Traté de concentrarme en aquel papel que en algún otro tiempo se había visto envuelto de un blanco virginal y que aún quedaban vestigios de ello entre los párrafos de mi hosca caligrafía endeble que fácilmente narraban los conflictos bélicos de la primera guerra mundial con detalles incluidos. Había repasado tantas veces lo escrito que ya casi había llegado a memorizar el orden exacto de las palabras.
Meneé la pluma estilográfica bañada en plata y con adornos de oro que un día mi padre me había regalado tras haberme visto codiciarla con ojos malignos en el cajón de su escritorio de trabajo, ésta siempre me había deseado suerte y parecía que la siguiera conservando. Inspiré hondo varias veces con tal de sacarme de encima aquella molesta ansiedad que embargaba todo mi ser. Realmente había contestado a todas las preguntas y no me había quedado nada por nombrar en el examen. La mano derecha aún me dolía tras la primera carrera y atropello de palabras y fechas que se agolpaban en mi mente queriendo materializarse en tinta sobre el folio, por lo que la sacudí levemente para alejar el entumecimiento. Miré hacia el reloj del fondo de la pared, apenas si quedaban cinco minutos para que el encargado de cuidarnos recogiera el examen que determinaría en un sesenta por ciento la nota final del trimestre. Oí como mi pierna izquierda retumbaba contra la parte baja de la mesa de madera donde me apoyaba, a causa del nerviosismo no podía parar de vibrarla rápidamente lo que provocaba un acelerado tictac que marcaba el compás de los microsegundos. Tuve que soltar dos suspiros antes de reunir las fuerzas suficientes para mantener el control sobre mi muslo y detenerme para que no terminaran llamándome la atención por el ruido innecesario. Di la vuelta a las hojas de papel escritas y estiré el cuello para oír como sonaba un crujido debido a la rigidez sometida durante las tres horas anteriores.
Las manos empezaron a sudarme cuando noté como un par de ojos se clavaban en mi nuca amenazadores. Disimuladamente traté de virar mi cabeza y ver como mi respiración se aceleraba cuando vi a Patrick observándome despiadadamente de lleno, ni siquiera trataba de ocultarlo. Sus ojos, oscurecidos repentinamente por un negro azabache inescrutable, acuciaban mi cuerpo haciéndome sentir totalmente desnuda ante su mirada, sus manos, agarrotadas en dos puños en los que se hacían denotar los tendones, parecían querer envararse contra mí por lo que casi pude sentir su furia descontrolada. Él, que a pesar de haberme dado siempre mala espina había lucido una sonrisa en sus labios, fruncía el labio superior en una mueca en la que dejaba entrever dos magníficos colmillos que destellaron reflejos al entrar en contacto con la luz de halógenos que bañaba la sala.
Cooper no me había perdonado el haberme fugado con Patrick en mi estado, más tarde me contó que él había estado muy preocupado por mi extraña situación y se habría quedado más tranquilo de haberme examinado un experto. Me culpó entonces de una noche de perros causada por los nervios y una discusión con su amigo Peter por haber cogido su coche recién estrenado, fueron al fin y al cabo dos disculpas bien esmeradas y urdidas en el más estratégico plan de arrepentimiento y caras de cordero degollado para obtener el perdón, una sonrisa y luego un abrazo de ambas personas. Mas cada vez que rememoraba la escena, a penas realista ya que el delirio tan solo había dejado huellas en mi cerebro de lo más característico, en la que las manos de Patrick acariciaban mi piel provocando un brillo de lujuria en sus ojos. Me limité a razonar que el mareo me había jugado una mala pasada y que todo se había visto en vuelto en una exageración sin comedimientos.
Me revolví en el asiento para evadir la imagen que Patrick emanaba y esperé a que el tiempo acabara para poder salir del edificio y poder de ese modo respirar aire puro, quizá helado, pero igualmente limpio. El timbre sonó fiel a su horario y me preparé para envararme escaleras abajo hacia el pupitre del profesor para entregar mi examen y salir corriendo de aquel lugar que empezaba a sobrepasar mis defensar morales. En el exterior a penas sí había un par de personas con libros sobre las manos leyendo mientras se encaminaban a sus aulas correspondientes o, como daba por hecho que la mayoría habían hecho, a la biblioteca, donde se podría estudiar con una calefacción de por medio. Aminoré la marcha cuando hube caminado un trecho de cien metros de media entre el edificio y mi propio ser, noté entonces el frío glacial que se extendía por los alrededores y que actuaba como telonero de lo que iba a ser un invierno duro en Peninton. Me enfundé en un abrigo de plumas que había arrastrado conmigo hacia clase y me arrebujé en él para entrar en calor pronto.
-¡Hola Cati!
Me giré automáticamente hacia la dulce voz que me saludaba. ¿Estaba alucinando o no era aquella Alexia la que se acercaba con una sonrisa en los labios?
-Esto… hola.- saludé demasiado tarde saliendo de la estupefacción cuando Alexia ya se hallaba en frente mía metiendo sus manos en la trenca gris que elegantemente lucía y apartaba los mechones de pelo detrás de sus orejas.
-¿Qué tal los exámenes? No eran demasiado difíciles, esperaba que este año subieran un poquito el nivel pero creo que me he vuelto a equivocar.- soltó con indiferencia mientras se encogía de hombros al pronunciar la última frase, como si en vez de estar en una de las mejores universidades del país (y probablemente del mundo) se tratara de cualquiera mundana.
Me obligué a pellizcar mi piel para no quedarme con la boca abierta totalmente anonadada por la actuación de mi compañera y poder contestarle con serenidad en el semblante.
-Supongo que pondrán el listón más alto a medida de los días, aún es el primer día de los exámenes finales.
La interpelada me devolvió una sonrisa de afecto y otro encogimiento de hombros como respuesta. Nos sumergimos entonces en un incómodo silencio que no me atreví a romper por miedo a pifiarla, como seguramente haría si abría la boca. Alexia suspiró débilmente y me asió del brazo para instarme a pasear por los senderos de la academia.
-Mira Cati, he estado dándole vueltas a la cabeza y he decidido que lo mejor es pedirte perdón por mi distanciamiento de las últimas semanas. Ha sido muy poco racional por mi parte.
La observé sorprendida por la finalidad de nuestra conversación y por el poco tiempo que había tardado en llegar al quid de la cuestión, desde luego aquella chica no se andaba por las ramas.
-Yo no he estado enfadada contigo nunca, no hay por qué lamentarse de nada.
La acusada sonrió amargamente y miró hacia el horizonte encogiéndose sobre su escuálida figura a causa del azote del viento.
-Eres muy amable al ser tan condescendiente conmigo.- dijo con tristeza.
Esta vez si que no logré seguirla, no entendía nada sobre su comportamiento, pero aguardé pacientemente a que Alexia se desahogara.
-¿Cuándo fue la última vez que hablamos? ¿Quizá hace dos semanas en la cafetería? ¿O fue en clase?- se cuestionó con un tono nostálgico, nunca la había visto de ese modo.
Me mordí la lengua para no contestar la fecha exacta en la que se había producido la decaída en nuestra amistad ya que no tenía ganas de recordar aquella idílica velada que desencadenó todo mi sufrimiento y derrumbó las barreras del distanciamiento entre cierta persona y yo. Pude vislumbrar en los ojos de Alexia que ella también conocía la última vez que nos vimos rodeadas de un ambiente sin tensión por lo que no fue necesario que le contestara. Ella se rió tontamente al instante por algo que yo no llegué a discernir y tras unos segundos de estela volvió a fruncir el ceño con seriedad.
Seguía totalmente perdida, no encontraba razón alguna para sacar este tema en concreto a relucir. ¿Tendría algo que ver la última vez que hablamos con todo esto? No, no lo sabía, y eso me iba a devanar los sesos de un momento a otro.
Alexia me miró y sonrió con amabilidad al denotar la confusión en mi rostro. Yo enarqué una de las cejas a la espera de que se decantara a hablar y explicarse.
-Cati, ¿qué sabes sobre Nathan Ellagot?
La sangre se agolpó en mis mejillas tornándolas de un rojo candente al escuchar su nombre y que me delató, escuché como mi respiración se volvía más agitada y los latidos de mi corazón aumentaban en ritmo como bongos en una animada melodía africana.
Alexia en cambio no se burló de mi irracional reacción al nombrarle, sino que se paró en seco y me escudriñó con la mirada seriamente esperando mi respuesta.
-No… no mucho.- mentí bellacamente aunque no sonó demasiado convincente por lo que me esforcé por mentir con más convencimiento.- Le vi en un par de ocasiones en Nueva York y no más.
Crucé los dedos en el interior de mi bolsillo para que se tragara mi mentira. En realidad sabía mucho sobre él, de hecho apostaría todo mi dinero a que incluso más de los que le conocían aquí en Kenilworth. Pero astutamente había acallado toda esa información pensando en que algún remoto día jugaría como una baza a mi favor.
Alexia asintió levemente y suspiró antes de erigir un brazo en dirección a un cercano árbol constatando con un elegante aspaviento que nos acomodáramos en aquel lugar. Gruñendo lo suficientemente bajo e ininteligible como para que Alexia no lo escuchara seguí sus mandamientos y me arrinconé contra el áspero tronco del abeto que habíamos elegido, seguida de mi amiga.
-Para empezar has de saber que todo se remonta a hace unos años, lo menos dos o tres, y como bien debes comprender en la adolescencia los años cuentan mucho en el grado de madurez de una persona.- ella hizo una pausa cerciorándose de que la escuchaba atentamente. Suspiró y comenzó con la historia que inevitablemente me iba a narrar.- Como conoces de mi persona yo pertenezco a una rica familia rusa, emigramos cuando a penas rozaba los cinco años de edad a Norfolk por razones que ahora no vienen al caso, conservando nuestro apellido como una nueva reputación que cuidar con esmero.
>Norfolk fue mi hogar durante parte de mi infancia y toda la plenitud de mi madurez como mujer, mis padres me vieron dejar las muñecas y el aparato dental en aquel entorno y… también Nathan.
Oí como tragaba saliva ruidosamente al escuchar su nombre, ignoraba que Nathan conocía a los Novotny o incluso que había estado en Norfolk, aunque no me llegó a sorprender en absoluto.
Alexia seguía sumergida en su biografía por lo que no se dio cuenta de mis actos y continuó deliberadamente.
-Por aquel entonces Nathan se presentaba como un misterioso joven atractivo que atrajo la atención desde la más incauta de las muchachas hasta los empresarios más prestigiados del lugar.- Alexia sonrió llena de amargura ante aquella idea.- Realmente el tema entre nuestro club de adinerados se centraba en los rumores de su llegada y sus intenciones de entrar en nuestro barrio. Lástima de aquellos que llegaron a subestimarle ya que pronto Nathan llegó a sorprendernos a todos con sus magníficos dotes en las inversiones y su dominación por la economía.
>Pronto se hizo con el control de toda una empresa novata que circundaba con mala fama los alrededores y la hizo renacer de sus propias cenizas convirtiéndola en el fénix de todas las aves, y cuando la gente pensó que la suerte no podía sonreírle más, comenzó a adquirir pequeños porcentajes de las acciones de otras que, al igual que la suya, rondaban la cúspide.
>Los rumores se dispararon enloquecidos, en ocasiones movidos por los celos, otros desde un punto de vista objetivo y calculador, y otro puñado con simple y mera adulación. Pero… ¿Quién era en realidad aquel muchacho de enorme intelecto y suma elegancia y belleza a pesar de su juventud? ¿De dónde procedía? ¿Cuáles eran sus fundamentos en esta ciudad?- la risa de Alexia me hizo volver al presente durante una fracción de segundo.- En aquellos días yo era una las demás niñas que Norfolk podía albergar por entonces, aunque lo único que me diferenciaba del resto eran algunos billones de libras de por medio. Mi padre había trabado amistad con el que era el recién allegado milagro de la economía y yo rebosaba de alegría al saber que podía presumir delante de las demás niñas de papá de una relación directa con el apuesto caballero.
>Cierta noche de primavera mi madre tuvo la brillante idea de invitar a cenar a Nathan en una de sus ya, no diarias, pero sí habituales visitas que “desafortunadamente” vio demasiado pronto el ocaso. No me hice derogar demasiado para ponerme el mejor vestido que tenía, y que hacía remarcar las curvas recién adquiridas de la pubertad, ni peinarme de la mejor manera que pude. Como ya te he advertido antes, tan solo era una cría en el cuerpo de una futura mujer.
>Tras aquella cena espectacular en la que mis padres sacaron la mejor cubertería y comida que poseíamos, sugerí sutilmente a Nathan un paseo por el humilde bosque de la hacienda y que él aceptó con impoluta educación. Caminamos bajo la luz de la luna, al mismo tiempo que Nathan se dejaba descubrir con artimañas bien planeadas por mi parte en aburridas y asoladas madrugadas nocturnas. Resultó haber un ser igual de hermoso que su exterior bajo aquel halo de misterio arraigado y del que caí profundamente hechizada.
Observé como Alexia se jactaba de su propia inmadurez, aunque no me extrañó en absoluto que cayera rendida en otro tiempo a sus pies. Durante todos estos años había visto como Nathan, quizá incluso inconscientemente, había encantado a todo tipo de mujeres.
-Fue así como surgió nuestra relación, si a aquello se le puede llamar de ese modo.- prosiguió.- Nathan frecuentaba nuestra mansión todas las tardes para realizar la misma rutina del paseo por el bosque. Suspiraba de placer al pensar en la remota idea de que se había encariñado conmigo de algún modo, por lo que una de esas tarde, después de un mes de sus visitas, decidí dar un paso hacia adelante… sin tener la oportunidad de darlo oficialmente.
>Aquella tarde Nathan se encontraba distante y depresivo, nada comparado a la constante atención con la que solíamos tratarnos mutuamente. Afligida por su pesar, y reconozco ahora que bastante insensata, decidí manifestarle de golpe mis sentimientos hacia él, nada comparados a los líos que había tenido con los demás chicos de mi edad. No fue la esperada afirmación o la temida negativa limpia que de estar seguros me daría, sino que Nathan me sorprendió una vez más con su respuesta. Me contó con gran pesar que no compartía la misma finalidad de nuestra relación y me pidió disculpas de haber hecho denotar lo contrario, mas no se quedó corto al narrar, no sin cierta tristeza, el martirio que cargaba. Me habló de una chica a la que amaba locamente desde hacía años y que buscaba con afán para purgar su exilio con su compañía, mas la describió cual diosa griega y con un cuidado trémulamente empalagoso y apasionado.
Volví a ruborizarme exageradamente, sintiéndome inevitablemente adulada en esa parte de la historia, el corazón se me aceleró vergonzosamente tanto que fue lo único que rompió el acomodado paso de las palabras de Alexia. La cabeza empezó a darme vueltas cuando empecé a comprender que yo también jugaba un papel importante en la historia que mi amiga estaba contando.
Alexia me miró a los ojos pero una vez más en aquel día su reacción me pilló desprevenida, la tristeza que yo esperaba ver entre su rojiza mirada se vio sustituida por una carga de culpabilidad infantil.
-Al poco tiempo Nathan desapareció de mi mundo tras regalar cada una de sus posesiones empresariales entre mi padre y otros accionistas de más. No volví a saber de él hasta una tranquila tarde otoñal en la que, como antaño solía hacer, me sorprendió con su presencia…- Alexia dudó en proseguir con su perorata, aunque yo deseaba que no lo hiciera ya que intuía lo que pasaría a continuación y prefería ahorrarnos esa parte.- Cati, no te puedes imaginar cómo me sentí cuando vi a Nathan mirarte de aquel modo, fue muy frustrante. Por un momento la cría inmadura que había sido se apoderó de mí al ver encajar a la perfección las piezas del rompecabezas. Te envidié tanto…
No quería seguir escuchando más, no me gustaba ni un ápice el final de la historia que Alexia se había decantado a contarme. Contuve las ganas de taparme los oídos con las manos y comenzar a tararear a voz en grito para no oírla más. Finalmente me abstuve gracias al rechinar de dientes que en parte me ayudó a calmarme.
-Fui extremadamente atolondrada como para dejarme llevar por unos viejos celos sin fundamento. Perdóname, en serio. Melinda tuvo que venir a hablar conmigo para contarme por todo lo que estabas pasando, de lo contrario…
Me dio un vuelco al corazón cuando escuché el nombre de mi menuda amiga en toda esta trama, ella también había estado cuchicheando a mis espaldas.
-No tienes de que preocuparte ya.- mi voz sonó más entristecida y feroz de lo que había pensado.
Alexia paró de golpe con sus excusas y lamentos cuando oyó mi frase. Aparté instintivamente la mirada de ella, rodeé mis piernas con las manos y sujeté el mentón sobre las rodillas. El viento me despeinó entonces los cabellos.
-¿Qué quieres decir con eso?
Había terminado aceptando aquella parte de mi vida sin otro remedio pero todavía me costaba asimilarlo con palabras textuales.
-Él…- evité decir su nombre a toda costa. Suspiré.-… se ha marchado.
Tras otro silencio incómodo entre nostras me levanté y atusé mis pantorrillas limpiando lo poco que pude de la tierra y los hierbajos que se habían quedado adheridos a la lana de la falda. No esperé a que Alexia me imitara, sometida de repente bajo una tristeza desgarradora me inventé cualquier excusa con tal de estar lejos de mi compañera.
-¿Te… te importaría si…?- la voz me llegó a quebrar.
Mi cabeza se negó a trabajar en aquellos momentos, dejándome colgada cuando más necesitaba su ayuda, aunque me ayudé de un gesto con la mano derecha señalando mi parte trasera con el dedo pulgar.
Alexia no contestó, se limitó a mirarme con compasión hacia mi figura, lo que me hizo odiarla por compadecerse de mi suerte, pero finalmente cabeceó levemente en un asentimiento. No me quedé a comprobar si realmente Alexia y yo habíamos arreglado en algo nuestra amistad o si me había pillado por haberla mentido desde un principio, marché rápidamente hacia mi dormitorio en lo que acabó siendo una carrera vertiginosa.
No tuve casi tiempo de cerrar la puerta ya que gracias a los dos escalones de la entrada me resbalé y terminé aovillada en el suelo con un tremendo dolor en el tobillo derecho y que me temí que terminara en esguince. Tampoco hice amagos de levantarme de allí.
La historia de Alexia ocupaba mi mente, reproduciendo todas y cada una de las escenas que ésta había narrado. Pude imaginarme a lo que en su día fue mi amiga en su más tierna adolescencia, vestida con un precioso vestido de gasa violeta adornado con un lazo de raso, y a Nathan, con una camisa azulada idéntica a la que llevaba puesta la última vez que nos vimos, paseando por un bosque color esmeralda y hablando de sus secretos.
Vilmente tres palabras se repetían con fiereza ocultando aquella imagen que mi delirante imaginación me había proporcionado: No volverá jamás.
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