miércoles, 26 de septiembre de 2012

36. Entra antes, o después, pero no tarde.


No habían sido escasas las veces con las que había imaginado aquel momento, qué sentiría, cómo reaccionaría, las palabras que mis labios pronunciarían. Distintos afluentes con diferentes desembocaduras, pero un mismo río: su reacción. Ahora, después de lo que había sido un tiempo eterno, podía conocer la respuesta a la incógnita que mi sueño asediaba noche tras noche.
Le miré atentamente en lo que pareció un segundo ralentizado, un fantasma que llevaba demasiado asediándome en espíritu y que, al fin, se había materializado, sacado de un tiempo que hasta ahora se me había antojado irreal, incluso imaginario. Había pasado mucho desde la última vez que esos ojos verdes habían irisado en mi mirada, que el susurro de la gravedad de su voz había filtrado unas palabras con mi dirección, recuerdos abrumadores que afloraban el ambiente dividiéndolo en una dimensión subalterna. Pero debajo de toda aquella herida, bajo las infecciosas capas de la costra, me di cuenta de que ya no eran los mismos ojos, ya no era la misma voz, más bien una versión desgastada, agotada y malherida por el tiempo y sus en efectos en mayoría.
Un primer pavor encharcó mis venas, ahogándolas, un miedo que sabía calificar de irracional, mas si mi subconsciente conocía aquel dato, lo ignoraba completamente. Sentía como perdía la firmeza de mis acciones, que había empezado a temblar a pesar de mis infructuosos empeños de ocultarlo. Los deseos de retirar la mirada, de huir de ahí lo antes posible, me oprimían, sin embargo algo había sacado en claro de todas aquellas noches en vela que con tedioso rencor había acumulado, iba a plantar cara, sin dejarme minar ni pisar, todo lo que tuviera en mi contra quería escucharlo.
Silencio. Un silencio ensordecedor.
¿Por qué nadie actuaba? ¿Por qué no sentía la metralla de una bomba que acababa de estallar después de tanto tiempo dormida? Nada. Un único movimiento, la agitación de mi pecho y las perlas que por mi rostro resbalaban. Quise gritar, al menos decir una palabra, todos aquellos discursos que eras atrás había hilado en mi mente y en este momento resultaban inconexos, un hilo que se había desintegrado con el ácido de los años y dejaba un muñón repulsivo. Pero nada salía de la boca, un desierto.
-Cuánto tiempo.- la voz de Daniel retumbó insegura en la estancia al pronto que un autorreproche salía de una mueca suya. No contesté.- Has cambiado.
-Tú también.
Las evasivas cortaban el aire como puntas afiladas, primero en superficiales arañazos.
-Tali…
-Cati.- corté rápidamente.- Llámame Cati.
-¿Ahora prefieres que te llamen así? Creí que siempre habías odiado tu nombre.
-He cambiado. Tú lo has dicho antes.
Daniel suspiró, hinchiéndose al pronto con mentón en alza.
-Cati,- murmuró masticando aquella palabra, rumiante. Hizo una breve pausa antes de continuar, le estaba costando trabajo escoger sus palabras.- supongo que no querrás hablar conmigo.
-Defectos de estar muerta.- endilgué.
Vislumbré como un relámpago de dolor disfrazó los rasgos de su cara, fue nítido el cambio, pero me negué a creerlo, sus palabras habían sido consistentes aquella noche. Si se hubiera arrepentido de aquella noche, no habría tardado tanto en volver.
-Me odias, ¿verdad?
Abrí los labios aspirando la tensa ligadura del ambiente, una afirmativa, un sí cargado de ira atascado desde mucho en la saliva de mi lengua. La mudez sorprendió mis pensamientos, era incapaz de articular algo. Pronto la incoherencia desestabilizó mi posición defensiva. ¡Dilo! ¡Dilo de una maldita vez! ¿A caso no es lo que piensas?, asedió la cordura desde algún remoto lugar, me daba a entender que seguía existiendo, pero que ya no la dominaba.
-¿Qué estás haciendo aquí?- pregunté ignorando la anterior impericia.
-A mí también me han invitado a la fiesta.- respondió con eco.
¿Alexia? ¿Alexia conocía a Daniel? No dudaba ni por asombro del hecho de que Alexia poseía una gran popularidad, incluso atrevería a decir que cierta autoridad en la reverberación del aliento de aquellos quienes resurgían en el sol y las sombras fuera y dentro de Kenilworth. Pero Daniel… Imposible, sencillamente descartaba aquella verificación.
La cabeza comenzaba a darme vueltas, puntos que no lograba juntar, que se asemejaban a las estrellas de aquella noche, trazos que surgían en la oscuridad indiferentes los unos de los otros, no obstante relacionados en algún remoto espacio.
-Además, le debía una visita a mi amigo Nathan, ¿no es cierto?
La frase más bien parecía una represalia salpicada de cierta amenaza. La dirección de su verdor había trascendido más allá de mi cuerpo, casi notando como perforaba en mí como un ente invisible y se clavaba en algo que él cargaba con más importancia.
Fue la primera vez en la que volví a tener conciencia de la presencia de las personas en aquella sala, como si el silencio hubiera soplado una espesa neblina de la que solo nosotros éramos lúcidos. Parpadeé exageradamente con el fin de librarme de aquel hechizo. Cooper había logrado introducirse de alguna manera a mis espaldas, se situaba en un segundo plano de los baños aún así expectante a los acontecimientos, concentrado en el aspaviento de su camisa deshecha en la limpieza del sudor de su frente. Diferente a la inexpresividad de Cooper era el arco iris de emociones en los rasgos de Nathan, los cuales despuntaban desde el más absoluto terror hasta el asombro más sincero, lo que hacían detallados los intentos por ocultar sus sentimientos, ¿se habría roto ya su máscara de neutralidad? ¿Sería ésta su temida fisura? Parecía petrificado.
-¿Nathan?- le llamé.
Sentía que, por alguna razón, la melosidad de su voz lograría calmar el tsunami que se avecinaba sin remedio, que una sola palabra suya solucionaría todo y el caos volvería a su orden. Pareció reconocer mi voz, como aquel que oye un tarareo familiar en mil canciones sobrepuestas, viró la cabeza hacia mí, examinándome, asegurándose de algo que yo era inepta de observar. También… ¿qué era capaz de ver a estas alturas? La sensación de que todo y nada se desbordaba de mis manos invadía todo mi cuerpo. Y lo odiaba.
Fue acercándose, confiando en sus pasos, con aquella antigua agilidad que yo conocía y que volvía de su letargo, en menos de lo que fui competente de asimilar, la fuerza de sus brazos aventajaba por mi cintura, reaparecía la seguridad de su cuerpo contra el mío, interponiéndose entre Daniel y yo, al igual que si a él le dotase de un término de peligro. Busqué ávida su mirada, el mar grisáceo que me alumbraba como la luna, pero recordé que hoy no había luna y sólo la oscuridad me iluminaría.
-Nathan, ¿ocurre algo?- supliqué.
Viró rápidamente su rostro hacia mí, no hacia una concreta parte, sino con una celeridad en su mirada, el vértigo de sus pupilas negras y ensanchadas, hacia un todo, quizá un nada.
-No pasa nada, Cati, tranquila.
Su voz sonaba como el ronroneo de un gato, el aullido de un lobo herido que retrotraía sus dientes al haber sido vencido.
La cabeza daba mil vueltas a mi corazón y mis sentimientos las giraban en sentido contrario a la razón. ¿Había estado tan obcecada en mí misma, que había sido posible que el motivo de la fiesta no fuera por mi causa? Un nuevo peso atormentó mi pecho, un nuevo calibre de bala, una nueva precisión de ajustes en la pistola, a pesar de que el agujero tan sólo se ensanchaba por momentos. Egoísta, ególatra…
-Todo aclarado, creo que es momento de que la fiesta siga con su ritmo, ¿no creéis?
Rápidamente y con gran precisión, Cooper logró tomar el centro tanto de la sala como de la situación dada la ausencia de un patente liderazgo y, en algún sentido posible de esa acción, también liberar el laberinto de miradas: mi búsqueda de respuestas en la cara de aquel viejo fantasma, la imposición de una pregunta de Daniel a la figura de Nathan y la divergencia de Nathan en el arché de mi rostro.
-Seamos apropiados con la situación, la noche no acaba más que comenzar.- gorjeó Cooper en un claro intento de suavizar la tensión. El significado de sus palabras quedaba intacto, pero no concordaba con la advertencia de sus azulados ojos.
-Creo que Cooper tiene razón. No seamos melodramáticos, nadie se está muriendo, ¿no es así Nathan?- preguntó Daniel al igual que yo me cuestionaba por qué su boca no se corroía por la acción del veneno de su tono.- Tenemos tiempo para visitas, al fin y al cabo, voy a quedarme por una larga estancia.
-¡¿Te quedas?!- ¿por qué resonaba hueco el odio en esa frase?
El bosque de sus ojos, la áspera corteza y el espesor de su verde follaje, reparó en mi una noche más como tantas otras había hecho, sonrió dulcemente en un esplendor que sabía que jamás llegaría a comprender pero que me gustaba admirar, y por un escaso momento pensé que en su voz sonaría: Hasta mañana mi Tali, como siempre me despedía, la lógica lo dictaba.
-Hasta mañana, Cati.- susurró.- No me olvides.
Daniel se esfumaba aquella noche como el ángel de mis sueños, tan sólo que ahora no podía despertar.

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