-No es justo, nada justo.
El pequeño Dorian golpeó con su puño sobre las rodillas frunciendo el entrecejo para acentuar su mirada asesina a los nítidos rayos de sol que lucían el cielo. Me reí quedamente por su actitud y zarandeé aún más la oscura gorra de los Yankees de Nueva York que había decidido ponerme.
Dorian se había estado quejando desde que había descubierto que el sol había derretido todo resquicio de hielo que la noche hubiera proporcionado. Según él quería tener unas “navidades blancas” en toda regla, pensando que en mitad de una sierra habría nevado mucho antes de lo esperado. Mas el tiempo decidió darnos una lección de humildad para recordarnos que no teníamos poder sobre la naturaleza, y lo hizo retrasando la nevada más de una semana. Lo cual conllevó regalarnos unas cuantas quejas malsanas por parte de un pequeño.
-Se supone que estamos en plena montaña, ¿dónde está la nieve?- volvió a repetir Dorian.
Decidida a hacer callar a Dorian y curar su decepción prematura me deslicé a través del tronco caído que hacía las veces de banco, hacia él. Alcé mi mano y la pasé por su espalda acariciándola con suaves caricias de ternura.
-Nevará.- le aseguré concienzudamente.
-No.- perseveró testarudo.
Solté un bufido de desesperación ante la cabezonería de Dorian y me armé de paciencia.
-Sí. ¿Y sabes por qué?- le dije mientras retiraba la mano de su espalda para agarrar su mentón y hacer que me mirase a los ojos. Sus ojos plateados me cruzaron con dureza y me mordí la lengua antes de hacer alguna estupidez.- Porque la naturaleza es sabia. Solo tienes que esperar y en el momento más inesperado, ella te regalara la mejor nevada de todas.
Dorian enarcó una de sus cejas sin acabar de aceptar del todo mi teoría mas hice que aquello se convirtiera en un concurso de tozudez ya que me negué a soltarle el rostro hasta que se rindiera. La batalla estuvo realmente reñida, hasta que finalmente, tras dos minutos de resistencia, pude proclamarme victoriosa del duelo cuando Dorian esbozó una de sus sonrisas.
-Vale…- dijo alargando cada sílaba.
Contenta por mi éxito volví la vista al partido que estaba teniendo lugar en el descampado. Aún no podía creer que me hubieran convencido para jugar al béisbol, pero la fuerza de Fredy resultó ser más persuasiva de lo que había creído. Prácticamente me llevó en volandas hasta aquel lugar sin siquiera darme tiempo de cambiarme. Bajé la mirada hacia abajo observando los anchos pantalones de Hello Kitty que utilizaba para andar por casa y enrojecí de la vergüenza.
Aunque en cierto modo me daba igual todo aquello, nada ni nadie iba a empeorar mi humor ya que oficialmente había logrado sobrevivir una semana en Saint-Germain le Château. Solo faltaban exactamente quince días para volver a Peninton y a mi residencia de Kenilworth. Mas en esos momentos se me antojaba irreal el hecho de volver a la universidad o de retomar el contacto con Melinda o Cooper, parecía como si hubiera pasado una eternidad desde que había hecho las maletas con mi amiga suplicándome pasar con ella las vacaciones. Solo deseaba que pasaran las dos semanas restantes.
-¡Strike: fuera!- oí como mi padre disfrutaba de aquel juego sirviendo imparcial un veredicto.
De repente aquel grito me atrajo a la realidad sacándome de los jardines del campus de la academia. Parpadeé varias veces para disipar mis anhelos más deseados de la cabeza y me propuse dar el cien por cien en mi turno. Cogí el pesado bate apoyado en el extremo del tronco y prácticamente lo arrastré hacia la base.
-Está bien, Cati. Nos superan por dos, si consigues al menos hacer un double Ashley pasará de base. ¿Entendido? Concéntrate.- la voz de mi padre sonó ansiosa en el detallado análisis que me proporcionaba. A veces se tomaba demasiado en serio los partidos amistosos con la familia.
Con un suspiro de resignación me puse la gorra retirando el pelo de la cara y alcé el bate de madera, con el que trastabillé al levantar su ingente peso del que a primera vista parecía carecer. Entonces encorvé la espalda levemente, imitando estrepitosamente a los jugadores profesionales de la tele, y arqueé las piernas para acomodarme a la postura. Al otro lado Fredy comenzó a desternillarse de la risa por mi nerviosismo a pesar de que íbamos en el mismo equipo. Ansié siniestramente que por una vez en la vida tuviera la suficiente fuerza en los brazos como para mandar la pelota directamente hacia su cogote o, cuanto menos, poder darle.
-Tranquila, Cati. Te la tiraré floja.- me calmó Darcy intuyendo mis pensamientos.
Le sonreí nerviosamente agradeciendo su gesto y me concentré al máximo en la pelota blanca que parecía camuflarse en la palidez de su piel. Tal y como había prometido, Darcy arrojó suavemente la bola hacia mí con un grácil movimiento. Esperé con el corazón martillándome en los oídos a que la pelota estuviera lo suficientemente cerca, hasta que fui capaz de asestar un golpe con el bate. La bola salió disparada a lo largo del prado más alta y fuerte de lo que había esperado en un principio.
-¡Corre, corre, corre!- me animaron.
Anonada aún por el giro de los acontecimientos dejé de seguir a la pelota, que ya casi empezaba a perderse de vista, y arrojé el bate para comenzar a correr como una posesa a través del recorrido del campo. Con los pulmones casi en la boca y deseando con todas mis fuerzas que no tropezara en esos momentos, llegué a la última base con un derrape por los suelos.
-¿Lo he hecho? ¿He hecho un home run?- pregunté casi sin aliento tendida en el suelo.
Levanté la mirada a través de la polvareda que había levantado al derrapar y me encontré con el rostro de Ashley, quien asintió contenta por el triunfo del partido. Ni siquiera me importó que fuese Ashley quien me contestara ni que hubiéramos ganado aquel trofeo imaginario, con el corazón latiéndome al límite me derrumbé sobre el suelo y oculté mi rostro con las manos.
-¡Arriba ganadora!- reconocí al pronto la voz de Fredy y sus manazas instándome a levantar.
Aparté entonces las manos de la cara, con la respiración entrecortada aún pero con una amplia sonrisa en los labios.
-He hecho un home run.- repliqué sin creer lo que estaba diciendo.
-¡Exacto!
Fredy me aferró de la mano ayudándome a levantar y no pude evitar estallar en risas. De repente Frederick me agarró de la cintura y con un giro de muñeca me depositó a sus espaldas sin parar de reírnos. Mareada por la altitud me así instintivamente a su cabeza rapada.
-¡Ganadores!- grité sintiéndome extrañamente eufórica al tiempo que alzaba un brazo.
-¡Uouooo, yeah baby!- bromeó Fredy galopando al trote mientras bajábamos de vuelta a casa.
No paramos de gritar como locos hasta que entramos por la puerta y llegamos al salón. Entonces Fredy optó por dejarme sentada en la gran mesa de cristal que había en una parte, aunque la emoción persistió algún tiempo más.
-¿Qué te ha parecido eso, Riley?- preguntó Fred sobrado.
Riley, quien acababa de entrar en el salón, se desplomó sobre el sillón más cercano y, dirigiéndose a Fredy, se encogió de hombros humildemente.
-La suerte del principiante.
Frederick bufó airado ante la respuesta de su amigo y me palmeó los muslos alentadoramente, aunque terminó riéndose. Contenta de que hubiera servido de apoyo para el éxito final ofrecí mi mano izquierda a Fred, quien ensanchando otra de sus sonrisas con hoyuelos la palmeó alegremente.
Me permití sentarme durante tres minutos más para recobrar el aliento y la compostura, y finalmente me bajé de un salto de la mesa para dirigirme a la cocina. Abrí la nevera en busca de algo para beber y descubrí que en el frigorífico casi no quedaba comida suficiente. Extrañada por la falta de alimento enarqué una ceja mientras sacaba una botella de agua.
-Abu, hay que ir de compras. Frederick asaltó anoche la nevera.- bromeé nada más oír el chirrido de las ruedas de mi abuelo.
Oí la quejumbrosa carcajada de mi abuelo acercándose a mí y me uní a él. Asombrosamente estaba feliz.
-No, reina. Tu madre y Rose han decidido aguantar los próximos días con lo que queda para comprar el día de antes de la fiesta.- explicó parando a mi lado.
Se me borró en seco la sonrisa de la cara y todo el buen humor que podía haber albergado se esfumó por completo. La fiesta estaba cerca.
Se me había olvidado por completo que todos los años se celebraba en Saint-Germain le Château una gran fiesta con todos los amigos de la familia, en la que lo primordial era ir de etiqueta y comportarse con delicadeza.
-¿Qué tal el partido, querida?- preguntó mi abuelo ignorando mi reacción.
Sacudí la cabeza volviendo a la realidad y allegando mis temores.
-Ganamos, abuelo, ganamos.
jooo como mola :)
ResponderEliminarhaber cuando llega el capitulo 18!!
un beso moradilla ^^
pronto pronto... no sé si incluir a Dani yaa... jjaja bss little purple jaja
ResponderEliminarsiii q aparezca aparezca!!1
ResponderEliminar:) un beso moradilla