jueves, 16 de diciembre de 2010

26. Tú, yo y el tiempo.

Los dientes de la flor volaron libremente, mecidos por los brazos del aire al sentir la brisa de mi soplo, débil y atenuado, y pobló mi alrededor de copos blanquecinos que recordaban las finas nevadas del crudo invierno. Hipnotizada no pude evitar seguir las níveas manchas, que poco a poco provocaban un hermoso contraste con el profundo celeste del cielo despejado, se hacían notar tan ligeras y débiles a la mano del viento que asustaba la fuerza que éste llevaba. Aún así, la elegancia era innata, el balanceo de aquellos tiernos pétalos era atrayente y estéticamente bello a los ojos, como un vals crónico y perfecto donde la vigorosidad del aire hacía presa al diente haciéndolo danzar en un baile interminable.
Con sumo cuidado de no manchar el azuleo vestido de vaporosa gasa con la tizna de la hierba fresca de la pradera, me recosté para admirar lo que me rodeaba, el mundo. El cielo despejado se veía ahora veteado por nítidos círculos blanquecinos, estrellas decididas a abandonar la nocturnidad de la noche mensajeras de un amor platónico e imposible, cuyo impedimento lo protagonizaba la misma logia a la que se pertenecían. Me pregunté por qué el sol y la luna no permaneciesen juntos, atados por un vínculo congénito y separados por una maldición dialéctica. Entristecí aquellas estrellas, visitas a la mañana temprana, que yacían alejadas de su amor mensajero, mecidas de nuevo por la hipnótica danza del viento que frecuentaban.
Paulatinamente los párpados avecinaron su torrente oscuro sobre la visión palaciega, tiñendo todo de un color negro cuyas mechas concurrían un hollín carmesí acaramelado. Mis oídos se agudizaron, oyendo cada viveza de mi espacio y cada delicia de canto que tronaba en el roce de la hierba; mi piel, que notaba más material la pesada gasa de mi traje que reptaba como serpiente mis piernas mostrándolas sin temor, ardía de gusto con el calor de aquellos rayos primaverales que me había decantado a degustar, notando cada caricia de su trato con el mío.
Ya nada importaba nada más que aquella sensación de pleno bienestar. Ni el lugar, ni la gente, ni mi nombre…
  -¡Tali!
¿Eso era una voz? No, porque yo estaba sola. Lo que decía, no importaba nada más que…
  -¡Tali!- sonó más consistente.
Apreté fuertemente los ojos, aferrándome a los vestigios de mi naufragio, aquellos botes que me llevaran de nuevo a ese estado, ignorando con todas mis fuerzas la voz que cada vez se hacía más material y consistente en mi mente aletargada.
  -¡Tali, te estoy llamando!
  -Lo sé, pero estoy ocupada.- refunfuñé.
  -¿En qué? ¿Es ahora trabajo tumbarse a la solana?
Arañé ligeramente la tierra sintiendo como ésta se clavaba bajo el esmalte de mis uñas cuando una risa sofocada sonó sin rostro a mi lado.
  -No, estoy ocupada intentando ignorarte. Pero creo que lo debo de estar haciendo muy mal si aún sigues aquí.
Alguien junto a mí bufó desenfadado, enmascarando la ofensa en su orgullo, tal y como había temido antes de contestar sin precedentes.
  -¿Acaso molesto?
  -Sí, ¿acaso no es obvio?
El silencio volvió a reinar tajante, y la soledad se hizo más patente con la negrura de mi ceguera. Rescaté entonces la vana esperanza de volver al mundo al que pertenecía, y sentir otra vez lo que alteraba mi cuerpo hacía escasos segundos antes de la interrupción.
  -Está bien, me voy.- se rindió tras mi empeño en olvidar su presencia.- Y yo que traía buenas nuevas…
Escuché de pronto el débil resquicio de sus ropas rasgando la hierba, lo que me dibujó una sonrisa en los labios. ¿De verdad se iba a ir? El sabor de la victoria nunca me había sabido tan bien en la boca.
Volvía concentrarme de nuevo en el sol sobre mi piel, el viento tarareando una nana irreconocible mientras acunaba con ternura los tallos de las flores que el mes de mayo había traído consigo como adorno de sus mantos. Aunque ya nada era igual, la conexión se había perdido y el toque mágico se esfumaba de entre mis manos sin poder contener su evaporación. Definitivamente mi barco se había ido a pique sin precedentes.
La duda de cuánto tardaría en erguirme y ponerme en camino para alcanzar a mi compañero me surgió en cuanto corté el nexo. Contando con mi inteligencia motriz, de la cual escaseaba bastante, y mi agilidad y destreza de abrirme paso pradera abajo reducía demasiado el nivel de porcentaje para la positividad de la respuesta.
Tras un suspiró que me permití dejar flotar en el ambiente, elevé el párpado derecho en un guiño inocente y lloroso debido a la cantidad de luz que ahora se filtraba por mi retina.
  -¡Buh!
Un empujón me zarandeó antes de lo previsto haciéndome rodar. La luz esta vez me invadió por completo, sin un deje de previo ensayo, y me mostró, tal y como rememoraba en mi mente, la imagen de la pradera. Sin contener una alegre risa que brotaba de mi garganta queriendo inundar la escena, embestí contra la oscura silueta del chico que acababa de tirarme. Clavé mis manos, frenéticas pero llenas de cuidado, en sus fibrosos omóplatos, obligándole a rechazar su gravedad para tenderse en la hierba, aunque éste no se desplazó tanto como yo había imaginado desde un principio. Con agilidad y destreza, características que mi movimiento había carecido, retorció mis antebrazos fácilmente, oponiendo resistencia a mi inofensivo ataque, hasta que los hizo virar y perder el equilibrio en su costado, derribándome, tal y como había querido desde un principio, al suelo.
Mi compañero de juegos se rió socarronamente, provocando otra risa estridente temblando mis costillas. De todos modos no nos reíamos de lo mismo.
Sigilosamente mi pie se deslizó por entre sus piernas, arqueadas a causa de la última llave, y con ímpetu logré tensar la cuerda y hacerle caer a mi lado con un gran susto poblando su rostro.
  -Tramposa.- criticó.
  -Mentiroso.- le rebatí.
Las risas continuaron germinando el ambiente con dulces y aladoras flores de fenómena felicidad, hiedras gentiles que serpenteaban gráciles por entre la vid que nos separaba y unía a un mismo tiempo. Y, mientras la flor se marchitaba tan pronto como había nacido, bella y esplendorosa como adolescente, llegó a su fin, tan suave y atenuada como había empezado. Despreocupada y divertida volví a recostarme sobre la alfombra de pulcros hilos verdosos que entretejían el suelo de la montaña con selecta moderación. Mi compañero logró imitarme, con mejor destreza y coordinación que mi persona aunque con un matiz de deje cansado en su desplome ante la pesadez de su cuerpo, que comenzaba a mostrar las seductoras curvas de una masculinidad en proceso y una musculatura que ventajeaba el inicio de su desarrollo como un pequeño hombre, una especie de tratado químico que gestaba su producto final en algo inacabado. De pronto sus ojos encontraron los míos, cabeceados en otra sonrisa, y volvimos a reírnos de la estupidez.
  -¿Cómo sabías que estaba aquí?
  -Fácil.- respondió honrándose de su lógica deductiva y su innato sentido común.- Era aquí… o en la buhardilla. Un presentimiento.
  -¿Soy predecible?- pregunté algo más agudo y cantarín de lo deseado, pero marcando una elevación de mi ceja izquierda.
  -Se podría decir.
Me vi compungida en el fondo por aquel análisis. Yo no me veía tan predecible como él aseguraba, es más, me veía demasiado compleja y retorcida como para siquiera entenderme yo misma. Dos personas en un solo cuerpo, ambas intentando conocer a la otra.
  -Debería cambiar de táctica, quizá de ese modo me veas más interesante.
Mi amigo se mordió el carnoso labio inferior, arrepintiéndose de haber caído en mi humilde trampa de cazador ocioso. Sin remordimientos dejé que la presión ejerciese sobre su estado, comprometiéndole en un malentendido sin maldad.
  -A mí me gustas como eres.- susurró mientras un leve rubor inocente corría sus pómulos de su piel color avellana esclarecido.
  -Da igual.- refuté sin dejarle escapar de mi urdido y le di un toque teatral subiendo los hombros en un gesto.- Nunca seré tan interesante como para formar parte de tu vida.
Con fingida dramatización conseguí apartar mi mirada de su semblante, algo expectante por el giro de la ruleta de azar que yo misma había montado en exclusiva como vendetta. Desinteresada, alcancé la tiara de inmaculadas margaritas que había recogido y tejido con gracia y esmero para mi propio pasatiempo, y jugueteé con ella entre mis manos continuando mi teatro personal.
  -¿Quieres una corona?
Alcé la mirada hacia aquel rostro tan conocido, oscurecido por lo ligeros cabellos rasos de su potencial cabellera, ofreciéndole mi artesanía al alcance de su mano, aún suave y tierna como la de un infante. Una sonrisa imparable recorrió mis labios, había fallado al encontrar su mirada, verdosa y oscura como el musgo de un árbol, el juego había terminado.
  -Idiota.
  -Y tú un maleducado. Soy una señorita.- me carcajeé de su incongruencia.- Anda toma, que no la mereces.
Riendo aún me alcé activa sobre mis rodillas arremangadas y le coloqué con dicha la preciosa tiara tejida que desentonaba con el negro azabache de sus cabellos.
  -¿De qué me coronas?
  -Como el rey de los groseros.
  -Necesito igualmente una reina.- exigió arrogante llevando su dedo índice al hoyuelo de su boca en un gesto pensativo.- ¿Sería tan amable de acompañarme en este largo reinado?
La figura de mi compañero se retorció en una elegante reverencia con clase improvisada en lo largo y ancho de su cuerpo tendido sobre la pradera, aquello me hizo reír más que nunca.
  -De ninguna manera.- me negué ofendida con carcajada limpia como sabor de boca.- No soy legítima de tal honor.
  -Cierto. Me olvidaba que pertenecíais a la corte de “las Poco Agraciadas”.
Fruncí los morros, enfurruñada, la verdad dolía más cuando se decía en alto, aunque el chico no tuvo contemplaciones a la hora de reír larga y tendidamente ante mi cara.
  -¡Calla bobo!- grité irritada como una niña pequeña mientras me cruzaba de brazos y me negaba a seguir el juego, ya rota su porcelana no había materia para reconstruirlo de nuevo.
  -Vamos, no te enfades, Tali, era solo un juego.
Realmente enfadada le di de bruces, mostrando parte del nacimiento de mi espalda con tal de ignorar sus comentarios, ya no había manera de arreglarlo.
Sentí como su mano suave agarraba mi hombro, tensado debido al encogimiento de mi persona, y levemente acertó con su insistencia en voltearme de nuevo hacia él. Pronto mi lazo se deshizo como algodón en agua y obedecí su movimiento girando hacia él, quien me sonreía soñolientamente.
  -No eres fea.
  -¿Cuánto?- murmuré melosa.
  -Un… noventa y siete por ciento.- afirmó seguro de sí mismo cuando vio cómo fruncía el ceño a punto de estallar de nuevo.- Venga vamos, no pretendas ser vanidosa. Vale, está bien, un cien por cien.
Contenta por su válida rectificación sonreí abiertamente feliz por la evaluación subastada de mi estética a pesar de haberse basado en una opinión subjetiva y sobornada.
La situación se fue calmando paulatinamente, como si las burbujas del champán fueran consumiéndose sin precedentes, y la efervescencia de la situación fuese pasando segundo tras segundo, pagado de sí mismo. Miré de nuevo hacia el cielo, esta vez algo más moteado de estrechos filos de algodón de nube blanca, pinceladas sueltas que un pintor desganado había dejado trazadas. El sol seguía allí, sin poder visitar la noche con esperanza vana a su amada, y aquello me inspiró un viejo anhelo de libertinaje.
  -¿Sabes dónde me gustaría celebrar nuestra fiesta, An?- mi voz sonó apagada en el aire.
Interesada viré la cabeza dejando que el sol no luciese mi piel por unos instantes, él en cambio siguió mirando hacia el cielo, buscando quizá, las estrellas que yo había encontrado mucho antes y preguntándose el por qué de su desgracia.
  -No, dime.
  -Donde te dije el otro día. Lejos de aquí, en las pinturas de aquel libro.
  -Tali, no podemos irnos ahora.- me recordó una vez más cansado.
  -¿Por qué no?- salté a la defensiva dispuesta a proteger mis ideas.- No tenemos la culpa de que esos estúpidos estén fuera.
An me miró compungido retirando la vista del misterio del cielo, lo que me hizo abarcar el resquicio de que él pensaba como yo, que él también quería salir al exterior y deseaba la libertad tanto como yo la anhelaba.
  -Algún día…
  -¡No me sirve algún día!- le interrumpí rabiosa, no con él, sino con los demás. Rugí de pura frustración cual león enfurecido antes de atacar su presa.- An, cumplo dieciséis años la semana que viene, y tú diecisiete. ¡Estamos en la flor de la vida y no podemos disfrutarla!
Mi compañero bajó la mirada hacia mis manos, como siempre él no opinaba, era demasiado maduro y experto como para meterse en trapos de muñecas.
  -No pienses eso.
  -¿Por qué?- le contesté rápidamente sin vacilar.
  -He dicho que venía a darte una noticia, ¿no?- auguró manteniendo la intriga en la situación y haciéndome olvidar todos mis males con una psicología de primer grado.- Los Castell y los Ellagot van a venir a la fiesta.
De pronto todos los problemas se desvanecieron, vapores que llevaba el aire consigo y los arrastraba febrilmente lejos de mí.
  -¡¿En serio?! ¡¿Van a venir?!- exclamé encantada con la noticia.- Eres un torturador cruel.
  -Y tú una arpía bella.
Y entonces el hervidero de risas tronó de nuevo.

2 comentarios:

  1. tic tac tic tac
    estoyesperando otro!!! ^^
    x cierto en este cap. xq yo se d quien hablas pero otra persona no lo sabe , es un comentario ehh moradiiillaaa ¬¬

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  2. jajaja esa es la gracia moradilla! Que tu tienes un pase VIP y te lo explico todo pero... la incógnita está en que el lector no, así poco a poco se desentraña todo jejeje xd

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