jueves, 19 de agosto de 2010

10. Adiós

Volví a rodar sobre la cama, enroscándome entre las sábanas y el edredón que tanto hacía falta ya por las noches para abrigarse del frío temporal de Peninton. Los casi nublados rayos de sol matutinos alumbraban ya entre las cortinas que ocultaban un ambiente otoñal, cuyos árboles se empezaban a ver teñidos de tonos ocres, ocultando los senderos del campus de un dorado que producía un sonoro crujido al andar sobre ellos.
Definitivamente me puse boca arriba y tapé mi cara con las manos, apretando fuertemente contra mis ojos hasta que pude distinguir motas coloridas en la negra visión. Bufé algo ofuscada conmigo misma y cogí el móvil para comprobar la hora que era. A penas eran las seis de la mañana y no podía dormir un sábado después de toda una semana llena de pesadillas y malos sueños, aquello era imposible.
Di un manotazo cargado de ira contra mi almohada, un buen chivo expiatorio ya que últimamente se había convertido en el procreador de uno de mis problemas simbólicamente, por lo que no me importó ver como se hundía levemente en una de sus partes. Me jacté al proclamarme victoriosa de aquella batalla tan absurda que había comenzado contra un mero objeto inanimado, mas me reconfortó pensar, por muy tonto que pareciese, que en algo salía ganando.
Me levanté de la cama, sin ganas de hacerla ni intenciones de ello durante el resto del día. Me fui directa al baño, quitándome bruscamente las pocas prendas que componían el pijama y encendiendo el grifo de la ducha. Me metí dentro y, dejando que el agua caliente corriese por todo mi cuerpo, me senté en el plato observando como mi visión se iba oscureciendo debido al pelo mojado que se escurría por mis hombros y mi cara.
Era un estúpido intento de que el agua limpiara todo lo que llevaba cargando en mi interior desde la otra noche, pero por lo menos ningún mal me iría a hacer. No podía borrar de mi mente la cita del día anterior, ni las fatídicas palabras que tuve que escuchar de los carnosos labios de Nathan.

“Las hojas que el otoño había empezado a dejar caer sobre el suelo habían formado un manto dorado bajo nuestros pies, crujiendo con cada paso que dábamos. El silencio nos rodeaba agradablemente, a aquellas alturas nadie se había atrevido a tener una excursión en el parque, ya que la mayoría preferían quedarse en un lugar más guarnecido de los fuertes vientos.
  -¿Puedo hacerte una pregunta?
Nathan no me miró directamente, sino que pareció centrarse en el trecho que caminábamos con paso lento y calmado.
  -Claro.- contesté sin dudarlo, pensando en poder dar un margen de confianza.
  -Ayer…- comenzó a decir. Un pinchazo en el pecho se abrió con fuerza en mi interior, iba a sacar a colación mi mareo, pero esperé prudente. Él frunció el ceño y continuó.- Cuando te vi así yo…- me miró mientras yo le apartaba la mirada, entonces tosió para recobrar el sentido.- ¿Fue la primera vez que te mareaste de aquella forma?
Me quedé callada, sin saber que responder hacia esa pregunta que tanto había temido al principio. Rehusé el mirarle a la cara, me sentía realmente avergonzada.
  -Esa pregunta no.- le susurré intentando dar marcha atrás en mi error por contestarle con una afirmativa.
Sabía que más tarde o más temprano me arrepentiría de haberme dejado ver así por él, de haberle permitido pasar conmigo aquellas horas tan amargas hasta que conciliara el sueño, aunque de poco servía ahora el echarme las culpas, lo había hecho y debía acarrear con las consecuencias.
Oí como el compás de los crujidos a mi lado se paraban en seco. Anduve un par de pasos más para adelantarme, y finalmente me di la vuelta para encararle. Su rostro me impactó de nuevo, cortándome la respiración bruscamente, mientras le daba trabajo a mi mente para hacerse un sinfín de preguntas ante esa aparente preocupación de él hacia mí.
  -Cati…- me recriminó en un tono severo, aunque cuando nuestros ojos se encontraron su dureza se cambió por algo más coqueto e inocente.- No has puesto condiciones.
No podía escudarme más, me había pillado. Maldije de nuevo la mala hora en la que se me ocurrió confiar en alguien y antes de responder me permití soltar un bufido.
  -No.- le dije en apenas un susurro mientras notaba como se sonrojaban mis mejillas.
Nathan buscó mis ojos, esperando algo más de información que una simple negativa.
  -Últimamente duermo muy mal, quizá tan solo tres o cuatro horas por la noche… Ya te lo dije.- le conté procurando no mencionar el tema de las pesadillas, algo bastante vergonzoso.- Es la verdad.
Nathan no pareció quedarse más tranquilo. Sus grisáceos ojos se nublaron de una tristeza sobrecogedora que no pude explicar coherentemente pero que pude sentirla en mis carnes. De repente con un movimiento inesperado se echó el pelo hacia atrás con una de sus manos, nervioso por algo que no podía discernir. Al darse cuenta de mi curiosidad me dio la espalda repentinamente. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo ocurría, algo que no me había contado hasta ahora, el verdadero fin de aquella extraña cita.
  -Nathan, ¿qué ocurre?
  -Prométeme una cosa, Cati.- me dijo haciendo caso omiso a mi anterior pregunta. Se dio la vuelta y me cogió de las manos. Él sabía de sobra que no estaba en condiciones de pedirme nada.- Por favor…
Asentí sin poder abrir la boca en protesta, deseosa de que apartara su frío contacto con mis manos.
  -Intenta no empeorar durante los próximos días. Duerme más horas, come algo… Pero, por lo que más quieras, mejora.- me suplicó.
¿Había dicho “durante los próximos días”? ¿Por qué eso me sonaba tan mal?
Confundida quise poner distancia de por medio, pero Nathan tenía bien asidas mis manos sudorosas. Le miré en busca de una respuesta, pero él me miraba apesadumbrado por alguna tormenta interior.
  -Me marcho durante algún tiempo…
  -¿Te vas?- le interrumpí ahogada en un grito.
  -No sé exactamente hasta cuando… Pero volveré, volveré pronto… si es lo que deseas.- su mirada se tiñó de una horrible tristeza al pronunciar la última frase.
“¡Perfecto! ¿No es eso lo que habías querido desde el principio?”, dijo una voz en mi fuero interno riéndose despiadadamente. Pero en aquellos momentos no podía pensar con claridad, no llegaba a asimilar las palabras que Nathan acababa de decirme. Él se soltó de una de mis manos para sujetar mi mentón y levantar mi cabeza, que inconscientemente había agachado, obligándome a mirarle a los ojos directamente. Un mar de plata adornado con motas verdosas me inundó el cuerpo al completo, dañándome en lo más profundo de mi ser, sin poder salir a flote. Entonces comprendí que para él también era una agonía, sus ojos me lo decían a gritos, pero no quise creer en ello. Una frialdad sobrehumana me sobrevino de pronto, cortando todas las hemorragias que causaran aquella despedida.
  -Genial.- dije lo más distante que pude mientras me libraba del hechizo que emanaba su cuerpo.- Nathan, a mí no me tienes que dar represalias de nada. Al fin y al cabo no nos une nada, ¿no?
Cargué una mirada llena de veneno contra él, procurando no fijarme demasiado en su figura para que no estropeara mi actuación de frivolidad. A Nathan se le descompuso la cara en una mueca agonizante (lo que me mató por dentro). Sabía que había llegado demasiado lejos y que aquello le había dolido muchísimo, pero algo en mi interior me instó a seguir para ignorar el dolor que me esperaba.
  -Te deseo un buen viaje.- le sonreí amargamente y giré sobre mis talones dispuesta a volver a la academia sin él.- Y no tengas prisa en volver.
Ya está, lo había hecho, la guinda que colmaba el pastel intoxicado de mi sufrimiento. Mas fue nada más entrar a la habitación, después de un trayecto en bus, cuando vi el error que había cometido y me odié tanto por ello.”

Las lágrimas se mezclaban con los chorros de agua que caían sobre mi cuerpo. Observé como mi piel se enrojecía vivamente por el agua caliente que había soportado que me quemase.
Puede que la ida de Nathan hubiese cavado mi tumba, pero lo peor era el hecho de que yo le había ayudado. El pensamiento de que se fuese definitivamente de mi vida me dejó sin respiración, por mucho daño que me hubiese creado estaba condenada a no poder vivir sin él.
  -Se ha ido.- murmuré en arrullos.- Se ha ido.

2 comentarios:

  1. joo me encanta
    espero q vuelva nathan ...
    me recuerda a alguien...
    tu fan nº 1 y moradilla
    besoss

    ResponderEliminar
  2. tiaaa... no me puedo creer que la única que me escribe comentarios vuelva... jajjaja
    sii volverá boba, sino no habría historia que escribir jejeje
    Por cierto, en este personaje me he inspirado más en otras personas, el otro tio si que va a ser más moradillo jiji
    bss, for my fan nº1 and purple
    jajja

    ResponderEliminar