lunes, 30 de agosto de 2010

15. Fortalezas derruidas

  -Sr. Darmon… Creo que Cati está muy cansada por el viaje, será mejor que la acompañe a su habitación.
Oí a lo lejos la voz de Ashley sobre las palabras de mi abuelo y, más tarde, unas manos aferrando mi antebrazo para instarme moverme. Fui lo suficientemente consciente como para notar que Ashley ascendía a mi costado las escaleras de mármol negro, subíamos al tercer piso y abría una de las puertas del pasillo para mostrarme donde iba a dormir a partir de ahora.
  -Has tenido suerte, vas a tener un dormitorio para ti sola.- rompió el silencio volviendo a adoptar aquel tono que yo recordaba desde el primer día que nos conocimos.
Ashley se sentó en la cama, saltando mientras fingía evaluar el nivel del colchón tapado por una colcha de color crema. Yo me quedé quieta, donde ella me había dejado al entrar.
No podía pensar en nada más. No sabía que estar tan cerca de mi familia me iba a hacer tanto daño. Darcy, el pequeño Dorian, mi abuelo, prácticamente todos los demás… Un destello de pánico relució en mi interior cuando las preguntas se agolparon en mi cerebro embotando mis capacidades locomotrices. ¿Y si Nathan se atrevía a presentarse? ¿Cómo reaccionaría al verle? ¿Y si él me odiaba después de todo? Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero mientras me temblaban las rodillas amenazantes con caer al suelo rendidas. Al fin y al cabo había sido yo la que le había apostillado a no regresar a mi lado, y ya había pasado más de un mes.
Me apoyé contra la pared que tenía a mis espaldas para no caerme cuando los objetos de mi alrededor empezaron a doblarse y a danzar a mi alrededor. Aquello era demasiada presión para mí. No solo tenía que ocultar mi malestar delante de mi familia sino que ahora me devanaría los sesos gracias a Nathan y al vacío que Kenilworth había dejado en mi cerebro por las vacaciones.
Apenas era consciente de que Ashley esperaba pacientemente una reacción por mi parte, aunque no tenía fuerzas para dársela. 
  -Sigues mal.- sentenció al cabo de cinco minutos más.
Oí como mi profunda respiración daba una afirmación a su frase.
  -Me encontró en Londres.- pude informarle.
Ashley me miró desde la cama. Ella muy bien a la persona a la que me refería.
Ashley no podía medir mi sufrimiento para nada, ella tenía a Riley, y parecía que iban en serio.
  -¿Hablaste con él?
Asentí levemente, no me apetecía para nada contestar a esa pregunta en concreto con palabras.
  -¿Y?
Ashley parecía haber perdido toda paciencia que hubiera podido embargarla por lo que tuvo que preguntar directamente para que especificara.
  -No abordamos ningún tema importante.- confirmé ya que era eso lo realmente acuciante para que ella supiera.- Estuvo conmigo los primeros días y luego…- se me quebró la voz al no poder continuar.
Ashley no aguantó más mi lentitud al contestar por lo que se levantó de la cama y fue hasta mi lado. Yo me dejé resbalar sobre la pared hasta aovillarme en el suelo.
  -¿Qué?- me urgió.
  -Se fue.
Nos sumergimos en un silencio sepulcral. Aún no me podía creer que estuviera manteniendo esta conversación de ese modo con mi amiga.
  -Le hice daño y no volvió. Por mi culpa.
La culpa que había intentado ocultar todo este tiempo me arrolló por completo en aquellos instantes. Noté como las lágrimas recorrían mis pómulos hasta caerse y dejar pequeños ronchones húmedos en los vaqueros.
  -Chsss, Cati, calla.
Mi amiga se sentó a mi lado rodeándome con sus brazos para consolarme, propinándome pequeños empujoncitos en mis hombros para que parara de llorar. Pero no podía, no podía parar los lagrimones que se deslizaban por mi rostro.
  -Si no dejas de hacer ruido se va a enterar hasta el Papa de que estás llorando.- me recriminó.
Instintivamente me mordí el labio inferior para parar de balbucear y gimotear. La barbilla me tembló intentando zafarse de mi retenimiento, aunque finalmente logré calmar los temblores. Lo último que necesitaba es que los demás supieran algo de cómo estaba, sobre todo mis padres.
Me di cuenta entonces de que era la primera vez en casi medio año que no lloraba delante de nadie, me guardado tantas cosas, carcomiéndose en el interior de mi pecho, que había elegido precisamente a Ashley como chivo expiatorio para empezar a contradecirme. Me hizo sentir vulnerable el hecho de que ella era feliz con alguien y yo no.
Traté de reunir las fuerzas suficientes para sorberme la nariz, apartar las lágrimas que quedaban de mis mejillas y levantarme del suelo.
  -Estoy bien. Ha sido un pequeño desliz, no volverá a ocurrir.- dije más bien para mí misma que hacia mi amiga.- Márchate.
Me dirigí hacia el armario, abriendo sus puertas con intención de hacer hueco antes de deshacer la maleta para cuando me la trajeran. Escuché como Ashley se levantaba del asiento donde segundos antes me había consolado.
  -Pero Cati…
  -¡Estoy bien!- repetí cortándola.- Debo estarlo.
Ashley se quedó callada por unos momentos en los que crucé los dedos para que se marchara de una vez. No sabía cuanto aguantaría en no volver a decaer delante de ella. Finalmente oí el chirrido que la puerta producía al abrirse.
  -Riley y yo estamos dos habitaciones a la izquierda.- me informó con indiferencia.- Cuando quieras y donde sea.- me prometió.
Mantuve la cabeza metida entre las puertas de madera de roble, inspirando para calmar los gimoteos que brotaban de mi garganta. No oí el cerrar de la puerta, por lo que supuse que Ashley seguía esperando una contestación por mi parte.
Aproveché su espera para reunir el coraje suficiente para recuperar mi autocontrol y ponderar mi fuerte personalidad.
  -¡Ashley!- exclamé una octava más aguda de lo que era mi voz y me encaramé al sorprendido rostro de mi amiga. Fruncí el ceño.- No te atrevas a decirle a nadie lo que ha ocurrido aquí.- le amenacé.
Pude vislumbrar el brillo de sus ojos al comprender que lo que la había herido, aunque pronto sus facciones cambiaron y sus ojos me miraron con compasión. Puse una mueca de repugnancia en mi rostro, la aborrecí más que nunca por sentir lástima de mí. Ashley abrió la boca pareciendo contradecirme con algo mientras yo descargaba una mirada de odio hacia su ser cuando mi padre, inoportunamente, entró con mi maleta y mi mochila a cuestas.
  -¿Qué te has traído aquí, Cati? ¿El Big Ben en persona?- refunfuñó mi padre irrumpiendo en la habitación pasando delante de una anonadada Ashley. Finalmente se percató de la tensión del ambiente e intercambió varias miradas turnando nuestras caras.- Vaya… ¿Interrumpo algo?
Intenté relajar la crispación de mis facciones para no delatarme delante de mi propio padre, aunque la rabia aún ardía en mi interior como un fuego incontrolable. Ashley cerró sus labios, ahorrándose las palabras que antes estaba dispuesta a decir, y enmudeció.
  -No, en realidad Ashley ya se marchaba.- contesté secamente.
Ashley asintió, sobrecogida por mi repentino cambio de humor, e hizo ademán de marcharse.
  -Adiós, Jesús.- se despidió de mi asombrado padre, quien impotente en aquella escena no sabía si recobrar la buena onda o dejarnos en paz.
Recé por que a mi padre no se le ocurriera hacer uno de sus chistes malos sobre la adolescencia y nuestras estupideces, y gracias a dios no lo hizo ya que Ashley se fue antes de darle una oportunidad. Esperé hasta que dejé de oír los pasos por las escaleras para después dirigirme a la enorme cristalera que hacía como pared lateral y cruzarme de brazos.
Una sierra de gigantesca majestuosidad se extendía por los confines de aquel paisaje natural. Toda una obra maestra del potencial de la madre naturaleza. Deseé en aquel momento ser parte de aquella flora o fauna del ecosistema, de esa forma al menos no se sufría.
  -¿Qué bicho os ha picado a vosotras dos?- inquirió curioso mi padre.
Suspiré antes de darle una respuesta y me giré apartando el pelo de mi cara con una mano mientras me acercaba a deshacer la maleta.
  -Nada. Estoy muy cansada.- utilicé como excusa.- Sois diez contra una, deja al menos que recupere las horas de sueño perdidas.- bromeé aunque en un tono agrio y sin ganas no muy convincente.
Abrí la cremallera de la maleta verde y comencé a recoger la ropa doblada para ordenarla en los cajones vacíos del armario abierto. Mi padre gruñó algo ininteligible sobre el efecto de las hormonas revueltas en el cuerpo de una mujer y finalmente me dejó a solas.
El suéter gris de brillantes que tenía agarrado con mis manos se resbaló en el mismo instante en el que unas horribles náuseas se agolparon en mi tráquea y un acuciante dolor en mi interior me abrasó brutalmente absteniéndose a dar oxígeno a mis pulmones. Oí la colisión de mi cuerpo contra la pared que más tarde me dejaría magulladuras en todo mi costado y me tambaleé unos pasos más sin saber que hacer, mi mente tan solo notaba aquel sudor frío recorriéndome la frente y mi espalda y el horrible dolor en mi cabeza, de la que creía estar perforándomela con agujeros. El dormitorio decorado con tonos beige y marrón se fue oscureciendo con redondeles negros que terminaron nublando por completo mi visión.
Luché con todas mis fuerzas por mantenerme consciente, logrando únicamente alargar más el dolor en todo mi cuerpo. Finalmente me rendí.
La oscuridad me esperaba paciente a mi letargo.

2 comentarios:

  1. me encanta
    pero tengo una pregunta....mas bien 2
    y daniel?? i lo q me dijistes d q eran..lo siguen siendo o as cambiado de opinion??

    tu fan nº 1 moradilla

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  2. gracias, respondo a tus preguntas:
    1º: sale después, cuando tienen un accidente.
    2º: vinculada a la primera, ya que con el accidente se descubre su naturaleza y explico todo (tipo medianoche)
    Así que tranquila que dani sale seguro jejeje

    For my fan nº1 purple

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