lunes, 30 de agosto de 2010

14. Emboscada familiar.

Mi padre cogió a duras penas mi maleta de un monótono color verde pistacho y la elevó lo suficiente para poder realizar un rápido giro y meterla cuanto antes en el maletero del viejo Peugeot rojizo que siempre habíamos arrastrado en las convenciones familiares. Sonreí al ver que aún no habían tirado aquel trasto a pesar de los inconvenientes que mi madre imponía y que supondrían para el vehículo un triste final en el desguace. Era un mal desenlace para aquella carroza, quien escondía el gran tesoro de la añoranza y los buenos recuerdos bajo su aspecto metálico de pintura desconchada.
Abrí la puerta delantera del copiloto, mi lugar legítimo desde hacía años, y me senté en el asiento a esperar que mi padre hiciera otro tanto. Tardó lo menos diez minutos para que arrancara el motor del coche y saliéramos del aeropuerto. Apoyé la cabeza sobre la ventanilla, observando el paisaje del asfalto de la carretera pasando a toda velocidad a nuestros pies.
  -¿Qué tal el viaje?- preguntó mi padre sin dejar de mirar a través de la luneta.
Giré el rostro lo suficiente para encararle.
La espesa cabellera negra, que por herencia había heredado de él, se veía envuelta ya de numerosas canas plateadas marcando ya la vejez de sus años (que mi padre negaba a toda costa),  y que en un mismo tiempo se veían reflejadas en las arrugas que se agolpaban a los extremos de sus ojos y la comisura de sus labios.
Una de sus manos, en cuya piel se discernían manchas oscuras producidas por la edad, se zafó del volante para acariciar mi muslo izquierdo oculto tras unos raídos vaqueros. Mi mano izquierda se enroscó entre sus dedos con cariño, había echado mucho de menos esos mimos tan paternales.
  -Cansado.- respondí sinceramente, aunque luego avivé mis ánimos.- Nada que no pueda reparar una buena cita con mi almohada.
Tras darme un par de palmaditas mi padre volvió a recuperar su mano sobre el volante y yo me dediqué a apoyarme de nuevo sobre el cristal. Un enorme nubarrón negro se acercaba amenazadoramente blanqueando el flanco suroeste de la ciudad. Me temí entonces que en los días siguientes nevara en la capital o por lo menos barriera con una espesa capa blanca los pequeños pueblos madrileños de los alrededores.
Suspiré de alivio al saber que no nos dirigíamos al centro urbano ya que si de por sí sola la ciudad era molesta no quería pensar en como sería con el peligro del hielo permanente en las aceras de los transeúntes y carreteras arbitradas debido al tráfico que provocaba la navidad. Mis padres habían tenido la gran idea de comprarse un pequeño piso en uno de aquellos pueblos que rodeaban la gran capital, ahorrándose todos los inconvenientes que una ciudad pudiera amonestar a la vida diaria.
Observé como los carteles y las señales pasaban a toda velocidad a mi lado. Traté de ir leyendo la publicidad barata que algunos ofrecían a los conductores y la cuenta de kilómetros restantes en otros para que el transcurso del tiempo se hiciera más aprisa.
La vida sin un Rossato no es de color rosa”, rezaba el anuncio de un cóctel italiano de aspecto rosado. “Venga al Zoológico de Madrid y conozca un nuevo mundo”, prometía otro en cuyo cartel ser perfilaba la sombra de un majestuoso elefante con la trompa erguida. “El Boalo, 90 Km. Cercedilla, 73 Km. Navacerrada, 55 Km.” ¡¿Navacerrada?! ¿¡Cercedilla!? ¿A dónde diantres íbamos? Ya deberíamos haber cogido otra desviación en la que pudiéramos ver carteles en los que nos explicaran que estábamos a cuarenta y cuatro kilómetros de Alcorcón sur o a sesenta de Móstoles. Aquello era inaudito.
Totalmente desconcertada y perdida dirigí una mirada inquietante a mi padre, quien conducía plácidamente ajeno a mi confusión tarareando una antigua canción pasada de moda.
  -Papá, ¿a dónde vamos?- pregunté cautelosa controlando el tono de mi voz para no denotar mi enfurecimiento.
El conductor no contestó de inmediato, se limitó a entrecerrar levemente sus ojos color marrón chocolate, lo que hizo acentuar sus patas de gallo en el rabillo, y cambió de marcha al aumentar la velocidad a la que íbamos sin dejar de seguir cantando.
  -A casa.- respondió tranquilamente quitando hierro al asunto.
Le lancé una mirada furtiva cargada de veneno al tener la cara de mentirme cuando le había pillado de lleno, aquello era juego sucio.
  -¿A qué casa exactamente?- seguí probando.
Mi padre eludió de nuevo la pregunta, lo que me extrañó ya que él siempre me contaba las cosas de cara sin rodeos, algo que debía estar presente en una buena figura paterna en la vida de una hija, según solía recordarme él. Los nervios empezaron a denotarse cuando traspasamos el cartel de “Navacerrada, 41 Km.”, aquella palabra empezó a revolverme el estómago de lleno.
  -Papá, dime que no vamos a Saint-Germain le Château.- le supliqué mientras la cabeza empezaba a darme vueltas y más vueltas.
Saint-Germain le Château era el antiguo caserón de mi abuelo en la sierra de Navacerrada, realmente un bonito palacio en mitad de la soledad de las montañas al que bautizó mi abuelo con la región de Francia en la que conoció a mi abuela. Solía frecuentarlo en mi más tierna infancia, cuando aún solían gustarme los paseos con mis padres que acababan montada yo a espaldas de mi padre y hablando con mi madre de cualquier cosa liviana, daba igual cual fuera el tema. Hacía años que no iba a aquella casa desde que cierto día en mi pubertad me negué convenciendo a mis padres para que me dejaran pasar las vacaciones con una de mis amigas que me había invitado a esquiar en los Pirineos (experiencia catastrófica de la preservé mi aberración a todo tipo de esquís).
Mas no fue el volver a rememorar el pasado lo que me puso los pelos como escarpias, sino la idea de unas vacaciones en aquel lugar. Unas navidades allí significaban familia, y la familia en mi diccionario figuraba como sinónimo de agobio.
  -El abuelo nos invitó.- dijo sentenciando mis más temidas sospechas. Me erguí instintivamente envarándome a agarrar con una mano el salpicadero que tenía enfrente.- Ya está muy mayor y quiere que al menos pasemos todos juntos las Navidades.- se defendió.
La respiración se me volvió entrecortada, costándome respirar al asimilar el “todos juntos” que la frase contenía.
Ahora todo encajaba perfectamente. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Mi madre no había venido al aeropuerto para encargarse de realizar un exhaustivo interrogatorio, del cual de haber venido se le hubieran escapado algunos comentarios de sus planes. Mi padre había insistido tanto por teléfono en que viniera, casi rayano en la advertencia de sus palabras de que si no pasaba las vacaciones con ellos iría a Londres él mismo para arrastrarme de los pelos.
Idiota, idiota, más que idiota. ¿Quién me habría mandado no aceptar el viaje a Miami con Melinda? Al menos con ella no hubiera soportado a una barbarie de gente encerrada en un mismo espacio (bueno sí, pero las discotecas se consideran como algo divertido).
Mi padre escuchó mis jadeos por lo que adoptó un tono más autoritario y serio cuando volvió a hablar.
  -Pórtate bien, Catalina.- utilizó mi nombre al completo para intimidar más.- Has estado desaparecida todo este tiempo, un poco de familia durante un par de semanas no te matará.
Ah, ¿no?, quise decir en voz alta pero me mordí la lengua antes de decir algo que pudiera enfurecerle más. Traté relajarme, controlando aquella reacción tan estúpidamente infantil que había adoptado, en vano. Oí el inconsciente rechinar de mis dientes al cerrarse salvajemente en una dentadura perfecta, sin dar intenciones de aflojar la rabia que me hundía en aquellos momentos.
Todos habían estado en contra de mí, habían urdido aquel plan para llevarme y pasar tres semanas encerrada con una veintena de personas. Sin intimidad, sin soledad,  con cenas familiares en una alargada mesa, obligada a mantener la compostura y sonreír mientras escuchaba a los demás contar sus viejas batallitas…
Un relámpago de agonía llameó en mi interior dejando sin oxígeno a mis pulmones. De verdad no tendría intimidad. ¿Qué narices le iba a decir a mi familia si me veían dando tumbos como una ciega con uno de mis cotidianos mareos? ¿Y las pesadillas? ¿Me oirían gritar cual demonio embravecido por la locura? No pasa nada, tranquilos, estoy así de loca, es algo muy normal., me imaginaba ya refutándome.
Noté como mi cabeza empezaba a irse y me acordé de respirar. Inspiré varias veces, soltando el aire por la boca para calmarme. Mi padre mantuvo el silencio, quizá malinterpretando mis ejercicios de relax para hacerme a una idea de que me habían estropeado las navidades, que en parte era cierto. Traté de no mirar por la ventanilla las señales que anunciaban la inminente proximidad al pueblo de Navacerrada sin mucho éxito, aquellas letras blancas sobre un color azulado se me antojaron de repente de un gigantesco enorme, tanto que mis ojos no pudieron resistir el apartar la mirada de ellas.
Pronto atravesamos el centro del pueblo, tomando el viejo sendero de tierra que tanto conocía y que nos conduciría a las afueras de Navacerrada, en plena sierra. La frecuencia de los latidos de mi corazón aumentó vertiginosamente con cada salto que daban mis piernas debido a los baches del camino habilitado. No me di cuenta de que había estado cerrando las manos en dos puños hasta que las uñas hubieron perforado parte de la carne situada en mis muñecas, las solté e inspiré profundamente en un intento de infundarme valor para afrontar la situación que inevitablemente se avecinaba. Una fachada de ladrillos marrones comenzó a asomarse de entre los abetos que circundaban la plenitud del bosque, poco a poco las ramas de los árboles dejaron materializarse de la nada todo un chalet.
Entrecerré los ojos para ajustar la visión, no era la casa que yo recordaba de mi infancia. Saint-Germain le Château lucía en aquellos instantes una acoplación a las paredes de ladrillo oscuro que siempre la habían formado, extensas paredes lisas de tonos blanquecinos y enormes cristales formaban una amplia mansión de tres pisos levantada por varios aquelarres de hormigón sujetos a la roca del acantilado más cercano. El abuelo había debido de reformar la antigua casa ya que ésta parecía sacada de esas revistas de decoración de interior con las que te embaucaban para comprar muebles a pesar de saber que no te quedarían de la misma forma en tu pequeño salón.
Mi padre aparcó en el terreno alisado con cemento de la parte delantera donde relucía un bonito porche dorado decorado a la vieja usanza (probablemente lo único humilde que vería a partir de ahora). Me lanzó una última mirada cargada de advertencia antes de salir del coche y abrir el maletero para sacar mis bolsas de viaje. Masajeé mis sienes y suspiré varias veces antes de atreverme a abrir la puerta del copiloto y salir al exterior.
  -¡Cielo santo, Cati!- gritó mi madre dejándome sin oído por completo.
Mi madre salió como una histérica del portón principal y meneó su corta cabellera rubia sobre sus hombros hasta que llegó a mí. Sin tener tiempo de sacar las manos de los bolsillos traseros de los vaqueros me abrazó estampándome contra su jersey de lana morado. Reí nerviosamente cuando mi madre en seguida se apartó sin dejar de rodearme con sus brazos y me miró con sus ojos de un color gris oscuro emocionados a través de las gafas de pasta de color turquesa.
  -Mamá, ¿te has cortado el pelo?- pregunté entre risas extrañada por que dejara atrás su larga cabellera rubia.
Mi madre se encogió de hombros humildemente, lo que provocó una de mis ahogadas risitas.
    -Bueno, cuéntamelo todo. ¿Qué tal Kenilworth? Genial, ¿verdad? Y ese chico del que me hablaste… ¡Cooper! Sí. Con él bien, ¿no? Parece un buen muchacho, me gusta. Pero no te debes distraer de los estudios. ¡No, eso no! No sabes lo orgullosa que estoy de tus notas, ya se lo he contado a todo el mundo. ¡Matrícula de honor! ¡Esa es mi niña!...- farfulló mi madre casi sin aliento entre cada frase, sin parar de hablar y propinándome codazos de compinche en las costillas.
Dediqué una esmerada sonrisa con cada frase que decía, sin abrir la boca por no estropear el feliz reencuentro que mi madre disfrutaba en aquellos momentos. Caminamos unidas hacia la puerta de entrada, con mi padre a las espaldas cargando todos mis bártulos y con mi madre hablando sin parar, hasta que llegamos al moderno y espacioso comedor principal embotado por una enorme cristalera y sillones de cuero negro y blanco situados enfrente de una hogareña chimenea. Allí pude observar como se hallaban todos reunidos en un perfecto semicírculo, agazapados a la espera de una sorpresa.
Conté en mi mente a ocho personas reunidas en la sala, lo que contando a mis padres y a mí éramos once para convivir en una sola casa. La cifra casi me nubló la visión del patatús que me iba a dar.
  -¡Cati!- reconocí la voz de mi amiga sobre aquel jaleo momentáneo que se había dado.
Ashley hizo bailar sus ondulaciones castañas hasta abrazarme y mostrarme una de sus impolutas sonrisas. Sus ojos color miel destellaron un brillo de felicidad innato en ella, lo que provocó mi alegría unida a la suya.
  -Ashley, ¿tú también?- mostré una fingida decepción en el rostro.- No me esperaba yo esto de ti.
Ashley rió cordialmente conmigo por la broma.
En realidad no me sorprendió nada verla entre la familia ya que a cierta distancia pude divisar a Riley observándola con ojos de ternura y compresión.
  -Es increíble que vayas a estar aquí. Tengo tantas cosas que contarte…- continuó ella con un tono dulce que me sorprendió, ya que no era nada comparado con la forma que ella utilizaba al hablarme.
  -Sí, ya… Gracias por recordarme que estoy encarcelada.- le susurré.
Ashley se rió tontamente, lo que me hizo enarcar una de mis cejas por su risa que pegaba más con unos bucles dorados y color de chicle rosa que a mi amiga del alma. Mas no tuve tiempo de interceptar ningún otro cambio ya que unos fornidos brazos me ocultaron tras un almizcle de ropas y músculos contrahechos.
  -¡Blancanieves!
  -Frederick… no puedo… respirar.- logré articular.
Intenté zafarme de su aplastante abrazo en vano ya que mi amigo me apretujaba contra su pecho mientras se carcajeaba a mi costa.
Reconocí al instante el viejo mote con el que Frederick me había bautizado desde los siete años debido a mi palidez en contraste con mi negro pelo.
  -Vaya, pero si aún hablas normal… Creí que volverías con un acento británico.- se burló mientras me soltaba.- Madame Potter, ¿desearía usted tomar el té con su pamela rosa o violeta?- bromeó interpretando un fuerte acento inglés con rasgos franceses a la vez que se reclinaba en una reverencia.
Frederick se desternilló de la risa, tanto, que tuvo que rodearse el estómago debido a sus estruendosas carcajadas. Medio divertida y enrabietada por su broma le propiné un manotazo en su hombro que seguramente me dolió más a mí que a él.
  -Niño estúpido…- le espeté bufando.
A pesar de su baja estatura (apenas me sacaba cinco centímetros de cabeza) su figura seguía intimidando debido a su enorme aspecto musculazo y su cabezón de pelo oscuro rapado. Aunque después de todo los rasgos infantiles de su rostro protagonizados por unos brillantes y redondos ojos verdes delataban una inusual belleza en él.
  -Bienvenida a casa…- murmuró una voz seductora y madura a mi izquierda.
Sonreí educadamente al encontrarme con el bello rostro de una treintena de años. Su impecable cabello lacio y sus hermosos ojos grisáceos que me recordaron a cierta persona de la que intentaba apartar de mis pensamientos, crearon un precioso rostro  más parecido a un modelo italiano que a un miembro de mi familia.
  -Gracias, Darcy.- le susurré calmadamente debido al hechizo de relajación y calma que emanaba de su rostro.
El tío de Nathan me sonrió amablemente mientras mantenía educadamente sus brazos detrás de la espalda. Entonces unos repentinos estirones de mi camisa requirieron mi visión hacia abajo, contemplando a un bello niño de cabellera color rubio pajizo y grandes ojos plateados.
  -Hola Cati.- saludó con aguda voz.
Una mano invisible aplastó mi pecho ahogándome con mi propia respiración, aquel infante era la vívida imagen de Nathan. Las lágrimas se apostillaron en mis lacrimales, empañando levemente el susto que se empezaba a formar en las facciones del pequeño. Intenté recomponer, un poco tarde, la expresión de mi rostro, compensando el daño realizado.
  -Hola, cielo.- le contesté dulcificando al máximo mi voz. Intenté sonreír con cariño, mas lo que salió de mis labios bien se parecía más a una extraña deformidad en la boca.- Que mayor estás ya.
El pequeño Dorian titubeó durante escasos segundos, aunque finalmente mostró una amplia sonrisa sin recelos y actuó con normalidad, como si no hubiera captado nada extraño en mi ser.
  -Dentro de tres meses voy a cumplir cinco años.- se justificó orgulloso señalando con los dedos de la mano el número correspondiente.- ¿Vendrás a mi fiesta?
El corazón me latía a cien por hora, lo único que necesitaba en aquellos instantes era apartar la mirada de aquel rostro infantil, pero me abstuve a causa de no dañar los sentimientos del niño. Conseguí asentir con la cabeza mientras me acuclillaba junto a él sujetándome de su camiseta.
  -No me la perdería por nada del mundo.
Dorian se rió alegremente y enroscó sus brazos alrededor de mi cuello, haciéndome estremecer por su contacto, pero le levanté y acoplé sus piernas a mi costado para llevarle entre mis brazos. Darcy nos miró con ternura, extendiendo sus extremidades para que Dorian fuera con él, y tras fundirse en un abrazo padre e hijo le plantó un beso en la frente después de apartarle sus greñas.
  -Eres muy amable, Cati.- agradeció Darcy con repentina tristeza en los ojos.
Entonces caí en la cuenta de cuales eran sus motivos. La fecha del cumpleaños del pequeño Dorian no era en parte celebración para su padre, sino el aniversario de la defunción de un ser querido. Dorian había crecido sin una figura materna a su lado, ya que su madre cayó en el parto, una tragedia para toda la familia.
Me compadecí entonces de aquellas dos personas a las que tanto apreciaba. Nathan también había perdido una tía, la misma tía que después de todo había sido como una madre para él durante todo ese tiempo ya que rememoré que los padres de Nathan también habían caído tras un trágico accidente. Desde luego en aquella familia no daban abasto con las muertes. Me alegré entonces de tener a mis padres, apoyándome en cualquier momento de mis tropiezos en el camino, no lograba entender como Nathan había salido adelante todo este tiempo, aunque a él no le gustaba que habláramos del tema ni permitía que nos compadeciésemos de su mala fortuna.
  -¿Dónde está mi nieta favorita?
Aquel grito en concreto me sacó de mis pensamientos e hizo regresar el bullicio a mis oídos. Me di cuenta entonces de que me había quedado quieta sin prestar atención a que Darcy y Dorian ya se habían marchado. Me giré sobre mis talones, acoplando una radiante sonrisa a mi rostro para disfrazar la confusión que se había agolpado en mi pecho.
  -Abuelo, soy tu única nieta.- repliqué divertida.
Di dos grandes zancadas para acercarme a la silla de ruedas metálica que portaba a mi abuelo y abrazarle con ternura, dándole un beso en la calva que a penas conservaba los plateados pelos del contorno.
  -A ver, ¿cómo se ha portado la vieja Britania contigo?- balbuceó.
  -Abuelo, he estado en una pequeña ciudad apartada. No es que haya estado bajo el mismo techo que la reina.
Mi abuelo crispó el entrecejo graciosamente, acentuando su apergaminada piel de textura acetona.
  -Da igual, deja que este viejo delire. Cuando yo era un joven soldado de prestigio, los británicos estaban muy mal vistos. Esos canallas engreídos se burlaban de nuestra incoherencia paisana, aunque a decir verdad no eran nada comparados con los franceses. ¡Esos si que rezumaban prepotencia!- comenzó a decir con la voz cascada a causa de la edad.
Sonreí mientras mi abuelo contaba aquellas batallitas que tanto hacían alegrar su rostro al rememorar las viejas hazañas de su juventud, ya que siempre era la privilegiada al oírle narrar su autobiografía al completo, sospechando en algunas partes que la historia se había visto tergiversada con afán conmemorativo.
  -No todos son iguales. Mira a los Ellagot, ellos no son precisamente un mal estereotipo inglés.- razoné al recordar las raíces británicas de los Ellagot.
Mi abuelo tomó mi mano derecha con las suyas, permitiéndome disfrutar de la suavidad inusual de las yemas de sus arrugadas manos.
  -Cierto. Nathan se ve un buen mozo, algo solitario a decir verdad. Debería empezar a sentar la cabeza, va teniendo una edad razonable… No creo que quiera proporcionarle un mal ejemplo al pequeño Dorian.
La sonrisa se borró de mi rostro de inmediato y pude notar como los tendones de mis manos se crispaban a causa del dolor que aullaba en mi interior. Mi abuelo no debió darse cuenta de nada ya que siguió hablando, enzarzando cada tema con otro hasta crear un auténtico y extenso discurso. Pero yo no lo escuchaba realmente, mi mente seguía obnubilada rondando las palabras que mi abuelo había dicho, por supuesto sin intención de ofenderme, pero que había acabado desmembrando mi interior. Purgando mis heridas en lo más hondo de mi ser.
No creo que quiera proporcionarle un mal ejemplo al pequeño Dorian, repitió la voz de mi abuelo en mi interior. No, desde luego que no, él no debía tener a una persona tan malvada como yo en su vida.

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