miércoles, 28 de julio de 2010

7. Necesidades

Paseé mis dedos sobre los lomos sobresalientes de las estanterías de la biblioteca, andando y observando atentamente preparada para encontrar los volúmenes que buscaba.
Kenilworh, como no, poseía una de las mayores bibliotecas universitarias del mundo, en la que la selección de sus libros iba de la más objetiva y profesional categoría de ciencias hasta la más recóndita burda al entretenimiento mundano. La biblioteca contaba con más de veinte millones de libros, dispuestos en las gigantescas estanterías de madera tallada que ocupaban la sala y hacían asemejarla a un laberinto. Además, se contaba con un piso superior, con vistas a todas las estanterías inferiores, en el que habían pequeños escritorios individuales y colectivos, para proporcionar a los estudiantes la oportunidad de disfrutar del silencio y el estudio.
Saqué un libro pequeño cuyas duras tapas de plástico aparente lucían un horroroso verde pistacho, su título, letrado en una esmerada caligrafía eduardiana que sobresalía por su inconfundible matiz dorado, rezaba la famosa obra El sueño de una noche de verano. Abrí el libro, rocé con cuidado las páginas amarillentas y desgastadas que componían aquel ejemplar.
  -Cati.- me susurró una voz con un fuerte acento alemán a mi lado. Me giré y le dediqué una sonrisa a mi compañera de laboratorio.- Yo me voy ya, ¿vale?
  -Adiós Kora. Nos vemos mañana.- me despedí en voz baja.
Kora me sonrió alegremente y fue alejándose con dos grandes libros negros bajo sus brazos. Miré hipnotizada como sus perfectos rizos rubios rebotaban encantadoramente sobre una esbelta figura de bailarina de ballet. ¿Por qué todos en aquella escuela eran tan perfectos? Desde luego el Sr. Gray no me había fichado en Kenilworth por mi exterior o mis dotes deportivos, eso estaba más que claro.
Cogí definitivamente el libro y subí las escaleras para sentarme en la mesa que habíamos dispuesto para estudiar. Alexia aún seguía cabizbaja sobre su cuaderno de apuntes, escribiendo a una velocidad asombrosa y moviendo los labios para articular cada palabra que memorizaba, tal y como la había dejado cuando me fue a inspeccionar la biblioteca. Me senté cuidadosamente en una de las tres sillas y empecé a guardar los libros de texto en mi bolsa de tela granate. Alexia me miró entonces, sopló sobre uno de los largos mechones de pelo morenos que se había posado sobre su nariz y me dedicó una amable sonrisa.
  -Kora ya se ha ido.- me dijo en voz baja.
  -Lo sé, ha venido a despedirse.
Alexia soltó el bolígrafo e inició una ronda de estiramientos articulares en sus agarrotadas muñecas.
  -¿Nos vamos?- preguntó mientras cerraba sus cuaderno.- ¿O pasamos la noche aquí?
¿La noche? ¿Tan tarde era? Hacia escasos minutos que había bajado a ojear el repertorio literario que tenía la biblioteca, era imposible que hubiese anochecido en tan poco tiempo. Kora, Alexia y yo habíamos quedado para estudiar en la biblioteca hacía dos horas y media, tiempo después del que me dediqué un espacio personal bien merecido tras una tanda de ejercicios.
Asentí demasiado tarde, ya que Alexia había sido más rápida y se encaminaba al tramo de escaleras que llevaban a la salida del edificio complementario de la universidad. Tras dos tropiezos limpios durante el trayecto, y en los que el bibliotecario me ordenó un estricto silencio absoluto, pudimos ver el exterior.
Alexia no se había equivocado cuando me había propuesto la opción de hacer camping en la biblioteca, una luna llena en el cielo empezaba a asomarse entre el rosado atardecer. Me puse de inmediato la chaqueta, subiéndome la cremallera al máximo y frotando fuertemente mis brazos para entrar en calor. El frío estaba presente en el ambiente y las enérgicas brisas heladas mecían las ramas de los árboles del campus, que se doblaban amenazantes por caer de un momento a otro.
Caminamos por el caminito que había dispuesto Kenilworth para los universitarios, apretando con fuerza el libro verde contra mi pecho mientras el viento silbaba contra mi cara, alborotando todos mis cabellos alrededor de mi rostro, despeinándome completamente. Miré a Alexia, ella caminaba con un porte distinguido ante las adversidades, como si el mal temporal no la afectase a ella ni a su eminencia.
Traspasamos las puertas de la sala común, un pequeño edificio situado en medio de los torreones que contenían los dormitorios y que conectaban con ellos a través de alargados pasillos de piedra maciza. El color granate, presente en casi todas partes de la academia, vestía los tapices de las paredes y las enormes butacas y sofás que se dispersaban en los alrededores de una gran chimenea.
La sala estaba abarrotada, los estudiantes, cansados de encerrarse en las habitaciones y sin poder salir a fuera, se habían reunido en los pocos lugares en los que se podían ver, es decir, reduciendo la lista a los dos únicos lugares que eran la biblioteca y la sala común, y la gente se inclinaba más a pasar su tiempo libre en un lugar en el que pudieran entablar una conversación con sus compañeros.
  -Vamos, te invito a un chocolate.- me animó Alexia.
Nos dirigimos a las máquinas y pronto tuvimos entre nuestras manos un vaso de plástico recalentado por un espeso chocolate. Ni siquiera me molesté en soplar para que amainara el vapor que emanaba del vaso, me lo llevé a la boca ansiosamente y bebí un trago, ignoré el hecho de que más tarde me saldrían llagas por haberme quemado, ahora si que estaba realmente caliente. Sonreí a Alexia, que había sido más prudente y bebía pequeños sorbos del cacao.
Entonces una nerviosa risa aguda se distinguió entre la algarabía de la sala y me giré hacia las butacas de la izquierda, viendo como Melinda se desternillaba de risa sobre el regazo de Eric que también se reía alegremente. A su lado, Cooper se sentaba en la alfombra persa de tonos marrones que tapaba el parqué del suelo y se dirigía a otro chico de pelo broncíneo que estaba sentado en el sofá de enfrente.
Sentí cómo una mano invisible presionaba contra mi pecho dejándome sin aire en los pulmones. ¿Podría ser? ¿Se habría atrevido a venir? Las piernas me flaquearon cuando mi mente me dio una afirmativa inminente.
  -Alexia será mejor que...
Pero no tuve tiempo de evadirla, Alexia ya se acercaba meneando su largo cabello hacia ellos y se sentaba junto al nuevo chico después de haberle dado dos besos en las mejillas. Vi como Alexia decía algo que a Cooper le hizo carcajear con grandes estruendos, luego me señalaba con el dedo índice y Melinda me miró. Con una mano, en la que se distinguía una manicura de un color rojo sangre, me invitó a acercarme a ellos con una sonrisa pícara con la cara.
Me entró el pánico, pude notar como el vaso de chocolate empezaba a resbalarse de entre mis manos sudadas, respiraba agitadamente y me daban pinchazos en el estómago. No podía acercarme a ellos, tenía que evitarles a toda costa. Mi mente comenzó rápidamente a buscar excusas convincentes con las que socorrerme, pero no trabajó con suficiente premura pues Melinda, al parecer aburrida por no tener otra diversión que arrastrarme hacia ellos y disfrutar de mi sufrimiento, me cogió del brazo como ya lo había hecho en otras ocasiones y caminó conmigo.
  -Ohh... Es que la chica es muy tímida...- se lamentó irónicamente entre risas.
Cooper palmeó exageradamente un sitio de la alfombra junto a él y Melinda me arrojó a sus brazos con una brutalidad mientras volvía a recuperar su asiento encima de Eric. Cooper me paró como pudo y me ayudó a sentarme a su lado.
  -Bueno, creo que no conoces a Cati. Es nueva.- comentó Eric provocando la risa de Melinda.
Miré el rostro de Nathan, haciéndome recibir una dolorosa patada en el estómago, tenía mejor aspecto que el día que le vi en el parque. Su pelo había parecido empezar a recuperar su antiguo color de bronce y la incipiente barba que había cubierto sus cutis aquel día había desaparecido completamente.
Nathan, que había estado riendo todo el tiempo que le había visto en aquella sala, se puso serio y calló repentinamente. Pude apreciar un momento de tensión entre el grupo en el que todos estaban pendientes de la contestación de Nathan, incluida yo. Entonces mostró una preciosa sonrisa torcida (mi preferida) y calmó el ambiente.
  -En realidad ya nos conocíamos.- dijo con voz melodiosa y tranquila.
Sentí como un jarro de agua fría me congelaba por completo. Nathan en cambio permaneció impasible, como si lo que hubiera dicho no tuviera repercusiones sobre nadie. Ni siquiera se dignó a mirarme, era como si evitara mirarme a los ojos. De cualquier modo noté como la sangre subía hacia mis mejillas, ruborizándome.
  -¿Sí? ¿De qué?- preguntó Alexia con voz de niña pequeña inocente, aunque no me gustó nada el tono en el que se mostró ante él.
Nathan se rió afablemente, intentando ser cortés con todo el mundo.
  -Tuvimos la ocasión de que nos presentaran en Nueva York.
Se produjo otro momento de silencio en el que no me pasó desapercibido el gesto de Alexia al rozar una de sus piernas contra la de Nathan. Solo el alarido de Melinda lo rompió.
  -¡Guauuu! ¡Es increíble!- exclamó mientras saltaba de alegría.- No me lo habías contado, Cati.- me dijo actuando como mi cómplice al mismo tiempo que me guiñaba un ojo.
  -Lo siento. No sé cómo has podido vivir sin saber eso todo este tiempo...- le dije con voz queda.
Melinda se rió otra vez, contenta por haberme picado, e ignoró mi contestación. Estaba segura de que a partir de ahora sacaría el tema cada vez que pudiera. Cooper se estiró a mi lado y se inclinó hacia atrás apoyándose con las manos en el suelo.
Tras asegurarme de que el ruborizado de mis pómulos ya había desaparecido volví a mirar a Nathan, su cuello prominente y musculoso daba lugar a un torso tapado por una camiseta negra de lycra en la que se le marcaban los brazos y resaltaba sobre su nívea piel.
Una chillona y cursi risa nueva me sacó de mis pensamientos, miré hacia Alexia, quien se había recostado sobre el sofá y hablaba animadamente con Nathan de algo. Alexia, que siempre había parecido la más sensata y culta del grupo, pestañeaba exagerada y coquetamente en estos momentos y dejaba caer "accidentalmente" sus largos cabellos sobre los hombros de Nathan.
Había visto muchas veces a otras mujeres en los brazos de Nathan, y realmente no me importaba, podía ser cualquiera. Pero la sola idea de que sus finos dedos tocaron su pelo y su torso, sus carnosos labios rozasen los de él o simplemente que sus rojizos ojos ocultasen ansias sobre su cuerpo; me abrumó por completo. El punto culminante se produjo cuando una de las manos de Alexia se posó sobre los muslos de él, eso fue ir demasiado lejos. La fortaleza con la que me había defendido todo este tiempo y de la que había sacado el valor suficiente para estar a su lado se derrumbó instantáneamente y vi como las sombras, los malos presentimientos y todos aquellos sentimientos de los que me había estado intentando esconder se abalanzaban sobre mí y me devoraban.
Me levanté rápidamente del suelo, dejé el vaso de chocolate ya frío sobre la alfombra y corrí hacia el pasillo que me condujese al torreón de las chicas sin dar explicaciones a nadie, no tenía por qué hacerlo. Tras darme más de un puntapié con algunas armaduras medievales decorativas me di cuenta de que no debía correr sin luz ya que eran pocas las probabilidades de conseguir atravesar el tramo sin un tropiezo más.
Entonces oí unos ruidos y una respiración acompasada a mis espaldas. Todavía agitada por la repentina carrera que había realizado me giré lentamente hacia atrás. Su rostro nunca había estado más hermoso que ahora, iluminado por un plateado haz de luna que se filtraba por una de las ventanas que incidía directamente en sus grisáceos ojos que despuntaban destellos a distancia. Escuché como vergonzosamente mi respiración aceleraba más, costándome respirar por momentos. No pude volverle a contemplar, Nathan apareció raudo frente a mí. Rápidamente sus brazos rodearon mi cintura, apretándome contra su cuerpo, obligándome a embriagarme de ese perfume suyo tan característico y que me hizo delirar, pero tenía que ser fuerte durante unos minutos más, solo pedía un limitado margen de tiempo.
  -¿Qué estás haciendo aquí?- pude murmurarle, aunque no tanto con el tono acusador que me hubiese gustado que adoptara mi voz.- ¿Qué haces en Kenilworth?- le volví a repetir casi sin sentido.
Sus labios pararon de removerse por entre mis cabellos, titubeantes de si contestar o seguir.
  -Te necesito.- me susurró con dulzura y cariño.
Sus palabras fueron lo único que resonaban en mi cabeza, solo aquellos dos vocablos que se imponían con firmeza sobre la cordura de mi mente. Me necesitaba y yo le necesitaba a él.
Nos fundimos en ese abrazo eterno, sin sentido alguno, durante lo que me parecieron milenios. Sus manos me tocaban con delicadeza, como estuviera hecha de porcelana y en cualquier momento podría llegar a romperme, no era nada comparado con las ansias que yo procuraba ocultar en cada uno de mis movimientos.
  -Vete...- articulé a duras penas.- Nathan, vete.
Anteponiéndome a mis deseos de seguir sobre su pecho marmóreo y quedarme con él me retiré débilmente y golpeé mis puños suavemente contra sus hombros.
  -Vete.- le repetí.- Ya, ahora mismo.
Vi como sus suspiros plagados de tristeza me mataban, pero debía de seguir manteniendo mi autocontrol. Sus brazos no deshicieron el lazo del que yo quería librarme cuanto antes, antes de que volviese a decaer en su hechizo.
Entonces vi sus ojos de cerca, tan brillantes como los había podido admirar antes gracias al efecto de la luna y ahora estaban faltos de vida, apagados por completo, esa había sido la razón por la que en la sala común no se había atrevido a mirarme. Unas lágrimas asomaron por entre mis ojos, empeñando la visión tan cerca que tenía de su rostro. Me desaté de sus brazos a la fuerza, alejándome lo que pude de él.
  -Cati, por favor.- me suplicó ardientemente.
  -No, no, no...- comencé a gritar, perdiendo los estribos.- No.- esta vez también negué con la cabeza.
Él me cogió de la mano, cubriéndome de caricias y mimos de nuevo.
  -Por favor...
  -¡Déjame en paz!- le vociferé.
Le aparté otra vez y empecé a correr por todo el pasillo, y tras caerme por las escaleras, allí tirada sobre las tortuosas escaleras de caracol del torreón, me derrumbé entre sollozos.
"Te necesito", volvió a insistir la dulce voz de Nathan en mi cabeza.
  -Le necesito.- dije saboreando las amargas lágrimas de mis ojos.

4 comentarios:

  1. ohhh meencanta
    i como voi a pasar agosto sin esta historia??
    moradilla

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  2. jajajaj, gracias!! (reverencia)
    intentaré ir más a menudo a la biblio para publicar las historias!!
    para mi moradilla prefe jejej

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  3. de todas maneras nose si podre leerlas al meos hasta mitad de agosto ya que en mi pueblo no tengo internt
    T_T pero cada vez q pueda mirare este blog para leerlo...
    jajajaj
    tu moradilla

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  4. jajajaj, vale... Agosto va a ser muy duro moradilla, mis seguidores se van a apenar mucho este mes... tendré que decirle a Párkinson que aplacemos un poco más nuestras vacaciones juntos por el bn del blog, será difícil pero él lo entenderá....
    jajjajaj

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