lunes, 30 de agosto de 2010

11. Cuestión de supervivencia

Me apoyé sobre la carrocería amarillenta de uno de los coches aparcados en la plaza principal de Peninton, bufando con impaciencia al mismo tiempo que trataba de calmarme. Intenté mantener una respiración relajada, inspirando y espirando de forma gradual, tal vez de forma exagerada desde un punto de vista exterior. Masajeé  las sienes para no agobiarme con el griterío y el desorden que se estaba formando, aunque también en un intento de apaciguar el inminente dolor de cabeza que arrastraba conmigo.
Había podido observar en las últimas semanas que las jaquecas y la falta de sueño iban en crescendo. Las pesadillas ya formaban parte de mi vida cotidiana, no había remedio alguno para ellas, en cambio éstas se mostraban cada vez más verosímiles con el transcurso de las noches. Ellas se repetían y cobraban un alarmante estado de vida en mis sueños, casi siempre rondando las mismas pesadillas que había tenido la primera semana y desencadenaban una especie de réplica o disturbio de lo que podía ser su estructura. Al cabo de un par de semanas ya podía predecir lo que podía ocurrir mas, por alguna extraña razón, siempre acababa sorprendiéndome la gelidez de la piel de Nathan, mi horrible rostro demacrado por el fuego o el sentimiento de repugnancia al ver la sangre de Alexia sobre mi cuerpo. Eran aspectos que terminaban marcándose.
  -¡Cati!- gritó entusiasta una aguda voz.
Miré hacia el lugar de procedencia, observando como Melinda, vestida con una elegante gabardina clásica y luciendo un austero moño de bailarina que a su vez dejaba entrever pequeñas ondulaciones en su flequillo, agitaba su brazo para llamar mi atención e ir junto a ella con la ayuda de Cooper, de cuyo hombro se apoyaba para poder ponerse de puntillas. Le sonreí amablemente, condescendiente por su actitud.
Después de haber decaído los pocos ánimos que había podido reunir al venir a Kenilworth, y que me reservaba para poder reanudar una nueva vida, las únicas personas que me habían aceptado en un grupo más o menos sólido se habían ido disipando a través de un tupido velo de negligencia. Afortunadamente Melinda había seguido regalándome su presencia durante estos días (y con ella su irritante, aunque al mismo tiempo reconfortante, personalidad activa), al igual que Cooper que con el paso de las conversaciones que acumulábamos, me había hecho recapacitar de que lo que compartía con su hermano tan solo se limitaba al físico y a una cuantiosa fortuna como herencia.
  -Hola.- vocalicé sin expresar el saludo en voz alta.
Melinda mostró una radiante sonrisa, con la que hizo relucir su perfecta dentadura de perlas debido al contraste con el fuerte pintalabios color bermellón que llevaba puesto. En aquel momento me pareció estar tratando con la mismísima protagonista Casablanca, lo único que sin una escapatoria final a París ni una trama romántica que embriagara su esencia, ya que se asemejaba más a un duendecillo pícaro que a una princesa atolondradamente enamorada. Cooper cabeceó cortésmente su cabeza, haciendo danzar a su alrededor las greñas que arrastraba su dorado cabello mojado con pequeñas gotas de rocío, lo que le hacía conferir unos destellos especiales, y amablemente me regaló una de sus sonrisas alentadoras. A la que le respondí con una mirada a los ojos cargada de agradecimiento.
  -Bueno…- dijo Melinda arrastrando cada sílaba de la palabra y claramente malinterpretando nuestro intercambio de gestos. Algo que me impuse ignorar por no estallar en una disputa con mi amiga.- Yo voy a buscar a Eric. Me pidió que fuera su pareja.- luego, le dio un minúsculo codazo a Cooper que oficialmente no debía haber visto.- Así que me marcho.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa, que para nada concordaba con aquel aspecto que llevaba, y se fue entre saltos. Cooper le dedicó una risa ahogada, se le veía algo apurado ante la situación, lo que me hizo sonreír por su inocencia.
  -He llegado a la conclusión de que la palabra “discreción” no figura en su diccionario. Debieron censurarla por error.- bromeé para romper la repentina tensión entre mi amigo.- Todo un fallo.
Él rió ya más animado, y ambos dirigimos la mirada hacia una lejana Melinda quien carcajeaba junto a Eric, disimulando (sin mucho éxito) que no era a nuestra costa.
  -Creo que voy a matar a mi hermano por esto.- susurró avergonzado.
  -No es por ser cómplice de asesinato, pero he oído que en la tienda de armas hacen un dos por uno muy tentador.- reí con ganas.- Un crimen perfecto y económico.
Cooper rió despojando todo el pudor que pudiera haber acumulado, lo que me alegró ya que no tenía demasiados ánimos de llevar las riendas de una conversación divertida en aquellos momentos.
  -Está bien, ¿nos vamos a darle de qué hablar?
Cooper señaló majestuosamente las puertas abiertas del autobús que teníamos al lado y yo le respondí subiendo los peldaños para sentarme en uno de los asientos traseros junto a la ventana. Apoyé la cabeza sobre el frío cristal, como acostumbraba a hacer, y Cooper se sentó a mi lado con una sonrisa en los labios. Lo bueno de tenerle como compañero era que no siempre te agobiaba para llenar el vacío con conversaciones triviales, sino que respetaba el silencio tanto como yo.
Aparté la vista por un momento del bullicioso autobús abarrotado ya de estudiantes. Un enorme nubarrón negro se cernía sobre el cielo acechando a la ciudad con una furiosa descarga en forma de tormenta. La idea de una tromba de agua cayendo me hizo sonreír infantilmente, de siempre me habían gustado las tormentas, plagadas de descargas eléctricas y torrenciales de lluvia. Aunque solía acogerlas bajo un techo, rodeada de una manta y a primera vista del ventanal perteneciente a una casa calentita.
El primer chirimiri de presentación me sorprendió empapando el cristal contiguo con minúsculas gotas que resbalaban en sentido gravitatorio. Levanté la vista hacia el cielo, en algún lugar del norte aún se podía vislumbrar vestigios de calma, ya que el clima se relajaba en unos hermosos tonos grisáceos que paulatina y desafortunadamente se teñían de oscuro.
Un dolor se rompió en mi pecho, provocando que mostrara una horrible mueca de contrariedad en mi rostro. De algún modo mi mente relacionaba macabramente aquel color que tan solo la naturaleza podía cincelar en el cielo, burlando de este modo las capacidades del hombre de crear arte, a una sola persona.
Nathan… Casi gemí su nombre al evocar su imagen en mi cerebro. Cerré los ojos, dejándome arrastrar por el recuerdo de su angelical rostro que tanto ansiaba recorrer con mis labios, sus suaves cabellos broncíneos que urgían a mis dedos a enroscarse entre ellos, su glorioso cuerpo níveo azorando el mío con suma delicadeza…
Sacudí enérgicamente la cabeza para volver a la realidad. Miré urgentemente a Cooper quien, desatendido de mis ocupaciones, hablaba animadamente con Kate Moor (cuyo dormitorio se hallaba a apenas cincos pasos a la derecha del mío). Suspiré aliviada.
Aquellas alucinaciones iban de mal en peor, e iban acrecentando si las jaquecas se relajaban en algún momento del día, lo que creaba un círculo vicioso ya que contra más intentaba recuperar el sueño perdido más vívidas se hacían las fantasías o, de lo contrario, cuanto menos dormía, peores pesadillas tenía. Era el pez que se muerde la cola.
El autobús arrancó con un sonoro rugido del motor que milagrosamente silenció a los alumnos e hizo sumergir al ambiente en un tenue murmullo que se extendía entre las parejas sin que terminase de ser del todo molesto, como si fuera una música de fondo que acompañaba el viaje. Cooper se giró con un suspiro y me dedicó otra de sus sonrisas al mismo tiempo que ocultaba sus oídos con los cascos de un moderno i-Pod blanco y comenzaba a tararear una canción que no conseguí reconocer. Igualmente le devolví la sonrisa, afortunada porque mi compañero no mostrara intenciones de mantener una conversación conmigo y volví a recostarme sobre el cristal para contemplar el paisaje que poco a poco iba cambiando y disfrutar de las pequeñas vibraciones que el vehículo proporcionaba.
No tardamos demasiado en llegar al hogareño invernadero del que el profesor había insistido visitar para culturizarnos sobre el tipo de plantas que pronto trataríamos en geografía y que, de alguna manera, nos ayudaría a entender las características que obligaron a los habitantes de antaño a adaptarse a aquellas condiciones lo que provocaron en consecuencia sus rictus sociológicos. Miré hacia el profesor Fellon, cuyas emociones resaltaban a flor de piel colorando su rostro en un entusiasmo debatido entre el comedimiento de su control y la seriedad ante sus estudiantes y la emoción que aquella actividad le debía provocar.
 Con un orden casi sobrenatural (de estar acostumbrada al habitual bullicio y revolución hormonal que bañaban las excursiones a los inmaduros alumnos de cualquier instituto mundano), nos abrimos paso entre los estrechos pasillos a cuyos lados se exhibían todo tipo de categórica horticultura y corriente jardinería, unidos a rosados papelitos plastificados donde se podía leer una detallada explicación del origen, cualidades y otras especialidades de los lechos.
  -…en las tierras de una antigua Europa infectada por una repentina decaída en la insondable crisis del siglo XIV que, algo más tarde, se vería envuelta en un glorioso reencuentro con las artes más arcanas de los griegos, lo que provocaría su remontada de nuevo. Como ya estudiamos el pasado mes.- el Sr. Fellon, acompañado por una de las supervisoras del lugar vestida con una blanca bata que observaba al profesor temblando de emoción controlada, inspiró oxígeno para poder continuar con sus acotaciones sin perder demasiado tiempo entre sus paradas.- Prosigamos pues con el siguiente tipo de plantas. Situaros entonces algo más hacia occidente, en un precioso siglo de Oro para las familias más adineradas de un Nuevo Orleans sometido a la opresión de los políticos blancos que tanto gozaban de aquel sometimiento hacia los barrios más marginales. Allí estas plantas se cotizaban a diario…
La voz del profesor resonaba por todas las paredes inmaculadas y revestidas por plásticos y protectores hipoalergénicos. Intenté en vano disipar sus explicaciones por lo que mis planes de quedarme como una de las retrasadas del grupo se vieron frustrados dado al eco que se expandía por toda la sala.
Un insoportable dolor se extendía en aquellos momentos como esporádicos rayos en mi cerebro y las náuseas se agolpaban en mi garganta haciendo manifiestas sus intenciones de salir a borbotones dejando vacío mi estómago. Seguí andando, en esta ocasión realmente rezagada al paso de los demás, para mantener el control de mi cuerpo y no dejarme doblegar por mis impulsos naturales, sino actuar con normalidad.
Uno, dos, tres, cuatro…, intenté concentrarme en contar mis pasos para ignorar mi malestar por lo que repetí una docena de veces la improvisada melodía militar que me instaba a seguir adelante.
Tuve que pararme en seco cuando todo mi alrededor comenzó a dar vueltas y a triplicarse en secuencias de imágenes que divagaban en mi mente. Cerré los ojos con fuerza, deseando con todo mi ser que esto no ocurriera, no al menos en aquel lugar y momentos dadas las circunstancias. Ni siquiera oía ya el discurso del profesor Fellon ni los comentarios de los demás compañeros, tan solo un sonoro ruido hosco y profundo de fondo.
  -¿Estás bien?
Era Cooper, debía de haber notado finalmente mi ausencia y me había ido a buscar. Sentí su manifiesto susto en la estática del aire por lo que traté, no sin esfuerzos, de erguirme, alzar los dedos hacia las hojas de la planta que tenía más cercana y fingir una atracción hacia ella.
  -Sí…- le susurré, aunque noté que mi tono entrecortado no sonaba demasiado convincente por lo que procuré aparentar normalidad.- ¿Sabes? Siempre me ha gustado mucho la Atropa Belladona.- dije leyendo en la hoja el nombre de la planta que había elegido para mantener un comentario trivial.
Entonces las fuerzas me traicionaron vilmente y el mareo se acentuó haciendo que las náuseas y la el dolor de cabeza aumentaran de golpe. Cerré de pronto las manos en dos puños para mantener el control y soportar el daño, me di cuenta en aquel momento que aquel ruido que oía se trataban de mis jadeos. Intenté concentrarme en una respiración acompasada y algo más relajada, que sin duda no conseguí alcanzar, por lo que logré una especie de sonido extraño que vagaba entre el suspiro y el ronquido.
  -Iré a avisar al profesor.
  -¡NO!- le grité asustada ante la opción de un chivatazo.
Alargué el brazo a tientas para buscar el cuerpo de Cooper, al fin logré asir su brazo y le miré a la cara. Sus azulados ojos como la mar estaban plagados de miedo e impotencia. ¿Tan mal aspecto tenía?
  -Solo estoy un poco mareada. Estoy en ese período del mes, ya sabes.- mentí, segura de que Cooper aceptaría mi excusa y no hurgaría en el tema tratándose de éste. Dulcifiqué mi expresión y dibujé la mejor de mis sonrisas que acompañaría al tono más coqueto y juguetón que iba a utilizar.- ¿Crees que tú…? ¿Serías capaz de llevarme de vuelta?
Acaricié con el dedo índice su torso flirteando y vi cómo sus mejillas enrojecían. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal (y más si se trataba de un amigo) pero era la única solución si quería salir de allí sin tener que recurrir a los profesores.
  -Yo… no sé…
Aprovechando una espontánea leve recuperación del mareo aferré parte del chaleco de su uniforme y le lancé una mirada húmeda cargada de toda la ternura que pude acopiar, haciendo sobresalir levemente el labio inferior en un pucherito inmejorable.
  -Por favor… Por fa, por fa, por favor…- supliqué, lo que me hizo sentir un tanto estúpida.
Aunque final y milagrosamente funcionó por una vez en la vida hacer el idiota ya que Cooper se rindió sin oponer más resistencia.
  -Vale…- dijo alargando cada sílaba de la palabra.- Vamos, en las cocheras de fuera están los vehículos de algunos alumnos. Cogeremos prestado uno.
  -Gracias.- le agradecí sinceramente.
Me alcé un poco para darle un fugaz beso en mejilla que hizo ruborizarle de nuevo y a mí trastabillar dos pasos como consecuencia de la vuelta del aumento del mareo. Salimos por una de las puertas traseras que encontramos y Cooper me dirigió hacia las cocheras que había nombrado y de las que había ignorado su existencia tan salvadora en aquellos instantes. Pronto escogimos un bonito Audi del que no quise fijarme en lo moderno (y por lo tanto caro) que era, lo que agradecí al mareo y al actual delirio para no sentir remordimientos de mis actos.
  -Menos mal que Peter me confió sus llaves. A él no le importará que nos lo llevemos, y menos cuando le cuente las razones infundadas.- se excusó, más bien intentando convencerse a él de que no estaba haciendo nada malo.
Intenté seguir la conexión de las palabras que decía, y por lo tanto el significado interrelacionado, sin mucho éxito por lo que me limité a acomodar la cabeza sobre el respaldo y dejar que un sudor frío recorriese mi frente.
Durante el trayecto me dediqué a mantenerme consciente y a luchar contra un desmayo que cada vez más confirmaba con más persistencia su llegada. Si llegaba a desmayarme se haría caput, adiós a mi farsa, dudaba ya incluso que Cooper siguiera creyendo que mi estado estaba ocasionado por una simple menstruación, aunque todavía rezaba por que así fuera.
Escuché el sonoro chirrido del derrape que había efectuado al parar en seco con un golpe brusco que me hizo convulsionar contra el cinturón de seguridad. Entreabrí los ojos para darme cuenta de que estábamos a las puertas abiertas de Kenilworth. En aquel momento aquella estructura gótica se me antojó más hermosa que nunca. Cooper me urgió el salir del coche y atravesar el camino de arena que nos esperaba, ahora el pánico empezaba a actuar en él.
Pasó uno de mis brazos por sus hombros y rodeó mi cintura con manos temblorosas para caminar. Noté como sus labios se movían aprisa, sin dejar de mirar el suelo que pisábamos, pero no entendía nada de lo que decía, ni siquiera oía ya el sonido de su voz. Aparté la mirada de su figura, que transmitía unos nervios incontrolables, para luchar contra mi propio mal. Observé el camino de frente, gimiendo cada vez que las náuseas llegaban hacia mi boca en un sube y baja improvisado. Me di cuenta entonces de que aquel no era el camino hacia el torreón de nuestros dormitorios. ¿Nos dirigíamos hacia la enfermería? El miedo se apoderó de mi mente en aquel instante de lucidez y deducción lógica, ¿cómo no me había dado cuenta antes? Intenté protestar, transmitirle la orden de que cambiara el rumbo de nuestra caminata, pero de mi garganta tan solo afloraron unos gemidos guturales un tanto siniestros.
El horror fue creciendo rápidamente cuando pude distinguir el bajo edificio de piedra de dos plantas que formaba la enfermería. No podía verme un médico, de lo contrarío detectaría mi anomalía y de estar seguros me terminaría haciendo un exhaustivo análisis y cóctel de pruebas para finalizar pidiendo una instancia en cualquier manicomio de baja alcurnia para mí. En otras ocasiones ya había acudido a un médico cuando estos síntomas se me presentaban y el resultado había sido una investigación del hospital y un misterioso borrón en mi expediente médico.
La respiración se me aceleró notablemente cuando Cooper pudo alzar su brazo libre para alcanzar el picaporte de la puerta principal del edificio. Cerré los ojos para hacer más ameno el c’est finite de todo lo que me rodeaba.
  -Patrick aparta.- la voz de Cooper teñida del miedo y la desesperación sobresalió de entre mi delirio.
Abrí los ojos lentamente y pude vislumbrar como la solemnidad de Patrick se interponía entre mi amigo y la enfermería. Patrick, al que ahora me daba cuenta que no había visto antes de subir al autobús, cruzaba sus fornidos brazos sobre el pecho y ensanchaba sus pecas en una sonrisa de autosuficiencia.
  -Cati está muy mal… ¡¿Es que no la ves?! ¡Por el amor de Dios quítate del medio!- gritó Cooper, los ojos se le salían de las órbitas por el pánico.
Patrick no se movió ni un ápice ni se compadeció ante mi desgarbada figura agonizante, su pelo, de un color escarlata, relucía tanto como el brillo de sus ojos. Apenas tuve tiempo de poner a pensar en una explicación lógica para su reacción del por qué de aquello ya que él extendió su brazo derecho en mi dirección.
  -Ven conmigo.
Un escalofrío me recorrió toda la espalda, y esta vez supe que no era debido a mi estado. No me había vuelto a acercar a Patrick después de lo que nos ocurrió en pleno bosque, fue demasiado extravagante incluso para mí. Él nunca me había gustado ni un ápice, mas ahí estaba él, ofreciéndome la opción de llevarme hasta mi cama sin pasar por la enfermería, mi salvación.
Dudosa le miré a los ojos, aquellos ojos de lobo que intentaban disfrazarse de cariño y dulzura falsa en esos momentos. Sin otra opción más gratificante (y en parte dejándome llevar por la inconsciencia) agarré su brazo que no tardó en ocupar el sitio en mi cintura que escasos segundos antes había ocupado Cooper. Miré a Cooper para evaluar su reacción, él me miraba sorprendido por mis preferencias y me compadecí de él, más tarde tendría que hablar con él y pedirle disculpas por lo acaecido si aún quería preservar su amistad.
  -Lo siento.- vocalicé para que él leyera mis labios.
Más tarde me dejé llevar por Patrick, quien sí se dirigía hacia mi torreón y por lo tanto hacia mi cuarto. El salvajismo y la presión innecesarios con la que agarró mi cuerpo no pasaron desapercibidos pero me obligué a pensar que no había tenido más opción que aceptar su ayuda si me quería librar de un final rodeada de científicos curiosos. Cuando llegamos a mi habitación me tendió en la cama y yo me despojé de los zapatos y el abrigo.
La barrera de la inconsciencia y la realidad se veían ya muy poco nítidas, casi poco materializadas por lo que me dispuse contar los pocos minutos que tardaría en desmayarme del todo por fin. Noté algo húmedo sobre la frente y la nuca, con las escasas fuerzas que albergaba entreabrí los ojos para ver como Patrick restregaba un paño mojado sobre mi piel.
  -Ya puedes irte.- le dije sin ganas de prometerle a una persona más que estaría bien pero tampoco llegando a ser demasiado grosera.
Patrick debió de ignorar mi comentario ya que siguió con su masaje que cada vez me puso más nerviosa al rozar su piel contra la mía más veces de las necesarias. Solo quería que se apartara de mí.
  -¿Por qué haces esto Patrick? ¿No deberías estar en la excursión?
Sus manos titubearon por un momento para después seguir con su tocamiento que inexplicablemente me hizo acelerar las ganas de vomitar.
  -¿Quieres que vuelva a llamar a Cooper?- pronunció el nombre de su amigo como una palabrota malsonante.- Aún estamos a tiempo de volver a la enfermería.
Una punzada de miedo asomó entre mi ser. ¿Cómo había llegado él a discernir mi aberración por la enfermería? ¿En qué momento le había revelado tal información? Demasiado agotada como para pensar y, al mismo tiempo, tan asqueada por nuestra cercanía, no vi más solución que la de callar y salvaguardar mi orgullo.
Con un suspiro giré la cabeza hacia el lado de la ventana, a fuera las gotas repiqueteaban contra el cristal furiosas, la tormenta que se había esperado al fin mostraba signos de su existencia.
Dejé que las ásperas manos de Patrick acariciasen el contorno de mi rostro y, más tarde, el de mi clavícula deseando fervientemente que fueran las de Nathan.

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