jueves, 22 de julio de 2010

3. Encuentros

Aquel hombre a penas se dignó a mirarme, tras una mera inspección de mi escuálida y pálida figura comenzó a realizar un exhaustivo examen a mi expediente académico.
Su traje negro, probablemente hecho a medida debido a la extrema elegancia y aparente comodidad que confería su efigie, adornado con dos brillantes gemelos dorados a ambos extremos, su grisáceo cabello engominado y peinado con una perfecta raya situada a la izquierda y sus rasgos excesiva y alarmantemente lisos para la edad que se suponía que debía tener, probablemente fruto de un tratamiento de botox, tranfería una apariencia totalmente hipócrita y severa al mismo tiempo. No era el típico director afable y venerado que debería conllevar una universidad de tanto prestigio como lo era Kenilworth.
El hombre volvió a toser y a removerse en su alta silla de cuero negro, era todo lo que había hecho durante aproximadamente la media hora que llevaba sentada en aquel asiento de una evidente y cara madera de secuoya tallada con finos garabatos, aunque esta vez se llevó una mano hacia el mentón, se rascó dos veces y permaneció quieto en aquella postura. Si no hubiera dado señales de vida al respirar, algo a penas visible a primera vista, hubiera jurado estar con una estatua más de famoso Museo de Cera de Londres.
Miré a mi alrededor y pude contemplar la suprema entidad del despacho. Las paredes de piedra, propias de la inminente y hermosa arquitectura gótica que indudablemente erguía a Kenilworth, decoradas con numerosos escudos antiguos de las hermandades de la universidad provocaban una sensación reconfortante de seguridad y antigüedad, y las enormes estanterías repletas de diversos libros de texto denotaban la presencia la sabiduría por todas partes. Kenilworth no era una academia normal, era una universidad de gran prestigio de cuya reputación muy pocos habían oído hablar ya que difícilmente los estudiantes podían hacerse un hueco en este colegio privado. Se situaba a las afueras de Londres, a unos 90 km de distancia, en una pequeña ciudad al principio de un frondoso bosque, la mayoría ignoraba su presencia pero los demás privilegiados se morían por entrar en una universidad así, ya que ésta tenía un régimen y nivel muy distinto a las demás. Kenilworth se caracterizaba por sus extrañas reglas, ya que aquí era la academia la que solicitaba a los alumnos que entraran y no al contrario.
Debería de haberme sentido dichosa por tener la oportunidad de labrarme un futuro en aquel colegio tan prestigiado, feliz por poder ver una nueva salida en mi vida y emocionada ante la idea de estudiar las artes que yo tanto había amado en otros tiempos. Pero no sentía nada, completamente nada, podía haber cogido la pesada espada medieval que lucía una de las paredes del pasillo a mis espaldas, clavármela en el centro del corazón (si es que aún me quedaba algo de él) y no sentir miedo ni dolor, porque todo me daba igual.
El Sr. Gray carraspeó su garganta con tono firme, dejó la carpeta marrón claro que había estado leyendo hasta ahora mientras dejaba encima sus gafas y, al fin, percató oficialmente mi presencia en la habitación.
  -Srta. Darmon, para esta universidad es un honor tenerla entre nuestro alumnado...- comenzó a decir exasperadamente apacible y lento con un notable acento característico de Oxford.- Se le ha hecho entrega de una beca, que especialmente otorgamos a estudiantes aventajados como usted.
Esperé a que terminara su discurso con educación. El Sr. Gray me miró con sus ojos color avellana y pude percatarme de lo que le hacía delatar su verdadera edad, era el cansancio que sus ojos transmitían.
  -Según tengo entendido usted se graduó con un año de adelantación...- dijo a la vez que se levantaba de su asiento y admiraba simuladamente uno de los escudos de tela que colgaba la pared. Asentí para responder a la pregunta indirecta que formulaba, aunque sabía que no era necesario pues deducía que conocía mi carrera estudiantil incluso mejor que yo.- Y también sé que ha venido interesada por los cursos impartidos sobre simbología e historia, ¿verdad?
  -Totalmente verdadero.- le respondí con vehemencia.
  -En ese caso, me complace darle la bienvenida a Kenilworth.
El Sr. Gray alzó su mano en mi dirección y yo me levanté y le di un amistoso apretón mientras le dedicaba una sonrisa fingida por cordialidad. Nos despedimos educadamente y salí del campus que dentro de poco pasaría a denominarse como mi residencia. A penas me paré a observar la maravilla arquitectónica que constituía mi nueva universidad, caminé recta hacia la parada de autobuses más cercana y cogí el primero que me llevara al centro de la ciudad.
Decidí deambular un poco por aquellas calles sorprendentemente modernas antes de volver al hotel. Caminé sin destino alguno, valorando los edificios que me rodeaban. A medida que más me adentraba al oeste de la ciudad fueron apareciendo espectaculares casas dignas de admiración, cada barrio tenía su estereotipo de techo de pizarra, quizá algo de madera en otras o modernos bloques rectangulares lisos; en lo único que coincidían era en el simétrico césped que todos debían de cuidar con esmero. La gente empezó a acumularse en las calles y cada vez había más bullicio, fue entonces cuando caí en la cuenta de donde me hallaba, el célebre mercado de Gimmerton Road se encontraba a pocas calles por delante, ¿tanto había andado? A mí no me lo parecía, pero igualmente debería coger un taxi para ir al hotel, aunque no se me pasó por la cabeza desperdiciar la tentadora oportunidad de visitar una de las mayores atracciones que la apartada ciudad de Peninton ofrecía como atracción hacia sus turistas.
Seguí andando calle abajo, con el tiempo haciéndome hueco entre el gentío y palpando la cartera en el bolsillo de mi cazadora de cuando en cuando. No me paraba en los puestos, en los que se ofrecía todo tipo de variedades, solo caminaba y me sumergía en la algarabía de aquel mercado callejero. Entonces fue cuando me rugió el estómago, por supuesto y para alivio mío no llegaba a oírse dicho ruido pero el cosquilleo en mi tripa permaneció por más de diez segundos. Decidí buscar un puesto de comida, que estaba segura de que había por alguna parte tratándose de Gimmerton Market, uno de los mercados más grandes de Londres, y aceleré el paso hacia las cavidades de la calle.
Pronto vislumbré un tenderete que lucía una bella colección de frutas frescas. Alegrándome por mi estómago y por mí me acerqué para comprar una reluciente manzana roja que saboreé en aquel mismo instante para deleite del vendedor que pareció enorgullecerse de sus frutas. Me despedí de aquel buen hombre y me dispuse a encaminar de nuevo el extravagante paseo que había comenzado cuando le vi.
Allí estaba él, como si el tiempo no hubiera hecho mella en su cuerpo, en el puesto contiguo en el que vendían lo que parecían ser discos de vinilo. Su broncíneo pelo que usualmente era como destellos del mismo sol se había visto envuelto en un tono oscuro, casi negro.
  -¡No te quedes ahí parada, muévete!- oí como me gritaba la voz de una mujer.
Me giré hacia ella, era una mujer bastante entrada en edad que lucía una vestimenta pueblerina y un moño, plagado de canas, medio deshecho. Me obligué a recapacitar y salir de aquel estado de shock inoportuno, el ruido volvió a mis oídos casi destrozándome los tímpanos y me di cuenta de porque la mujer se quejaba, estaba parada entre el paso de toda aquella muchedumbre frenética, cortando el paso a la gente.
  -Lo siento...- susurré sin fuerzas.
La mujer bufó airada y yo ignoré sus malos modales apartándome de su camino. Volví a dirigir la mirada hacia el puesto de discos de antes, esta vez dos preciosos ojos grises me miraban sorprendidos.
  -¿Cati?- vi como dibujaban mi nombre sus perfectos labios.
Dejó el disco de vinilo de Elton John que había estado ojeando y se fue acercando a mí, evitando a la algarabía con elegancia y destreza, cada vez más cerca a pesar de estar a aproximadamente 15 metros. Reaccioné al tiempo que observaba su rostro asombrado y... ¿feliz? ¿Era la felicidad y la emoción lo que hacían brillar sus ojos tornándolos de un color esmeralda con cada paso que daba hacia mí? No me quedé a comprobarlo, me di la vuelta y corrí como una loca cuesta arriba. Al poco tiempo noté como me daban pinchazos en las costillas a causa del flato (claramente nunca había sido una buena deportista, ni pensaba serlo ahora) pero no me detuve, seguí corriendo al mismo tiempo que la gente se apartaba de mi camino, deduciendo que no aminoraría la marcha por llevármelo por delante, y puede que tuviesen razón.
Las casas del principio de Gimmerton Road pronto se dejaron ver y salí del mercado pudiéndome parar y darme un respiro. Estaba sudando y no podía dejar de jadear pero sin titubear me giré hacia el mercado, pero no había ninguna mancha blanca que pudiese delatarle por su cazadora. Apoyé mis manos sobre las rodillas encorvándome, podía oír los latidos de mi corazón desvocado martilleando en los oídos y traté de calmarme. No pude permitirme el quedarme más de dos minutos descansando por miedo a que él me encontrara, seguí mi camino hasta el taxi más cercano que pudiera llevarme devuelta a la suite, allí estaría segura. Anduve con paso rápido, sin parsimonias que pudieran retrasarme, y cogí el primer taxi que se dignó a parar.
No me relajé hasta que dejamos más de tres manzanas de por medio entre Gimmerton Road y yo, fue entonces cuando la adrenalina que me había impulsado a seguir corriendo todo este tiempo se disipó de verdad y noté el cansancio en mis piernas.
Él estaba en Londres, eso era un hecho seguro, y claramente me había visto. Recordé su reacción al verme, parecía tan... ¿alegre? ¿Era eso posible?
Me permití dar un largo suspiro y recliné la cabeza sobre el asiento.
Él había vuelto, pero todo seguía sin tener importancia alguna para mí.

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