-Como la señorita no se tape ahora mismo cogerá un catarro que la impedirá disfrutar de su ansiada fiesta la próxima semana.
Observé a la pobre dama que en vano trataba de persuadirme sacudiendo las motas de una bata de seda china que había encontrado en uno de mis baúles. Reí.
-No, Margarita, ahora no puedo parar.
Volví a reírme y a saltar por la extensa cama de mi cuarto, imponiéndome como meta conseguir rozar el techo rugoso con la yema de mis dedos. Salté con más impulso, lo iba a alcanzar. Mi respiración se había revolucionado, disparándose en todos los sentidos posibles, y unos pequeños pinchazos incomodaban mi costado con su incesante tintineo, pero lo ignoré todo. El viento helado laceraba mi piel desnuda como el acero abierto, roturando mis muslos desnudos en contra de él, y noté como el pequeño corsé que vestía desprendía su presión cediendo tozudamente hacia el movimiento.
-Por favor, no le haga esto a mis indigentes nervios. ¿Es que no tiene usted compasión de mí?
Reí una vez más sin desistir en mis saltos olímpicos y le dirigí una mirada condescendiente a mi nodriza. A regañadientes y silbando por lo bajo frases ininteligibles que nadie pudiera entender me dejé rebotar sobre el colchón hasta que los botes cesaron por completo.
-Margarita, no lo entiendes…
-Yo solo entiendo que como no entre en calor ya enfermará el día de su cumpleaños, y eso no lo puedo permitir.
La mujer aprovechó mi debilidad para urgir en rodearme fuertemente con la bata que había ondeado hasta ahora, tapándome del cuello hasta los tobillos. Sentí la seda fría al primer contacto, algo demasiado fino que resbalaba en mi fina piel, pero pronto el calor corporal se aglomeró y transfirió su energía a través de todo mi cuerpo. Con el ceño fruncido levanté la mirada hacia la mujer de la cual recibía tantos tratos de afecto. El pelo pulcramente recogido en un moño trenzado dejaba ya entrever multitud de volutas plateadas que se desperdigaban como nieve en todo su cabello, negro como la misma oscuridad, un cabello que en su día fue realmente hermoso y vigoroso, y que ahora tan solo mostraba los vestigios de sus restos conservados. Su rostro encerraba una infinidad de arrugas que trataba de tersar con vanos ungüentos y que manchaban su piel vidriosa y traslúcida, con manchas acarameladas que simulaban pecas. En cambio sus ojos, al igual que su pelo, negros y profundos, encerraban una viveza que solo albergaba en su interior, donde se encarcelaban los recuerdos de un pasado feliz y la plenitud de una vida que ya había transcurrido para decepción de ella.
-Pero… Margarita, yo quiero ser libre. ¿Por qué no puedo?- me entusiasmé y volví a recuperar las fuerzas que me habían movido. Brinqué de la cama con la bata puesta hasta que recuperé las manos tras las alargadas mangas y giré sobre mí misma en vueltas.- No, no me contestes a eso. Yo solo quiero descubrir todos los colores de la naturaleza, saltar por las cataratas del Amazonas…
-¡Señorita, no diga eso!- exclamó interrumpiéndome.
-Retozar en los campos de Turquía…- proseguí sin aliento acogiendo las entumecidas manos de mi nodriza.
-¡Turquía!
-Sí, Turquía. Volar sobre el océano...
-¡Volar no es actividad para señoritas como usted!
-Recorrer toda África de una sentada…
-¡Ah, esos bárbaros!
Herida por sus comentarios la solté, enfadada por contrariar mi opinión más sincera, y, frunciendo el ceño, me enfurruñé con la ventana que daba al exterior, más allá de las cuatro paredes que la gente solía tener por lo único sólido en sus vidas. ¿No se daban cuenta de que afuera había todo un mundo para descubrir? Observé por la cristalera transparente, el sol incidía en cada ser material que alcanzara a ver, todo recibía la vigorosidad de su potencia, la calidez de sus rayos rodeándoles… El sol era el centro.
-Entonces de qué sirve vivir.- murmuré mientras el paisaje me absorbía.- Si ni siquiera puedo salir, cómo podré descubrirme, cómo saber quién soy en realidad.
La anciana me agarró por los hombros, sintiendo la presión bajo la fina seda de llamativos colores amarillos chillones que yo había elegido, aquellos colores brillaban tanto como el propio sol, o al menos lograban darse un aire de deja vu a ellos; y me arrastró con cariño hacia el espejo de cuerpo entero que residía en mitad de la sala olvidado por los presentes en ella. El reflejo que mostraba era algo distante a lo que vagamente podía imaginarme, la mujer se había postrado de tal forma que fuera yo la única a la que el cuadro presentara, de aquel modo mi piel pálida y enfermiza destacaba con firmeza a través del uso de la oscuridad del fondo de la habitación, salvajemente desordenada, y donde se fundían mis débiles ondulaciones de cabello que frecuentaba usar para aparentar sofistiquez.
-Esa es usted, no hay por qué buscar más. Alguien realmente bello a quién, seguramente pronto, pertenecerá a un corazón.
Vislumbré como el espejo mostraba lo que yo sentía en aquellos momentos, un débil desliz en las comisuras de mis labios enrojecidos por naturalidad.
-A mi corazón, solo al mío.
La mujer se rió, temblando sus manos sobre mis hombros, donde los había reposado con afabilidad.
-Bueno, algún día… no será así. Permítame la intromisión, pero llegará la fecha en la que los límites de su morada serán su propio mundo.
Abrí desmesuradamente los ojos dejando que el pavor entrara por ellos como ventana libre al desengaño, aunque pronto supe calmarme y fingir tranquilidad y concordancia con esos comentarios, tal y como había aprendido a hacer con los de ese tipo. Instintivamente aparté la mirada de la suculenta imagen que ofrecía el espejo hacia la parte de la cadera que dejaba entrever los rasos lazos del corsé de un rosado vómito entre la bata, como siempre había hecho, la embarronada marca de nacimiento que tomaba la insólita forma de una delicada flor de lis descansaba pertunbante, la prueba que marcaría mi vida por el resto de los tiempo, una maldición.
-Margarita, ¿cómo va el vestido?
La voz me pilló desprevenida y ajena a las circunstancias que acontecían. Una tercera mujer se sumó a la estancia, me giré para observarla llegar, aún siendo más madura y teniendo una edad razonable, su decadencia había comenzado a purgar sus penas sobre las aletas de su nariz y el extremo de sus ojos, de un gris oscuro.
-Perfectamente, madre. Elegí un azul marino al final.- sonreí actuando mi papel como hacía todos los días ante ella y los demás.- ¿Te agrada?
-A mí me agrada todo lo que te hace feliz, hija.- rezó mi madre con una alentadora sonrisa en sus labios recordándome que siempre podía confiar en ella.- Ya puedes retirarte Margarita, mil gracias.
Mi condescendiente nodriza realizó una elegante reverencia a la presencia de mi madre a modo de disculpa por su previsible desaparición y me miró de modo confortador antes de dirigirse a la salida y perderse tras las puertas de roble macizo.
Suspiré, por fin podría relajarme tras abordar aquellos temas con mi propia sirvienta, por mucha confianza que desprendiera seguía teniendo que actuar delante de ella. Me senté en el borde de la cama que había deshecho con mis saltos pocos minutos antes del abordaje, y observé desde aquella perspectiva como mi madre estudiaba el bordado del vestido que llevaría dentro de escasos días el día de la primera fiesta importante que tendría acontecimiento de mi vida social, aunque fuera la única que mirara con verdadero interés el motivo de ésta (el cumplimiento de dieciséis años) y no lo que supondría para mi madurez.
-Mamá…- la llamé apesumbrada y temerosa de manifestar mis pensamientos en alto.- ¿Cómo conociste a padre?
El silencio se acopló en la habitación durante unos tensos instantes en los que me abstuve de dirigir una vista hacia arriba y fingí interesarme por los hilos que cosían la amarillenta bata.
-Hija, te lo sabes de memoria.- dijo al fin.
Respiré intranquila, la incertidumbre aún no había transcurrido, por lo que volví a intentarlo con más expectativas que la primera vez.
-Lo sé, pero me gusta oírlo de tu voz.
Entonces un suspiro se escapó de la garganta de mi madre y noté más que nunca su mirada clavada en mí, aunque aguanté el estudio de mi persona solo con tratar mis caprichos.
-Yo era demasiado joven en aquella época, cuando entonces una timidez extrema caracterizaba mi presencia en cualquier baile o acudida.- realizó una pequeña pausa, me imaginé, recordando viejos tiempos en los que ella era la muchacha protagonista y no yo.- Mi padre, es decir, tu abuelo, había decidido celebrar una fiesta en mi honor, un pequeño espacio en el que darme a relucir. María, esta vez no habrá sombra en la que ocultarte, solía decirme todo el tiempo. No sabría saber quién estaba más emocionado por la fecha señalada. Como te he dicho, yo era muy tímida, y eso me impedía revelar al mundo mi comparecencia en él, no estaba acostumbrada a ser la estrella.
>La fiesta empezó, tan fantástica y perfecta como mis suposiciones y hambrienta imaginación había llegado a crear en mi mente o incluso mejor. Todo el mundo me saludaba y presentaba sus agradecimientos, no paraba de charlar con nadie cuando otro ya me arrastraba a su conversación, imposible sentirse sola.- se rió afectada por el dramatismo de sus recuerdos.- Y… bueno, como tú bien sabes, entre toda aquella multitud que rebosaba la casa se encontraba cierto muchacho, misterioso y ausente a todo lo que me podía estar pasando.- sonrió con estima al rememorar aquella parte de la resumida historia.- El vals sonó como fondo y él se despegó de la pared en la que se apoyaba.
>-¿Me concedería este baile?- preguntó tomando mi mano.
>Yo, enrojecida por la vergüenza, me limité a asentir mientras me dejaba arrastrar por su encanto. A penas podía escuchar verdaderamente las notas de la melodía que se tocaba en ese momento…
-Tchaikovsky.- anuncié en un susurro sin la esperanza de ser oída, mas mi madre, más sorprendida que enfadada por interrumpir su relato, me miró intrigada. Sonreí ruborizándome.- Papá si que la recuerda.
-Tchaikovsky, entonces.- conjeturó ella con otra sonrisa.- Lo importante es que supe que era él el elegido, el que complementaría mi puzzle.
Mi madre se llevó la mano a la parte trasera de su oreja derecha, en el nacimiento de su cabello, donde, sabía, que se encontraba su marca, una perfecta estrella rojiza de tan solo cuatro puntas, la misma que mi padre reposaba en el final de su espalda. Suspiré y volví a acariciar la flor de lis que yo portaba a la familia, aunque me obligué a evocar que la finalidad de mi interrogatorio no había llegado.
-Y si…- inspiré para darme fuerzas.- ¿Y si no hubieras encontrado tu marca?
Madre primero ignoró la pregunta o tan solo no supo calcular el valor de peso de ésta misma, luego se viró lentamente hacia mí y no supe cómo mantener su mirada. Después se movió hasta el pie de la cama donde yo reposaba atormentada por la culpabilidad de lo que estaba a punto de averiguar, sin creer todavía como sobrellevaba esta conversación conmigo, y se sentó a mi lado.
-Hija, nosotros pertenecemos a una raza especial…
-Eso ya lo sé.- le aseguré, no era precisamente esa charla la que buscaba.
-Entonces, ¿qué es lo que no comprendes? Cada uno de nosotros está destinado a una persona y las marcas solo nos ayudan a encontrarla.
-Pero… ¿Y si yo no tuviera a esa otra mitad? ¿Y si yo me quedara sola?- dije manteniendo un tono serio sin avivar las esperanzas que en realidad escondían para mí esas preguntas.
Mi madre me miró compasiva, tal y como suele hacer cualquier madre cuando una hija sincera sus más oscuras preocupaciones, y peinó con cuidado mis cortos cabellos con su propia mano, apartando grandes mechones de mi propia cara.
-Todos estamos conectados en nuestra etnia, por razones que no llegamos a entender, pero somos así. No estamos hechos para permanecer solos, necesitamos a alguien que nos complemente o si no…- acalló sus peores temores.
-¿Si no qué? Imagina, hipotéticamente, que existiera esa posibilidad. ¿Qué sucedería?
Ella se sintió reacia a contestar a aquellas preguntas, pero me estaba declarando a ella, mi progenitora, debía contarme por mucho que no la agradara. Suspiró.
-Hipotéticamente,- anunció subrayando esa palabra.- esa persona estaría…- se cortó.
-¿Libre?- aposté.
-…fuera de compromiso.- dijo ignorando mi aportación.- Pero igualmente no tardaría demasiado en decaer, somos seres que no nos bastamos de una energía, necesitamos de otra para alimentarnos. De cualquier modo, eso no puede ocurrir.
Aquello sonó como deliciosa música en mis oídos. Libre de todo, libre para poder salir, investigar el exterior, tu verdadero amante. Sin poder contenerlo mi imaginación voló hacia esos remotos confines, confines que me esperaban llamando mi nombre a gritos.
-¿Eh? Ah, sí, ya, sé que no puede ocurrir…- aseguré con la mente en otra parte, lejos de aquella habitación.- Pero, entonces, sería como una vida normal, ¿no?
-Sí… y no. Si no te juntases con tu otra marca, ya sabes, no serías… humana.
Fruncí el cejo sin llegar a comprenderlo del todo.
-¿Quieres decir que no moriría, que sería inmortal?
-Hasta que tu cuerpo lo soportase, una especie de agonía que no podrías poner fin dado a que somos inmune a todo tipo de “muerte”, por así decirlo.
Mi madre me miró y cesó de acariciar mis cabellos malinterpretando mi absorción como miedo y no expectación, que era lo que sentía.
-Pero no te preocupes, no va a suceder nunca. Encontrarás a tu marca.- me alentó creyendo hacer bien.
Pero yo no quería encontrarla, quería ser libre, quería… quería ser inmortal.
Arrullé de nuevo la mancha marrón chocolate de mi piel, la flor de lis no me quemaba tanto como ahora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario