Volví a convulsionar de frío y cerré fieramente la mandíbula para evitar que empezara a castañear. Estaba totalmente helada, tanto que temía moverme y sentir como se empezaban a congelar mis propios huesos. Había sido aquella incesante tiritona la que me había despertado de un profundo sueño.
En medio de aquel duermevela noté como poco a poco mi cuerpo se iba deshilachando en diminutas porciones hasta machacarse por completo. Estaba demasiado cansada como para siquiera dormirme, o, al menos, era aquel frío extraordinario el que impedía mi descanso.
Consciente aunque sin poder aún pensar con suma claridad, deseé con todas mis fuerzas parar de estremecerme para volver a reconciliar el sueño. Finalmente desistí en mi empeño y suspiré.
Una oscuridad exterior me contrarió cuando me aseguré de haber abierto los ojos. Desorientada parpadeé varias veces hasta que hube confirmado el hecho, un salpicadero de color beige difuminado y el conocimiento del cuero recalentado por mi propia temperatura fueron formándose como ideas en mi mente. ¿Dónde estaba?
-Lamento haberte despertado.- dijo una voz a mi lado.- Ya he subido la calefacción.
Giré la cabeza en aquella dirección. Nathan conducía tranquilamente sin apartar la vista de la negra carretera, mientras los rayos plateados de la luna bañaban su rostro haciéndolo brillar con un centelleo místico. Siempre le había quedado muy bien los haces de la noche.
Aún intentando no dejar aletargadas mis neuronas, hice amagos de erguirme sobre el asiento, hasta que las evidentes causas me hicieron caer en la cuenta de que nos encontrábamos en un coche y ya era de noche.
-¿Me he… me he dormido?
Me restregué los ojos con las manos con tal de acostumbrarme a la penumbra y pude al fin sentarme correctamente. Algo de lana me cubría del cuello hasta la cintura.
-Te dije que intentaras dormirte en el avión y no me hiciste caso.
Vislumbré como Nathan sonreía haciendo que la luna también incidiese en sus dientes como perlas. Me dediqué a pasar por alto el comentario y bostezar mientras trataba de estirarme en el reducido espacio del coche. Realmente me dolía todo el cuerpo.
-¿Qué hora es?- pregunté demasiado perezosa como para mirarlo en el navegador.
-Tarde.- respondió raudo a la pregunta, aunque luego se agachó para comprobarlo.- Exactamente las once de la noche.
Asentí con la cabeza mientras me decidía a meter las manos dentro de aquel retazo de lana para calentarlas, y con otro suspiro me resistí a apoyar la cabeza en el cristal ya que de estar seguros estaría congelado. Me conformé con el cuero del asiento.
Las sombras de los árboles pasaban grácilmente a nuestro alrededor, irónicamente quietos ante la interminable danza de las hojas que aún permanecían fieles a las esqueléticas ramas. Aún de noche, pude apreciar la hermosura del paraje, la misma hermosura que me encandilaba, hermosura a la que me atrevía a llamarla hogar.
La calefacción del coche comenzó a caldear el interior, y los pequeños vahos formados en las comisuras de las lunetas fueron deshaciendo su error. A pesar de todo me abstuve a retirar la lana que hacía las veces de manta.
A un mismo tiempo una agradable sensación se fue aposentando en mi estómago, sustituyendo los habituales nervios que había soportado las últimas semanas, y me sentí en paz. Entonces un zumbido sonó justo dentro del hueco que había al lado del freno de mano. Extrañada me torné hacia el boliche de unos trapos oscuros que vibraban solos.
Desenvolví extrañada el almizcle de paños (que parecían tener forma de camisa) y descubrí en su interior el causante de su movimiento.
-Te han estado llamando todo el rato.- anunció Nathan cuando cogí el móvil entre las manos.- Lo tapé para que no te despertaras.
La pantalla relucía dentro del eclipsado coche, creando eco de sus sombras mientras refulgía un único nombre.
-Es mi padre.- le expliqué.
-Lo sé.- afirmó.- ¿No vas a cogerlo?
Exhalé algo de aire mientras comprendía que había hecho bien en haberme dormido durante el trayecto. El móvil lanzó sus últimos zumbidos sobre las palmas de mis manos hasta que se cansó, entonces el silencio volvió a reinar.
-No.- negué la pregunta entretanto me encogía de hombros.
Nathan frunció el ceño a la carretera y yo volví a recostarme.
-¿No te has despedido de ellos?
Suspiré reacia a evocar el tema. Había jurado que no volvería a pisar Saint-Germain le Château en años, ni siquiera oír su nombre.
-Sí lo hice.- contesté.- Les dejé una carta antes de marcharnos.
Rememoré el sobre lila que había depositado encima de mi cama. Resultaba algo cobarde hacerlo de esa manera, pero tenía la suficiente experiencia como para saber que si les decía a la cara que me iba, me lo impedirían. Prohibición, negociación y por último chantaje emocional, todo seguido en un riguroso orden cronológico.
Entonces el móvil volvió a zumbar incansable de nuevo, escuché como Nathan suspiraba al volante. ¿Es que no se cansaban de llamar? Lo que les había dejado era una carta de despedida, no una de suicidio.
-Solo están preocupados por ti, Cati.
Eso lo sabía, supongo que no era demasiado normal que una hija se buscara tantos problemas en un record de veinticuatro horas.
Esta vez el sonido se apagó mucho antes de lo esperado, y aproveché el descanso para apagar completamente el aparato, evitando futuros pormenores. Nathan volvió a suspirar, provocándome observarle. ¿Era preocupación lo que se denotaba en su rostro? No debía preocuparse él también, no había razones para ello.
El pueblo de Peninton llegó pronto hacia nuestros alrededores, estimulando positivamente una sonrisa en mis labios.
-Sabes que tramo coger, ¿no?- no pude evitar asegurarme.
-Sí, tranquila.
Los efectos somníferos habían desaparecido totalmente, y una extraña emoción reconfortante se extendía por cada una de mis glándulas. Ardía en deseos de volver a ver aquel esqueleto gótico rodeado por un frondoso bosque impenetrable, mas me abstuve de adelantar acontecimientos.
Conservando aún la sonrisa en el rostro retiré la vista de la ventanilla en dirección contraria. Nathan conducía tranquilamente, demasiado lento comparado conmigo al volante, pero había algo que seducía en ello, más bien en todo lo que hacía, el cuidado y la elegancia que ponía en cada uno de sus pasos, como previendo lo que a continuación iría a ocurrir, seguro de sí mismo. Inevitablemente rememoré aquella noche en Kenilworth, cuando después de tanto tiempo que había estado sin poder tocar su piel o acariciar su pelo el deseo se había hecho material. Recordé lo que me costó librarme de ese psicoactivo, mientras volvía a sentir su piel contra la mía, sus labios deleitándose conmigo… Suspiré. Ahora todo aquello parecía tan fácil de conseguir, que me asustaba el sucumbir. Ya no quería nada de eso, tan solo pedía que nada ni nadie me hiciera daño. Solo eso.
-¿Qué?- preguntó Nathan medio riéndose.
Me reí con él haciéndome volver a la realidad y comprobar que me había quedado mirándole fijamente, sumergiéndome en las perfectas curvas de su rostro, achatadas en una adorable nariz, que dibujaban ángulos hasta perderse en su cuello.
-Nada.- respondí como siempre reacia a manifestar mis pensamientos.
Nathan endureció momentáneamente sus facciones mientras giraba ampliamente hacia la derecha, algo que por lo que había visto últimamente había tomado como referencia cuando le molestaban, algo que no me gustaba que se acoplase a su rostro.
-Dímelo.- rogó con voz entristecida.
Exhalé algo de aire antes de encubrir una pieza de la verdad.
-Tienes manchado el pómulo de la tinta del aeropuerto.
Como una orden, Nathan se llevó la mano hacia la boca mientras mojaba su dedo pulgar con saliva y limpiaba la mancha que llevaba en la mejilla hasta que se quitó la suciedad.
-¿Ya?
-Sí.
Finalmente aparté la vista de nuevo hacia la carretera, estábamos a punto de llegar. El bosque titilaba en el exterior, ululando nanas mágicas a mi bienvenida, en un perfecto vals crónico en el que todo iba a un mismo compás, nada se salía de la coreografía impartida.
A partir de ahora nada sería igual, todo había cambiado de nuevo. ¿Qué iba a ocurrir a partir de ahora? ¿Cómo se suponía que debía actuar? Como habitualmente, no lo sabía, ni lo quería saber. Tal y como me había propuesto iba a seguir mis instintos, y mis instintos me decían que abriera una rendija en mi caparazón para ver lo externo, admirar pero no claudicar.
Repentinamente noté el tacto suave de una mano contra mi mejilla. Con un sobresalto en el asiento roté inmediatamente la cabeza en dirección hacia el estímulo, el brazo de Nathan se alargaba despreocupadamente rozando mi pómulo sin pretensiones ni preámbulos. El mismísimo contacto entre nuestras pieles me hizo estremecer aún más que el frío que soportaba el ambiente. Paulatinamente las facciones de mi rostro se fueron endureciendo y oí como crujían las muelas al cerrar mi dentadura, intentando de algún modo contener la respiración para no hiperventilar.
Sabía que los pensamientos que yo misma me había impuesto anteriormente me alertaban que debía apartarme de un momento a otro sin esperar a más, pero se suponía que ahora era diferente, se suponía.
Cerré los ojos sustituyendo el paisaje nocturno por una oscuridad absoluta. Cada partícula de mis sentidos alarmaban de la cercanía, notaba cada vez más presente, cual agujas laceradas en la piel cada uno de sus movimientos. Sentía como su dedo índice jugueteaba con el calor de la mejilla superior, como su pulgar lamía mesuradamente el extremo de mis labios, tentados a continuar el recorrido. La extraña calidez de sus manos se me antojó ahora vulnerable, su tiento ardía en comparación a la frialdad que invadía mi cuerpo, algo que nunca hubiera llegado a imaginar.
-¿Te molesta?
Apreté aún más los párpados cuando oí su aterciopelada voz prácticamente en mi oído. Me pregunté entonces cómo diantres conducía.
Suspiré agotada por el esfuerzo.
-No.
Sus dedos no desistieron en su función y esta vez se dirigieron a las raíces de mi cabellera azabache. Sus extremidades se enredaron las greñas sueltas de mi coleta semi-derruida, peinándolas a su antojo en una asimétrica simetría.
-¿Y ahora?
-No.- me mantuve firme.
Oí una exhalación suya de la que quise tomar posesión cuando su aliento rozó mi nariz, lo que casi me produce un paro cardíaco.
Nathan siguió. Noté como sus dedos se desplazaban cada vez más abajo, dibujando el contorno de mi oreja izquierda, deteniéndose más tiempo en el lóbulo. Sus manos llegaron hasta mi cuello, trazaron el relieve de mi barbilla y el nacimiento de mi pelo hasta que presionaron las dos adorables pecas que siempre había conservado. Entonces dejé de sentir la suavidad de sus manos, que fueron reemplazadas por algo húmedo y completamente cálido a la vez que carnoso. Me temblaron las rodillas cuando la idea se fue formando en mi mente. Me estaba besando. Me estaba besando en la yugular.
El ritmo de mi corazón, si ya estaba siendo elevado, aumentó vertiginosamente cual montaña rusa hasta el punto de convertirse en pitidos que ensordecían mi mente. Mas su mano buscó a tientas entre mis muslos la mía, que rehusé estrecharla a miedo de que notara el inevitable entumecimiento de ella.
Finalmente frotó su nariz contra mi cuello hasta ascender de nuevo a la oreja, donde seguía sintiendo sus húmedos labios en contra.
-¿Segura?- susurró con una voz entrecortada por los jadeos.
No contesté.
Era tan fácil girar la cabeza y cometer el pecado, estaba a mi alcance el sentir después de tantísimo tiempo el roce de su boca con la mía. ¿Por qué me tentaba de aquella forma? ¿Había pensado yo hacía escasos segundos el no necesitar aquello?
Giré la cabeza lentamente y abrí los ojos para encontrarme con un mar de plata, allí estaban las motas verdosas que tanto me gustaban, escondidas en lo recóndito de sus pupilas. Me di cuenta entonces de que el brazo que aferraba mi muñeca nos atrapaba en un bucle y que habíamos parado el coche sin haberlo notado.
Nathan me sonrió, mostrándome sus seductores dientes lobunos en aquella sonrisa, y yo se la devolví.
-Dime, te molesta.
-Para nada.- le respondí.
Él ladeó su cabeza alejándola centímetros de la mía, fingiendo un interés por las líneas de la palma de mi mano y sin parar de sonreír, para después comenzar a medir el calibrado de nuestras manos juntas. Observé como nuestros dedos corazones por poco no llegaban a tocarse punta a punta.
-Tienes las manos heladas.- comentó trivial.- ¿Te has llegado a tapar con mi chaqueta?
Confundida agaché la mirada en dirección al retazo, ahora arrugado y redimido a un extremo. ¿Era eso una trenca?
-La utilicé durante un rato.- admití.
Aquello le hizo ensanchar aún más la sonrisa a Nathan, quien miraba obnubilado la imagen de nuestras manos sumergido en sus pensamientos.
-Debería irme.- dije sin pensarlo bien.
Calla, insensata, ¿pretendes irte ahora?, dijo una voz maquiavélica en mi fuero interno. Me mordí la lengua para poder tragarme aquellas palabras, mas ya era demasiado tarde.
-Sí, se está haciendo muy tarde.- razonó más para sí mismo más que a mí.
Con un suspiró me soltó la mano y me deslicé hacia el picaporte del copiloto para abrirlo y salir al exterior. Una brisa de viento helado salió a mi encuentro azotándome en el rostro, el ambiente estaba cargado de una humedad pesada y el aroma a silvestre se extendía a mi alrededor. Respiré hondo aquel olor a tierra mojada para volver a notar algo presente.
Algo metálico rozó el dorso de mi mano y volví a inquietarme por la sorpresa. Nathan sonreía cansado a mi lado ofreciéndome mi maleta. Desde luego aquella noche estaba falta de reflejos. Entonces le tendí su chaqueta para realizar el intercambio.
-Gracias.- fui educada.
-No hay de que.
Nathan cogió su trenca y se la puso sobre su camisa color celeste entreabierta en un pecho desnudo. Me obligué a pellizcarme en la pantorrilla para volver a la realidad y dejar de admirar aquel cuadro tan hermoso que insólitamente me recordaba al David de Miguel Ángel. Con un suspiro de paciencia hacia mis divagaciones rodeé el asa de la maleta para arrastrarla durante el caminito de tierra, mas algo me retuvo. Nathan me aferraba el antebrazo hasta arrastrarme junto a él, limitó mi cara con sus manos y posó delicadamente su frente contra la mía. La proximidad entre nuestros rostros era más que evidente, pude sentir como su aliento y el mío se fundían en uno solo, y su esencia embriagadora me envolvía. Escuché un ruido hosco y acompañado de fondo, hasta que me di cuenta de que eran mis propios gemidos, esta vez no había cerrado los labios.
Entonces él se rió y yo me reí con él, su oxígeno era el mío. Sin saber muy bien donde posar las manos, las dejé descansar sobre sus omóplatos, ásperos a causa de la textura de la chaqueta.
-Me alegro de que no hubieras decidido huir sola.- murmuró.
Poco a poco logré ruborizarme a pesar del frío de la noche, y noté como me ardían los pómulos bajo sus manos.
-Hubieses llamado a la policía de nuevo. No estaba dispuesta a perder más dinero.
Nathan volvió a reírse y juntó su nariz achatada contra la mía pomposa. Ahora la fina línea de sus labios se encontraba a una distancia de tres centímetros.
-Seguramente.- saboreé el vahó que soltaban sus palabras en mi boca.- Me conoces demasiado bien.
Noté como perdía visión debido al entumecimiento de mis ojos llorosos, habíamos llegado al límite, siempre había uno. Ahora me sentía incómoda, demasiado para mi gusto, y traté de dar marcha atrás.
-Esto sí me molesta.
Él compungió su rostro en una mueca de tristeza que me partió el alma en dos y me hizo sentir como la más cruel villana, pero lo que decía era cierto. Nathan aflojó la atadura de sus manos y se alejó de mí otra vez, procurando ocultar en cada uno de sus gestos la derrota.
-Lo siento.- se lamentó.
Me sentí mal por haberle hecho daño, basándome en que Nathan era fuerte para soportarlo. Él volvió a reconstruir a la perfección aquella expresión endurecida y artificial y alzó la comisura de sus labios en el intento de sonreírme. A pesar de todo no quería defraudarme.
-¿Nos… nos vemos mañana?- quise remediarlo con una esperanza de no alejarlo de mí.
-Claro. No veo por qué no.- razonó.
Le sonreí infantilmente, cosa que nunca solía hacer, y él me tocó la punta de la nariz en un gesto cariñoso.
Odiaba que me trataran con delicadeza, algo de lo que yo carecía y que calificaba al estereotipo de la mujer, aunque esta vez me limité a morderme la lengua para no replicar, en ocasiones hay que ceder.
-Buenas noches.
Me alejé del coche de Nathan, aturdida aún por lo que acababa de suceder.
ooo q bonito(con acento tierno, como en las peliculas)
ResponderEliminarme encanta!!me e qedao sin palabras
un besito escritora!! :)
moradilla BY,Me!!:)
jiji
jajaja si es que como te presiono a que comentes (eres la única que lo hace, por cierto gracias jajaja) ya no sabes ni como repetirte... jajaja
ResponderEliminarGRACIAS BY, ME!!:) FOREVER AND EVER!!! JAJAJJ
haber esq no puedo decir otra cosa solo eso
ResponderEliminarbueno una excepcion; cuando va a aparecer???
Ammmsss (rascándose la cabeza sin saber que decir) Pronto, pronto.... Por cierto, ojos marrones y verdes noo??
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