Miré a mi alrededor, el sitio era demasiado tétrico y falto de vida, un blanco y negro que protagonizaba toda la escena, una melancolía desierta que se extendía carcomiendo el lugar. No sabía donde me hallaba, pero algo en mi interior me decía que no me haría falta saberlo, por lo que traté de ignorar mi posición.
Consideré concentrarme en lo que estaba ocurriendo, a penas sentía mi cuerpo, es más, no sabía donde comenzaba ni donde tenía su fin, un espíritu, un alma libre… Pero aquella sensación no me saciaba, me sentía demasiado débil. Oí de nuevo a aquella misteriosa voz, ella me decía que lo que estaba esperando llegaría pronto.
De pronto, sentí que una fina lluvia empezaba a cubrir todo mi derredor, aunque tan veloz como había comenzado a tronar seguidamente se volvió intensa y mortificadora, pesada bajo su peso, casi dañina. Yo seguía sin sentir mi cuerpo, pero aún así notaba como éste se calaba y me empapaba con su mortificadora agua.
Entonces algo agarró mis brazos, no era una presión, sino una caricia suave, un cariño que me confundía. Sentí sus dedos más materiales, dibujando vagas semicircunferencias en las arrugas de mis codos, y la voz volvió a hablar en mi fuero interno instándome a girarme y descubrir mi regalo. Lentamente, y sin miedo en las entrañas, viré entre esos brazos que me ataban para descubrir un ser perfecto, un precioso ángel tallado con mármol vivo. Perdida en todo, seguí el trazo de sus sedosos mechones de un color tan negro y brillante como la propia turmalina líquida, sus grandes ojos de un color verde oscuro que tan solo se encontraba en la más profunda vegetación, sus cristalinas facciones, tan suaves y delicadas que suscitaban el más oscuro placer de todos. Expectante observé todo aquello, ahora sí sabía lo que iba a ocurrir, aunque no tenía oportunidad de resistirme porque ya conocía el poder de la tentación que se me brindaba con la mayor naturalidad. Sus largas pestañas, que albergaban aquellos grandes iris, me apuntaron acusadoras de un delito sin cometer, y me sentí perecer bajo ese abrumador hechizo.
Pronto las manos que me aferraban consiguieron deslizarse por lo que sería mi espalda, recorriéndola como un navío que surca la mar en su carta de navegación. Su tacto era aterciopelado sobre su piel desnuda y la mía, un placer de los que no solía disfrutar, tan deleitoso que hasta dolía. En un instinto de buscar más, mis manos se posaron sobre su torso nudo, donde aquellas curvas de color impreciso y variante formaban sus músculos, deshechos en mis caricias. Caí en la cuenta de que el querube no estaba mojado, la lluvia no le afectaba como a mí, que me calaba hasta lo más hondo.
Entonces sus labios carnosos y sabrosos se despegaron mesuradamente hasta que se acercaron a mi cuello e inició un truculento beso en él del que sentí derretirme. Yo quería que fuera a más, que nunca parara, pero, finalmente, desprendió su lengua de mi cuello y se dirigió a mi oído.
-Sé quién eres.
Y el ángel ardió en llamas.
El viento frío era patente en todo mi cuerpo, demasiado nítido para obrarlo a mi imaginación. Me obligué a despertarme rápidamente. La luz cegó mis ojos durante unos instantes y el canto de los pájaros, quienes ignoraba su retorno a Peninton, me ensordeció impidiéndome pensar con claridad y analizar mi situación. Entonces todo se volvió mucho más evidente, unas gigantes copas de árbol me felicitaron la mañana amablemente erguidas sobre mi persona, impidiendo que el cielo se mostrara para mis ojos pero filtrando la luz solar que necesitaba para los pigmentos de mi piel.
¿Estaba en mitad del bosque? ¿Qué diablos hacía yo allí? Asustada traté de concentrarme en lo que estaba sucediendo esos instantes, la cabeza no paraba de darme vueltas y sentí como mi cerebro se desprendía de los nervios que la sujetaban y bailaba alegremente por mi cabeza.
Me erguí en mitad de la nada, que era donde estaba, entre miles de hojas caídas que manchaban puntualmente el suelo y crujían bajo mi peso, acusadoras de mi estancia prohibida en aquel paraje. Eché un vistazo a mi cuerpo, confusa, llevaba el pantalón grande y la vieja sudadera blanca, que sí recordaba vestir, ensuciadas por un barro seco que embadurnaba todo. Y, sin poder saber que otra cosa podía hacer, caminé en un intento de salir de aquella agobiante vegetación que me rodeaba sin remedio.
¿Cómo había llegado yo allí? Trataba de rememorar lo que me había sucedido realmente pero todo se volvía borroso y cobraba un alarmante sinsentido que me dejaba como al principio. ¿Me estaría volviendo loca de verdad?
La carretera se vislumbró rápida, permitiéndome orientarme. Entonces me di cuenta, estaba al principio del bosque aún pertenecía a Kenilworth, a penas unos metros donde se divisaba ya la estructura gótica que formaba mi residencia, lo que no se me antojó muy distante. Sintiendo la gravilla bajo las plantas de mis pies desnudos y con un suspiro me adentré en la universidad con la esperanza de que, o bien fuera demasiado pronto para la hora de madrugar un viernes, o demasiado tarde para que alguien estuviese deambulando por los dominios de Kenilworth.
Atravesé las verjas sin problemas y observé como la calma residía por todo el campus, aquello me alegro lo suficiente para desintegrar un ápice de locura a la situación, y con paso raudo caminé por el césped, evitando la tierra del sendero, hasta los dormitorios. Ya casi podía rozar el pomo de la puerta, solo unos segundos más y lo habría conseguido, pero se me olvidó una vez más que la suerte nunca me acompañaba.
-¿Cati?
Me detuve al oír la voz asombrada a mis espaldas. ¿Llegaría a tiempo hacia la puerta para huir? Probablemente tropezaría con el suelo por los nervios y sería aún más penosa la captura. Procurando ser yo la que iría a ignorar los que hacía con aquellas pintas me giré paulatinamente poniendo una sonrisa forzada.
-Emm… Hola Alexia.
Tan pronto como la mirada rojiza, que tanto temía desde el último encuentro junto con la confinación de su secreto, encontró la mía debilitada por la confusión, las delicadas facciones de su bello rostro se transmutaron en un pánico patente, quizá recelaba lo que me pudiera haber pasado o simplemente, y más probable, su propia protección.
-Iba a… iba a recoger unas muestras para… el trabajo de paleoecología.- tartamudeé una excusa para mi estado mientras un ardiente rubor recorría mis pómulos.
-Y te has saltado las clases para eso.
Mierda, debía de ser mediodía. Con el corazón perforándome las costillas por su potencia, para las mentiras yo me tenía que preparar, no se me daba bien improvisar.
-Sí…
-¿Y las muestras?
¿Por qué leches tiene que hacerme este interrogatorio justamente ahora?, no pude evitar pensar y odiarla con toda mi alma, ¿Qué cree, que he venido de robar un banco?
-Las he dejado en conserjería.- aseguré rauda con la mentira. Luego tosí para recuperar el control.- ¿Quieres algo Alexia?
Alexia se retiró la esplendorosa melena que suscitaba envidia en cualquier muchacha racional, y, algo seria, me escudriñó con su inquietante mirada. ¿A dónde había ido a para la innata amabilidad de la última vez? Volví a sonreír, pero esta vez con una oculta connotación de malicia.
-La verdad es que… te buscaba a ti.
Aquello sí que me sorprendió. Meses sin saber nada de cuanto la rodeaba, ni una mención por su parte, y aparecía para buscarme. Me pregunté si tendría que contarme aún alguna que otra historia de su infancia o si tan solo venía a restregarme lo benévola que había sido ella cuando, después de que ella se disculpase, yo no la hubiera dirigido una palabra. ¿Qué había pasado con la compasión?
-Pues aquí me tienes.- declaré tomando fuerza.
Alexia no habló de inmediato, sino que miró repetidas veces al suelo y a nuestros lados, por lo que induje que mis pintas no debían ser demasiado buenas, era como si… le costase decirme lo que debía. La maldad volvió a apoderarse de mi mente, aquello era mejor que una tortura.
-Voy a dar una fiesta este fin de semana.- escupió entre dientes.
Recapacitando sus palabras asentí invitándola a hablar, pero no podía. A pesar de toda su elegancia, buena educación y saber estar, a Alexia le seguía costando hablar con la gente de la que no se merecía ni decirle la hora. En cierto modo me alegré por pertenecer a esa categoría, los cotilleos que, de estar seguros, se cocían tras las paredes de la sofisticada universidad de Kenilworth, habían obrado maravillas sobre mi reputación.
-Te felicito por ello.- le contesté.
-Yo quería invitarte, si no estás ocupada claro, sin presiones.
Aquello me obligó a morderme la lengua para no comenzar a ser sarcástica, desde luego Alexia me iba a alegrar esta mañana tan extraña. Jugueteando con el azar fruncí el rostro para hacerme denotar pensativa, aunque poco tenía que pensar.
-Últimamente tengo la agenda un tanto ocupada…- dije mientras dejaba arrastrar la esperanza de no acudir para luego echarla por tierra.- Pero, siendo sincera, siempre hago hueco para mis amigas.
-Perfecto.- sonrió amargamente Alexia.- Podrías invitar a Nathan.
Y ahí estaba por fin el verdadero sentido de mi invitación a la fiesta. Tan rápido como había crecido la superioridad y la malignidad fueron destruidas y sustituidas por la vergüenza y comparecencia ajena.
-¿Nathan?- pregunté temerosa.
-Sí, Nathan. Bueno, dicen por ahí que ahora te llevas muy bien con él.
-¿Y quién dice eso?
-¿No es cierto?- inquirió Alexia con un misterioso brillo rojizo en su mirada.
Parecía ser que esta vez me había tocado ser la cabeza de turco para las acusaciones de mi compañera, que como buena persona contraponía las opiniones que la gente disparaba sin pensar un segundo en sus repercusiones. Aquella fue la primera vez por la que me interesé en el tipo de cosas que decían los estudiantes a mis espaldas.
-Supongo, creo que ellos saben más de lo que yo llego alcanzar de mi vida.- contesté agriamente. Por supuesto no me apetecía hablar sobre Nathan, ese era un tema demasiado delicado que había dejado a parte.- Aunque podrás juzgar por ti misma este fin de semana, ¿no?
-Claro, por qué no.
Adelantándome a las delicias que seguramente iría a decir mi amiga o a los silencios incómodos que probablemente sufriríamos tarde o temprano, le di de bruces mientras que, con toda la naturalidad posible, me disponía a entrar en el torreón para quitarme de la vista de Alexia de una vez por todas.
-¡Cati!- me llamó una última vez.
-¿Si?
-Te has dejado una muestra entre tu pelo.- ironizó.
Contrariada me llevé la mano al pelo al tiempo que rescataba de entre mis enmarañosos cabellos, descubriendo una parte más de mi cuerpo en mal estado, una marchita hoja del bosque. Miré rápidamente hacia Alexia, quien poseía la maligna sonrisa que había robado de mis labios, hiperventilando por la mentira lanzada. Alexia hondeó su precioso pelo y, sin más dilación, se alejó por el campus.
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