-¡Vente a Miami!
Melinda, espatarrada sobre mi cama de dosel y con las piernas en alto sujetas a la pared lateral, de la que me temí que manchara el color beige de la pintura, seguía canturreando la misma frase incrédula a mi rechazo de pasar las vacaciones con ella. Resoplé armándome de paciencia mientras terminaba de doblar una sudadera negra y la metía en el interior de mi bolsa de viaje.
-No, como ya te he dicho lo menos ciento veinte veces.
Melinda pataleó en la pared y se llevó irónicamente el dedo índice a la mejilla a modo de gesto pensativo.
-Creo que han sido doscientas diez.- se carcajeó infantilmente. Con un movimiento rápido se incorporó en la cama arrodillándose en el colchón y juntando ambas manos como si estuviera rezando.- Venga, anda, vente conmigo… Conozco un montón de garitos para salir todas las noches, podríamos hacer surf en la playa y tomar el sol… Que no te vendría nada mal, por cierto.- dijo señalando mi cutis níveo.
Me volví hacia el armario con las puertas abiertas de par en par y los cajones casi saqueados. Intenté concentrarme por si se me olvidaba algo en la maleta pero era imposible con mi amiga contándome las ventajas de pasar un invierno en la costa. Debía estar desesperada por librarse del clima de Peninton.
-Justamente eso es lo que más miedo me da. Si de normal ya eres así, no quiero ver tu estado con el alcohol de varios Martini en tu estómago.- le espeté.
Melinda me sacó la lengua cual niña de cuatro años y volvió a estamparse ruidosamente sobre la cama recién hecha, y de la que intenté no dirigir mi mirada por no observar el seguro desastre que los trompicones de Melinda estaban ocasionando a mi colcha y mis sábanas. Me dirigí entonces al cuarto de baño del dormitorio para comenzar a hacer el neceser.
-¿Prefieres pasar las navidades con tus padres?- Melinda puso una mueca de repugnancia fingida para dar dramatismo a la pregunta.- A ver, dime cuáles son tus razones para no aceptar mi oferta.
Puse los ojos en blanco antes de coger el cepillo de dientes y meterlo en la bolsa de tela naranja que tenía entre mis manos. ¿No podía aceptar simple y llanamente que aquellos no eran los planes más precisos para mis vacaciones? Ardía en ganas de volver a ver a mi familia después de tanto tiempo, estaba segura de que solamente ellos serían los capaces de ignorar (no llenar, porque eso era imposible) la apertura que llevaba descubierta en el pecho.
-Primero, no podré contener por mucho más tiempo a mis padres si no voy estas vacaciones con ellos y les calmo los ánimos. Segundo, me cansas. Caigo rendida en la cama aquí en Kenilworth contigo no sé cómo podría aguantar tu marcha en Miami.- razoné a voz en grito desde el lavabo sin poder ver las caras raras que de estar seguros ponía Melinda.- Y tercero, odio la playa con toda mi alma, me da un asco increíble.
Cerré la cremallera del neceser tras meter un par de cremas más, satisfecha de haber acabado mi labor en un tiempo récord a pesar de las obstaculizaciones. Acoplé la bolsa de viaje en el interior de la maleta rebosante de ropa y apreté la tapa superior para que cerrara correctamente y correr el candado de seguridad. Melinda me observaba desde un segundo plano tumbada boca abajo apoyando su barbilla en el camastro de madera del dosel de la cama.
-¿Por qué no invitas a Eric?- me aventuré a preguntar.
Melinda puso una falsa imitación de cara compungida para después improvisar otra mueca de asco hacia el asunto. Enarqué una de mis cejas sorprendida por su reacción, creía que a ella le gustaba Eric. Ella me miró y se rindió ante mi curiosidad con un suspiro de derrota.
-Su padre ya tiene comprados tres billetes de avión hacia Japón. Dice que quiere enseñarles el negocio familiar a sus hijos.
Pensé en Cooper, quien se iba a pasar todo el invierno luciendo trajes de chaqueta rodeado de accionistas y de su pesado hermano, y le compadecí en lo más hondo de mi ser.
Me encaminé hacia la estantería de una bonita madera de secuoya, abarrotada de volúmenes y que decoraba la estancia con cierto aire de cultura. A pesar de tener en casa los libros que siempre me habían gustado había otros de los que no me separaba nunca, por lo que comencé a recopilarlos en columnas junto a las piernas de Melinda, rezando a un mismo tiempo que no se le ocurriera tirarlos a todos de una sentada motivada por alguna de sus tontas rabiatas habituales. Ella siguió con la mirada mi ardua tarea sin decir nada para después ojear las carátulas de los libros que escogía.
-¿Hamlet? ¿Orgullo y prejuicio?- exclamó aireando los tomos que había cogido con ambas manos.- Tienes un serio problema con los clásicos. ¿Cuándo fue la última vez que te leíste una buena novela del siglo XXI?
Bufé airada por su burla hacia mis gustos y enrojecí de vergüenza al mismo tiempo que recuperaba bruscamente mis queridos libros y los volvía a colocar en su sitio correspondiente. Melinda se rió al ver mi rubor.
-¿Sirve El Código Da Vinci?
-Umm, supongo, es bastante actual.- aceptó pensativa entre risas.
Metí los libros en la mochila que tenía preparada terminando oficialmente de hacer el equipaje y marcharme definitivamente de la academia.
La mayor parte de los alumnos ya se habían marchado durante los dos primeros días en los que no se daría nada importante en clase debido a que ya habíamos terminado los exámenes y nada nos ataba en la universidad. En cambio el resto de los demás estudiantes precavidos y yo habíamos esperado al primer día que oficiara como vacacional en el calendario escolar, por lo que deducía que habría poco atasco para llegar a la ciudad y tomar el primer avión hacia España.
Melinda se levantó finalmente de la cama y fue a agarrarme de las manos con una sonrisa en el semblante. Yo se la devolví cortésmente.
-Vente a Miami…- susurró incansable.
Me reí sin contestarle, haciendo intuir a mi amiga que si no había cambiado de idea todo este tiempo no había razón alguna para hacerla durante los próximos diez minutos.
-Voy a echar de menos a alguien que me deje sorda con sus chillidos.- bromeé divertida.
-Tranquila, solo serán tres semanas de constantes llamadas telefónicas. Una para despertarte, otra al mediodía y la última bien entrada la noche, cuando la música del Pub esté bien alta y escuches lo que te estás perdiendo.
Puse de nuevo en blanco los ojos y le mostré una cara de horror fingido ante el martirio que me esperaba, lo que nos hizo estallar en risas a las dos. Finalmente la abracé y cargué con el equipaje mientras Melinda me abría la puerta y caminábamos juntas a través del campus hasta la salida, donde improvisadamente se había estacionado una hilera de taxis dispuestos a ganarse una decena de libras a costa de los universitarios de la ciudad. Ya en un coche, dejando que el taxista colocara por mí las maletas en la parte trasera, nos llegó la verdadera despedida a mi amiga y a mí.
-Hazme un favor y no hagas ninguna locura. No me apetece tener una amiga sin cabeza.
Melinda rió por mi broma y yo lo hice con ella.
-Cuídate. Olvida todo lo que te pueda hacer mal.- me dijo bañando su rostro de una inesperada seriedad que para nada concordaba con su personalidad.
Era una de las pocas frases que le había oído pronunciar con cordura y sabiduría en el tiempo que habíamos estado juntas, lo que en parte me descompuso sin contar la parte en la que me recomendaba olvidar los males. ¿Qué sabía ella sobre las penurias que teñían mi vida constantemente? Me dio un vuelco al corazón al pensar en la hipotética idea de que supiera algunos de los secretos que más intentaba enterrar, aunque la rechacé de inmediato pensando que si de verdad sabía algo ya habría huido de mí hacía mucho tiempo.
Le dediqué una fugaz titubeante sonrisa nerviosa y me adentré en el interior del vehículo para ver como la figura de Melinda empequeñecía con la lejanía. Pronto la arboleda ocultó la antigua arquitectura de la academia Kenilworth, perdida en el bosque. Aún, sentada en los asientos del taxi que me llevaba junto a mi hogar, temblaba al pensar en las palabras de Melinda. “Olvida todo lo que te pueda hacer mal.”
-Adiós Nathan.
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