Volví a alisar la falda del uniforme sin obtener ningún resultado complaciente, la falda a cuadros marrones que debían vestir obligatoriamente los alumnos de la academia Kenilworth, y que a todas las chicas, sin excepción alguna, parecía adaptarse totalmente a las curvas de sus cuerpos, flotando con gracia a su alrededor como si de seda se tratase no sugería el mismo efecto en mis delgadas caderas que parecían arrastrar un trozo de tela de estropajo.
Seguí andando por el sinuoso sendero de tierra que habían emplazado en medio del césped del campus, el cual aparentaba no suscitar el cometido que se le había asignado entre los estudiantes ya que éstos preferían andar sobre la hierba que, en ocasiones, resultaba algo húmeda para los zapatos de cuero nuevo y ocasionaban un molesto espectáculo en el mármol de las aulas de clase.
Kenilworth debía de ser muy selecto con los alumnos a los que escogía pero no había mucha diferencia entre los muchachos de aquella universidad a la de cualquier otra academia destinada a las familias más adineradas de país. Era innegable el nivel que se exigía debido a que era claramente superior a la de otros colegios pero también se debía considerar que el alumnado se hallaba compuesto por niños pijos que rara vez habrían pisado una instalación pública para la confinación de sus estudios (sin duda superiores a las edades correspondientes), ya que era de suponer que habían ido a las mejores instituciones para su educación y formación.
Al rato divisé el edificio, que en otro tiempo habría sido el torreón de un castillo gótico y había sido remodelado para ser habitado por adolescentes, y entré para ascender por las sinuosas y estrechas escaleras de piedra hasta los dormitorios. Abrí la enorme puerta de roble que aguardaba al final del pasillo y entré en lo que era mi nueva habitación.
El espacio era gigantesco en el ala este y, como compensación a subir cuatro pisos y traspasar un largo pasillo hasta mi dormitorio, era el mejor amueblado, o se suponía que debía serlo ya que aún no había visitado ninguna de las demás habitaciones. Tras tres peldaños de pura piedra, con los que se tenía que tener sumo cuidado para no tropezarse con ellos (comprobado y verificado por esta servidora), se encontraba a la parte izquierda un dosel acolchado por gruesos edredones granates y rodeado de finas gasas doradas. Al fondo se podía ver una vidriera en la que los coloridos cristales que deberían haberla vestido se veían sustituidos por una mundana cristalera transparente en la que a sus pies había una parte mullida en la que acomodarse.
Me dirigí a la parte derecha del dormitorio, justo donde se hallaba un bonito escritorio de madera tallada, dejé en la superficie los pesados libros de texto, después me quité la rojiza rebeca que lucía a un lado el estandarte de la academia Kenilworth y la tiré sin cuidado sobre la cama, sobre la que me eché agotada segundos más tarde.
Las palabras del profesor Fellon todavía seguían haciéndose eco en mi cabeza, recordándome una y otra vez como Oliver Cromwell, político y militar inglés, había sumido a Inglaterra bajo una inminente dictadura tras mandar ejecutar al legítimo rey. Repetí en voz alta las fechas y acontecimientos correspondientes de la época para alejar de mi mente otros pensamientos, ahora debía centrarme al máximo en los estudios.
Un golpeteo incansable en la puerta me sacó del ensimismamiento en el que me había sumergido. Me levanté con cierta curiosidad y confusión, ¿quién podría llamar a mi puerta? En pocas ocasiones había intercambiado breves saludos con mis compañeros por lo que me extrañó bastante que alguien viniese a verme o incluso que supiera donde estaba mi habitación.
Abrí la puerta dispuesta a oír las lamentaciones de la persona que había golpeado mi puerta por haberse equivocado de dormitorio, ante mí se presentó una chica, algo más baja que yo, de pelo corto y alborotado que exhibía un refulgente color rubio casi tirando al blanco y grandes ojos verdes. La chica me dedicó una brillante e inmaculada sonrisa y con un pequeño y gracioso brinco saltó los escalones y se adentró en mi habitación.
-Vaya...-murmuró asombrada.- Bonito dormitorio.
-Gracias.- agradecí desconcertada mientras volvía a cerrar la puerta y me dirigía a la chica que se acababa de colar.- Y tú eres...
-Melinda.- dijo como si lo que acababa de hacer fuese lo más normal del mundo.- Y tú la nueva.
En mi vida me habían llamado de muchas formas pero nunca se me había asignado el mote de nueva, eso era algo benevolente tratándose de ellos, ¿no?
Volví a asegurarme de que el sitio donde me hallaba era una seria y venerable universidad de Londres y no un simple instituto.
-Y puedo preguntarte por qué has venido.
La chica asintió con la cabeza haciendo mover con ella la bufanda de lana verde que llevaba puesta.
-Estás en mi clase de Arquitectura. Los chicos quieren conocerte, como ya te he dicho antes, eres la nueva.
El tono informal con el que hablaba me estaba poniendo histérica, para ella todo lo que decía y hacía era actuar con normalidad a pesar del hecho de que la intrusión a la intimidad y la posible falta de cordura en aquella chica estaban penados.
Esperé a que reaccionara de algún modo, quizá irse de mi habitación, dejarme pasar tranquila estudiando una de las tardes de otoño con más aire o simplemente que comenzase a reírse de mí por haber picado en una de sus novatadas. Pero la chica se dedicó a permanecer de pie mirándome a los ojos.
-¿A qué estás esperando? Vamos, vete a vestirte.- dijo haciendo aspavientos con las manos animándome a que actuara.- ¿Es que a ti te lo tienen que repetir todo? Los chicos quieren conocerte, están esperando ahí abajo, ¡vamos!
Abrí la boca en un intento de balbucear algo, aunque solo logré tartamudear algunas palabras incomprensibles y otra dosis de confusión. La tal Melinda empezó a empujarme hacia el armario empotrado de la pared, urgiéndome en que me cambiara el uniforme. Logré sacar unos viejos vaqueros y un jersey de cuello de cisne blanco y enfundármelos, en cuanto pasé la cabeza a través del cuello Melinda me agarró con fuerza el antebrazo y me arrastró hacia la puerta. Cogí la chaqueta gris de la silla en la que la había colgado y salí hacia el exterior entre empujones de urgencia por parte de Melinda. Llegué a la mitad del campus con varios golpes en las espinillas (tendría que ir comprándome calcetinos altos para disimular los moratones de los que estaba segura que saldrían) y el corte de circulación sanguínea en el brazo que me estiraba Melinda, y del que estaba segura que si persistía un poco más en su empeño podría desencajarme el hombro. Allí de pie en el césped había un grupo de chicos que perfectamente se podrían haber tomado por el estereotipo idóneo para la academia Kenilworth.
-Sentimos haber tardado pero la nueva no sabía que ponerse.- replicó Melinda al llegar junto a los chicos y señalándome con el pulgar.
Melinda al fin me soltó y, por miedo a una lesión, articulé el brazo varias veces comprobando que no había nada roto. ¿De dónde sacaba tanta fuerza aquella personilla?
-No importa, vámonos ya.- le contestó un chico alto pelirrojo.
Todos empezamos a caminar hacia la estación de autobuses. Iba la más retrasada del grupo, junto a Melinda, que por empatía a mi indudable secuestro caminaba a mi lado. El clan se componía de tres chicos, todos altos y atléticos, adjudicados al prototipo de típicos pijos, y dos chicas entre las que permanecía Melinda.
Permanecí callada durante el trayecto. Si por alguna alocada razón habían decidido incluirme en su pandilla era decisión suya, a mí me daba igual lo que hiciesen, lo único que me importaba realmente era que no me reconociesen. Al bajar del autobús rojo que nos había transportado a los seis descubrí a dónde nos dirigíamos, las gigantescas verjas del parque natural de Peninton se erguían con disposición, albergando en su interior un extenso y bonito bosque en cautividad, repleto de dispersos árboles y plantas florales que formaban parte de un puzzle que la madre naturaleza había creado para su diversión y súplica de admiración a los seres humanos.
Nos acercamos al inmenso lago que se distribuía a la derecha y remarcaba el plano creando una obra maestra del paisaje. Allí nos instalamos a expensas de la orilla que lamía los tenues movimientos sísmicos del agua, bajo el cobijo de un gran sauce llorón que extendía sus ramas dejándolas jugar con la superficie del agua creando hondas a su alrededor.
El muchacho pelirrojo que antes había tomado la palabra se tumbó sobre la fresca hierba disfrutando del escaso sol que se filtraba a través de las grisáceas nubes, sus mejillas, adornadas de múltiples y claras pecas, pronto empezaron a palidecer mientras el viento silbaba sobre su rostro. Los otros chicos, ambos rubios con marcadas greñas que aún no pasaban del desaliño sino que colgaban de sus frentes con marcado estilo, empezaron a bromear entre sí. Melinda sacó una lujosa PDA de sus pantalones y demostró la agilidad que contenían sus dedos al bailar alegremente sobre el teclado. Suspiré al ver que no iban a hacer nada interesante, ¿a aquello lo llamaban "conocer a la nueva"? Me senté al lado de la otra chica de largo y liso cabello moreno que abrazaba sus piernas y apoyaba su mentón sobre las rodillas.
-Bueno, ¿qué te parece Kenilworth?- me preguntó la chica girando su cara para ver mejor mi rostro.
-No está mal.- respondí con una sonrisa que me fue devuelta.
-Alexia Novotny, de los Novotny de Moscú.- dijo tendiéndome una mano.
-Cati Darmon.- dije chocándosela.- De los Darmon de Madrid, supongo.- me reí.
Alexia me sonrió amablemente e hizo danzar su pelo hasta colocarlo a un lado cubriéndose el hombro derecho. Su pelo suscitaba envidia en cualquier otra chica, pero yo me conformaba con mi pobre pelo negro que apenas me llegaba a la clavícula.
-Bonita... Bonita cadena.- tartamudeé para romper el hielo.
Alexia se rió afablemente y miró a la cadena de oro que adornaba su cuello con destellos dorados.
-Me la compré en Nueva York, ¿has estado alguna vez allí?
-¡Cómo si no lo supieras!- exclamó uno de los chicos rubios, el de las facciones más afiladas.
Miré rápidamente a aquel muchacho, sorprendida de su contestación, él y su compañero de juegos se reían más que nunca.
-¡Eric!- suplicó Melinda partando los ojos de la pantalla y lanzando una mirada discriminatoria a los chicos.
-Déjales, a veces se comportan como verdaderos críos.- me tranquilizó Alexia.
Alexia me pasó una mano por el hombro y descubrí que me había tensado, relajé los músculos sintiendo la presión pero el miedo que había sentido no se iba del todo de mi cuerpo, sino que permanecía desgarrando mi interior en un bucle de desesperación conocido y que no quería que aflorara de nuevo. Dejé correr lo sucedido sin dejarme pensar en el hipotético (y muy probable) caso de que aquellos chicos conocieran mi pasado.
-Creo que me voy a dar un paseo.- dije con un débil hilo de voz a la vez que conseguía ponerme en pie apoyándome en mis temblorosas manos.
Me alejé de aquel grupo para adentrarme en el parque oyendo cada vez más debilitadamente el todo de reprimenda que escogía la dulce voz de de Alexia y las presentes carcajadas de Eric y su amigo. Con unos pasos más que di dejé de escuchar al extraño grupo de universitarios que me había acogido y me sumergí entre las caídas ramas de los árboles, dejando que acariciasen mi rostro desnudo permitiéndome sentir la vida que aguardaban sus hojas mecidas por el fuerte viento de un otoño claramente inglés. Un escalofrío me recorrió la espalda haciéndome encoger sobre mi figura y metiendo rápidamente las manos en los bolsillos de la chaqueta, arrebujándome en ella. Caminé más aprisa para entrar en calor y pronto dejé de oír el ruido habitual que los niños provocaban en los parques, adentrándome en un prado más tranquilo en el que aún permanecían algunas florecillas silvestres de colores azul y amarillo.
De pronto oí un sonido muy peculiar, un sonido dulce y armonioso que procedía de muy cerca. Sin ninguna otra cosa que hacer me dispuse a descubrir el origen de aquel sonido embelesador que, a medida que me acercaba a él, pude deducir que provenía de una guitarra.
Sentado al pie de un árbol estaba un chico de pelo marrón y elegante porte esbelto rodeando con sus fornidos brazos una guitarra clásica con delicadeza, rozando sus cuerdas provocando así una armonía que era dolorosamente hermosa. Intenté dar marcha atrás, irme de aquel lugar pero una vez más, gracias a mi torpeza y mala suerte, hice crujir accidentalmente una de las ramitas caídas de los árboles. El chico paró en seco la melodía y se giró con rapidez hacia mí.
-Cati...-gimió.
Sin darme tiempo a continuar mi regreso él apartó bruscamente la guitarra que segundos antes parecía tratar con primor y dio grandes zancadas hasta situarse a escasamente medio metro de mí.
-Cati...- repitió de nuevo alzando hacia mi rostro con miedo una mano.
Sus ojos, que esta vez aportaban tonos más grisáceos, parecieron decaer sin ningún matiz aunque cuando se encontraron con mis ordinarios ojos marrones se diluyeron cual líquido espeso y pude apreciar aquellas motas verdes que tantas veces me habían hecho suspirar.
Hacía más de una semana desde que le había visto en Gimmerton Road, aquel encuentro inesperado que me había hecho reaccionar instintivamente alejándome de él.
Esta vez pude apreciar con claridad el color de su pelo, que frágilmente seguía destelleando matices dorados pero que notoriamente se había oscurecido. Observé como una endeble capa de barba recién salida cubría su pálido rostro, haciendo notar más evidentes las moradas ojeras que decoraban su cara.
-Hola Nathan...- susurré con lágrimas en los ojos.
He de reconocer que este capítulo ha sido más extenso gracias a dos buenas amigas mías, que esta tarde me sustituyeron por unas rebajas en la capital y un pequeño pueblo de Cuenca.
ResponderEliminarEste episodio va dedicado a vosotras MALAS PERSONAS, ASESINAS DEL ABURRIMIENTO!! JAJAJJAAJ
OSQ
ooo yo tambien t quiero!!!!
ResponderEliminarjo pero me encanta i me raya a la vez
la chica no era americana???
i ademas no se llamamba cati se llamaba d otara forma
y como a buena amiga q as dixo q soi y q gracias a mi as escrito esto ya me tienes q estar contestando al las dudas q t diga
oks??
tu fan nº 1 q digas lo q digas yo tambien t quiero
XD
vamos a ver... TU TE ESTÁS HACIENDO UN LIO TREMENDO!! como va a ser americana la chica y decir en el segundo capítulo lo de: "España, tierra de mi origen..."
ResponderEliminarY si se llamaba Cati!!! lee el tercer capítulo cuando el chico con el que se encuentra en el mercado la llama así...
Aclaradas las dudas entonces? jajja
your fan number 1 by violinist, tequero :D