domingo, 21 de noviembre de 2010

24. Ordo ab Chao.

  -Espera, espera un momento que yo me aclare. David era el hermano de Richard, pero Richard estaba saliendo con Bárbara que era la prima del primo de John que era…
  -¡Aish, no! Por dios, ¿me has estado escuchando?- gritó extasiada.
Melinda pataleaba como una niña sobre la silla en la que acomodaba sus pies, sentada en la mesa de clase donde estaba. Un pequeño grupo cercano en el que comentaban el famoso estudio tan duro que les habían mandado a los de teología durante las vacaciones nos chistaron descaradamente al perturbar la calma del aula. Melinda les ignoró por completo mientras seguía con su enfurruñamiento. Ella se atusó la cabellera, más rubia platino de lo que jamás me hubiera llegado a imaginar, que se había dejado crecer unos centímetros durante el invierno y se armó de paciencia para explicarme la historia de su vida.
  -Bárbara era la prima de John, que era el primo de Richard. Pero Richard solo era hermano de David por parte de madre, y a David le gustaba Elisa, la hermana de Bárbara… ¿No lo ves? ¡Eran parientes!- exclamó provocando un chisteo de nuevo.
Bufé ante la incoherencia de la situación, desde luego no comprendía nada de los líos que se traía mi amiga, mas asentí con una sonrisa para que lo dejara estar. Melinda me fulminó con la mirada comprobando si lo había entendido, para luego relajar su postura y volver a adaptarse a la suya tan natural y despreocupada como siempre.
Desde luego Melinda era un cuadro pintoresco andante. Tras la rojiza falda a cuadros que todas llevábamos se escondían dos protuberantes piernas desnudas bronceadas por la incesante exposición al sol en las playas de Miami, que hacía danzar al máximo cuando creía que no se daba cuenta nadie con la intención de pavonearse de su deslumbrante aspecto. Sus ojos, verdes como el mar, resaltaban sobre los pómulos coloreados y entre el rubio de su cabello esterilizado, que caía levemente ondulado sobre su piel en contraste. De cualquier modo a ella le sentaba bien todo, e incluso muchas de mis compañeras lucían un nuevo cambio de looks que resaltaba como un collage por todo el campus. En cambio yo me traía conmigo de las vacaciones unos kilos demás gracias a la comida de Rose y una úlcera en el estómago que los remediaba.
Gracias abuelo por construir esa maldita casa, me dije a mí misma.
Volví a ordenar por cuarta vez los folios de los apuntes, descargando la rabia comprimida en los trozos de papel manchados. Odiaba el primer día de clase. Todo desordenado, nuevo plan de estudios, nueva marcha del profesor… Era un caos, sobre todo cuando eras la única que no podía farfullar algo interesante sobre tus vacaciones de invierno. Tampoco es que de no haber ido a Saint-Germain le Château hubieran sido mejor las navidades con mis padres, pero seguro que la cosa se diferenciaba por unas notables décimas.
De pronto noté como un par de ojos oscuros acechaban al fondo de la enorme sala universitaria. En la esquina, casi difuminado entre las sombras de las esquinas de piedra del edificio estaba un chico de llamativo pelo escarlata llameante. Patrick se encontraba recostado sobre la pared del fondo, desapercibido de no ser por su cabellera, mirándome fijamente. De pronto una hilera de relucientes dientes perfectos le delató una sonrisa en el rostro y me hizo un gesto con la mano cuando observó que había reparado finalmente en él. Un escalofrío recorrió mi espalda de improviso, recordándome lo acechante que había estado durante el final del último trimestre. Aquella sonrisa, que inescrutablemente inundaba en su profundidad algo de maldad, no ayudó a evadir el recuerdo de sus manos embadurnando mi piel mientras me encontraba semi-inconsciente.
  -Da miedo.- susurré manifestando mis pensamientos en alto por descuido.
  -¿Quién?- Melinda, como siempre entrando en el trapo, siguió mi mirada hacia la esquina.- ¡Ahh, él! No le culpes.
Sin poder remediarlo me dirigí a mi amiga mientras enarcaba una ceja lo bastante para hacer clara la acusación. Melinda sonrió tontamente otra vez y se encogió de hombros librándose del delito.
  -De no haber sido por él me hubiera dejado media herencia en la factura de teléfono, por cierto, intentando llamarte.
Aquello me confundió aún más. Melinda, al contrario de su promesa, no me había llamado en todas las vacaciones.
Ella suspiró ante mi falta de neuronas aquella mañana.
  -No me comentaste que tenías una casa en plena sierra.- dijo inculpadora limpiando las motas de su falda distraídamente.
Bufé de nuevo, la excursión a la montaña me estaba costando demasiado cara. Rápidamente abrí la boca para excusarme mas Melinda posó su dedo índice en mis labios impidiéndome decir nada.
  -Demasiado tarde Srta. Darmon, me ha roto el corazón.- se burló Melinda intensificando un tono melodramático parecido al de las telenovelas.
Melinda se rió ante su propio chiste y, por no ser maleducada, le reí sus gracias con amabilidad.
Pero algo más que la confusión se empezaba arremolinar en mi interior. ¿Cómo había sabido Patrick que estaba en la sierra si ni siquiera yo lo había sabido desde un principio? Aquello no me gustaba nada.
  -Atención, por favor...- la voz del profesor salió de la nada a través de la barullo formado por los alumnos.
El Sr. Fellon había entrado cual ráfaga de aire tras unos cuantos folios como fans de su batuta como profesor, y se encontraba escribiendo sobre la pizarra de rotulador característica en Kenilworth por ser la única no electrónica en todo el campus. Miré a Melinda de soslayo, quien le dedicaba una bonita burla a la entrada de mi profesor favorito y se disculpa ante mí por tener que bajar de la mesa e irse a su sitio correspondiente.
  -Ordo ab Chao.- enunció en un peculiar latín.
La clase se sumergió en un estimulante silencio mientras los pelos de mis sienes se erizaban en otro escalofrío.
  -Orden del caos.- dije en alto. Una hilera de cabezas se giró en un solo golpe. Los ojos negros volvieron a mi cuerpo, lo que hizo arrugar mi falda en un muñón.- Teoría masónica.
El Sr. Fellon se quedó levantando el rotulador de pizarra negro mientras me estudiaba por haberle arrebatado el protagonismo. Me excusé con una sonrisa volviendo al mundo real.
  -Exacto, la teoría del Caos.- continuó desdeñando mi aportación mientras continuaba con su explicación.
Suspiré mientras cogía el bolígrafo con la intención de tomar apuntes de la clase de historia si quería sacar buenas notas en la asignatura antes de que el profesor terminara cogiéndome manía.
De pronto un bulto golpeó mi cabeza haciéndome cabecear. Una bola de papel cuadriculado rebotó sobre el extenso pupitre de la universidad. Desenvolví la nota:
                                             Empollona.
                                            M.

Directamente miré hacia Melinda, quien me sacaba la lengua doblada riéndose en silencio al otro lado del aula.
Ordo ab Chao, me repetí, Ordo ab Chao.


  -¡Cooper!- grité con toda la fuerza que albergaban mis pulmones.- ¡Eh, Cooper!
Finalmente me decanté por echar otra carrera después de salir de clase como una bala, hacia la figura que caminaba por el campus ajeno al mundo. Observé como la gente se paraba mirándome fijamente por formar ese escándalo mientras yo les devolvía una sonrisa complaciente ignorando el hecho de que cuchichearan a mis espaldas. Tampoco les debía caer tan mal, ¿no?
  -¡Cooper!
Tras la decimoquinta advertencia el chico rubio al que estaba llamando se giró de inmediato con dos cascos blancos en las manos y me sonrió cuando vio que me acercaba a él casi desbordando vísceras por la boca. Con un movimiento de cabeza se apartó la melena dorada que rozaba las pestañas que albergaban unos profundos iris azul oscuro que centelleaban a juego con los destellos. ¿Por qué debían de ser tan guapos todos los alumnos de esta universidad?
  -Ey, Cati. – me saludó cortésmente.
Tras los últimos brincos le alcancé y vocalicé un hola con una respiración entrecortada, resoplando como un caballo por la carrerilla. Cooper no me dio tiempo a descansar y reanudó de nuevo el paso, esta vez esperándome a su costado.
  -¿Ya no quieres ni saludarme después de las vacaciones?- pregunté irónica evidenciando el no haberle encontrado por todo Kenilworth durante todo el día en el que habían vuelto los alumnos.
Cooper se ruborizó levemente, aunque supo disimularlo gracias al patente frío que aún residía en todo Peninton, y sonrió volviendo la cara hacia un lado. Finalmente metió las manos en los bolsillos de su chubasquero negro y elevó la cabeza hacia el cielo haciendo rebotar el fino cabello rubio hacia sus lados.
  -Lo siento. ¿Puedes perdonarme?- contestó con un hilo de voz.
  -Está bien.
Ya casi había olvidado la tranquilidad que emanaba su ser, cuando estabas con Cooper todo se volvía más relajante. En parte aquello me desquiciaba, había tanto en lo que pensar, tanto que hacer… que cuando te dabas cuenta de que al fin había sucumbido a sus encantos volvía todo de golpe, aplastándote bajo su peso.
Paseamos en silencio por el campus, sin saber muy bien hacia donde se dirigía Cooper o ni siquiera yo misma.
Había pasado tanto tiempo desde que había llegado a formar una determinada personalidad que ahora, cuando tenía que aprender a cambiar y ceder, no comprendía cómo hacerlo. Me molestaba si quiera el estar despierta, incómoda conmigo misma.
  -Cooper, ¿puedo hacerte una pregunta?
El chico me miró extrañado, entornando sus ojos al principio, para terminar relajando sus facciones. Entonces frunció los gruesos labios y retiró la mirada.
  -Sí, claro.
  -¿Desde cuándo conoces a Patrick?
Al instante recordé su mirada inescrutable en el aula, tan animal, tan despiadada e inhumana que resultaba aterradora.
Al instante un escalofrío recorrió mi espalda y tuve que controlar el raquitismo de mis manos para no hacerme delatar. Se suponía que preguntaba por un amigo, no por un violador. Cooper siguió sin mirarme, caminando por el sendero de tierra levemente húmeda que hacía crujir su gravilla con cada paso que dábamos. Ni siquiera me preguntó el por qué de la curiosidad, eso era lo que más me encantaba de Cooper y que diferenciaba su presencia a la de todos los demás, él nunca te juzgaba por nada.
  -Patrick era amigo de Eric antes de venir a Kenilworth.- sentenció informándome, demasiado escueto para mi gusto.- ¿Te importa si entramos a la sala común?
Negué rápidamente con la cabeza, deseosa de que no interrumpiera su respuesta y en parte feliz por tener la oportunidad de entrar en calor. La sala común, extrañamente, estaba prácticamente vacía, provocando un shock inicial al entrar en ella, ya que siempre solía estar atestada de gente que no sabía cómo gastar su tiempo libre sin salir de la universidad. El rojo de la decoración se hacía aún más patente de este modo, tiñendo las paredes de un color parecido a la sangre que encandilaba con la piedra maciza de la estructura gótica, aquello me causó una especie de deja vu hacia mis pesadillas.
Meneé enérgicamente mi cabeza con tal de sacar esos pensamientos de mi mente y centrarme en lo importante. Cooper y yo nos sentamos el acostumbrado sofá frente a la chimenea que chisporroteaba cansadamente un fuego ya poco latente.
  -Entonces, tu hermano y Patrick ya se conocían de antes.- dije en un intento de rememorar a Cooper de lo que estábamos hablando.
Cooper miró fijamente al fuego, obnubilado por algo que no podía llegar a ver y que se escondían tras el fantasma que brillaba en sus azulados ojos. Me di cuenta entonces de que Cooper parecía mucho más cansado de lo habitual, como si el mero hecho de respirar le costase trabajo para mantenerse activo. Me pregunté entonces la posibilidad de que Cooper no me estuviese contando algo, algo que se cernía sobre él. Me enfadé con él inexplicablemente por la hipotética cuestión de no contar conmigo, al fin y al cabo éramos amigos.
  -Sí, creo firmemente en que mi padre nos metió aquí solo porque Patrick estudiaba es esta universidad, sabes que él ya va a segundo.- me comentó medio divertido por la elección de su padre movida por declinarse ante el chico. No llegaba a entender cómo podía engatusarle.- Eric y él se conocieron durante un aniversario militar.
Le miré sorprendida, dudaba mucho de que Eric hubiera pertenecido siquiera al ejército. La copia de una insólita imagen sobre un descabellado Eric vestido con el estampado militar y una ametralladora en la mano me dio un vuelco al corazón, eso sí que daba miedo. Cooper se rió afablemente cuando vio mi expresión y se apresuró a explicarse.
  -Creo que no te he contado que antes de dedicarse a los negocios mi padre había pertenecido a la marina.
  -No, omitiste ese dato en tu autobiografía.- me burlé aliviada por el hecho de no haberse visto cumplidos mis delirios.
Cooper volvió a reírse y estiró sus fibrosas piernas sobre la alfombra mientras se recostaba aún más en el sofá y se arrebujaba en su chubasquero.
  -Mi padre nos obliga a asistir a esas convenciones todos los años para, según él, honrar la memoria de los verdaderos patriarcas de la nación.- Cooper esta vez había adoptado un tono más grave para la frase reveladora, aunque luego carraspeó.
Me agazapé sobre el sofá, inclinándome de lado hacia la figura del narrador y apoyando mi cabeza con mi mano en el respaldo.
  -¿Y Patrick? ¿Él sí era militar antes de venir aquí?
No me extrañaba nada contemplarle con un cuchillo en la mano o algo por el estilo, verdaderamente conjuntaban los hechos.
  -No, lo fue su progenitor.- Cooper suspiró.- A mi padre le conmovió demasiado el hecho de que un hijo acudiese a ese acto en su memoria, e insistió en la oportunidad de conocer a aquel adorable muchacho para influenciarnos en conducta.
Al momento comprendí lo que había dicho antes de que Patrick hubiera colaborado en la decantación de su padre por Kenilworth, debía idolatrarle el ejemplo que emanaba la historia de Patrick. Compadecí entonces a Cooper, quien había tenido que soportar la presencia de Patrick mucho antes que yo.
  -Un momento, ¿Patrick es huérfano?- me confundí al caer en la cuenta.
  -Algo así, él no habla mucho sobre su familia.
Parecía que a Cooper tampoco le debía caer demasiado bien Patrick, tan solo era el amigo de su hermano. Evoqué entonces el recuerdo del primer día en que les conocí a todos, Eric y él se hacían denotar tan infantiles ambos que no se sabría como distinguirles y Patrick tan… normal. Ahora era todo distinto de lo que habían sido las primeras apariencias que resultaba deprimente la reflexión sonsacada de ello.
La realidad era que a penas si conocía a los que me rodeaban cotidianamente, y eso me asustaba por un lado y me complacía por el otro. El mejor trance de las amistades se producían cuando ninguna persona sabía algo sobre la otra, entonces todo parece lo que no es.
  -Cooper.- le llamé.
  -¿Sí?
Dejé reposar mi cabeza sobre su hombro, haciendo que su fino pelo me cosquilleara el nacimiento del cuello.
  -Gracias por ser mi amigo.

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