-Cati, ¿estás ahí?
Tardé medio minuto en apreciar que era a mí a quien se dirigía Alexia, sus ojos, matizados en varios tonos rojizos que conjuntaban con la rebeca del uniforme, se habían ocultado parcialmente bajo unas negras gafas de pasta que se habían deslizado débilmente por su aguileña nariz que me apuntaba acusadora en aquel instante.
Aparté la vista del conjunto de briznas de hierba que se habían convertido en mi punto muerto y fijé mi mirada en el libro abierto que apoyaba sobre mis muslos en los que empezaba a notar la visible marca de sus gruesas tapas, pero no llegaba a descifrar más allá de un cuadro de letras borrosas de las que me resultaba imposible adjudicar un significado simbólico.
-Cati, dime-cual-es-la-fecha-de-muerte-de-Eduardo-II.- deletreó Alexia con admirable paciencia.
Sabía que Alexia me estaba hablando y que debía contestarle, pero todo lo que decía carecía de importancia para mí. No podía apartar la vista de las embelesadoras y aturdidoras serpentinas que creaban las letras en el libro que rodeaba con mis manos.
-¿Dinastía de los Plantagenêt?- oí como preguntaba la voz de Melinda, situada a mi otro extremo.
Alexia debió de asentir porque no pude escuchar la afirmación que debería de haber dado a su amiga, o simplemente no la había oído, tampoco me extrañaba tanto la otra opción.
Oí cómo rechinaban los dientes de Cooper, el chico rubio de azulados ojos que más tarde había descubierto que se trataba del hermano gemelo de Eric, estaba segura de que se moría de ganas por contestar la pregunta y que para ello estaba llevando una difícil práctica de autocontrol.
Nada, esa era la palabra más precisa que describía mi fuero interno en aquellos momentos, la nada. Deducía que me encontraba en el campus, que sentados conmigo había cinco personas más entablando una conversación, que en la academía Kenilworth había vida y movimiento, que las nubes se desplazaban elegantemente sobre un grisáceo cielo y que el viento soplaba por mi cuello erizándome el vello. Pero yo no sentía nada de eso, el mundo se había parado milagrosamente escapando de las peligrosas y mortales arenas del reloj, paralizando cada grano, el viento no existía, no rozaba mi piel haciéndome saber que la Tierra estaba viva.
La aguda voz de Steph aún resonaba en mis oídos, una y otra vez, vocalizando cada palabra mencionada en la conversación del último día, como una penitencia incumplida.
"-¿Steph?- pudieron articular mis labios temblorosamente.
-Cati, ¿eres tú?- la voz de Steph sonó al otro lado del auricular algo somnolienta.- Dios Santo, ¡Cati son las tres de la madrugada!- esta vez sonó mucho más firme.
No pude contenerme más, me derrumbé en aquel preciso instante, había añorado tanto la voz de mi querida amiga... La bola de fuego que me había estado abrasando el pecho todo aquel tiempo rompió con facilidad las barreras que la contenían subiendo hasta mis ojos en forma de vivas lágrimas que dibujaron el contorno de mis pómulos, humedeciendo en pocos segundos todo mi rostro.
Mi amiga notó los sollozos que yo tanto ansiaba ocultar y aplacó su enfado.
-Cielo, ¿qué ocurre?- preguntó disfrazando el tono de su voz con una dulzura artificial de la que pude desenmascarar a una presente preocupación.- ¿Qué te ha pasado?- susurró con más urgencia.
-Nos hemos visto...-pude balbucear entre lágrimas.- Me ha encontrado, no sé cómo lo ha hecho pero me ha encontrado...
Con cada palabra que le decía más sollozos se acumulaban en mi garganta impidiéndome explicarme con claridad.
-¿Quién? ¿Quién te ha encontrado?- dijo Steph esta vez alzando notoriamente el tono de voz.
Después de casi tres meses seguía sin poder decir su nombre, era incapaz de nombrarle sin que algo dentro de mí se moviera y me hiciese palpitar aceleradamente el corazón cuando deletreaba cada sílaba de aquel sonido tan maravilloso que producía el decir su nombre.
Me aovillé más de lo que estaba ya entre las sábanas de mi cama y cerré los ojos fuertemente haciendo caer unas cuantas gotas más.
-Nathan.- murmuré entre ahogos.
Se produjo entonces un inminente silencio al otro lado de la línea, durante el que a medida que el tiempo pasaba me preguntaba si mi amiga me había colgado tomándome definitivamente como demente. Pero logré oír su voz.
-Voy a ir.- dijo final y secante.
-¿A dónde vas?- pregunté agarrando con más fuerza el teléfono por si no había oído bien.
-Allí, contigo. Déjame unos minutos que encuentre el primer vuelo a Londres que se me presente en Internet y mañana al amanecer estaré allí.
Me incorporé en la cama, secándome las lágrimas de la cara y medio riéndome por la situación.
-Steph, es jueves, mañana tienes instituto.- razoné.
Hubo otro momento de silencio en la conversación en la que pude distinguir la acompasada respiración de mi amiga al otro lado de la línea.
-Diré que estoy enferma, soy una alumna ejemplar, el director se lo creerá.- me rebatió con un tono más animado.
-Muy bien, entonces espera a ver que me entere: piensas coger un avión a las cuatro de la mañana, en el hipotético caso de que tu madre por alguna disparatada razón te deje cruzar el Océano Atlántico saltándote las clases, venir hasta Peninton conmigo y echar a...- respiré hondo evitando evocar su presencia.- y echarle. Mi pregunta es la siguiente: ¿dónde narices vas a pasar la noche?
Oí la contagiosa risa de mi compañera en el auricular y, asombrosamente, me uní a ella.
-Cati, Cati, Cati... ¿Cuando vas a aprender que existen los albergues juveniles?- bromeó entre risas.
Steph carcajeó fuertemente provocándome aquel extraño estado en el que nos sumimos cuando acabamos de llorar y no sabemos si seguir llorando o reírse estúpidamente. Tras unos minutos más o menos felices de risas tuve que hacerla recapacitar.
-No lo hagas, Steph.- le supliqué aún con una húmeda sonrisa en la cara.
-Vale...- aceptó todavía riéndose.- Pero al menos te he animado, ¿no?
-Por supuesto...- dije volviéndome a reír.- Siempre lo haces.
Ambas nos volvimos a sumergir entre resonantes carcajadas de risa provocada sin ningún motivo y que caracterizaba mejor a los borrachos que a dos adolescentes en una conversación telefónica. De todos modos me aferré al máximo a aquellos pocos minutos que duraría aquella sensación reconfortante que mi amiga me había proporcionado aquella noche, y de la que seguramente más tarde me arrepentiría ya que igualmente todos mis muros internos se derrumbarían en la oscuridad de la noche, pero no me preocupaba nada de eso mientras sentía la necesaría compañía de mi amiga."
Apenas había podido dormir la otra noche, podía sentir como una horrible noche de vueltas y enredos entre sábanas y mantas habían dejado mella sobre mi cuerpo, en cambio mi mente seguía tan alerta y absorta como se había quedado toda la noche.
¿Por qué había venido? ¿Por qué tenía siempre que encontrarme? Ya no me quedaban fuerzas suficientes para aguantar otro ciclo más, porque sabía de sobra que todo terminaría igual que las otras veces: él me encontraba, nos enamorábamos y finalmente, desgarrándome el alma cruelmente sin parar, ambos desaparecíamos; siempre había sido así. Nunca recapacitaba, era imposible actuar de otra manera y aprender de los errores, aunque luchase a vida o muerte más tarde acababa sucediendo otra vez.
Esta era la primera vez que tardábamos tan poco tiempo en estar de nuevo juntos, tan solo habían pasado sobre tres meses y todo volvía a ocurrir, ininterrumpidamente, sin poder escapar de ello, como un tormento por toda la eternidad. Pero esta vez no pelearía más, ya estaba cansada de intentar que las cosas cambiasen, tan solo conseguiría hacer daño a las personas que más quería, como había logrado la última vez. No, no iba a combatir al destino, no me quedaba más remedio que aceptar y postrarme ante él.
-1327.- constesté a la ya impaciente Alexia.- 21 de Septiembre de 1327, en el castillo de Berkeley.
Oí como Cooper soltaba un marcado resoplido y Alexia pasaba las hojas a gran velocidad para seguir repasando otros conceptos. Una pomposa gota de sangre color carmesí llamó mi atención por el precioso contraste que experimentaba con el arrugado y blanquecino papel del libro, seguí el recorrido de ésta cayendo en la cuenta de que se trataba de mi dedo índice que, presionando fuertemente contra una de las esquinas, había logrado hacerme sangrar. Me llevé el dedo a la boca saboreando el metálico y amargo sabor de la sangre que emanaba de la yema, ni siquiera me había inmutado ante el dolor.
En aquellos momentos no podía pensar en nada, el sueño que había tenido la noche anterior por primera vez en mucho tiempo, cruzaba mi mente impidiéndomelo.
Estaba en medio de un bosque, podría haber sido cualquier bosque pero este era especial, era el bosque de las afueras de Peninton, algo me lo decía dentro de mí a gritos. Los árboles me rodeaban, cubriendo un cielo encapotado del que apenas se veía algo.
"Corre".- me dije.
No tenía cuerpo, no conocía a nadie, no entendía nada; solo debía correr. Sabía que tenía que correr.
Empecé a correr como una posesa, sin siquiera molestarme en apartar las ramas que despiadadamente me arañaban el rostro, los brazos y las piernas desnudas. Algo me perseguía, notaba su presencia, y aceleré.
"Para".- oí como ordenaba mi voz de nuevo.
Y paré en seco, derrapando frente a un lago de turbias y oscuras aguas, pero no estaba sola. En frente estaba Nathan, su claro pelo broncíneo estaba mojado y caía como enredaderas sobre su piel pálida. No podía moverme, tan solo le devolvía la mirada a dos ojos negros como el tizón. Parpadeé varias veces, con el objetivo de seguir mirándole, pero ya no estaba en la orilla. Le busqué desesperada por volver a verle y de repente noté una respiración agitada detrás de mí, una mano blanca como la nieve y tan fría como ella rozó la piel de mis brazos haciéndome soltar un gemido de placer. Me rendí totalmente y no dominé mi autocontrol, me dejé caer entre sus brazos congelados y duros mientras él me obligaba a mirarle a la cara pudiendo contemplar sus perfectos rasgos. Nathan agarró fuertemente mi cabeza por la nuca causándome dolor y colocándola a escasos centímetros de la suya. Sus ojos negros me hipnotizaron por completo con un brillo místico.
-Cati...- susurraron dulcemente sus labios entre mis cabellos. Noté como éstos se ensanchaban en una sonrisa.- Estás atrapada.
aiiii me encanta quiero continuar con la histiria..
ResponderEliminaruna cosa nathan no tenia los ojos grise???
i me da mui mal rollo lo de estas atrapada
brrrr
tu fan nº 1
Creo que ya sabes demasiado de como continua... jejejjee
ResponderEliminarY tranki, es un sueño... no como el ATENTADO!! (llorando)
jajja Your fan number one by violinist and guitar now :D