martes, 4 de enero de 2011

27. Una invitación.

La música tronó a través de los altavoces quemándome por dentro, una tortura que soportaba y trataba de ignorar a toda costa mientras concentraba mi mirada desvaída en aquel trozo de papel garabateado vagamente. Notaba como cada nota se adhería a mi cuerpo, penetrando y dejándolo marchitar por su fuego lento. Con la mano cerrada en un ramillete de puño levanté la vista, donde Melinda danzaba tranquilamente al son de la canción que se desvestía a todo volumen por la emisora de radio música non-stop que había canalizado tras muchos esfuerzos y desistes. Me fijé en sus movimientos, coordinados, que marcaban la percusión de fondo de la música elegida, un deslizamiento de brazos en alto y oscilaciones leves de caderas que variaban en la posición de sus pies, entonces me volví a preguntar por qué había permitido que se hubiera colado en mi cuarto de aquella manera y encender la radio de mi portátil.
Bajé los ojos hacia el papel ensuciado y emborronado, apenas unos bocetos de un rostro borroso y descalcado que inconscientemente había dibujado para entretener el aburrimiento de una tranquila tarde. Repasé con el dedo índice la esquina superior derecha, donde reposaban un par de alas escamosas que había olvidado que las había terminado dibujando. ¿Por qué las había dibujado? Ni siquiera mi subconsciente supo responder a esa pregunta, pero tampoco me atormenté por ello. Finalmente la canción que resonaba conoció su fin con un estridente acorde de guitarra eléctrica masificada que el cantante intensificaba gravemente con un yeah dejado en el aire. Me gratificó descansar durante unos escasos segundos del martirio que la música causaba en mi cuerpo y deshice el nudo del estómago que se había formado mientras sonaba la alterada voz de la presentadora que patrocinaba la línea, algo escandalosa en su intento de animar a los radioyentes. Pero la emisora era de música non-stop tal y como había planeado Melinda, por lo que los espacios publicitarios y los comentarios de la gente no tenían cabida en aquellos minutos, y pronto sonó otra canción. Esta vez se trataba de algo más sicodélico, sin duda desfigurado por algún tipo de tecnología que modificaba tanto la voz del cantante como el ritmo en el que se basaban la repetición de las palabras cabidas en la letra. Escuché sin sorprenderme como Melinda lograba cantarla con exactitud y saber tararearla cuando irremediablemente se perdía en las aglomeraciones de frases repetidas.
  -Esta es mi canción favorita.- comentó con entusiasmo.
El baile de la chica no cesó, sino que aumentó sus expectativas con exagerados movimientos mientras cerraba sus ojos dejando sentir la melodía.
  -Anda, ven a bailarla.- suplicó.
  -No.- contesté tranquilamente.
La ignoré completamente mientras cogía de nuevo el carboncillo y comenzaba delinear un oscuro círculo del que no sabía cómo tomar forma.
  -Vamos, venga… Muévete.
Melinda no se rindió con mi negativa, optimista asió mi antebrazo instándome a levantarme de la cristalera a la que me había pegado durante todo ese tiempo. Suspiré, si apenas soportaba el escuchar música no quería sucumbir al baile de ésta, pero Melinda, como buena réplica a su carácter, era realmente testaruda, y, apartando el bloc de dibujo y el carboncillo, consiguió erguirme correctamente. En ese momento me sentí como una estúpida allí de pie mientras Melinda seguía el ritmo de la canción, me negué a mover ni un ápice de mi cuerpo. La cintura de mi amiga repiqueteó seguidamente en mi costado, rubricando el ritmo percutorio de la canción y obligándome a, al menos, doblegarme ante un paso de baile. Más tarde cogió mi mano al tiempo que realizaba un giro a mi alrededor sin desistir en sus intentos forzados y con una carcajada limpia en la boca ante la felicidad hipotética de hacerme bailar.
  -Melinda, no quiero bailar.
  -Pero yo sí.
Otra vuelta y la mención de un estribillo sin sentido y monótono.
  -Por favor…
Al fin Melinda me liberó de su engatusamiento y me senté en la cama enterrando mi rostro en mis manos y bajando la capucha de mi sudadera blanca. Mucho mejor. Melinda fue entonces a bajar el volumen de la radio en el ordenador, de modo que pronto se convirtió en un leve rumor que inundó la habitación como un fondo, aquello me alivió bastante. Sentí después como el colchón se hundía tenuemente a mi lado y entendí que Melinda se había acomodado y me estaba observando, oía como su respiración entrecortada por el ejercicio se iba ralentizando cuando trataba de calmarse.
  -¿Qué te pasa?
  -Me siento incómoda con la música.- admití.
  -¿No te gusta?
  -No, no es eso.- suspiré agotada, tenía mis propias teorías en cuanto a ese tema, aunque eran demasiado disparatadas para que en el instante me colgaran el cartel de chiflada.- La música es mi primer y único amor.
  -Entonces,- rió Melinda divertida a mi costa por las nuevas especulaciones.- ¿cuál es el problema?
Melinda se estaba burlando de mí con toda la razón del mundo a su favor, yo era, como solía decir, demasiado compleja incluso para la razón de mi entendimiento, y eso se veía repercutido en mis propias explicaciones sobre mi comportamiento. De cualquier modo no me importó que regocijara a mi amiga, por lo que no me supuso un inconveniente sincerarme.
  -Digamos que… no nos concordamos.- razoné insatisfecha.
La chica abrió la boca vocalizando una muda vocal y se retiró desplomándose con una sonrisa en los labios en la colcha.
  -No me he explicado muy bien, ¿verdad?
  -Ehh… no.- se rió ella, aunque luego añadió algo para no desalentarme.- Pero de algún modo te entiendo, no me digas cómo ni por qué pero lo hago.
  -¡Vaya… me alivias!- ironicé tumbándome a su lado.
Melinda me pinchó un codazo en el costado, un tanto fuerte de lo que me esperaba mientras me doblaba por la presión, aunque igualmente conseguí reírme distante de todo. De pronto unos golpes secos a la madera de mi puerta resonaron a través del aire, superando a la música que lucía de ambiental y condicional al estado de los oyentes semiconscientes. Con extrema pereza de levantarme finalmente lo conseguí y abrí la puerta remolona y persistente en hacerme derogar. Unos cabellos dorados se escatimaron en mi frente como descubrimiento, Cooper se apoyaba tranquilamente en el marco de la puerta sin miramientos mientras alzaba la mirada directamente hacia mis ojos y una elegante sonrisa se extendió por su rostro sin más preámbulos. Complacida por su visita y adulada le devolví otra, al menos lo más posiblemente bonita a la suya pero sabiendo que no llegaría a la perfección de la suya.
  -Hola, Cooper.- saludé animada por su presencia tras mi puerta.
  -Hola, Cati.- contestó cansado. Me fijé entonces de nuevo en sus ojeras, esta vez incluso más marcadas que la última vez.- Perdona, ¿está Melinda aquí?
Aquello me descolocó por completo. ¿Buscaba a Melinda y no a mí? Ella no era precisamente una íntima, siempre había pensado que era una relación algo basada en la regularidad de verse y, como no, de su hermano Eric.
  -Sí, está aquí. Melin…
  -¿Qué quieres, Coop?- me interrumpió Melinda justo a mi lado.
¿Cómo había llegado a colocarse a mis espaldas tan sigilosamente? Me sobrecogí ligeramente del susto pero logré recomponerme para advertir las miradas que transmitían los verdosos ojos de Melinda a los de mi amiga, algo serio y hostil, lo cual me extrañó tratándose de ella y su particular inmadurez.
  -Tienes que venir. Ha habido…una… emergencia.- comentó misteriosamente el chico rubio estirando cada palabra cual látex alterante.
  -¿Y se requiere mi presencia?
Cooper no contestó enseguida, sino que primero me dirigió una mirada condescendiente y luego asintió en una afirmativa que condicionó a Melinda por completo. No pude evitar alzar ambas cejas, totalmente sorprendida y confundida por un lenguaje tan reservado y poco coloquial que estaban utilizando. ¿Se estaban riendo en mi cara?
  -Bueno entonces…- expiró con agotamiento. ¿Por qué estaban todos tan cansados últimamente? Y finalmente se dirigió a mi persona.- Me tengo que ir. Nos vemos, ¿vale?
  -Sí, claro. Hasta mañana.
Melinda se escatimó y me sonrió con un deje mientras se encomiaba a los brazos de mi amigo. Les vi alejarse a lo lejos del pasillo hasta que les perdí de vista. Desde luego aquello había sido muy extraño, más de lo normal. Me quedé en la puerta, como una boba mientras mi cabeza daba vueltas y tornas alrededor de lo que acababa de pasar, debía de ser una imagen desoladora, yo con un pantalón de pijama tres veces más grande y una sudadera roída por el tiempo, inmóvil y mirando a la nada. Aquello me sirvió de aliento para volver a la realidad y preocuparme por las opiniones que darían mis compañeros de pasillo si me veían así. Con un bufido cerré la puerta dándome cuenta de mi propia locura y volví a adentrarme en mi humilde morada, el único hueco en el mundo que me importaba en aquellos tristes momentos.
Tan pronto como me hube recuperado del shock apagué con rapidez la ventana de la emisora de radio, Melinda se había marchado y no había razón suficiente para que la mantuviera abierta. La música se apagó al instante cortando el ambiente que había creado y sus pitidos dejaron de resonar en mis oídos, aquello si que era calma, por fin podría descansar de todo. Eché un vistazo desolador hacia la estantería donde descansaban toda la colección de libros que había llegado a almacenar durante estos años, mi mayor logro, pero descubrí que no tenía fuerzas para ponerme a leer, no necesitaba sumergirme en otro mundo si ya tenía bastante con el mío. Volví a suspirar, tampoco me apetecía demasiado crear otro quebradero de cabeza analizando todo lo que me estaba ocurriendo, más de prisa de lo que yo había creído. Pero al mismo tiempo… había tantas cosas que cuestionarme… tantas cosas a las que encontrar la razón de su fundamento…
Sin más preámbulos agarré el montón de sobres que había depositado sobre el escritorio tras haber recogido el correo durante el almuerzo. Con desgana me desplomé sobre la cama, definitivamente ya la habíamos desarreglado entre Melinda y yo, no había justificación para no deshacerla aún más, y ojeé sin mucho interés los sobres de tonos blancos que la gente me había mandado. Ignoraba quién pudiera escribirme en estas etapas de mi vida, por lo que supuse que la mayoría sería propaganda barata que enviaban a las universidades con tal de escatimar el dinero de los jóvenes estudiantes del pueblo.
Discoteca Marquee te da la bienvenida a un nuevo mundo…, deseaba alentadora un panfleto de grandes colorines sobre un fondo oscuro, o: Cibercafé Parkway Street, donde te prometían un Internet sin límites y un buen café como acompañamiento. Tal y como había predecido desde un principio nadie me había escrito realmente. Dejé a un lado el montón de sobres abiertos, aunque de pronto mis ojos repararon en uno totalmente distinto. Aquel sobre era de un color amarillento, un tono marfil y decididamente inmoderado para tratarse de un simple anuncio, sus bordes eran rectangulares y perfectos y el pico de su abertura se había tintado por una especie de cera adornada a lo arcaico. Intrigada por su contenido rompí el sello y saqueé su interior con verdadera curiosidad, una cartulina de matices malvas me saludó con vaporosas gasas y lazos rizados que acicalaban su estética.
  -¿Pero qué diablos…- se me escapó al aire.
No, no, aquello no podía ser cierto. Acaso se atribuía esto a mi falta de sueño que me acompañaba o acaso a una broma pesada que alguien se había decantado a gastar sin medir sus repercusiones. No podría estar pasando aquello, por supuesto que no.
Primero me pellizqué con fuerza en la pantorrilla hasta que pude aullar de dolor, no estaba soñando, y luego, con labios temblorosos a invocar aquellas sílabas que se juntaban y entrelazaban entre sí leí en voz alta.
  -Nos complace anunciar que nosotros, Riley y Ashley, movidos por el amor que nos profesamos, hemos decidido unir nuestras vidas para formar un hogar y sería un honor tenerla como testigo fiel de esta especial unión…- la voz se me quebró por completo prohibiéndome continuar.
Se iban a casar y tenían el valor de invitarme al evento. ¿Qué querían? ¿Restregarme por la cara cómo de felices eran haciendo lo correcto? ¿O predicaban un perdón que nunca se les concedería? Recordé entonces como de condescendiente había sido al principio de todo, lo feliz que había sido al enterarme de que Ashley tendría a alguien que la protegería de su propia insensatez, cuan equivocada había estado, era una necia.
La cabeza estaba a punto de estallarme de sufrimiento, de in complexión, aunque esta vez no lloré la pérdida de una amiga, eso ya lo había hecho mucho antes. Dejé de sentir las palpitaciones de mi corazón y sentí como cada vez más me costaba recoger el oxígeno que el espacio me brindaba. Entonces alcancé a vislumbrar los nombres que una caligrafía pulcra había escrito en la parte posterior del sobre.
  Estimados Daniel y Catalina.
Aquello fue excesivo y no pude aguantar más. Una rabia se apoderó de mí sin poder controlarme, las manos me temblaban demasiado del odio que albergaba en mi fuero interno. Sin dudar ni un momento rompí en trozos aquel papel y lo tiré tan lejos como pude, tanto como me fuera posible alejarme de aquella maldición que me perseguía. Me agarré con fuerza a la columna del dosel, mi alrededor comenzaba a dar vueltas y a girar con una velocidad que se escapaba a mi alcance. No tardé en volver a ver todo doble y supe lo que se me avecinaba, por lo que no forcejeé y acogí la penumbra en mi visión con total naturalidad mientras un sudor frío muy conocido recorría toda mi espalda. Sin resistir me dejé allí tirada en mitad de la habitación mientras me lamentaba de mi particular suerte.

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