viernes, 4 de marzo de 2011

33. Una especie de tregua.

Ridícula. Esa era la palabra que estaba buscando en mi mente: total y completamente ridícula.
Me atusé los elevados cancanes interiores que llevaba el entallado vestido rojo semáforo, para que de algún modo posible pudiera disimular el volumen de éste. Me subí el escote sin que la longitud del vestido menguara en demasía y encajé las finas medias transparente que llevaba bajo unos impresionantes tacones, los cuales representaban todo un reto para desplazarse con ellos. Volví a mirarme fijamente en el espejo de mi cuarto de baño. Ya era la hora de irse, tendría que darme prisa si quería que Cooper me llevase a la fiesta, cuyo emplazamiento aún desconocía.
Una mujer de tez levemente acaramelada con afilados rasgos me respondía desafiándome. Los párpados sombreados de colores oscuros que ahuecaban la hendidura, el fuerte colorete de mis pómulos y el brillante “rojo pasión” en unos labios gruesos hacían que no reconociera mi rostro. Maldije a Melinda en mi fuero interno, se había pasado con el maquillaje. ¿Desde cuándo había pasado a ser una conejilla de indias en productos químicos?
Intenté quitarme parte de aquel potingue que parecía pesar tres quilos en las facciones de mi cara, era desquiciantemente patente que me había puesto todo el estuche de maquillaje encima. Las sombras oscuras se difuminaron en el contorno de mis ojos aunque inútilmente logré algún efecto deseado sino tan solo emborronarlo todo aún más. Esta vez la mujer era algo más parecida a una pobre gótica que no sabe cómo maquillarse acorde, algo penoso la verdad, lo que me deprimió aún más.
Rezumaba de nervios. Notaba cómo mi estómago se retorcía en todas direcciones, avisando de la expulsión de algún residuo, pero mi garganta se negaba a ello, ya que una sensación de amedrentamiento y sequedad áspera desértica se alojaba en ella como invitados. Me obligué repetirme a mí misma la inocencia de aquella noche, la falsa valentía que me engañaba poseer y los fructuosos resultados que tendría todo al final; aunque nadie se iba a creer eso.
Debía dejar de mirarme al espejo, compadecerse de uno mismo no solucionaba nada, pero mis ojos no podían apartar la mirada, imaginando deliberadamente en tercera persona lo que pensarían todos de mis apariencias.
Entonces la vi, una especie de erupción malva que se desarrollaba a lo largo del lado incipiente entre el cuello y el comienzo del omóplato, a pesar de todo el colorante crema que había teñido el marfil de mi palidez natural se seguía notando el morado del hematoma. No había reparado en aquello desde que misteriosamente había despertado en mitad del bosque, a excepción de varias hojas y ramas ensortijados entre mi cabello no me había ocurrido más, parecía que me equivocaba.
De repente sonó el móvil con aquel pitido incesante, reposado sobre la maleta preparada para pasar el fin de semana fuera. Fui a cogerlo, el nombre de Cooper rutilaba en grandes letras fosforitas en la pantalla, le di al botón rojo para colgar y directamente repasé mentalmente si no se me olvidaba nada en la habitación. Agarré con firmeza las asas de la maleta pequeña y, con gran desaliento y siguiendo querer vomitar sin poder, abandoné el dormitorio.

La dificultad pasó cuando las tortuosas escaleras empinadas de la torre conocieron los últimos peldaños. Sentí como los escalones que dejaba atrás clavaban su vista en mi nuca y se reían de mis resistibles facultades psicomotrices. Genial, hasta los objetos inanimados de mi imaginación se mofaban de mí. Traté de taparme entre mis manos y la maleta que portaba, no quería que nadie me viese de ese modo, bastante ridículo iría a hacer dentro de pocos segundos.
Había quedado con Cooper justo en las grandes verjas principales de Kenilworth, lo cual suponía un largo trecho en el que me luciría a solas, que era problemático, e iríamos los dos solos hasta la fiesta de Alexia, donde me las había ingeniado para intentar no caer mal a todos los convidados. Confiaba en que Cooper se sincerara conmigo y me confesara algo sobre los planes de Alexia o si, en el caso de que ya conociera su rutina en las festividades, desembuchara algo sustancial para mi propio provecho.
Si las escaleras habían sido toda una gincana para mis endebles tobillos, el sendero de arena humedecida representaba otro totalmente diferente. Logré a travesar sin matarme o ensuciar el vestido el campus entero y vislumbré a la lejanía un conjunto de luces brillantes en un almizcle de tonos rojos y amarillentos. Me fui acercando a paso lento pero regular a la salida, tan pronto como me acostumbré a la penumbra contrastada con el esplendor de los focos aunque no fue precisamente lo que me impactó era la imagen que había predecido recoger. El estómago se cerró en banda, y automáticamente dejé de sentir el resto de mi cuerpo, la única neurona de mi cerebro en funcionamiento me aseguraba que aquella maravilla era real. Instantáneamente la sangre se aglomeró en mis mejillas, y fue la única vez que agradecía haberme maquillado tanto como para que no se notara, la respiración comenzó a entrecortarse en irregularidades.
Una mancha de matices blancos y negros se acomodaba en un árbol cercano con un irresistible deje de comodidad, y un extrañamente oscurecido cabello broncíneo, junto con un par de ojos platinos que repararon en mi presencia, se posó en medio de la nada. Nathan se había puesto un refinado traje de gala, conjuntado con su impoluta camisa y su pajarita perfecta apretada al músculo de su cuello. Por un momento había olvidado la educación y fineza de su comportamiento. ¿Qué era una fiesta sin un pulcro traje de etiqueta?
Intenté controlarme, adoptar una postura más objetiva y cordial antepuesta a una máscara neutra, debía hacerlo. Pero era demasiado tarde, mi mente había comenzado ha realizar por cortesía de la casa una serie de hipótesis que explicaran su presencia, ninguna concretó con lo que realmente deseaba.
Fanática, busqué a Cooper por algún lado, quizá debido al  hecho de que Nathan no lograba despejar su mirada hacia mí y no estaba preparada para ver su reacción ni cómo se comportaría a partir de ahora conmigo. No quería saberlo... aún.
Encontré a Cooper saliendo segundos después de entre el follaje del bosque que rodeaba la incipiente carretera, llevaba un móvil consigo y lo zarandeaba alegremente con una brillante sonrisa en sus labios. Al menos alguien tiene expectativas para esta noche., pensé irónicamente.
Cooper iba bastante arreglado para la ocasión, aunque nada comparado con la elegancia de Nathan. Por primera vez desde que le había conocido se había peinado el alboroto de sus lacios cabellos rubios, aunque ahora prefiriera ese desorden, y vestía un rudimentario traje con la americana desabrochada en un deje de rebeldía y una corbata a rayas de un color ceniza que hacía juego con el penetrante celeste de sus ojos.
Zarandeé la cabeza para centrarme en lo acuciante de la situación. Abrí la boca para preparar la queja en mente pero Cooper no me estaba mirando a mí, sino detrás de mi espalda, fue entonces cuando recaí en que él estaba justo detrás de mí.
  -Eric me ha dicho que ellos están a medio camino, creen que es mejor no coger la autovía.- le explicó Cooper.
Aguanté la respiración por un momento para oír y sentir la de Nathan en mi propia nuca.
  -Entonces tomamos el camino que he dicho.
Cooper asintió mientras hacía sus propios cálculos mentales, luego suspiró y volvió a recuperar la sonrisa en su rostro. Sus ojos recayeron de una vez por todas en mí y en mi estrafalario vestido, pero no se rió, sino que parecía... ¿agradarle? Observé como iba a comentar algo sobre él, mas hubo algo en mi mirada que supo que debía acallar.
  -¿Lista para la marcha?- preguntó retrotrayéndose.
Hice una mueca de asco. ¿Intentaba animarme?
  -Lista para marcharme de aquí, si es lo que quieres decir.- susurré rígida para evitar la tentación de virar hacia atrás. Agarré la maleta para tapar más el vestido, y me incliné hacia su Bentley occidental.- Vámonos.
Cooper no perdió su molesta sonrisa y cogió mi maleta para meterla en la parte trasera del coche, por mi parte intenté meterme en el interior lo antes posible, Melinda no había caído en el frío que hacía en estas noches de temporada. Me acomodé en la parte lateral, apoyada al cristal de la ventana como de costumbre en los viajes. Escuché como se cerraba el maletero sintiendo la leve sacudida de éste en la estructura, aunque la puerta trasera se abrió una segunda vez trayendo consigo débiles remaches de aire frío. Me giré, era Nathan.
Sentí como la presión sanguínea aumentaba, el corazón aceleraba su potencia al máximo como si se preparase para correr una maratón. A penas fui capaz de verle y admirarle en plenitud, allí sentado junto a mí, irradiando su calor, sino que cerré los ojos hasta que Cooper lo arregló todo para comenzar el trayecto.
  -Cogemos el desvío, ¿no?
Ahora entendía que lo que habían hablado fuera no era un consejo, sino una receta a seguir. Rechiné los dientes para no gritar, aquello era una emboscada en toda regla.
  -Creí que íbamos a ir juntos.- comenté sin nada sustancial.
Aún no podía abrir los ojos del todo.
El motor arrancó, y sentí el vaivén del movimiento del coche por la carretera.
  -Eso hacemos.- contestó Cooper.
  -Solos.
Él me miró con desconcierto a través del retrovisor, enarcando una ceja con suavidad y dulzura. ¿Por qué se alegraba tanto por una estúpida fiesta? Pero sabía a lo que estaba concretando.
  -Le presté el coche a uno de tus compañeros. Cooper solo se ofreció a llevarme.
El mismísimo Nathan había contestado con su adorable voz que me hacía gemir solo con oírla. Me sonrojé de nuevo al ver lo idiota que había quedado al haber actuado como si él no estuviese delante, era imposible marginarle de aquel tipo de conversación.
  -Espero que no te importe. Creí que no te molestaría…- murmuró ahora con más confianza sin evitar el tema.
Fui consciente de que el rubor se extendió por toda mi cara maquillada y procuré agachar un poco más la cabeza para ignorar a Nathan, de este modo fijé el rostro en la oscura carretera que pisaban nuestros neumáticos.
Se produjo un silencio incómodo, un apartado que era mi deber rellenar, pero no tenía fuerzas, el enojo había pasado.
  -No.- dije en voz baja y una novena más aguda.- No importa, de verdad.
Sonaba realmente razonable su excusa, ¿por qué no creerle?
Las rayas que circundaban la carretera, blancas y amarillas, se turnaban en baches rápidos y fugaces, intenté contarlas para distraer mi mente del reducido espacio que compartía en aquellos momentos.
El silencio había vuelto, y seguía siendo tan incómodo como antes. El aire se sentía disentido, desgastado y robado unos por otros; nadie sabía que hacer o decir para irrumpir la mala racha o reanimar el espíritu festivo, al menos era lo que suponía que estaban haciendo Cooper y Nathan.
Las líneas pasaban unas tras otras veloces, imaginé que Cooper iría a una velocidad razonable para ir por carretera. Tan solo había ido una vez en coche con Cooper como conductor, pero tampoco podía sacar mucha perspectiva de aquella experiencia. Pronto las líneas se convirtieron en un mero borrón sobre el asfalto negro, por lo que el abatimiento por la impotencia de lograr contarlas fue apareciendo hasta terminar.
Instintivamente me llevé la mano al cuello, sentí el frío del sudor de mi mano sobre lo caliente de mi piel, y expiré lenta y sordamente. Tenía la mente en blanco, las preguntas que se rehacían en el fondo de mi consciencia se trituraban por canales anclados en la superficie de la corteza, un mecanismo de prevención. Hacía mucho que no dejaba de torturarme con aquellas preguntas: ¿Cómo? ¿Por qué? De todo, siempre había leído que todo tenía una explicación, y yo quería saberla. Pero aquella noche era distinto, a penas podía pensar o recapacitar sobre algo en concreto, y deseaba que todo siguiera de ese modo.
De pronto el paisaje comenzó a desenfocarse. De golpe volví a la realidad, al interior del Bentley, pero la carretera que llevaba observando durante todo el tiempo empezaba a difuminarse en golpes esporádicos de retina. Poco a poco un muñón fue aposentándose en medio de mi tráquea, provocando unas innecesarias arcadas suplementarias a los nervios a flor de piel e impidiendo la entrada y salida regular de la respiración cardiaca.
El pánico inundó cada una de mis células, estaba volviendo a suceder, sabía que aquello deambulaba a su antojo por mi organismo, pero había sucedido esta vez de repente sin avisar. Procuré no realizar gestos demasiado directos, sino ir despacio para no desmayarme a la primera. Quizá esta vez pueda controlarlo., pensé con ánimo.
El dolor acuciante llegó dando la bienvenida, penetrando como relámpagos temporales en mi cuerpo y dañando toda la visión completa. Intenté concentrarme en la lección de historia que el Sr. Fellon había dado el pasado jueves sobre la Guerra Fría, citando palabra por palabra su discurso y recreando la cara de espanto de Kora durante éste; tan solo necesitaba una distracción.
Guerra Fría. Comunismo. Unión Soviética…
Parecía que funcionaba disipar el mareo con un ataque preventivo.
Entonces oí un ruido de metálica de fondo, algo parecido a un solo de guitarra acompañada por batería y una excéntrica voz desgarrada. ¿Había música en el coche? Puede que fuese lo que explicaba la menor tensión entre ellos, yo ni siquiera me había dado cuenta, de lo contrario hubiera ordenado inmediatamente apagarla.
El dolor seguía incipiente, haciéndose más patente en mi cuerpo, y prácticamente había desconectado de la visión periférica que recibía del exterior, tan solo un borrón sin concretar de la realidad.
Comunismo. URSS. Capitalismo…
No, no… Empezaba a fallar. Debía concentrarme, no tenía que desmayarme. Me centré en la primera y última vez que había permitido que Nathan me viese de esa manera, las consecuencias que había tenido... No podía perderle de nuevo, no lo soportaría por tan poco tiempo.
Los jadeos de mi respiración se entrecortaban y los pinchazos de dolor me hacían retorcerme de dolor. El incremento de la potencia de la aflicción era real como la ponzoña que rodeaba mis venas en aquellos momentos, estaba peor. A pesar de que el número de desmayos se había reducido a la mitad, el golpe resultaba más duro y actuaba con mayor entidad.
  -Cooper para el coche.
La voz la había oído bien, y no había sido la mía precisamente.
Me giré con cuidado hacia Nathan, miraba directamente al conductor, transmitiendo con la mirada la autoridad y urgencia de la situación. ¿Cómo se había dado cuenta?
  -Sí, para en ese arcén.
No logré escuchar la voz de Cooper en la lejanía, pero sí noté la afirmación de éste cuando la movilidad del coche cesó en cuestión de segundos.
Entonces el difuso rostro de Nathan se volvió hacia mí, y sentí como el viento azoraba en mi piel lacerándola por el frío de la ventisca. Hacía demasiado frío del que había supuesto. Y, de repente, salí en volandas del coche, fue ese instante en el que me di cuenta de que Nathan me había agarrado desde el principio y me sostenía en brazos.
  -¿Qué haces?- mi voz sonaba muy baja y sin fuerzas, por lo que prácticamente delaté mi estado.
  -¿Tú que crees?- contestó intentando aparentar una falsa nota de ironía, aunque el tono grave delataba su preocupación.
  -Suéltame.- dije mientras que maniataba mis manos con sus brazos sin lograr el efecto deseado.- Estoy…
  -¿Bien?- se jactó él mismo terminando la frase y enmudeciéndome al dejarme fuera de combate. Luego suspiró y recobró su ya casi habitual faceta neutral en sus hermosas facciones.
Habíamos andado con paso ligero a través del arcén donde Cooper había tenido la suerte de encontrar en medio de la nada. Los árboles del bosque aún acuciaban sus ramas delineando los extremos, esta vez oscuros y siniestros mostraban un apetito gótico su entrada a la plenitud de la madre selva.
Nathan se detuvo al comienzo de ese punto intermedio, se arrodilló aposentando mi cuerpo sobre su regazo y dejando mi cabeza algo más suelta en su brazo. Parecía decido para saber lo que iba a hacer. Sacó entonces algo metálico que relució con las luces del coche. Traté de enfocar mejor la vista, pero seguía sin dar nombre al objeto, me encontraba demasiado aturdida como para identificar nada, solo era consciente de que Nathan estaba cerca y de que esa noche no había luna.
Nathan alzó el objeto de aspecto metálico sobre mí, cayó entonces un breve arroyo de un líquido cristalino que sentí caliente chorrear por mi cuello y llegar a embadurnar hasta los omóplatos y el mentón.
El líquido penetro por mi piel, impidiendo que el frío traspasase, por lo que por un momento me sentí como si me encontrase junto a una enorme chimenea caldeada, aunque luego el efecto se pasó. Recuperé poco a poco la visión y el dolor menguó hasta ser algo llano y uniforme, a pesar de todo seguía encontrándome a punto de desmayarme.
  -¿Mejor?
Asentí.
Nathan sonrió ampliamente y me incorporó paulatinamente a tierra firme. Sentí su brazo abrasándome el costado por el contacto entre ambos, aún así le agradecí que me mantuviese erecta ya que probablemente si hubiese dependido de mí no lo hubiera conseguido. Finalmente entramos en el coche, donde con la extrema suavidad que enmascara el anhelo, me acunó entre sus ropas. Y yo, agotada y dolorida, me rendí y aposenté mi cabeza en su pecho marmóreo.
En realidad no comprendía lo que acababa de suceder, era como un lapsus en mi memoria, solo entendía que ahora estaba mucho mejor que antes y dudaba si alguien se había dado cuenta de mi verdadero estado deplorable. ¿Qué era ese líquido? ¿Cómo había sabido él lo que hacer?
Sentí como Nathan alcanzaba a deshacerse de su chaqueta y la tendía sobre mi cuerpo, tapando al completo mi piel desnuda, lo cual agradecí por esconder el horrible vestido que llevaba puesto.
Exhalé un suspiro. Hundí mi rostro entre su impoluta camisa blanca y sus brazos abarcándome y sujetándome firmemente, su aroma tan empalagoso me embargó en un mundo lejano. Traté de descifrar de qué estaba compuesto, ya que siempre lo había atribuido a él pero nunca sabía cómo describirlo, quizá una mezcla de olor a rosa mosqueta, cigarrillos y miel. Me reí de la estupidez y la deficiencia de mis sentidos: rosa mosqueta, cigarrillos y miel no era precisamente un olor muy bueno para clasificarlo como excelente.
A la vez que volvía a desarrollar toda mi consciencia plena, escuché el ruido de música como fondo, y el tarareo de Cooper sobre ésta y su compás. Acoplé una horrible mueca a mi boca, prefería haber estado mareada a oír música.
  -¿Qué pasa?
Viré la cabeza hacia la procedencia del susurro. Nathan me observaba desde su punto alzado, el iridio de sus ojos se fundía en líquido espeso pasando rápidamente su mirada a varios lados de mi rostro para localizar la posibilidad de algo erróneo en él.
  -Nada.- vocalicé sin fuerzas para contestar sobre mis estúpidas teorías. Él frunció el ceño y, como una ráfaga, pasó el dorso de su mano por el resquicio de mi mejilla llameándola como zarza expuesta.
Luego suspiró, un suspiro lleno de cansancio.
Predije que aquel era uno de los momentos en los que a continuación la máscara neutra se posaría en sus facciones y sus ojos grises ya no se encontrarían en este mundo, sino en el vacío perfecto, donde no puede existir el dolor. Por muy egoísta que pareciera, no quería que se fuese de aquel coche, tan solo que estuviera presente mientras me apretaba contra su pecho.
Un escalofrío inevitable recorrió mi cuerpo entero cuando el pensamiento llegó a mi mente, tan nítido y tan viable que no lo había visto venir ni bloquear a tiempo como lo llevaba haciendo desde el verano con Ashley. Él. Su cuerpo. Poder tocarlo sin dolor, poder ser libre.
Instintivamente cerré la mano en un puño deseando que hubiera algo disponible para descargar la frustración contra él, en cambio solamente me basé en perforarme la carne con las uñas al apretar con fuerza.
  -¿Tienes frío?
  -¿Qué?- pregunté distraída. Debía haber tenido más cuidado, ahora tenía compañía.- No.
Nathan apartó la mano que se aposentaba tranquilamente en la hendidura de mi cintura, como el encaje de un rompecabezas, y con delicadeza deshizo el embrollo de mi puño. Las marcas de mis uñas se notaban como parte de una estructura dañada a presión, pero él las acarició tratando de sanarlas con ello.
Aguanté la respiración, viendo que pronto se agitaría en desenfreno, y no pude evitar odiar toda sutileza en mí. Conmigo no era factible ser tan tierno.
Entonces, como un movimiento sin premeditación, Nathan acercó sus finos labios hasta mi oreja, jugueteando con su nariz mis cabellos sueltos. Al no poder evitar relajarme noté que por un instante me había crispado.
  -Si tienes calor no dudes en quitarte esa horrible chaqueta.
Cerré los ojos disfrutando de su voz grave y penetrante a la vez que su aliento recorriendo mi yugular hasta acceder en el gusto de mi boca. Oí unos jadeos, había soltado el aire.
Sonrió autosuficiente y oí una carcajada muda vibrando en la piel de mi pómulo.
Traté de calmarme y mantener la mente en blanco (algo realmente difícil con él).
  -Pues es tu chaqueta.- bromeé intentando no romperme a pedacitos.
Volvió a reírse, más afectuosamente.
  -Me gusta mucho más tu vestido.
En ese momento me infundí la valentía necesaria para abrir los ojos y escrutar su cara, su hermosa cara. Sus dientes lobunos dentelleaban como perlas a pesar de no haber luz de luna, escondidos tras la superficie de una de sus sonrisas maquiavélicas que me encandilaban aún más que las torcidas, porque era cuando más deseaba leer la superficie de su corteza mental. En cambio, me decanté por las chispas verdosas de sus ojos saltando como corriente eléctrica.
  -Estás de broma.
  -Para nada.- me confió mientras con naturalidad inclinaba mi cabeza hacia la de él con un movimiento magnético, de modo que podía notar su acento entre mis labios.- El color rojo es mi preferido.
El oxígeno abandonó definitivamente su alojamiento en mi cerebro y noté como él no prescindía de su sonrisa pícara. Mi mente lo recordó todo saboreándolo todo en una acción directa, automático, el beso que había tenido, el lo hacía más difícil todo. Mi saliva había probado la suya, y mi olfato reconocía su olor ahora lo anhelaban más que nunca, una especie de fumador compulsivo.
El mareo comenzó de nuevo, pero esta vez por una causa totalmente distinta.
  -¿Por qué?
Nathan me auscultó extrañado, mas luego pasó su mano por entre mi pelo desalojando los posibles mechones fraudulentos de mi cabellera.
Ni siquiera sabía por qué había hecho esa pregunta.
  -El rojo, -explicó como cuando se le explica a un niño que dos más dos son cuatro.- es el color de la sangre.
Volví a aposentarme en su pecho, tenía que dejar de hiperventilar de aquella forma tan exagerada, y traté de meditar la coyuntura de su respuesta.
  -Un poco drástico, ¿no crees?
  -No. El rojo es el color de la vida, el que nos recuerda que tenemos una… Sin la sangre, no hay subsistencia para los humanos.
  -Nunca lo había visto de ese modo.- me sinceré.
Nathan rió alegremente, sin prejuicios, y yo lo celebré también cuando volvió a aposentar su mano en mi cintura.
Rescaté lo que había dicho Melinda sobre el vestido que ahora llevaba encima: Es una pena. Estaba segura de que a Nathan le hubiera encantado que te lo pusieras… Eso era lo que había dicho. En el fondo reconocí que había intuido una trampa desde el principio.
Sonreí y de nuevo cerré los ojos, esta vez no por miedo, sino para memorizarlo todo. Aquella extraña tregua entre ambos no iba a durar por toda la eternidad ni mucho menos, era consciente de ello, posiblemente fuera una de las dagas que arañaba con fiereza mi interior; pero también sabía que cuando acabase, cuando el sol y la luna tomasen su retorno como angustia placentera del olvido momentáneo, sería necesario todo y más para sobrevivir a la oscuridad.
Cooper conducía tranquilamente, dando un lento paseo por el cielo estrellado. Hoy no había luna.

2 comentarios:

  1. joo precioso!! (L)
    sigue asi pequeña canguro jajaj moradilla :)

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  2. Pequeña canguro? Jajajaja Soy Heidi! :P
    Intentaré seguir los capítulos ya que la Srta. se ha dignado a ponerse al día jajaja ;)

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