jueves, 25 de agosto de 2011

34. Regresos.


Miradas penetrantes. Eso era todo lo que podía discernir difuminadamente, miradas penetrantes. Observadores ambiguos que aposentaban sus ojos almendrados, claros u oscurecidos mientras sus rápidas y viperinas bocas se abalanzaban al ataque.
Me sentía como una presa, acechada por el cazador, asfixiada por la más temible de las especies de boas, con la sabiduría de su fatal destino en las fauces del animal pero saboreando la vana esperanza de una escapatoria. Ilusa ilusión.
Alexia había procurado una buena fiesta, como anfitriona que era, en un hotel privado alojado en medio de un sendero, lo que me hacía comprender las explicaciones sobre los atajos durante el trayecto. La principal sala resultaba aparentemente vacía, escasa de inmueble, pero la ingente cantidad de jóvenes que la llenaban consideraba el antónimo de su denotación principal. La música, suave en su medida por unos violines, aplicaba la falsedad de tranquilidad, a pesar de que yo sabía que el volumen debía de sobrepasar los ciento diez decibelios; los convidados se limitaban a mover sus cuerpos al son de lo que lograban discernir a través de sus conversaciones, ya que se agrupaban en grupos que no superaban las ocho personas, situados en esquinas o, los más envalentonados, en mitad del salón.
La sala, me di cuenta, estaba demasiado iluminada, los focos dañaban precisos los ángulos perfectos donde más se agrupaban los invitados, creando la ilusión de falsas sombras de bebidas rosadas y azuladas, un truco que connotaba la pulcritud y elegancia de la creadora en sus matices amarillentos y, a un mismo tiempo, la cara adversa de la moneda, la pista secreta de que aquello era una fiesta.
Alexia lo había conseguido, había representado a la perfección lo que en mi imaginación crearía la velada perfecta al más puro estilo de Kenilworth. Ahora solo quedaba averiguar qué significado ocultaba realmente aquella extraña celebración. Porque… ¿qué se celebraba? ¿Por qué había sido invitada?

Las miradas me perseguían, expectantes y acechantes, lo que me hizo querer saber qué maquinaban sus cerebros en aquellos momentos. Según había podido vislumbrar nada más traspasar las puertas cristalinas de aquella sala y tras cegarme por segundos ante la luminosidad de la situación, la mayoría de las caras, que en ese preciso momento se habían girado para observar la mía, eran conocidas de la universidad, parecía que las mismas personas que se paseaban por Kenilworth todos los días se habían despojados de sus uniformes y vestidos galantemente al mismo tiempo. Reconocía caras como las de Nerys, un par de cursos por encima, o Jun, en clases avanzadas de mi misma promoción. La presión social juntada por aquel extravagante almizcle de olores que clasificaba a un fuerte aroma a vainilla con toques de incienso, me hizo marear de nuevo, esta vez no los acostumbrados desmayos, sino la asfixia y sensación de estrechez.
-Me estoy mareando.- confesé.
Nathan permanecía a mi lado mientras cruzábamos aquella sala, quizá formando parte de las cuantiosas explicaciones a aquellas miradas inquisidoras. Noté que frunció el ceño en señal de aflicción y pesar, malinterpretando sin duda mis palabras, clavó sus ojos grisáceos en los míos en un intento de indagar y profundizar en ellos. Me ruboricé al instante, manteniendo la cortina de mi negro pelo como biombo entre los invitados y yo. Pensé que podría acostumbrarme a ello, su cercanía, la naturalidad de nuestros actos… sentí que ya no se ocultaba nada o, al menos, casi nada.
Negué con la cabeza.
-¿Por qué me están mirando todos?- inquirí con un deje de súplica.
Nathan relajó su rostro, el cual a penas podía admirar en su totalidad por mantener la compostura delante de la gente, y sembró en sus finos labios una sonrisa lobuna. Yo seguía sin verle la gracia al asunto, pero él estaba de buen humor mientras nos acechaban al caminar. Me sentí cómo si Nathan me estuviera exhibiendo ante aquellos depredadores.
-¿Crees que es tan fácil no sucumbir a tus encantos?
-Sí.
Nathan comenzó a reírse cuando contesté rápidamente a aquella estúpida pregunta. ¿Acaso estaba ciego? No era gran cosa y menos comparada con el estereotipo clásico de la academia, que predominaba en aquellos instantes en la sala.
Aquello no era ninguna broma o cuestión de “encantos” (los cuales yo carecía a costa de todo), se trataba de algo más, quizá la verdadera cuestión de mi invitación. La curiosidad me corroía las entrañas, me sentí tan banal como todas aquellas personas que me rodeaban con sus miradas, pero quería saberlo. ¿Por qué Alexia había montado todo aquel espectáculo? ¿Con qué propósito había insinuado que yo trajese a Nathan? Bien, allí estaba, a mi lado. ¿No es eso lo que quería? Debía parecer todo un error, porque en los veinte minutos que llevábamos deambulando en aquella fiesta sin sentido no había visto ni un ápice de la envidia de su largo pelo oscuro o de sus ojos de un rojizo terroso. Ni siquiera Cooper estaba con nosotros, éramos el blanco perfecto que suponía ella había planeado. ¿O acaso era yo la que se había vuelto tan retorcida?
Aquello empezaba a claudicar en mi sistema nervioso, el olor a vainilla se hacía más penetrante a medida que las miradas se agazapaban en mi ser, y todo daba vueltas alrededor de aquella música monitorizada. Ardía en deseos de elevar la cabeza y buscar entre los grupos del gentío a Melinda o al recientemente perdido Cooper. Ellos no me estarían juzgando en vivo y en directo.
Bajé aún más la mirada, atusando el vestido rojo nerviosamente sin la protección de la chaqueta que había devuelto, deseando fervientemente de que mis manos fuesen alguna especie de borrador para eliminar aquel estruendoso atuendo, ya que, por mucho que le gustase a Nathan aquel color, seguía siendo demasiado altruista para mis gustos.
Paramos en seco debidamente situados frente a una enorme cristalera que constituía una de las cuatro paredes de la sala, me di cuenta tras haberme orientado.
-Para.- la voz de Nathan incidió directamente como un silbido en mis oídos. Aquello me aceleró el pulso de golpe, iba a tener que darle las gracias a Melinda al final de la noche por haberme maquillado tanto.- Estás perfecta.
Por instinto cerré lo ojos, la negrura era mucho mejor que aquellos ojos.
Saboreé su aliento al máximo, sumergiéndome en su aroma por fin descriptible para dejar la vainilla atrás, su atractiva voz grave susurrando en mi mejilla… Puede que estuviese desistiendo en el empeño de abstenerme de aquel placer. Ahora era mío, él era mío.
De pronto sonó un ruido de fondo, superior al alto volumen de la música, era un ruido de débiles cristales chirriantes deseosos de llamar la atención con la agudeza de su sonido. Abrí los ojos de golpe, los ojos ya no me miraban a mí expresamente, sino que viraban sus cabezas hacia un determinado punto de la lejanía, justo a mis espaldas. Tal y como había querido hacer antes, elevé la mirada hacia el rostro de Nathan, queriendo absorber su belleza natural y, más aún, el nítido resplandor que marcaba aquella noche. Nathan se erguía nervioso, girado al son de la demasía en torno a aquella dirección incierta. En la palidez marfileña de su cuello que lograba fundirse con el blanco impoluto de su camisa, se denotaba el músculo zigzagueante, sus finos y duros labios, fruncidos en una suave fineza calcárea, se denotaban como la piedra caliza, distantes a todas las posibles frases melodiosas que podían haber susurrado entre mi cabello; y en el asomo del mar grisáceo de sus ojos, las motas verdes descansaban de su energía eléctrica. Finalmente algo ocurría.
Me hacía ahora más consciente de la inmensidad de la sala que Nathan había logrado traspasar conmigo, como una órbita de cohesión adherida a la fuerza de su propia gravedad. La zona, desgraciadamente, seguía siendo un punto de mira para los convidados, pero mantenía una distancia cierta, prudencia ante la discreción. De cualquier modo aquel el golpeteo de cristal materializado hubo actuado como silbato adiestrador.
Me percaté, tras retirar la mirada de Nathan, el collage dorado de la negrura de aquella noche, absorbiendo como un ente especial los recovecos que la extasiada iluminación dejaba olvidados tras la enorme cristalera que plasmaba la pared lateral. Viré entonces la cabeza en sentido de los demás, completando así la manada de fauces, la presa camuflada con los depredadores.
Alexia al fin se había dejado lucir, con su larga melena oteando el balanceo de su espalda desnuda, y su fina y delicada piel travestida por sedas de un color azul zafiro. Realmente se veía hermosa cuando el rojizo de sus ojos destellaba con los bordados de oro que el azul lucía, por ello omití asegurarme de que no era la única que denotaba aquel estilo innato, le podían haber coronado la tiara de reina en ese mismo instante.
Ella sonrió ante la estupefacción del público al situarse en mitad de toda la hipocresía de aquella sociedad venerada en su propia infancia y juventud, y tras sus últimos segundos de gloria personal, abrió la boca para continuar su llamada.
-En principio, quiero hacer saber que es para mí un placer tener la oportunidad de celebrar esta fiesta.- entonó como una dulce canción, volvió a sonreír.- Y, como ya sabéis, ésta tiene un especial significado para mí.
La tensión volvió a mí, ella no me había mirado exactamente, pero sabía que en su mente yo estaba relacionada de alguna forma. Porque sabía que aquella fiesta traslucía algo, recóndito y secreto, pero algo de alguna manera.
Respiré hondo para calmarme y me rodeé a mí misma para autoprotegerme, de repente el olor a vainilla e incienso se hizo más patente. Quería mirar a Nathan en ese momento, deleitarme con su rostro para olvidar lo que estaba sucediendo o perderme en el abismo que siempre me proporcionaba, pero inexplicablemente no podía apartar la vista del hechizo que emanaba la falsedad de Alexia.
-Durante todos estos meses que hemos convivido juntos en la maravillosa academia Kenilworth, - recitó ella como si se tratase de un monólogo bien preparado. Arqueé la comisura de los labios al oír el adjetivo de nuestra universidad, inexplicablemente Alexia posaba su mirada por la zona donde nos encontrábamos; aunque no llegó a mirarme fijamente sabía que lo hacía de alguna forma.- hemos aprendido nuevos valores, establecido nuevas metas y madurado en nuestra forma de vida.- sonrió de nuevo.- Y aún nos quedan muchos más.
Era bueno saber que quedaban varios meses de vivencias como aquella, susurros y murmullos extensos que ocultaban las espaldas de secretos inconfesables, superficialidad recóndita en rojizas faldas y escudos credenciales… Era eso justamente a lo que Alexia hacía referencia en su discurso espontáneo. Mas eso tan solo era una pequeña parte de lo que en realidad representaba Kenilworth, dejaba por recoger su sabiduría, la historia que rezumaba la característica estructura gótica de sus cimientos, un lugar apartado e independiente de las arenas del tiempo, una escapatoria para alumnos como yo.
En ese momento sentí como un par de mares platinos se posaban en mí, sin contenerme me giré para poder verlos. Nathan arrugaba su frente en una fina línea divisoria, y sus ojos, expectantes, parecían querer escudriñar taimadamente mi interior, rescatar de mi ser algo que yo guardaba con fiereza. Le sonreí nerviosa, una estría ondulada que marcaba mis gruesos labios sin llegar a formar la entereza deseada. Él me devolvió la sonrisa, una sonrisa torcida arrebatadora que hizo temblar todo mi ser, rodeó mi cintura tal y como había hecho en el coche, juntándome contra su ser, sintiendo su calidez. No estaba sola. Pero no fue la misma sensación de calidez y placer que siempre sentía brotando de mis pómulos hacia cada célula de mi organismo, aquella reclamación se asemejaba más a cuando Nathan me urgió después de haber pegado a Riley, se denotaba la tensión en su cuerpo, casi azotándolo con dureza y crueldad.
-Por ello celebramos esta fiesta, unidos como una única familia... Cuanto quiero esta noche es compartir con mis hermanos esta unidad.- azoró en una nota melosa. Esta vez ensanchó una sonrisa más grande y hermosa, una sonrisa que escondía un secreto, y me miró inquisidoramente con llamas rojizas chispeando en su mirada.
El pitido de mis pulsaciones martilleaba mis oídos con rapidez y presura, y la respiración se volvió agitada y descontrolada. Ahí llegaba, la razón de todo, ¿sabría por fin qué se murmuraba en el campus? Es más, ¿quería saberlo? Sí, sí quería. Instintivamente la mente trajo a mi recuerdo la imagen de Patrick acechándome, sus ojos negros amenazadores bajo la indulgencia de sus rasgos pecosos. Aquello era una caza de brujas y esa noche temía que se descubriesen todos mis secretos.
-Cati…
Dejé de respirar, de oír el mundo, de vivir y ser consciente de mi alrededor. Ese susurro entre mis cabellos tenía el poder de hacerme delirar y pararme en un coma. Luché por mantener la cordura, necesitaba escuchar a Alexia.
-Cati…
Lentamente cerré los ojos para sumergirme en la negrura y me rodeé con más fuerza, desgarrando el raso de mi vestido sin pensar en las consecuentes marcas que de estar seguro me regañaría por ellas Melinda. La sangre comenzó a asociarse en mis mejillas y la punta de mi nariz, suponía que esta vez ni siquiera el maquillaje podría ocultarlo.
-¿Sí?- contesté a Nathan una novena más aguda.
-Vamos fuera…- siguió susurrando.
Nathan pasó sus labios por el final de mi barbilla, demasiado cerca a mi boca sin que pudiera dejar de retroalimentarme de su olor, ahora predominaba la rosa mosqueta, y acarició mi pómulo con su nariz achatada.
Debía negarme.
-No, Alexia…- tartamudeé.
Sí, había cometido el error de volver a abrir los ojos. Ni siquiera podía divisar a Alexia, Nathan se había movido con extremo sigilo y habitual elegancia hasta colocarse justamente entre el campo de batalla de la anfitriona y yo de modo que no había levantado un dedo de mi cintura, así creaba un espacio más íntimo y cerrado entre nosotros.
Rehusó deleitarme con sus chispas verdes, nada más establecer un contacto visual volvió a tomar aposento en mis orejas mientras veía como asomaban sus dientes lobunos.
-Sal conmigo afuera.- me suplicó. ¿Sabía que no podía resistirme a él?
La mano que me sujetaba en mi espalda se deshizo como un nudo fácil, hasta alcanzar una de mis manos apretándola con fuerza. Sonriendo pícaramente una vez más, prácticamente me arrastró al exterior traspasando una de las puertas camufladas en la pared de cristal.
El azote del viento gélido incidió como lacerante en mi piel desnuda, desestimando el hecho de haberle devuelto la chaqueta a Nathan. Aparté la vista en un principio cuando mis cabellos revolotearon cegándome la vista, después se colocaron y traté de acostumbrarme a la repentina oscuridad. Como había predicho, el contraste de la excesiva iluminación del interior con el negro carbón de la noche era mayoritario, una sensación parecida a una ceguera inmediata. Volví la vista atrás, la gente no se había percatado de nuestra huida, era como si el mismísimo Rembrandt hubiera plasmado la idílica velada en uno de sus cuadros. Suspiré y me adiestré en el nuevo contorno al dejar de sentir la presión de Nathan sobre mi mano.
La terraza, con la forma de la mitad de un óvalo difuso, limitaba su caída, a una altura de setenta metros sobre la explanada de la absoluta nada, un cercamiento de balaustrada, barrotes de piedra blanca a modo de pequeñas columnas en un potencial pseudónimo neoclásico. El collage del cielo reconstruía el internamiento de diminutas gotas de miel en el bruno firmamento.
Conseguí divisar a Nathan en la lobreguez del contexto, mirando al cielo. Me pregunté si él también se había dado cuenta de que hoy no había luna o tal vez aquello solo era importante para mí.
-¿Qué ocurre?
Nathan había vuelto a mí por sorpresa, abarcándome con sus brazos, y sustrayéndome hacia él posó su frente contra la mía. Empezaba a pensar que, o bien las capacidades locomotrices de Nathan habían aumentado en coordinación y delicadeza, o mi mente estaba más embotada que nunca.
-Solo que…- dije perdiendo la confianza de desvelar mi pensamiento.
-¿Es solo que…?
-Hoy no hay luna.
Nathan soltó una pequeña carcajada de entusiasmo, luego frotó su suave nariz contra la mía. Sus manos se abrieron paso entre mi espalda, contrayéndome contra su propia entidad, hasta que llegaron hacia la superficie de mi piel entera y un escalofrío sumergió a todo mi ser. Él retiró sus manos al instante, sin dudar se despojó de su chaqueta y me rodeó con ella y, otra vez, con sus manos.
Quise negarme a ello, Nathan tan solo contaba con una fina camisa y allí fuera hacía frío, como si el temporal del pasado invierno hubiera vuelto. Traté de deshacerme de ella.
-Nathan, hace frío ponte la chaqueta.
Él no me escuchó, no rebajó la presión de cubrir mi piel con su americana, desistí entonces en el empeño y le miré. Nathan me devolvía una mirada de pánico que manipuló a tiempo ante mí.
-Cati, no hace frío.- dijo adoptando un tono serio que yo odiaba.- Estamos a dieciocho grados.
¿Dieciocho grados? Imposible, me moría de frío. El miedo comenzó a azorar en la superficie, el mareo de aquella noche no iba a ser lo único que empeorara mi estado físico. ¿Acaso tenía fiebre?
Imposible., repetía mi mente una y otra vez.
Nathan asió mis manos y se las llevó directas a su cuello, el fuego de su piel me quemaba. Mas él las mantuvo allí.
-Estás helada.- afirmó, su tono agrio volvía a desagradarme.
-¿Y?
A pesar de todo, conseguí ruborizarme ante la evidencia.
-¿Cómo te encuentras? ¿Estás bien?
Rehusé incidir directamente en su mirada, siempre iba a preguntar lo mismo, preocuparse por lo mismo. Si tanto importaba mi estado de salud en aquellos momentos, ¿qué le había hecho marcharse cuando la frecuencia de mareos había aumentado? ¿No era aquello precisamente? Deseché pensar en ese tema, pero realmente era una herida pudiente en mi interior. Saber si le había perdido o no por mi culpa, era algo que continuaba carcomiéndome por dentro aún sabiendo que todo había cambiado, que ya nada volvería a ser igual y que, de un modo u otro, había cruzado la invisible frontera que habíamos impuesto.
-Estoy bien.- contesté secamente.
El recuerdo de aquello había estropeado la velada entera.
Débilmente Nathan comenzó a soltar mis manos, aún creyendo que las apartaría del sitio impuesto, reacio a que lo hiciera consiguió abarcar mi cuerpo una vez más, eliminando las milésimas distancias que separaban nuestros rostros para dejarlas reducidas en puros alientos mezclados. Cerré los ojos para sentirle mejor, pronto sus labios recorrieron mi yugular lentamente, no con la pasión anegada que siempre entreveía en todos nuestros actos, sino que una finura y delicadeza que hacía considerarme un ente valioso e importante. Igualmente la respiración agitada y la pérdida de la conciencia fueron destruidas, aunque al fondo pudo llegar a oír como los presentes en la sala estallaban en aplausos de júbilo. ¿Ya habría acabado Alexia? ¿Me había perdido el motivo que tanto deseaba saber?
De repente noté como Nathan posaba sus manos en mis brazos, me di cuenta de que me había crispado entera, él disminuyó la presión de mis músculos sin soltar sus labios de mi piel.
-No muerdo.- susurró mientras se reía desenfadadamente.
Me reí con él, noté que mi risa era algo más falsa de lo que esperaba.
-Por el momento.- pude bromear evocando la imagen de sus dientes lobunos ocultos bajo sus labios rosados.
El alboroto entre los presentes continuaba en el aire, comenzaba a sentirme ciertamente incómoda allí fuera cuando no debíamos, podíamos haber ido directamente a las habitaciones en vez de estar allí a vista de todos. Me sentía en cierto modo como parte de una exposición abierta a todo tipo de público, y ya sabía que tipo de público me había tocado.
No pude contenerme por mucho más, hice además de alzar la vista hacia la enorme cristalera del fondo y rechazar la inminente oscuridad que nos cernía. Pude vislumbrar el borrón negro que formaban los cuerpos de los convidados y, alzándose por encima de ellos con primicia, la que suponía era Alexia. Traté de enfocar mejor la vista, la melena de Alexia se ondulaba espesa y lisa por su alrededor, se reía sofocadamente como acostumbraba a hacer cuando la veía en el campus cualquier día o como había hecho con Nathan aquella noche, pero… había alguien más a su lado, alguien que sobresalía en su encanto junto a ella, un chico más. La curiosidad me superó en creces… ¿era aquel el motivo de todo? ¿La clave era un chico? Me alcé lo máximo posible de puntillas, hasta que las rozaduras de las cuerdas de mis zapatos de tacón dañaron mi empeine. No reconocía a ese chico, no era de Kenilworth de eso estaba segura, un amigo así de Alexia no pasaba desapercibido tan fácilmente.
Los ojos empezaron a escocerme de forzar la vista pero seguía sin conseguir ver algo más de sus espaldas. ¿Quién era? Los cuerpos habían comenzado a moverse, las risas se escuchaban cada vez con más claridad. El pánico inundó mi cuerpo e inconscientemente agarré más fuerte a Nathan, quien levantó su mirada siguiendo la mía, la gente se estaba dispersando hacia la terraza y sus alrededores.
-Vámonos de aquí.
Oí la voz fría de Nathan como fondo de la escena que se recreaba, se separó de mí aunque sin dejar de coger mi mano. Retiré la vista de la inmensa masa que se avecinaba para dirigirla hacia Nathan buscando respuestas sobre lo que hacer, el terror vestía en aquel momento su rostro ensombreciendo sus angulosas facciones y cerrando la mandíbula con fiereza. No era furia lo que se denotaba en sus ojos, era miedo, puro miedo. ¿Miedo a qué? ¿A qué podía temer Nathan tanto? Sentía cómo el corazón me palpitaba a mil por hora, dejé de escuchar las risas y cordialidades de la gente, algo pasaba definitivamente y el propio Nathan me lo estaba demostrando.
Anduvimos rápidamente entre la gente, Nathan no se preocupaba si chocábamos con alguna persona, la cual se giraba hacia nosotros y nos miraba con repugnancia, no se inmutaba si apartaba de malas maneras a parejas o grupos para despejar su imaginario sendero marcado, nunca le había visto comportarse de tan mala manera, pero yo me dejaba arrastrar aferrando su mano como él hacía con la mía. Volvíamos al interior de la sala, justo a la entrada, donde la gente desaparecía del espacio desplazada al exterior, sí, nadábamos contra corriente.
No me atreví a alzar una palabra, siquiera me atrevía a respirar con normalidad; sin embargo el silencio no dejaba de ser menos incómodo de lo que era. Observé a Nathan, su piel pálida brillaba con un lustre perlado de sudor, su pecho se agitaba estruendosamente y sus ojos permanecían abiertos en desmesura, donde las chipas verdes chispeaban esta vez con un matiz más oscuro y siniestro. Nathan debatía en su interior a dónde ir, se movía nerviosamente hacia todos los huecos posibles: la salida, la sala principal… Consiguió desasirse de la pulcra pajarita y desabrochó unos botones de su camisa. Aunque sabía que no era precisamente el mejor momento, no pude evitar sentirme anonadada por su hermosura y desearle aún más.
-¡Cooper!
Los ojos de Nathan parecían haber encontrado al fin un objetivo fijo, Cooper se mecía tranquilamente, ajeno al agitamiento de Nathan, unos metros más alejados de la salida principal con una copa entre las manos. Cooper se viró con un suave meneo de sus ropas y en seguida crispó su rostro al ver a su amigo en ese estado, luego me dirigió una mirada condescendiente y controló su reacción. Él también se había desabrochado su cenicienta corbata de rayas y llevaba la americana entre sus brazos, se acercó a nosotros con pasos vacilantes y me dedicó su especial sonrisa cuando tuvo la certeza de estar lo suficientemente cerca.
-Os había perdido de vista, ¿dónde estabais?- preguntó con una absoluta normalidad en su tono
Abrí la boca para contestar, él se había diluido como una disolución en aquella extraña sala. Mas Nathan supo cómo adelantarme.
-Ha aparecido.- sentenció con un tono fúnebre.
Cooper y Nathan se miraron uno al otro, una mirada que significaba mucho para ellos y poco para mí. Me estaba confundiendo todo. ¿Qué secretismo se llevaban ellos? ¿Quién había aparecido? Básicamente saber qué diablos ocurría.
-¿Ella le ha…?- Cooper no supo cómo continuar, me miró de soslayo pero apartó la mirada cuando se dio cuenta de que fijaba mis ojos en él en busca de respuestas.- ¿Ha pasado algo?
Nathan seguía frunciendo la mandíbula y yo sabía que seguía con la misma horrible sensación de antes, negó lentamente con la cabeza y Cooper soltó un largo bufido bebiendo un largo trago de lo que parecía vino.
-¿Sabes ya lo que quiere?- preguntó al tragar.
-Tengo que hablar.- respondió raudo.- ¿Podrías… podrías quedarte con ella?
Nathan apretó una última vez mi mano y la soltó paulatinamente.
-¿Nathan?- me atreví por primera vez a hablar, mi voz sonaba demasiado ronca.
-Volveré en seguida, lo prometo.- me dijo él.
Acto seguido se volvió y corrió el trecho que nosotros habíamos escalado entre la multitud, ahora permanecía completamente vacío y desierto. Desconcertada, me quedé junto a Cooper, no sabía muy bien cómo describir lo que había ocurrido ni cómo interpretar sus palabras, solo sabía observar como Nathan se alejaba de mí.
La sensación de desconcierto se apoderó de mí, era como quedarse ciega y dar mil vueltas en un círculo marcado… tras ser soltada a un universo paralelo. Desorientada, esa era la clave. Miré a Cooper en busca de orientación, quizá él llegase a ser la brújula que necesitaba en aquellos precisos instantes. Soslayé su posición, Cooper se debatía entre sus dorados cabellos, quienes intentaban interpelar su visión al frente y los apartaba en gesto de desdén hacia ellos, se movía impacientemente, meneando el líquido parduzco de su copa. Él también permanecía nervioso, me di cuenta de que estaba acostumbrada a indagar en los pensamientos de la gente por culpa de la impermeabilidad de Nathan, pero con personas como Cooper era todo mucho más sencillo, como un espejo alzado ante todos.
Aquello era como inmovilizar a un peón, acaso yo fuera un peón en aquella situación, una pieza movida a merced de la gente. No, aquello iba a cambiar, me había alejado de todo aquel tiempo por esa misma razón, por ser libre, desatarme del lastre que acarreaba… Aquello contradecía por todo lo que había luchado.
Ignoré a Cooper y eché a correr por el mismo pasillo que minutos antes había recorrido Nathan, no estaba segura hacia dónde dirigirme, pero no pensaba quedarme parada por mucho más. Escuché los gritos de Cooper a mis espaldas, no traté de identificarlos como amenazas o prevenciones, si me detenía a pensar en mi amigo probablemente el desconcierto también me alcanzaría. La sala permanecía vacía, dando un aire más grandioso y vulnerable, el espacio seguía siendo enorme pero ya no impresionaba tanto como antes.
Giré la cabeza hacia todas las esquinas asequibles, memorizando papeles caídos, copas inacabadas e incluso varias colillas y puros. La gente había abandonado por completo la sala y se había desplazado definitivamente a la terraza exterior, allí no se veía nada ni nadie. Mierda, mierda, mierda…, no pude evitar pensar en la salida, dónde se había metido Nathan. ¿Se habría ido por donde los demás? ¿Habría otra posibilidad de salir del recinto? Debía actuar deprisa, salir y delatarme entre las gentes o buscar inexplicablemente entre los adoquines del salón. Escuché más cerca los gritos de Cooper.
-¡Cati! ¡Cati por favor, estate quieta!
Cooper me alcanzó al haber entrado en mi situación estancada, logró maniatarme por los brazos, aunque sin ejercer demasiada presión lo cual parecía facilitarme las cosas en caso de escapatoria.
-Nathan dijo…
-¡Al cuerno lo que dijo Nathan!- estallé como una bomba de relojería en mi interior.
Me viré para mirarle a la cara, sudaba bastante, algo reflejado en los mechones sucios que se pegaban en su rostro perlado. Había abandonado aquel optimismo primerizo que tanto me había sorprendido, me daba cuenta de que aquello todo había sido una falsedad, Alexia había sabido cómo transmitir perfectamente el aura de mentiras y apariencias que siempre la rodeaba.
-Es por tu propio bien.- amenazó en un tono serio que nunca había caracterizado con él.
¿Qué sabía él sobre mi bien? ¿Qué sabía Nathan lo que me empeoraba o lo que me estimulaba? No, no tenían ni la menor idea pero seguían mostrándose como maestros de aquel ultraje, catedráticos en mi mismo carácter y personalidad.
-Dime dónde están.- supliqué.
Aunque Cooper acertase reteniéndome con él, tampoco acertaría demasiado vagando hacia el paradero que lograba atisbar.
El interpelado alzó una rotunda negativa. No reconocía a Cooper, él no era así. ¿Dónde había quedado el amigo que tanto me había ayudado? Él sí me hubiera comprendido. Abrí la boca en ademán de presionarle hasta que soltase alguna querella, pero al instante un ruido hosco invadió la sala, procedía de unas grandes puertas de madera escondidas en lo más bajo. Los baños.
-No lo hagas.
Cooper me miraba, abriendo desmesuradamente sus azulados ojos vidriosos, continuaba manteniendo esa rocambolesca autoridad artificial. Alcancé a desasirme de su abrazo manipulador y, sin dejar de mirarle, corrí hacia la procedencia del sonido y no dudé a la hora de empujar la pesada puerta. La imagen pronto se tiznó de un característico blanco virginal, las luces fosforescentes daban un brillo antinatural a la escena del típico aseo de caballeros, aquellos precisos brillos destellaban como gotas de rocío sobre el suelo. Comprendí que la larga hilera de espejos que se encontraba a mi izquierda había estallado por completo, lo que explicaba los brillos trascendentales del blanco, también entendí quienes eran los dos causantes de aquel destrozo.
Nathan se tendía sobre las pilas secas, su piel se había tintado con un leve rosado despojando su habitual palidez suprema, algo parecido a la piel de un rollizo bebé, llevaba medio torso al descubierto y el resto de la camisa que había logrado sobrevivir presentaba un ligero matiz carmesí; sin embargo, llegué a atisbar que Nathan aún no tenía heridas ni cortes a primera vista. Quise correr hacia él inmediatamente, pero antes topé con sus ojos, abiertos de par en par, asustados, cohibidos, reacios. No quería que me acercase. ¿Aquello era la clave para todo aquel miedo?
-¿Tali?
Sonó una voz en mi nuca, una voz que jamás olvidaría y podría reconocer en cualquier parte.
-¿Daniel?- pregunté más que en un susurro a pesar de que no hacía falta hacerlo.
Paulatinamente giré sobre mis talones hasta vislumbrarle entero. El tiempo no le había afectado demasiado, aquel muchacho de complexiones que apuntaban a ostentosas sin llegar a conseguir su meta, ese color de ojos de un mar revuelto y oscuro, una negra cabellera como la oscura noche.
-¿Ya has dejado de llamarme An?