamos en silencio por el campus, sin saber muy bien hacia donde se dirigía Cooper o ni siquiera yo misma.
Había pasado tanto tiempo desde que había llegado a formar una determinada personalidad que ahora, cuando tenía que aprender a cambiar y ceder, no comprendía cómo hacerlo. Me molestaba si quiera el estar despierta, incómoda conmigo misma.
-Cooper, ¿puedo hacerte una pregunta?
El chico me miró extrañado, entornando sus ojos al principio, para terminar relajando sus facciones. Entonces frunció los gruesos labios y retiró la mirada.
-Sí, claro.
-¿Desde cuándo conoces a Patrick?
Al instante recordé su mirada inescrutable en el aula, tan animal, tan despiadada e inhumana que resultaba aterradora.
Al instante un escalofrío recorrió mi espalda y tuve que controlar el raquitismo de mis manos para no hacerme delatar. Se suponía que preguntaba por un amigo, no por un violador. Cooper siguió sin mirarme, caminando por el sendero de tierra levemente húmeda que hacía crujir su gravilla con cada paso que dábamos. Ni siquiera me preguntó el por qué de la curiosidad, eso era lo que más me encantaba de Cooper y que diferenciaba su presencia a la de todos los demás, él nunca te juzgaba por nada.
-Patrick era amigo de Eric antes de venir a Kenilworth.- sentenció informándome, demasiado escueto para mi gusto.- ¿Te importa si entramos a la sala común?
Negué rápidamente con la cabeza, deseosa de que no interrumpiera su respuesta y en parte feliz por tener la oportunidad de entrar en calor. La sala común, extrañamente, estaba prácticamente vacía, provocando un shock inicial al entrar en ella, ya que siempre solía estar atestada de gente que no sabía cómo gastar su tiempo libre sin salir de la universidad. El rojo de la decoración se hacía aún más patente de este modo, tiñendo las paredes de un color parecido a la sangre que encandilaba con la piedra maciza de la estructura gótica, aquello me causó una especie de deja vu hacia mis pesadillas.
Meneé enérgicamente mi cabeza con tal de sacar esos pensamientos de mi mente y centrarme en lo importante. Cooper y yo nos sentamos el acostumbrado sofá frente a la chimenea que chisporroteaba cansadamente un fuego ya poco latente.
-Entonces, tu hermano y Patrick ya se conocían de antes.- dije en un intento de rememorar a Cooper de lo que estábamos hablando.
Cooper miró fijamente al fuego, obnubilado por algo que no podía llegar a ver y que se escondían tras el fantasma que brillaba en sus azulados ojos. Me di cuenta entonces de que Cooper parecía mucho más cansado de lo habitual, como si el mero hecho de respirar le costase trabajo para mantenerse activo. Me pregunté entonces la posibilidad de que Cooper no me estuviese contando algo, algo que se cernía sobre él. Me enfadé con él inexplicablemente por la hipotética cuestión de no contar conmigo, al fin y al cabo éramos amigos.
-Sí, creo firmemente en que mi padre nos metió aquí solo porque Patrick estudiaba es esta universidad, sabes que él ya va a segundo.- me comentó medio divertido por la elección de su padre movida por declinarse ante el chico. No llegaba a entender cómo podía engatusarle.- Eric y él se conocieron durante un aniversario militar.
Le miré sorprendida, dudaba mucho de que Eric hubiera pertenecido siquiera al ejército. La copia de una insólita imagen sobre un descabellado Eric vestido con el estampado militar y una ametralladora en la mano me dio un vuelco al corazón, eso sí que daba miedo. Cooper se rió afablemente cuando vio mi expresión y se apresuró a explicarse.
-Creo que no te he contado que antes de dedicarse a los negocios mi padre había pertenecido a la marina.
-No, omitiste ese dato en tu autobiografía.- me burlé aliviada por el hecho de no haberse visto cumplidos mis delirios.
Cooper volvió a reírse y estiró sus fibrosas piernas sobre la alfombra mientras se recostaba aún más en el sofá y se arrebujaba en su chubasquero.
-Mi padre nos obliga a asistir a esas convenciones todos los años para, según él, honrar la memoria de los verdaderos patriarcas de la nación.- Cooper esta vez había adoptado un tono más grave para la frase reveladora, aunque luego carraspeó.
Me agazapé sobre el sofá, inclinándome de lado hacia la figura del narrador y apoyando mi cabeza con mi mano en el respaldo.
-¿Y Patrick? ¿Él sí era militar antes de venir aquí?
No me extrañaba nada contemplarle con un cuchillo en la mano o algo por el estilo, verdaderamente conjuntaban los hechos.
-No, lo fue su progenitor.- Cooper suspiró.- A mi padre le conmovió demasiado el hecho de que un hijo acudiese a ese acto en su memoria, e insistió en la oportunidad de conocer a aquel adorable muchacho para influenciarnos en conducta.
Al momento comprendí lo que había dicho antes de que Patrick hubiera colaborado en la decantación de su padre por Kenilworth, debía idolatrarle el ejemplo que emanaba la historia de Patrick. Compadecí entonces a Cooper, quien había tenido que soportar la presencia de Patrick mucho antes que yo.
-Un momento, ¿Patrick es huérfano?- me confundí al caer en la cuenta.
-Algo así, él no habla mucho sobre su familia.
Parecía que a Cooper tampoco le debía caer demasiado bien Patrick, tan solo era el amigo de su hermano. Evoqué entonces el recuerdo del primer día en que les conocí a todos, Eric y él se hacían denotar tan infantiles ambos que no se sabría como distinguirles y Patrick tan… normal. Ahora era todo distinto de lo que habían sido las primeras apariencias que resultaba deprimente la reflexión sonsacada de ello.
La realidad era que a penas si conocía a los que me rodeaban cotidianamente, y eso me asustaba por un lado y me complacía por el otro. El mejor trance de las amistades se producían cuando ninguna persona sabía algo sobre la otra, entonces todo parece lo que no es.
-Cooper.- le llamé.
-¿Sí?
Dejé reposar mi cabeza sobre su hombro, haciendo que su fino pelo me cosquilleara el nacimiento del cuello.
-Gracias por ser mi amigo.
-¡Aish, no! Por dios, ¿me has estado escuchando?- gritó extasiada.
Melinda pataleaba como una niña sobre la silla en la que acomodaba sus pies, sentada en la mesa de clase donde estaba. Un pequeño grupo cercano en el que comentaban el famoso estudio tan duro que les habían mandado a los de teología durante las vacaciones nos chistaron descaradamente al perturbar la calma del aula. Melinda les ignoró por completo mientras seguía con su enfurruñamiento. Ella se atusó la cabellera, más rubia platino de lo que jamás me hubiera llegado a imaginar, que se había dejado crecer unos centímetros durante el invierno y se armó de paciencia para explicarme la historia de su vida.
-Bárbara era la prima de John, que era el primo de Richard. Pero Richard solo era hermano de David por parte de madre, y a David le gustaba Elisa, la hermana de Bárbara… ¿No lo ves? ¡Eran parientes!- exclamó provocando un chisteo de nuevo.
Bufé ante la incoherencia de la situación, desde luego no comprendía nada de los líos que se traía mi amiga, mas asentí con una sonrisa para que lo dejara estar. Melinda me fulminó con la mirada comprobando si lo había entendido, para luego relajar su postura y volver a adaptarse a la suya tan natural y despreocupada como siempre.
Desde luego Melinda era un cuadro pintoresco andante. Tras la rojiza falda a cuadros que todas llevábamos se escondían dos protuberantes piernas desnudas bronceadas por la incesante exposición al sol en las playas de Miami, que hacía danzar al máximo cuando creía que no se daba cuenta nadie con la intención de pavonearse de su deslumbrante aspecto. Sus ojos, verdes como el mar, resaltaban sobre los pómulos coloreados y entre el rubio de su cabello esterilizado, que caía levemente ondulado sobre su piel en contraste. De cualquier modo a ella le sentaba bien todo, e incluso muchas de mis compañeras lucían un nuevo cambio de looks que resaltaba como un collage por todo el campus. En cambio yo me traía conmigo de las vacaciones unos kilos demás gracias a la comida de Rose y una úlcera en el estómago que los remediaba.
Gracias abuelo por construir esa maldita casa, me dije a mí misma.
Volví a ordenar por cuarta vez los folios de los apuntes, descargando la rabia comprimida en los trozos de papel manchados. Odiaba el primer día de clase. Todo desordenado, nuevo plan de estudios, nueva marcha del profesor… Era un caos, sobre todo cuando eras la única que no podía farfullar algo interesante sobre tus vacaciones de invierno. Tampoco es que de no haber ido a Saint-Germain le Château hubieran sido mejor las navidades con mis padres, pero seguro que la cosa se diferenciaba por unas notables décimas.
De pronto noté como un par de ojos oscuros acechaban al fondo de la enorme sala universitaria. En la esquina, casi difuminado entre las sombras de las esquinas de piedra del edificio estaba un chico de llamativo pelo escarlata llameante. Patrick se encontraba recostado sobre la pared del fondo, desapercibido de no ser por su cabellera, mirándome fijamente. De pronto una hilera de relucientes dientes perfectos le delató una sonrisa en el rostro y me hizo un gesto con la mano cuando observó que había reparado finalmente en él. Un escalofrío recorrió mi espalda de improviso, recordándome lo acechante que había estado durante el final del último trimestre. Aquella sonrisa, que inescrutablemente inundaba en su profundidad algo de maldad, no ayudó a evadir el recuerdo de sus manos embadurnando mi piel mientras me encontraba semi-inconsciente.
-Da miedo.- susurré manifestando mis pensamientos en alto por descuido.
-¿Quién?- Melinda, como siempre entrando en el trapo, siguió mi mirada hacia la esquina.- ¡Ahh, él! No le culpes.
Sin poder remediarlo me dirigí a mi amiga mientras enarcaba una ceja lo bastante para hacer clara la acusación. Melinda sonrió tontamente otra vez y se encogió de hombros librándose del delito.
-De no haber sido por él me hubiera dejado media herencia en la factura de teléfono, por cierto, intentando llamarte.
Aquello me confundió aún más. Melinda, al contrario de su promesa, no me había llamado en todas las vacaciones.
Ella suspiró ante mi falta de neuronas aquella mañana.
-No me comentaste que tenías una casa en plena sierra.- dijo inculpadora limpiando las motas de su falda distraídamente.
Bufé de nuevo, la excursión a la montaña me estaba costando demasiado cara. Rápidamente abrí la boca para excusarme mas Melinda posó su dedo índice en mis labios impidiéndome decir nada.
-Demasiado tarde Srta. Darmon, me ha roto el corazón.- se burló Melinda intensificando un tono melodramático parecido al de las telenovelas.
Melinda se rió ante su propio chiste y, por no ser maleducada, le reí sus gracias con amabilidad.
Pero algo más que la confusión se empezaba arremolinar en mi interior. ¿Cómo había sabido Patrick que estaba en la sierra si ni siquiera yo lo había sabido desde un principio? Aquello no me gustaba nada.
-Atención, por favor...- la voz del profesor salió de la nada a través de la barullo formado por los alumnos.
El Sr. Fellon había entrado cual ráfaga de aire tras unos cuantos folios como fans de su batuta como profesor, y se encontraba escribiendo sobre la pizarra de rotulador característica en Kenilworth por ser la única no electrónica en todo el campus. Miré a Melinda de soslayo, quien le dedicaba una bonita burla a la entrada de mi profesor favorito y se disculpa ante mí por tener que bajar de la mesa e irse a su sitio correspondiente.
-Ordo ab Chao.- enunció en un peculiar latín.
La clase se sumergió en un estimulante silencio mientras los pelos de mis sienes se erizaban en otro escalofrío.
-Orden del caos.- dije en alto. Una hilera de cabezas se giró en un solo golpe. Los ojos negros volvieron a mi cuerpo, lo que hizo arrugar mi falda en un muñón.- Teoría masónica.
El Sr. Fellon se quedó levantando el rotulador de pizarra negro mientras me estudiaba por haberle arrebatado el protagonismo. Me excusé con una sonrisa volviendo al mundo real.
-Exacto, la teoría del Caos.- continuó desdeñando mi aportación mientras continuaba con su explicación.
Suspiré mientras cogía el bolígrafo con la intención de tomar apuntes de la clase de historia si quería sacar buenas notas en la asignatura antes de que el profesor terminara cogiéndome manía.
De pronto un bulto golpeó mi cabeza haciéndome cabecear. Una bola de papel cuadriculado rebotó sobre el extenso pupitre de la universidad. Desenvolví la nota:
Empollona.
M.
Directamente miré hacia Melinda, quien me sacaba la lengua doblada riéndose en silencio al otro lado del aula.
Ordo ab Chao, me repetí, Ordo ab Chao.
-¡Cooper!- grité con toda la fuerza que albergaban mis pulmones.- ¡Eh, Cooper!
Finalmente me decanté por echar otra carrera después de salir de clase como una bala, hacia la figura que caminaba por el campus ajeno al mundo. Observé como la gente se paraba mirándome fijamente por formar ese escándalo mientras yo les devolvía una sonrisa complaciente ignorando el hecho de que cuchichearan a mis espaldas. Tampoco les debía caer tan mal, ¿no?
-¡Cooper!
Tras la decimoquinta advertencia el chico rubio al que estaba llamando se giró de inmediato con dos cascos blancos en las manos y me sonrió cuando vio que me acercaba a él casi desbordando vísceras por la boca. Con un movimiento de cabeza se apartó la melena dorada que rozaba las pestañas que albergaban unos profundos iris azul oscuro que centelleaban a juego con los destellos. ¿Por qué debían de ser tan guapos todos los alumnos de esta universidad?
-Ey, Cati. – me saludó cortésmente.
Tras los últimos brincos le alcancé y vocalicé un hola con una respiración entrecortada, resoplando como un caballo por la carrerilla. Cooper no me dio tiempo a descansar y reanudó de nuevo el paso, esta vez esperándome a su costado.
-¿Ya no quieres ni saludarme después de las vacaciones?- pregunté irónica evidenciando el no haberle encontrado por todo Kenilworth durante todo el día en el que habían vuelto los alumnos.
Cooper se ruborizó levemente, aunque supo disimularlo gracias al patente frío que aún residía en todo Peninton, y sonrió volviendo la cara hacia un lado. Finalmente metió las manos en los bolsillos de su chubasquero negro y elevó la cabeza hacia el cielo haciendo rebotar el fino cabello rubio hacia sus lados.
-Lo siento. ¿Puedes perdonarme?- contestó con un hilo de voz.
-Está bien.
Ya casi había olvidado la tranquilidad que emanaba su ser, cuando estabas con Cooper todo se volvía más relajante. En parte aquello me desquiciaba, había tanto en lo que pensar, tanto que hacer… que cuando te dabas cuenta de que al fin había sucumbido a sus encantos volvía todo de golpe, aplastándote bajo su peso.
Paseamos en silencio por el campus, sin saber muy bien hacia donde se dirigía Cooper o ni siquiera yo misma.
Había pasado tanto tiempo desde que había llegado a formar una determinada personalidad que ahora, cuando tenía que aprender a cambiar y ceder, no comprendía cómo hacerlo. Me molestaba si quiera el estar despierta, incómoda conmigo misma.
-Cooper, ¿puedo hacerte una pregunta?
El chico me miró extrañado, entornando sus ojos al principio, para terminar relajando sus facciones. Entonces frunció los gruesos labios y retiró la mirada.
-Sí, claro.
-¿Desde cuándo conoces a Patrick?
Al instante recordé su mirada inescrutable en el aula, tan animal, tan despiadada e inhumana que resultaba aterradora.
Al instante un escalofrío recorrió mi espalda y tuve que controlar el raquitismo de mis manos para no hacerme delatar. Se suponía que preguntaba por un amigo, no por un violador. Cooper siguió sin mirarme, caminando por el sendero de tierra levemente húmeda que hacía crujir su gravilla con cada paso que dábamos. Ni siquiera me preguntó el por qué de la curiosidad, eso era lo que más me encantaba de Cooper y que diferenciaba su presencia a la de todos los demás, él nunca te juzgaba por nada.
-Patrick era amigo de Eric antes de venir a Kenilworth.- sentenció informándome, demasiado escueto para mi gusto.- ¿Te importa si entramos a la sala común?
Negué rápidamente con la cabeza, deseosa de que no interrumpiera su respuesta y en parte feliz por tener la oportunidad de entrar en calor. La sala común, extrañamente, estaba prácticamente vacía, provocando un shock inicial al entrar en ella, ya que siempre solía estar atestada de gente que no sabía cómo gastar su tiempo libre sin salir de la universidad. El rojo de la decoración se hacía aún más patente de este modo, tiñendo las paredes de un color parecido a la sangre que encandilaba con la piedra maciza de la estructura gótica, aquello me causó una especie de deja vu hacia mis pesadillas.
Meneé enérgicamente mi cabeza con tal de sacar esos pensamientos de mi mente y centrarme en lo importante. Cooper y yo nos sentamos el acostumbrado sofá frente a la chimenea que chisporroteaba cansadamente un fuego ya poco latente.
-Entonces, tu hermano y Patrick ya se conocían de antes.- dije en un intento de rememorar a Cooper de lo que estábamos hablando.
Cooper miró fijamente al fuego, obnubilado por algo que no podía llegar a ver y que se escondían tras el fantasma que brillaba en sus azulados ojos. Me di cuenta entonces de que Cooper parecía mucho más cansado de lo habitual, como si el mero hecho de respirar le costase trabajo para mantenerse activo. Me pregunté entonces la posibilidad de que Cooper no me estuviese contando algo, algo que se cernía sobre él. Me enfadé con él inexplicablemente por la hipotética cuestión de no contar conmigo, al fin y al cabo éramos amigos.
-Sí, creo firmemente en que mi padre nos metió aquí solo porque Patrick estudiaba es esta universidad, sabes que él ya va a segundo.- me comentó medio divertido por la elección de su padre movida por declinarse ante el chico. No llegaba a entender cómo podía engatusarle.- Eric y él se conocieron durante un aniversario militar.
Le miré sorprendida, dudaba mucho de que Eric hubiera pertenecido siquiera al ejército. La copia de una insólita imagen sobre un descabellado Eric vestido con el estampado militar y una ametralladora en la mano me dio un vuelco al corazón, eso sí que daba miedo. Cooper se rió afablemente cuando vio mi expresión y se apresuró a explicarse.
-Creo que no te he contado que antes de dedicarse a los negocios mi padre había pertenecido a la marina.
-No, omitiste ese dato en tu autobiografía.- me burlé aliviada por el hecho de no haberse visto cumplidos mis delirios.
Cooper volvió a reírse y estiró sus fibrosas piernas sobre la alfombra mientras se recostaba aún más en el sofá y se arrebujaba en su chubasquero.
-Mi padre nos obliga a asistir a esas convenciones todos los años para, según él, honrar la memoria de los verdaderos patriarcas de la nación.- Cooper esta vez había adoptado un tono más grave para la frase reveladora, aunque luego carraspeó.
Me agazapé sobre el sofá, inclinándome de lado hacia la figura del narrador y apoyando mi cabeza con mi mano en el respaldo.
-¿Y Patrick? ¿Él sí era militar antes de venir aquí?
No me extrañaba nada contemplarle con un cuchillo en la mano o algo por el estilo, verdaderamente conjuntaban los hechos.
-No, lo fue su progenitor.- Cooper suspiró.- A mi padre le conmovió demasiado el hecho de que un hijo acudiese a ese acto en su memoria, e insistió en la oportunidad de conocer a aquel adorable muchacho para influenciarnos en conducta.
Al momento comprendí lo que había dicho antes de que Patrick hubiera colaborado en la decantación de su padre por Kenilworth, debía idolatrarle el ejemplo que emanaba la historia de Patrick. Compadecí entonces a Cooper, quien había tenido que soportar la presencia de Patrick mucho antes que yo.
-Un momento, ¿Patrick es huérfano?- me confundí al caer en la cuenta.
-Algo así, él no habla mucho sobre su familia.
Parecía que a Cooper tampoco le debía caer demasiado bien Patrick, tan solo era el amigo de su hermano. Evoqué entonces el recuerdo del primer día en que les conocí a todos, Eric y él se hacían denotar tan infantiles ambos que no se sabría como distinguirles y Patrick tan… normal. Ahora era todo distinto de lo que habían sido las primeras apariencias que resultaba deprimente la reflexión sonsacada de ello.
La realidad era que a penas si conocía a los que me rodeaban cotidianamente, y eso me asustaba por un lado y me complacía por el otro. El mejor trance de las amistades se producían cuando ninguna persona sabía algo sobre la otra, entonces todo parece lo que no es.
-Cooper.- le llamé.
-¿Sí?
Dejé reposar mi cabeza sobre su hombro, haciendo que su fino pelo me cosquilleara el nacimiento del cuello.
-Gracias por ser mi amigo.
sábado, 13 de noviembre de 2010
23. Regreso.
Volví a convulsionar de frío y cerré fieramente la mandíbula para evitar que empezara a castañear. Estaba totalmente helada, tanto que temía moverme y sentir como se empezaban a congelar mis propios huesos. Había sido aquella incesante tiritona la que me había despertado de un profundo sueño.
En medio de aquel duermevela noté como poco a poco mi cuerpo se iba deshilachando en diminutas porciones hasta machacarse por completo. Estaba demasiado cansada como para siquiera dormirme, o, al menos, era aquel frío extraordinario el que impedía mi descanso.
Consciente aunque sin poder aún pensar con suma claridad, deseé con todas mis fuerzas parar de estremecerme para volver a reconciliar el sueño. Finalmente desistí en mi empeño y suspiré.
Una oscuridad exterior me contrarió cuando me aseguré de haber abierto los ojos. Desorientada parpadeé varias veces hasta que hube confirmado el hecho, un salpicadero de color beige difuminado y el conocimiento del cuero recalentado por mi propia temperatura fueron formándose como ideas en mi mente. ¿Dónde estaba?
-Lamento haberte despertado.- dijo una voz a mi lado.- Ya he subido la calefacción.
Giré la cabeza en aquella dirección. Nathan conducía tranquilamente sin apartar la vista de la negra carretera, mientras los rayos plateados de la luna bañaban su rostro haciéndolo brillar con un centelleo místico. Siempre le había quedado muy bien los haces de la noche.
Aún intentando no dejar aletargadas mis neuronas, hice amagos de erguirme sobre el asiento, hasta que las evidentes causas me hicieron caer en la cuenta de que nos encontrábamos en un coche y ya era de noche.
-¿Me he… me he dormido?
Me restregué los ojos con las manos con tal de acostumbrarme a la penumbra y pude al fin sentarme correctamente. Algo de lana me cubría del cuello hasta la cintura.
-Te dije que intentaras dormirte en el avión y no me hiciste caso.
Vislumbré como Nathan sonreía haciendo que la luna también incidiese en sus dientes como perlas. Me dediqué a pasar por alto el comentario y bostezar mientras trataba de estirarme en el reducido espacio del coche. Realmente me dolía todo el cuerpo.
-¿Qué hora es?- pregunté demasiado perezosa como para mirarlo en el navegador.
-Tarde.- respondió raudo a la pregunta, aunque luego se agachó para comprobarlo.- Exactamente las once de la noche.
Asentí con la cabeza mientras me decidía a meter las manos dentro de aquel retazo de lana para calentarlas, y con otro suspiro me resistí a apoyar la cabeza en el cristal ya que de estar seguros estaría congelado. Me conformé con el cuero del asiento.
Las sombras de los árboles pasaban grácilmente a nuestro alrededor, irónicamente quietos ante la interminable danza de las hojas que aún permanecían fieles a las esqueléticas ramas. Aún de noche, pude apreciar la hermosura del paraje, la misma hermosura que me encandilaba, hermosura a la que me atrevía a llamarla hogar.
La calefacción del coche comenzó a caldear el interior, y los pequeños vahos formados en las comisuras de las lunetas fueron deshaciendo su error. A pesar de todo me abstuve a retirar la lana que hacía las veces de manta.
A un mismo tiempo una agradable sensación se fue aposentando en mi estómago, sustituyendo los habituales nervios que había soportado las últimas semanas, y me sentí en paz. Entonces un zumbido sonó justo dentro del hueco que había al lado del freno de mano. Extrañada me torné hacia el boliche de unos trapos oscuros que vibraban solos.
Desenvolví extrañada el almizcle de paños (que parecían tener forma de camisa) y descubrí en su interior el causante de su movimiento.
-Te han estado llamando todo el rato.- anunció Nathan cuando cogí el móvil entre las manos.- Lo tapé para que no te despertaras.
La pantalla relucía dentro del eclipsado coche, creando eco de sus sombras mientras refulgía un único nombre.
-Es mi padre.- le expliqué.
-Lo sé.- afirmó.- ¿No vas a cogerlo?
Exhalé algo de aire mientras comprendía que había hecho bien en haberme dormido durante el trayecto. El móvil lanzó sus últimos zumbidos sobre las palmas de mis manos hasta que se cansó, entonces el silencio volvió a reinar.
-No.- negué la pregunta entretanto me encogía de hombros.
Nathan frunció el ceño a la carretera y yo volví a recostarme.
-¿No te has despedido de ellos?
Suspiré reacia a evocar el tema. Había jurado que no volvería a pisar Saint-Germain le Château en años, ni siquiera oír su nombre.
-Sí lo hice.- contesté.- Les dejé una carta antes de marcharnos.
Rememoré el sobre lila que había depositado encima de mi cama. Resultaba algo cobarde hacerlo de esa manera, pero tenía la suficiente experiencia como para saber que si les decía a la cara que me iba, me lo impedirían. Prohibición, negociación y por último chantaje emocional, todo seguido en un riguroso orden cronológico.
Entonces el móvil volvió a zumbar incansable de nuevo, escuché como Nathan suspiraba al volante. ¿Es que no se cansaban de llamar? Lo que les había dejado era una carta de despedida, no una de suicidio.
-Solo están preocupados por ti, Cati.
Eso lo sabía, supongo que no era demasiado normal que una hija se buscara tantos problemas en un record de veinticuatro horas.
Esta vez el sonido se apagó mucho antes de lo esperado, y aproveché el descanso para apagar completamente el aparato, evitando futuros pormenores. Nathan volvió a suspirar, provocándome observarle. ¿Era preocupación lo que se denotaba en su rostro? No debía preocuparse él también, no había razones para ello.
El pueblo de Peninton llegó pronto hacia nuestros alrededores, estimulando positivamente una sonrisa en mis labios.
-Sabes que tramo coger, ¿no?- no pude evitar asegurarme.
-Sí, tranquila.
Los efectos somníferos habían desaparecido totalmente, y una extraña emoción reconfortante se extendía por cada una de mis glándulas. Ardía en deseos de volver a ver aquel esqueleto gótico rodeado por un frondoso bosque impenetrable, mas me abstuve de adelantar acontecimientos.
Conservando aún la sonrisa en el rostro retiré la vista de la ventanilla en dirección contraria. Nathan conducía tranquilamente, demasiado lento comparado conmigo al volante, pero había algo que seducía en ello, más bien en todo lo que hacía, el cuidado y la elegancia que ponía en cada uno de sus pasos, como previendo lo que a continuación iría a ocurrir, seguro de sí mismo. Inevitablemente rememoré aquella noche en Kenilworth, cuando después de tanto tiempo que había estado sin poder tocar su piel o acariciar su pelo el deseo se había hecho material. Recordé lo que me costó librarme de ese psicoactivo, mientras volvía a sentir su piel contra la mía, sus labios deleitándose conmigo… Suspiré. Ahora todo aquello parecía tan fácil de conseguir, que me asustaba el sucumbir. Ya no quería nada de eso, tan solo pedía que nada ni nadie me hiciera daño. Solo eso.
-¿Qué?- preguntó Nathan medio riéndose.
Me reí con él haciéndome volver a la realidad y comprobar que me había quedado mirándole fijamente, sumergiéndome en las perfectas curvas de su rostro, achatadas en una adorable nariz, que dibujaban ángulos hasta perderse en su cuello.
-Nada.- respondí como siempre reacia a manifestar mis pensamientos.
Nathan endureció momentáneamente sus facciones mientras giraba ampliamente hacia la derecha, algo que por lo que había visto últimamente había tomado como referencia cuando le molestaban, algo que no me gustaba que se acoplase a su rostro.
-Dímelo.- rogó con voz entristecida.
Exhalé algo de aire antes de encubrir una pieza de la verdad.
-Tienes manchado el pómulo de la tinta del aeropuerto.
Como una orden, Nathan se llevó la mano hacia la boca mientras mojaba su dedo pulgar con saliva y limpiaba la mancha que llevaba en la mejilla hasta que se quitó la suciedad.
-¿Ya?
-Sí.
Finalmente aparté la vista de nuevo hacia la carretera, estábamos a punto de llegar. El bosque titilaba en el exterior, ululando nanas mágicas a mi bienvenida, en un perfecto vals crónico en el que todo iba a un mismo compás, nada se salía de la coreografía impartida.
A partir de ahora nada sería igual, todo había cambiado de nuevo. ¿Qué iba a ocurrir a partir de ahora? ¿Cómo se suponía que debía actuar? Como habitualmente, no lo sabía, ni lo quería saber. Tal y como me había propuesto iba a seguir mis instintos, y mis instintos me decían que abriera una rendija en mi caparazón para ver lo externo, admirar pero no claudicar.
Repentinamente noté el tacto suave de una mano contra mi mejilla. Con un sobresalto en el asiento roté inmediatamente la cabeza en dirección hacia el estímulo, el brazo de Nathan se alargaba despreocupadamente rozando mi pómulo sin pretensiones ni preámbulos. El mismísimo contacto entre nuestras pieles me hizo estremecer aún más que el frío que soportaba el ambiente. Paulatinamente las facciones de mi rostro se fueron endureciendo y oí como crujían las muelas al cerrar mi dentadura, intentando de algún modo contener la respiración para no hiperventilar.
Sabía que los pensamientos que yo misma me había impuesto anteriormente me alertaban que debía apartarme de un momento a otro sin esperar a más, pero se suponía que ahora era diferente, se suponía.
Cerré los ojos sustituyendo el paisaje nocturno por una oscuridad absoluta. Cada partícula de mis sentidos alarmaban de la cercanía, notaba cada vez más presente, cual agujas laceradas en la piel cada uno de sus movimientos. Sentía como su dedo índice jugueteaba con el calor de la mejilla superior, como su pulgar lamía mesuradamente el extremo de mis labios, tentados a continuar el recorrido. La extraña calidez de sus manos se me antojó ahora vulnerable, su tiento ardía en comparación a la frialdad que invadía mi cuerpo, algo que nunca hubiera llegado a imaginar.
-¿Te molesta?
Apreté aún más los párpados cuando oí su aterciopelada voz prácticamente en mi oído. Me pregunté entonces cómo diantres conducía.
Suspiré agotada por el esfuerzo.
-No.
Sus dedos no desistieron en su función y esta vez se dirigieron a las raíces de mi cabellera azabache. Sus extremidades se enredaron las greñas sueltas de mi coleta semi-derruida, peinándolas a su antojo en una asimétrica simetría.
-¿Y ahora?
-No.- me mantuve firme.
Oí una exhalación suya de la que quise tomar posesión cuando su aliento rozó mi nariz, lo que casi me produce un paro cardíaco.
Nathan siguió. Noté como sus dedos se desplazaban cada vez más abajo, dibujando el contorno de mi oreja izquierda, deteniéndose más tiempo en el lóbulo. Sus manos llegaron hasta mi cuello, trazaron el relieve de mi barbilla y el nacimiento de mi pelo hasta que presionaron las dos adorables pecas que siempre había conservado. Entonces dejé de sentir la suavidad de sus manos, que fueron reemplazadas por algo húmedo y completamente cálido a la vez que carnoso. Me temblaron las rodillas cuando la idea se fue formando en mi mente. Me estaba besando. Me estaba besando en la yugular.
El ritmo de mi corazón, si ya estaba siendo elevado, aumentó vertiginosamente cual montaña rusa hasta el punto de convertirse en pitidos que ensordecían mi mente. Mas su mano buscó a tientas entre mis muslos la mía, que rehusé estrecharla a miedo de que notara el inevitable entumecimiento de ella.
Finalmente frotó su nariz contra mi cuello hasta ascender de nuevo a la oreja, donde seguía sintiendo sus húmedos labios en contra.
-¿Segura?- susurró con una voz entrecortada por los jadeos.
No contesté.
Era tan fácil girar la cabeza y cometer el pecado, estaba a mi alcance el sentir después de tantísimo tiempo el roce de su boca con la mía. ¿Por qué me tentaba de aquella forma? ¿Había pensado yo hacía escasos segundos el no necesitar aquello?
Giré la cabeza lentamente y abrí los ojos para encontrarme con un mar de plata, allí estaban las motas verdosas que tanto me gustaban, escondidas en lo recóndito de sus pupilas. Me di cuenta entonces de que el brazo que aferraba mi muñeca nos atrapaba en un bucle y que habíamos parado el coche sin haberlo notado.
Nathan me sonrió, mostrándome sus seductores dientes lobunos en aquella sonrisa, y yo se la devolví.
-Dime, te molesta.
-Para nada.- le respondí.
Él ladeó su cabeza alejándola centímetros de la mía, fingiendo un interés por las líneas de la palma de mi mano y sin parar de sonreír, para después comenzar a medir el calibrado de nuestras manos juntas. Observé como nuestros dedos corazones por poco no llegaban a tocarse punta a punta.
-Tienes las manos heladas.- comentó trivial.- ¿Te has llegado a tapar con mi chaqueta?
Confundida agaché la mirada en dirección al retazo, ahora arrugado y redimido a un extremo. ¿Era eso una trenca?
-La utilicé durante un rato.- admití.
Aquello le hizo ensanchar aún más la sonrisa a Nathan, quien miraba obnubilado la imagen de nuestras manos sumergido en sus pensamientos.
-Debería irme.- dije sin pensarlo bien.
Calla, insensata, ¿pretendes irte ahora?, dijo una voz maquiavélica en mi fuero interno. Me mordí la lengua para poder tragarme aquellas palabras, mas ya era demasiado tarde.
-Sí, se está haciendo muy tarde.- razonó más para sí mismo más que a mí.
Con un suspiró me soltó la mano y me deslicé hacia el picaporte del copiloto para abrirlo y salir al exterior. Una brisa de viento helado salió a mi encuentro azotándome en el rostro, el ambiente estaba cargado de una humedad pesada y el aroma a silvestre se extendía a mi alrededor. Respiré hondo aquel olor a tierra mojada para volver a notar algo presente.
Algo metálico rozó el dorso de mi mano y volví a inquietarme por la sorpresa. Nathan sonreía cansado a mi lado ofreciéndome mi maleta. Desde luego aquella noche estaba falta de reflejos. Entonces le tendí su chaqueta para realizar el intercambio.
-Gracias.- fui educada.
-No hay de que.
Nathan cogió su trenca y se la puso sobre su camisa color celeste entreabierta en un pecho desnudo. Me obligué a pellizcarme en la pantorrilla para volver a la realidad y dejar de admirar aquel cuadro tan hermoso que insólitamente me recordaba al David de Miguel Ángel. Con un suspiro de paciencia hacia mis divagaciones rodeé el asa de la maleta para arrastrarla durante el caminito de tierra, mas algo me retuvo. Nathan me aferraba el antebrazo hasta arrastrarme junto a él, limitó mi cara con sus manos y posó delicadamente su frente contra la mía. La proximidad entre nuestros rostros era más que evidente, pude sentir como su aliento y el mío se fundían en uno solo, y su esencia embriagadora me envolvía. Escuché un ruido hosco y acompañado de fondo, hasta que me di cuenta de que eran mis propios gemidos, esta vez no había cerrado los labios.
Entonces él se rió y yo me reí con él, su oxígeno era el mío. Sin saber muy bien donde posar las manos, las dejé descansar sobre sus omóplatos, ásperos a causa de la textura de la chaqueta.
-Me alegro de que no hubieras decidido huir sola.- murmuró.
Poco a poco logré ruborizarme a pesar del frío de la noche, y noté como me ardían los pómulos bajo sus manos.
-Hubieses llamado a la policía de nuevo. No estaba dispuesta a perder más dinero.
Nathan volvió a reírse y juntó su nariz achatada contra la mía pomposa. Ahora la fina línea de sus labios se encontraba a una distancia de tres centímetros.
-Seguramente.- saboreé el vahó que soltaban sus palabras en mi boca.- Me conoces demasiado bien.
Noté como perdía visión debido al entumecimiento de mis ojos llorosos, habíamos llegado al límite, siempre había uno. Ahora me sentía incómoda, demasiado para mi gusto, y traté de dar marcha atrás.
-Esto sí me molesta.
Él compungió su rostro en una mueca de tristeza que me partió el alma en dos y me hizo sentir como la más cruel villana, pero lo que decía era cierto. Nathan aflojó la atadura de sus manos y se alejó de mí otra vez, procurando ocultar en cada uno de sus gestos la derrota.
-Lo siento.- se lamentó.
Me sentí mal por haberle hecho daño, basándome en que Nathan era fuerte para soportarlo. Él volvió a reconstruir a la perfección aquella expresión endurecida y artificial y alzó la comisura de sus labios en el intento de sonreírme. A pesar de todo no quería defraudarme.
-¿Nos… nos vemos mañana?- quise remediarlo con una esperanza de no alejarlo de mí.
-Claro. No veo por qué no.- razonó.
Le sonreí infantilmente, cosa que nunca solía hacer, y él me tocó la punta de la nariz en un gesto cariñoso.
Odiaba que me trataran con delicadeza, algo de lo que yo carecía y que calificaba al estereotipo de la mujer, aunque esta vez me limité a morderme la lengua para no replicar, en ocasiones hay que ceder.
-Buenas noches.
Me alejé del coche de Nathan, aturdida aún por lo que acababa de suceder.
En medio de aquel duermevela noté como poco a poco mi cuerpo se iba deshilachando en diminutas porciones hasta machacarse por completo. Estaba demasiado cansada como para siquiera dormirme, o, al menos, era aquel frío extraordinario el que impedía mi descanso.
Consciente aunque sin poder aún pensar con suma claridad, deseé con todas mis fuerzas parar de estremecerme para volver a reconciliar el sueño. Finalmente desistí en mi empeño y suspiré.
Una oscuridad exterior me contrarió cuando me aseguré de haber abierto los ojos. Desorientada parpadeé varias veces hasta que hube confirmado el hecho, un salpicadero de color beige difuminado y el conocimiento del cuero recalentado por mi propia temperatura fueron formándose como ideas en mi mente. ¿Dónde estaba?
-Lamento haberte despertado.- dijo una voz a mi lado.- Ya he subido la calefacción.
Giré la cabeza en aquella dirección. Nathan conducía tranquilamente sin apartar la vista de la negra carretera, mientras los rayos plateados de la luna bañaban su rostro haciéndolo brillar con un centelleo místico. Siempre le había quedado muy bien los haces de la noche.
Aún intentando no dejar aletargadas mis neuronas, hice amagos de erguirme sobre el asiento, hasta que las evidentes causas me hicieron caer en la cuenta de que nos encontrábamos en un coche y ya era de noche.
-¿Me he… me he dormido?
Me restregué los ojos con las manos con tal de acostumbrarme a la penumbra y pude al fin sentarme correctamente. Algo de lana me cubría del cuello hasta la cintura.
-Te dije que intentaras dormirte en el avión y no me hiciste caso.
Vislumbré como Nathan sonreía haciendo que la luna también incidiese en sus dientes como perlas. Me dediqué a pasar por alto el comentario y bostezar mientras trataba de estirarme en el reducido espacio del coche. Realmente me dolía todo el cuerpo.
-¿Qué hora es?- pregunté demasiado perezosa como para mirarlo en el navegador.
-Tarde.- respondió raudo a la pregunta, aunque luego se agachó para comprobarlo.- Exactamente las once de la noche.
Asentí con la cabeza mientras me decidía a meter las manos dentro de aquel retazo de lana para calentarlas, y con otro suspiro me resistí a apoyar la cabeza en el cristal ya que de estar seguros estaría congelado. Me conformé con el cuero del asiento.
Las sombras de los árboles pasaban grácilmente a nuestro alrededor, irónicamente quietos ante la interminable danza de las hojas que aún permanecían fieles a las esqueléticas ramas. Aún de noche, pude apreciar la hermosura del paraje, la misma hermosura que me encandilaba, hermosura a la que me atrevía a llamarla hogar.
La calefacción del coche comenzó a caldear el interior, y los pequeños vahos formados en las comisuras de las lunetas fueron deshaciendo su error. A pesar de todo me abstuve a retirar la lana que hacía las veces de manta.
A un mismo tiempo una agradable sensación se fue aposentando en mi estómago, sustituyendo los habituales nervios que había soportado las últimas semanas, y me sentí en paz. Entonces un zumbido sonó justo dentro del hueco que había al lado del freno de mano. Extrañada me torné hacia el boliche de unos trapos oscuros que vibraban solos.
Desenvolví extrañada el almizcle de paños (que parecían tener forma de camisa) y descubrí en su interior el causante de su movimiento.
-Te han estado llamando todo el rato.- anunció Nathan cuando cogí el móvil entre las manos.- Lo tapé para que no te despertaras.
La pantalla relucía dentro del eclipsado coche, creando eco de sus sombras mientras refulgía un único nombre.
-Es mi padre.- le expliqué.
-Lo sé.- afirmó.- ¿No vas a cogerlo?
Exhalé algo de aire mientras comprendía que había hecho bien en haberme dormido durante el trayecto. El móvil lanzó sus últimos zumbidos sobre las palmas de mis manos hasta que se cansó, entonces el silencio volvió a reinar.
-No.- negué la pregunta entretanto me encogía de hombros.
Nathan frunció el ceño a la carretera y yo volví a recostarme.
-¿No te has despedido de ellos?
Suspiré reacia a evocar el tema. Había jurado que no volvería a pisar Saint-Germain le Château en años, ni siquiera oír su nombre.
-Sí lo hice.- contesté.- Les dejé una carta antes de marcharnos.
Rememoré el sobre lila que había depositado encima de mi cama. Resultaba algo cobarde hacerlo de esa manera, pero tenía la suficiente experiencia como para saber que si les decía a la cara que me iba, me lo impedirían. Prohibición, negociación y por último chantaje emocional, todo seguido en un riguroso orden cronológico.
Entonces el móvil volvió a zumbar incansable de nuevo, escuché como Nathan suspiraba al volante. ¿Es que no se cansaban de llamar? Lo que les había dejado era una carta de despedida, no una de suicidio.
-Solo están preocupados por ti, Cati.
Eso lo sabía, supongo que no era demasiado normal que una hija se buscara tantos problemas en un record de veinticuatro horas.
Esta vez el sonido se apagó mucho antes de lo esperado, y aproveché el descanso para apagar completamente el aparato, evitando futuros pormenores. Nathan volvió a suspirar, provocándome observarle. ¿Era preocupación lo que se denotaba en su rostro? No debía preocuparse él también, no había razones para ello.
El pueblo de Peninton llegó pronto hacia nuestros alrededores, estimulando positivamente una sonrisa en mis labios.
-Sabes que tramo coger, ¿no?- no pude evitar asegurarme.
-Sí, tranquila.
Los efectos somníferos habían desaparecido totalmente, y una extraña emoción reconfortante se extendía por cada una de mis glándulas. Ardía en deseos de volver a ver aquel esqueleto gótico rodeado por un frondoso bosque impenetrable, mas me abstuve de adelantar acontecimientos.
Conservando aún la sonrisa en el rostro retiré la vista de la ventanilla en dirección contraria. Nathan conducía tranquilamente, demasiado lento comparado conmigo al volante, pero había algo que seducía en ello, más bien en todo lo que hacía, el cuidado y la elegancia que ponía en cada uno de sus pasos, como previendo lo que a continuación iría a ocurrir, seguro de sí mismo. Inevitablemente rememoré aquella noche en Kenilworth, cuando después de tanto tiempo que había estado sin poder tocar su piel o acariciar su pelo el deseo se había hecho material. Recordé lo que me costó librarme de ese psicoactivo, mientras volvía a sentir su piel contra la mía, sus labios deleitándose conmigo… Suspiré. Ahora todo aquello parecía tan fácil de conseguir, que me asustaba el sucumbir. Ya no quería nada de eso, tan solo pedía que nada ni nadie me hiciera daño. Solo eso.
-¿Qué?- preguntó Nathan medio riéndose.
Me reí con él haciéndome volver a la realidad y comprobar que me había quedado mirándole fijamente, sumergiéndome en las perfectas curvas de su rostro, achatadas en una adorable nariz, que dibujaban ángulos hasta perderse en su cuello.
-Nada.- respondí como siempre reacia a manifestar mis pensamientos.
Nathan endureció momentáneamente sus facciones mientras giraba ampliamente hacia la derecha, algo que por lo que había visto últimamente había tomado como referencia cuando le molestaban, algo que no me gustaba que se acoplase a su rostro.
-Dímelo.- rogó con voz entristecida.
Exhalé algo de aire antes de encubrir una pieza de la verdad.
-Tienes manchado el pómulo de la tinta del aeropuerto.
Como una orden, Nathan se llevó la mano hacia la boca mientras mojaba su dedo pulgar con saliva y limpiaba la mancha que llevaba en la mejilla hasta que se quitó la suciedad.
-¿Ya?
-Sí.
Finalmente aparté la vista de nuevo hacia la carretera, estábamos a punto de llegar. El bosque titilaba en el exterior, ululando nanas mágicas a mi bienvenida, en un perfecto vals crónico en el que todo iba a un mismo compás, nada se salía de la coreografía impartida.
A partir de ahora nada sería igual, todo había cambiado de nuevo. ¿Qué iba a ocurrir a partir de ahora? ¿Cómo se suponía que debía actuar? Como habitualmente, no lo sabía, ni lo quería saber. Tal y como me había propuesto iba a seguir mis instintos, y mis instintos me decían que abriera una rendija en mi caparazón para ver lo externo, admirar pero no claudicar.
Repentinamente noté el tacto suave de una mano contra mi mejilla. Con un sobresalto en el asiento roté inmediatamente la cabeza en dirección hacia el estímulo, el brazo de Nathan se alargaba despreocupadamente rozando mi pómulo sin pretensiones ni preámbulos. El mismísimo contacto entre nuestras pieles me hizo estremecer aún más que el frío que soportaba el ambiente. Paulatinamente las facciones de mi rostro se fueron endureciendo y oí como crujían las muelas al cerrar mi dentadura, intentando de algún modo contener la respiración para no hiperventilar.
Sabía que los pensamientos que yo misma me había impuesto anteriormente me alertaban que debía apartarme de un momento a otro sin esperar a más, pero se suponía que ahora era diferente, se suponía.
Cerré los ojos sustituyendo el paisaje nocturno por una oscuridad absoluta. Cada partícula de mis sentidos alarmaban de la cercanía, notaba cada vez más presente, cual agujas laceradas en la piel cada uno de sus movimientos. Sentía como su dedo índice jugueteaba con el calor de la mejilla superior, como su pulgar lamía mesuradamente el extremo de mis labios, tentados a continuar el recorrido. La extraña calidez de sus manos se me antojó ahora vulnerable, su tiento ardía en comparación a la frialdad que invadía mi cuerpo, algo que nunca hubiera llegado a imaginar.
-¿Te molesta?
Apreté aún más los párpados cuando oí su aterciopelada voz prácticamente en mi oído. Me pregunté entonces cómo diantres conducía.
Suspiré agotada por el esfuerzo.
-No.
Sus dedos no desistieron en su función y esta vez se dirigieron a las raíces de mi cabellera azabache. Sus extremidades se enredaron las greñas sueltas de mi coleta semi-derruida, peinándolas a su antojo en una asimétrica simetría.
-¿Y ahora?
-No.- me mantuve firme.
Oí una exhalación suya de la que quise tomar posesión cuando su aliento rozó mi nariz, lo que casi me produce un paro cardíaco.
Nathan siguió. Noté como sus dedos se desplazaban cada vez más abajo, dibujando el contorno de mi oreja izquierda, deteniéndose más tiempo en el lóbulo. Sus manos llegaron hasta mi cuello, trazaron el relieve de mi barbilla y el nacimiento de mi pelo hasta que presionaron las dos adorables pecas que siempre había conservado. Entonces dejé de sentir la suavidad de sus manos, que fueron reemplazadas por algo húmedo y completamente cálido a la vez que carnoso. Me temblaron las rodillas cuando la idea se fue formando en mi mente. Me estaba besando. Me estaba besando en la yugular.
El ritmo de mi corazón, si ya estaba siendo elevado, aumentó vertiginosamente cual montaña rusa hasta el punto de convertirse en pitidos que ensordecían mi mente. Mas su mano buscó a tientas entre mis muslos la mía, que rehusé estrecharla a miedo de que notara el inevitable entumecimiento de ella.
Finalmente frotó su nariz contra mi cuello hasta ascender de nuevo a la oreja, donde seguía sintiendo sus húmedos labios en contra.
-¿Segura?- susurró con una voz entrecortada por los jadeos.
No contesté.
Era tan fácil girar la cabeza y cometer el pecado, estaba a mi alcance el sentir después de tantísimo tiempo el roce de su boca con la mía. ¿Por qué me tentaba de aquella forma? ¿Había pensado yo hacía escasos segundos el no necesitar aquello?
Giré la cabeza lentamente y abrí los ojos para encontrarme con un mar de plata, allí estaban las motas verdosas que tanto me gustaban, escondidas en lo recóndito de sus pupilas. Me di cuenta entonces de que el brazo que aferraba mi muñeca nos atrapaba en un bucle y que habíamos parado el coche sin haberlo notado.
Nathan me sonrió, mostrándome sus seductores dientes lobunos en aquella sonrisa, y yo se la devolví.
-Dime, te molesta.
-Para nada.- le respondí.
Él ladeó su cabeza alejándola centímetros de la mía, fingiendo un interés por las líneas de la palma de mi mano y sin parar de sonreír, para después comenzar a medir el calibrado de nuestras manos juntas. Observé como nuestros dedos corazones por poco no llegaban a tocarse punta a punta.
-Tienes las manos heladas.- comentó trivial.- ¿Te has llegado a tapar con mi chaqueta?
Confundida agaché la mirada en dirección al retazo, ahora arrugado y redimido a un extremo. ¿Era eso una trenca?
-La utilicé durante un rato.- admití.
Aquello le hizo ensanchar aún más la sonrisa a Nathan, quien miraba obnubilado la imagen de nuestras manos sumergido en sus pensamientos.
-Debería irme.- dije sin pensarlo bien.
Calla, insensata, ¿pretendes irte ahora?, dijo una voz maquiavélica en mi fuero interno. Me mordí la lengua para poder tragarme aquellas palabras, mas ya era demasiado tarde.
-Sí, se está haciendo muy tarde.- razonó más para sí mismo más que a mí.
Con un suspiró me soltó la mano y me deslicé hacia el picaporte del copiloto para abrirlo y salir al exterior. Una brisa de viento helado salió a mi encuentro azotándome en el rostro, el ambiente estaba cargado de una humedad pesada y el aroma a silvestre se extendía a mi alrededor. Respiré hondo aquel olor a tierra mojada para volver a notar algo presente.
Algo metálico rozó el dorso de mi mano y volví a inquietarme por la sorpresa. Nathan sonreía cansado a mi lado ofreciéndome mi maleta. Desde luego aquella noche estaba falta de reflejos. Entonces le tendí su chaqueta para realizar el intercambio.
-Gracias.- fui educada.
-No hay de que.
Nathan cogió su trenca y se la puso sobre su camisa color celeste entreabierta en un pecho desnudo. Me obligué a pellizcarme en la pantorrilla para volver a la realidad y dejar de admirar aquel cuadro tan hermoso que insólitamente me recordaba al David de Miguel Ángel. Con un suspiro de paciencia hacia mis divagaciones rodeé el asa de la maleta para arrastrarla durante el caminito de tierra, mas algo me retuvo. Nathan me aferraba el antebrazo hasta arrastrarme junto a él, limitó mi cara con sus manos y posó delicadamente su frente contra la mía. La proximidad entre nuestros rostros era más que evidente, pude sentir como su aliento y el mío se fundían en uno solo, y su esencia embriagadora me envolvía. Escuché un ruido hosco y acompañado de fondo, hasta que me di cuenta de que eran mis propios gemidos, esta vez no había cerrado los labios.
Entonces él se rió y yo me reí con él, su oxígeno era el mío. Sin saber muy bien donde posar las manos, las dejé descansar sobre sus omóplatos, ásperos a causa de la textura de la chaqueta.
-Me alegro de que no hubieras decidido huir sola.- murmuró.
Poco a poco logré ruborizarme a pesar del frío de la noche, y noté como me ardían los pómulos bajo sus manos.
-Hubieses llamado a la policía de nuevo. No estaba dispuesta a perder más dinero.
Nathan volvió a reírse y juntó su nariz achatada contra la mía pomposa. Ahora la fina línea de sus labios se encontraba a una distancia de tres centímetros.
-Seguramente.- saboreé el vahó que soltaban sus palabras en mi boca.- Me conoces demasiado bien.
Noté como perdía visión debido al entumecimiento de mis ojos llorosos, habíamos llegado al límite, siempre había uno. Ahora me sentía incómoda, demasiado para mi gusto, y traté de dar marcha atrás.
-Esto sí me molesta.
Él compungió su rostro en una mueca de tristeza que me partió el alma en dos y me hizo sentir como la más cruel villana, pero lo que decía era cierto. Nathan aflojó la atadura de sus manos y se alejó de mí otra vez, procurando ocultar en cada uno de sus gestos la derrota.
-Lo siento.- se lamentó.
Me sentí mal por haberle hecho daño, basándome en que Nathan era fuerte para soportarlo. Él volvió a reconstruir a la perfección aquella expresión endurecida y artificial y alzó la comisura de sus labios en el intento de sonreírme. A pesar de todo no quería defraudarme.
-¿Nos… nos vemos mañana?- quise remediarlo con una esperanza de no alejarlo de mí.
-Claro. No veo por qué no.- razonó.
Le sonreí infantilmente, cosa que nunca solía hacer, y él me tocó la punta de la nariz en un gesto cariñoso.
Odiaba que me trataran con delicadeza, algo de lo que yo carecía y que calificaba al estereotipo de la mujer, aunque esta vez me limité a morderme la lengua para no replicar, en ocasiones hay que ceder.
-Buenas noches.
Me alejé del coche de Nathan, aturdida aún por lo que acababa de suceder.
lunes, 25 de octubre de 2010
22. La última gota.
Arrebujé aún más los muslos contra el pecho, tamborileando los dedos sobre el gris de los vaqueros, tocando en el aire una canción muda cuyas notas volaban en el viento invisibles a ojos ajenos. Lentamente incorporé la cabeza hasta apoyar la barbilla sobre mis rodillas. Nathan seguía allí, deambulando en diagonal por la habitación, tal y como había estado haciendo aproximadamente un cuarto de hora según mi móvil. No había dicho nada aún, tan solo se limitaba a fortalecer sus gemelos y permanecer en un riguroso silencio. Suspiré agotada y desvié la mirada de él.
La habitación, situada al fondo del mismo pasillo que la mía, aparentaba una reducción del espacio debido a las dos camas, separadas por una mesita de noche de madera, que consumían gran área. El color de ésta distaba mucho del ocre blanquecino que adornaba la mía, en este caso un celeste etéreo alumbraba las paredes a conjunto con las colchas y el sillón egg que se situaba en frente de las camas.
En una ocasión había llegado a leer que el color azul significaba un estado de estabilidad, sabiduría y confianza equilibrado. Creo que había llegado la hora de hacer una reclamación a esos estudios.
El rodeo se vio terminado en un par de grisáceos ojos expectantes que por fin habían reparado en mi presencia. Sonreí taimadamente, dispuesta a hacerme ver indiferente ante lo ocurrido hacía unos minutos. Él torció atractivamente una de las comisuras de sus labios en respuesta, finalmente exhaló un suspiro.
-Dime que estás bien.- rompió el silencio impuesto.
Por escasos segundos el rostro se me descompuso, aunque fui lo suficientemente fuerte como para ponerme una máscara de felicidad fingida en el rostro.
-Estoy bien.
Nathan no respondió, se quedó inmóvil escudriñando el interior de mis ojos. Le sostuve la mirada, deseando que lo que decían sobre que los ojos eran el espejo del alma fuese erróneo.
Luego relajó su posición.
-No te creo.- sentenció tendiendo de nuevo al movimiento.
Un relámpago centelleó en mi interior con brío cuando me descubrió. Maldita sea, ¿cómo me conocía tan bien?
-No me creas.- le dije no presta a ceder ante la verdad.- Es tu problema.
Nathan volvió a pararse en seco delante de mí, lo que me hizo cantar victoria en mi fuero interno, la frase había hecho mella.
Aunque él abrió la boca en busca de una réplica… que se vio aplazada por un ruido en la habitación.
-Fuera.- rugió Nathan de forma escéptica al momento.
-Eh, esta también es mi habitación.- protestó Fredy quien haciendo caso omiso saltó en plancha sobre el sillón egg.- Conozco mis derechos.
Nathan le dirigió otra de las muchas miradas envenenadas que había lanzado a lo largo de la mañana aunque finalmente se dio por vencido y volvió a pasearse por la habitación.
Suspiré fatigada y comencé a balancearme sobre mí misma como una mecedora humana.
“¡Es todo por tu culpa! ¿Lo sabes?”. Las palabras no paraban de resonar en mi cabeza. ¿Mi culpa? ¿Qué diantres había hecho? La respuesta vino por sí sola. Muchas. Había hecho muchas cosas de las que ahora me arrepentía. Riley tenía razón, no era más que una maldita ególatra.
Me mecí con más fuerza, aquel vaivén parecía que me hacía algún bien. Entonces oí un resoplido que hizo elevar mi cabeza.
-Vaya par de locos.- comentó Fred irónico.
Paré en seco sobre la cama, sonrojándome al darme cuenta que desde un punto de vista exterior debía de parecer como esas películas de terror donde una niña pequeña vestida con camisón blanco se traumatizaba en un manicomio.
-Nadie te ha pedido que estés aquí.- gruñó el aludido.
Fredy se encogió de hombros burlonamente. Aquello me contrarió, tenía entendido que Nathan y él eran mejores amigos.
-Siempre es mejor que estar ahí abajo. No sabes el pollo que se ha montado.
Nathan bufó.
-Riley es idiota.- le murmuró a su amigo ignorándome.
De repente me sentí gravemente desplazada de la conversación. Quise gritarles en ese momento que en la habitación seguíamos siendo tres.
Observé como Fred jugueteaba con una muñequera suya, quitando importancia al asunto. Nathan se había parado otra vez a un lado suyo.
-Puede. Pero Ashley está…- Fredy no acabó la frase, una mirada de advertencia le retuvo a hacerlo.
Me erguí rápidamente sobre la cama. ¿Ashley estaba cómo? Pude notar como los latidos de mi corazón aumentaban de golpe. Ellos sabían lo que estaba pasando.
-¿Cómo está Ashley?- mi voz sonó una octava más aguda, carraspeé.
Vislumbré como Nathan y Fred mantenían algo así como una mirada cómplice a lo gángster entre ellos, y Nathan vocalizaba algo parecido a “Gracias”.
-Está… un poco mal. Ha guardado reposo en cama hasta ahora.- intentó arreglarlo Nathan acompañado con el tono más dulce e irresistible que jamás haya oído.
-Está destrozada.- sentencié.
-Yo no he dicho eso.
Nathan me frunció el gesto aunque terminó por relajarlo cuando su dura mirada golpeó la mía. A pesar de todos los acontecimientos aún podía temblar bajo su hechizo. Descarté la idea de sucumbir al momento mientras retiraba la vista de él hacia Fredy.
-¿Pero por qué está así?
Fred volvió a encogerse de hombros mientras daba más vueltas a su pulsera.
-Después de haberse fastidiado la declaración de su compromiso… Es algo exagerado, pero bueno.
En aquel instante noté como un jarro de agua helada se derramaba sobre mi cabeza. El aire no salía y entraba en mis pulmones con regularidad. ¿Había oído bien? Acaso se iban a…
-¿¡Casar!? ¿¡Ashley y Riley se van a casar!?
No debía perder los nervios de aquella manera y menos delante de alguien, pero aquello me superaba en creces. Ashley Smart, la misma chica que odiaba el matrimonio a muerte, la misma chica neoyorquina que tiempo atrás había sido una de mis mejores amigas, se iba a casar.
La imagen se formó instantáneamente en mi mente, algo que no pude contener a tiempo. Ashley, vestida con un vaporoso vestido blanco de cola, sobre el altar junto a un Riley engominado dándose el sí quiero delante de un cura.
Aquello me hizo convulsionar de pies a cabeza.
-Tranquila, gracias a tu huida en la fiesta no dijeron nada.- aportó Fred creyendo hacer algún bien.
Entonces todo encajó. “Ashley está así por tu culpa”. Mi culpa, a eso se había referido Riley, a mi escena en la gala de anoche.
Miré de soslayo a Nathan, quien reflejaba en su rostro un debate entre acercarse a mí o no, él me había prometido que nadie sabía nada de mi escapatoria. ¿Me había mentido al respecto?
-Estropeé la velada, ¿verdad?- dije, aunque me di cuenta que no conservaba ni un ápice de amargura al ver que era cierto.
-Eso no le da derecho a Riley para que se comporte de esa manera.- rebatió Nathan.
Volví a caerme sobre la cama y respiré hondo para tranquilizarme y recobrar la compostura. Se produjo entonces un momento de silencio.
-De todos modos no ha hecho más que decir la verdad.- susurré en alto para mí misma en un descuido.
Rodeé mi tripa con ambas manos hasta que llegaron a enlazarse en la espalda. De repente me vi desenfocando la vista en la moqueta, demasiado cansada como para pensar o si quiera criticarme. Entonces temí porque aquel bajón de azúcar podría acarrearme uno de mis mareos, cosa que sí debía controlar en presencia de alguien. Hasta ahora no había ido nada mal ocultándolo.
Oí a lo lejos un suspiro del cual no supe su procedencia, ni siquiera supe si había sido yo.
-Cati, no te puedes acriminar algo que no has hecho.
La dulce voz de Nathan sonó demasiado cerca de lo que hubiera esperado. Parpadeé varias veces hasta que comprendí que estaba acuclillado en frente de la cama, sus manos ahora ardían como brasas sobre los muslos de mis piernas, pareciendo poder atravesar la tela, y su inconfundible aroma conseguía embriagar todo mi ser.
Deseé más fuerte que nunca que aquello fuese correcto, pero de momento desgraciadamente no se habían inventado las máquinas del tiempo, por lo que debía aprender a convivir con la lección achacada.
-Pegué a Ashley.- confesé sin darme igual las repercusiones que tendría aquella declaración.
Instintivamente aparté la mirada de los ojos de Nathan, no podía soportar el hecho de que pudiera mirarme de mala forma, mas seguí notando el contacto de sus manos. Aunque se me olvidó el hecho de que sí había alguien que respondería por él.
-¡Guau! Y parecía que no sabía dar un gancho... ¿Por qué razón no me he enterado de nada hasta ahora?- aulló Fred con socarronería entre carcajadas, aquello le divertía demasiado como para resultar sano.
Escuché como un sonido hondo vibraba en la garganta de Nathan, quien se dio media vuelta para mirar a Fredy.
-En serio, Fred, si no vas a aportar nada bueno vete.- sugirió señalando la puerta con el dedo índice.
Fredy se ofendió claramente aunque segundos más tarde se recuperó e hizo como siempre, fingir que todo le daba lo mismo. Entonces se levantó, sacudió unas imaginarias motas de polvo sobre su ropa (que aún consistía en el traje de chaqueta amodorrado) y se dirigió a la puerta.
-Como queráis. Me voy con Dorian, al menos él sabrá apreciar la buena carne.- se burló en un tono de falsa ofensión.
El portazo retumbó en las paredes hasta el punto de hacerlas estremecer, me encogí aún más. ¿Es que no sabía parar de herir a la gente? Suspiré.
Me removí sobre la colcha hasta conseguir desligar las manos de Nathan sobre mis pantorrillas, ahora era yo la que necesitaba movimiento. Recorrí la habitación en círculos varias veces, sin lograr pensar nada claro debido a un repentino dolor de cabeza que se cernía cada vez más palpable, finalmente me detuve delante de la enorme cristalera, idéntica a la de mi dormitorio.
Me había prometido desde un principio el quedarme tres semanas, aguantar hasta que terminasen las vacaciones, en ese momento me di cuenta de que aquello resultaba imposible. Dejé soltar las ilusiones de marcharme de Saint-Germain le Château que hasta hacía poco había acumulado hasta rebasar el recipiente, y me dije que era la hora de escapar otra vez ya que poca utilidad tenía allí ya.
Instintivamente mis dedos se aferraron al bulto de mis vaqueros, justo donde guardaba el móvil.
Las dudas me asaltaron, como siempre viendo las repercusiones que, al fin y al cabo, en el desenlace ignoraría. Echaba de menos Kenilworth, echaba de menos su enorme césped gratinado de paisajes caducifolios, echaba de menos los nervios de Melinda y la tranquilidad de Cooper. Comprendí que debía volver.
Como si lo hubieran esperado hasta ahora, metí hábilmente mi mano en el bolsillo hasta sacar el aparato y comencé a marcar la numeración que tan bien conocía.
-¿A quién llamas?
Prescindí de la pregunta de Nathan sin apartar la vista de los números que garabateaba en la pantalla con impaciencia, finalmente apreté el botón verde.
-Nathan, me vuelvo.- le contesté mientras los pitidos rezumbaban en mi oreja derecha.
Tras unos cuantos toques más la voz de una operadora sonó al otro lado de la línea afirmando ser el lugar con el que quería hablar.
-Sí, mire, me gustaría reservar un vuelo en dirección a Londres.- pedí en un tono amable.
La mujer me pidió que esperase unos minutos, mientras se oyó el jaleo de unos papeles revoloteando por el auricular. Entonces, cortando la conexión, una mano de la que no vi sus reflejos a tiempo, me quitó el móvil de las manos. Sorprendida miré a mi alrededor buscando al agresor, Nathan asía firmemente el celular hablando por él.
-¿Señorita? Ruego que me disculpe, ha habido un error.- le oí decir mirándome de soslayo.- ¿Sería posible reservar un vuelo más?
Noté como empezaba a hiperventilar intentando tomar posesión del móvil de nuevo, mas la composición de Nathan era demasiado grande para mis intentos. Contuve la respiración hasta que volví a percibir un ronroneo áspero que contestaba.
-Ajá, entiendo.- otro ronroneo.- Sí, lo antes posible, por favor.
Aquello no me daba pistas de lo que estaba sucediendo, y parecía que Nathan no estaba por la labor de adelantarme nada. Rendida me limité a empotrarme contra el cristal y a cruzar los brazos enfurruñada.
-Acompañante… Sí claro, en primera.- afirmaba otra vez al bisbiseo de la línea haciéndome desistir en seguir la conversación.- Perfecto.
¿No sabía decir otra cosa que alabar a la mujer? ¿Qué era tan perfecto? Bufé molesta por la negligencia de mis límites. Nathan siguió hablando por teléfono, esta vez dando algunos datos suyos entre los que pude escuchar mi nombre mezclado.
-Está bien, muchísimas gracias por todo.- dijo. Me erguí al comprender que se estaba despidiendo.- Ha sido un placer hablar con usted.
La otra parte sonó unas palabras más hasta que Nathan se apartó del teléfono colgando y me lo tendió sin más explicaciones. Desconcertada rehusé cogerlo hasta que no me aclarara nada.
-¿Y bien?
Nathan mostró una de sus devastadoras sonrisas torcidas, dándome a entender que la elegancia y el glamour habían vuelto a él después de todo.
-Que no entiendo por qué no estás haciendo las maletas ahora mismo.
La habitación, situada al fondo del mismo pasillo que la mía, aparentaba una reducción del espacio debido a las dos camas, separadas por una mesita de noche de madera, que consumían gran área. El color de ésta distaba mucho del ocre blanquecino que adornaba la mía, en este caso un celeste etéreo alumbraba las paredes a conjunto con las colchas y el sillón egg que se situaba en frente de las camas.
En una ocasión había llegado a leer que el color azul significaba un estado de estabilidad, sabiduría y confianza equilibrado. Creo que había llegado la hora de hacer una reclamación a esos estudios.
El rodeo se vio terminado en un par de grisáceos ojos expectantes que por fin habían reparado en mi presencia. Sonreí taimadamente, dispuesta a hacerme ver indiferente ante lo ocurrido hacía unos minutos. Él torció atractivamente una de las comisuras de sus labios en respuesta, finalmente exhaló un suspiro.
-Dime que estás bien.- rompió el silencio impuesto.
Por escasos segundos el rostro se me descompuso, aunque fui lo suficientemente fuerte como para ponerme una máscara de felicidad fingida en el rostro.
-Estoy bien.
Nathan no respondió, se quedó inmóvil escudriñando el interior de mis ojos. Le sostuve la mirada, deseando que lo que decían sobre que los ojos eran el espejo del alma fuese erróneo.
Luego relajó su posición.
-No te creo.- sentenció tendiendo de nuevo al movimiento.
Un relámpago centelleó en mi interior con brío cuando me descubrió. Maldita sea, ¿cómo me conocía tan bien?
-No me creas.- le dije no presta a ceder ante la verdad.- Es tu problema.
Nathan volvió a pararse en seco delante de mí, lo que me hizo cantar victoria en mi fuero interno, la frase había hecho mella.
Aunque él abrió la boca en busca de una réplica… que se vio aplazada por un ruido en la habitación.
-Fuera.- rugió Nathan de forma escéptica al momento.
-Eh, esta también es mi habitación.- protestó Fredy quien haciendo caso omiso saltó en plancha sobre el sillón egg.- Conozco mis derechos.
Nathan le dirigió otra de las muchas miradas envenenadas que había lanzado a lo largo de la mañana aunque finalmente se dio por vencido y volvió a pasearse por la habitación.
Suspiré fatigada y comencé a balancearme sobre mí misma como una mecedora humana.
“¡Es todo por tu culpa! ¿Lo sabes?”. Las palabras no paraban de resonar en mi cabeza. ¿Mi culpa? ¿Qué diantres había hecho? La respuesta vino por sí sola. Muchas. Había hecho muchas cosas de las que ahora me arrepentía. Riley tenía razón, no era más que una maldita ególatra.
Me mecí con más fuerza, aquel vaivén parecía que me hacía algún bien. Entonces oí un resoplido que hizo elevar mi cabeza.
-Vaya par de locos.- comentó Fred irónico.
Paré en seco sobre la cama, sonrojándome al darme cuenta que desde un punto de vista exterior debía de parecer como esas películas de terror donde una niña pequeña vestida con camisón blanco se traumatizaba en un manicomio.
-Nadie te ha pedido que estés aquí.- gruñó el aludido.
Fredy se encogió de hombros burlonamente. Aquello me contrarió, tenía entendido que Nathan y él eran mejores amigos.
-Siempre es mejor que estar ahí abajo. No sabes el pollo que se ha montado.
Nathan bufó.
-Riley es idiota.- le murmuró a su amigo ignorándome.
De repente me sentí gravemente desplazada de la conversación. Quise gritarles en ese momento que en la habitación seguíamos siendo tres.
Observé como Fred jugueteaba con una muñequera suya, quitando importancia al asunto. Nathan se había parado otra vez a un lado suyo.
-Puede. Pero Ashley está…- Fredy no acabó la frase, una mirada de advertencia le retuvo a hacerlo.
Me erguí rápidamente sobre la cama. ¿Ashley estaba cómo? Pude notar como los latidos de mi corazón aumentaban de golpe. Ellos sabían lo que estaba pasando.
-¿Cómo está Ashley?- mi voz sonó una octava más aguda, carraspeé.
Vislumbré como Nathan y Fred mantenían algo así como una mirada cómplice a lo gángster entre ellos, y Nathan vocalizaba algo parecido a “Gracias”.
-Está… un poco mal. Ha guardado reposo en cama hasta ahora.- intentó arreglarlo Nathan acompañado con el tono más dulce e irresistible que jamás haya oído.
-Está destrozada.- sentencié.
-Yo no he dicho eso.
Nathan me frunció el gesto aunque terminó por relajarlo cuando su dura mirada golpeó la mía. A pesar de todos los acontecimientos aún podía temblar bajo su hechizo. Descarté la idea de sucumbir al momento mientras retiraba la vista de él hacia Fredy.
-¿Pero por qué está así?
Fred volvió a encogerse de hombros mientras daba más vueltas a su pulsera.
-Después de haberse fastidiado la declaración de su compromiso… Es algo exagerado, pero bueno.
En aquel instante noté como un jarro de agua helada se derramaba sobre mi cabeza. El aire no salía y entraba en mis pulmones con regularidad. ¿Había oído bien? Acaso se iban a…
-¿¡Casar!? ¿¡Ashley y Riley se van a casar!?
No debía perder los nervios de aquella manera y menos delante de alguien, pero aquello me superaba en creces. Ashley Smart, la misma chica que odiaba el matrimonio a muerte, la misma chica neoyorquina que tiempo atrás había sido una de mis mejores amigas, se iba a casar.
La imagen se formó instantáneamente en mi mente, algo que no pude contener a tiempo. Ashley, vestida con un vaporoso vestido blanco de cola, sobre el altar junto a un Riley engominado dándose el sí quiero delante de un cura.
Aquello me hizo convulsionar de pies a cabeza.
-Tranquila, gracias a tu huida en la fiesta no dijeron nada.- aportó Fred creyendo hacer algún bien.
Entonces todo encajó. “Ashley está así por tu culpa”. Mi culpa, a eso se había referido Riley, a mi escena en la gala de anoche.
Miré de soslayo a Nathan, quien reflejaba en su rostro un debate entre acercarse a mí o no, él me había prometido que nadie sabía nada de mi escapatoria. ¿Me había mentido al respecto?
-Estropeé la velada, ¿verdad?- dije, aunque me di cuenta que no conservaba ni un ápice de amargura al ver que era cierto.
-Eso no le da derecho a Riley para que se comporte de esa manera.- rebatió Nathan.
Volví a caerme sobre la cama y respiré hondo para tranquilizarme y recobrar la compostura. Se produjo entonces un momento de silencio.
-De todos modos no ha hecho más que decir la verdad.- susurré en alto para mí misma en un descuido.
Rodeé mi tripa con ambas manos hasta que llegaron a enlazarse en la espalda. De repente me vi desenfocando la vista en la moqueta, demasiado cansada como para pensar o si quiera criticarme. Entonces temí porque aquel bajón de azúcar podría acarrearme uno de mis mareos, cosa que sí debía controlar en presencia de alguien. Hasta ahora no había ido nada mal ocultándolo.
Oí a lo lejos un suspiro del cual no supe su procedencia, ni siquiera supe si había sido yo.
-Cati, no te puedes acriminar algo que no has hecho.
La dulce voz de Nathan sonó demasiado cerca de lo que hubiera esperado. Parpadeé varias veces hasta que comprendí que estaba acuclillado en frente de la cama, sus manos ahora ardían como brasas sobre los muslos de mis piernas, pareciendo poder atravesar la tela, y su inconfundible aroma conseguía embriagar todo mi ser.
Deseé más fuerte que nunca que aquello fuese correcto, pero de momento desgraciadamente no se habían inventado las máquinas del tiempo, por lo que debía aprender a convivir con la lección achacada.
-Pegué a Ashley.- confesé sin darme igual las repercusiones que tendría aquella declaración.
Instintivamente aparté la mirada de los ojos de Nathan, no podía soportar el hecho de que pudiera mirarme de mala forma, mas seguí notando el contacto de sus manos. Aunque se me olvidó el hecho de que sí había alguien que respondería por él.
-¡Guau! Y parecía que no sabía dar un gancho... ¿Por qué razón no me he enterado de nada hasta ahora?- aulló Fred con socarronería entre carcajadas, aquello le divertía demasiado como para resultar sano.
Escuché como un sonido hondo vibraba en la garganta de Nathan, quien se dio media vuelta para mirar a Fredy.
-En serio, Fred, si no vas a aportar nada bueno vete.- sugirió señalando la puerta con el dedo índice.
Fredy se ofendió claramente aunque segundos más tarde se recuperó e hizo como siempre, fingir que todo le daba lo mismo. Entonces se levantó, sacudió unas imaginarias motas de polvo sobre su ropa (que aún consistía en el traje de chaqueta amodorrado) y se dirigió a la puerta.
-Como queráis. Me voy con Dorian, al menos él sabrá apreciar la buena carne.- se burló en un tono de falsa ofensión.
El portazo retumbó en las paredes hasta el punto de hacerlas estremecer, me encogí aún más. ¿Es que no sabía parar de herir a la gente? Suspiré.
Me removí sobre la colcha hasta conseguir desligar las manos de Nathan sobre mis pantorrillas, ahora era yo la que necesitaba movimiento. Recorrí la habitación en círculos varias veces, sin lograr pensar nada claro debido a un repentino dolor de cabeza que se cernía cada vez más palpable, finalmente me detuve delante de la enorme cristalera, idéntica a la de mi dormitorio.
Me había prometido desde un principio el quedarme tres semanas, aguantar hasta que terminasen las vacaciones, en ese momento me di cuenta de que aquello resultaba imposible. Dejé soltar las ilusiones de marcharme de Saint-Germain le Château que hasta hacía poco había acumulado hasta rebasar el recipiente, y me dije que era la hora de escapar otra vez ya que poca utilidad tenía allí ya.
Instintivamente mis dedos se aferraron al bulto de mis vaqueros, justo donde guardaba el móvil.
Las dudas me asaltaron, como siempre viendo las repercusiones que, al fin y al cabo, en el desenlace ignoraría. Echaba de menos Kenilworth, echaba de menos su enorme césped gratinado de paisajes caducifolios, echaba de menos los nervios de Melinda y la tranquilidad de Cooper. Comprendí que debía volver.
Como si lo hubieran esperado hasta ahora, metí hábilmente mi mano en el bolsillo hasta sacar el aparato y comencé a marcar la numeración que tan bien conocía.
-¿A quién llamas?
Prescindí de la pregunta de Nathan sin apartar la vista de los números que garabateaba en la pantalla con impaciencia, finalmente apreté el botón verde.
-Nathan, me vuelvo.- le contesté mientras los pitidos rezumbaban en mi oreja derecha.
Tras unos cuantos toques más la voz de una operadora sonó al otro lado de la línea afirmando ser el lugar con el que quería hablar.
-Sí, mire, me gustaría reservar un vuelo en dirección a Londres.- pedí en un tono amable.
La mujer me pidió que esperase unos minutos, mientras se oyó el jaleo de unos papeles revoloteando por el auricular. Entonces, cortando la conexión, una mano de la que no vi sus reflejos a tiempo, me quitó el móvil de las manos. Sorprendida miré a mi alrededor buscando al agresor, Nathan asía firmemente el celular hablando por él.
-¿Señorita? Ruego que me disculpe, ha habido un error.- le oí decir mirándome de soslayo.- ¿Sería posible reservar un vuelo más?
Noté como empezaba a hiperventilar intentando tomar posesión del móvil de nuevo, mas la composición de Nathan era demasiado grande para mis intentos. Contuve la respiración hasta que volví a percibir un ronroneo áspero que contestaba.
-Ajá, entiendo.- otro ronroneo.- Sí, lo antes posible, por favor.
Aquello no me daba pistas de lo que estaba sucediendo, y parecía que Nathan no estaba por la labor de adelantarme nada. Rendida me limité a empotrarme contra el cristal y a cruzar los brazos enfurruñada.
-Acompañante… Sí claro, en primera.- afirmaba otra vez al bisbiseo de la línea haciéndome desistir en seguir la conversación.- Perfecto.
¿No sabía decir otra cosa que alabar a la mujer? ¿Qué era tan perfecto? Bufé molesta por la negligencia de mis límites. Nathan siguió hablando por teléfono, esta vez dando algunos datos suyos entre los que pude escuchar mi nombre mezclado.
-Está bien, muchísimas gracias por todo.- dijo. Me erguí al comprender que se estaba despidiendo.- Ha sido un placer hablar con usted.
La otra parte sonó unas palabras más hasta que Nathan se apartó del teléfono colgando y me lo tendió sin más explicaciones. Desconcertada rehusé cogerlo hasta que no me aclarara nada.
-¿Y bien?
Nathan mostró una de sus devastadoras sonrisas torcidas, dándome a entender que la elegancia y el glamour habían vuelto a él después de todo.
-Que no entiendo por qué no estás haciendo las maletas ahora mismo.
domingo, 24 de octubre de 2010
21. Agresión.
Los rayos de un sol matutino se colaron a través del enorme ventanal que ocupaba toda la pared exterior haciéndome imaginar el hermoso paraje debería producir el contraste del brillo solano en las gotas rociadas de la nevada.
Contuve un arrebato de ira contra el inocente colchón ofuscada por el inevitable amanecer, y en parte también producido por la falta de horas de sueño. Intenté de nuevo cerrar fuertemente los ojos para ignorar la luminosidad presente en la estancia, mas ineludiblemente la negrura se veía teñida de un color anaranjado. No quería abrir los ojos todavía, no quería que aquel sueño terminase jamás.
En un arranque de furia contra el propio Sol me puse boca abajo tapándome la cara con la mullida almohada hasta que el vaho de mi propia respiración entumeció todo mi rostro impidiéndome tomar más oxígeno. Finalmente disentí en mis planes de oscurantismo a la mañana y asumí que había llegado un nuevo día muy a mi pesar.
Me negaba a creer que la anterior noche hubiera sido real, es más, temía abrir los ojos y que todo se esfumase por arte magia burlándose de mi incoherencia.
Soltando un suspiro antes de realizar la prueba final, despegué paulatinamente los párpados hasta que la luz natural me cegó.
Estaba despierta y era medianamente feliz. ¿Qué más podía desear? Aún no admitía que ayer hubiese ocurrido todo aquello que ahora parecía tan surrealista en las vívidas imágenes de mi cabeza. Los recuerdos formaban una extraña mixtura de huidas, coches, sangre y palabras sueltas sin contexto alguno que me iban a hacer explotar la cabeza con su travesía y almizcle. Solo había dos cosas que me importaran de la fiesta: Nathan había vuelto y no me odiaba.
Entonces me obligué a volver al mundo real tras evocar la fantasía que había vivido recientemente. Había dejado que Nathan se quedase a mi lado y aquello había sido un tremendo error aunque ahora pareciese la mejor opción. Sabía que mi mente no soportaría de nuevo el hecho de que volvieran a herirme, porque lo harían, siempre era así. ¿Cuánto tiempo duraría el idilio? ¿Durante cuántos días alimentaría mis ilusiones para después romperme en mil pedacitos? Lo mejor que podía hacer era alejarme de él, todo lo remotamente lejano posible. ¿Quizá Angola? ¿O mejor Nueva Guinea?
De repente me sorprendí a mí misma una vez más. Después de todo lo que había sufrido, después de haber intentado con todas mis fuerzas el separarme de él, no quería perderlo otra vez, deseaba quedarme a su lado a pesar de que masoquistamente me volviera a hacer daño. ¿Podría ocurrir que el veneno que me mataba se remediase con más ponzoña? ¿Era aquello racional? No, no lo era, pero tampoco lo era mi vida. Si lo que necesitaba para hacerme sentir mejor era estar a su lado no había más remedio que adoptarse a las necesidades.
Bufé ante la incongruencia de mis pensamientos y adversidades, definitivamente estaba más loca de lo que creía. Finalmente me levanté de la cama, ya totalmente serena y despierta, y me senté maniatada por las arrugadas sábanas y la magullada colcha color crema acariciando las flores de lis bordadas con un hilo más oscuro en la tela. Divisé a un lado de la moqueta el tomo abierto de El sueño de una noche de verano, aquel librito desbocado y más que usado a lo largo de mi vida que había llegado a ser una de mis obras favoritas de Shakespeare, a la que tristemente se la había subestimado gracias a su denotación humorística de comedia. Me abalancé sobre aquel libro, recordando haberlo dejado tirado la otra noche en la que había decidido disipar mi angustia relevándola por la trama amorosa de Lisandro, Hermia, Demetrio y Elena azotada por el pícaro toque de Puck. A pesar de todo lo cómica que pudiera ser aquella obra adaptada en un presentimiento a tiempos más actuales, nunca había logrado sonsacar la gracia suscitada en el contexto, sino el grado en el que tratan un tema tan primario como era el amor. Shakespeare no solo retrataba la incoherencia de la adolescencia y la juventud en ese tema, sino que a un mismo tiempo en el que ambas parejas sufrían una crisis, había alguien superior, un ojo avizor que les vigilaba y desataba su destino burlándose al mismo tiempo del amor, algo inexistente y banal que despiadadamente incitaba a beber de su fruto a las personas. A un mismo tiempo desde temprana edad había determinado adoptar dicha educación, una educación que con el paso de los años me ensañaría a dar la razón de desdeñar la fantasía del querer a una persona y permanecer junto a ella por el resto de nuestra superflua existencia en la tierra.
Suspiré mientras recorría rápidamente los textos impresos en las pequeñas hojas, terminando por dejar sobre la mesita de noche descubriendo como Titania, bajo el cruel hechizo de su esposo, rodeaba tiernamente con sus brazos a un hombre con cabeza de asno; aquella imagen representaba mejor que nada mi crítica teoría. Entonces me levanté despejando mi cabeza de toda aquella sociedad griega y su impetuosa conducta arraigada profundamente en la nuestra. Gemí de dolor cuando mi cuerpo reveló de manera imprecisa sus magulladuras a lo largo de la anterior noche, realmente estaba destrozada, mas me propuse intentar ignorar el cansancio y me acerqué hacia el armario para despojarme de la ropa interior que había conseguido ponerme antes de haber caído rendida en la cama. Cogí el primer jersey que pillé a mano y los pantalones grises que acababa de rememorar que había dejado hechos un boliche en el fondo. Rápidamente logré recogerme el pelo en una coleta para disimular la difusa forma que lucía en un estado intermedio de ondulación y liso.
En ese momento vislumbré un eco de pánico en mi interior al llegar la hora de descender por las escaleras. Un vago temor a que si salía de la habitación nada hubiera sido real. ¿Qué pasaría a partir de ahora? ¿Cómo debería actuar desde este instante? No lo sabía y desgraciadamente no había nadie que pudiese contestarme. ¿Por qué no inventarían un manual para estas situaciones?
Rodeé el pomo de la puerta con mi mano, observando como el cansancio también hacia mella en mi cerebro embotándolo y haciendo carecer de importancia las preguntas y miedos que se formaban en mi fuero interno. Lentamente conseguí girarlo y salir al exterior del pasillo, un devastador silencio acudió a mi encuentro. Extrañamente la casa estaba demasiado tranquila dado el hecho de que éramos actualmente doce personas a convivir bajo un mismo techo. ¿Estarían aún todos durmiendo por la resaca de la fiesta? Lo dudaba bastante contando con la eventualidad de que casi nadie en una gala conseguía emborracharse lo suficiente como para empezar a desvariar delante de un grupo de gente asilado, es decir, nadie deseaba hacer un ridículo espantoso delante de la familia.
Humildemente decidí limitarme a encogerme de hombros y a bajar por las escaleras hasta el último piso contando con la posibilidad de encontrar a alguien al final de éstas. Escuché el ritmo de los latidos de mi corazón al descender el último peldaño y contuve la respiración durante determinados segundos. Entonces noté como empezaba a ruborizarme de vergüenza al admitir lo idiota que había sido. La desilusión me llegó más tarde, después del apocamiento de haber esperado que allí mismo estuviera Nathan, aquella había sido una idea arraigada que inconscientemente había mantenido mi mente en cordura y sensatez. Respiré tranquilamente cuando vi la sala (increíble y misteriosamente impoluta y recogida en el amanecer de una noche de fiesta en la mansión), no se divisaba a nadie en cuestión de metros a la redonda, lo que hizo volver a cuestionarme el hecho de dónde estaría la gente. Aquello empezaba a parecerse demasiado al segundo día en Saint-Germain le Château, así que recordé el no ser tan estúpida de coger un bastón y arrear a alguien.
Sin más continué deambulando por la casa cual zombi (o por lo menos tan pálida y enfermiza como para parecer uno de ellos), hasta que llegué al salón, el cual había vuelto a tornar a sus funciones laborales sin presentar un ambiente discotequero. Agucé el oído cuando entré en la habitación, ya que de no haber sido por el reflejo aletargado de una débil sombra en el extenso sofá taimado me hubiera pasado desapercibido el hecho de una presencia. Me acerqué con paso lento, casi sin fuerzas ni ganas de levantar los pies del suelo y caminar con normalidad. La sombra ocupaba todo el ancho del sofá y aún llegaba a sobresalir de los límites. Aquella corpulencia desechó otra vez la idea de que Nathan estuviera abajo conmigo.
-¿Fred?- dije con una voz nasal impropia de mí.
Con un esfuerzo logré balancearle suavemente. Fredy apartó mi brazo a ciegas y murmuró algo que no pude descifrar, bien porque no se le entendía o porque aún estaba algo grogui después de haberme levantado bruscamente.
-Fredy, son las… ¿doce y media?- insistí comprobando el reloj que marcaba el DVD de la televisión.
Aquel despertador debía ir mal, no podía ser tan tarde. ¿Ya era mediodía? ¡Pero si acababa de levantarme!
Volví a dirigirme a Fred, quien seguía empeñado en desatenderme dispuesto a seguir durmiendo. Rememoré entonces que Frederick era uno de los pocos que se desmadraban (por no decir el único ya que al final yo no había hecho nada). Esta vez decidí sentarme a sus pies, apoyando la cabeza en su tembloroso estómago.
-Freeeedddddyyyy deeeeesspieeerrtaaaa.- canturreé.- Freee-ouff…
La mano de Fred logró asirme la boca impidiendo que abriera ampliamente los labios y dejando terminar la frase en un sinsentido mimético. Meneé instintivamente varias veces la cabeza en un intento de librarme de la presión, pero ni Fred estaba dispuesto a soltarme ni yo tenía fuerzas suficientes para quitarle de encima. Resoplé repetidas veces ofuscada por el hecho de estar maniatada, mas el vaivén de su diafragma me sedujo a reposar sobre sus ropas y cerrar una vez más los párpados. Su ropa olía a un almizcle de alcohol, suciedad y… ¿barniz? Caí en la cuenta entonces de que anoche Fredy había tirado abajo la puerta del sótano, lo que concluía la duda.
La oscuridad me abatió al perder la batalla contra el sueño, aunque no aguanté demasiado en la penumbra. Conté hasta veinticinco antes de volver a abrir los ojos, aquello era demasiado incómodo para volver a dormirme. Aburrida y desesperanzada de que Fred aflojara su mano, abrí todo lo que pude mi boca y logré pillar un cacho de carne entre mis dientes.
-¡Ahu!- chilló al funcionar mi ardid.- ¿Te has vuelto loca?
Ja, ¿ahora te das cuenta?, se jactó una vocecilla en mi interior que me hizo reír por la situación.
-No podía respirar.- mentí sin poder evitar encogerme de hombros.
Fredy, acuclillado en el sofá y bien despierto, sacudía la mano herida para mitigar el dolor mientras me lanzaba una mirada asesina. Finalmente corrigió el rumbo de sus actos y, demasiado cansado como para enfadarse con alguien “a primera hora de la mañana”, dejó soltar un largo suspiro mientras se acomodaba de nuevo en el sofá.
-Como se nota que hoy estás más alegre…- susurró Fred para sí mismo cabizbajo.
Noté como la sangre empezaba a hervir lentamente en mis pómulos sin poder evitarlo ni disimularlo a tiempo. Claramente me sentía aludida de un modo especial ante aquel comentario espontáneo.
Tratando de remediar el embarazo puse los ojos en blanco mientras volvía a erguirme a espaldas del sofá sin querer mirar a los ojos a mi amigo.
-Idiota.- murmuré.
Fred, quien al parecer no necesitaba pudor ni sueño para burlarse del prójimo, soltó una estruendosa carcajada que llenó el ambiente con su eco. Aquello me hizo enrojecer aún más de la rabia por haber caído en una trampa tan simple. Rápidamente Fredy logró sentarse en el borde del diván y zarandeó mi hombro con sutileza para terminar con un par de palmaditas amistosas en éste.
-Si te sirve de consuelo, él también tenía mejor aspecto hoy.
Enfurruñada aún por el notable desvío de nuestra conversación hacia terreno peligroso que no quería pisar para nada, crucé los brazos y me aovillé lo máximo en un intento de no seguir sus comentarios, los cuales me hacían sentir demasiado incómoda como para pensar en cómo pararlos.
En cierto modo una parte de mí volvía a contradecirse. Nathan se habría levantado temprano, esa era la única explicación por la que no le había llegado a ver y Fredy sí, de estar seguros él había dormido en el sofá toda la noche (deducción hallada de las cuantiosas arrugas que poblaban su ropa).
Me sorprendí de nuevo a mí misma con mis pensamientos. ¿De verdad podía cambiar tanto un simple abrazo? Nada antes había sido igual, y quería que siguiera así, que todo cambiara. La pregunta ahora era: ¿Sería capaz de soportarlo? Desde el primer momento que vi Nathan en Gimmerton Road supe que algo dentro de mí había cambiado, que tras varias cicatrices instintivamente mi mente evitaba aquel dolor. Un dolor angustioso que me quemaba por dentro destrozándome en mil pedacitos, sumiéndome en lo más tenebroso sin poder volver a ver la luz del sol.
Instintivamente una horrible mueca de repulsión me deformó el rostro, y agradecí el hecho de que estuviera a espaldas de Fredy.
No quería hundirme de nuevo en aquel pozo sin retorno, aquel estado. De esta forma, esquivando el dolor sobrehumano, quizá, y solo quizá, pudiera permanecer en paz conmigo misma, un estado de tranquilidad que Nathan me había mostrado con un mero abrazo.
Entonces me critiqué duramente por haber sido tan intolerante todo aquel tiempo. Ojalá hubiera sido en Kenilworth donde me hubiera dado cuenta de lo que mi cuerpo buscaba. ¿Habría sido aquella tarde de estudio la primera en la que descansaría de mí misma?
Sacudí enérgicamente la cabeza mientras me levantaba del sitio ante un expectante Fred y paseé por la casa en busca de movimiento y agilidad en las piernas.
No, mi nueva mentalidad no solo había encontrado mi tranquilidad interior, sino que había desarrollado frescos ideales, creando una necesidad de independencia y soledad que nunca antes había experimentado (o por lo menos no en un grado tan óptimo).
Dios… ¿Cómo no me había dado cuenta antes del giro que habían dado las cosas? ¿De todo lo que me estaba ocurriendo? ¿Sería este el principio de una mutación como la de Ashley o Riley?
Creía que me iría a estallar la cabeza de un momento a otro. Debía parar de pensar, de retorcer aún más los acontecimientos.
-Cati, por favor, para. Me estás poniendo nervioso…- se quejó Fredy.
Rápidamente giré la cabeza hacia él, repantigado en el sofá enterrando su rostro entre las manos con cansancio. Suspiré profundamente y ordené a mis piernas que parasen de hacer footing en el interior de la casa, reacias a dejarlo finalmente pararon en medio de la estancia.
No debía pensar, ése era el quid de la cuestión.
-¿Dónde están todos? ¿Aún duermen?
Me acerqué paulatinamente al respaldo del sofá y apoyé los codos en él junto a la cabeza de Fred, quien volvía a entrecerrar los párpados como si en vez de lo que mantenía abierto eran pesas de cincuenta kilos en vez de sus párpados.
De repente la patente inactividad de Frederick me irritó al contrastar con el martilleo de mi ritmo cardíaco, el cual daba voces a lo alto para no acumular demasiada sangre en los vasos sanguíneos.
-No. Se fueron todos muy temprano para acallar a Dorian.- dijo mientras soltaba un gran bostezo luciendo todas sus vísceras internas sin amago de contrariarse.- Te puedo jurar que ese niño llora como un becerro.
Sin ganas de propinarle uno de mis acostumbrados codazos, me obligué a pensar que Fred aún estaba lo suficientemente dormido para decir estupideces (aunque a decir verdad, daba igual si era o no consciente de ello).
-Así que… teóricamente…- empecé la frase alargando al máximo cada palabra. Fred curioso levantó la cabeza dándome de bruces con dos ojos de un color verde similar al de los bosques en primavera.- ¿estamos solos?
-Oui, c’est une déduction excellente, mademoiselle, qu'intelligence surhumaine.- se burló Fredy en un brillante francés del que desconocía su aprendizaje.
¿Hasta en una lengua que en aquel estado se consideraba extranjera debía mofarse de mí? Bufé ante la injusticia de aquellas normas.
-Au moins plus surhumain que celui d'un neandertal.- rebatí defendiendo mi pobre coeficiente intelectual.
Fred frunció el entrecejo, sin llegar a resolverme claramente la duda de haberme entendido al completo, y plisó graciosamente sus labios en dos curvilíneas blanquecinas. Instintivamente incómoda por la sorpresa puse unos centímetros de distancia entre mi rostro y su ininteligible muesca.
-¿Me has entendido?- se quejó.
Enarqué contrariada una de mis cejas y me erguí contemplándole, lo que obligó a Fredy a levantarse del sofá en mi dirección para mirarme en un mejor ángulo.
-Fred, - le contesté cariñosamente.- domino más de diez lenguas.
De algo debía haber servido el viajar deambulando de un lado para otro sin saber a donde ir, para ello era conveniente hacerse entender en los parajes si no querías que terminaran timándote.
No pude evitar reírme ante la incredulidad que se aposentaba en las facciones de Fredy. Él era más joven que yo, se suponía que la vejez forjaba la inteligencia, ¿no?
En ese momento oí estremecer mi estómago, recordándome los malos tratos por no haberle alimentado desde casi el desayuno del día anterior, ya que a penas habíamos comido gracias a la alegación de Rose sobre el esfuerzo de aguantar hasta el festín de la fiesta al anochecer, festín que no probé debido a los fortuitos acontecimientos.
-¿Desayunamos?
Fredy no relajó su postura hiriente en su orgullo, mas coincidió conmigo en depositar algo sólido en el interior.
Nos dirigimos a la cocina, ansiando encontrar algo medianamente comestible con lo que aplacar aquel rugido matutino. No tardé demasiado en reclamar la primera base delante de la puerta de la metálica nevera negruzca y asir el asa hasta abrirla. Un olor a huevos, mayonesa, gambas y salsa rosa aplastó mis sentidos olfativos al instante sin poder contener unas arcadas que brotaban de mi garganta aclamando hacerse materiales pero sin alimento que tomar de mis intestinos. Comprendí, al ver todos los estantes repletos de restos de comida pasada, el motivo de mi reacción. ¿Es que no había nada comible en una mañana cualquiera?
-Ummm... Cóctel para desayunar.- comentó Fred apartándome de la nevera lo suficiente para alcanzar una honda copa de cristal adornada por varias gambas peladas en sus bordes y un contenido de salsa en su interior.- Adoro las fiestas.
Le seguí con la mirada, escéptica, hasta que se sentó en uno de los taburetes de la isla dándome la espalda. Después suspiré. Era Fredy con quien estábamos tratando.
Cerré de un golpe la nevera, ansiosa por cortar aquel fuerte olor, y decidí coger un pack de galletas de chocolate de los armarios superiores.
-Italiano.- sentenció Fred cuando me senté enfrente de él intentado ignorar su desayuno.
La palabra me desconcertó un poco al principio, hasta que tardé varios segundos de recapacitación antes de entender a que hacia referencia.
-Sí. En Perusa para ser más exacto. Es preciosa.- afirmé.
Ávidamente desgarré el envoltorio de plástico y saqué la primera galleta manchada por pequeños pegotes marrones.
-Alemán.- insistió Fredy en sonsacarme las lenguas que no había aprendido.
-Sí.- logré farfullar mordiendo la galleta.
-¿Ruso?
-Un poco en desuso, pero definitivamente sí.
Fredy se rascó la coronilla, pensativo, permitiéndose tomarse un tiempo libre para mojar una gamba en la salsa y llevársela a la boca.
-¡Ajajá!- cantó triunfal escupiendo trozos de gambas sobre la mesa.- Vietnamita.
Sonreí afablemente antes de dar otro gran mordisco a la galleta, notando como los trozos de chocolate se derretían encantadoramente en el interior de mi boca.
-¿Por qué no?- pregunté encogiéndome de hombros.
Fredy ensanchó sus verdosos ojos sorprendido por la improbabilidad de aquel hecho.
-¿Vietnamita también?- medio exclamó.
- Tất nhiên.- conseguí decir al tragar.- Por supuesto.
Fred relajó sus músculos, cogiendo distraídamente otra de las gambas y haciéndola bailar sobre el borde de la copa. No pude evitar volver a sonreír triunfal al ver que Fredy no aportaba ninguno de sus habituales chistes a la situación. Cogí otra galleta, hirviendo con los ánimos suficientes como para darle un buen mordisco, mas paulatinamente mis fauces se fueron cerrando perdiendo repentinamente el apetito.
La mayoría de aquellas lenguas que Fredy había mencionado las había aprendido en el viaje con Ashley, cuando ella me había tendido una mano que me ayudaría a salir de aquel negro pozo sin fondo.
Bajé la mirada y la galleta hacia la mesa de mármol grisáceo.
¿Era eso todo lo que quedaba de una amistad? ¿Recuerdos que tarde o temprano terminarían difuminándose en la memoria hasta perderse?
Un escalofrío recorrió mi espalda a pesar de llevar puesto un jersey de cuello vuelto, desgraciadamente no era el frío el que me incomodaba.
-¡Tú!
Reboté en mi asiento al haberme devuelto a la realidad un grotesco grito a mis espaldas. Desconcertada logré girar el torso para ver a Riley, el dulce rostro angelical que siempre le había caracterizado por lo general, se veía ahora teñido de un tono rojizo, tanto en los pómulos como las pequeñas arterias que se distinguían en el blanco de sus ojos bañados con un negro azabache. Realmente aquella imagen asustaba, tanto como la vena que se hinchaba en una parte de su cuello amenazando con explotar.
-¿Riley?
Sin replicar su imagen, Riley cruzó el espacio hasta la isla en dos largas zancadas hasta situarse torvamente en mi frente.
-¡Es todo por tu culpa! ¿Lo sabes?- volvió a gritar gravemente.
Instintivamente me levanté de la banqueta e intenté retroceder todo lo que pude hasta que mis manos lograron palpar el borde de la mesa. Manifiestamente era a mí a quien se dirigía. La rodilla izquierda empezó a temblarme incontroladamente con uno de mis tics nerviosos.
-Riley, haz el favor de calmarte.- noté como mi voz comenzaba a perder fuerza hasta resquebrajarse por la amenaza física.
-¡No quiero calmarme!
Cual rayo su mano se aferró con fuerza a mi antebrazo y lo dobló en sentido contrario provocándome un sofocante dolor. Automáticamente me llevé el brazo libre sobre la mano de Riley, peleando por desenganchar sus dedos de mi piel, pero su fuerza era superior a la mía.
Entonces no pude contener un grito ahogado de tortura.
-¡Riley, para, le estás haciendo daño!- oí la voz de Fredy como eco de fondo, pero Riley no cesó con su agresión.
-Eres una maldita ególatra que no sabe como parar de herir a la gente.- dijo en un tono más bajo en el que pude notar el calor de su aliento abrasándome la piel.- Ashley está así por tu culpa.
Entonces logré ignorar el dolor que me causaba Riley en aquellos momentos y una ansiedad de pánico inundó mi ser cuando pronunció el nombre de Ashley. ¿Qué le pasaba? ¿Le había sucedido algo malo?
Percibí como Fredy empezaba a hacer amagos de separarnos.
-Yo no he hecho nada.- me defendí con la voz rota.
Riley se enervó y aumentó la presión sobre mi brazo, lo que me hizo gritar de nuevo.
-Sí, al final lo conseguiste, siempre te sales con la tuya.- contestó mientras unas cuantas gotas de saliva embadurnaban mi cara.- ¿No te das cuenta de que los demás no tenemos la culpa de que seas una repudiada? No te basta con destrozarte la vida sino que también tienes que hacer lo mismo con las demás. Eres una condenada miserable.
Escuché el sonido de algo resquebrajándose en mi interior, rompiéndose en mil pedacitos. Noté como los pulmones me ardían costándome respirar y provocándome una asfixia en la garganta.
Mi mente trabajaba todo lo rápido que podía, sin conseguir sonsacar algo claro ni formar una explicación a todo aquello.
-Suéltala.
La melódica voz sonó distante, como a miles de kilómetros de donde yo me encontraba, aunque la distancia no me impidió reconocerla. Me obligué a levantar la mirada hacia su procedencia, observando un borroso cuadro de marrones y azules. Caí en la cuenta entonces de que estaba llorando.
Riley me imitó y se encaramó hacia Nathan.
-Métete en tus asuntos.- le espetó mirándome con repugnancia.- Créeme, te estoy haciendo un favor.
Observé como Nathan crispaba sus manos en dos puños sobre sus costados dirigiendo una mirada envenenada hacia el punto de fricción.
-Cati no tiene la culpa de que seas tan cobarde como para pegar a una mujer.
Riley se jactó en aquel instante, con un almizcle de ira permanente y superioridad en el contexto.
-No te engañes más, Nathan. Esto - dijo señalándome.- no es una persona, es una aberración contra nosotros.
Observé como Nathan perdía los estribos (cosa que no se veía todos los días) y produjo un inquietante silbido en el aire cuando incrustó su puño en el perfil de Riley, quien el impacto forzó soltarme la magullada extremidad.
Entonces Fred, cuya presencia había sido olvidada, se decantó por parar la pelea antes de que el amenazante puño de Riley bajara hacia el rostro de Nathan.
-¡Eh, eh, eh! ¡Basta!
-¿Qué está ocurriendo aquí?- la dicción de Darcy, impolutamente tranquila, penetró en la sala.
Elevé la mirada hacia la entrada de la cocina, donde precariamente se apiñaban todos los adultos de la casa. Sus miradas asombradas se intercambiaban en un triángulo desde Riley a punto de agredir a Nathan, éste dispuesto a devolver el golpe y yo tirada acunando el brazo herido. La imagen realmente debía de ser pintoresca.
Nathan fue el primero en recobrar la compostura, con la ira aún fluyendo notoriamente por su interior. Vislumbré como su pecho se hinchaba y deshinchaba rápidamente reprimiendo la adrenalina.
-Nada.- logró pronunciar con una sombría voz.
Y, antes de que el incómodo silencio estallase cual burbuja de aire, me asió de la cintura y apartó, con una mala educación impropia de él, a la gente para dirigirse hacia las empinadas escaleras.
La mano de Nathan se aferraba gélidamente atrapándome, reacia a retirar su posición, como si fuera de roca caliza de lo que se trataba. Alcé la cabeza hasta verle el rostro, el cual no me miraba, y examiné las angulosas tensiones de su mandíbula cerrándose con amenaza.
Mas esta vez ni siquiera el hermoso rostro de Nathan consiguió desembarazarme de la culpabilidad.
“¿No te das cuenta de que los demás no tenemos la culpa de que seas una repudiada?”, había dicho Riley.
Contuve un arrebato de ira contra el inocente colchón ofuscada por el inevitable amanecer, y en parte también producido por la falta de horas de sueño. Intenté de nuevo cerrar fuertemente los ojos para ignorar la luminosidad presente en la estancia, mas ineludiblemente la negrura se veía teñida de un color anaranjado. No quería abrir los ojos todavía, no quería que aquel sueño terminase jamás.
En un arranque de furia contra el propio Sol me puse boca abajo tapándome la cara con la mullida almohada hasta que el vaho de mi propia respiración entumeció todo mi rostro impidiéndome tomar más oxígeno. Finalmente disentí en mis planes de oscurantismo a la mañana y asumí que había llegado un nuevo día muy a mi pesar.
Me negaba a creer que la anterior noche hubiera sido real, es más, temía abrir los ojos y que todo se esfumase por arte magia burlándose de mi incoherencia.
Soltando un suspiro antes de realizar la prueba final, despegué paulatinamente los párpados hasta que la luz natural me cegó.
Estaba despierta y era medianamente feliz. ¿Qué más podía desear? Aún no admitía que ayer hubiese ocurrido todo aquello que ahora parecía tan surrealista en las vívidas imágenes de mi cabeza. Los recuerdos formaban una extraña mixtura de huidas, coches, sangre y palabras sueltas sin contexto alguno que me iban a hacer explotar la cabeza con su travesía y almizcle. Solo había dos cosas que me importaran de la fiesta: Nathan había vuelto y no me odiaba.
Entonces me obligué a volver al mundo real tras evocar la fantasía que había vivido recientemente. Había dejado que Nathan se quedase a mi lado y aquello había sido un tremendo error aunque ahora pareciese la mejor opción. Sabía que mi mente no soportaría de nuevo el hecho de que volvieran a herirme, porque lo harían, siempre era así. ¿Cuánto tiempo duraría el idilio? ¿Durante cuántos días alimentaría mis ilusiones para después romperme en mil pedacitos? Lo mejor que podía hacer era alejarme de él, todo lo remotamente lejano posible. ¿Quizá Angola? ¿O mejor Nueva Guinea?
De repente me sorprendí a mí misma una vez más. Después de todo lo que había sufrido, después de haber intentado con todas mis fuerzas el separarme de él, no quería perderlo otra vez, deseaba quedarme a su lado a pesar de que masoquistamente me volviera a hacer daño. ¿Podría ocurrir que el veneno que me mataba se remediase con más ponzoña? ¿Era aquello racional? No, no lo era, pero tampoco lo era mi vida. Si lo que necesitaba para hacerme sentir mejor era estar a su lado no había más remedio que adoptarse a las necesidades.
Bufé ante la incongruencia de mis pensamientos y adversidades, definitivamente estaba más loca de lo que creía. Finalmente me levanté de la cama, ya totalmente serena y despierta, y me senté maniatada por las arrugadas sábanas y la magullada colcha color crema acariciando las flores de lis bordadas con un hilo más oscuro en la tela. Divisé a un lado de la moqueta el tomo abierto de El sueño de una noche de verano, aquel librito desbocado y más que usado a lo largo de mi vida que había llegado a ser una de mis obras favoritas de Shakespeare, a la que tristemente se la había subestimado gracias a su denotación humorística de comedia. Me abalancé sobre aquel libro, recordando haberlo dejado tirado la otra noche en la que había decidido disipar mi angustia relevándola por la trama amorosa de Lisandro, Hermia, Demetrio y Elena azotada por el pícaro toque de Puck. A pesar de todo lo cómica que pudiera ser aquella obra adaptada en un presentimiento a tiempos más actuales, nunca había logrado sonsacar la gracia suscitada en el contexto, sino el grado en el que tratan un tema tan primario como era el amor. Shakespeare no solo retrataba la incoherencia de la adolescencia y la juventud en ese tema, sino que a un mismo tiempo en el que ambas parejas sufrían una crisis, había alguien superior, un ojo avizor que les vigilaba y desataba su destino burlándose al mismo tiempo del amor, algo inexistente y banal que despiadadamente incitaba a beber de su fruto a las personas. A un mismo tiempo desde temprana edad había determinado adoptar dicha educación, una educación que con el paso de los años me ensañaría a dar la razón de desdeñar la fantasía del querer a una persona y permanecer junto a ella por el resto de nuestra superflua existencia en la tierra.
Suspiré mientras recorría rápidamente los textos impresos en las pequeñas hojas, terminando por dejar sobre la mesita de noche descubriendo como Titania, bajo el cruel hechizo de su esposo, rodeaba tiernamente con sus brazos a un hombre con cabeza de asno; aquella imagen representaba mejor que nada mi crítica teoría. Entonces me levanté despejando mi cabeza de toda aquella sociedad griega y su impetuosa conducta arraigada profundamente en la nuestra. Gemí de dolor cuando mi cuerpo reveló de manera imprecisa sus magulladuras a lo largo de la anterior noche, realmente estaba destrozada, mas me propuse intentar ignorar el cansancio y me acerqué hacia el armario para despojarme de la ropa interior que había conseguido ponerme antes de haber caído rendida en la cama. Cogí el primer jersey que pillé a mano y los pantalones grises que acababa de rememorar que había dejado hechos un boliche en el fondo. Rápidamente logré recogerme el pelo en una coleta para disimular la difusa forma que lucía en un estado intermedio de ondulación y liso.
En ese momento vislumbré un eco de pánico en mi interior al llegar la hora de descender por las escaleras. Un vago temor a que si salía de la habitación nada hubiera sido real. ¿Qué pasaría a partir de ahora? ¿Cómo debería actuar desde este instante? No lo sabía y desgraciadamente no había nadie que pudiese contestarme. ¿Por qué no inventarían un manual para estas situaciones?
Rodeé el pomo de la puerta con mi mano, observando como el cansancio también hacia mella en mi cerebro embotándolo y haciendo carecer de importancia las preguntas y miedos que se formaban en mi fuero interno. Lentamente conseguí girarlo y salir al exterior del pasillo, un devastador silencio acudió a mi encuentro. Extrañamente la casa estaba demasiado tranquila dado el hecho de que éramos actualmente doce personas a convivir bajo un mismo techo. ¿Estarían aún todos durmiendo por la resaca de la fiesta? Lo dudaba bastante contando con la eventualidad de que casi nadie en una gala conseguía emborracharse lo suficiente como para empezar a desvariar delante de un grupo de gente asilado, es decir, nadie deseaba hacer un ridículo espantoso delante de la familia.
Humildemente decidí limitarme a encogerme de hombros y a bajar por las escaleras hasta el último piso contando con la posibilidad de encontrar a alguien al final de éstas. Escuché el ritmo de los latidos de mi corazón al descender el último peldaño y contuve la respiración durante determinados segundos. Entonces noté como empezaba a ruborizarme de vergüenza al admitir lo idiota que había sido. La desilusión me llegó más tarde, después del apocamiento de haber esperado que allí mismo estuviera Nathan, aquella había sido una idea arraigada que inconscientemente había mantenido mi mente en cordura y sensatez. Respiré tranquilamente cuando vi la sala (increíble y misteriosamente impoluta y recogida en el amanecer de una noche de fiesta en la mansión), no se divisaba a nadie en cuestión de metros a la redonda, lo que hizo volver a cuestionarme el hecho de dónde estaría la gente. Aquello empezaba a parecerse demasiado al segundo día en Saint-Germain le Château, así que recordé el no ser tan estúpida de coger un bastón y arrear a alguien.
Sin más continué deambulando por la casa cual zombi (o por lo menos tan pálida y enfermiza como para parecer uno de ellos), hasta que llegué al salón, el cual había vuelto a tornar a sus funciones laborales sin presentar un ambiente discotequero. Agucé el oído cuando entré en la habitación, ya que de no haber sido por el reflejo aletargado de una débil sombra en el extenso sofá taimado me hubiera pasado desapercibido el hecho de una presencia. Me acerqué con paso lento, casi sin fuerzas ni ganas de levantar los pies del suelo y caminar con normalidad. La sombra ocupaba todo el ancho del sofá y aún llegaba a sobresalir de los límites. Aquella corpulencia desechó otra vez la idea de que Nathan estuviera abajo conmigo.
-¿Fred?- dije con una voz nasal impropia de mí.
Con un esfuerzo logré balancearle suavemente. Fredy apartó mi brazo a ciegas y murmuró algo que no pude descifrar, bien porque no se le entendía o porque aún estaba algo grogui después de haberme levantado bruscamente.
-Fredy, son las… ¿doce y media?- insistí comprobando el reloj que marcaba el DVD de la televisión.
Aquel despertador debía ir mal, no podía ser tan tarde. ¿Ya era mediodía? ¡Pero si acababa de levantarme!
Volví a dirigirme a Fred, quien seguía empeñado en desatenderme dispuesto a seguir durmiendo. Rememoré entonces que Frederick era uno de los pocos que se desmadraban (por no decir el único ya que al final yo no había hecho nada). Esta vez decidí sentarme a sus pies, apoyando la cabeza en su tembloroso estómago.
-Freeeedddddyyyy deeeeesspieeerrtaaaa.- canturreé.- Freee-ouff…
La mano de Fred logró asirme la boca impidiendo que abriera ampliamente los labios y dejando terminar la frase en un sinsentido mimético. Meneé instintivamente varias veces la cabeza en un intento de librarme de la presión, pero ni Fred estaba dispuesto a soltarme ni yo tenía fuerzas suficientes para quitarle de encima. Resoplé repetidas veces ofuscada por el hecho de estar maniatada, mas el vaivén de su diafragma me sedujo a reposar sobre sus ropas y cerrar una vez más los párpados. Su ropa olía a un almizcle de alcohol, suciedad y… ¿barniz? Caí en la cuenta entonces de que anoche Fredy había tirado abajo la puerta del sótano, lo que concluía la duda.
La oscuridad me abatió al perder la batalla contra el sueño, aunque no aguanté demasiado en la penumbra. Conté hasta veinticinco antes de volver a abrir los ojos, aquello era demasiado incómodo para volver a dormirme. Aburrida y desesperanzada de que Fred aflojara su mano, abrí todo lo que pude mi boca y logré pillar un cacho de carne entre mis dientes.
-¡Ahu!- chilló al funcionar mi ardid.- ¿Te has vuelto loca?
Ja, ¿ahora te das cuenta?, se jactó una vocecilla en mi interior que me hizo reír por la situación.
-No podía respirar.- mentí sin poder evitar encogerme de hombros.
Fredy, acuclillado en el sofá y bien despierto, sacudía la mano herida para mitigar el dolor mientras me lanzaba una mirada asesina. Finalmente corrigió el rumbo de sus actos y, demasiado cansado como para enfadarse con alguien “a primera hora de la mañana”, dejó soltar un largo suspiro mientras se acomodaba de nuevo en el sofá.
-Como se nota que hoy estás más alegre…- susurró Fred para sí mismo cabizbajo.
Noté como la sangre empezaba a hervir lentamente en mis pómulos sin poder evitarlo ni disimularlo a tiempo. Claramente me sentía aludida de un modo especial ante aquel comentario espontáneo.
Tratando de remediar el embarazo puse los ojos en blanco mientras volvía a erguirme a espaldas del sofá sin querer mirar a los ojos a mi amigo.
-Idiota.- murmuré.
Fred, quien al parecer no necesitaba pudor ni sueño para burlarse del prójimo, soltó una estruendosa carcajada que llenó el ambiente con su eco. Aquello me hizo enrojecer aún más de la rabia por haber caído en una trampa tan simple. Rápidamente Fredy logró sentarse en el borde del diván y zarandeó mi hombro con sutileza para terminar con un par de palmaditas amistosas en éste.
-Si te sirve de consuelo, él también tenía mejor aspecto hoy.
Enfurruñada aún por el notable desvío de nuestra conversación hacia terreno peligroso que no quería pisar para nada, crucé los brazos y me aovillé lo máximo en un intento de no seguir sus comentarios, los cuales me hacían sentir demasiado incómoda como para pensar en cómo pararlos.
En cierto modo una parte de mí volvía a contradecirse. Nathan se habría levantado temprano, esa era la única explicación por la que no le había llegado a ver y Fredy sí, de estar seguros él había dormido en el sofá toda la noche (deducción hallada de las cuantiosas arrugas que poblaban su ropa).
Me sorprendí de nuevo a mí misma con mis pensamientos. ¿De verdad podía cambiar tanto un simple abrazo? Nada antes había sido igual, y quería que siguiera así, que todo cambiara. La pregunta ahora era: ¿Sería capaz de soportarlo? Desde el primer momento que vi Nathan en Gimmerton Road supe que algo dentro de mí había cambiado, que tras varias cicatrices instintivamente mi mente evitaba aquel dolor. Un dolor angustioso que me quemaba por dentro destrozándome en mil pedacitos, sumiéndome en lo más tenebroso sin poder volver a ver la luz del sol.
Instintivamente una horrible mueca de repulsión me deformó el rostro, y agradecí el hecho de que estuviera a espaldas de Fredy.
No quería hundirme de nuevo en aquel pozo sin retorno, aquel estado. De esta forma, esquivando el dolor sobrehumano, quizá, y solo quizá, pudiera permanecer en paz conmigo misma, un estado de tranquilidad que Nathan me había mostrado con un mero abrazo.
Entonces me critiqué duramente por haber sido tan intolerante todo aquel tiempo. Ojalá hubiera sido en Kenilworth donde me hubiera dado cuenta de lo que mi cuerpo buscaba. ¿Habría sido aquella tarde de estudio la primera en la que descansaría de mí misma?
Sacudí enérgicamente la cabeza mientras me levantaba del sitio ante un expectante Fred y paseé por la casa en busca de movimiento y agilidad en las piernas.
No, mi nueva mentalidad no solo había encontrado mi tranquilidad interior, sino que había desarrollado frescos ideales, creando una necesidad de independencia y soledad que nunca antes había experimentado (o por lo menos no en un grado tan óptimo).
Dios… ¿Cómo no me había dado cuenta antes del giro que habían dado las cosas? ¿De todo lo que me estaba ocurriendo? ¿Sería este el principio de una mutación como la de Ashley o Riley?
Creía que me iría a estallar la cabeza de un momento a otro. Debía parar de pensar, de retorcer aún más los acontecimientos.
-Cati, por favor, para. Me estás poniendo nervioso…- se quejó Fredy.
Rápidamente giré la cabeza hacia él, repantigado en el sofá enterrando su rostro entre las manos con cansancio. Suspiré profundamente y ordené a mis piernas que parasen de hacer footing en el interior de la casa, reacias a dejarlo finalmente pararon en medio de la estancia.
No debía pensar, ése era el quid de la cuestión.
-¿Dónde están todos? ¿Aún duermen?
Me acerqué paulatinamente al respaldo del sofá y apoyé los codos en él junto a la cabeza de Fred, quien volvía a entrecerrar los párpados como si en vez de lo que mantenía abierto eran pesas de cincuenta kilos en vez de sus párpados.
De repente la patente inactividad de Frederick me irritó al contrastar con el martilleo de mi ritmo cardíaco, el cual daba voces a lo alto para no acumular demasiada sangre en los vasos sanguíneos.
-No. Se fueron todos muy temprano para acallar a Dorian.- dijo mientras soltaba un gran bostezo luciendo todas sus vísceras internas sin amago de contrariarse.- Te puedo jurar que ese niño llora como un becerro.
Sin ganas de propinarle uno de mis acostumbrados codazos, me obligué a pensar que Fred aún estaba lo suficientemente dormido para decir estupideces (aunque a decir verdad, daba igual si era o no consciente de ello).
-Así que… teóricamente…- empecé la frase alargando al máximo cada palabra. Fred curioso levantó la cabeza dándome de bruces con dos ojos de un color verde similar al de los bosques en primavera.- ¿estamos solos?
-Oui, c’est une déduction excellente, mademoiselle, qu'intelligence surhumaine.- se burló Fredy en un brillante francés del que desconocía su aprendizaje.
¿Hasta en una lengua que en aquel estado se consideraba extranjera debía mofarse de mí? Bufé ante la injusticia de aquellas normas.
-Au moins plus surhumain que celui d'un neandertal.- rebatí defendiendo mi pobre coeficiente intelectual.
Fred frunció el entrecejo, sin llegar a resolverme claramente la duda de haberme entendido al completo, y plisó graciosamente sus labios en dos curvilíneas blanquecinas. Instintivamente incómoda por la sorpresa puse unos centímetros de distancia entre mi rostro y su ininteligible muesca.
-¿Me has entendido?- se quejó.
Enarqué contrariada una de mis cejas y me erguí contemplándole, lo que obligó a Fredy a levantarse del sofá en mi dirección para mirarme en un mejor ángulo.
-Fred, - le contesté cariñosamente.- domino más de diez lenguas.
De algo debía haber servido el viajar deambulando de un lado para otro sin saber a donde ir, para ello era conveniente hacerse entender en los parajes si no querías que terminaran timándote.
No pude evitar reírme ante la incredulidad que se aposentaba en las facciones de Fredy. Él era más joven que yo, se suponía que la vejez forjaba la inteligencia, ¿no?
En ese momento oí estremecer mi estómago, recordándome los malos tratos por no haberle alimentado desde casi el desayuno del día anterior, ya que a penas habíamos comido gracias a la alegación de Rose sobre el esfuerzo de aguantar hasta el festín de la fiesta al anochecer, festín que no probé debido a los fortuitos acontecimientos.
-¿Desayunamos?
Fredy no relajó su postura hiriente en su orgullo, mas coincidió conmigo en depositar algo sólido en el interior.
Nos dirigimos a la cocina, ansiando encontrar algo medianamente comestible con lo que aplacar aquel rugido matutino. No tardé demasiado en reclamar la primera base delante de la puerta de la metálica nevera negruzca y asir el asa hasta abrirla. Un olor a huevos, mayonesa, gambas y salsa rosa aplastó mis sentidos olfativos al instante sin poder contener unas arcadas que brotaban de mi garganta aclamando hacerse materiales pero sin alimento que tomar de mis intestinos. Comprendí, al ver todos los estantes repletos de restos de comida pasada, el motivo de mi reacción. ¿Es que no había nada comible en una mañana cualquiera?
-Ummm... Cóctel para desayunar.- comentó Fred apartándome de la nevera lo suficiente para alcanzar una honda copa de cristal adornada por varias gambas peladas en sus bordes y un contenido de salsa en su interior.- Adoro las fiestas.
Le seguí con la mirada, escéptica, hasta que se sentó en uno de los taburetes de la isla dándome la espalda. Después suspiré. Era Fredy con quien estábamos tratando.
Cerré de un golpe la nevera, ansiosa por cortar aquel fuerte olor, y decidí coger un pack de galletas de chocolate de los armarios superiores.
-Italiano.- sentenció Fred cuando me senté enfrente de él intentado ignorar su desayuno.
La palabra me desconcertó un poco al principio, hasta que tardé varios segundos de recapacitación antes de entender a que hacia referencia.
-Sí. En Perusa para ser más exacto. Es preciosa.- afirmé.
Ávidamente desgarré el envoltorio de plástico y saqué la primera galleta manchada por pequeños pegotes marrones.
-Alemán.- insistió Fredy en sonsacarme las lenguas que no había aprendido.
-Sí.- logré farfullar mordiendo la galleta.
-¿Ruso?
-Un poco en desuso, pero definitivamente sí.
Fredy se rascó la coronilla, pensativo, permitiéndose tomarse un tiempo libre para mojar una gamba en la salsa y llevársela a la boca.
-¡Ajajá!- cantó triunfal escupiendo trozos de gambas sobre la mesa.- Vietnamita.
Sonreí afablemente antes de dar otro gran mordisco a la galleta, notando como los trozos de chocolate se derretían encantadoramente en el interior de mi boca.
-¿Por qué no?- pregunté encogiéndome de hombros.
Fredy ensanchó sus verdosos ojos sorprendido por la improbabilidad de aquel hecho.
-¿Vietnamita también?- medio exclamó.
- Tất nhiên.- conseguí decir al tragar.- Por supuesto.
Fred relajó sus músculos, cogiendo distraídamente otra de las gambas y haciéndola bailar sobre el borde de la copa. No pude evitar volver a sonreír triunfal al ver que Fredy no aportaba ninguno de sus habituales chistes a la situación. Cogí otra galleta, hirviendo con los ánimos suficientes como para darle un buen mordisco, mas paulatinamente mis fauces se fueron cerrando perdiendo repentinamente el apetito.
La mayoría de aquellas lenguas que Fredy había mencionado las había aprendido en el viaje con Ashley, cuando ella me había tendido una mano que me ayudaría a salir de aquel negro pozo sin fondo.
Bajé la mirada y la galleta hacia la mesa de mármol grisáceo.
¿Era eso todo lo que quedaba de una amistad? ¿Recuerdos que tarde o temprano terminarían difuminándose en la memoria hasta perderse?
Un escalofrío recorrió mi espalda a pesar de llevar puesto un jersey de cuello vuelto, desgraciadamente no era el frío el que me incomodaba.
-¡Tú!
Reboté en mi asiento al haberme devuelto a la realidad un grotesco grito a mis espaldas. Desconcertada logré girar el torso para ver a Riley, el dulce rostro angelical que siempre le había caracterizado por lo general, se veía ahora teñido de un tono rojizo, tanto en los pómulos como las pequeñas arterias que se distinguían en el blanco de sus ojos bañados con un negro azabache. Realmente aquella imagen asustaba, tanto como la vena que se hinchaba en una parte de su cuello amenazando con explotar.
-¿Riley?
Sin replicar su imagen, Riley cruzó el espacio hasta la isla en dos largas zancadas hasta situarse torvamente en mi frente.
-¡Es todo por tu culpa! ¿Lo sabes?- volvió a gritar gravemente.
Instintivamente me levanté de la banqueta e intenté retroceder todo lo que pude hasta que mis manos lograron palpar el borde de la mesa. Manifiestamente era a mí a quien se dirigía. La rodilla izquierda empezó a temblarme incontroladamente con uno de mis tics nerviosos.
-Riley, haz el favor de calmarte.- noté como mi voz comenzaba a perder fuerza hasta resquebrajarse por la amenaza física.
-¡No quiero calmarme!
Cual rayo su mano se aferró con fuerza a mi antebrazo y lo dobló en sentido contrario provocándome un sofocante dolor. Automáticamente me llevé el brazo libre sobre la mano de Riley, peleando por desenganchar sus dedos de mi piel, pero su fuerza era superior a la mía.
Entonces no pude contener un grito ahogado de tortura.
-¡Riley, para, le estás haciendo daño!- oí la voz de Fredy como eco de fondo, pero Riley no cesó con su agresión.
-Eres una maldita ególatra que no sabe como parar de herir a la gente.- dijo en un tono más bajo en el que pude notar el calor de su aliento abrasándome la piel.- Ashley está así por tu culpa.
Entonces logré ignorar el dolor que me causaba Riley en aquellos momentos y una ansiedad de pánico inundó mi ser cuando pronunció el nombre de Ashley. ¿Qué le pasaba? ¿Le había sucedido algo malo?
Percibí como Fredy empezaba a hacer amagos de separarnos.
-Yo no he hecho nada.- me defendí con la voz rota.
Riley se enervó y aumentó la presión sobre mi brazo, lo que me hizo gritar de nuevo.
-Sí, al final lo conseguiste, siempre te sales con la tuya.- contestó mientras unas cuantas gotas de saliva embadurnaban mi cara.- ¿No te das cuenta de que los demás no tenemos la culpa de que seas una repudiada? No te basta con destrozarte la vida sino que también tienes que hacer lo mismo con las demás. Eres una condenada miserable.
Escuché el sonido de algo resquebrajándose en mi interior, rompiéndose en mil pedacitos. Noté como los pulmones me ardían costándome respirar y provocándome una asfixia en la garganta.
Mi mente trabajaba todo lo rápido que podía, sin conseguir sonsacar algo claro ni formar una explicación a todo aquello.
-Suéltala.
La melódica voz sonó distante, como a miles de kilómetros de donde yo me encontraba, aunque la distancia no me impidió reconocerla. Me obligué a levantar la mirada hacia su procedencia, observando un borroso cuadro de marrones y azules. Caí en la cuenta entonces de que estaba llorando.
Riley me imitó y se encaramó hacia Nathan.
-Métete en tus asuntos.- le espetó mirándome con repugnancia.- Créeme, te estoy haciendo un favor.
Observé como Nathan crispaba sus manos en dos puños sobre sus costados dirigiendo una mirada envenenada hacia el punto de fricción.
-Cati no tiene la culpa de que seas tan cobarde como para pegar a una mujer.
Riley se jactó en aquel instante, con un almizcle de ira permanente y superioridad en el contexto.
-No te engañes más, Nathan. Esto - dijo señalándome.- no es una persona, es una aberración contra nosotros.
Observé como Nathan perdía los estribos (cosa que no se veía todos los días) y produjo un inquietante silbido en el aire cuando incrustó su puño en el perfil de Riley, quien el impacto forzó soltarme la magullada extremidad.
Entonces Fred, cuya presencia había sido olvidada, se decantó por parar la pelea antes de que el amenazante puño de Riley bajara hacia el rostro de Nathan.
-¡Eh, eh, eh! ¡Basta!
-¿Qué está ocurriendo aquí?- la dicción de Darcy, impolutamente tranquila, penetró en la sala.
Elevé la mirada hacia la entrada de la cocina, donde precariamente se apiñaban todos los adultos de la casa. Sus miradas asombradas se intercambiaban en un triángulo desde Riley a punto de agredir a Nathan, éste dispuesto a devolver el golpe y yo tirada acunando el brazo herido. La imagen realmente debía de ser pintoresca.
Nathan fue el primero en recobrar la compostura, con la ira aún fluyendo notoriamente por su interior. Vislumbré como su pecho se hinchaba y deshinchaba rápidamente reprimiendo la adrenalina.
-Nada.- logró pronunciar con una sombría voz.
Y, antes de que el incómodo silencio estallase cual burbuja de aire, me asió de la cintura y apartó, con una mala educación impropia de él, a la gente para dirigirse hacia las empinadas escaleras.
La mano de Nathan se aferraba gélidamente atrapándome, reacia a retirar su posición, como si fuera de roca caliza de lo que se trataba. Alcé la cabeza hasta verle el rostro, el cual no me miraba, y examiné las angulosas tensiones de su mandíbula cerrándose con amenaza.
Mas esta vez ni siquiera el hermoso rostro de Nathan consiguió desembarazarme de la culpabilidad.
“¿No te das cuenta de que los demás no tenemos la culpa de que seas una repudiada?”, había dicho Riley.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)