El humo negro que lamía las paredes insaciable ascendía cada vez más deprisa, inundaba la habitación y oscurecía las luminosas y parpadeantes luces que se filtraban por la ventana y, en otros momentos, hubieran ofrecido un majestuoso espectáculo de la ciudad. Pronto el humo se hubo colado en mi ropa, traspasando las finas gasas de mi camisón, impregnándose en mi piel.
No lograba ver más allá de las grandes lenguas de fuego, crueles y despiadadas, que devoraban con ansias todo mi alrededor y amenazaban con arrojarse sobre mí. Tosí incontroladamente al ir oliendo con más claridad el horroroso olor a carbonizado que embriagaba el ambiente.
Intenté caminar de un lado a otro, buscando una salida de ese infierno personal, pero cada paso que daba era una tortura, un dolor insoportable, en poco tiempo dejé de sentir mis pies. Miré hacia abajo y pude sentir como el miedo se apoderaba de mí por completo, mis piernas estaban ennegrecidas por grandes ronchas oscuras pero eso no fue lo que verdaderamente captó mi atención, sino el enorme charco de sangre que había a mis pies y sobre el que chapoteaba. El suelo estaba cubierto de cristales rotos, que accidentalemente se habían incrustado salvajemente en mi piel, desgarrando los músculos y dejando entrever alargadas cicatrices rosadas.
Dejé de escuchar la cordura de mi mente que me obligaba a mantener el control, jadeé sin poder contener el pavor que me infundía toda aquella situación y, haciendo caso omiso al impugnable dolor de mis extremidades, corrí con todas las fuerzas que me quedaban. Entonces llegué a lo que debería haber sido el pasillo de la casa, cerca de allí debería de haber una puerta que me condujese al exterior, me dispuse a continuar mi búsqueda, con el corazón latiendo a gran velocidad siendo el único sonido acompasado que había en ese lugar, pero algo me lo impidió. Allí, colgado en una de las paredes carcomidas por el fuego, estaba el cristal de un espejo que reflejaba una imagen aterradora. Mi corta cabellera morena se hallaba quemada irregularmente, en algunos sitios los mechones de pelo apenas se encontraban a escasos milímetros del cráneo y otro se encontraban a diferentes alturas de mi cara, el camisón, que en otros tiempos había lucido un virginal blanco roto, estaba hecho jirones, los agujeros que presentaba en la zona de las costillas casi parecían arañazos de zarpas gigantescas y uno de los tirantes se deslizaba grácilmente sobre mi negro hombro, pero eso no fue lo que me hizo detenerme, sino mi cara. Me acerqué aún más para poder ver mejor, mi rostro se había visto sustituido por el de un engendro, un engendro de cara demacrada por el fuego, débiles orificios nasales y piel apergaminada y descompuesta...
Yo era un monstruo.
Me desperté entre gritos, con la garganta amedrentada y seca de la que lo que salía de ella difícilmente podría considerarse en la categoría de gritos sino más bien de sonidos inexpugnables. Las sábanas, arrugadas y retorcidas a lo largo y ancho del colchón, se enredaban a través de mis piernas y brazos. Noté como un asqueroso sudor frío recorría todo mi cuerpo, la camiseta extra-grande agujereada que usaba como pijama se adhería a mi piel empapándose.
Me senté en la cama, todavía respirando agitadamente, y puse la cabeza entre las piernas mientras me mordía una de las manos fuertemente para no gritar más.
Había tenido una pesadilla, después de semanas soñando con la más grata oscuridad ahora me veía envuelta todas las noches de horribles pesadillas, la etapa de los sueños había empezado ya. El sueño aún era vívido, podía notar como las llamas seguían abrasándome la piel y el humo se infiltraba por mi nariz haciéndome toser y convulsionar. Recordé el charco de sangre a mis pies, los cristales atravesándome y aquel rostro demacrado, mi repulsivo rostro.
Apenas tuve tiempo de saltar de la cama rápidamente hacia el cuarto de baño de mi habitación, abrí la tapa del váter con manos temblorosas y vomité antes de que me hubiera dado tiempo de agarrarme el pelo para no mancharme.
No sé cuanto tiempo estuve abrazando los bordes del retrete pero para cuando me quise dar cuenta unos anaranjados rayos de sol se colaban por el baño. Me quedé unos minutos más allí tirada, buscando las fuerzas necesarias para levantarme, y luego comencé a desnudarme para meterme en la ducha. No hice amagos de abrir el grifo del agua caliente, dejé que los fríos chorros de agua se deslizasen por mi cuerpo para despertarme y quitarme el mal sabor de boca. Cuando salí del plato de ducha y me hube rodeado de un cómodo albornoz y me dirigí al espejo.
Esa era yo, quizá con dos ojeras más marcadas y moradas, un poco más pálida de lo habitual (algo realmente asombroso) y los labios amoratados por el agua fría, pero seguía siendo yo, ningún monstruo.
Me pasé la mano por el pelo mojado en un intento de peinármelo hacia atrás y me dispuse a vestirme. Ni siquiera me fijé en la ropa que cogía, me puse lo primero que pillé, daba igual que no conjuntara, y salí de la habitación con un abrigo en la mano.
No iba a ningún sitio, no sabía adonde, solo quería alejarme de mi habitación, mantener grandes distancias con el lecho en el que había tenido aquella horrible pesadilla. Caminé, algo grogui debido a la mala noche que había pasado, por el césped del campus. Aún no había nadie por los alrededores, era demasiado pronto para tratarse de un domingo en la universidad, la gente había salido el sábado por la noche y era normal que se levantaran tarde. Respiré hondo, dejando entrar el sabroso aire matutino plagado de humedad que ofrecía Peninton a los madrugadores, era muy distinto de ese execrable olor a quemado que había permanecido en mis pulmones todo este tiempo.
Sin darme cuenta ya había salido de Kenilworth y caminaba por la carretera, en la que a ambos lados se cernía el bosque. Sin ninguna oferta mejor de evitar la ciudad me adentré en el bosque siguiendo uno de los senderos naturales que ofrecía.
El canto de los pájaros bañaba el aire y el sol recién salido iluminaba el color verde amarillento de los árboles que éstos conferían al ambiente. Oí cómo el paso de mis deportivas hacía crujir las hojas que el otoño había dejado caer al suelo. Me limité a caminar y empaparme de todo aquello que la naturaleza me permitía.
En poco tiempo el camino empezó a estrecharse, obligándome a empezar a apartar las ramas de los árboles para continuar hasta que finalmente llegué a un claro donde la continuación del lago del parque de Peninton, o eso supuse ya que no tenía conocimientos de otros ríos que pasasen por aquí, se extendía en un riachuelo de aguas rápidas.
Entonces escuché un ruido, instintivamente giré la cabeza hacia su punto de origen, quizá demasiado rápido ya que oí el crujido de mis huesos, pero no vi a nadie. Aminoré el sonido de mi respiración, aguzando el oído al máximo, y me quedé lo más quieta que pude. Otra vez, el mismo ruido pero esta vez más cerca. Oí cómo mi corazón palpitaba cada vez más rápido, cargando la atmósfera de una adrenalina incontenible. Más cerca, cada vez más, el ruido era ya totalmente audible a cualquier persona, no podía tratarse de imaginaciones mías. Se produjo un movimiento entre las ramas de mis espaldas que me hizo girar sobre mis talones.
-¿Nathan?
Tras aquellas hojas verdes no apareció el ansiado color grisáceo de unos ojos que me escrutaban con la mirada haciéndome temblar, sino un llamativo pelo pelirrojo que resaltaba entre el color esmeralda.
-¿Te he asustado?- preguntó Patrick con una sonrisa en los labios que hizo ensanchar todas sus pecas. No me molesté en contestarle pero el chico pelirrojo se acercó más a mí.- Oh, vaya... ¿esperabas a otra persona?- dijo juguetonamente.
Meneé la cabeza a ambos lados en una rotunda negativa que a Patrick le hizo reír con diversión en los ojos. Se fue aproximando hacia mí, quedando en frente mía.
-Tienes mala cara...- me susurró al mismo tiempo que posaba su mano derecha en mi mejilla y acariciaba con el dedo pulgar las ronchas moradas que tenía bajo mis ojos.
Automáticamente me aparté del contacto con su piel, contacto que me había producido un escalofrío por toda la espalda.
-He... he pasado mala noche.- repliqué bajando la mirada para evitar mirarle a los ojos.- ¿Qué haces aquí?- dije reafirmándome.
Patrick volvió a reírse y dio un paso más al frente obligándome a dar otro hacia atrás para mantener las distancias acordadas.
-He salido a dar un paseo. Es por la mañana cuando más tranquilo está el bosque.
Le sonreí nerviosamente sin saber que decir o hacer, él me la devolvió con cierto toque de picardía que me puso los pelos de punta.
-¿Volvemos a Kenilworth?- comentó inocentemente.
"Ohh, vamos... ¿De qué tienes miedo, Cati? ¡Es Patrick, le conoces!", quiso decir una voz interna en algún lugar dentro de mí.
Miré de nuevo a aquel rostro pecoso que pretendía infundir confianza. Finalmente asentí y comenzamos a caminar el sendero de vuelta a la academia.
Puede que fuese un conocido, pero algo malo se cernía sobre mi pecho las pocas veces que había estado a su lado. Era como si algo malo presintiese, pero extrañamente todo desaparecía con una sonrisa suya o una íntima mirada a los ojos.
Sin embargo, no pude evitar sentir otro escalofrío cuando su brazo me rodeó hasta posarse amistosamente sobre mi hombro.
jooo es mui corto
ResponderEliminarpero no esta mal y te tengo q deir q tienes una imaginacion para lo del sueño
un besillo moradilla
jajaja, mañana en compensación intento hacer uno más largo... jajaj
ResponderEliminargracias moradilla!! :D