-¡Margarita, por favor! ¡Por favor!- le supliqué con todo el ahínco que
conocía.
Su
mirada rehusaba la mía, ignorando mis súplicas e intentando recoger todas las
cosas tiradas de mi habitación: horquillas perdidas, telas descartadas… Aquello
parecía una leonera, la guarida de un animal enloquecido.
-¡Oh,
vamos! ¡No te cuesta nada!
Intenté
captar su campo de vista, moviéndome de tal manera que fuese yo el primer
plano; mas aquel tupido vestido, inmóvil por la acción de los numerosos
cancanes inferiores, estropeaba los movimientos ralentizándolos.
Creía
que el corazón iba a desbocarse de mi pecho, jamás había notado que hubiese
bombardeado más que en esta ocasión, las manos me sudaban pegajosas y húmedas,
y habían hecho falta más de dos kilos de polvos para cubrir mi piel, la cual a
pesar de su natural palidez sobrenatural, se había tornado de un tono escarlata
alarmante que conseguía incluso difuminarse con mis labios carmesíes. No
lograba calmarme, mi ser temblaba de una manera incontrolable, ansiaba salir.
La
débil música de la orquesta se percibía a través de las paredes a pesar del
murmullo inminente de las voces provenientes del enorme salón de baile. A
medida del transcurso del comienzo de la fiesta había diseñado una especie de
método lascivo para crear una idea aproximada de cuánta gente había, pero había
perdido la cuenta al quedarme en “demasiados”. Habían venido todos, o al menos
esa era la única información proporcionada de la fiesta. Durante los últimos
días la gente había estado yendo y viniendo, montando desde enormes
decoraciones provistas de esponjosos ramilletes de flores hasta los mínimos
detalles, como el grabado de las iniciales de la familia en dorado en el lino
de las servilletas. Aunque de todo ello se me había excluido de una manera
forzosa, me habían educado con la idea de que aquella era la fiesta de An y mía,
nosotros íbamos a ser los inminente protagonistas, y que este acontecimiento
cambiaría nuestra existencia por el resto. Pero, ¿de qué manera? ¿Qué se
suponía que iba a acontecer?
-Usted
ya ha oído a su madre, no debe salir todavía.- se limitó a decir recogiendo un
peine desperdigado.
-¡Pero
es injusto! ¡Es MI fiesta!- exclamé incidiendo en el “mi”, en parte era cierto.
Desistí en el empeño de perseguir a mi nodriza por toda la habitación y me
senté enfurruñada en una esquina, ya daba igual si se arrugaba la seda de mi
vestido o no.- Tan solo pensáis en recluirme, como habéis hecho durante todos
estos meses… “Es por tu bien”, “Hay una amenaza ahí fuera, es mejor estar
aquí”, es lo único que decís todos. ¡Pues estoy harta! Fuera de estas paredes
no hay nada malo, el mundo es maravilloso pero os negáis a reconocerlo.
-Señorita…
-¡No,
Margarita! ¡No me contradigas!- salté exhausta e iracunda mientras la señalaba
con mi dedo índice como acusándola de todo aquel reclutamiento.- Todos piensan
que soy una niña… ¡Pero no lo soy! Sé tomar yo solita mis decisiones. ¿Pensáis
recluirme en mi habitación hasta los confines de los tiempos? ¿Ocultándome
todo? Como anoche con el piano…
-¿Ya
empieza de nuevo con esa tontería, señorita?- gritó Margarita dándose la vuelta
hacia mí, sus ojos se habían desorbitado levemente.- Fue todo un sueño.
-Sé
lo que pasó yo… yo…- tartamudeé al final de la frase, no podía hablar sobre el
chico que había visitado mi piano, aquel melancólico y misterioso muchacho que
había traído consigo la más exquisita de las melodías.
Conseguí
morderme el labio a tiempo, no podía decir con toda tranquilidad cómo me había
saltado una de las normas: no escaparse. Refunfuñé palabras incomprensibles,
maldiciones dirigidas a una idea abstracta que provocaba la presión en mi
pecho. Jamás había tenido la paciencia requerida en una persona, no iba a
empezar a desarrollarla durante los próximos minutos, por muy eternos que se me
antojasen.
Suspiré
y me dediqué a enterrar mi rostro blanqueado como el marfil en el interior de
los repliegues del oscuro vestido. Respiré hondo para calmarme y traté de
centrarme en el dulce aroma de los agudos violines al fondo, me concentré en
golpear con los dedos izquierdos las notas más significativas, interpretando
acordes imaginarios y desconocidos en su mayoría. Era una lucha entre el potente
sonido del violonchelo contra la fineza del conjunto de los violines, algo
hermoso y vivificante a un mismo tiempo.
-Haydn
no es de mis favoritos… pero he de reconocer que ostenta un importante puesto.-
dijo una voz masculina de entre la oscuridad.
Levanté
la cabeza con tanta fiereza que oí crujir la columna vertebral, reconocía
aquella voz rota y cascada como si fuera
la acción de un trago de miel en la asperaza. Sus cabellos, blancos e
impolutos cual nieve virgen, exaltaban un gastado rostro, acuñado por el paso
del tiempo, ya que cada arruga parecía querer esculpir el detalle de su cara;
sin embargo, su porte, aunque encorvado, se mantenía en una posición galante
propia de un caballero.
-¡Abuelo!-
exclamé sin controlarme. Sin dudarlo salté de mi posición como un felino
agazapado ante su presa esperando el momento de brincar sobre ella.- ¡Has
venido, has venido!
-¿Cómo
podía perderme yo el cumpleaños de mi pequeña?
Sus
temblorosas manos se alargaron para recogerme en un abrazo, olía demasiado a
puros y ginebra.
-¡Ya
no soy una pequeña!- refuté medio iracunda pero sin desenterrar mi rostro de
sus elegantes ropas.
El
hombre se rió, algo que pretendía ser una carcajada afónica terminó
transformándose en un quejumbroso ataque de tos que hizo que vibrase todo su
cuerpo y a mí con el suyo.
-¿Ha
oído, Margarita? Ya no es una pequeña.- dijo mientras pretendía volver a
reírse. A lo lejos escuché el resoplido de Margarita.- Crecen tan deprisa…
La
frase rompió en un silencio mortificador que, sin saber por qué, hizo que los
nervios se desbordasen. Finalmente me separé de mi abuelo con tal de
contemplarle y mostrarle una gratificante sonrisa. Él se dedicó a mesar los
cabellos que azoraban el exterior del peinado recogido, no obstante no llegó a
mirarme a los ojos, sino que pareció quedarse inmerso en las hebras de mi
oscuro cabello.
-¿Sabes
que hoy es un día muy importante, verdad?
Sentí
como mi corazón daba un vuelco inesperado.
¡Por
supuesto que lo sabía! Desconocía el por qué… pero algo iba a cambiar con esta
fiesta, un cambio drástico en mi vida. ¿Mi esperada y amada libertad? ¿Otro
confinamiento? Respuestas ambiguas que podían componer o destruir mi vida y mi
alma.
Me
limité a asentir levemente con la cabeza, cautelosa de aquella cuestión.
-¿Pero
por qué…?
-¡Shh!-
siseó reclamando silencio. Haydn seguía sonando con un Concierto para Cello.-
Lo comprenderás pronto. Por ahora… ve y disfruta de tu gran noche.
Se
separó lo suficiente, abarcando los brazos en cruz hacia la enorme puerta de
roble, instándome a salir. Un relámpago de felicidad prematura ahogó mi cuerpo,
escudriñé por última vez a Margarita, quien se encontraba al lado del inmenso
espejo, a ella le acompañaba una extraña figura pálida debido al evidente
contraste del azul oscuro con el perlado de su piel. Comprendí que aquella
mancha borrosa era yo, un almizcle discordante entre el eclipsado del vestido,
la demacración de la piel, el rojo de los labios y el negro azabache del pelo.
Aquella no era yo, era una criatura de la noche.
No
quise detenerme a pensar, mas un escalofrío rondó mi espalda. Salí de la
habitación como un halo torpe y apresurado, y mientras descendía los escalones
tarareé la melodía evocando a mi memoria el recuerdo de aquel navío libre.
El
resplandor resultaba cegador como el sol mismo, igual que si uno de sus
abrumadores rayos hubiese encantado la sala con su poderío. Sugería un ambiente
caótico y cristalino debido a la incidencia de la cuantiosa luz a través de las
aparatosas arañas de cristal y el hielo y escarcha decorativa con la que estaba
ataviada la sala principal, asimismo hacía que predominasen los ambiguos tonos
azulados y el grisáceo como temas prominentes. Las alargadas mesas
rectangulares se habían dispuesto excluidas del centro, limitando los bordes de
los salones, lo que hacía que la sensación de agrupación de las gentes fuese
mayor y que el centro de mesa, una mesa redonda expuesta en la mitad del salón
de baile, sobresaliese aún más exhibiendo la vanguardista bandera de la
familia: un escudo a rayas rojas y blancas coronado por el casco de un
caballero medieval y difuminado por una enredadera de color púrpura.
Tal
y como había temido, había demasiada gente en la mansión, los cuerpos se juntaban
y apretaban de manera que no había posibilidad de conocer quién te rodeaba
delante o detrás, a derecha o a izquierda. Todos los hombres parecían
idénticos, vestidos con elegantes fracs negros, puro y copa de alcohol en mano,
hablando gravemente y en murmullos quedos entre ellos; así como las damas, un
tanto más variopintas en la elección del color, meneaban sus cancanes y
gorgojeaban estridentemente. No reconocía a nadie, tan solo conocía a los
invitados como lo que eran, una masa ingente de gente, y por ello únicamente
había podido tratarles como eso, un conjunto abstracto sin personalidad.
Me
escabullí del centro de la fiesta, donde la aglomeración de convidados era
mayor, en dirección a las escaleras superiores, por las que había bajado apenas
unos minutos, y hacia el hall de entrada, donde ubicaban múltiples criados y
mayordomos. Intenté alzar la cabeza entre el barullo de cuerpos, aunque seguía
midiendo unos centímetros menos que los demás, en busca de un rostro conocido,
alguien a quién pegarme. ¿Dónde estaba An? ¿No se suponía que también era su
fiesta? ¿Dónde diablos se había metido? Me había dejado sola, a merced de una
fiesta que ni siquiera podía controlar ni dirigir.
Logré
llegar a los extrarradios del centro, me situé justo en un pasillo alternativo
que se encontraba a penas invadido. Allí traté de pensar en un lugar donde
pudiese estar An, quizá él podría explicar qué acontecería en esta fiesta o
cómo y qué se suponía que iba a suceder en la misma. De inmediato pensé en el
desván, pero aquel era un sitio demasiado recóndito y excluido como para que An
lo tomase prestado en una noche así. No, si él no estaba en la fiesta de abajo,
tampoco lo estaría arriba enclaustrado, no era propio de él. La respuesta llegó
como posible alternativa, ¿habría sido An tan estúpido para esconderse en la
biblioteca? Una débil sonrisa relampagueó mi rostro mientras corría con el
corazón desbocado de esperanza hacia las puertas de la biblioteca que tanto
amaba mi padre. Tomé el frío pomo cincelado con la cabeza de un halcón y empujé
el portillo, primero con menos vehemencia, pero tras varios intentos vanos,
traté de suprimir la inercia de la puerta con los hombros.
-¿An?
¿An estás ahí?- pregunté a la inanimada cerradura. ¡Había sido capaz de
encerrarse!- ¡An, estúpido, sal!
¡Cobarde!
¡Había sido capaz de dejarme ante la jauría! Noté como la punta de mis orejas y
de mi nariz ardían de enfado hacia mi querido amigo. Él sabía que aquello no
sería una fiesta si él no estaba presente, que era más importante que cualquiera
y tenía el deber y la obligación de presentarme ante la sociedad.
Me
giré en redondo, con un poco de suerte podía encontrar a algún sirviente que
forzase la puerta o al ama de llaves para que la abriese. Sin embargo todo
desapareció en el mismo instante que hice ese movimiento, el ruido y la música
se convirtió en un eco distante y el solo recuerdo de mi presencia física en el
mundo se transformó en algo borroso e incierto. El extraño muchacho de la
melodía había vuelto y estaba allí presente, hablando trémulamente entre un
grupo de personas apartadas a unos metros de donde me encontraba. Esta vez la
mayor iluminación de la situación permitía observar con claridad sus facciones,
la esclarecida piel, la cual se me había antojado en un principio más tersa y
demacrada, parecía ahora perlina y suave, azoradas por el ángulo de su mentón y
su nariz. Su broncíneo cabello parecía esta vez haber florecido en cuanto a
matiz y brillo, destacaba su resplandor en mechones peinados con cuidado hacia
arriba en punta, con un deje de rebeldía. Los hermosos ojos grisáceos
descansaban sobre la copa de vino que llevaba en la mano, alternando miradas
con los acompañantes de diálogo correspondientes, mientras sus amoratados y
finos labios se movían en pequeñas y cortas frases que no alcanzaba a
discernir. El chico no notó ni mi incesante mirada, ni siquiera mi presencia en
aquella casa.
Las
emociones fueron múltiples en aquel momento, primero sentí desilusión por su
inminente ignorancia hacia mí durante la velada, después esa decepción se desfiguró
en alegría por el hecho de poder corroborar que aquella magnífica melodía no
había sido un sueño y su prueba se había hecho material, pero más tarde el
miedo fustigó mi interior obligándome a respirar con irregularidad, ¿tenía el
suficiente valor para ir junto a él? Si
tienes la valentía para recorrer el mundo, para permanecer a su lado también.,
dijo una potente voz interna.
-Se
considera que esto es una festividad, ¿me equivoco?- decía una mujer de pelo
castaño y ondulado, su voz se constituía en un susurro pero el eco de sus
palabras hacía que sonara una nota irónica en su atmósfera.
-Elizabeth,
nos correspondía el placer de visitar a nuestros viejos amigos.- respondió
tranquilamente una seductora voz, apacible y amable, perteneciente a un hombre
de lacio pelo rubio un tanto mayor que la mujer a la que recriminaba con
aprecio y sutileza.
A
medida que me iba acercando entendía las palabras que murmuraban. La mujer
soltó un bufido al tiempo que le daba otro sorbo a su copa.
-¿Viejos
amigos osas decir? ¿Desde cuando nos juntamos con gente tan ordinaria, Darcy?-
exclamó. El muchacho de mi melodía rió ante aquel comentario, lo que avivó la
agudeza de los comentarios de la mujer.- Además, aún no se nos ha gratificado
con el gusto de conocer a la niña de los Darmon. ¡Qué desfachatez!
¿Hablaban
de mí? ¡Sí, yo era aquella niña! El término me había enfurecido, pero el
interés por esas personas superaba la furia.
El
llamado Darcy, proporcionó una horrible arruga a su frente ante el comentario
de su compañera.
-Los
Darmon son tan importantes como nosotros, Elizabeth, espero que al menos eso
logres recordarlo. Y quisiera dejar constancia de su amabilidad y bondad en
cuanto a los miembros de nuestra raza y que, según mi más humilde opinión,
propician agradables veladas como esta.
Sonreí
de gratitud hacia Darcy, aunque no había tenido constancia de su estrecha
relación con mi familia. Bueno… ¿es que acaso conocía alguna otra relación con
otras “familias inmortales”? Solo podía nombrar a An en ese sector.
Vislumbré
que el chico volvía a reír, esta vez con un poco más de viveza.
-Carece
de importancia, preferiría mil veces encontrarme ahora sentada junto al fuego
de mi casa a permanecer aquí esperando a una chiquilla.- sentenció malhumorada
Elizabeth ante la contestación de su comentario.
El
silencio invadió al pequeño grupo y yo casi me había colocado tras sus espaldas.
¿A qué esperaba a hablar y delatar por fin mi presencia? ¿Acaso ellos no me
habían nombrado y evocado en cierto modo? Pero resultaba más agradable
permanecer tras el telón sin la puesta en escena, un testigo siempre era más
emocionante que un protagonista. No obstante, aquel papel secundario duró a
penas un instante, ya que pronto unos grisáceos ojos me delataron y tres
rostros ajenos se volcaron hacia mí.
Palidecí
de angustia y nerviosismo.
-Bu…
Buenas noches, caballeros.- dije al fin en una supuración aguda de mi voz
mientras realizaba una torpe reverencia.
Aquellas
tres personas me miraban con curiosidad, dos pares de ojos grisáceos y uno
negro azabache como la noche. Observé con curiosidad a los presentes que no
conocía, la mujer era mucho más joven de lo que había calculado, su tersa piel,
tan blanca como la del muchacho, era lisa y sus facciones ovaladas denotaban
que su edad no superaría la de los dieciocho o veinte años. Al contrario que el
hombre rubio, quien aparentaba ser el más adulto de aquella clandestinidad no
superando la treintena.
-Buenas
noches.- respondió con una cordial sonrisa y una elegante reverencia Darcy.
El
silencio volvió a embriagarnos, haciéndome sentir un tanto incómoda. ¡Que alguien diga algo, por favor! ¿Acaso he
hecho algo mal?
-¿Quién
eres jovencita?- preguntó Elizabeth.
-Soy…
soy… Cati Darmon.
Eché
entonces un fugaz vistazo a la cara del muchacho, parecía sorprendido ante la
gran revelación de mi identidad. ¿Me habría relacionado ya con la andrajosa
chica de anoche?
-¡Catalina!
¡La hija de los Darmon!- exclamó alegremente Darcy.
-La
anfitriona de la noche, al fin.- susurró Elizabeth.
-Cati.-
corregí omitiendo el resto de las frases.- Llámenme Cati, por favor.
Intenté
sonreír para dulcificar mi aspecto, cosa que seguramente no lograría.
-Bien,
Cati.- comenzó a decir Elizabeth.- ¿Sabes quién soy yo?
-No,
lamento no conocerla.
Darcy
consiguió hacer sonar una risa sin ser demasiado irrespetuoso.
-Cati,
ella es Elizabeth Castell, ha venido aquí con su madre Adeline. Yo soy Darcy
Ellagot y éste, como ves, es mi sobrino Nathan.
¡Nathan!
¡Así era como se llamaba el misterioso muchacho! Sentí como me daba un vuelco
al corazón cuando sus grises ojos se posaron en mi figura, él era real.
-Un
momento,- dije un tanto confusa.- ¿es… realmente su sobrino? Creí… creí que los
de nuestra especie…
-No,
Nathan no es, digamos, biológicamente mi sobrino. Como sabes los de nuestra especie
solo contamos con una única descendencia.- contestó afablemente, lo que hizo
avergonzarme por mi pregunta indecorosa.- Yo guardaba una estrecha relación con
sus padres…
-Darcy
es como un tutor y un padre para mí desde la muerte de mis progenitores.- contestó
el muchacho molesto.
Me
sonrojé aún más.
-Siento
haber preguntado…
-No
tiene importancia.- atajó rápida y rudamente él.
Nathan
me fulminó con la mirada, ¿por qué me odiaba? No me conocía de nada… bueno, de
casi nada, y se había mostrado tan grosero como la otra noche. Había pensado
que me trataba de aquella manera porque no sabía con quién hablaba, que yo era
una simple humana, pero no. ¿Podría ser que ya hubiese sabido mi identidad
desde el principio?
-Bien,
¿y cuándo tendremos el placer de conocer tu Marca?- Elizabeth se había
entrometido esta vez.
Viré
la cabeza hacia ella, realmente era una joven guapa, yo era una niña comparada
con ella.
-¿Mi…
mi Marca?
-¡Sí,
mujer!- dijo con desesperación.- Ya deberías conocer el protocolo de esta
fiesta, esta noche se va a celebrar un ritual muy importante.
¡Lo sabía, lo sabía!, vibré en mi interior de felicidad. Mas en realidad
no lo sabía, no sabía nada de lo que iba a suceder.
-La
verdad es que no sé nada.
-Cati,
¿conoces acaso el Libro de los Orígenes?- preguntó Darcy.
Negué
con la cabeza. ¿Es que no me habían contado nada?
-Pues
bien, - suspiró Darcy con otra de sus encantadores sonrisas.- el Libro de los
Orígenes o Libro de las Marcas, como su nombre indica, contiene los enlaces
procedentes de nuestra raza. Liga tu Marca a la de alguien.
Sentí
una presión en el pecho, no podía respirar, y el mundo daba vueltas a mi
alrededor. Aquello era una trampa, había sido un encarcelamiento desde el
principio. Era la última noche, la noche en la que me ligaría a alguien para no
separarme jamás. Entendía ahora muchas cosas: el secretismo de mi madre, las
reacciones de Margarita ante mis ideas de liberación…
-Pensaba
que era cuestión de…- ¿cómo lo había descrito madre?- … sentirlo.
La
carcajada de Elizabeth reverberó en toda la sala, mas esta vez no tuve
oportunidad de sonrojarme una vez más ante mi evidente ignorancia. Observé a
Nathan, sus ojos se habían tiznado de una nueva melancolía conocida y una mueca
de dolor.
-¿Sentirlo?
Es una manera decorosa de decirlo…
-¡¿En
qué deriva la elección del Libro?!- corté a Elizabeth con un grito, debía
calmarme.- Quiero decir, ¿cómo un simple papel puede saber quién es el mejor
para una persona?
-Es…
bastante complicado.- dijo Darcy.- Hay varias teorías.
-¡Tonterías,
Darcy! No inculquemos a la niña esos criterios. El Libro de las Marcas es una
posesión antigua de los nuestros, el único retazo que continúa con nuestra
existencia en este abominable mundo.
Mundo
que yo no conocería, tal y como sabía ahora.
-Quisiera
saber dichas hipótesis.
Nathan
elevó las cejas en señal de sorpresa, pero pronto recuperó su postura dejada y
al margen de la conversación.
-La
principal razón es la descendencia, una mujer inmortal solo puede tener un hijo
con su Marca, de este modo… volvemos a nuestro estado más natural, por así
decirlo a la humanidad.- fue él quien había contestado.- Si no retornásemos a…
esa humanidad, bueno, en fin, las consecuencias serían bastante desagradables.
-Eso
lo sé.
Aunque
difería en ello, no podía ser tan horrible ser inmortal.
-Entonces
ya lo conoces.- rehusó mirarme. Nathan dio un largo sorbo a su copa.- Aunque
reconozco que deberíamos poseer más datos y experimentos de los Inmortales.
-Eso
es imposible.- sentenció segura de sí misma Elizabeth.
-¿Y
quién sería capaz de realizarlos, Sr. Ellagot?- divagué más bien para mí misma,
sentía las mismas ganas de beber vino como lo hacía Nathan.
-Bueno…
¡él mismo!- afirmó Darcy.- Nathan es un especialista médico.
El
muchacho erigió su cabeza hacia su tutor, había un deje de sorpresa en el bello
conjunto de sus rasgos, pero lo que más me fascinó fue la electricidad
vivificante de sus ojos en motas verdes.
-Pero
eso sería… inmoral, antinatural, abominable…- profirió Elizabeth con temblores
en su figura.
-¿Y
por qué no un progreso de nuestra raza?- distinguí.
-No,
para nada. Los Inmortales somos escasos, condenados a una extinción, por ello
nos mantenemos tan unidos. Gracias a estos condicionantes de nuestra raza
sobrevivimos época tras época, no deberíamos alterar el orden natural en el que
se disponen las cosas.
Nos
sumió el silencio, la orquesta continuaba tocando pero entre aquel extravagante
grupo cada individuo parecía divagar en su universo de ideales mientras yo
trataba de desechar la mirada de los presentes.
-¿Cuál
es su Marca, Srta. Castell?- pregunté, sin saber el por qué de mi acción.
-¿La
mía?- carcajeó por un momento divertida por mi curiosidad.- No es muy propicio
ir preguntando tales cosas, ¿no cree, Srta. Darmon?
Elizabeth
me miró inquisidoramente, el negro azabache de su mirada hacía que algo en mí
se estremeciera de miedo, parecía un juego divertido para ella, la hipnosis de
una presa antes de ser devorada.
-Yo
soy su Marca.
El
hechizo se desvaneció por completo, giré rápidamente hacia el origen de la
respuesta. Sí, había sido Nathan quién había contestado vehemente y restando
importancia al asunto, se encontraba mirando el final de su copa, tintada de un
granate parecido a la sangre. De pronto me vi evocando aquella noche, el
horrible vacío de sus ojos, su melancolía innata, la conversación que
mantuvimos… Había dicho: “Nunca renuncies a ser tú. Jamás lo permitas”. ¿Qué
escondía aquel muchacho tras su apariencia y su título?
-Ruego
que me disculpen, pero es necesario que vaya a un sitio.- declaró de la misma
sorprendente manera.
Con
una sonrisa se despidió de sus acompañantes y pasó a mi lado como un halo, le
vi alejarse entre la multitud y pronto camuflarse con el resto.
Todo
había sucedido demasiado deprisa… tanto que mi mente no lograba procesar todos
los datos. Aquella iba a ser mi última noche, jamás volvería a ver la luz del
sol del mismo modo, jugar en los prados con An… Los sueños se marchitaban como
viejos recuerdos podridos por el sopor de la inminente realidad. Quizá los
Inmortales odiaban a los humanos, pero solo era porque les envidiaban,
envidiaban su libertad, ¿acaso no nos aparejábamos para ser al fin y al cabo
humanos?
Los
pensamientos afloraban sucesivamente, alternantes y divagantes en su mayoría,
pero imantados a un concreto norte cual brújula. A penas era consciente de la
presencia de Elizabeth o Darcy, tan solo de mi propia condena. Será mi última noche, será mi última noche…,
era lo único que mi mente podía procesar con claridad suficiente. Pensé
entonces en An, ¿le volvería a ver? Dejé que el pánico fluyese como veneno en
mi sangre.
Sin
más, comencé a correr. Me daba igual que aquellas gentes me viesen desbocada,
como una cualquiera corriendo salvajemente entre ellos, necesitaba ver a An por
última vez y… ¿despedirme? ¿Era aquello lo que me esperaba?
Fui
apartando a la gente a cabezazos y me remangué el vestido con las manos para
correr mejor, mas mi mirado comenzó a empañarse por las lágrimas que soltaba.
Al fin llegué a la biblioteca, me paré en seco, jadeando debido al esfuerzo. Me
di cuenta de que la puerta estaba entreabierta, An por fin la había abierto,
posé una mano sobre el pomo y me dispuse a abrirla para ver a mi amigo.
-Realmente
no sé cómo explicarlo Sr. Darmon. Es… la primera vez que ocurre algo parecido,
es totalmente inusual.
-¿Inusual,
dice? ¡¿Insusual?!-
La
voz de padre se oyó por toda la sala, enfurecido como nunca le había visto. Me
abstuve de entrar, había ocurrido algo, algo malo. ¿Le había pasado algo a An?
El terror inundó mi cuerpo.
-Cariño,
por favor, cálmate.- era la voz de madre, ella también estaba dentro.- ¿No hay
nada que podamos hacer? Tiene que haber una solución.
Se
oyó un silencio, el silencio más eterno que había experimentado.
-No
hay nada. Su hija… su hija no tiene Marca gemela, así lo dicta el Libro.
No
tenía Marca, no la tenía, era libre… era libre…
Me
mordí la lengua para no gritar de felicidad.
-¿No
tienes Marca?
La
sonrisa se me congeló en el rostro y me di la vuelta, por fin había encontrado
a An.
-Soy
libre… ¡An, soy libre! ¡Puedo irme de aquí! Yo… yo… nos iremos juntos, como
siempre he soñado. ¡Tengo que salir de aquí!
Salté
de felicidad y alegría, las ataduras habían desaparecido, me olvidé por
completo de no gritar, pero no podía abstenerme más. ¡Era libre! Hice amago de
abrazarle, él estaría conmigo, siempre… siempre estaría conmigo.
-No
me toques.- escupió An apartándose de mí.
-¿Qué?
-¡No
me toques!
-Pero,
An…- le supliqué mientras alzaba una de mis manos para tocar su rostro, ahora
henchido por la furia.
-¡Eres
un monstruo, Tali! ¡Una aberración!
-An,
sigo siendo yo… Sigo siendo Tali…
Cerré
la mano en un puño y apreté hasta sentir cómo las uñas perforaban la piel, las
lágrimas anegaban mi ojos y un dolor inaudito desgarraba mis entrañas. Nunca
había sentido nada igual, era como si introducieran una mano en mi pecho para
arrancarme el corazón.
-Para
mí estás muerta.
Lo
último que vi de él fueron sus dos enormes ojos verdes musgos, fríos e inertes.
Chopin había dado su nota final.
No hay comentarios:
Publicar un comentario