lunes, 25 de octubre de 2010

22. La última gota.

Arrebujé aún más los muslos contra el pecho, tamborileando los dedos sobre el gris de los vaqueros, tocando en el aire una canción muda cuyas notas volaban en el viento invisibles a ojos ajenos. Lentamente incorporé la cabeza hasta apoyar la barbilla sobre mis rodillas. Nathan seguía allí, deambulando en diagonal por la habitación, tal y como había estado haciendo aproximadamente un cuarto de hora según mi móvil. No había dicho nada aún, tan solo se limitaba a fortalecer sus gemelos y permanecer en un riguroso silencio. Suspiré agotada y desvié la mirada de él.
La habitación, situada al fondo del mismo pasillo que la mía, aparentaba una reducción del espacio debido a las dos camas, separadas por una mesita de noche de madera, que consumían gran área. El color de ésta distaba mucho del ocre blanquecino que adornaba la mía, en este caso un celeste etéreo alumbraba las paredes a conjunto con las colchas y el sillón egg que se situaba en frente de las camas.
En una ocasión había llegado a leer que el color azul significaba un estado de estabilidad, sabiduría y confianza equilibrado. Creo que había llegado la hora de hacer una reclamación a esos estudios.
El rodeo se vio terminado en un par de grisáceos ojos expectantes que por fin habían reparado en mi presencia. Sonreí taimadamente, dispuesta a hacerme ver indiferente ante lo ocurrido hacía unos minutos. Él torció atractivamente una de las comisuras de sus labios en respuesta, finalmente exhaló un suspiro.
  -Dime que estás bien.- rompió el silencio impuesto.
Por escasos segundos el rostro se me descompuso, aunque fui lo suficientemente fuerte como para ponerme una máscara de felicidad fingida en el rostro.
  -Estoy bien.
Nathan no respondió, se quedó inmóvil escudriñando el interior de mis ojos. Le sostuve la mirada, deseando que lo que decían sobre que los ojos eran el espejo del alma fuese erróneo.
Luego relajó su posición.
  -No te creo.- sentenció tendiendo de nuevo al movimiento.
Un relámpago centelleó en mi interior con brío cuando me descubrió. Maldita sea, ¿cómo me conocía tan bien?
  -No me creas.- le dije no presta a ceder ante la verdad.- Es tu problema.
Nathan volvió a pararse en seco delante de mí, lo que me hizo cantar victoria en mi fuero interno, la frase había hecho mella.
Aunque él abrió la boca en busca de una réplica… que se vio aplazada por un ruido en la habitación.
  -Fuera.- rugió Nathan de forma escéptica al momento.
  -Eh, esta también es mi habitación.- protestó Fredy quien haciendo caso omiso saltó en plancha sobre el sillón egg.- Conozco mis derechos.
Nathan le dirigió otra de las muchas miradas envenenadas que había lanzado a lo largo de la mañana aunque finalmente se dio por vencido y volvió a pasearse por la habitación.
Suspiré fatigada y comencé a balancearme sobre mí misma como una mecedora humana.
“¡Es todo por tu culpa! ¿Lo sabes?”. Las palabras no paraban de resonar en mi cabeza. ¿Mi culpa? ¿Qué diantres había hecho? La respuesta vino por sí sola. Muchas. Había hecho muchas cosas de las que ahora me arrepentía. Riley tenía razón, no era más que una maldita ególatra.
Me mecí con más fuerza, aquel vaivén parecía que me hacía algún bien. Entonces oí un resoplido que hizo elevar mi cabeza.
  -Vaya par de locos.- comentó Fred irónico.
Paré en seco sobre la cama, sonrojándome al darme cuenta que desde un punto de vista exterior debía de parecer como esas películas de terror donde una niña pequeña vestida con camisón blanco se traumatizaba en un manicomio.
  -Nadie te ha pedido que estés aquí.- gruñó el aludido.
Fredy se encogió de hombros burlonamente. Aquello me contrarió, tenía entendido que Nathan y él eran mejores amigos.
  -Siempre es mejor que estar ahí abajo. No sabes el pollo que se ha montado.
Nathan bufó.
  -Riley es idiota.- le murmuró a su amigo ignorándome.
De repente me sentí gravemente desplazada de la conversación. Quise gritarles en ese momento que en la habitación seguíamos siendo tres.
Observé como Fred jugueteaba con una muñequera suya, quitando importancia al asunto. Nathan se había parado otra vez a un lado suyo.
  -Puede. Pero Ashley está…- Fredy no acabó la frase, una mirada de advertencia le retuvo a hacerlo.
Me erguí rápidamente sobre la cama. ¿Ashley estaba cómo? Pude notar como los latidos de mi corazón aumentaban de golpe. Ellos sabían lo que estaba pasando.
  -¿Cómo está Ashley?- mi voz sonó una octava más aguda, carraspeé.
Vislumbré como Nathan y Fred mantenían algo así como una mirada cómplice a lo gángster entre ellos, y Nathan vocalizaba algo parecido a “Gracias”.
  -Está… un poco mal. Ha guardado reposo en cama hasta ahora.- intentó arreglarlo Nathan acompañado con el tono más dulce e irresistible que jamás haya oído.
  -Está destrozada.- sentencié.
  -Yo no he dicho eso.
Nathan me frunció el gesto aunque terminó por relajarlo cuando su dura mirada golpeó la mía. A pesar de todos los acontecimientos aún podía temblar bajo su hechizo. Descarté la idea de sucumbir al momento mientras retiraba la vista de él hacia Fredy.
  -¿Pero por qué está así?
Fred volvió a encogerse de hombros mientras daba más vueltas a su pulsera.
  -Después de haberse fastidiado la declaración de su compromiso… Es algo exagerado, pero bueno.
En aquel instante noté como un jarro de agua helada se derramaba sobre mi cabeza. El aire no salía y entraba en mis pulmones con regularidad. ¿Había oído bien? Acaso se iban a…
  -¿¡Casar!? ¿¡Ashley y Riley se van a casar!?
No debía perder los nervios de aquella manera y menos delante de alguien, pero aquello me superaba en creces. Ashley Smart, la misma chica que odiaba el matrimonio a muerte, la misma chica neoyorquina que tiempo atrás había sido una de mis mejores amigas, se iba a casar.
La imagen se formó instantáneamente en mi mente, algo que no pude contener a tiempo. Ashley, vestida con un vaporoso vestido blanco de cola, sobre el altar junto a un Riley engominado dándose el sí quiero delante de un cura.
Aquello me hizo convulsionar de pies a cabeza.
  -Tranquila, gracias a tu huida en la fiesta no dijeron nada.- aportó Fred creyendo hacer algún bien.
Entonces todo encajó. “Ashley está así por tu culpa”. Mi culpa, a eso se había referido Riley, a mi escena en la gala de anoche.
Miré de soslayo a Nathan, quien reflejaba en su rostro un debate entre acercarse a mí o no, él me había prometido que nadie sabía nada de mi escapatoria. ¿Me había mentido al respecto?
  -Estropeé la velada, ¿verdad?- dije, aunque me di cuenta que no conservaba ni un ápice de amargura al ver que era cierto.
  -Eso no le da derecho a Riley para que se comporte de esa manera.- rebatió Nathan.
Volví a caerme sobre la cama y respiré hondo para tranquilizarme y recobrar la compostura. Se produjo entonces un momento de silencio.
  -De todos modos no ha hecho más que decir la verdad.- susurré en alto para mí misma en un descuido.
Rodeé mi tripa con ambas manos hasta que llegaron a enlazarse en la espalda. De repente me vi desenfocando la vista en la moqueta, demasiado cansada como para pensar o si quiera criticarme. Entonces temí porque aquel bajón de azúcar podría acarrearme uno de mis mareos, cosa que sí debía controlar en presencia de alguien. Hasta ahora no había ido nada mal ocultándolo.
Oí a lo lejos un suspiro del cual no supe su procedencia, ni siquiera supe si había sido yo.
  -Cati, no te puedes acriminar algo que no has hecho.
La dulce voz de Nathan sonó demasiado cerca de lo que hubiera esperado. Parpadeé varias veces hasta que comprendí que estaba acuclillado en frente de la cama, sus manos ahora ardían como brasas sobre los muslos de mis piernas, pareciendo poder atravesar la tela, y su inconfundible aroma conseguía embriagar todo mi ser.
Deseé más fuerte que nunca que aquello fuese correcto, pero de momento desgraciadamente no se habían inventado las máquinas del tiempo, por lo que debía aprender a convivir con la lección achacada.
  -Pegué a Ashley.- confesé sin darme igual las repercusiones que tendría aquella declaración.
Instintivamente aparté la mirada de los ojos de Nathan, no podía soportar el hecho de que pudiera mirarme de mala forma, mas seguí notando el contacto de sus manos. Aunque se me olvidó el hecho de que sí había alguien que respondería por él.
  -¡Guau! Y parecía que no sabía dar un gancho... ¿Por qué razón no me he enterado de nada hasta ahora?- aulló Fred con socarronería entre carcajadas, aquello le divertía demasiado como para resultar sano.
Escuché como un sonido hondo vibraba en la garganta de Nathan, quien se dio media vuelta para mirar a Fredy.
  -En serio, Fred, si no vas a aportar nada bueno vete.- sugirió señalando la puerta con el dedo índice.
Fredy se ofendió claramente aunque segundos más tarde se recuperó e hizo como siempre, fingir que todo le daba lo mismo. Entonces se levantó, sacudió unas imaginarias motas de polvo sobre su ropa (que aún consistía en el traje de chaqueta amodorrado) y se dirigió a la puerta.
  -Como queráis. Me voy con Dorian, al menos él sabrá apreciar la buena carne.- se burló en un tono de falsa ofensión.
El portazo retumbó en las paredes hasta el punto de hacerlas estremecer, me encogí aún más. ¿Es que no sabía parar de herir a la gente? Suspiré.
Me removí sobre la colcha hasta conseguir desligar las manos de Nathan sobre mis pantorrillas, ahora era yo la que necesitaba movimiento. Recorrí la habitación en círculos varias veces, sin lograr pensar nada claro debido a un repentino dolor de cabeza que se cernía cada vez más palpable, finalmente me detuve delante de la enorme cristalera, idéntica a la de mi dormitorio.
Me había prometido desde un principio el quedarme tres semanas, aguantar hasta que terminasen las vacaciones, en ese momento me di cuenta de que aquello resultaba imposible. Dejé soltar las ilusiones de marcharme de Saint-Germain le Château que hasta hacía poco había acumulado hasta rebasar el recipiente, y me dije que era la hora de escapar otra vez ya que poca utilidad tenía allí ya.
Instintivamente mis dedos se aferraron al bulto de mis vaqueros, justo donde guardaba el móvil.
Las dudas me asaltaron, como siempre viendo las repercusiones que, al fin y al cabo, en el desenlace ignoraría. Echaba de menos Kenilworth, echaba de menos su enorme césped gratinado de paisajes caducifolios, echaba de menos los nervios de Melinda y la tranquilidad de Cooper. Comprendí que debía volver.
Como si lo hubieran esperado hasta ahora, metí hábilmente mi mano en el bolsillo hasta sacar el aparato y comencé a marcar la numeración que tan bien conocía.
  -¿A quién llamas?
Prescindí de la pregunta de Nathan sin apartar la vista de los números que garabateaba en la pantalla con impaciencia, finalmente apreté el botón verde.
  -Nathan, me vuelvo.- le contesté mientras los pitidos rezumbaban en mi oreja derecha.
Tras unos cuantos toques más la voz de una operadora sonó al otro lado de la línea afirmando ser el lugar con el que quería hablar.
  -Sí, mire, me gustaría reservar un vuelo en dirección a Londres.- pedí en un tono amable.
La mujer me pidió que esperase unos minutos, mientras se oyó el jaleo de unos papeles revoloteando por el auricular. Entonces, cortando la conexión, una mano de la que no vi sus reflejos a tiempo, me quitó el móvil de las manos. Sorprendida miré a mi alrededor buscando al agresor, Nathan asía firmemente el celular hablando por él.
  -¿Señorita? Ruego que me disculpe, ha habido un error.- le oí decir mirándome de soslayo.- ¿Sería posible reservar un vuelo más?
Noté como empezaba a hiperventilar intentando tomar posesión del móvil de nuevo, mas la composición de Nathan era demasiado grande para mis intentos. Contuve la respiración hasta que volví a percibir un ronroneo áspero que contestaba.
  -Ajá, entiendo.- otro ronroneo.- Sí, lo antes posible, por favor.
Aquello no me daba pistas de lo que estaba sucediendo, y parecía que Nathan no estaba por la labor de adelantarme nada. Rendida me limité a empotrarme contra el cristal y a cruzar los brazos enfurruñada.
  -Acompañante… Sí claro, en primera.- afirmaba otra vez al bisbiseo de la línea haciéndome desistir en seguir la conversación.- Perfecto.
¿No sabía decir otra cosa que alabar a la mujer? ¿Qué era tan perfecto? Bufé molesta por la negligencia de mis límites. Nathan siguió hablando por teléfono, esta vez dando algunos datos suyos entre los que pude escuchar mi nombre mezclado.
  -Está bien, muchísimas gracias por todo.- dijo. Me erguí al comprender que se estaba despidiendo.- Ha sido un placer hablar con usted.
La otra parte sonó unas palabras más hasta que Nathan se apartó del teléfono colgando y me lo tendió sin más explicaciones. Desconcertada rehusé cogerlo hasta que no me aclarara nada.
  -¿Y bien?
Nathan mostró una de sus devastadoras sonrisas torcidas, dándome a entender que la elegancia y el glamour habían vuelto a él después de todo.
  -Que no entiendo por qué no estás haciendo las maletas ahora mismo.

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