jueves, 30 de septiembre de 2010

20. Catastrófica huida.

Miré de nuevo con codicia la pared del lúgubre sótano forrada con un collage de llaves de todas formas y colores mientras acariciaba la suave pintura negra del Maybach Exelero en el que me apoyaba cómodamente. Finalmente me decanté alegremente por beber otro trago del whisky que había logrado robar a uno de los antiguos amigos de mi abuelo en uno de sus descuidos, estaba totalmente dispuesta a olvidar temporalmente el presente aunque para ello tuviera que emborracharme. Con un poco de suerte me acabarían encontrando ebria en la pequeña y humilde cripta de Saint-Germain le Château sin tener consciencia para dar réplicas a mi espontánea huida.
Pero mis intentos de amnesia parecieron ofuscados por una sola imagen junto a un nombre: Nathan. A penas me separaban de él veinte metros de distancia sobre mi cabeza. Aquella cifra aproximada hizo estremecer todo mi ser moviendo accidentalmente con ello el líquido del vasto vaso que sostenía, por lo que procuré no derramar demasiada salvación a mis problemas.
Era completamente cierto que deseaba con toda mi alma que volviese, pero verle allí plantado en la entrada de la mansión, con aquella expresión de sorpresa cuando me vio por primera vez, fue demasiado. Me había llegado a hacer tantas preguntas en mi interior, tantas esperanzas aguardadas en los últimos meses, que no me había dado cuenta de que aún no estaba preparada para afrontar el lado negativo de aquellas; porque realmente lo tenían.
Me animé a tragar algo más de alcohol, el cual demostraba ya empezar a realizar los efectos deseados en mi cuerpo. Ya estaba cansada, cansada de repetirme siempre las mismas dudas, de hacerme daño masoquistamente una y otra vez, de creer en las ilusiones. Entonces pude sentir como me hundía en un oscuro pozo sin retorno. Yo no podía cambiar mi personalidad, era así y debía aceptarlo con dignidad; aquello nunca pararía hasta que uno de los dos se aburriera de la misma historia, y sabía que aquella persona no iba a ser yo, que por mucho que me empeñase en serla no lo era. Pero, ¿y si había llegado ya la hora? ¿Y si Nathan realmente se había hartado?
Aquella opción actuó como un latigazo en mi espalda al saber que le perdería, que al fin nunca más estaría en mi vida, que descansaría en paz. Extrañamente esos pensamientos no me tranquilizaron.
  -¿Catalina?- una conocida voz sonó en lo alto de las escaleras.
Aguanté la respiración instintivamente y me quedé totalmente inmóvil para no hacer el menor de los ruidos. Esperé varios segundos de silencio deseando que el que me había nombrado tan solo fuese el viento, mas contradiciéndome de nuevo, unos bruscos golpes sonaron al final del tramo ascendente. Entonces me felicité por la astucia de recordar atrancar la puerta del sótano.
  -Cati, ¿estás ahí?
El pánico me inundó en el instante en el que la voz de Nathan se hizo más presente a pesar de sonar aún algo distante gracias a la puerta que nos separaba. Me erguí rápidamente del coche queriendo escapar de nuevo sin saber a donde ir. Los golpes sonaron otra vez, esta vez más nítidos y persistentes que anteriormente. ¿Qué pretendía? ¿Tirar la puerta abajo como en aquellas malas películas policíacas? Unos nuevos empujones me proporcionaron la respuesta que andaba buscando, por lo que intenté relajarme y pensar en algo claramente.
La idea tomó figura como por arte de magia, haciéndome sentir algo más tranquila. Con una sonrisa en los labios dejé el vaso de whisky sobre una vieja mesilla rota para alzarme de puntillas a coger las gigantes llaves de mi salvamento. Jamás se me habría ocurrido una idea mejor con la que disfrutar tanto.
Los golpes se oyeron con más firmeza, por lo que me apresuré a abrir las puertas del Maybach Exelero, el cual había adquirido ocultamente otra connotación en aquel destartalado garaje a parte de cayado. Posé las manos en el volante con los ojos abiertos como platos ante la emoción de conducir aquella belleza, en cierto modo me alegraba del final de aquella noche. Rápidamente introduje la llave en la ranura tras varios intentos frustrados, lo que me recordó mi estado tras un par de copas y me asustó el planteamiento de poner las ruedas sobre el asfalto.
Un ensordecedor crujido me hizo revolverme en el asiento hacia atrás. La puerta yacía deshecha en diminutas astillas alrededor de un enorme cuerpo del que me sorprendió su presencia. Aquel no era Nathan sino… ¿Fredy? ¿Era Fred el que estaba tirado por las escaleras? Tras menesterosos segundos de duda, Nathan logró descender y ayudar al cuerpo inerte.
Entonces comprendí todo cuando mi cerebro llegó a relacionar los hechos expuestos. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Nathan no habría conseguido derribar la puerta de no ser por alguien con más fuerza, alguien quien precisamente era su mejor amigo. No había bajado solo, sino que había traído consigo refuerzos para lograr atraparme.
La palpable traición de Frederick me hirió profundamente, lo que me proporcionó las fuerzas suficientes para arrancar los setecientos caballos que albergaba el motor de aquella preciosidad. Conseguí ver en el retrovisor la sorpresa y, seguidamente, el pavor en la cara de los aletargados. Prudentemente aparté la mirada de Nathan e intenté concentrarme en activar mis neuronas, entumecidas gracias a la ingente cantidad de alcohol digerida. Solo tenía una oportunidad para escapar.
  -¡Cati!- una voz gritó al lado de mi ventanilla provocándome un sobresalto inesperado en el asiento de cuero. Automáticamente eché el cerrojo a las puertas como prevención.- ¡Cati!
Evité con todas mis fuerzas ignorar aquella voz que gritaba mi detención, mas dos incansables puños en el cristal ordenaban captar mi atención con vehemencia. ¿Cuánto tiempo tardaría en volver a decaer en la tentación de observar su linóleo rostro? El tiempo agotaba mis fuerzas, por lo que rápidamente me propuse abrir las metálicas puertas del garaje. Entonces alabé a mi abuelo por la idea de poner puertas automáticas en Saint-Germain le Château, a pesar de subir más lentas que las demás.
Poco a poco una abertura en el sótano fue dejando vislumbrar una densa noche oscura cincelada por una impetuosa ráfaga de viento bañada con motas blancuzcas que confirmaban el hecho de la nevada en la sierra. En aquel momento oí maldecir a Nathan el coche una y otra vez, lo que, de no ser por la situación en la que nos hallábamos, me hubiera molestado realmente el que insultara aquella maravilla de coche. Entonces escuché como otro par de manos golpeaban fieramente el cristal del copiloto, la imagen de un Fredy verdaderamente desaliñado y arremangado apareció en la ventana ayudando, una vez más, a su amigo del alma recordándome de nuevo su alevosía.
Dejé que el enfado fluyera en mí en vez del miedo que ahora me poseía, y volví a hacer rugir sordamente el motor del Maybach. La puerta se abrió plenamente en ese momento de arranqué y me dispuse a aprovechar la ocasión ignorando a los protestantes que me rodeaban.
En el preciso momento en que sentí el asfalto en las ruedas a las que hacía girar a ciento cincuenta por hora no pude reprimir un aullido al experimentar la grata libertad que me había sido privada desde hacía casi dos semanas. Pronto bajé las ventanillas al máximo importándome muy poco el hecho de estar a menos tres grados centígrados según marcaba el navegador, y disfruté mientras el gélido viento despeinaba mis tirabuzones.
Aquello era una droga malsana para mí. Sentir el viento en tu contra, alejarte de todo sin saber a donde ir, rebasar los límites estatales de velocidad… Sin duda alguna una cosa tan gratificante debía considerarse como pecado capital en más de un país, de no ser así, no sería tan estimulante.
Conduje sin cuidado, y no dispuesta a reducir la celeridad del bólido, por la entrada de asfalto habilitada hasta que rápidamente me hube adentrado por el sinuoso sendero del bosque. Noté como brincaba en el asiento con el pie pegado al acelerador y, tan vertiginosamente como había venido, desapareció el efecto de la adrenalina en mi cuerpo. Aquella secreción tan anabolizante había quemado preventivamente los efectos del alcohol y, por lo tanto, me mantenía totalmente despejada y vulnerable al asalto de la culpabilidad.
Ahora me daba cuenta de que, a pesar de que necesitaba aquella estimulación para mantener mi cordura, algo borrosa las últimas semanas, había actuado como una idiota al huir de mis problemas y, una vez más, me demostraba a mí misma que no era tan madura como yo creía de antaño. Una mitad de mí me tentaba con el mundo exterior y su dulce excarcelación, mas la otra, algo más arraigada a los principios básicos de la compostura y austeridad, me ordenaba firmemente el dar marcha atrás. Entonces pensé que si no me mataban los estrafalarios desmayos míos lo irían a hacer mis mitades opuestas contradiciéndose en un debate interno imparable.
Instintivamente giré en el sentido que señalaba el cartel al pueblo más cercano y sentí como el asfalto se volvía a asentar en las ruedas de mi coche. La noche se cerraba delante de mis narices totalmente inerte, mientras que los copos caían ociosamente a su alrededor con ánimo. Reduje amenamente la velocidad recordándome que la carretera estaba algo más resbaladiza de lo normal y deseé que por una imprudencia como era las prisas de no poner las cadenas a la rueda, no tuviera un accidente precisamente aquella noche. De pronto un molesto castañeo de dientes me hizo dar cuenta que a pesar de que tenía encendidos al rojo vivo los carrillos debido a la emocionante escapatoria, el frío persistía sobre mi piel lacerándola cruelmente, así que subí las ventanillas arrepintiéndome de haberlas bajado.
El pueblo se alzó como siempre, ajeno a todos mis problemas, y me acogió sin remordimientos entre sus desoladas callejuelas. Estaba más que claro que a la una y media de la madrugada no habría demasiada gente paseando en mitad de una nevada, más que los cuatro imbéciles de turno con una litrona en la mano y gorgojeando villancicos exageradamente desafinados.
Solté un largo y apesadumbrado suspiro cuando apagué el propulsor del Maybach Exelero y me decanté por salir a fuera para estirar las piernas. Fue entonces cuando realmente me sentí ridícula con un vestido de gala sin mangas en pleno invierno allí plantada con un lujoso coche en mitad de la nocturnidad. En seguida me deshice encantada de los arduos tacones que llevaba arrastrando conmigo todo el crepúsculo y los arrojé despiadadamente en el interior del móvil.
Era inútil huir por más tiempo de lo inevitable. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Coger un billete de avión y volver a Peninton? ¿O sería capaz de regresar a Nueva York? Estaría segura de que Steph me aceptaría en su casa unos días, los suficientes para que se terminasen aquellas odiosas vacaciones de navidad. Sería perfecto ver una cara amistosa en esos momentos, alguien que no iba a cambiar tanto como para odiarme, tal y como había hecho Ashley, alguien que no me recordase que estaba atrapada de por vida en un callejón sin salida. Pero la realidad era cruda: debía tornar, más pronto o más temprano; y formar ilusiones vagas no ayudaba a afrontarla.
  -¡Eh, tú, morena!- vociferó una voz masculina.
Al pronto erguí la cabeza lo suficiente como para ver lo que ya me temía en un principio. Un grupo de chavales (ebrios hasta la coronilla) se acercaba tambaleándose al final de la calle desierta. Entonces me abracé frotando con fiereza mi piel para entrar en calor y me dediqué a hacerles el vacío, con un poco de suerte se marcharían dejándome en paz.
  -¡Tú, guapa! Te hablamos a ti, ¿sabes?- replicó otro destrozando mis deseos de pasar desapercibida.
Maldije entonces la hora en la que me puse el vestido de mi abuela. ¿Por qué diablos no se podrían llevar sudaderas a las fiestas de etiqueta?
-La chica está sorda.- se carcajeó el primero con cierta sorna socarrona.
Vislumbré entonces por el rabillo del ojo como la panda se iba acercando a mí entre risas y gritos ininteligibles. Minuciosamente agarré con fuerza las llaves del Maybach para que, en el caso de que las cosas se torcieran, fuera yo la más veloz de todos y pudiera guarnecerme en el coche.
En aquel tiempo los chicos ya habían llegado a mi frente. Pude contar a unos cuatro muchachos que a penas me sobrepasaban en edad, quizá tendrían entre dieciocho y veinte años.
  -Ese es demasiado coche para ti, preciosa.- comentó uno de tez morena y larga cabellera.
Agaché aún más la cabeza, evitando el contacto con ellos y por lo tanto el irme de la lengua contestándoles. Los chicos se acercaron aún más carcajeándose de nuevo al malinterpretar mi encogimiento por timidez, sentimiento que quizá hubiera experimentando de no ser porque aquel era uno de los peores días de mi vida.
  -Se le comió la lengua el gato.- se burló el más bajito de todos.
¿Por qué no se marchaban? ¿A caso su alto nivel de testosterona le impedía ver que estaban metiendo las narices donde no les llamaban?
Me acurruqué algo más cuando uno de ellos se apoyó en mi Maybach y noté como la gravilla se clavaba en las plantas de mis pies desnudos al hacer fuerza para no soltarle una bofetada, lo que hizo provocar un chirrido en el suelo que llamó la atención a todos. Podían hacer lo que quisieran, de todos modos no pensaba entrar en la conversación. Estaba demasiado quemada por dentro como para mantener un diálogo coherente con cuatro adolescentes.
Esperé a que ganara aquella absurda batalla para poder irme allí, debía volver a la mansión antes de que alguien cometiera una estupidez. En esos segundos observé extrañada como un chico moreno de pelo levemente ondulado, quien aún no había participado en la afrenta, me miraba fijamente compungido por algo. Se había quedado algo rezagado en el grupo, balanceándose nerviosamente de un lado a otro pero sin poder apartar los ojos de mí. Levanté sutilmente mi rostro, lo suficiente para que él me viera al completo, y le sonreí taimadamente. El muchacho congeló su mirada, llena de pavor en aquel instante y comenzó a zarandear al amigo más cercano.
  -Diego, déjala.- susurró en una octava más aguda de lo que en realidad hubiera sido su voz. Su amigo se alejó de él y le mostró una mueca, mas el otro no se rindió.- Diego, es una de esos malditos Darmon.
Oí pronunciar mi apellido con cierto compungimiento en el grupo, lo que me hizo preguntarme qué tipo de habladurías tendría el pueblo sobre nosotros. Aunque decidí no darle importancia si de ese modo me libraba de ellos.
Pareció funcionar, el grupo entero se retrasó unos pasos lejos de mí, como si de repente hubiera adoptado una connotación algo más pueril. Mas el primero que había decidido hablarme volvió a retomar su posición intimidante al no aceptar que alguien como yo le intimidase. Bufé ante su valía de macho alfa en la camarilla, no sería difícil librarse de él ya que en el fondo estaba tan asustado como los demás.
  -¿Es eso cierto, morena? ¿Eres una rarita de los Darmon?- preguntó dejándose delatar por el incontrolable gallo del final.
Suspiré profundamente cansada de aquella patraña. Entonces me erigí dejando de recostarme en el coche y apretando ya el botón del mando a distancia para entrar en el Maybach.
-Tu amigo tiene razón.- contesté con indiferencia fingida aprovechando la confusión de la afirmativa para abrir la puerta del piloto.- Deberías dejarlo estar.
Con un elegante movimiento me introduje en el coche con cuidado de no pillarme con la puerta el trazo del vuelo del vestido, mas algo me abstuvo de cerrar la puerta. Una mano me asió brutalmente del brazo desnudo reteniéndome en el exterior. El chico parecía haberse despojado de todo el pudor que pudiera haber albergado cuando comenzó la evasiva.
  -Tú y yo aún no hemos terminado.- me amenazó instándome bruscamente a salir del coche de nuevo.
Aquello me enfureció por completo. Ya me había cansado de ser la buena en aquella parodia después de haberme insultado a mí y a mi familia. Con un golpe limpio encajé uno de mis ganchos izquierdos en su cara. Instantáneamente se escuchó un horrible crujido al desencajarse su tabique nasal, y la sangre empezó a salir a borbotones debido al puñetazo.
Entonces todo ocurrió demasiado deprisa. El chico se doblegó ante mí retorciéndose de dolor e intentando abarcar con sus manos la sangre que burbujeaba, una enfermiza luz apareció de la nada tiñendo todo de un color rojizo que irónicamente conjuntaba con nuestro alrededor y, por último, el indeseable sonido de una sirena.
Solté algunas maldiciones en contra del cuerpo de seguridad de aquel lugar, el cual parecía no saber distinguir el preciso momento en el que actuar. El aporreado levantó su cabeza, sujetando su nariz todavía con las manos, y desmenuzó la vista después de aclarar algo sobre mi rápida teoría sobre la policía del pueblo. Seguidamente se volvió hacia mí dedicándome una mirada cargada de odio y repugnancia y segundos más tarde comenzó a correr cual bellaco despotricado.
Intentando mantener la calma esta vez pude meterme en el interior del coche. Apoyé la cabeza sobre el respaldo y llené todo lo que pude mis pulmones de aire antes de expirarlo todo en una horda bocanada. Estaba demasiado cansada como para pensar con claridad.
Mas alguien interrumpió mis ejercicios de relajación. Unos golpecitos en el cristal requirieron mi atención urgentemente, por lo que bajé la ventanilla tras adquirir una inmejorable cara de póker. Un viejo agente de policía inclinó su gorra al instante deseándome unas buenas noches de las que se podría haber ahorrado el adjetivo.
  -¿Tiene algún problema, señorita?- preguntó autoritariamente con una marcada voz grave.
Con vehemencia me limité a cabecear una negativa acompañada de una bonita sonrisa para acortar el periodo de interrogación.
  -Para nada, agente.
El policía enarcó una de sus cejas al advertir como la piel de mis brazos se hallaba bañaba con pequeñas gotas rojizas debido a la sangre del chaval. Procuré entonces esconder los brazos para restarle trascendencia al asunto y volví a adquirir otra sonrisa.
  -¿Necesita algo más, agente?- pregunté agotando mi paciencia.
El polizonte me miró de nuevo inquisidoramente durante unos segundos en los cuales pareció no querer marcharse de mi lado. Aguanté la respiración mientras ansiaba el no tener que acompañarle a la comisaría y meterme en otro lío, mas finalmente el destino me dio un respiro. El policía se dirigió tranquilamente hacia su coche tras volver a desearme una buena noche.
Me permití el lujo de respirar con normalidad cuando hube subido la ventanilla y arranqué el Maybach, primero con una velocidad prudencial en atención al coche patrulla que esperaba al final de la calle, y rematando con un aumento vertiginoso que hizo ensordecer al motor.
La carretera estaba más nevada que antes, ya que a pesar de haber tenido un contratiempo inoportuno la naturaleza había seguido su curso trascendental, dispuesta a provocar una de sus ingentes nevadas navideñas. Apuré el ritmo al máximo, presta a pasar el tramo de un tirón y augurando la resistencia de las ruedas todo lo que pude.
Eran precisamente cosas como aquellas las acrecentaban mi odio hacia la localidad donde se encontraba Saint-Germain le Château. ¿Qué le importaría a los demás el hecho de que viviéramos en plena sierra? ¿A caso se creían mejores por permanecer en la comunidad del pueblo? Aquello me desquiciaba por completo. Además de haber empezado a rumorearse leyendas sin sentido sobre hadas y dragones que, ahora antes no, cobraban un significado altruista en los adolescentes de nuestra generación. ¿No se daban cuenta del mal que estaban haciendo con cosas como esas? Me ponía los pelos de punta solo pensar que yo había estimulado aquella barbarie indecente solo por defenderme.
Instintivamente asesté un golpe al volante, pura frustración en estado cinético aunque terminó en un dolor de manos con una ligera sospecha de esguince. Aullé de dolor para después intentar relajarme inspirando profunda y exageradamente aire. A partir de ahora debía calmarme para enfrentarme a la situación que se avecinaba. Entonce me pregunté si no tendría alguna botella para retomar el primer plan de emborracharme, pero desgraciadamente no tenía ninguna a mano.
Tan pronto como hube recorrido el tramo en la carretera me adentré en el sendero, por el cual podía acomodarme más a la tierra, y, desgraciadamente sorprendiéndome por la rapidez de la cuenta atrás, en el principio de Saint-Germain le Château. Escuché como vertiginosamente el compás de mis latidos aumentaba sin previo aviso, queriendo salir de mi pecho. Aunque me calmó el hecho de que no hubiera luces en la casa.
Sigilosamente (a excepción de los traicioneros bombeos de mi corazón), aparqué el Maybach Exelero en el interior del garaje mientras esperaba a que la puerta se cerrase el exterior. Antes de salir masajeé mis sienes para calmar mi nerviosismo y, sin más preámbulos, me dispuse a enfrentarme a la realidad. Aquella nefasta realidad.
Una luz cegadora procedente de uno de los halógenos del techo blanquecino me cegó unos instantes al sorprenderme con su presencia, con los nervios no me había dado cuenta de que las luces estaban encendidas. Esperé unos segundos hasta que me acostumbré a la luminosidad improcedente y la primera imagen que recibí me quemó por dentro haciéndome desear haberme quedado ciega del todo.
Nathan estaba allí sentado, sobre uno de los antiguos bancos de carpintería que en teoría iría a utilizar mi padre algún día. Su pelo estaba mojado al igual que las ropas que vestía, un especie de desfase de lo que antes había sido un bonito traje de etiqueta negro y blanco. Aún se podían distinguir algunos copos de nieve sin derretir sobre su cuerpo lo que me indujo a pensar que había estado fuera esperándome. Sus ojos, de una gama de colores platino, me miraron apesadumbrados por algo que le hacía mucho daño por dentro. Me odié con todas mis fuerzas al descubrir que ese dolor se lo provocaba yo.
  -Hola.- susurró en un tono mucho más grave de lo que era su voz.
Las lágrimas anegaron mis ojos durante escasos segundos de debilidad al verle de ese modo, mas me impuse autoridad y me pellizqué la pierna para no llorar delante de él. De lo contrario parecería la mártir, y no lo era.
  -Hola.
Quise apartar la mirada reacia a verle más en ese estado, pero no podía, no podía dejar de mirarle ni apartar la vista de sus ojos, rociados en un espeso líquido argentado.
Se produjo entonces un incómodo silencio de miradas en el que noté como me empezaban a sudar las palmas de mis manos debido al nerviosismo. Necesitaba que hablase, que alguien empezara a decir o a gritar. No me había preparado para un desenlace silencioso.
  -Estaba muy preocupado por ti.- murmuró al final tras un largo suspiro.
Mantuve fuertemente apretada la mandíbula mientras la respiración se me revolvía en jadeos al escuchar aquellas palabras a las que no sabía contestar.
Había esperado un enfado más que una preocupación por su parte. Agarroté las manos en dos puños esperando aún que me gritase airado en la cara, pero no lo hizo.
  -Lo siento.- vocalicé la disculpa sin fuerzas a hacerla materializar en el aire. Exhalé un suspiro.- Pero necesitaba irme.
Otro silencio degollador se coló en el ambiente, pero esta vez tardó menos en desaparecer.
  -Lo sé.- me aseguró. Entonces suspiró tristemente y se bajó del banco para apoyarse en él.- No obstante podía haberte ocurrido algo.
¿Y a él que más le daba? ¿No había sido él el que se había marchado desatendiéndome? Una mínima parte se hacía aquellas preguntas, luchando en mi defensa. Pero la voz fue disminuyendo gracias a la carencia de sentido, estaba demasiado cansada para replicar en su contra.
  -No me ha pasado nada. Estoy perfectamente.
Nathan enarcó una ceja contrariado al recorrer con la mirada mi cuerpo (lo que me hizo estremecer de placer). Instintivamente intenté taparme con los brazos en una ridícula intención de ocultar lo evidente. Debía de tener un aspecto horrible despeinada, manchada de sangre y descalza.
Finalmente Nathan bufó.
  -Necesitaba saber que estabas bien.- replicó.- Yo también tengo mis necesidades.
En un principio la frase me dejó desconcertada por el hecho de que mi salud estuviese entre sus preferentes, mas después vi encajar todas las piezas del puzzle.
  -¡¿Has sido tú el que ha llamado a la policía?!- me quejé con voz aguda debido a la sorpresa.
Nathan esbozó una vaga sonrisa que enmascaró débilmente su depresión y asintió orgulloso de su instinto protector.
  -Y veo que en buen momento.- dijo mientras señalaba las gotitas de la sangre de aquel chico.
Instintivamente me llevé una mano a la cabeza, en parte tranquila porque no hubiera cometido una tontería por mí pero también enfadada por su delato. ¿No se daba cuenta de que mañana aquello sería la comidilla del pueblo?
  -No es mía.- le aseveré para tranquilizarle intentando quitarme la sangre de encima frotando mis brazos.- Sé defenderme yo solita.
  -El agente García no opinaba lo mismo cuando le llamé.
Solté un gutural gruñido cuando me subestimó por completo. ¿También me había espiado? Entonces la culpabilidad se borró de mi fuero interno, él solito se había buscado como martirizarse.
  -Si lo que querías era protegerme de algo malo, me temo tener que darte una decepción. Mañana se celebrará mi ejecución como alguien se entere de lo que ha pasado.- le critiqué obviando el resultado de sus métodos tan poco ortodoxos.
  -Nadie se va a enterar de nada. Teóricamente tú no has salido de la mansión en un radio de treinta metros de la casa.- me explicó.
Puse los ojos como platos cuando me irrité al escucharle decir aquello. Le miré inquisidoramente atónita.
  -¡¿Has comprado a un agente de la ley?!- exclamé.
Nathan sonrió aún más al ver mi reacción, lo que me provocó un ataque al verle feliz de nuevo. Finalmente se encogió de hombros con humildad.
  -Cinco mil euros no hacen mal a nadie.
Sí, a tu bolsillo y a mi cordura., quise contestarle mas me abstuve de decir algo de lo que pudiera arrepentirme.
Cansada de todo lo que llevaba arrastrando desde antes del principio de aquella estúpida fiesta me dejé caer al lado del Maybach y me tapé los ojos con la mano, apretando hasta que pude vislumbrar motas coloridas en la negrura. Nathan esperó pacientemente a mi ritual, pude oír su acompasada respiración. Parecía tan… ¿tranquilo? Sí, definitivamente estaba desquiciadamente demasiado tranquilo.
  -En metálico o por cuenta.- le susurré agotada tras calmarme pero no dispuesta a zanjar el tema.
  -No quieres saberlo.
Finalmente aparté la mano de mi rostro e inspiré profundamente intuyendo como me iría a afectar el volver a verle.
Si lo que pretendía era excluirme lo debía de haber pensado mejor antes de meterse en mi vida.
  -Sí quiero.- le espeté de nuevo.- De otro modo no podré devolverte el dinero.
Conté mentalmente los ahorros de mi cuenta de banco creyendo que podría haber suficiente para recompensarle, sino podría pedirle algo a Cooper o a cualquier otro.
Nathan enervó su rostro en una perceptible crispación ante mi negación a su ayuda, mas terminó relajándose tal y como había hecho durante toda la conversación, y suspiró dejando entrever su cansancio. Él estaba incluso más agotado que yo.
Temblé de pies a cabeza, estaba demasiado fatigada tras el último subidón de adrenalina y me preocupaba el hecho de que el cansancio acrecentara la probabilidad de mareos en mi cuerpo. Definitivamente había asumido que ya no tenía la misma vitalidad que siempre, pero tampoco iba a dejar que Nathan se enterase de aquello, por lo que me infundé ánimos para volver a erguirme correctamente.
Demasiado tarde. Nathan pareció darse cuenta de mi estado, lo que le provocó un ataque de pánico reflejado en su hermoso rostro ojeroso, e hizo amagos de ir a ayudarme, mas refrenó sus impulsos cuando me encontró reacia a su cuerpo.
  -¿Por qué has vuelto?
Tarde o temprano tendríamos que hablar del tema, no podíamos escudarnos siempre en atajos fáciles y triviales.
Nathan desencajó durante escasos segundos su rostro en una espantosa mueca, pero en seguida adoptó una impoluta cara de póker sin trascendencia que tanto conocería a partir de ahora. Ver la misma cara que Ashley y Riley habían adquirido los últimos días hacia mí en sus facciones me mató por dentro, no podía observar como se corrompía la naturaleza de Nathan de aquella forma tan drástica.
  -Dije que volvería.- comentó livianamente tomando asunto a la ligera.
  -Dijiste que volverías pronto.- razoné.
¿A caso ahora a dos meses se le llamaba prontitud? ¿Con qué compañía de viajes viajaba? ¿Con ferrocarriles a vapor? No podía negarme el hecho de que no había cumplido su palabra exactamente.
  -Y tú que no me preocupara por regresar.
Instintivamente se me desencajó la cara cuando recibí una gloriosa patada en los pulmones que hizo quedarme sin oxígeno con el que regar mi cerebro. Me había arrepentido cada minuto y segundo de aquel comportamiento, de aquellas palabras que escupí sin medir las consecuencias. Era exorbitantemente rastrero el que me lo restregara por encima.
  -¿Entonces por qué lo has hecho?- pregunté a la defensiva.
Noté como me costaba mucho trabajo respirar por lo que me agarré al retrovisor del coche antes de caer redonda al suelo. Temía cual iba a ser su respuesta y deseé con todas mis fuerzas que no fuera esa.
Nathan aflojó su actitud y pude ver como la tristeza que anteriormente había embriagado su aura, volvía a sacarse a flote. Entonces empezó a negar con la cabeza mi pregunta.
  -No lo sé.- murmuró débilmente.
De no haber sido porque pude llegar a leer sus perfectos labios amoratados por el frío no me hubiera creído lo que estaba escuchando. ¿Qué quería decir con que no lo sabía?
Le observé pacientemente. En ese momento me di cuenta de lo que fallaba en él. Estaba incluso más pálido de lo que él era de por sí, a excepción de las dos ronchas moradas que lucía bajo unos ojos faltos de vida de los que me di cuenta que hacía tiempo que no los veía refulgir verdes. Su pelo había perdido el brillo broncíneo que tanto me hacía acelerar mi corazón y ruborizarme. Aunque igualmente resultaba extremadamente perfecto y bello de esa forma.
Entonces me pregunté qué aspecto debía presentar yo, ya que si hasta él mostraba una desmejora en su físico (algo difícil de creer), yo, alguien precisamente poco agraciado de normal, debía de ser una aberración.
  -Cati.- su melodiosa voz nombrándome fue la única que logró sacarme de aquellos pensamientos. Sus grisáceos ojos me dieron de lleno cuando levanté la cabeza para contestar a su llamada.- No puedo vivir sin ti.
No, no, no, no, no… Sí que puedes, Nathan, sí puedes, debía decirle eso. ¿Por qué diantres no conseguía decirlo? Entonces me di cuenta del problema, la voz no llegaba a mi garganta, la sangre de mis venas se había secado instantáneamente y el cerebro se había desconectado por completo de mi cuerpo.
Él no debía decirme esas cosas, se suponía que no podía, que nadie ni siquiera él o yo podíamos oírlas. ¿Qué creía que estaba haciendo? Con eso no ayudaba a nada, tan solo empeoraba la situación.
Sentí como sus gélidas manos empezaban a tocarme sin poder evitarlo de antemano, como me instaba a apoyar mi cabeza sobre su marmóreo pecho sin oponer resistencia. Debía reaccionar o de lo contrario sería demasiado tarde para hacerlo, tenía que conseguir retomar el control. ¿Por qué no lo hacía? ¿Por qué dejaba que aquella invasión de calidez en mi interior se expandiera? Pero no era capaz de despegarme de su cuerpo, no quería hacerlo.
Nathan comenzó a dibujar círculos en mi desnuda espalda y me besó en la frente con mayor ternura de la que me merecía en aquellos momentos. Entonces, por una vez en la vida, me dejé llevar mientras sus brazos me acunaban.
  -Yo siempre te protegeré, mi vida.- me susurró Nathan al oído haciéndome estremecer por la proximidad de sus labios.- Siempre.

6 comentarios:

  1. 0.0 es precioso!!!
    me encanata!!!
    pero sigo esperando a... wno ya lo sabes
    un beso moradilla(gracias x el capitulo un poquito mas largo)

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  2. jajaja yaa faltaa menoss, cuando vuelvan a Peninton creoo que les espera unaa sorpreesiitaaa jejeje
    Denaadaa!! bss PURPLE

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  3. me podria la srta. lincon desvelarme si vuelven los 2??
    o solamente vuelve cati??
    un besooo
    moradilla, green arrow... i demas

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  4. Srta. Luna, estaría contradiciendo mis principios al desvelar el misterio de los siguientes capítulos, espero que comprenda mi postura y que continue siguiendo mi humilde novela.
    Con toda la atención y amor del mundo:
    Para moradilla, green arrow, fan nº 1, madre de nuestro pequeño árbol... jajaja xd

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  5. 17! Sigo pensando que deberias hacer un libro ... me encantan todas las historias que escribres además siempre podriamos patrocinarte por diferentes comunidades autonomas de españa xD carmen por castilla-la mancha(cuenca,su pueblo) yo por galicia ... jaja Lara internacionalmente :Francia,NY,London
    TEQUIERO ♥ Sigue así de escritora !

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  6. No escribo tan bien, por muchos que digáis pero... gracias, por vuestro apoyo, de verdad, no sabes lo que significa para mí que digas eso.
    Sí claro, me hago famosaa!!! jajaja venga... un 50% de beneficios para tii... jajajaj
    I LOVE U GALLEGAA

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