sábado, 25 de septiembre de 2010

19. La fiesta

Volví a atusarme el largo vestido segura de que iría a hacer un ridículo absoluto aquella noche. Había cometido una tremenda equivocación al decidir acudir a la fiesta y no utilizar mi plan de escapada.
  -No te toques el vestido o lo arrugarás.- me advirtió mi madre mientras trataba en vano de abrocharse la cremallera de su vestido color ónice.- ¿Me ayudas, por favor?
Suspiré ante lo inevitablemente patosa que era mi madre. Subí la cremallera con sumo cuidado de no pillar ningún hilo del traje y esperando que aguantara la respiración para poder encajárselo a medida perfecta. Finalmente se dio la vuelta y me observó con detenimiento de arriba a bajo. Bufé airada al ver sus brillantes ojos inundados por una mística emoción y deducir que me iba a soltar el discurso que siempre tenía a mano preparado para ocasiones como aquella.
  -No me mires de esa forma, mamá.- critiqué.
Mi madre ser mordió el dedo índice, descorriéndose levemente el color marrón del pintalabios con el que le había maquillado. Puse los ojos en blanco cuando fui al estuche para buscarlo y repasarle el contorno del labio inferior.
  -Quita, Cati. ¿Te has visto cómo vas?- renegó ignorando mi comportamiento reacio a las atribulaciones y la norma más importante: No halagarme.- ¡Estás preciosa!
Suspiré de nuevo esta vez llegando a sonreírla para no tomar a mal su cumplido realmente generoso por su parte. Menos mal que era mi madre y sabía mentir a la medida de las circunstancias.
  -Sí, mami.- le di la razón como a los tontos y después recuperé el ánimo.- ¿A caso te has visto tú? Estoy segura de que de no ser imposible, más de una persona ahí abajo te confundiría con mi hermana.
Mi madre se rió tontamente mientras un leve rubor se extendía por sus mejillas ocultadas en una tez color crema a juego con el vestido de raso. Finalmente se calzó sus tacones y se atusó por décimo-quinta vez el pelo suelto.
Un relámpago de miedo escénico anegó todo mi ser al darme cuenta de que había llegado la hora de bajar por las escaleras a una fiesta a la que miles de personas internacionalmente invitadas habían acudido. Noté como me empezaban a sudar las palmas de las manos ante la hora que era.
  -¿Bajamos ya? Creo que somos las últimas.
Oí a mi madre hablar a lo lejos, impaciente por ver como el trabajo de una semana había cundido en una noche tan especial como aquella. En ese momento la envidié por poseer aquella seguridad en sí misma.
No estaba preparada para bajar y enfrentarme a toda una multitud, sin contar el intachable comportamiento y la rica educación que debía tomar por actitud en aquella fiesta de alta alcurnia.
  -Ve tú primero, quiero retocarme algo más antes de bajar.- me excusé mientras retorcía mis dedos con nerviosismo.
Mi madre descendió su mirada hacia mis manos, lo que me obligó a deshacer los nudos que estaba haciendo, después volvió a fijarse en mi rostro. Saqué entonces mi mascara de tranquilidad para no preocuparla y que me dejara a solas, le sonreí. Tras unos segundos en los que se oyó fuertemente el repiqueteo de mi corazón bombeando sangre y adrenalina a toda velocidad por mi cuerpo, asintió levemente accediendo a mi propuesta, lo que me hizo deducir lo entusiasmada que estaba por la gala que había negado sus visiones maternales.
  -Estoy muy orgullosa de ti, Cati. No lo olvides.- me susurró al oído mientras me acariciaba suavemente la mejilla.
Le sonreí aturdida por el giro de los acontecimientos, mas sus palabras actuaron como un milagroso tranquilizante para mi cuerpo ya que relajé los músculos agarrotados por el miedo. Finalmente escuché el cierre de la puerta y volví a la realidad.
Gracias a la ingente cantidad de potingues con la que mi madre me había obligado a cincelar un semblante perfecto se escondía un rostro macilento tras horas de tortura nocturna. A penas había sido capaz de dormir durante la noche pensando que dos habitaciones más adelante se encontraba una persona irreal suplantando la identidad de mi amiga Ashley, lo peor era pensar que aquella persona que yo recordaba pasear con naturalidad por una alfombra roja y con cien cámaras pegadas a su cuerpo no iba a volver. Nunca más volvería a verla ir de compras en pleno Boston o exigirme introducir un traje Louis Vuitton en mi armario. Nunca.
Solté otro largo suspiro antes de enfrentarme al espejo de cuerpo entero que portaba el vestido. Realmente no podía creer que la chica que se reflejaba en el cristal fuera yo. El alisado pelo corto que acostumbraba a lucir se había transformado en una voluminosa masa de titánicos bucles de entre sus cavidades destellaban brillantes estrellas diminutas incrustadas al peinado, que hacían relucir la oscuridad de mi cabello. Mi rostro se había visto tiznado de un enfermizo color porcelana que hacía contraste con la mancha rojiza de mis abultados labios y el negro azabache de los tirabuzones.
Bajé despacio la mirada a través de mi cuerpo. La sobriedad de aquel vestido blanco humo difería en la gama del escote de palabra de honor, donde se mostraba una piel mucho más pálida a la del vestido. El atavío realizaba un adulante cruce arrugado entallando de este modo la cintura y marcando una divagante curva sugestiva mientras terminaba en un vuelo perfecto hasta el suelo y continuaba con una pequeña caída en el largo del vestido. Aún no creía que pudiera ser aquel mi cuerpo.
Acaricié con ternura la tela ceñida en la parte superior, creando círculos imaginarios con el dedo índice. Aquel vestido tenía otra connotación más importante para mí que el hecho de que me quedase perfecto, aquel vestido había sido el que llevó mi abuela durante la fiesta en la que conoció a mi abuelo.

  “-Aquella noche la rememoraré siempre, Cati, fue mágica.- exhaló forzosamente mientras un brillo místico se cernía en su mirada.- Por aquel entonces yo era un simple soldado raso cuya sociedad emancipaba en busca de trabajo, una jarra de vino y un trozo de pan.
  >Acababa de viajar desde Suiza hasta Francia en el transcurro de tres días en tren y ese mismo día decidimos salir a la calle. Francia era todo lo que podíamos haber esperado de un rentable país europeo: bares, cabarets, juerga…- mi abuelo se rió de su propia insensatez juvenil.- Aquello era un despilfarre para alguien como nosotros.
  >Aquella noche nos dispusimos a hacer algo diferente, algo con lo que hubiéramos soñado todos alguna vez. El letrero de la gala se anunció por sí sola subyugando nuestros nombres con ella, era un plan perfecto. Nos vestimos con los mejores atuendos encontrados o robados y extraordinariamente nos colamos en aquella fiesta.- el abuelo carraspeó su seca y amedrentada garganta antes de seguir relatándome en el desván la sorpresa que iría a desvelarme.- Y allí estaba ella, radiante cual luna llena reflejada en las aguas del oscuro lago de mi corazón. Llevaba el mejor vestido de todos con suma elegancia y delicadeza como rosa de invierno, destacando de entre todas. Entonces me miró y me susurró con voz angelical:
  >-¿Por qué has tardado tanto?
  >Y yo le contesté mientras acogía su mano sobre la mía y la besaba con sutileza:
  >-No pude encontrarte en el cielo.
El chirrido del baúl me sacó de aquel trance hipnótico en el que me había sumido y volví a ver al viejo apocado en silla de ruedas en vez de a un apuesto soldado joven. Entonces sacó una montaña de telas y gasas blanquecinas que hizo extrañarme por el enlace con la historia.
  -Nunca la vi más hermosa que con este vestido y aquella noche.- la masa comenzó a tomar forma de vestimenta cuando lo explayó sobre su regazo.- ¿Sabes, Cati? Tú me recuerdas a ella y me encantaría que dejases disfrutar a este pobre anciano de otra noche como aquella.
Sonreí dulcemente a mi abuelo adorándolo como jamás lo había hecho en ningún otro momento y acuné el vestido entre mis brazos.”

Mi abuelo no me había hablado sobre mi abuela en muchas ocasiones, sabía que la había estimado mucho y que le dolía demasiado el hecho de tan siquiera mencionarla aunque siempre la aguardase en su corazón.
Extrañamente tan solo una frase de las mencionadas se repetía una y otra vez en mi mente. Tú me recuerdas mucho a ella…, había dicho. No sabía por qué pero inconscientemente gracias a esos términos había relacionado aquel idilio con Nathan, a pesar de que nosotros ni siquiera teníamos algo. Me negaba a amarle con toda mi razón pese a que en aquel tiempo había aprendido a escuchar los latidos de mi corazón de alguna manera.
Las piernas me flojearon en aquel instante al percibir el ritmo que seguían mis pensamientos y traté de no sucumbir al recuerdo de sus platinos ojos escrutando mi mirada, de sus manos rozando mi cuerpo con anhelo, de mis manos enredadas en su broncíneo cabello… Esos errores no debía cometerlos. Él se había marchado para no volver y, con algo de suerte, sería para siempre. Era algo que debía alegrarme en vez de entristecerme. Mas cuando mi mente ordenaba que me detuviese, instantáneamente volvía a mis divagaciones, aquella fantasía imaginaria en la que con el paso de los días no era odio lo que crecía hacia él y donde te encontrabas en el nítido filo de la locura y la cordura.
Sacudí enérgicamente la cabeza en un intento de borrar los raciocinios que estaban teniendo lugar en mi cabeza. ¿Por qué me molestaba en pensar siquiera en algo ilusorio? ¿A caso me estaba convirtiendo en una masoquista de primera clase? Esperaba que a la lista de sádicos atentados contra mi vida no fuese yo misma la que la encabezara.
Exhalé una profunda bocanada de aire para infundarme un valor irreal dentro de mi cuerpo y me decanté por bajar el tramo de las escaleras. La mansión estaba incluso más abarrotada de lo que yo había imaginado, los livianos murmullos que recorrían la sala sonaban como una serenata complementaria a la tradicional música clásica que inundaba el ambiente. Me quedé allí parada al final de la escalinata, enrojeciendo por momentos al sentirme tan estrafalaria y solitaria en aquella estúpida fiesta de navidad. Busqué ávidamente con la mirada a alguien reconocible con el que al menos juntarme para parecer menos patética, tan solo necesitaba alguien que aceptase agregarme a su círculo para pasar desapercibida.
  -¿Champán?- preguntó una voz a mis espaldas.
Bruscamente me giré para descubrir a mi héroe del momento ofreciéndome una delicada copa de cristal con un burbujeante líquido dorado en su interior.
  -Gracias, Fred.
Cogí la copa que se me brindaba desatendiendo el hecho de que Fredy (y teóricamente yo también) era menor de edad para beber alcohol. Aquel era un buen momento para rechazar la normativa de no ingerir sustancias perjudiciales a mi organismo, por lo que vorazmente tomé un largo trago del amargo champán de la fiesta.
  -Más despacio vaquera.- me advirtió Fredy burlándose.
Hipé durante unos segundos mientras el acelerado compás de mis pulsaciones aumentaba en cadencia debido a la deglución de alcohol que empezaba a materializarse con un color rosado en mis pómulos. Finalmente terminé desdeñando el consejo de mi amigo y seguí observando a la gente, esta vez con más alegría que antes de beber algo.
  -¿Quién ha venido a la fiesta?- interrogué curiosa.
Fredy frunció el ceño en un gracioso gesto pensativo pero que me desesperó debido la tardanza de su contestación.
  -Todos excepto… los Castell y los Ness.- dictaminó.- Ya sabes, asuntos de trabajo.
Asentí rápidamente asimilando la información procesada. A parte de la resta de cuatro personas que suponían la ausencia de las dos familias, prácticamente medio continente había sido invitado a Saint-Germain le Château para celebrar la famosa fiesta navideña en el hogar de los Darmon.
Repasé las últimas gotas del champán que quedaba al fondo de la copa agonizando la idea de coger otra al recordar mi terrible metabolismo ante el alcohol un tanto tarde. Miré a Fredy, sentado al pie de las escaleras mientras meneaba medio aburrido el contenido pardo de su vaso. No había tardado demasiado en decaer sus ánimos ante aquella fiesta, reflejando sus denuedos en el deshecho nudo de su pajarita y los dos botones desabrochados de su camisa blanquecina.
Exhalando un hondo suspiro me senté a su lado sin un plan mejor y apoyé mi cabeza sobre su hombro.
  -No sabes como envidio a Dorian en estos momentos.- se apenó entre sofocadas risas.
Era la suerte de tener cinco años en aquellos precisos momentos la que te salvaba de veladas como estas, cuando podías canjear una hipócrita conversación con un magnate de la alta industria por una cita con tu osito de peluche preferido.
Me reí quedamente ante la innegable razón que conllevaba aquella frase y aparté la copa vacía hacia un lado del escalón. Fredy suspiró con vehemencia como espantando unos acechantes fantasmas invisibles y me tendió su mano izquierda.
  -¿Salimos fuera?- tentó.
Levanté la cabeza de su hombro, mareándome levemente gracias a los progresistas efectos del alcohol en mi, cada vez más claro, defectuoso nivel de asimilación, mas logré enarcar una de las cejas sarcásticamente.
  -Estamos a menos de cero grados centígrados.- obvié ante la temperatura lógica de aquella estación del año.
Fred me miró directamente a los ojos mientras señalaba su Rolex con el dedo índice.
  -Estamos exactamente a tres minutos de bailar el vals.
El rostro se me deformó al oír el verbo “bailar” seguido de la palabra “vals” e instintivamente agarré con fuerza la mano que Fredy me tendía sin dudar ni un segundo de rendirme ante una propuesta tan tentadora. De todos modos un poco de aire fresco me despejaría el mareo que se atenuaba en mi cabeza.
Aferré el brazo que galantemente Fred me ofrecía e intentamos pasar desapercibidos mientras nos hacíamos hueco hasta la entrada de la mansión. Aquello parecía más Misión Imposible que una simple salida de la casa, ya que durante el trayecto procuramos evitar contacto con rostros generalmente conocidos y por lo tanto ahorrarnos el discurso sobre la importancia que implicaba aquella celebración (discurso mencionado en más de una ocasión los días precedentes al acontecimiento).
Pareció que la victoria estaba de nuestro lado cuando conseguimos adentrarnos en el aparatoso recibidor de la entrada. Me mordí la lengua prudentemente por no gritar de alegría ante la superación de la prueba.
  -Perdónenme, señoritos, pero me temo que ustedes no deben salir ahí afuera.- una monótona voz sonó a nuestras espaldas.
Brinqué deliberadamente ante la acompasada notoriedad que nos sobresaltó sin precedencia en la entrada. Lentamente nos giramos y pudimos comprobar a un hombre de patente distinción entre convidados. El hombre bien podía haber pasado desapercibido entre la uniformidad clasista de aquella sociedad, mas su inclinación hacia la pulcritud y una postura razonablemente agasajadora de rectitud  denotaron una connotación susceptible en el ámbito.
Me derrumbé por completo al escuchar la frase que tan limpiamente educadora había sido mi arresto hacia la amada libertad, pero Fredy irguió notablemente su postura y supo reaccionar a tiempo ante la situación.
  -La señorita y yo tan solo deseábamos poder dar un apacible paseo bajo la luna.- se explicó Fred con un marcado y exagerado tono varonil.
Seguidamente Fredy me pegó un codazo en las costillas para que recobrase la farsa de adultos sin precedentes, por lo que me enderecé correctamente y adopté una encantadora y dulcificante sonrisa en el rostro.
  -Disculpe, ¿supondría un inconveniente el hecho de nuestra ausencia?- pregunté endulzando la voz.
El hombre nos inspeccionó disimuladamente sin alterar el ego de su figura, paseando sus manos hacia la espalda y atusando el poblado bigote nacarado con un gracioso movimiento de nariz parecido al de las cobayas.
Puede que el hecho de la contratación de un mayordomo para la fiesta supusiera un impedimento a nuestros planes. Pero Fredy había acertado de pleno sobreactuando con madurez, ya que aquel hombre no nos conocía y por lo tanto resultaba más fácil engatusarle. La idea de una joven pareja que formalmente se retiraba escasos minutos para una mayor intimidad podría conseguirnos la excusa perfecta para la situación.
El hombre dudó durante exiguos segundos en los que recé todo lo que sabía para que la trama funcionase y apreté el brazo de Fredy con fuerza, alegrándome de que se tratara del musculitos de Fred el que me agarrase. Entonces oí el principio del vals a ritmo de los latidos de mi corazón.
  -Me temo, señoritos, el tener que comunicarles una fatídica noticia.- habló de pronto arrancándome del sonido de los violines de fondo. Su rostro mostraba una maléfica sonrisa que me hizo augurar la peor contestación cuando elegantemente su mano derecha señaló a nuestras espaldas.- No puedo permitirme el lujo de cargar mi conciencia con dos trágicas muertes bajo la nieve.
Rápidamente viré la cabeza hacia el cristal de la puerta de entrada. La oscura noche cubría el lugar como negra boca de lobo sin ni siquiera una pequeña estela adornando lobreguez y, en un contraste irónico de colores, unos perlinos copos mancharon el panorama. Maldije en mi interior el atraso de la nevada que el destino había decidido contrariar y la malévola sonrisa autosuficiente en la cara del mayordomo.
Al menos uno solo estaría saltando de alegría ante la idea de tener al fin unas navidades blancas. Me imaginé a Dorian arriba durmiendo, ajeno al cumplimiento de su deseo, y me prometí despertarle más tarde para ver nevar juntos.
De pronto unos golpes me inquietaron sonsacándome de mis divagaciones y me devolvió a la realidad, dándome cuenta de la tensión habido entre las miradas de Fredy y aquel hombre, pero el ruido no lo habían provocado ellos. Volví a girarme en dirección a la puerta de entrada y caí en la cuenta de que alguien llamaba. Me pregunté entonces quién faltaría por acudir a una fiesta que ya había despegado hacía horas en plena nevada de invierno.
El mayordomo se inclinó levemente en nuestra dirección como despedida y asistió a la tradicional apertura de puertas permitiendo el paso a un apuesto caballero. Su broncínea cabellera relucía espléndidamente debido a los húmedos copos derretidos en sus mechones y pálidas mejillas debido al frío invernal, al igual que su penetrante mirada cenicienta que cortó mi respiración al instante.
Quise moverme de aquel sitio y retroceder, mas mi cuerpo rechazó cualquier orden desconectándose de mi cerebro. Finalmente sus grisáceos ojos se posaron en mí con una mueca de dolor en el rostro. Instintivamente me agarré la parte izquierda del pecho cuando una brecha hiriente se habría paso cual puñalada en el corazón.
Nathan había vuelto.

2 comentarios:

  1. me gusta me gusta.
    pero ha sido un poco corto.
    pero no esta mal me encanta Fred es adorable.
    tu fan nº 1 i moradilla :)
    un beso

    ResponderEliminar
  2. sii pues me tiré no sé cuantos días escribiéndolo, últimamente tengo problemas con la inspiración jejej.
    Espero que el próximo te guste más, lo intentaré hacer más largo
    bss for my fan nº1 purple xd

    ResponderEliminar