sábado, 18 de septiembre de 2010

16. Tres semanas

El frío me laceraba la piel cual acero, provocando de mi interior aullidos de dolor que brotaban de mi garganta sin recelo, cantando a la luna llena una preciosa nana plagada de mi sufrimiento personal.
Caminé a través del manto blanco que se extendía alrededor de lo que en otro tiempo habría sido un extenso prado de flores primaverales, la nieve me llegaba hasta la cintura. No podía para de convulsionarme y temblar mientras aullaba entre tartamudeos incontrolables. Miré hacia abajo y seguí con las yemas de mis dedos las curvaturas desnudas de mi cuerpo, lo que me provocó otro estremecimiento.
  -Aquí Cati.- oí como una melodiosa voz aguda me llamaba.
Levanté rápidamente la cabeza, un impulso instantáneo que no pude reprimir. Allí, sobre la nieve, estaba el pequeño Dorian, tan pálido como los propios copos que caían a nuestro alrededor, reluciendo su cabello de color cobre en contraste con su fulgor blanquecino. Instintivamente me hundí en la nieve hasta que tan solo sobresaliera mi cabeza, y rodeé con los brazos mi cuerpo desnudo. No era vergüenza lo que sentía, sino un miedo innato a él.
Dorian  sonrió acentuando la juventud de su rostro y se acercó lentamente hacia mí, haciendo caso omiso de mi reacción.
  -Ven conmigo.- canturreó.
Dorian extendió una de sus diminutas manos para ofrecerme la opción de irme con él. Quise negarme alegando que me dejara, pero extrañamente mis dedos congelados ensortijaron los suyos. El pequeño Dorian volvió a ensanchar otra sonrisa cuando su brazo tiró de mi cuerpo hasta sacarlo por completo de la nieve, y me percaté de una diminuta diferencia en el niño. Sus ojos, negros como el carbón, brillaban con desdén borrando de su ser todo rastro que pudo albergar de inocencia.
Presa del pánico intenté deshacerme de su contacto para apartarme de él, pero Dorian tenía más fuerza que yo y logró retenerme, aunque, misteriosamente, con otra de sus sonrisas maléficas terminó soltando mi mano.
El rebote me hizo trastabillar sobre la nieve hasta caer sobre algo duro pero igual de gélido. Miré hacia atrás, observando como dos brazos se cernían sobre mi cuerpo rodeándolo y obligándome permanecer junto al suyo.
  -Es mía.- gruñó Nathan reclamando su presa.
Me apretó más contra su cuerpo, haciendo sentir en cada una de mis partículas el roce con su piel. Dorian  rugió ferozmente sin dejar de mostrar una mueca perversa en la comisura de sus labios rosados.
  -Mía.- susurró el pequeño Dorian como eco.
De repente Nathan soltó una carcajada ronca que hizo sonreír al niño, quien se acercó a nosotros con solemnidad. Alzó una de sus manos y acarició  mi piel con sus dedos.
  -Nuestra…- corearon a un mismo tiempo.
Abrí los ojos de par en par y me erguí jadeando.
  -Joder…- me quejé cuando de la parte izquierda de mi frente brotó una punzada de dolor.
Cerré los ojos, sudando como aún estaba debido a la pesadilla que inundaba mi mente, y me llevé instintivamente una mano hacia mi frente, que ya empezaba a mostrar signos de contusión causados por el golpe. El dolor fue mitigando paulatinamente hasta quedarse reducido a meros bombeados y un chichón de lo lindo. Tras calmarme lo suficiente abrí los ojos para descubrir a mi agresor, quien me decepcionó y derribó mi orgullo sobre protector al resultar ser un simple cajón de madera.
Espera un momento, ¿era el pico de un cajón contra lo que me había dado? Tanteé con las palmas de las manos a mi alrededor. Parqué. El mismo parqué que cubría el suelo de la habitación. Desorientada miré hacia ambos lados, esta vez procurando evitar otro golpe con el cajón. El armario seguía abierto de par en par, esperándome pacientemente, a un lado la cama permanecía intacta, sin dar señales de utilización, y tras el ventanal una luz se colaba entre las montañas traslúcida tras la espesa niebla que cubría el cielo.
Intenté levantarme, aunque rápidamente unos puntos cegadores en mi visión me forzaron a aferrarme a algo sólido mientras se iban disipando tras unos segundos de espera. Divisé a un lado del pie del camastro mi maleta, abierta y con la ropa revuelta en el interior, y arrugado en el suelo, mi suéter gris de brillantes. Con la confusión recorriéndome las venas me incliné a recoger la prenda tirada.
No lograba recordar nada, tan solo una oscuridad acuciando mi llegada al mundo de las sombras. Estaba manteniendo uno de los peores momentos tenidos con mi amiga Ashley y segundos después un dolor insoportable me sacudía, sin más, y después el desmayo. Había sido un golpe limpio, sin agonía de por medio. Desmayo y caput, final de la partida y vuelta a empezar de nuevo.
Arrojé el suéter hacia el fondo del armario y me dispuse a salir disparada de habitación, con la respiración agitada a causa del miedo. En el pasillo no había nadie, por lo que decanté por descender dos pisos más. Busqué por todas las habitaciones a alguien, con una presión ocupándome el pecho e impidiéndome actuar con normalidad, pero la casa estaba vacía, completamente desierta. Entonces me paré, relajé el sonido hosco de mi respiración, limitándolo a simples suspiros, era un ruido lo que se escuchaba. Aquello me alegró, ya que no estaba sola en la enormidad de la casa, pero a un mismo tiempo disparó los ya olvidados y desusados sentidos de la supervivencia y la lógica deductiva. Podía ser un ladrón el que importunara en la mansión, y no me extrañaba ya que si yo también lo fuera no me sería difícil elegir a Saint-Germain le Château como víctima de mi estafa y no a cualquier otro hogar más ordinario.
Me acerqué hacia la entrada, donde en un paragüero de cara porcelana turca mi abuelo guardaba sus viejos recuerdos de bastones, y cogí el primero que agarró mi mano. El ruido provenía de la cocina, y cada vez se acentuaba con cada uno de mis pasos. Levantando el bastón como un bate de béisbol dispuesta a utilizarlo como arma de autodefensa me envaré en la sala de la cual procedía el punto de origen del supuesto ladronzuelo que había tenido la osadía de irrumpir en la asolada mansión de montaña.
  -¡Ah!- chillé como grito de guerra.
Descargué demasiado tarde el golpe fatal provocado por el bastón sobre la encimera de la encimera de la isla que decoraba la cocina. El criminal alzó sus bucles esponjosos por detrás de sus hombros y me lanzó una verde mirada discriminatoria que hizo enrojecer mis pómulos.
  -Vaya, si que te levantas tú con ánimos por las mañanas.- me recriminó.
Rose, la madre de Frederick, puso sus brazos en jarra sobre el anaranjado delantal que lucía sobre su modelito de Gucci. Solté avergonzada el bastón con el iba a violar a la madre de mi amigo dejando reposar la empuñadura dorada en forma de león sobre una banqueta.
  -Lo siento, yo… no vi a nadie y pensé… pensé que había un ladrón.- balbuceé cortada por la situación que yo solita me había buscado.
Rose frunció el cejo y arrugó la nariz mientras apartaba la vista de mí hasta el bastón que acababa de soltar y que de no haberme controlado a tiempo hubiera descargado contra su cabeza.
  -Espero que no albergues intención alguna de ingresar en el cuerpo de policía. Te advierto que tendrías un funesto destino en esa profesión.- comentó de forma irónica en un tono hostil.
Suspiró débilmente, relajando la postura enervante que había adoptado y volvió a encararse con una de las cacerolas que rezumaban en el fuego. Conté hasta diez en mi interior, relajándome con cada número que se precipitaba en mi mente, y para cuando llegué al once me decidí a moverme hacia el frigorífico, con la vergüenza presente en cada uno de mis movimientos. Saqué el cartón de zumo de naranja y alcancé uno de los vasos de cristal de los estantes superiores, mientras Rose me mantuvo en la ignorancia, removiendo en el interior de las ollas que utilizaba.
Me extrañó el hecho de verla sola en la casa cocinando, al menos sin mi madre ya que pronosticaba que ella siempre ayudaría a una persona en aquellas tareas o, como mínimo, que la única persona que se encargara de ellas fuera ésta.
  -¿A dónde han ido los demás?- me aventuré a preguntar tras varios sorbos al zumo.
Rose se tomó su tiempo en contestar, sabía de sobra que yo no era de su agrado pero ambas nos comportábamos con cortesía en un ámbito familiar. Oí el repiqueteo de la cuchara de madera en el metal y, finalmente, el sonido de su voz.
  -Los chicos se han ido a hacer senderismo.
Enarqué una de mis cejas ante el asombro de su respuesta. Que yo supiera había heredado la aberración a los deportes de mi madre y precisamente mi abuelo no era el más adecuado para practicar un ejercicio en el que lo primordial era andar.
  -¿Mi abuelo también?- pregunté sin poder controlar un gallo inesperado.
Rose suspiró agotando su paciencia y esperé a que ella perdonase mi lentitud mental.
  -Tus padres se han ido al pueblo con él. Tu abuelo tenía que arreglar unos asuntos y ellos han aprovechado para hacer la compra.
  -Ajá.- asentí al mismo tiempo que disipaba mis dudas.
Sin saber cómo actuar a solas delante de ella y con una enorme confusión enterrando todo mi ser, tragué lo antes posible el resto de zumo que me quedaba en el vaso para poder excusarme e irme sin tener que cruzar otra palabra más.
Todo sucedía demasiado rápido como para que mis neuronas, algo embotadas por el brusco cambio que se había producido en las pocas horas que llevaba consciente en Saint-Germain le Château, pudieran asimilar todo lo que se producía a mi alrededor. Me daba cuenta ahora, demasiado tarde como para discutir ese punto de la cláusula, de que no había exagerado para nada al negarme a venir a esta casa durante todos estos años. En lo que habían sido menos de veinticuatro horas me había dado tiempo a discutir con la que sería mi mejor aliada en la familia durante las próximas tres semanas, además de haber acrecentado mi mal estado, lo que me mantenía preocupada por el giro de los acontecimientos.
Coloqué el vaso en la pila de fregar y me dispuse a marcharme de la sala, que inexplicablemente se había cargado de una extraña atmósfera de tensión y silencios degolladores. Al salir me acordé de coger el bastón que en unos minutos había acogido el matiz de arma mortuoria y salí de la cocina sin intercambiar otra palabra con Rose. Dejé el báculo junto con los demás cayados de mi abuelo, quien acató mi orden con un tañido sobre la cerámica blanquecina de su aposento. Me llevé las manos a los oídos instintivamente, aquel sonido acrecentaba mi jaqueca posterior a los mareos, en esos momentos creí que la cabeza me iría a estallar de un momento a otro. Visualicé aquella imagen, el vestíbulo lleno de mis sesos sanguinolentos y endebles, abandonando su lugar legítimo dejando en su sitio una oquedad imposible de reparar. La idea me hizo sonreír macabramente ya que, fuera cerebro adiós problemas. 
  -Siento discrepar Fred, pero en aquella década el sonido vocal dio a conocer muchos de los aspectos fallidos de los dramas mudos, prácticamente desbancó a la comedia de Chaplin.- la voz de Darcy sonaba tranquila y pacífica en su debate sobre el cine de época.-El ángel azul triunfó en la moralista de los cineastas con una película espectacular.
Me sobresalté en el mismo punto donde inconsciente y divagante había cerrado los ojos en un momento de masoquismo espontáneo. Escuché como la puerta principal se abría y varias personas se acercaban centradas en la conversación
  -De eso nada. Vamos Darcy, un tío como tú debe reconocer que James Whale fue todo un genio del terror. ¡Frankenstein fue el padre de la atrocidad cinematográfica!- discutió Frederick incansable con su defensa.
Instintivamente me quedé parada de pie, sin mover ningún músculo, sabedora de que aquella no era artimaña útil para pasar desapercibida pero a un mismo tiempo sin poder hacer otra cosa.
  -Ambos os equivocáis. Es bien sabido que la mejor película es El dormilón, de Woody Allen.- Riley, cuya voz me sorprendió que estuviera en el debate, sentenció su opinión con cierto atisbo de ilusión infantil.
Conté hasta tres segundos de silencio antes de que Fredy empezara a carcajearse de lo lindo, sus risotadas volvieron a acentuar los pinchazos que sufría en el cerebro, devolviéndome las ganas de moverme para ir y taparle la boca con mis propias manos.
  -¡No me puedo creer que al señor Don Serio le guste la comedia!- exclamó Frederick entre gritos y risas.- Ya pensaba que no tenías sentido del humor…
Pronto vi los cuerpos que acababan de entrar en la mansión, con Fredy golpeando el costado de Riley quien fácilmente se doblaba a los golpes que éste le daba sobre su escuálida figura, Dorian sobre los hombros de un senil Darcy fatigado por la caminata. Vislumbré al fondo la figura de bailarina de Ashley casi a las espaldas de Riley, noté como sufría un inesperado paro cardíaco cuando nuestras miradas se encontraron de nuevo y recordé el por qué quería evitar su presencia.
  -Hablando de dormilones. ¡Buenos días Bella Durmiente!- continuó Frederick bromeando con su habitual actividad.
Intenté recuperarme del repentino shock en el que me había sumido cuando la manaza de Fred surco mis cabellos con un golpe limpio e indoloro, sonriendo educadamente para mantener la compostura que súbitamente había rememorado adoptar junto a mi familia e ignorando por completo a Ashley y lo que ella pudiera reaccionar en mi interior, me dirigí a mi amigo quien seguía manteniendo el misterio de cómo podía sacar positivismo de toda situación posible.
  -Fredy, como le sigas robando clásicos a Disney va a terminar denunciándote.- bromeé para poder integrarme.
  -Tranquila “Blanqui”, podré apañármelas con un buen abogado.- me contestó volviendo a reírse.
No pude evitar poner los ojos en blanco mientras una sonrisa se extendía por mi rostro causada por la infantileza del diálogo, mas fue en vano zafarse de la patente masa de su cuerpo cuando me atrajo bajo su sobaco.
  -¿Has dormido bien, Cati? Debió de ser agotador el viaje de ayer.- preguntó Darcy con su habitual comedimiento y sutileza en su léxico mientras adoptaba un amable gesto de preocupación en el rostro.
Mis labios titubearon durante escasos segundos cuando me descompuse en mi interior por la brutalidad del abrazo de Frederick, aún así logré concentrarme en el suave y melódico tono de voz de Darcy y en el significado de sus palabras. Su acompasado ritmo me aturdió lo suficiente para ignorar la presión que sufría en aquellos momentos (ya no solo por el hecho de que Fredy me aplastara sino también por la incomodidad de la situación).
  -Sí.- contesté al tiempo que rodeaba el brazo que Fredy colgaba sobre mi cuello.- De maravilla.
  -¡Perfecto!- el pequeño Dorian intervino con un agudo grito en cuanto terminé la frase mientras daba un salto limpio hacia el suelo.- Entonces podremos jugar.
Dorian agarró mi mano libre casi empellándome por sacarme de los brazos de Fredy, quien desistía en dejarme libre. Noté como se aceleraba mi respiración, convirtiéndose en ordos jadeos mientras que empezaba a sentir el frío de las gotas de un repentino sudor nada propio de aquella estación.
A eso me refería con lo de no tener intimidad ni tiempo personal. Acababa de levantarme y ya había planes. Me sentía atrapada, encarcelada, maniatada, manipulada, títere, prisionera… Las palabras recorrían mi mente seguidas unas detrás de otras, haciendo mérito de su interminable vocabulario para mis sentimientos. Aquello me superaba en creces, necesitaba una dosis de individualidad urgente que la familia no podía proporcionarme. Tres semanas, solo tres semanas. Tres semanas y no volverás a verles hasta las próximas navidades… ¡Qué digo! ¡Hasta las navidades de dentro de tres años por lo menos!, me canturreé a mí misma mis propios ánimos para padecer la tortura.
Inspiré hondo antes de mostrar al pequeño la mejor de mis sonrisas para ganar tiempo de escoger un tono especial con el que mostrarme dulce y educada.
  -Lo cierto es que pensaba asearme un poco ahora.- dije cuando lo hallé. Entonces me solté de Fredy con una hábil vuelta de baile y disimuladamente me retrasé dos pasos hacia atrás para salir lo antes posible.- No te importa, ¿verdad?
Pestañeé exageradamente para flirtear con un niño de cinco años de edad, haciéndome sentir en el interior un tanto pervertida en cuanto a ese tema, pero sonsacando la misma reacción en el pequeño de la que me había imaginado. Dorian, como infante que era, se dejó embaucar de una manera increíble ya que enseguida adoptó una actitud alegre y extrovertida hacia el tema.
  -No hay problema.- sentenció, haciéndome deleitar con cada palabra pronunciada.
La sonrisa permaneció en mi rostro dada las aptitudes que había creído carecer en influencias sociales. Salí de la cámara con cierta satisfacción de mi autocontrol, evitando, esta vez más inteligente por mi parte, mirar en dirección a la pareja del momento para no perder el sabor de victoria que había adquirido y que de lo contrario habría arruinado mi tapadera.
Tuve la suerte de que a nadie se le ocurriese subir conmigo, ni siquiera acompañarme hacia el salón, mi ardid había resultado funcionar a la perfección y además había ganado a mi favor varios minutos de soledad que utilizaría para la recapacitación de los hechos. Todo momento contaba en aquellos instantes. Esta vez cerré con pestillo la puerta de mi habitación, anticipando algunos movimientos atacantes que no quería que me importunaran. Realmente urgía el recomponerme a solas la moral, algo confusa en esos momentos. 
En cuanto me aseguré, pegada a la puerta, que no había nadie a lo largo y ancho del tercer pasillo me dirigí hacia el antiguo tocador del fondo.
Extendí mi mano derecha hacia las sombras talladas en el marco del espejo ovalado, degustando la suavidad extrema de aquella pieza de arte. Aquel había sido el tocador de mi abuela, probablemente el único mueble con más de cuatro años de antigüedad en toda la mansión. Me pregunté por qué mi abuelo habría decidido ponerlo justamente en mi habitación, después de tantos años guardado en el viejo desván envuelto en telarañas.
Solté un largo suspiro. Ya empezaba a volverme loca en aquel lugar (si no lo estaba ya antes de haber venido). Abrí el cajón de mi izquierda, quien con unos cuantos intentos de empujes dejó entrever una abertura suficientemente grande para pasar mi mano por ella. En su interior, tal y como esperaba, se encontraba el cepillo de plata detallado con rosas que de pequeña me había enamorado. Siempre había querido tenerlo pero por temor a desenfrascar arcaicos temores de mi abuelo me había contentado con tan solo admirarlo. Orienté mi mirada hacia el reflejo del espejo, quien me devolvía una imagen de una desmejorada yo. Primero intenté alisar mi pelo, ensortijado en pequeños mechones que parecían haberse rebelado ante el orden natural de mi cabello. Pasé el cepillo con cuidado de no enmarañar aún más las enredos, degustando cada tacto del cepillo con las sienes de mi cabeza. Pareció que aquello me relajaba.
Ayer me había desmayado sin previo aviso y había permanecido dormida algo más de un día entero. La frecuencia de mi malestar me empezaba a asustar demasiado, aquello no era normal, incluso para mí.
Noté como se formaba en mi interior la habitual presión que sufría y mis ojos se anegaron en lágrimas por el miedo interno. ¿Y si esto nunca se acababa? ¿Y si realmente estaba enferma? ¿Y si una mañana en vez de parecer una dormilona aparecía muerta? ¿Podía eso ocurrir? Las respuestas que una parte de mi cerebro me proporcionaba me asustaban.
Ofuscada conmigo misma y temblando de pavor arrojé el cepillo a lo largo de la habitación. Vislumbré como el cepillo volaba y terminaba estampado en la pared con un ruido hosco. Ni siquiera me molesté en comprobar que no estaba dañado ni en como se tomaría mi abuelo el hecho de que había tirado por los aires uno de los pocos recuerdos que conservaba de la abuela. Nerviosa por el nebuloso futuro que catastróficamente se avecinaba sobre mí me levanté de la banqueta de caoba para dar una patada a lo primero que pillara a mano antes de destrozar otro recuerdo valioso. El estampido de la mochila con mis libros contra el empeine fue aún peor, los libros salieron dispersados a lo largo del suelo y mi pie quedó dolorido y con señas de un esguince leve. Enfurecida aún más por el desastre que había formado gracias a mi desahogo y a la vez agotada como para tener ganas de recoger el estropicio, tan solo fui capaz de derrumbarme contra el pie de cama, apoyar la cabeza sobre el colchón y cerrar los ojos. Dibujé con mi lengua el contorno de mis labios húmedos para saborear la sapidez a sal que mis lágrimas me habían proporcionado. Si alguna vez alguien preguntó que sabor tiene la tristeza yo sabría contestarle con toda certeza.
Abrí los ojos, recibiendo como impacto un blanquecino techo impoluto y deseé no poder ver otra cosa que el blanco. De algún modo podría absorber su neutralidad y adquirir aquel estado de paz que tanto ansiaba. Bufé airada por la injusticia que la naturaleza daba a las personas y erguí la cabeza. Los libros seguían desparramados por el suelo, sin orden ni concierto alguno. Agarré el más cercano, quien en su portada reprogramaba la imagen de dos damas de rasgos similares. Acaricié con extrema delicadeza el título que con letras doradas rezaba el nombre de Juicio y sentimiento. Pareció resultar irónico que justamente aquel libro fuese el que deparara en mis manos, ya que si Austen había retratado a ambas hermanas protagonistas con la sabiduría del temperamento de una y las fuertes emociones adolescentes de la otra bien podía ser yo la que guardara  las dos a un mismo tiempo. Abrí el libro y leí el primer pasaje que me vino a mano:
  ->No pretendo negar que tenga una gran opinión de él, que me agrada, que lo estimo en demasía.- la voz de la propia joven Elinor sonó de mi garganta elogiando a su amado Edward.- >No fue mi intención ofenderte con palabras tan mesuradas a mis propios sentimientos. Créelos más fuertes que lo declarado por mí.
En aquellos instantes el hecho de que la menuda y más inmadura de las hermanas Dashwood llegara a casarse con el hombre que ella tanto había anhelado me resultó de lo más ficticio en la vida real. Si algo había aprendido de mi existencia en aquel planeta había sido que dejarse llevar por los sentimientos no conllevaba ninguna felicidad y aquel libro contradecía por completo mis opiniones, incluso que “el juicio” (que era la hermana mayor) también había conseguido un final feliz.
Entonces un pequeño papel rasgado se deslizó por entre las amarillentas y desgastadas páginas del libro hasta caer en mi regazo. Extrañada por la presencia de aquel papel lo alcé a vista. Una fotografía antigua de una elegante dama de largo pelo lacio ennegrecido lucía un deslumbrante vestido de época cuyos brillantes aún se percibían en el blanco y negro de la foto, la joven permanecía junto a un apuesto caballero de traje quien lucía un pelo airado que no parecía coordinar con el pasado pero que hacía remarcar un aspecto seductor innato en él.
Inmediatamente giré el contorno de la foto, donde alguien había garabateado con una caligrafía impecable algunas palabras.
Casino di Venezia, 1638.
La vida puede destrozarnos,, pero nadie nos robará los recuerdos.
Las lágrimas brotaron de nuevo desde mis ojos cuando observé el boceto del fénix que protagonizaba el blasón de los Ellagot como firma final. Creía haber quemado aquella foto hacía mucho tiempo, cuando había decido no tener ninguna foto de Nathan y mía en mi poder. Seguí el trazo de las líneas del ave.
  -Tres semanas, solo tres.- insistí.

2 comentarios:

  1. Capitulo redactado con la estimable colaboración de mi fan nº1 moradilla!! jajjaja
    THANKS PURPLE ;D

    ResponderEliminar
  2. jaja esta mui bien
    fue una gran idea jajaja
    denada ... tu fan number one and little purple

    ResponderEliminar