Él estaba allí parado, inmóvil ante la adversidad. Encorvado como estaba sobre sí mismo, su espalda perfecta se doblaba en una curva que hacía denotar las sombras de su perfil. En un regazo escondía su cabeza, oculta tras una maraña de sedosos cabellos negros. En aquel instante me pregunté si lo que se postraba ante mí tan solo era una estatua, maravillosamente acabada.
Sin pensar alcancé mis dedos para tocar aquella piel, lo necesitaba. Poco a poco acaricié aquella nueva textura, tan suave y cordial al tacto como las plumas de un ángel. Un nuevo sentimiento brotó en mí, un sentimiento de paz, necesitaba más. Alcé la otra mano, posándola en el serafín desnudo. Lentamente fui recorriendo cada milímetro de su tersa espalda, llegué a los brazos, forzados en soportar la cabeza oscura. Noté como los músculos se deshacían en cada contacto, y aquello me gustaba, los colores indefinidos de su piel, su belleza imprecisa…
Al poco mis manos se atrevieron por fin a descubrir nuevos horizontes, cual serpientes comenzaron a reptar entre los omóplatos, llegando al pecho descubierto. No podía parar, mi mente me pedía más y más. Entonces el ángel se estremeció bajo mis dedos, demasiado real para ser cierto, e irguió su cabeza. El ángel no era una estatua, estaba vida.
Sus finos rasgos alargados estaban igualmente tallados con la misma dulzura que hacía mella en su cuerpo, a pesar de que sus rasos cabellos brunos danzaban con sutileza su rostro como hilos de seda. Exorbité los ojos, atónita, nunca había contemplado nada más hermoso en mi vida. Con miedo, icé la mano separándola del pecho, para poder tocar su rostro. Coloqué mis dedos sobre la nariz recta y fui descendiendo lentamente, hasta que llegué a sus labios, amoratados y pequeños, pero aún carnosos. La idea de conocer el sabor que tendría su boca me vino sola a la cabeza demasiado tentadora. De pronto sus párpados temblaron y se abrieron como dos bocanadas de aire fresco. Sus ojos, de un verde desmesuradamente nubloso, alcanzaron los míos, brillando con melosidad.
-Daniel…- llamé al ángel.
El querube no respondió, y me siguió mirando, hasta que sus labios se abrieron como una exhalación bajo la presión de mis dedos.
-Cati, ¿por qué me haces esto?
Entonces el ángel ardió en llamas.
Me levanté de una sola vez, esta vez no había gritado como otras noches, pero el ángel se había ido.
De pronto me vi tiritando de frío y mientras soltaba con cada movimiento una lágrima. Con un gran esfuerzo me obligué a atrapar la colcha de la cama y volver a taparme hasta que entrara en calor. Alcancé el móvil que reposaba tranquilo junto al costado del dosel, avisándome de que aún faltaban unos minutos para que me tuviera que levantar. Con pesadez en las piernas que nadaban entre las mullidas sábanas, intenté cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero me fue imposible. En aquella negrura tras mis párpados, la imagen del arcángel aparecía de nuevo incansable.
Esta pesadilla nueva era muy distinta a todas las demás, había sido tan verídica su presencia, las emociones… Incluso más que las otras, esta era especial.
Noté como la humedad que residía en mis pómulos debido al llanto se congelaba, sintiéndolo más helado que nunca. Con una de las extremidades de la sábana logré secar el problema y calmarme.
Entonces me di cuenta de que por más que yo quisiera el sueño no iba a llamar a mi puerta tan fácilmente, no sin otra pesadilla, por lo que procuré no martirizarme aún más y decidí levantarme. No sé como no oí el crujido de la rotura cuando alcé mi cuerpo sobre las piernas, prácticamente creía que habían pasado cada uno de mis huesos por la licuadora para después haberlos vuelto a meter en el exoesqueleto. Ignorando el dolor continué caminando por la habitación hacia el baño para enfrentarme a mí misma frente al espejo. El agua helada de la pila salió a chorros discontinuos mientras me mojaba la nuca para paliar el efecto de la pesadilla, al que ya iba acostumbrándome. Cerré el grifo sin más entusiasmo y me sequé con la toalla las manos. Entonces levanté la mirada hacia el espejo. Esa era yo sin más misterios, los rasgos ovalados y la palidez que caracterizaban mi rostro permanecían intactos, mientras mi pelo, esta vez encrespado, danzaba espeso pero reducido a mi alrededor. Aunque esta vez había algo distinto en mí, algo de lo que yo carecía en potencia. En esta ocasión dos ronchas hinchadas y acardenaladas subrayaban el bajo de mis ojos, los pequeños capilares recorrían a sus anchas la contusión. Sorprendida llevé mi dedo índice hacia la moradura extracomún y presioné ocasionándome un aullido de dolor.
No recordaba haberme dado ningún golpe durante los últimos días, ni saber por qué había salido así tan de repente. Volví a observar la imagen que el espejo reflejaba sin más remedio, los golpes en el nacimiento de los pómulos eran demasiado latentes como para disimularlos, aún violáceos a causa del reciente estreno de ellos.
Súbitamente un pitido inundó el dormitorio, suspirando ante lo inevitable regresé a la cama para recoger el móvil que fielmente apuntaba la hora exacta para reanudar el día. Con cansancio apagué la alarma y me dirigí hacia el armario mientras sacaba el monótono uniforme de Kenilworth. Tras haberme arreglado recogí el cepillo y me alisé el encrespamiento del pelo hasta dejarlo de nuevo liso.
Ni siquiera tenía fuerzas suficientes para cuestionarme los hechos sucedidos, era como si mi mente se hubiese embotado sin razón alguna.
Lancé un suspiro al viento, era la hora de marcharse de la cárcel.
-¿Por qué no has venido hoy a clase?- le pregunté a Melinda mientras me ofrecía su paquete de pipas sentadas sobre el césped del campus.
Melinda rompió el cascarón de una pipa y arrojó los restos al montón que habíamos allanado en un lado mientras se lanzaba a por la siguiente.
-Cati, existe una cosa que se llama hacer pellas.- se burló.
Me apoyé contra el árbol más cercano, sintiendo la rugosidad de su corteza bajo mis sienes, y con suma pereza tragué la pipa que estaba masticando.
-Bueno, pues entonces, ¿qué has hecho toda la mañana?
Melinda se encogió de hombros, tiznando su actividad natural con humildad para ralentizar la secuela de sus actos. Por primera vez se tomó las cosas a la ligera sin darle más importancia, lo cual me extrañó bastante.
-Nada importante, prácticamente sobar la almohada un poco más.
Enarqué una de mis cejas, de no haberla conocido pensaría que estaba intentando cambiar de tema. ¿Por qué estaban todos tan extraños ahora? Bueno, lo de Patrick no contaba, eso era ya innato.
Bufé mientras me recostaba aún más entre la madera del retoño y observaba como desfilaban los universitarios, poco a poco dejé que se fueran cerrando los ojos. Allí estaba esperándome tal y como lo temía. La imagen intacta de mi sueño, la necesidad de acariciar su piel, incontrolable. Instintivamente agarroté las manos ante la impotencia que me causaba la situación. ¿Por qué? Esa era la única pregunta. ¿Por qué precisamente a mí?
Oí como Melinda carraspeaba en la lejanía, lo que me hizo dudar de si, a pesar de haber ocultado mis ojos tras unas grandes gafas para tapar los moratones, se había dado cuenta de que por una milésima de segundo me había ido lejos de Kenilworth y su día a día. Sin embargo cuando abrí los ojos Melinda no me estaba mirando a mí directamente, sino que observaba encandilada algo en la lejanía. Extrañada viré la cabeza siguiendo la dirección que seguían los claros ojos de Melinda para ver como un brillante encerado negro lucía en la entrada de la universidad. Resoplé repetidas veces mientras notaba como hiperventilaba, sin saber muy bien si era a causa de lo ocurrido o por haber escogido él el preciso momento en el que pensaba en otro hombre.
-Va a hacer otra vez el numerito, ¿verdad?- le susurré a Melinda.
Melinda se rió por todo lo alto, aunque se controló cuando la miré de lleno con un gesto amenazador.
-Pues a mí me parece muy sexy todo el despliegue.
La figura tan esperada originaba otro revuelo esperado entre la gente que se había parado en medio del campus, aunque esta vez ya no provocaba tanto alboroto como la primera seguía siendo carne para el asador. Nathan paseó tranquilo y elegante hacia nosotras, exhibiendo una modesta sudadera cenicienta y unos vaqueros que le hacían quitarse algunos años. Retiré la vista de inmediato, esperando con ansias el momento en que aterrizase sobre nuestra presencia.
-Hola, Cati.
Sí, definitivamente el efecto de la espera sorpresa era muchísimo mejor, sobre todo cuando sentías su melodiosa voz silbando en tus oídos.
Sin poder evitarlo le sonreí y él me devolvió una sonrisa torcida en la comisura con gran encanto que hizo que me despertara del letargo en el que me había sumido durante todo el día.
-Hola a ti también, Nathan.- saludó Melinda rencorosa.
Escuché como Nathan bufaba y después se reía.
-Hola, mono de feria.- dijo al mismo tiempo que le revolvía el pelo rubio cariñosamente.
Me asombré por aquello. Sabía que Nathan conocía a muchos de mis amigos aquí, en Kenilworth, pero siempre había creído que el lazo de afectividad no había sido muy fuerte (a excepción de Alexia, como no).
Nathan no se sentó en el césped, tal y como había intuido desde un principio, sino que se dedicó a balancearse sobre sus piernas de pie, sin mostrar interés por nada en concreto.
-Melinda, ¿te importaría mucho si te robase a Cati un momento?- espetó.
Pronto la sangre que almacenaba perdida se reunió de lleno en mis pómulos, que se tornaron incandescentes por la sorpresa. ¿Me quería a mí sola?
Miré a Melinda, quien se atusaba el pelo que le habían destrozado, e ironizaba el estar sopesando la opción. La fulminé con la mirada tras el cristal de las gafas por jugar con esos temas. Ella se rió.
-Está bien, pero la quiero de vuelta dentro de una hora mínimo.- amenazó burlonamente.
Nathan se rió también y me tendió su mano al tiempo que me servía de ella para poder izarme y me sacudía los hierbajos adheridos a la lana de la falda.
-Prometido…- sentenció él.
Caminamos en un agradable silencio hasta que llegamos hasta las puertas de la universidad, lo que me hizo preguntarme si pretendía ir en coche, pero no hizo nada, pasamos de largo y nos adentramos en el bosque. Aquello me desencajó por completo de los planes que pretendía. ¿Qué íbamos a hacer en el bosque?
¿Qué querrías hacer tú con él en el bosque?, repitió una vocecilla en mi fuero interno corrigiéndome. Me reprendí a mí misma por pensar en esas cosas, ¿es que no había tenido suficiente con la escena de la vuelta? La verdad era que nunca aprendía de mis errores.
El camino comenzó a estrecharse, obligándonos a andar en fila india. Caminé tras su corpulenta espalda, cuando una mano se abalanzó hacia atrás con la finalidad de asirme para que no tropezara. Sus manos volvían a estar gélidas otra vez. Pronto llegamos al supuesto destino, el río de Peninton.
-¿Qué hacemos aquí?- pregunté quizá demasiado hosca para mi gusto.
Nathan me ignoró por un instante mientras se posaba sobre unas rocas que sobresalían en la orilla, posando una sensual postura de la que al parecer carecía de conocimiento para él. Le seguí hasta donde se había posado.
-Quería decirte una cosa.
-¿Y para eso hacía falta salir de Kenilworth?- pregunté medio divertida para espantar el temor de que se fuese de nuevo.
Nathan se rió sofocado.
-Creí que no te gustaba que me paseara por tu universidad.
Aquello me hizo sonrojarme y me cuestioné seriamente el hecho de cómo había llegado a saberlo, siempre daba en el clavo.
-No es eso, solo que…- intenté enmendar el error.
Nathan me miró, escrutándome tras sus ojos platinos como si pudiese ver a través del oscurecido cristal de las gafas, lo que me hizo sentir una estúpida por llevarlas puestas.
-¿Solo que…?- me animó.
-Es solo que Kenilworth es algo mío.
Nathan desencajó su rostro debido a la contrariedad de la respuesta, por lo que critiqué duramente mi forma de expresión oral. Luego relajó su semblante.
-Pero yo también soy tuyo.- dijo restándole la suma importancia que conllevaba aquella frase cuya veracidad hacía que gimiera de placer.- ¿Por qué no incluirlo en el paquete?
-Porque no es lo mismo.
Observé como Nathan se entristecía y adoptaba de nuevo esa máscara tras la cual se refugiaba, igual que Ashley cuando discutimos en navidades.
-Tú siempre has… estado en mi vida. Kenilworth es algo diferente, una nueva salida del mundo.- manifesté estrepitosamente, no se me daba bien expresar mis sentimientos.
¿No lo entiendes, Nathan? Tú eres mi vida, por eso quiero alejarme de ella, repetí en mi mente.
-Solo quiero estar contigo, Cati. ¿Por qué no me dejas?
No me podía estar diciendo eso, eso no. ¡Dios, me lo estaba diciendo!
Noté como me costaba respirar, como un peso se había arremolinado en la tráquea impidiendo transportar oxígeno al cerebro.
-Porque no es lo correcto. Lo sabes.
Parpadeé varias veces en el intento de secar de nuevo mis ojos, pero esta vez no funcionó, en escasos segundos rompería a llorar. Nathan se aproximó más a mí, tan cerca como para poder rozar sus labios con mi aliento.
-Y qué es el bien y qué el mal en realidad.- rebatió.
Sus manos se alzaron con miedo hasta posarse en mi cuerpo, donde recobraron la seguridad, recorriendo mi cintura y mi columna, lo que me hizo dejar de abstenerme de soltar una exhalación.
-Nathan no me hagas esto por favor…- supliqué mientras lloraba de felicidad por sentirle tan cerca y de rabia por no saber como pararlo.
Pero Nathan no paró, siguió apretándome más y más contra él hasta que me hizo sentir su torso contra el mío con fuerza y oí el chasquido de mis gafas contra el suelo. Sus labios se deslizaron por mi oreja, tal y como lo había hecho la otra noche, mientras sus dientes aferraban cariñosamente mi lóbulo izquierdo.
-Cati, te lo suplico, déjame pensar por un instante que me amas.- imploró jadeante.
Aquello fue como un shock para mí. ¿Acaso él pensaba que no le amaba? ¿Cómo se atrevía a pensar algo así? Mentira, mentira, mentira… ¿Cómo iba a no amarle sin mi corazón en el pecho? Todo porque él siempre lo había guardado.
Nathan deshizo el nudo que había formado en mi cuello y se separó levemente sin soltarme. Entonces nuestros ojos coincidieron y vi como el verde de los suyos chisporroteaban chispas de lujuria, no sé lo que vio él en los míos ya que vacilante acercó su rostro de nuevo, pero esta vez en una parte distinta. Sus labios, más duros de lo que hubiese llegado a imaginar, presionaron los míos con sutileza. Entonces todo cambio. La sangre me hervía a borbotones, mareándome por completo e instintivamente agarré ferozmente dos mechones de su pelo para atraerlo hacia mí, inculta sobre mi autocontrol abrí los labios delicadamente para absorber su aroma al máximo. Él me respondió por haberle complacido, me besó con más fuerza, con toda la pasión que había estado salvaguardando desde la última vez.
Aquello era incluso mejor de lo que mis delirios me habían proporcionado desde siempre. Me sentía aturdida, ya había olvidado quién era y qué hacía, tan solo notaba sólido su cuerpo.
Y entonces sus labios susurraron entre mi cabello ensanchándose en una sonrisa.
-Cati… Estás atrapada.
jijiji cuanto tq
ResponderEliminarcn leer la linea 26 ya me as exo feliz ^^
precioso
ResponderEliminarpero... el capitulo anterior no lo entiendo me e perdido con los nombres
x cierto como me dijistes q siemprete digo lo mismo t voi a decir todo lo opuesto
q mierda lo odio no me a gustado nada!!!
(es broma)un beso moradillla
Jajajaja moradilla, si te refieres a lo de los nombres del principio era una broma, no son protagonistas tranquila... jaja
ResponderEliminarME ALEGRO DE QUE OS HAYA GUSTADO!!! va dedicado a vosotras hombre... jajaja
OsQ (L)
como q NOSOTRAS
ResponderEliminarSOLO OI YO!!xd
A LARA TAMBIÉN CATALANAA!!!! jajaj
ResponderEliminarpero especialmente por ti... venga vale... que tú eres mi fan nº1 moradilla jajaja