-¿Se puede saber dónde demonios te metiste ayer? ¡Te estuve buscando por todas partes después de clase!- me chilló alguien al oído dejándome sorda por completo.
Me di la vuelta hacia una diminuta figura de claro pelo alborotado que me apuntaba con el dedo acusadoramente.
-Hola a ti también Melinda.- le contesté sarcásticamente.
Me frunció el ceño para después sacarme la lengua cual niña de cinco años.
-No me cambies de tema…- me replicó mientras daba un salto colocándose a mi lado y acomodándose a mi calmado paso a través del campus.
Resoplé varias veces riéndome.
-Si tanto te interesa, - empecé a decir a la vez que seguíamos paseando tranquilamente.- ayer estuve todo el día metida en el cuarto, me encontraba algo mal.
Melinda no me respondió, se llevó un dedo a la cara y puso cara de pensativa, algo exagerada a decir verdad.
-Puede…- dijo.
Ella mantuvo un silencio de intriga. La miré extrañada por su contestación, esperando respuestas más explícitas, Melinda sonreía, realmente disfrutaba con este interrogatorio.
-¿Qué quieres decir?
-Que puede que me lo creyese de no ser porque ayer vi a cierto muchacho castaño en nuestro torreón.- terminó diciendo con una risita de cascabel.
Sentí una presión en el pecho y entonces supe que debía adoptar un semblante más serio.
-Eso no es asunto tuyo.- le dije cortante.
Melinda no reaccionó, la sonrisa pícara que había mantenido al principio de la conversación se había congelado, como si no pudiera articular las facciones faciales, pero seguidamente volvió a reírse ante mi postura sobre el tema dando por hecho que mi reacción ante tal pillaje se debía a la hipotética negación del cotilleo. Bufé ante la hipocresía de su actuación teatral, realmente no llegaban a discernir en aquella academia que yo no pertenecía al inminente prototipo que se exigía en el grado de personalidad de aquellos estudiantes. En cualquier caso le concedí una indulgente sonrisa para suavizar el ambiente y evitar cualquier otra especulación por su parte.
Seguimos paseando, ya sin rumbo fijo, por el campus de Kenilworth hasta que pronto topamos con las negras y delgadas barras de metal que formaban la valla y que cercaban el espacio limitado de la universidad. Di entonces por terminado nuestro inusual paseo, quizás de aquella forma podría sacarme de encima la copiosa compañía de mi amiga y podría regresar al ambiente de relax que me había impuesto.
Volvimos a dar la vuelta para retomar el trecho andado silenciosamente y que tanto incomodo, debido al inesperado giro que había tomado Melinda en la anterior conversación, hacía sentir en mi interior ya que desconocía las divagaciones que la pervertida mente de mi compañera, y seguramente de otras que ya habrían puesto sus finos oídos a expuestas de recientes murmullos, pudiera realizar en aquellos momentos.
La miré de reojo, intentando pasar desapercibida. Melinda lucía una ancha sonrisa de satisfacción y cierto recoveco de picardía, sus verdosos ojos transmitían un brillo que hizo iluminar su cara y sonrojarse levemente en tonos de diversión total y completa. En ese instante me miró a la cara y comenzó, inexplicablemente, a reírse alegremente por algo que debía haber divisado. Puse una interrogativa en mi rostro, preguntándole indirectamente qué es lo que la hacía reírse de aquel modo que me desquiciaran sus carcajadas imparables.
-Hablando del rey de Roma…- pudo decir tras varios minutos de risa.- Y nunca mejor dicho.- susurró para sí misma.
Con una punzada en el pecho, que desgraciadamente me hizo intuir lo que iba a presenciar en breves segundos o por lo menos crearme una vaga idea de lo que me esperaba para así, inconscientemente, allanar el camino haciéndolo más ameno, miré hacia el horizonte, donde un destello sobresalía entre los habituales uniformes y llamaba por naturaleza la atención de las ávidas miradas de los estudiantes.
Una cierta parte de mí se enfureció al instante al ver el lujoso coche encerado con un negro impoluto que sin poder evitarlo con tan solo su presencia estaba destinado a colgar el cartel, de grandes y luminiscentes letras por supuesto, de “Mírame, soy algo que no volverás a ver en tu miserable vida”.
Me encaminé a la salida, sin otra opción de evitar el escándalo público que el mismísimo carruaje ofrecía a los jovenzuelos de los alrededores, dando grandes zancadas y con paso airado que transmitía amenaza. Oí las débiles risitas de los demás a mis espaldas, sin contar con la de Melinda que de estar seguros estaba partiéndose de risa ante esta situación tan comprometedora, e ignoré los inminentes murmullos que empezaban a susurrarse entre ellos, ya que estaba segura que algo intuían de la escena que acababa de producirse y me extrañaba muchísimo que se hubieran acercado solo para admirar al coche que acababa de aparcar (y sin dudar digno de ella) porque estaba convencida, y con ello podía apostar mi brazo derecho, que en sus cortas y adineradas vidas habrían podido observar e incluso experimentar la sensación de un volante de cuero pertenecientes a bólidos mucho más caros y extravagantes que este.
De repente una figura salió del coche, un chico de pelo broncíneo y algo despeinado cuya cara se veía casi oscurecida por unas grandes gafas de sol negras. Nathan caminó con paso tranquilo y elegante, luciendo una fina camisa azul claro que a cualquier persona coherente le haría suscitar un escalofrío y una sensación de necesidad de abrigo, y se reposó sobre el parachoques adoptando una postura cómoda de dios griego.
De cualquier modo durante escasos instantes noté como mi corazón dejaba de latir dentro de mi cuerpo, obligándome a la fuerza a olvidar todos los enfados que podría haber acaecido sobre aquel hermoso ser que se postraba ante mí. Intenté volver a recobrar la compostura, cambiando la excepcional respiración agitada que se había situado en mis pulmones por una algo más relajada.
Nathan me sonrió, divertido por algo que yo no llegaba a captar en aquellos momentos, y me instó a acercarme a él con un seductor movimiento de manos. Impelida aún por el primer sentimiento provocado, y que de no haberme controlado hubiera trascendido en algo mucho más fuerte, me acerqué torpemente hacia el coche, ignorante de lo que sucedía a mi alrededor.
-Tu espontánea inclinación a favor de pasarte aquí los días enteros, ¿es debido a tu posible vocación hacia los estudios socioculturales? ¿O meramente a los sociológicos?- pregunté en un intento de recobrar el carisma de mi personalidad haciendo referencia a su impresionante amistad con más de un alumno en la escuela.
Nathan se rió quedamente mientras sacaba las manos de los bolsillos del pantalón e iba, acompañado de una arrebatadora sonrisa, a plantarme cara frente a frente, tan cerca que casi pude percibir qué se debía sentir al acariciar su blanquecina y aparentemente suave piel de su cuello con mis labios. Deseché al momento aquellos pensamientos, poniendo algo de cordura en mis sesos.
-No busques misterios donde no los hay, Cati.- me dijo dulcemente al oído haciéndome ruborizar cuando su aliento silbó en mi rostro, aunque seguí escudándome en un posible gesto de humildad antes que una debilidad hacia él. Volvió a reírse.- Digamos que habría sido de mala educación no visitar esta universidad tras haberme sido en otro tiempo templo de sabiduría y formación.
Así que Nathan había estudiado aquí, en Kenilworth, justamente en la misma academia que yo. La imagen de un Nathan algo más joven y menos sensato, vestido con el rudimentario y monótono gris de los pantalones del uniformado y chaleco de lana roja codeándose con muchas de las personas pertenecientes al estereotipo marcado en un Kenilworth lejano, pero igualmente hipócrita en ese ámbito actualmente, me sobrevino a la cabeza haciéndome sonreír.
Nathan me miró a los ojos a través de los oscuros cristales de las gafas de sol intentando descifrar el significado de mi sonrisa, pero acabó sonriendo igualmente al no encontrar un sentido aparente a mi felicidad repentina. En ese instante entró en el coche, apartando su presencia de mi cuerpo, seguidamente de que abriera la puerta del copiloto. Era una oferta bastante clara, no hacían falta las palabras.
Tras un suspiro me rendí al tiempo que me apartaba el pelo hacia atrás para recogerlo tras una de mis orejas, y entré en el coche observando su tapicería y el cuero beige que forraba los asientos. Con aspavientos cansados logré atarme el cinturón de seguridad y dejé reposar mi cabeza sobre la ventanilla, como acostumbraba a hacer durante los trayectos, fijando la vista en el cristal que en aquellos momentos ofrecía un espeso verde que rodeaba la entrada de la academia. Oí el suave ronroneo del motor cuando Nathan lo hizo arrancar, y comenzó a conducir a través de la solitaria carretera.
No sabía adonde íbamos, ni siquiera habíamos concertado esta cita, él se había presentado en la universidad sin más. Evité el preguntarme el por qué de las circunstancias y a dejarme arrastrar por el presente, era la única manera de, por lo menos, no sentir dolor al principio y que todo sucediese como estaba destinado, solo sufriendo al final.
Me dediqué a ver como empezaba a empañarse el cristal de las ventanas, dejando que mi frente notase el frío glacial antes de que marcase su huella en el cristal húmedo. Suspiré de nuevo cerrando levemente los párpados y recuperar fuerzas para no pensar en aquel final tan trágico, y a la vez inevitable, que cada vez se cernía más aprisa sobre mí. Giré la cabeza hacia Nathan, quien esta vez me miraba con un ceño fruncido en la cara. Su preocupación con dejes de tristeza me desgarró el corazón por completo. Le devolví la mejor sonrisa que pude mostrarle, no quería que precisamente él se sintiera culpable.
Volví a mirar a través de la ventanilla, habíamos llegado a la ciudad en muy poco tiempo, lo que me hizo sospechar sobre sus habituadas formas de conducir a velocidades exageradas a pesar de no haber sentido el empuje rudimentario que solía acompañar a los doscientos cincuenta kilómetros por hora. Nathan bajó del coche tras aparcar en una de las plazas de Peninton y fue a abrir mi puerta llevándose a cambio un gimoteado agradecimiento por mi parte. Caminamos a través de las calles, pertenecientes a un casco algo más antiguo y pueblerino, vetados en un absoluto silencio que ambos respetamos por cortesía.
Necesitaba tomarme las cosas con calma, darme la oportunidad de poder poner una sonrisa en cada paso que dábamos. Necesitaba poner mis ideas y pensamientos en orden, tener unos criterios básicos, a pesar de que aquello se me antojó inverosímil mientras tuviera aquella niebla espesa que me impedía pensar con claridad, obligándome a rendirme por el bien mío y de los demás.
Me di cuenta de que Nathan paraba ante una de las cafeterías que rondaban la callejuela y le miré algo sorprendida por el fin de nuestro viaje.
-Solo quiero asegurarme de que antes comes algo.- dijo con una sonrisa torcida en los labios.
Me reí mientras cedía ante el propósito de mi compañero y entré en la cafetería de aspecto cotidiano mientras Nathan sujetaba la puerta principal. Nos sentamos en una de las mesas, pegadas junto al enorme ventanal tapado por unas cortinas amarillentas y esperamos a que una de las camareras que acudiera a anotar nuestro pedido.
-¿Qué vais a tomar?
La mujer, que presentaba una horrible permanente de un extraño color mixto entre violeta y rojo, sacó una de las libretas sucias y, con cansancio en sus movimientos, se preparó para realizar su habitual trabajo. Vi como Nathan cortésmente le mostraba una de sus radiantes sonrisas en un intento de empatizar con aquella señora ya entrada en años, él siempre tenía que ser tan educado.
-Para mí una Cola y para la señorita…- dudó en mi pedido, por lo que con un movimiento elegante de mano me indicó que terminara la frase.
-Un capuchino, por favor.
La mujer terminó de apuntar en su bloc y al momento gritó en la cocina las bebidas que acabábamos de pedirle. Soltando otro de mis suspiros comencé la ardua tarea de alisarme la falda del uniforme, ya que no me había dado tiempo de cambiarme, poniendo en un perfecto orden las tablas a cuadros marrones.
-¿Desde cuando te gusta el café?- oí a la melodiosa voz de Nathan preguntarme.
Sonreí ante su curiosidad por mis preferencias, aún se acordaba que las dos bebidas que más había odiado en mi vida eran las infusiones y el café. Hasta una buena tarde en Nueva York donde Steph me invitó a un capuchino y me animó a beberlo, enseñándome a apreciar el verdadero sabor de la cafeína.
Me encogí de hombros.
-Supongo que he cambiado de parecer.
Le devolví la mirada. Ahí estaba otra vez, aquella expresión tan triste que ocupaba el destello de sus ojos y la pequeña arruguita de su frente (que siempre le había acompañado y tanto me gustaba) frunciendo su rostro en una angustia inexplicable.
Se me aceleró el corazón cuando una de sus miradas limpias me atravesó haciéndome sentir vulnerable. La sensación era abrumadora por lo que instintivamente viré la cabeza con fuerza hacia otro lado, centrándome en los agarrotados pasos de la camarera llevando una bandeja de aluminio sobre su mano.
-Aquí tenéis chicos.- anunció dejando sobre la mesa una botella llena de Cola y un alargado vaso con un cremoso capuchino.
Acogimos cada uno nuestras bebidas con un sentido agradecimiento hacia la mujer que ya volvía a darnos la espalda. Distraída comencé sorber del café, evitando el mirarnos a la cara para no ocasionar otro encuentro fortuito como el anterior, y me dediqué a saborear aquel líquido que me ofrecían. Sentía la mirada penetrante de Nathan sobre mi cuerpo, lo que me hizo temblar, mas intenté forcejear en no ceder a los sentimientos más alocados que mi mente me brindaba.
Con cada trago una tímida valentía se fue abriendo paso en mi pecho, instándome a verle la cara y apartar todas las sospechas, y me dejé sucumbir a ella. Nathan a penas había bebido algo de su Cola (cosa que no se podría decir de mi bebida, ya a casi acabada), y repiqueteaba sus dedos sobre la mesa con aire taciturno.
Aquel silencio me iba a matar de un momento a otro, necesitaba distraerme de alguna manera de mis propios pensamientos.
-Así que un Aston Martin Vanquish…- susurré sin fuerzas.
No se me había pasado por alto que Nathan conducía uno de mis coches favoritos de edición limitada y desbordante precio de entrada.
Él levantó el rostro con la intención de mirarme a los ojos, siendo esta vez yo más lista y centrándome en otra imagen que no fuera aquel color gris brillante, y me dedicó una bonita sonrisa.
-Te has dado cuenta.- murmuró. Si bien no me lo decía a mí en realidad, sino como si intentase convencerse de algo en su interior.
-Un coche así nunca pasa desapercibido.
Nathan rió ante la obviedad de mi frase y se llevó la botella a la boca desenfadadamente, terminándose de un solo trago el resto de su bebida.
-¿Nos vamos?- me preguntó amablemente.
Observé como se levantaba de su asiento y empezaba a soltar algunas libras sobre la mesa para pagarlo todo. Asentí con la cabeza antes de llevarme el vaso a los labios y acabar el poco capuchino que me quedaba. Me levanté tranquilamente de la silla, sin hacer ningún amago de tener prisas por conocer que es lo que me esperaba a partir de ahora.
Inspiré hondo para tratar de calmarme. Nathan me ofrecía uno de sus brazos remangados con la esperanza de mantener un contacto.
Le sonreí.
-Vámonos.- le contesté mientras entrelazaba mi brazo con el suyo.
Estaba dispuesta a disfrutar del todo aquella cita espontánea.
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